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La Verdad Sobre los Mormones y Sus Muchas Mentiras (Video)

Antes de que Jose Smith creara a los mormones, él era Masón (o mejor dicho nunca lo dejo de ser) y todos esos ritos secretos que dices vienen precisamente de los Masones que mas esta decir que son una secta.

Los Mormones no hablan de la masacre de Indios Americanos que hicieron para adueñarse de sus tierras, precisamente donde esta situado su iglesia principal en Utha.

Según ellos Cristo bautizaba a los Indios Americanos a 600 años antes que Juan El Bautista y del mismo bautismo de Cristo, a esos mismo indios que ellos mismo masacraron.

Jose Smith llego a tener 33 esposas, eso sin contar las que han tenidos sus apóstoles.

Seria interminable todo lo que podemos decir de los Mormones pero no me gustaría terminar sin escribirles unos versículos bíblico que echa por tierra la biblia mormona.

(Ga.1:6-10) “No hay otro evangelio”

6 Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente.
7 No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo.
8 Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.
9 Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.
10 Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.

Que el Señor les bendiga y nos ayude a discernir su verdad.

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Categorías:Enseñanzas
  1. 18 febrero 2014 en 2:33 PM

    QUE QUEDE CLARO CUANDO DIGO PUBLICARON UNA MENTIRA HACIENDOLA PASAR POR UNA VERDAD ME REFIERO A LO PUBLICADO POR REPUBLICA NM CON RESPECTO A THE NIKORT PROJET” POR AQUELLO QUE LEO QUE LO QUIEREN DESVIAR PARA OTRO LADO CON RESPECTO AL HOLOCAUSTO.

  2. Republica NM
    18 febrero 2014 en 6:10 PM

    Te hemos puesto dos enlaces de fuentes íntegramente involucradas en el tema, además, no encontramos el enlace del boletín donde la cruz roja desmienta la matanza judía a escalas millonarias por parte de los nazis como aludías.
    Sobre tu buen amiguito Goebbles, quien practicó el filicidio de una manera planeada contra 4 hijos, lo puedes encontrar en fuentes neutrales sobre el tema, como las enciclopedias, ya que te gusta leer.
    Y sobre la teoría sin base científica es una mentira, es falso. Resulta que el primer planteamiento científico parte de una simple teoría, o de cientos de ellas. El hecho de no conocer el camino exacto para llegar allá no quiere decir que no se pueda llegar, es simplemente cuestión de tiempo, de insistencia y de probabilidades. Acaso supones un apoyo científico salido de la nada? eso no ocurre así, son al principio simple teorías o hipótesis para empezar un largo camino en busqueda de esos principios que la hacen posible. Mira como la ciencia hoy día dice una cosa,pero mañana puede cambiar su postura. Hoy es ciencia,mañana es error. Hoy enseña , mañana corrige.
    Es mejor que no uses frases filósoficas ajenas si careces de entendimiento propio.
    Republica NM

  3. Republica NM
    18 febrero 2014 en 6:22 PM

    Cómo osas poner al mismo nivel de un simple mortal a un Dios??? Dios tiene sus razones mas allá de donde tus capacidades te permiten entender. Entonces qué haríamos con un partido donde el juez debe pitar un penal encontra de otro equipo? por eso se convierte en malo para esa nación de ese equipo? por eso aquel árbitro deja de ser bueno? El árbitro tomará decisiones, que a sus ojos, son justas y necesarias, para eso está allí, sino que cada quien se defienda como pueda. acaso nunca has tenido que poner un castigo a tus hijos? eso demuestra que los odias y que eres malo? Qué importancia tiene morir para poder vivir? Antes que un alma se extravíe es mejor ponerlo en otro lugar mas seguro.Sinembargo el extraviado debe encontrar su ´propio camino de regreso.
    Acaso entiendes de qué hablamos? Seguro que no, ahora pretendes entender a Dios ?

    Dios es un ser incuestionable, el hombre debe ser sometido a la justicia. No podemos comparar ni justificar al hombre en un conocimiento confuso y pequeño sobre ese ser tan Grande y Majestuoso.

  4. 18 febrero 2014 en 7:38 PM

    ESTOY EN TODO MI DERECHO DE CUESTIONAR LO QUE CREO QUE NO ES CORRECTO Y NO CREO QUE EL “dios” DE LA BIBLIA SEA EL VERDADERO. Y EN ESTE FORO LO HE DICHO MUCHAS VECES AHORA NO ME VENGAS A REPROCHAR ESTO. ESE ES MI PUNTO DE VISTA YO CREO EN EL VERDADERO DIOS QUE VA A VENIR A PEDIR CUENTA DE USTEDES Y LOS ASESINATOS DEL SIONISMO Y ESTA PROXIMO Y SE QUE ESTO ES VERDADERO. NO DEBIERAS DE PERDER EL TIEMPO CON PERSONAS COMO YO. USTEDES SON UNOS VIVIDORES Y EXPLOYTADORES DE LA FE QUE DESDE EL PRIMER MOMENTO HAN DEMOSTRADO LO QUE SON. AQUI ES UN FORO PARA VER Y OPINAR Y LO VUELVO A REPETIR DE NUEVO NO PARA COMPLACER A NADIE. Y LOS ENLACES QUE DEJASTES HABLAN DE 12 MILLONES ¿NO QUE ERAN 6? Y TODAVIA INSISTES EN QUE LOS MIRE QUE ME CRES ¿IDIOTA? PARA SEGUIR VIENDO UN ENLACE QUE MIENTE TAN DESCARADAMENTE. USTEDES RONDAN EL BORDE DE LA ESTUPIDES E IGNORANCIA. Y NO VOY A CONTESTAR NINGUN COMENTARIO MAS DE USTEDES CON ESTO MI POSICION ES CLARA.

    Y EL ESQUIVAR LA VERDAD DE LA INCOHERENCIAS DE LA BIBLIA Y SU “dios” ES RIDICULA Y SOLO ESTO DESENMASCARA LA MALDAD DE DICHO SER. ACASO NO VEZ LA CANTIDAD DE GENTE QUE YA NO CREE EN PERSONAS COMO USTEDES.
    SU MALDAD ESTA PRONTA A SU FIN. SOLO DEMOS TIEMPO Y LO SABRAS. ¿POR QUE TE PREOCUPAN MIS PAABRAS SI SON MENTIRAS? ¿POR QUE INSISTES TANTO EN NEGAR LAS PRUEBAS CIENTIFICASQUE SE EXPONEN EN OS ENLACES QUE TE DEJE? SERA QUE ES UNA DEMOLEDORA VERDAD…
    LES QUEDA POCO TIEMPO PARA EL FIN DE SUS MALDADES.

  5. Republica NM
    19 febrero 2014 en 9:15 AM

    Pruebas científicas? Acudes a pruebas científicas teniendo la evidencia humana mas grande de la historia? Cómo pasar por encima de eso? Cómo pretendes que la ciencia manipule un hecho histórico cuando las evidencias humanas señalan una autoría responsable? Es como pillar a un ladrón dentro de mi casa y tener que demostrar a la policía técnica o científicamente que estaba tratando de cometer algún delito? Ese procedimiento te parece justo, correcto y adecuado? No de hecho, la sóla razón de que esté dentro de mi casa sin mi autorización ya es un delito!!! _Bajo qué argumentos científicos defiendes una invasión alemana a otros países?

  6. 19 febrero 2014 en 12:27 PM

    DESGRACIADAMENTE PARA TI ESAS PRUEBAS CIENTIFICAS SON LAS MISMA QUE SE APLICAN EN CUALQUIER CASO CRIMINAL. Y SI NO VISTES LOS LINK QUE SUBI CON TANTO EN CONTRA HASTA DE LOS TESTIGOS IGNORAS UNA VERDAD. ACASO NO MINTIERON CON MUCHAS COSAS (JABON HECHO CON GASA DE GENTE JUDIA, LAMPARA HECHAS CON PIEL DE JUDIOS, CAMARAS DE GAS QUE SE SABEN QUE NO FUERON PARA ESO Y YA NO LA UTILIZAN EN LA PROPAGANDA,ETC). ENTONCES DIME DONDE ESTAN LOS RESTOS DE LOS 6 000 000 MILLONES DE CUERPOS YA QUE UN CUERPO GENERA 2 KILOS DE CENIZA. ERES UN TARADO QUE DEFIENDE EL MAL, EL VERDADERO DEMONIO QUE SE HACE PASAR COMO ANGEL DE LUZ. PRONTO SERAS DESTRUIDO POR EL DIOS VERDADERO. Y DEJA DE SUPLICAR YA QUE ASI PARECEN TUS COMENTARIOS DESESPERADOS CON TAN CONTUNDENTE ARGUMENTOS. SI APLICAMOS TUS ARGUMENTOS A LA BILBIA ENTONCES QUEDA EN PURAS PALABRAS. APLICAS UN PRINCIPIO A ALGUNAS COSAS PERO A TU INTOCABLE “dios” NO POR QUE SUS MISTERIOS SON INCOMPRENCIBLES PARA EL HOMBRE, ESTUPIDO ARGMENTO DE UN ENFERMO MENTAL YA QUE LA LEY SE APLICA TANTO A LA IZQUIERDA COMO LA DERECHA. PERO SON LOS LECTORES QUIENES ANALIZARAN LAS PRUEBAS QUE HE SUBIDO. TU SOLO UN LIKN SUBISTE Y LO DESMENTI CON DOS FOTOS Y AUN SIGUES HABLANDO DE PRUEBAS ¿CUALES?¿CUAL LINK HAS SUBIDO CON PRUEBAS? REPITES IDIOTAMENTE LO MISMO CON PALABRAS DE HOMBRE FANATICO ENTREGADO AL MAL MAS GRANDE DE LA HUMANIDAD. EL MUNDO ENTERO ESTA DESPERTANDO Y ESE DESPERTAR LOS APLASTARA POR SUS MENTIRAS.

