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Idolatría en Atenas y Corinto

Idolatra en Atenas y CorintoHechos 17 y 1 Corintios 8-10

La siguiente parada del ministerio de Pablo en una urbe intensamente demonizada fue Atenas (Hechos 17.15-34). La ciudad, llena de ídolos (v. 16) y de filósofos (vv. 18-32), estaba también atestada de gente ociosa, con demasiado tiempo libre. «Porque todos los atenienses», cuenta Lucas, «y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo» (v. 21). Pablo nunca antes se había enfrentado a una ciudad así.

Al apóstol no le gustaba ministrar solo. Comprometido con un ministerio de equipo, ahora se encuentra solo (vv. 15, 16a), con mucho tiempo libre y en una ciudad no incluida en su plan de evangelización. Lo único que hacía era esperar a que llegaran Silas y Timoteo para apresurarse a partir hacia Corinto, su primer objetivo evangelístico en Grecia (vv. 15, 16; también 18.5). Sin embargo, el espíritu sensible de Pablo estaba muy preocupado por aquella esclavitud completa a la idolatría que pudo descubrir en la ciudad. Eso le turbó más que la altivez y la resistencia de los filósofos.

Una breve ojeada a Atenas

Atenas, centro de la cultura, la arquitectura, la religión y el conocimiento griegos en el mundo antiguo era la ciudad más famosa de la vieja Grecia. Además, esta capital de la provincia griega de Atica se consideraba también el centro intelectual y universitario más importante de todo el Imperio Romano, por encima de la misma Roma. Y lo que es de más trascendencia aun para nuestro estudio: Atenas era la metrópoli de la mitología griega. Su importancia como centro religioso y filosófico no puede exagerarse. Mientras Pablo paseaba por sus calles «podía apreciar su conocimiento y admirar su belleza, pero sobre todo sentir compasión por su ceguera espiritual y deplorar sus idolatrías».

El apóstol continúa con su habitual estrategia de predicar en las sinagogas, pero es claro que con poco éxito (v. 17). También habla en la famosa ágora ateniense, llamada plaza de mercado por ser el lugar donde se efectuaban los negocios, la compra y venta de esclavos, la oferta de bienes (v. 17). Pablo siguió el método de Sócrates y de otros filósofos griegos discutiendo en el ágora cada día (v. 17).

Pablo entre los filósofos atenienses

Se mencionan las dos escuelas filosóficas griegas rivales. Los epicúreos, seguidores de Epicuro (341-270 aC.), que llevaban alrededor de 35 años enseñando filosofía en Atenas, proponían el placer como meta principal de la vida. No necesariamente el placer sensual, sino «una vida de tranquilidad, libre de dolor, pasiones perturbadoras y miedos supersticiosos (incluso, de un modo particular, el miedo a la muerte). No negaban la existencia de dioses, pero mantenían que éstos no se interesaban por la vida de los hombres». Eran materialistas filosóficos que rechazaban la existencia de vida después de la muerte. Se atenían de manera estricta a una cosmovisión atomista del mundo, afirmando que incluso el alma humana y los dioses estaban compuestos de átomos materiales. Los epicúreos eran utilitaristas, aferrados a la felicidad como meta de la vida.

El otro grupo eran los estoicos, seguidores del filósofo Zenón (340-265 a.C.), que también había enseñado en Atenas. Estos tenían una cosmovisión espiritualista y afirmaban que el fin más elevado de la vida era la autosuficiencia humana. El mayor bien consistía en no ser afectado ni por lo bueno ni por lo malo. Uno debía elevarse por encima de las circunstancias cambiantes de la existencia. Los estoicos eran los idealistas, que enfatizaban la realización moral y la importancia del deber. Afirmaban la espiritualidad del hombre y la existencia de Dios. No obstante, tenían ideas panteístas, y creían que el hombre formaba parte de ese espíritu universal llamado Dios, o mejor dicho dios. Eran los adeptos de la Nueva Era del primer siglo

El sermón de Pablo en el Cerro de Marte

El versículo 19 explica que los filósofos llevaron a Pablo al Areópago diciendo: «¿Podremos saber qué es esta nueva enseñanza de que hablas?» El apóstol no estaba siendo juzgado. Como dice Harrison: «El tribunal del Areópago era el consejo que velaba por el bienestar educativo, moral y religioso de la comunidad». Ramsay, por su parte, expresa que para dicho consejo, Pablo no representaba más que «uno de tantos maestros ambiciosos que llegaban a aquel gran centro de la educación que era Atenas buscando fama y fortuna». El Consejo del Areópago tenía autoridad para «nombrar o invitar oradores a Atenas, así como para ejercer cierto orden y moralidad».