  7. 19 febrero 2014 en 12:51 PM

    — 175 —

    Primera parte SEGUNDA PARTE TERCERA PARTE

    ÍNDICE

    PROLOGO

    PARTE I

    PARTE II

    LOS CRÍMENES DE GUERRA
    EL CALVARIO DE LOS CIVILES ALEMANES EN POLONIA

    EL ATAQUE A LA ESTACIÓN DE GLEIWITZ

    MANDEL, ASESINO DE PRISIONEROS

    VARSOVIA Y ROTTERDAM. O LA GUERRA DE FRANCO-TIRADORES

    LA GUERRA DEL HAMBRE

    CRÍMENES NAVALES

    LOS ALIADOS Y LAS LEYES DE LA GUERRA

    EL TERRRORISMO AEREO

    LA GUERRA DE PARTISANOS

    MATANZAS DE PRISONEROS

    MATANZAS DE CIVILES

    PARTE III

    EPILOGO: LOS ZÁNGANOS

    BIBLIOGRAFÍA

    ÍNDICE

    — 176 —

    LOS CRÍMENES DE GUERRA

    Si admitimos el punto de vista popular de que el principal “crimen de guerra” es la misma guerra y el principal culpable es el que la provoca, es porque estamos convencidos de que tal aserto contiene gran parte de la verdad.
    Si no hubieran guerras, no habrían crímenes de guerra: es somero, es simple, tal vez demasiado simple, pero, en el fondo, es una de tantas verdades del olvidado Perogrullo. Por tal motivo, en la 1ª Parte de este estudio sobre los CRÍMENES DE LOS BUENOS, hemos procurado mostrar qué países, o más bien, qué gobiernos, o mejor aún qué FUERZAS actuando detrás de esos gobiernos planearon, programaron, provocaron, desencadenaron y finalmente declararon la guerra; esa hecatombe de guerra que marca el fin de una época civilizada y amable para entrar -si un último sobresalto de Occidente no lo remediaen la época de la Gran Termitera.
    Pero ello no debe hacer pasar por alto los otros crímenes; los específicamente llamados “crímenes de guerra” por cuanto fueron cometidos durante la guerra, contra militares o civiles del bando de los MALOS, según la iconografía puesta en boga por los mass media en los últimos años. Con objeto de sistematizar este estudio, tras los Crímenes contra la Paz, ya tratados, vamos a ocupamos de los Crímenes de Guerra, entendiendo por tales los cometidos en el curso de la guerra por los BUENOS. Cuando lo consideremos útil, estableceremos un paralelismo entre los crímenes de ambos bandos.

    Finalmente, nos ocuparemos de los Crímenes contra la Humanidad. Aún cuando comprendemos que tal denominación es absurda -la Humanidad la constituimos todos los bípedos implumes, más o menos razonables de este Planeta, en todo tiempo y lugarla adoptamos porque nos ha parecido útil seguir, al menos en la técnica expositiva, el modelo de las Actas de Acusación del Tribunal de Nuremberg. Para aquéllos curiosos juristas, había tres grandes cuerpos de delitos: Contra la Paz, relativos a la culpabilidad en el desencadenamiento de la guerra; De Guerra, que trataban de atrocidades innecesarias para la conducción normal de la guerra entre países civilizados; y contra la Humanidad, referentes a los malos tratos contra grupos raciales, civiles o religiosos determinados en razón a su pertenencia a los mismos. Ya hemos hablado -lo repetimos- de los Crímenes contra la Paz.

    Vamos a hablar, ahora, de los Crímenes de Guerra. Como siempre, vamos a dejar que hablen los testigos de parte contraria, o, al menos, los neutrales, por ser irrebatibles sus testimonios.

    EL CALVARIO DE LOS CIVILES ALEMANES EN POLONIA

    En epígrafes precedentes hemos tratado ampliamente de las sevicias sufridas por las minorías alemanas en Polonia, antes de la ruptura de hostilidades, el 1 de Septiembre de 1939.
    Como ya hemos expuesto, a partir de la Primavera de 1939 una violenta campaña se desarrolló en la mayor parte de los sectores de la opinión pública polaca; como siempre ocurre, la llamada “opinión pública” no era más que un subproducto elaborado; en este caso, elaborado por los servicios del estado polaco. Esta campaña de odio fue llevada a cabo metódicamente en todas las capas de la población y en particular en los cuarteles y entre los miembros de las jóvenes formaciones paramilitares, que debía llevar a cabo una labor de terrorismo muy importante desde los primeros días de la guerra. Se trataba, pues, de una campaña de odio premeditado, alimentada con falsas noticias y excitaciones propagadas por el gobierno y por los servicios oficiales; campaña dirigida contra la minoría alemana instalada en Polonia desde hacía siglos y, de hecho, antes que los propios polacos. En una palabra, se trataba de una campaña que presentaba TODOS los caracteres de excitación al odio en razón de la pertenencia a un grupo étnico determinado. En efecto, esa campaña era racista según la interpretación dada por los leguleyos del Tribunal Militar de Nuremberg, toda vez que los alemanes residentes en Polonia eran de nacionalidad polaca; las cinco sextas partes de los mismos eran campesinos y los restantes que vivían en ciudades carecían de toda influencia social o política, lo que no podía decirse, por ejemplo, de los judíos residentes en el Reich cuando Hitler llegó al poder.

    El resultado fue una orgía sistemática de personas asesinadas y torturadas únicamente en razón de su pertenencia racial, es decir, exactamente lo que el Tribunal de Nuremberg calificaría más tarde de genocidio. Los informes de las comisiones de encuesta de la Cruz Roja y de los Tribunales alemanes han fijado en 58.000 la cifra probable de muertos y desaparecidos que fueron ejecutados en poco más de una semana, entre la declaración de guerra y el 9 de septiembre.

    En noticia publicada por la agencia de noticias norteamericana “Associated Press”, al final de la encuesta de la Cruz Roja Alemana, el 1 de febrero de 1940 el número de cadáveres.

    — 177 —
    identificados de alemanes que habían formado parte de la minoría alemana en Polonia se había elevado a 12.857. A esa cifra deben añadirse los 45.000 desaparecidos que, oficialmente, habían sido considerados como tales. Salvo rarísimas excepciones, esas personas deben ser consideradas como asesinadas al haber sido imposible encontrar rastros de las mismas.
    Los detalles de las diferentes deposiciones demuestran que el hecho de ser alemán y de hablar alemán servía para determinar la elección de las víctimas. Los alemanes residentes en ciudades de cierta importancia y que podían explicarse en polaco sufrieron incomparablemente menos que sus compatriotas de las zonas rurales. Las víctimas habían sido designadas, en muchísimas ocasiones, por medio de denuncias de sus vecinos polacos, y, particularmente, de las mujeres, “que llegaron a mostrar un odio y una histeria inauditas” [410].

    Las escenas de bestialidad polaca mencionadas por los testigos recuerdan, a menudo, la técnica del linchamiento, pero, en realidad, se injertaban sobre unas medidas de carácter más general, cuya iniciativa había sido tomada por el gobierno polaco. Atendiendo a las circunstancias, el gobierno de Moscicki y Beck había dado, por radio, la orden de que fueran detenidos, en masa, y sin orden judicial previa, todos los individuos de origen alemán, aún cuando su nacionalidad fuera polaca (lo que sucedía en un 99 por ciento de los casos) que se encontraran en territorio polaco y, muy en particular, los colonos agrícolas que formaban parte de la minoría étnica alemana instalada en Polonia desde el siglo XV. Esa orden, transmitida a todos los gobernadores regionales y a los alcaldes el mismo día 1 de septiembre de 1939, dos horas después de haber estallado la guerra entre alemanes y polacos, fue puntualmente ejecutada. Naturalmente, la suerte de los civiles dependía, en gran parte, de la catadura moral o del pasajero estado de ánimo del responsable polaco que se hiciera cargo de ellos.

    Muchos alemanes fueron detenidos y llevados, sin darles tiempo a vestirse, a las comisarías de policía. Una parte de ellos fueron conducidos al tristemente célebre campo de concentración de Bereza-Kartuska, en el Este de Polonia, desapareciendo prácticamente de este mundo. No se ha podido saber si fueron ejecutados por los polacos o capturados por los rusos cuando estos ocuparon una parte del país; en todo caso, desaparecieron como si se los hubiera tragado la tierra. Otra parte de los detenidos, tras serles tomada declaración en las comisarías, fueron invitados a regresar a sus domicilios, pero entonces empezó su verdadero calvario al ser maltratados, golpeados, heridos y, a menudo, lapidados en plena calle por grupos patrióticos polacos. Otra parte importante de los alemanes de Polonia fueron ejecutados sumariamente en ocasión de visitas domiciliarias de las autoridades o de unidades paramilitares polacas.

    A menudo se pretendía que los alemanes disparaban contra la multitud polaca, e inmediatamente un grupo de alemanes eran acusados, llevados a rastras y abatidos a tiros o a golpes de hacha (este tipo de ejecución era muy corriente) y sus cadáveres abandonados en fosas comunes. Como ya hemos mencionado, la Comisión de Encuesta de la Cruz Roja Alemana logró identificar, al cabo de cuatro meses de intenso trabajo, a casi trece mil de esos desgraciados.

    Otros cuatro mil cadáveres quedaron sin identificar, aún cuando, según todos los visos de verosimilitud, también se debía de tratar de alemanes o de ucranianos, víctimas del populacho polaco. El tipo de heridas infligidas a las víctimas (tiro en la nuca; ojos reventados; cabezas rotas a martillazos, hachazos en el rostro o en la cabeza; destripamientos; amputaciones de miembros, etc) demuestra que esas ejecuciones tuvieron caracteres de linchamiento. Las ejecuciones regulares según “sentencia” de un tribunal, dictada apresuradamente, y bajo la aleatoria acusación de traición a la patria polaca, no llegaron a un centenar.

    Aún cuando los abusos contra la minoría alemana tuvieron lugar en toda Polonia, las “massacres” colectivas más notables se llevaron a cabo en Jagerhoff, en Slonsk. en Jesuittersee y en Kleinbartelsee. En Jagerhoff, suburbio de Bromberg -donde ya la chusma polaca, el 30 de agosto, antes de empezar la guerra, había llevado a cabo una horrible matanza de civiles alemanes- la “massacre” empezó con el asesinato del pastor protestante Kutzer, padre de cuatro hijos, de tres a catorce años, todos los cuales fueron despedazados a golpes de hacha. A Kutzer se le acusaba de guardar armas en el presbiterio. Al no encontrarlas quisieron obligar al pastor a que manifestara dónde las había escondido, y para animarle a ello, empezaron por disparar un tiro en la nuca a su anciano padre octogenario. Luego, como hemos dicho, seguiría el pastor y sus hijos. Otros 35 alemanes de Jagerhoff fueron fusilados, tras haber sido apaleados, por un destacamento del ejército polaco.

    El día siguiente, 4 de septiembre, 39 hombres pertenecientes a la minoría alemana de Bromberg y sus alrededores fueron asesinados por un destacamento regular del ejército polaco.

    La matanza se desarrolló junto a la orilla del lago de Jesuittersse, a 21 kilómetros de Bromberg.

    — 178 —
    Entre los hombres destinados a ser ejecutados se encontraban los alemanes Gustav Gruhl y Leo Reinhardt, de Zielonke, que, por fortuna, lograron escapar a la muerte. Según la deposición de estos testigos, en la madrugada del 4 de septiembre, hombres, mujeres y niños, supervivientes de las matanzas de Bromberg fueron obligados a emprender una larga marcha a pie a lo largo de la carretera de Lohensalza.
    Las mujeres y los niños fueron separados de los hombres y éstos alineados y ametrallados.

    Al darse cuenta de que iban a ser ejecutados, algunos alemanes intentaron escapar, y Gruhl y Reinhardt lo lograron [411]. Otro grupo de alemanes igualmente procedentes de Bromberg, fueron también ametrallados junto al Jesuittersee al atardecer de aquel mismo día. La cifra que se ha dado es de 41: 39 hombres y 2 mujeres. Seis alemanes lograron escapar, aunque todos resultaron heridos. Esta segunda matanza de Jesuittersee revistió un grado de salvajismo superior a la primera. En efecto, los resultados de la autopsia demostraron que una de las víctimas, a parte de una herida de bala a quemarropa, recibió 38 bayonetazos, uno sólo de los cuales resultó mortal. Otra víctima pereció de un disparo en el ano; la salida del proyectil por la región superior del abdomen prueba que el desgraciado, sin hallarse estirado en el suelo, se encontraba en una postura inclinada, con el rostro hacia el suelo. Varias víctimas presentaban signos de haber sido heridas hasta 15 veces; la herida mortal era siempre un disparo. Una docena de alemanes murieron, según demostró el examen de sus pulmones, ahogados en el Jesuittersee; todos ellos habían sido torturados pudiéndose constatar, de modo incontestable, que se les habían reventado los ojos.

    El Ministerio de Asuntos Exteriores del Reich publicó en 1940, un Libro Oficial sobre las atrocidades cometidas por los polacos contra los alemanes de Polonia. No aduciríamos ese documento como prueba de no mediar la circunstancia de que en él se citan repetidamente informes y rapports de la Cruz Roja Alemana y que tales rapports fueron luego reproducidos en la prensa de numerosos países neutrales, incluyendo los Estados Unidos. La Agencia Associated Press se hizo eco de los mismos.

    Haría falta un volumen dedicado exclusivamente al tema de los abusos contra la minoría alemana en Polonia pero ello no es objetivo de este libro. Nos limitaremos a mencionar la deposición de Heinrich Krüger, campesino de Tannhofen, en la región de Posen (o Poznania, en polaco).

    “Mi hijo Heinz y sus amigos Willi y Heinz Schaffer y Albert Zittlau, que en un principio se habían escondido en nuestra granja, decidieron huir al esparcirse los rumores de que los soldados polacos recorrían las granjas de los alemanes y fusilaban a todos los varones y, eventualmente, a las mujeres que se resistían a ser violadas. El 19 de septiembre, la esposa de Zittlau me dijo que había encontrado a su marido enterrado en un campo situado junto a la carretera de Rucewko. Me dijo que sólo la cabeza y un brazo emergían del suelo. Cerca de ese lugar se había encontrado el gorro de Willi Schaffer; suponiendo que los cuatro muchachos debían estar enterrados juntos me dirigí a aquel lugar en compañía de unos cuantos alemanes de nuestra aldea. Pronto encontramos la fosa en que yacían enterrados mi hijo, Zittlau y los hermanos Schaffer. Bajo los cadáveres, la tierra estaba impregnada en sangre; supongo que les mataron mientras se encontraban en la fosa y fueron enterrados a continuación. Mi hijo tenía el vientre completamente abierto y sus intestinos salían hacia fuera. Le habían quitado los zapatos, el reloj y la cartera. Heinz Schaffer también había sido destripado y además le habían amputado los órganos genitales. A los otros dos muchachos les habían abierto también el vientre, y, además, les habían vaciado las cuencas de los ojos”.

    Todos estos actos tomados aisladamente, constituyen flagrantes casos de asesinato, violencias y torturas susceptibles de causar la muerte y sevicias en primer grado. El conjunto de la operación, precisamente en virtud de su carácter específico, puede perfectamente entrar dentro de la categoría de Genocidio, pues la instigación a la violencia por parte de las autoridades legales polacas y, como mínimo, su abstención en impedir esos abusos están ampliamente demostradas. Tras la ocupación de Polonia por las tropas alemanas, un Tribunal establecido en Bromberg dio órdenes de busca y captura contra los autores de esos actos. El número de personas castigadas no llegó a la docena. No se dictó sanción jurídica alguna contra las autoridades polacas que, por acción u omisión, coadyuvaron a la comisión de tales delitos que, por ejemplo, el Tribunal de Nuremberg hubiera englobado bajo la denominación de genocidio.

    — 179 —
    La culpabilidad de las autoridades polacas, atestada por su orden radiada de proceder contra los alemanes de Polonia, está fuera de toda duda razonable. Culpables fueron, también, los gobernantes de Varsovia, de la creación de un clima delirantemente xenófobo, al que contribuyeron con la propagación de falsos infundios. Así, por ejemplo, el 3 de septiembre, Radio Varsovia anunció que el Santuario Nacional de la Virgen en Czestochowa había sido destruido por la aviación alemana. Czestochowa es a la tradición religiosa polaca lo que la Catedral de Santiago, o la Basílica del Pilar de Zaragoza a España, o Notre-Dame de Paris, a Francia. La indignación que la noticia produjo en Polonia fue inaudita y, entre otros abusos contra la minoría alemana se registra el del apaleamiento de los pastores protestantes alemanes internados en el campo de concentración de Bereza-Kartuska.
    Se constataron casos de religiosos con todos los dientes arrancados y la lengua cortada, en represalia por el bombardeo de Czestochowa. Fue esta la única ocasión en que los polacos se ocuparon de los casi 20.000 detenidos de ese campo, pues si algo ha trascendido de la suerte que corrieron esas pobres gentes es que durante las tres semanas que, aproximadamente -si dejamos a parte el tiempo empleado en liquidar el cerco de Varsovia- duró la campaña en Polonia, a los internados se los mantuvo a régimen de pan y agua. En todo caso, una cosa es cierta: el sacrosanto furor religioso de los apaleadores de pastores protestantes, aparte de injustificado, era totalmente gratuito. En efecto: al ocupar el territorio, las autoridades alemanas convocaron a representantes de la prensa de países neutrales, invitándoles a visitar el Santuario de Czestochowa, que nunca fue bombardeado y que, por consiguiente, no sufrió daño alguno. El bien conocido periodista L.P.Lochner, de la Associated Press, dio fe de ello, reproduciendo, incluso, unas declaraciones del Prior del Santuario, Norbert Motzlewsky, en el sentido de que los ocupantes alemanes observaban una conducta correcta con ellos y la población civil.