Esa fue la razón por la que llevaron a Pablo al Areópago o Cerro de Marte. En Atenas, los conferenciantes tenían gran libertad para expresarse. La escena que se describe en los versículos 18-34 parece demostrar que los «oradores reconocidos podían presentar ante el Areópago a un conferenciante extraño y exigirle que hiciese una descripción de su enseñanza, así como que pasara una prueba de carácter».

Pablo comenzó con mucho respeto su mensaje (v. 22) declarando que sus oyentes eran «muy religiosos en todo». Luego, fijando su atención en uno de los altares que llevaba la inscripción «Al Dios no conocido», lo aprovechó como punto de referencia de la cultura de ellos para afirmar que aquel Dios, al cual habían estado adorando sin conocerlo, era el mismo que les anunciaba (v. 23).

Acto seguido, el apóstol se refiere a Dios como Aquel que se ha dado a conocer por medio de la naturaleza, es decir, de la revelación natural (vv. 24-29). El Creador es trascendente (v. 24a), separado de su creación. Esa afirmación iba dirigida a los estoicos. También es inmanente (vv. 25b, 27, 28), está comprometido en persona con dicha creación. Ahora se dirige a los epicúreos.

El propósito del cuidado cariñoso de Dios por la humanidad, según afirma Pablo, es que los hombres puedan encontrarle (v. 27). Cualquiera que le busque de esta manera lo encontrará, ya que «no está lejos de cada uno de nosotros» (v. 27). Harrison señala que el gran énfasis del apóstol en Dios como creador de todas las cosas iba contra las ideas griegas acerca de la divinidad. Los griegos sostenían que el universo físico era eterno. Cualquier cosa creada por los dioses había sido hecha partiendo de materiales ya existentes. La opinión hebreocristiana, en cambio, afirma que el único eterno es Dios y que todo lo demás fue hecho por Él de la nada (Hebreos 11.3).

El mensaje de Pablo comenzó a enconar a sus oyentes. En una ciudad repleta de templos y santuarios, el apóstol dice que Dios no habita en templos construidos por el hombre, y al afirmar que todos los seres humanos han sido hechos por el mismo Dios, y que por lo tanto son iguales ante sus ojos, «asestó un duro golpe al orgullo que tenían los atenienses en cuanto a su cuna».

Pablo concluye su mensaje afirmando que en el pasado Dios había permitido que los hombres siguieran su propio ca mino, pero que ahora mandaba que se arrepintieran y cambiasen su actitud hacia Él, hacía sí mismos y hacia sus semejantes. Luego, el apóstol alarma a sus oyentes diciendo que Dios ha establecido un día en el cual juzgará a todos los hombres sobre una base de justicia (v. 31a). Esto era algo nuevo para ellos, ya que en las ideas griegas no cabía un juicio escatológico: un momento en el que Dios interviniera directamente en los asuntos de los hombres y les pidiera cuentas de su estilo de vida.

Pablo, entonces, presenta su prueba de que ese día de juicio justo se aproxima. Puede verse en el acontecimiento histórico que ha ocurrido hace poco tiempo: Dios ha levantado de los muertos a un hombre que será el juez de toda la humanidad; esa es la prueba indiscutible de que habrá una resurrección futura en la cual los hombres darán cuentas ante Dios (v. 31b).

Aquello fue demasiado para sus oyentes, cuya cortesía, con la que habían recibido al apóstol en un principio, estaba casi agotada (v. 32). Harrison dice al respecto:

Pablo hubiera podido dar pruebas de la resurrección de Cristo (cf. 1 Corintios 15), pero su auditorio no estaba de humor para terminar de escucharle. Su alusión a la resurrección fue demasiado para que la recibieran las mentes ya predispuestas en sentido contrario de sus oyentes.

La idea de la resurrección era repudiada por todas las escuelas griegas de pensamiento. Al ser materialistas, los epicúreos rechazaban por completo la vida después de la muerte; y los estoicos, como panteístas, rechazaban la resurrección corporal.

Algunos empezaron a hacer comentarios despectivos, incapaces de ocultar su desdén por Pablo y el mensaje que predicaba. Otros trataron de mantener la apariencia de cortesía que había hecho famosos a los atenienses y simplemente se excusaron diciendo: «Ya te oiremos acerca de esto otra vez». Lucas no dice si al expresarse así eran o no sinceros.