    Creemos que se impone un inciso. Deseamos llamar la atención sobre el hecho de que las masacres colectivas que produjeron un más elevado número de bajas (80 en las dos masacres del Jesuittersee; 41 en Jagerhoff; 36 en Eichtorff, 58 en Torn, 104 en Tarnova y 53 en Kleinbartelsee) representan un índice muy bajo comparado con los 12.587 muertos oficiales e identificados, por no mencionar los otros 45.000 oficialmente desaparecidos y con toda probabilidad ejecutados y arrojados al Vístula. A nuestro juicio esto demuestra que los alemanes fueron ejecutados, no al por mayor, sino al detalle, y en toda Polonia, en sus domicilios o fuera de ellos. No se trató, pues, según toda presunción lógica, de aislados brotes de la chusma, sino de un movimiento general, tolerado, cuando no propiciado e incluso instigado por las autoridades legales polacas. La única masacre al por mayor se produjo en Bromberg pero -como ya hemos visto al tratar de los Crímenes contra la Paz- un día antes de que estallara la guerra; prueba suplementaria, a nuestro juicio, de que la matanza de Bromberg -6500 muertos según fuentes neutrales, y 10.000 según fuentes alemanas- fue algo deliberado y fríamente programado, y que aunque el autor material fueran las turbas polacas, los agentes provocadores posiblemente no fueran, siquiera, ciudadanos polacos.

    EL ATAQUE A LA ESTACIÓN DE GLEIWITZ

    Queremos referirnos, aún cuando sea muy someramente, al que sería -y empleamos, adrede, el condicional- el primer crimen de guerra de la II Guerra Mundial. El primero, cronológicamente, hablando.
    Nos referimos al ataque a la estación de radio de Gleiwitz. El escritor húngaro Joseph Sueli refiere [412] el episodio de la siguiente manera:

    “La noche del 31 de agosto estaba escuchando Radio Gleiwitz, estación radiofónica alemana, justo al lado de la frontera polaca. Súbitamente, unos minutos después de medianoche, el programa musical se detuvo y unas voces excitadas anunciaron, en lengua alemana, que la ciudad de Gleiwitz había sido invadida por formaciones polacas irregulares, que se dirigían hacia la estación de radio. Luego, súbitamente, se hizo el silencio. Continuó con la radio puesta y a las dos de la madrugada (ya, viernes 1 de septiembre) Radio Gleiwitz emitía en lengua polaca. Radio Colonia anunció que las tropas alemanas estaban rechazando a los atacantes de Gleiwitz. A las seis de la mañana, las tropas alemanas invadieron Polonia. Unos días después de estallar la guerra, leí un pequeño párrafo en la prensa inglesa, según el cual los alemanes aseguraban, entre otras cosas, que los polacos habían empezado, de hecho, la guerra, invadiendo Gleiwitz en las primeras horas de la madrugada del viernes 1 de septiembre”.

    — 180 —
    He aquí la versión que, de los hechos, da el escritor antinazi y medio-judío H.S. Hegner: Heinrich Müller, alto funcionario de la Gestapo, había sido encargado (¿por Hitler?) de proporcionar el motivo oficial para declarar la guerra a Polonia. Un centenar de prisioneros de los campos de concentración alemanes fueron concentrados en la ciudad de Oppeln, cercana a la frontera polaca. Estos hombres fueron vestidos con los uniformes de las S.S. y colocados cerca de la frontera. Allí, fueron atacados, por sorpresa, por soldados alemanes, vestidos con uniforme polaco, que se precipitaron sobre los desgraciados prisioneros disfrazados de S.S. y les asesinaron. Una vez hecho esto se encaminaron hacia la frontera polaca y, de paso, prendieron fuego al puesto aduanero de Hohenlinde. A continuación, un supuesto agente de la Gestapo, llamado Naujocks, al mando de soldados alemanes disfrazados de miembros de una organización patriótica paramilitar polaca (que, por cierto, Hegner omite mencionar) atacaron la emisora de radio alemana de Gleiwitz. En esta operación hubo solamente un muerto, que oportunamente facilitó Müller. Era un prisionero que llevaba uniforme polaco y a quien se había dejado inconsciente por medio de inyecciones y que después fue ejecutado en el lugar de la acción [413].
    Ahora, veamos qué dicen al respecto los alemanes:

    “31 de agosto.- 4. Comunicación del Jefe de Policía de Gleiwitz. La radioemisora de Gleiwitz fue asaltada por tropas irregulares polacas que, de momento, lograron ocupar la emisora. Los irregulares fueron desalojados por la policía fronteriza alemana. En la defensa resultó mortalmente herido un irregular.
    “5.- Comunicación del Delegado de Hacienda de Troppau. En la noche del 31 de agosto al 1 de septiembre, la aduana de Hohenlinde fue atacada por irregulares polacos que lograron ocuparla; pero gracias a un contraataque de las tropas auxiliares (S.S.), los irregulares fueron desalojados” [414]

    .
    Si comparamos el texto de Hegner con el texto oficial alemán veremos que toda esta acción no tenía razón de ser si no era presenciada por nadie -nos referimos a nadie neutral- o si no eran fotografiados los S.S. disfrazados de polacos “irregulares”. Debemos hacer constar que no existen fotografías al respecto. Por otra parte, en el antes citado documento oficial alemán se mencionan 44 actos bélicos efectuados por los polacos y en ninguno de ellos se cita la muerte de los S.S., según la versión de Hegner. Además, en el texto alemán se señala explícitamente que los asaltantes no vestían uniforme polaco, sino que eran tropas irregulares, tanto en Hohenlinde como en Gleiwitz. También, según los documentos alemanes, el puesto de Hohenlinde no fue incendiado, sino ocupado.

    Si se comparan los dos textos, -el de Hegner y el oficial alemán- veremos que:

    1).- Si los alemanes hubiesen disfrazado con uniformes de las SS a prisioneros y les hubiesen dado muerte después, no cabe la menor duda posible y razonable de que hubiera sido con el fin de dar a conocer el hecho, ya con fotografías, ya con documentos escritos. Ninguno de los dos relatos mencionados, ni los otros 43 que desde el 25 de agosto hasta el 1 de septiembre contiene el Libro Blanco Alemán, menciona que muriese un sólo hombre de las S.S.

    2).- Los informes oficiales alemanes mencionan el carácter de tropas irregulares de los asaltantes, definiendo como tal el único muerto que se menciona, tanto en dichos textos como en el libro de Hegner. Es de pura lógica que si éste hubiese sido previamente “cocinado” por los servidos de la Gestapo -como pretende Hegner- también hubiese sido con el fin evidente de hacerlo público. De hecho, el único escritor aliadófilo que ha pretendido dar vida a esta rocambolesca historia de presos disfrazados de alemanes y de alemanes disfrazados de polacos es el semijudío Hegner. No existen, al respecto, versiones oficiales del bando aliado, ni en los libros amarillos franceses, ni en el Libro Azul inglés, ni en las “Memorias” de Churchill. Las únicas versiones son debidas al precitado Hegner y a tres o cuatro autores más, que citan a Hegner. Resulta clarísimo que tropas irregulares polacas -sabiéndolo, o, más probablemente, sin saberlo el mando regular polaco- realizaron una incursión en territorio alemán y que ello constituyó, de hecho, y cronológicamente hablando, el primer CRIMEN DE GUERRA, pues crimen de guerra es utilizar tropas irregulares y, más aún, si cabe, atacar cuando aún no existe un estado de guerra.

    De todo este confuso asunto sólo emerge con claridad una cosa: que, en las

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    horas que precedieron al rompimiento de hostilidades, hubo numerosos enfrentamientos entre irregulares polacos y regulares, o auxiliares, alemanes (S.S., Feldgendarmerie, policías de Aduanas, etc.) … y que tales enfrentamientos tuvieron lugar en territorio alemán. No debe olvidarse que, según el aducido testimonio del húngaro Sueli, a las 12 de la noche se produjo “un” ataque a la estación de Gleiwitz y a las 2 de la madrugada Radio Gleiwitz emitía en lengua polaca; poco después Radio Colonia anunciaba que se estaba rechazando el ataque. En cambio, el comunicado oficial alemán mencionaba, como hora del ataque, las 9 de la noche del 31 de Agosto, mientras Hegner afirma que fue a las 8. ¿Por qué no menciona el comunicado alemán el ataque de la madrugada del día 1 de septiembre? Nos inclinamos a suponer que, cuando en vísperas de una guerra se registran 44 acciones bélicas a lo largo de un frontera tan larga como la germano-polaca de 1939, una ha podido omitirse, especialmente si se ha producido, por repetición, en un mismo lugar. Hemos querido dar especial relieve a esta acción de Gleiwitz-Hohenlinde porque la versión de Hegner, luego reiterada por otros autores que le citan, ha pretendido ser incorporada a la Historia por el conocido sistema publicitario de la repetición sistemática, en detrimento de la Historia real.

    MANDEL, ASESINO DE PRISIONEROS

    Jeroboam Rothschild (a) Georges Mandel, Ministro del Interior en el Gabinete de Paúl Reynaud fue, según la cronología, el primer responsable directo del asesinato de prisioneros de guerra. En efecto, pese a que las Convenciones de Ginebra y de La Haya autorizaban el uso de soldados paracaidistas en una guerra regular, Mandel hizo promulgar un decreto-ley, por el procedimiento de urgencia según el cual se consideraría “francotiradores” a los paracaidistas.
    Los alemanes habían empleado con éxito a sus paracaidistas en la campaña de Noruega, y el Sr. Mandel decidió amedrentar a los paracaidistas alemanes, en caso de ser utilizados en la campaña de Francia.

    Como el Ejército Alemán no utilizó a sus unidades de paracaidistas en la guerra contra Francia, Mandel no quiso privarse del lujo de ser el primer ejecutor de prisioneros de guerra, y dictó otra ley, según la cual los pilotos de los aviones de caza que fueran capturados en la retaguardia francesa serían, también, considerados “paracaidistas”, si habían saltado en paracaídas para salvar su vida. De este modo, fueron ejecutados un cierto número de pilotos alemanes cuyos aviones fueron derribados en suelo francés. Según Rebatet, “un par de docenas” [415] y unos 20 según el Coronel Alenne [416].

    Unas palabras más sobre éste, cronológicamente hablando, primer ejecutor de prisioneros de la pasada guerra mundial. Como ya hemos visto al ocuparnos de los “crímenes contra la paz”, Mandel fue uno de los hombres que más trabajaron para que estallara la guerra. Teóricamente situado a la derecha de lo que se ha dado en llamar el “espectro político”, fue virulentamente combatido por los medios derechistas franceses de la pre-guerra, que le acusaron, con harta razón, de belicista. Como Ministro de Telégrafos y Comunicaciones en 1936-38 se hizo notar por la instalación de las llamadas “mesas de escucha”, registrando las conversaciones telefónicas de sus colegas políticos, tanto de derechas como de izquierdas. Esto le permitió ser el hombre mejor informado de Francia, acusándosele de obtener todos los cargos que ansiaba merced al recurso del chantaje. Al estallar la guerra, su celo depurador se hizo notar en una serie de medidas administrativas contra los franceses que tuvieran el mal gusto de no opinar como él. En junio de 1940 ordenó detener, acusándoles de germanofilia (un delito no previsto por el Código Penal Francés) a los redactores de la revista Je suis partout, que se oponían a la guerra “por Dantzig”.

    El Conde Thierry de Ludre, colaborador de dicha revista, desapareció en el curso de un traslado de prisión,

    “abatido, según se afirmó, por sus guardianes, quienes habían recibido órdenes muy estrictas, en tal sentido, del propio señor Ministro del Interior” [417]

    La casi totalidad de los periodistas franceses de aquella época acusaron a Mandel de “haberse vengado atrozmente del Conde de Ludre, fustigador implacable de los belicistas”. Por cierto que la muerte del Conde de Ludre, aplicándosele la tristemente famosa “ley de fugas” sobrevino pocos días después de la matanza de Abbeville, en el Norte de Francia, donde, por orden directa de Mandel fueron fusilados 21 detenidos belgas y franceses (“rexistas” de Degrelle, nacionalistas franceses e incluso apolíticos opuestos a la entrada de su país en la guerra) tras ser apaleados y
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    pinchados con las bayonetas. Entre los muertos se encontraba el diputado belga Jan Rijkoort y Joris Van Severen, el “inventor” del Benelux avant la lettre, como primer paso hacia una “Europa de las patrias carnales”. Mandel huyó a Argelia tras el armisticio Franco-Alemán, pero allí fue detenido por orden personal del Mariscal Pétain y conducido a Francia, donde fue procesado y encarcelado. Cuando los alemanes invadieron la zona sur de Francia, en noviembre de 1942, le detuvieron, enviándole al campo de concentración de Oranienburg, y luego a la prisión bávara donde se encontraba su amigo y correligionario León Blum. Laval, que había prometido a un lloroso Mandel que nunca le entregaría a los alemanes, logró que estos le devolvieran al gobierno de Vichy, pero Mandel nunca pudo llegar a la Zona Libre, pues, tal como le sucediera a Thierry de Ludre, fue muerto a tiros por los miliciens de Vichy, encargados de su custodia, en el curso de un traslado de prisión, en la carretera de Fontainebleau. Este fue el trágico final del primer linchador legal de prisioneros en la Seguna Guerra Mundial.

    VARSOVIA Y ROTTERDAM, O LA GUERRA DE FRANCOTIRADORES

    Mientras huía a Inglaterra, el gobierno polaco ordenó al mando militar de Varsovia que resistiera “hasta el último hombre”. Cómico, si no fuera trágico.
    El gobernador militar de la plaza repartió armas entre numerosos civiles y, además, fortificó la ciudad. El mando alemán, a Fin de ahorrarle inútiles sacrificios a la población civil, pidió la capitulación de Varsovia. Durante 8 días las fuerzas alemanas que cercaban la capital polaca apenas hostigaron a los defensores. Por fin, y tras una última advertencia del propio Hitler, desoída por el gobernador militar de Varsovia, el Führer ordenó que la capital polaca fuera tomada a sangre y fuego, haciendo responsable de los sufrimientos de la población civil al citado gobernador.

    El 26 de septiembre la Luftwaffe arrojó volantes sobre Varsovia pidiendo que los sitiados se rindieran, y dando 3 horas suplementarias de plazo. Ante la nueva negativa polaca, esa misma noche se inició el ataque directo que culminó con la capitulación, dos días más tarde. Al concertar ésta, Hitler dejaba a salvo “el honor militar de su adversario que había sucumbido tras luchar valerosamente”. Se permitió a los jefes y oficiales polacos conservar sus espadas y a la tropa se la dejó en libertad después de desarmarla. A los civiles que fueron capturados con armas en la mano se les perdonó la vida en todos los casos, pese a que, de acuerdo con las leyes de la guerra, sancionadas por las Convenciones de Ginebra y La Haya -de las cuales eran firmantes la mayoría de los países civilizados, incluyendo Polonia- podían ser fusilados en el acto. Y ello es comprensible. La guerra es asunto de soldados. Si uno de los contendientes involucra a sus propios civiles en la lucha y permite que, amparándose en su condición de tales, que les hace irreconocibles a los ojos de los soldados adversarios, tomen las armas contra los mismos, será responsable de lo que a tales civiles pudiera ocurrirles. Quien utiliza a sus civiles como parapeto no tiene ningún derecho a quejarse por lo que le ocurra a tal parapeto. Todos los Códigos de justicia militar de todos los países del mundo -y no sólo de la Alemania nazi- consideran “francotirador” al civil emboscado, e incluso provisto de un brazalete, que empuña las armas contra sus soldados.

    El episodio de Varsovia se repetiría, unos meses más tarde, con ocasión del ataque alemán a la ciudad holandesa de Rotterdam, la cual había sido igualmente fortificada y muchos de sus civiles armados para resistir al ataque de la Wehrmacht. Los mass media armaron un alboroto infernal a propósito del bombardeo terrestre de Rotterdam, olvidando que fue el gobernador militar de esa plaza, siguiendo órdenes de su gobierno -que, con la Reina Guillermina al frente había huido a Londres- quien ordenó fortificarla y distribuir armas cortas entre los civiles que lo solicitaran. Sólo unos 3.000 civiles se avinieron a tomar las armas, pero no se produjo ninguna ejecución de francotiradores, pese a que las leyes de la guerra autorizaban a ello a los alemanes.

    Sí, es cierto, en Varsovia y en Rotterdam hubo crímenes de guerra, pero quienes los cometieron no fueron los “malos” sino los “buenos”, y las víctimas fueron los soldados alemanes abatidos por los francotiradores, y los civiles inocentes y desarmados que recibieron las bombas que los alemanes debieron arrojar sobre dos ciudades cuyos gobernadores militares decidieron convertirlas en fortalezas.

    LA GUERRA DEL HAMBRE

    Hasta 1939, la Gran Bretaña, debido a su situación geográfica, gozaba de un privilegio único: era, de todas las naciones europeas, la única que podía hacer la guerra sin jugarse su propia existencia. Además, y en virtud de las posiciones que, gradualmente, había conseguido ir ocupando en el todo el mundo – por otra parte totalmente inexpugnables a sus vecinos e inaccesibles a potencias de primer rango- se sentía perfectamente capaz de continuar
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    indefinidamente sus actividades comerciales mientras durara la lucha. Por otra parte, la élite dirigente inglesa (que existía con plena vigencia fáctica pese a su empaque de gran matrona democrática reservado para la galería de paletos mundiales) sabía perfectamente que Inglaterra, sola, era incapaz de ganar una guerra en Europa. Inglaterra siempre había necesitado dos frentes: uno, marítimo, del cual se encargaba ella sola, y otro continental, que exigía el concurso de potencias aliadas. De estos dos principios deriva la diferencia entre la manera inglesa de concebir las guerras (insistimos, hasta 1939, en la Edad Pre-Atómica) y la de las otras naciones. Para Londres, tanto en 1914-18 como en 1939, la situación particular de Francia, cuyo campo de acción, desde el Mar del Norte hasta Suiza, la convertía en un asociado de segundo rango, por no decir un auxiliar, obligaba a ésta a plegarse a las concepciones inglesas de la guerra.
    Según tales concepciones, la verdadera misión de los ejércitos consiste en concurrir a la parálisis, al bloqueo, a la asfixia del enemigo. Los ejércitos terrestres deben completar, a su manera, la acción marítima, económica, política y psicológica del bloqueos reprimiendo brutalmente y por todos los medios, toda tentativa de las fuerzas adversarias de romper el cerco.

    Esa tarea ingrata y absorbente, Inglaterra siempre la dejaba a sus aliados, mientras ella, gracias al dominio de los mares, continuaba desarrollando sus actividades comerciales y acumulaba sus ganancias, al quedarse, sin disparar un solo tiro, con los mercados ultramarinos de sus rivales.

    Así comprendida, la guerra se convertía en una especie de coerción, llevada a cabo utilizando toda clase de medios, entre los cuales la desmoralización del adversario figuraba en primer lugar, toda vez que se atacaba, de tal guisa, menos a sus soldados que a las familias de los mismos. Inglaterra deducía su estrategia político-militar de su situación geográfica y de sus circunstancias. No en vano Hausshoffer, el padre de la Geopolítica, hace constantes referencias a Inglaterra. Su estrategia se basaba sobre ventajas geográficas y marítimas excepcionales, así como sobre sus inmensas posibilidades industriales y financieras y, last but not least, sobre la red de influencias políticas que, gracias a la Masonería, había tejido en todo el mundo [418].