No obstante algunos creyeron. Entre ellos, según nos cuenta Lucas, Dionisio, que era miembro del Consejo del Areópago (v. 34). Según la práctica ateniense, para formar parte de dicho consejo tenía que tratarse de un hombre muy respetado, de al menos sesenta y cinco años de edad, exfuncionario público de alto rango, rico y perteneciente a una familia ateniense. Dámaris, por su parte, era quizás una mujer piadosa que se convirtió durante uno de los mensajes de Pablo en la sinagoga, ya que en el Areópago no estaba permitida la entrada al sexo femenino. Y había otros más con ellos.

No se menciona el establecimiento de ninguna iglesia en Atenas, ni existe registro alguno de una visita posterior de Pablo para pastorear aquel rebaño. Tampoco sabemos que el apóstol enviara allí a visitarlos a ningún miembro de su equipo. Sin embargo, «según la tradición patrística de tiempos posteriores, especialmente Orígenes», en Atenas se fundó una iglesia. Uno tiene la sensación de que Pablo no quedó muy impresionado con el clima espiritual de la ciudad ni la indiferencia de los orgullosos atenienses.

Esclavitud a la idolatría

El apóstol inició su mensaje con lo más asombroso de la idolatría y el politeísmo de los nativos de Atenas. Por temor a ofender a algún dios desconocido, los atenienses habían erigido un altar con esta inscripción: «Al Dios no conocido» (v. 23). Pablo no pasó por alto lo que los turistas modernos descuidan al visitar las ruinas de aquella majestuosa ciudad: el esplendor artístico de Atenas era sobre todo religioso (es decir, idolátrico antes que artístico).

Kenneth F. W. Prior, catedrático universitario y clérigo inglés, escribió un libro titulado The Gospel in a Pagan Society [El evangelio en la sociedad pagana] en el que intenta ver la idolatría de Atenas a través de los ojos de un judío cristiano como Pablo. Prior asocia la opinión del apóstol sobre dicha idolatría con la contundente afirmación que éste hace sobre los ídolos y la demonización en 1 Corintios 10.20, 21. A Pablo le preocupaban profundamente las ataduras demoníacas que produce la idolatría a los que la practican y, según Prior, su actitud no sólo era cristiana sino también judía. Él había sido criado con el concepto de que la idolatría era demoníaca. Incluso la adoración a Jehová en forma física era idolátrica y estaba prohibida por Dios.

Aquella era la actitud que los cristianos neotestamentarios habían heredado de sus antecesores judíos, la cual llevaron consigo al evangelizar en las ciudades griegas. Ello explica por qué Pablo y Bernabé retrocedieron horrorizados cuando una muchedumbre, arrastrada de irreflexivo entusiasmo ante la sanidad de un tullido efectuada por Pablo, los convirtió en objetos del culto idolátrico.

Para Pablo, y los demás cristianos, los ídolos usurpaban el lugar que sólo les correspondía a Dios y a Jesús. Como ha escrito Michael Green, «no tendría sentido predicar a Jesús como Señor si hubiera que considerarle como una simple adición a algún panteón de dioses ya abarrotado».

Los cristianos también rechazaban cualquier idolatría debido a que ésta se había visto asociada desde hacía mucho con formas groseras de inmoralidad y perversión sexual. Ello era cierto en Atenas así como en el resto de las religiones griegas.

Blaicklock comenta que:

[ ... ] tal vez el cristiano pueda aún percibir algo de aquella profunda sensación [que Pablo experimentó en Atenas] sólo con la vista repulsiva de las imágenes fálicas. Algunos fragmentos amplios e intrincadamente esculpidos de Delos revelan la gran mezcla de carnalidad y religión que despertaba la ira de los profetas hebreos y provocan la aversión de los cristianos. Las sensualidades esculpidas en algunos templos orientales producen esa misma repugnancia. Atenas debía tener bastantes ejemplos de este uso vil del arte griego.

Es probable que hasta ese momento Atenas representara el choque más claro que Pablo había tenido con la idolatría. Se enfrentaría de nuevo a ella en Corinto y en Éfeso. No mucho después de esta experiencia, el apóstol escribió Romanos 1.18-32 y 1 Corintios 10.20, 21. En el segundo de estos pasajes, Pablo desvela plenamente las graves dimensiones demoníacas de la idolatría y el politeísmo. No importa que no se haga referencia en los Hechos a ningún choque con los demonios mientras el apóstol permaneció en Atenas. Pablo sabía que estaban allí, como también en el resto de las ciudades paganas donde predicaba al único Dios y al único mediador entre Dios y los hombres: el Señor Jesucristo.

Puesto que las enseñanzas de Pablo sobre la dimensión demoníaca de la idolatría y el politeísmo que aparecen en 1 Corintios son las más completas de todas sus epístolas, quisiera referirme a ellas. La enseñanza del apóstol en dicha epístola refleja la cosmovisión con la que enfocaba su ministerio, incluso en Atenas.

Idolatría y demonios en 1 Corintios 8-10

Sus enseñanzas más conocidas de 1 Corintios 10.20, 21 deben considerarse dentro del contexto que se inicia en el capítulo 8: «En cuanto a lo sacrificado a los ídolos … » (v. 1a). Esto nos lleva de nuevo a 1 Corintios 7.1a: «En cuanto a las cosas que me escribisteis … » Esto implica que el asunto de la comida ofrecida a los ídolos era la segunda cuestión más importante acerca de la cual le pedían ayuda, junto con la del matrimonio que se trata en el capítulo 7.

Había dos opiniones entre los corintios respecto al tema de la carne sacrificada a los ídolos. Algunos pensaban que el creyente tiene libertad en Cristo para hacer cualquier cosa que no esté prohibida por la ley de Dios. Otros creían que había que formular nuevas leyes de prohibición para algunas cosas. Los creyentes no debían tener nada que ver con los ídolos o su carne.

Pablo corrige ambas ideas exponiendo principios generales en vez de promulgar un nuevo código de leyes. Estos principios pueden luego aplicarse a cada situación, que es susceptible de examinarse a la luz de los postulados mayores. El foco de atención principal de 1 Corintios 8.1 es la regla del amor frente a la confianza de cada grupo en la superioridad de su conocimiento. De ahí su desviación aparente del problema inmediato de los ídolos y los sacrificios ofrecidos a éstos (vv. 1b-3). Lo que Pablo está diciendo es: «Debemos evitar la tiranía del conocimiento que destruye el verdadero amor entre los creyentes». Esta es una advertencia tan necesaria hoy en día como en los tiempos del apóstol.

En Corinto la idolatría estaba tan extendida como en Atenas (vv. 4-13; 10.1-3). Gordon D. Fee dice que:

[ ... ] la expresión religiosa de Corinto era tan diversa como su población. Pausanias describe por lo menos 26 lugares sagrados (no todos eran templos) dedicados a los «muchos dioses» (el Panteón grecorromano) y a los «muchos señores» (los cultos de misterios) mencionados por Pablo en 1 Corintios 8.5.

Más adelante en su comentario, Fee expresa: «El vicio y la religión florecían codo a codo. La vieja Corinto tenía tal reputación de depravación sexual que Aristófanes (ca. 450-385 a.C.) acuñó el verbo korinthiázo (comportarse como un corintio; es decir, cometer fornicación)».

Comentando sobre este problema religioso-moral, F. F. Bruce escribe: «La dificultad que tenían incluso los cristianos para resistir a la influencia de aquella particular característica corintia, queda clara para los lectores de las epístolas de Pablo a los corintios».

En 1 Corintios 8.4, el apóstol dice:

Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios.

Algunos creyentes habían estado tan acostumbrados, en su vida pasada, a asociar a los dioses con los ídolos y a las festividades paganas con la carne sacrificada a los dioses, que se contaminaban comiendo ese tipo de carne. En cuanto a esto, Fee dice que:

[ ... ] en ambos casos Pablo no atribuye realidad a los «dioses» de la idolatría. Lo que hace más bien es adelantar el argumento del versículo 7, de que tales «dioses» tienen una autenticidad subjetiva para sus adoradores; es decir, que no existen objetivamente, pero sí para aquellos que les han conferido realidad al creer en ellos. De ahí que haya en verdad «muchos dioses y muchos señores».

En el capítulo 10 Pablo vuelve a negar que un «dios» se halle implicado. Lo que no han tomado en serio los corintios, sin embargo, es que la religión pagana es el medio por excelencia de la actividad demoníaca, y que adorar a tales «dioses» supone en realidad tener comunión con los demonios.

También Leon Morris considera que Pablo está respondiendo a los hermanos más fuertes, e incluso citando sus palabras, como contraste con aquellos más débiles que se mencionan en el versículo 7. Estos creyentes pensaban que estaba bien comer la carne que había sido ofrecida a los ídolos, incluso si ello se hacía en los templos. Sus argumentos eran de dos clases.