    Insulares y coloniales, los ingleses razonaban apoyándose en el dogma de la inviolabilidad de su país, basándose en el prejuicio -bastante bien fundado- de su omnipotencia marítima, comercial y financiera. Nunca perdían de vista el Mapamundi. Para ellos Europa no era más que una pequeña parte de este Globo del que controlaban una gran parte de los recursos inmediatamente explotables; una pequeña parte, en suma, menor que el Canadá o Australia, por no mencionar la India. Desde siempre -o, al menos, desde el Siglo XV- las élites dirigentes de esa llamada “Democracia” miran a Europa por encima del hombro y no acaban de comprender que los estados de que Europa se ha compuesto en el transcurrir de los tiempos hayan podido emitir la pretensión de substraerse a su voluntad. Detentores de riquezas inextinguibles, dueños de las encrucijadas del mundo (Islas Normandas, Gibraltar, Malta, Chipre, Port-Said, Suez, Socotra, Ceylán, Hong-Kong, Singapur, Aden, El Cabo, Belize, las Malvinas), viviendo opulentamente de la substancia de inmensas poblaciones (unos setecientos millones de habitantes), inspirando o imponiendo su política a una docena de naciones europeas, habían edificado sobre estos privilegios inauditos una estrategia que ellos consideraban infinitamente superior a la de los países desprovistos de posibilidades similares a las suyas.

    Que una nación pobre, sin colonias, exclusivamente continental como Alemania, tan manifiestamente inferior en materias primas, se vea reducida, en caso de guerra, a buscar una decisión sobre el campo de batalla, -y una decisión rápida, además-, es algo que aparece, ante esos mercachifles, como un signo de irremediable debilidad. Si pretende vencer y alzarse a un rango prioritario, una tal nación. Alemania, en este caso, no tiene otro recurso a su alcance que derrotar rápidamente a los aliados continentales de Inglaterra. Puede ser que lo logre, pero Inglaterra, más allá de Europa, en medio del mar, se halla al abrigo de toda sorpresa. Un gran imperio mundial no puede hallarse sujeto a los expedientes de soluciones forzadas. Un imperio como el suyo escapa a las contingencias. Sus actividades marítimas y comerciales nunca podrían ser alcanzadas. La guerra la declarará Inglaterra, pero -sin querer menoscabar el heroísmo de marinos y aviadores británicos- la guerra de verdad la “hará” Francia. Y, eventualmente, como ya hemos visto al tratar de los “crímenes contra la paz”, con Francia o después de Francia la harán otros: noruegos, belgas, holandeses, griegos, yugoeslavos,… “Luego” -pensarán las élites

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    dirigentes inglesas- “la harán otros, como Rusia, por ejemplo…”. Error. Craso error. No hay tal “Rusia”. Lo que hay es la URSS. Y ésta lucha por sí misma y por el Comunismo Mundial [419].
    En cuanto al “pariente pobre de allende el Océano”, como dijera Lord Asquith, que ha dejado de ser “pobre” para convertirse en un ricachón “parvenu”, el clásico advenedizo para los aristocráticos dirigentes de Londres, también luchará, pero no por Inglaterra, ni siquiera por sí mismo, sino por las Fuerzas que inspiran y mueven a su primer mandatario, Roosevelt. Pero eso no lo saben, todavía, los políticos de Londres. Tradicionalistas a ultranza, toman al pié de la letra las lecciones de la Historia. De su Historia. Sus historiadores son unánimes en reconocerlo: la guerra sólo interesa a Inglaterra como un negocio lucrativo. La Gran Bretaña no se bate más que para afirmar sus posesiones y adquirir otras nuevas. Su ascenso al rango de superpotencia fue, en sus comienzos, el resultado de una serie de empresas privadas, animadas o patrocinadas más o menos abiertamente por el Estado… empresas a las que nadie niega, al otro lado del Canal de la Mancha, que tuvieron un neto carácter de piratería. Se trataba de llevar a cabo, a cañonazos, operaciones comerciales de las que se esperaban obtener substanciosos dividendos.

    Expulsar de los mares a los pabellones extranjeros, despojar a Portugal, a España, a Francia y a Holanda de sus posesiones ultramarinas no era, para los marchantes británicos más que una manera más radical, más expeditiva de suprimir la competencia y de encaminarse hacia el monopolio del tráfico marítimo y colonial. El meollo de la cuestión consistía en lograrlo con los menores riesgos y, sobre todo, con los menores gastos posibles. Sólo se recurría a la batalla cuando era imposible obtener mejores resultados con la intriga, la amenaza o el chantaje. Es preciso reconocer que soberanos y parlamentos, armadores y negociantes, corsarios, piratas y mercaderes ingleses demostraron, durante tres siglos, en la búsqueda de soluciones a esos problemas utilitarios, si no honradez, al menos una unidad de puntos de vista y una constancia a las cuales debe su patria el predominio que hasta 1939 detentó y -lo que es más singular y sorprendente – su prestigio ante sus propias víctimas.

    Las élites dirigentes inglesas, hasta 1939, haciendo abstracción de toda ley humana o divina que pudiera oponerse a sus designios, edificaron toda su estrategia sobre un bloqueo del enemigo organizado a la medida de sus medios: bloqueo gigantesco, multiforme, englobando, cuando fuere necesario, toda la Tierra. Esas élites dirigentes, se hacían de los derechos de Inglaterra como beligerante una concepción altanera y simple, resumida en este orgulloso e inmutable sofisma: “los ingleses combatimos para la defensa de la Civilización contra la Barbarie y nuestra victoria significará la libertad de todos los pueblos; por consiguiente, todos los pueblos deben ayudarnos a conseguirla, bajo pena de perder su independencia”.

    Esa tradición de éxitos debía necesariamente marcar a los gobernantes ingleses, que afrontaron la guerra, en 1939, con las mismas disposiciones estratégicas de siempre. Y así, el 4 de septiembre, es decir, un día después de haber declarado la guerra al Reich, el gobierno británico hacía pública una lista de “mercancías prohibidas”. Esta lista, extraordinariamente amplia, contenía un gran número de objetos destinados al uso de la población civil. La lista fue entregada por todos los embajadores británicos acreditados en países extranjeros, sin una sola exclusión. Mayestáticamente, el gobierno inglés, en contra de todas las disposiciones del Derecho Internacional, declaró contrabando de guerra, toda clase de alimentos y forrajes, toda clase de artículos de vestir, así como todas las materias primas y objetos que se utilizan para su producción. Si recordamos que, como mencionamos al tratar de los “crímenes contra la paz”, Inglaterra recibió, de la América de Roosevelt no sólo alimentos sino incluso fusiles y hasta… ¡50 destructores!, se nos aparecerá en toda su crudeza el arrollador cinismo de esa conducta.

    Mediante una brutal violación del derecho de gentes y del Derecho Internacional, consiguió, así, el gobierno inglés, la posibilidad de controlar e incautar arbitrariamente los alimentos y forrajes que Europa no podía producir en cantidad suficiente para el sostenimiento de toda su población y que, por consiguiente, debía importar de Ultramar. Al mismo tiempo, ese gobierno inglés afirmaba que luchaba por la libertad y contra la fuerza, y esperaba que el mundo creyera estas palabras, en abierta contradicción con sus actos. ¡Y el mundo lo creyó! Al menos una buena parte del mismo, por cuanto los mass media así lo pregonaron con impar cinismo.

    El 5 de septiembre de 1939, se creaba en Londres un “Ministerio de la Guerra Económica”, cuyas bases teóricas debían, forzosamente, estar establecidas desde mucho tiempo antes, es decir, desde mucho antes de estallar la guerra, pues un ministerio no se improvisa en 48 horas en ningún lugar del mundo, y mucho menos en Inglaterra, país que ha hecho del empirismo y de la cauta prudencia verdaderas virtudes nacionales.

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    Este tipo de “guerra económica” es contrario al espíritu y a la letra de las Convenciones de Ginebra y La Haya, que prevén muy claramente, entre otros conceptos, que la guerra sólo la harán los soldados contra los soldados; es decir, ejércitos regulares contra ejércitos regulares en las zonas de combate. Y no sólo contravenían los gobernantes británicos las convenciones sobre la guerra, sino también sobre las relaciones con los países neutrales. En Inglaterra se estaba convencido de que para privar al pueblo alemán de los suministros ultramarinos era necesaria la más estrecha vigilancia de todos los estados neutrales. A tal efecto, los neutrales debían ser obligados a adquirir las mercancías indicadas en la lista de contrabando inglesa, sólo para la propia producción y el propio consumo ulterior en Alemania. Por ello, numerosos países neutrales fueron obligados -cediendo a toda suerte de presiones- a permitir órganos ingleses de vigilancia de sus relaciones comerciales y a reconocer un severísimo control de su comercio interior y exterior por los ingleses. Se hicieron famosas las llamadas “listas negras”: listas negras de empresas que se sospechaba comerciaban con Alemania; listas negras de empresas en cuyo Consejo de Administración figuraba algún alemán; listas negras de productos que no se podían vender, no ya a Alemania, sino a nadie, exceptuando Inglaterra… y, más tarde los Estados Unidos y la URSS.
    El ex-Presidente norteamericano, Hoover, había elaborado un plan, conforme al cual serían abastecidas de alimentos básicos (especialmente carne, trigo y cereales), las poblaciones civiles de Holanda, Bélgica y Francia, antiguos países aliados de Inglaterra. El ex-Presidente americano aseguró que no deseaba lesionar los intereses británicos y que se trataba únicamente de preservar del hambre a muchos millones de europeos, especialmente niños, que pagaban las consecuencias de la guerra. Pero el gobierno de Roosevelt rechazó este plan sin ningún escrúpulo moral; el Presidente norteamericano afirmó que había recibido una visita del embajador británico manifestándole que el Imperio consideraba el Plan Hoover como lesivo a los intereses de Inglaterra.