Tal vez el versículo 4 sea una cita directa que hace Pablo de esos hermanos. «No hay tal cosa como un ídolo», expresaban. «Los dioses a los cuales pretenden representar no existen. No hay más que un Dios». Por lo tanto no existía problema alguno en comer carne que había sido sacrificada a los ídolos; es decir, a los dioses representados por dichos ídolos, ya que no existían. Uno podía incluso participar en las fiestas paganas que se celebraban en los mismos templos (v. 10). «Si los dioses no existen en realidad, no pueden hacernos ningún daño», se decían. Sin embargo, más tarde Pablo rechaza con firmeza la participación en las fiestas paganas de los templos equiparándolas con el culto a los demonios (1 Corintios 10.19-22).

La contestación del apóstol a los creyentes más fuertes en el capítulo 8 da una visión parcial, pero sólo parcial, de las ideas de Pablo sobre los ídolos y los dioses de la idolatría. Pablo estaba de acuerdo con la premisa básica que defendían dichos creyentes, e incluso se extiende en ella formulando una de las declaraciones teológicas más hermosas y profundas del Nuevo Testamento acerca de theós, Dios. El apóstol se centra en Dios como Padre y en Jesucristo como único Señor. Luego corregirá las opiniones egoístas de esos mismos hermanos más fuertes (8.1-9, 13).

Después de explicar claramente este concepto cristiano de la deidad como Dios y Señor, en contraste con los dioses y los señores del politeísmo y la idolatría, Pablo advierte a los corintios que no todos los cristianos pueden soportar el contacto con las comidas ofrecidas a los ídolos o la participación en los banquetes, acerca de los cuales dirá más tarde que debían ser evitados a toda costa (1 Corintios 10.12-22). Los ídolos y los dioses, dice el apóstol, todavía son un problema para el cristiano más débil, y no debemos perjudicar su caminar con Dios (vv. 8-13).

León Morris lo expresa de esta manera:

Pablo ha estado hablando de ese conocimiento que capacita al hombre para considerar a un ídolo como nada. Ahora puntualiza que dicho conocimiento no es universal entre los cristianos y que hay algunos más débiles que no lo han alcanzado. Desde sus días de inconversos estaban tan acostumbrados a pensar en el ídolo como en algo real que no podían sacudirse del todo esos pensamientos. Es como la situación actual en el campo misionero, donde para algunos convertidos resulta muy difícil deshacerse por entero de la creencia en la brujería.

En los versículos 10 al 12 encontramos la advertencia. Pablo dice: «Las consecuencias de que vosotros, los fuertes, ejerzáis vuestros derechos por encima de los débiles son malas. Alardeáis de que queréis edificarlos para que sean capaces de comer carne sacrificada a los ídolos e incluso cenar en un templo de ídolos. Eso es porque sabéis que el ídolo no tiene ninguna entidad y ellos también deberían saberlo.

»¿Pero los estáis edificando realmente para que se mantengan firmes? Yo digo que esa edificación es para que caigan. Es cierto que los fortalecéis, pero para que violen su conciencia. De esta manera provocáis el desastre espiritual del hermano por quien Cristo murió.

»Esto está mal y debería terminar. Estáis pecando contra esos hermanos, y al hacerlo pecáis contra Cristo».

En el versículo 13, Pablo explica cómo elabora los temas de libertad cristiana y de la conciencia más débil de otros creyentes. «Así es como actúo yo en lo que afecta a mi hermano en Cristo» está diciendo. «En primer lugar, reconozco que se trata de mi hermano y no de un individuo impersonal, casi inexistente, ajeno a mí. Le amo como hermano.

»Debo tratar con severidad el “yo” en mi vida. Es la decisión que he tomado referente a mi “yo” en relación con los hermanos: sólo haré y permitiré en mi vida aquello que los edifique. Rechazo lo que es causa de tropiezo para mi hermano. Como os digo más adelante: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”» (11.1).

En el capítulo 9, el apóstol sigue hablando de los temas generales y exponiendo los mismos principios básicos de amor y servicio a nuestros hermanos en Cristo. Morris comenta al respecto: «Pablo ha estado tratando con personas que afirmaban sus derechos en detrimento de otros y les ha dicho que eso está mal. Ahora pasa a demostrar que él mismo ha aplicado constantemente este principio, y que practica lo que predica».

Pablo empieza el capítulo 10 apelando a la historia y dejando atrás su testimonio personal. Sabe adónde quiere llegar en su tratamiento de la turbulenta historia de Israel. No ha olvidado el problema inmediato de los ídolos y la idolatría, por lo cual en la lista de pecados de los israelitas menciona esta última (v. 7a). Luego, en los versículos 7b y 8, se extenderá sobre la adoración de los ídolos por parte del pueblo de Dios y la inmoralidad que la acompañó.

Las referencias a la idolatría y la inmoralidad, consideradas juntas en la experiencia de Israel, tienen que ver con el terrible episodio descrito en Éxodo 32 del becerro de oro. Pablo cita de dicho capítulo en los versículos 7 y 8:

Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: «Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar». Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil.

Aquí tenemos la inmoralidad sexual religiosa. La gente está adorando al becerro de oro y presentándole ofrendas. Una vez que lo han hecho, se sientan a comer (la cuestión de comer en el templo de los ídolos de 1 Corintios 8.10) y luego se levantan a jugar. El juego en cuestión era un juego sexual, Pablo está diciendo; cometieron inmoralidad a la mesa del ídolo y fueron juzgados por ello. Esto es destacado de nuevo por la segunda cita que da el apóstol del Antiguo Testamento: Números 25 o la idolatría e inmoralidad con Baal en Baal-peor. En esa narración se mencionan la adoración a los ídolos, las comidas cúlticas y la inmoralidad.

Gordon Fee escribe acerca de la cuidadosa elección de palabras que hace Pablo en esta ocasión, todas ellas de Éxodo 32 y Números 25, y dice que el apóstol, al utilizar el primero de esos pasajes,

escoge la parte del relato que indica, específicamente, que el pueblo comió en presencia del becerro de oro, identificando con ello de un modo concreto, junto con 1 Corintios 8.10 y 10.14-22, la idolatría como un asunto de comidas cúlticas en presencia del ídolo … El verbo final, «y se levantó a jugar» también es posible interpretarlo como parte de esta preocupación … en este caso (tanto en la Septuaginta como en Pablo) tiene, casi con toda certeza, insinuaciones de juego sexual … Además, en el ejemplo siguiente, el comer en presencia del ídolo y los juegos sexuales se vinculan específicamente en el relato de Números 25.1-3. Por lo tanto, para Pablo este verbo lleva directo al siguiente ejemplo de inmoralidad sexual, que también se expresa en el contexto de la comida cúltica.

En el versículo 8, el apóstol enlaza el ejemplo del Antiguo Testamento con la situación en Corinto y Fee sugiere que no es una prohibición general contra la inmoralidad sexual lo que Pablo tiene en mente. Ya ha tratado ese tema en 1 Corintios 6.11, 12. Aquí a lo que se refiere es a la inmoralidad ritual; es decir, a las prácticas inmorales que encerraban los banquetes y las juergas idolátricas. ¿Qué prueba hay de esto?

Primero, el suceso veterotestamentario al que se hace referencia (Números 25.1-9) relaciona de un modo específico la inmoralidad sexual con el hecho de comer en la presencia de Baal-peor. En segundo lugar, el texto anterior (v. 7) alude directamente a las comidas delante de los ídolos asociadas con el juego sexual. En tercer lugar, Fee expresa que «en el interdicto que se hace de la prostitución en 1 Corintios 6.12-20, Pablo vuelve a aplicar la metáfora del “templo” del 3.16, 17 al cuerpo del cristiano que estaba “uniéndose” a una prostituta». En cuarto lugar, Fee sigue diciendo que:

[ ... ] una de cada dos menciones de las comidas idolátricas en el Nuevo Testamento va acompañada de alguna referencia a la inmoralidad sexual (Hechos 15.29; Apocalipsis 2.14, 20). Además, Apocalipsis 2.14 hace la misma alusión a Números 25.1, 2. Resulta muy probable, por tanto, que en cada uno de los casos, estos dos pecados estuvieran realmente asociados, como en el Antiguo Testamento y en sus precedentes paganos, y que ocurriesen en las comidas de los templos idolátricos.

Pablo enumera luego otros pecados de Israel, pero no tarda en volver con una advertencia que demuestra que ha tenido en mente la idolatría durante todo su discurso: «Por tanto [en vista de todo lo que he escrito], huid de la idolatría» (v. 14). Con dicho versículo el apóstol nos trae de nuevo a la inquietud que siente por la participación de los cristianos corintios en la idolatría, la cual se ha mencionado por primera vez en el 8.1. Fee dice acerca de esto que:

[ ... ] la base de la prohibición de Pablo es doble: su comprensión de la comida sagrada como «comunión», es decir como la singular participación de los creyentes en el culto a la deidad, a la que también se consideraba presente; y su percepción de la idolatría como el medio por excelencia de lo demoníaco.