    El Ministro de la Guerra Económica, Cross, [420], descubrió, en unas manifestaciones suyas publicadas en el Times [421] la verdadera finalidad del bloqueo por hambre de los países ocupados por Alemania.

    “El bloqueo” -declaró fríamente- “será tanto más humano cuanto más completo, pues así, la guerra será más corta y se derramará menos sangre. Alemania se veía obligada a contribuir a alimentar a la población de los territorios ocupados, debilitándose de esta manera”.

    Es decir, Inglaterra abandonaba fríamente, despiadadamente, al hambre, a sus antiguos aliados, a fin de que Inglaterra pudiera conservar su posición de preeminencia en el plano político.
    Hasta qué punto tenía que pasar hambre Bélgica se deduce, de manera puramente estadística, de los datos oficiales belgas [422] sobre las importaciones y exportaciones de algunos productos alimenticios más importantes en Bélgica, sólo dos años antes de empezar la guerra, en 1937: Trigo: 1.053.000 Tm. Cebada: 431.000 Tm. Maíz: 914.000 Tm. Azúcar. 40.000 Tm. Queso, 23.000 Tm.

    Alemania contribuyó en la ayuda alimenticia a Holanda, Bélgica, Francia y otros países ocupados, pero la medida, ciertamente, fue insuficiente. No se pueden calcular las muertes por inanición que se produjeron en Europa por culpa de la inhumana política del bloqueo continental inglés, pero no es arriesgado aventurar que fueron varias decenas de miles. También es incalculable, pero cierto, el efecto que la desnutrición debió ejercer en la multiplicación de taras y enfermedades degenerativas así como el empobrecimiento general de la salud de sucesivas generaciones. Por otra parte, la medida del bloqueo por hambre, tuvo efectos militares muy relativos y, en cualquier caso, desproporcionadamente bajos si se tienen en cuenta los medios puestos a disposición del “Ministerio de la Guerra Económica”.

    Donde, en cambio, sí produjeron efectos positivos las medidas de ese insólito “Ministerio” fue en la guerra contra los neutrales. Así, por ejemplo, desde el 3 de Septiembre de 1939 hasta finales de 1942, la Marina Real Británica se apoderó, en nombre de la Lucha por la Libertad, de 9.875.000 toneladas de buques pertenecientes a 24 países neutrales, que se habían arriesgado a intentar comerciar con Alemania, pese a la prohibición inglesa. [423] Unos 1.200 buques -cuyas mercancías fueron decomisadas por Inglaterra- que sirvieron a la Gran Bretaña, durante la contienda. Dichos buques fueron devueltos después de la guerra, exceptuando los que no fueron hundidos por los alemanes, es decir, casi la mitad de ellos. Ese espectacular aumento de la flota

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    mercante británica, por el aleatorio sistema de la moderna piratería, resultaría, sin duda, decisivo en la guerra.
    También son imputables al insólito “Ministerio de la Guerra Económica” las medidas tomadas contra la República de Irlanda, Al negarse el gobierno irlandés a poner a disposición de Inglaterra sus puertos y sus costas para el establecimiento en las mismas de bases militares inglesas, Churchill ordenó a Cross (a) Crossman, a principios de enero de 1941, que controlara todas las importaciones y exportaciones irlandesas y suspendiera el envío de cereales, carnes y materias primas a los recolectantes de Irlanda, que no parecían comprender que Inglaterra luchaba por la Libertad y el Derecho. Estas medidas provocaron el hambre en Irlanda, y, como consecuencia del mismo, una renovada corriente emigratoria hacia los Estados Unidos, que alcanzó su cota máxima en 1942.

    * * *
    El Presidente Roosevelt fue, casi, tan culpable como Churchill y su gobierno, de la extensión del hambre a toda Europa, por lo menos en el periodo comprendido entre la ruptura de hostilidades y la entrada de los Estados Unidos en la guerra tras la encerrona de Pearl Harbour. Evidentemente, Roosevelt, al igual que Lord Halifax – que, poco después de empezar la contienda fue nombrado embajador inglés en Washington, consideraba como falso humanitarismo organizar en Bélgica y en Francia cocinas colectivas para 3 millones de mujeres y niños hambrientos. Roosevelt no podía ignorar que los agricultores de los Estados Unidos, debido a la ilegal política inglesa de bloqueo, tenían que quedarse con sus reservas, y que les hubiera resultado sumamente agradable poder colocar en Europa una parte de su sobrante mediante acciones de socorro, y aunque fuera a vil precio. Más vale, ciñéndonos a términos puramente económicos, un precio vil que dejar que los productos alimenticios se pudran por falta de consumo.
    Pero Roosevelt no quiso saber nada, ni siquiera cuando la Cruz Roja Francesa, por intermedio del Comité Internacional de la Cruz Roja, pidió a Roosevelt que autorizara la compra de grano en su país. El 8 de marzo de 1941, el Presidente Roosevelt dijo, en un mensaje radiado lo siguiente:

    “Los productos de la agricultura de los Estados Unidos son suficientes para sus propias necesidades y para lo que necesitan los amigos de América en otros países. Para los demócratas se puede producir, y los otros, los no demócratas pueden morirse de hambre”. [424]

    Era típico de Roosevelt, como de Churchill, cargar sus culpas a hombros de los demás, desviando la responsabilidad por las privaciones y el hambre que sufría la población en los países ocupados, y atribuirla a Alemania, sustrayéndose así a los reproches y acusaciones de una Humanidad doliente, utilizando, al mismo tiempo, estos sufrimientos como propaganda, y engañar, al mismo tiempo, al pueblo americano sobre la verdadera situación. Pero ni en la forma ni en el fondo puede existir la menor duda de que al gobierno inglés y al Norteamericano les corresponde toda la responsabilidad por la inhumana guerra de hambre contra millones de europeos, aún cuando las cajas de resonancia de los mass media soslayaran este hecho indiscutible.
    Para terminar con este tema, examinémoslo desde el punto de vista legal, es decir, de la legislación vigente en Derecho Internacional, en la época que nos ocupa: Alemania, según el artículo 43 de la ordenación de La Haya sobre la guerra terrestre, sólo está obligada a restablecer y mantener el orden público y garantizar la vida de los ciudadanos en los territorios ocupados, pero no a alimentar a la población con sus propias reservas. Es más, según el artículo 52 de la misma Ordenación, el ejército alemán de ocupación estaría autorizado a reclamar para sí, en proporción adecuada a sus efectivos, parte de las provisiones del país. Sin embargo, las tropas alemanas, por lo menos hasta 1942, se alimentaron con víveres traídos de Alemania.

    Debe tenerse también muy en cuenta, que los ejércitos inglés, francés y belga en fuga, destruyeron numerosos depósitos de víveres… Francia, Bélgica y Holanda, en fin, eran países habituados a cubrir su déficit de productos alimenticios por vía marítima. Confiando en Inglaterra, la Reina de los Mares, dejaron de hacer autarquica su economía, y pagaron su confianza con el hambre, las privaciones y la miseria. Un sólo ejemplo entre las docenas que se podrían citar: En enero de 1941, el mercante francés “Mendoza”, con cargamento de medicamentos que el Gobierno de Vichy había comprado en la Argentina, y que destinaba a la población de Francia no ocupada, intentó atravesar el Océano Atlántico desde Sudamérica. Primero fue detenido por un buque auxiliar inglés dentro de las aguas jurisdiccionales uruguayas, pero se le permitió

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    continuar el viaje; pero dos días después, a 5 millas y media de la costa brasileña, es decir, dentro de la zona de seguridad panamericana, fue apresado y los ingleses se incautaron del buque y de la carga. Los ingleses sabían muy bien que el “Mendoza” transportaba víveres y sobre todo medianas para mujeres y niños de la Zona No Ocupada. Sabían que respecto a la distribución habían sido dadas todas las garantías por parte de la Cruz Roja Americana. [425].

    CRÍMENES NAVALES

    El 3 de septiembre de 1939, la inferioridad naval alemana con respecto a Inglaterra y Francia, era considerable. La flota inglesa contaba con 272 barcos de primera línea y 400 barcos de segunda línea, mientras la francesa contaba con 99 barcos de primera línea y 180 de segunda.
    La flota alemana se componía, con todo, de 54 naves. En cuanto a submarinos, Inglaterra y Francia totalizaban 135, contra 57 de los alemanes. Ante tan aplastante diferencia de fuerzas a su favor, las democracias occidentales escogieron el mar como primera línea de batalla, y tal como acabamos de ver en el epígrafe anterior, montaron un sistema de bloqueo absoluto contra Alemania, para impedir que recibiera víveres y materias primas. La respuesta de Alemania al bloqueo total que sufría en el mar fue un bloqueo parcial de las rutas marítimas inglesas. Que ese bloqueo era parcial estaba impuesto por la necesidad y por razones, diríamos, físicas. 54 barcos y 57 submarinos no pueden bloquear a casi 700 barcos de guerra y 135 submarinos; al menos, no pueden ejercitar un bloqueo total. Pueden llevar a cabo, haciendo verdaderos prodigios de habilidad y heroísmo, un bloqueo parcial muy eficaz, y de ahí no se puede pasar, porque la realidad tiene sus derechos y los hechos son tozudos.