Según Fee, la súplica de Pablo en el versículo 14 es «al mismo tiempo abrupta y absoluta». Y en el versículo 15 el apóstol escribe para demostrar cuán lógica es dicha súplica. Ellos habían alardeado de su conocimiento superior. Ahora Pablo les dice: «Apelo a vuestra sabiduría. Juzgad lo que digo». Como destaca Fee, ello no significa que deben juzgar en cuanto a la verdad o la falsedad del argumento del apóstol, sino más bien «juzgar por sí mismos que Pablo está en lo cierto».

El argumento es que si participan de la comida sagrada, es decir de la Cena del Señor, tienen comunión (koinonía) con Cristo, que está presente en dicha comida con ellos. Del mismo modo, los demonios están en las comidas ocultistas de las que han participado. Por tanto, cuando toman parte en éstas comulgan con los demonios (vv. 16-21). ¡Cuánta solemnidad y gravedad encierra este pensamiento!

En el versículo 19, Pablo aplica el argumento presentado entre el 16 y el 18 comenzando con una pregunta retórica. «¿Qué digo, pues?» Y luego divide su propia pregunta en dos partes: «¿Que el ídolo es algo … ?» «¿ … O que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos?» La construcción gramatical de ambas preguntas exige un «¡No!» como respuesta. El ídolo no es una entidad real, y la carne sacrificada a los ídolos es meramente «carne». «Todos estamos de acuerdo en eso», está diciendo Pablo.

«Sin embargo», añade el apóstol (vv. 20, 21), «aquí hay algo que habéis pasado por alto. El hecho de que un ídolo no sea un dios no significa que no intervengan seres espirituales en la adoración o los banquetes del mismo. Sí que intervienen. Hay demonios metidos tanto en lo uno como en lo otro.

»No quiero que participéis con los demonios. Si lo hacéis, en realidad estaréis teniendo koinonía con ellos, y no podréis seguir teniéndola con Cristo. Ambas koinonías son incompatibles entre sí».

Fee hace una declaración importante respecto a la relación entre los ídolos y los demonios en el Antiguo Testamento. En el versículo 20, expresa: «Pablo no está queriendo decir que los ídolos sean reales. Más bien, los corintios deben entender la idolatría en los términos de la revelación veterotestamentaria. Los sacrificios de los paganos se ofrecen a los demonios, no a ningún ser a quien pueda llamarse Dios con propiedad». Y más adelante comenta que:

[ ... ] En el desierto, Israel había desechado a su Roca, Dios, por seres que no eran dioses, sino en realidad demonios. Aunque el Antiguo Testamento mismo no contiene ninguna reflexión teológica sobre esta idea de la idolatría, se trataba casi con toda seguridad del resultado lógico de la comprensión que tenían los israelitas de que los dioses «mudos» de los paganos poseían en realidad poderes sobrenaturales. Puesto que sólo había un Dios, tales poderes no podían atribuirse a los dioses; de ahí que surgiera la creencia de que los ídolos representaban a espíritus demoníacos.

Esta afirmación de Fee es crucial y tiene una doble aplicación. Sólo porque el Antiguo Testamento no contenga un estudio teológico sistemático de los poderes demoníacos ello no significa que los israelitas no supiesen que éstos eran reales. Y lo mismo puede decirse del concepto neotestamentario del mundo espiritual en los Hechos y las epístolas. Tanto los escritores como los cristianos primitivos sabían que Satanás y los espíritus demoníacos se encontraban detrás de la maldad y el poder de los sistemas religiosos idólatras, politeístas y mágicos del mundo grecorromano. Esto era cierto, aunque salvo con unas pocas excepciones (la principal 1 Corintios 8-10) no trataran en detalle este hecho ya conocido y universalmente aceptado. Fee señala que:

[ ... ] La enseñanza de Pablo es sencilla: esas comidas paganas son en realidad sacrificios a los demonios e implican la adoración a ellos. Los que ya están unidos a su Señor y a sus hermanos en la fe mediante su participación en la Santa Cena no pueden, bajo ninguna circunstancia, participar también de la mesa de los demonios … En los templos paganos uno no está meramente comiendo con amigos, sino practicando la idolatría, hecho que implica adorar a demonios.

El versículo 22 concluye el argumento de Pablo iniciado en el 10.1 con: «Porque no quiero … », una exhortación fuerte que repite en el 20b: «No quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios». A continuación vienen las afirmaciones enfáticas de «no podéis» que aparecen dos veces en el versículo 21. ¿Quiere esto decir que nadie puede hacer ambas cosas? Esa sería una conclusión imposible, ya que se trata exactamente de lo que los corintios estaban haciendo.

¿Entonces, qué quiere decir Pablo aquí? Las palabras del apóstol significan: «Lo que hacéis no es agradable a Dios. ¡Abandonadlo de inmediato!» Y esto nos lleva a sus dos preguntas del versículo 22: «¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que Él?»

La respuesta a ambas es «No». La segunda de dichas preguntas implica un juicio de parte de Dios si su pueblo sigue flirteando con los demonios al tiempo que tienen comunión con Él. Como expresa Fee: «No es posible desafiar con impunidad los celos del Señor. Aquellos que ponen a prueba a Dios obstinándose en su derecho, a lo que Pablo insiste que es idolatría, están enfrentándose a Él, desafiándole con sus acciones, retándole a actuar».

En los versículos 23 al 33 Pablo utiliza de nuevo su testimonio personal para seguir con su argumento de que la libertad no debe ejercerse a costa del amor fraterno. En medio de esto también les dice que, tan grande es la conciencia que hay de la relación existente entre los ídolos y la carne que se les sacrifica, que el creyente debería rechazar comer de la misma incluso en las casas de los inconversos, si sus anfitriones les dicen que dicha carne ha sido sacrificada a los ídolos (vv. 27-29a). No sólo no debemos ofender a nuestros hermanos en la fe comiendo de esa carne, sino tampoco hacer tropezar al inconverso ejerciendo nuestra pretendida libertad en Cristo.

En todo debemos buscar primero la gloria de Dios y, a continuación, no ser «tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios» (v. 32). ¿Por qué? Porque hemos de vivir para el beneficio «de muchos, para que sean salvos». La gloria de Dios, la edificación de mis hermanos y la salvación de los perdidos deben ser los principios rectores para juzgarme a mí mismo en el ejercicio de mi libertad en Cristo.

Corinto era para Pablo y para la iglesia primitiva lo que un campo misionero representa hoy en día para la iglesia. Y lo mismo sucedía con Chipre, toda Asia, Grecia y Europa. Cada una de esas regiones constituía un centro de idolatría, politeísmo, animismo, panteísmo, culto a los antepasados, brujería, hechicería y adivinación, con la inmoralidad y la magia espiritual que acompañaba a estas cosas.

A menudo he leído comentarios bíblicos que afirman que en el Nuevo Testamento se dice poco de la idolatría en comparación con el Antiguo, y que aquella no era un problema real en las iglesias gentiles. Nada hay más lejos de la verdad. Lo que encontramos aquí revela que la idolatría era un problema verdadero en Corinto y en todas las iglesias paulinas. Si somos consecuentes con la opinión que profesamos acerca de la inspiración del Nuevo Testamento, lo que Pablo escribió a los corintios era aplicable a todos los creyentes que se encuentran en circunstancias semejantes. Los principios esbozados, no las situaciones específicas, son supraculturales: trascienden la situación cultural de un sitio y se aplica a todos los creyentes en todo tiempo y en cualquier parte del mundo.

Cuando estamos dispuestos a admitir que todo esto formaba el contexto sociocultural de la generalidad del mundo del Nuevo Testamento, empezamos a entender que los choques de poder en la esfera espiritual eran constantes, aunque sólo se mencionen algunas veces. Esto era especialmente cierto, como lo es hoy en día, en la expansión misionera de la iglesia. Aunque sólo se nos den atisbos esporádicos de ellos e instrucciones ocasionales acerca de su realidad, debemos entender que el problema era universal en esos primeros tiempos de la misión cristiana, del mismo modo que lo es hoy en día.

Fee lo resume diciendo que:

[ ... ] Lo que Pablo está prohibiendo finalmente es cualquier relación con lo demoníaco. La forma como se aplica eso a las culturas occidentales modernas puede ser discutible; tal vez lo que la mayoría de los cristianos de Occidente necesitan aprender es que lo demoníaco no es algo tan lejano como muchos quisieran creer.

Los creyentes de Atenas, Corinto y otras ciudades del campo misionero constituido por el mundo grecorromano donde Pablo y los demás cristianos primitivos fundaron iglesias, debieron enfrentarse a diario a esta cuestión. A medida que la epístola que nos ocupa circulaba entre las iglesias, éstas iban aplicando las palabras del apóstol a su propia situación, que sin duda era muy parecida.

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