    Y hablando de hechos: en el momento de empezar la guerra, de los 57 submarinos alemanes, sólo 27 eran capaces para efectuar largos recorridos y de operar en acciones contra Inglaterra. Y como por cada submarino en acción había dos en “punto muerto” (ya camino de la base para reabastecerse de torpedos, combustibles y alimentos, ya en camino hacia las rutas navales británicas) solamente 9 sumergibles se hallan diariamente en acción de guerra. Esto, repetimos, al principio, porque luego la producción de submarinos se incrementó notablemente.

    Prácticamente, el primer éxito de los submarinos alemanes en el decurso de la II Guerra Mundial se obtuvo contra el portaaviones inglés “Courageous”, hundido el 18 de septiembre de 1939 por el Capitán Schuhart Poco después, el 13 de octubre, el sumergible del capitán Prien logra entrar en la base británica de Scapa Flow y hunde al acorazado “Royal Oak”, logrando, luego, escapar hacia su base.

    En la Convención de La Haya se había estipulado que los buques mercantes que fueran avistados por un navío enemigo, debían detenerse, abstenerse de utilizar la radio, dando su posición, y permitir que los tripulantes del navío enemigo subieran a bordo para proceder a una inspección de la carga. Si dicha carga era material de guerra o minerales estratégicos, el navío mercante seria hundido y su tripulación tomada a cargo por el buque de guerra adversario, o colocada en botes salvavidas, avisando por radio que buques neutrales o amigos que se encontraran por aquellos parajes pasaran a hacerse cargo de los náufragos. En caso de llevar carga de interés no militar, el buque mercante debía continuar la marcha absteniéndose de mencionar, por radio, el hecho, en las próximas 6 horas. En todo caso, los navíos mercantes debían viajar desarmados.

    Pero, desde el primer día de la guerra, la flota mercante británica quedó bajo las órdenes directas del Almirantazgo Inglés, lo que se pudo, incluso, comprobar documentalmente, al ocupar los Archivos Conjuntos Inter-Aliados en La Charité-Sur-Loire (Francia).

    “Con ello, los ingleses renunciaban implícitamente a la protección que concedía a los mercantes el Derecho Internacional”. [426].

    Además, los mercantes ingleses fueron armados, no sólo con cañones y ametralladoras antiaéreas, sino con cargas de profundidad, elementos de lucha puramente ofensiva. Finalmente, los capitanes de los buques mercantes ingleses recibieron órdenes de comunicar, inmediatamente, por radio, la posición de los submarinos alemanes que se les acercaran, así como de navegar, por la noche, con todas las luces apagadas.
    El 1 de octubre de 1939, Winston Churchill, entonces Primer Lord del Almirantazgo, ordenó a los capitanes de los buques mercantes que abordaran a todo submarino que les saliera al paso [427]. Todas estas medidas, contrarias al Derecho Internacional, obligaron a Alemania a emprender una guerra sin, apenas, restricciones, contra el tráfico marítimo.

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    Al colocar a los buques mercantes dentro de la lucha armada, el Almirantazgo inglés, queriéndolo o no, era responsable de cuanto ocurriese a los civiles de servicio en dichos barcos. Téngase en cuenta, por ejemplo, que la medida churchilliana de obligar a los capitanes de los barcos mercantes a comunicar por radiotelegrafía la situación de todo submarino avistado, equivalía a encuadrar a los buques mercantes en el Servicio de Transmisiones de la Home Fleet. Asimismo, la medida de obligar a viajar con las luces apagadas durante la noche -igualmente contraria a las leyes de la guerra- debía provocar lamentables incidentes. El primero de ellos se refiere al “Athenia”, barco de pasajeros inglés que navegaba en zigzag, a velocidad máxima y con las luces apagadas, siguiendo, además, un derrotero distinto del ordinario en la línea de transatlánticos. El comandante del submarino U-30 creyó que se trataba de un crucero auxiliar y lo hundió. Perecieron 138 pasajeros. A causa de este incidente, se cursó la siguiente orden a todos los comandantes de los submarinos:
    “Por orden del Führer, abstenerse en principio de efectuar ningún ataque contra cualquier barco de pasajeros, aún cuando forme parte de un convoy”.

    Con esta orden de Hitler, los alemanes concedían a los buques de pasajeros una situación privilegiada, porque su hundimiento, si formaban parte de un convoy, estaba admitido, sin más trabas, por el derecho Internacional. Un trato aún más generoso se dispensó a los mercantes franceses. El 3 de septiembre de 1939 recibieron los submarinos la siguiente orden:

    “Francia se considera en guerra con Alemania desde las 17:00 horas. Por ahora sólo deben abrirse hostilidades contra sus mercantes cuando éstos traten de embestir o abordar a nuestros submarinos”. [428]

    El 6 de septiembre fue reforzada esta orden con otra del propio Führer, que decía:

    “La situación con respecto a Francia sigue siendo incierta. Sólo se abrirán hostilidades contra los mercantes enemigos en defensa propia. No detener a los mercantes franceses. Evitar rigurosamente todo incidente con Francia”.

    En virtud de tales órdenes, cualquier barco mercante francés tenía que ser tratado con mayores consideraciones incluso que un barco neutral. Al fin y al cabo, a este último, según las Convenciones de La Haya sobre Regulación de Presas, podía dársele el alto, registrarle, y, en caso de que transportase armamentos, hundirlo.
    En virtud de esa orden de Hitler, tendente a evitar problemas con Francia, pese al estado de guerra, declarada por esta última, el comandante de un submarino alemán tenía que procurar, antes de detener un barco, asegurarse de que no era un barco mercante francés, porque en tal caso no se le podía molestar. Esto era muy difícil, a veces casi imposible, y, especialmente de noche, totalmente impracticable. Todas estas órdenes, tendentes a humanizar la guerra en el mar y a circunscribirla, exclusivamente, a los combatientes, excluyendo a los civiles, limitaban enormemente la capacidad bélica de los submarinos a la par que aumentaban enormemente los riesgos y la exposición al peligro de los mismos. Estas órdenes provocaron repetidas protestas de Doenitz a Hitler, interviniendo, incluso, el Gran Almirante Raedor en apoyo de Doenitz. El motivo de tales órdenes dictadas por Hitler se basaba en que:

    “quería que la ruptura de hostilidades fuese un acto unilateral de las potencias occidentales y porque trataba de evitar, con respecto a Francia, a pesar de su declaración formal de guerra, un ensanchamiento efectivo del conflicto. Sólo cuando se vio que estas esperanzas no se cumplirían fue cuando, a fines de septiembre, se levantaron las limitaciones impuestas con respecto a los barcos franceses”. [429]

    La Dirección de la Guerra Marítima Alemana, procedió con gran circunspección, y sólo paso a paso, a reaccionar contra las medidas adoptadas por los ingleses, que se apartaron de las normas de la Convención de La Haya y del Protocolo Naval de Londres. En realidad, los ingleses, violaron las leyes de la guerra naval desde el primer día de hostilidades y ello, público y notorio, lo reconoce su mejor historiador naval, el capitán Rosskyll [430]. Los alemanes sólo aplicaron totalmente medidas de retorsión, según orden del propio Führer, el 17 de agosto de 1940, es decir, 11 meses y medio después, de haber iniciado su ilegal guerra marítima los ingleses.

    De hecho, históricamente, el primer buque mercante inglés que contravino, con actos positivos y peligrosos para el adversario las leyes de la guerra fue el “Manaar” que, el 6 de octubre de 1939 atacó al submarino alemán U-38, que le había dado el alto en el Mar del Norte para efectuar un reconocimiento de acuerdo con el Reglamento de Presas. El “Manaar”, mientras comunicaba por radiotelegrafía su posición, informando de la presencia de un submarino alemán, empezó a disparar cañonazos que no alcanzaron el submarino. Unos días

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    después se repitió un incide

  8. 19 febrero 2014 en 12:59 PM

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    después se repitió un incidente similar en el Atlántico. Los ingleses, siguiendo las órdenes de su Almirantazgo, convirtieron la guerra en el mar en una inútil carnicería. El caso del “Laconia” es típico y merece que nos detengamos a estudiarlo.
    En la noche del 12 al 13 de septiembre de 1942, el submarinos U-156, al mando del teniente de navio Hartenstein, hundió, a 600 millas al Sur de Cabo de Palmas al buque británico de pasajeros “Laconia”, que había sido habilitado, oficialmente, como transporte de tropas y que, según el manual británico de buques de guerra iba dotado con 14 piezas de artillería. Según posteriores datos ingleses, se encontraban a bordo del “Laconia”, 436 tripulantes, 268 soldados británicos que se dirigían a su patria, de permiso, 80 mujeres y niños, 1.800 prisioneros de guerra italianos capturados en Etiopía y 160 soldados polacos. El “Laconia”, de casi 20.000 Tm., tardó una hora y media en hundirse, y al desaparecer bajo las aguas se oyeron numerosas explosiones, debidas a las cargas de profundidad que llevaba a bordo. La Prensa Inglesa, naturalmente, armó un alboroto enorme a propósito del pacífico trasatlántico atacado por los “criminales de Doenitz”… Pero el diario de operaciones del U-156 dice lo siguiente:

    “Según declaraciones de algunos náufragos italianos, los ingleses, después del impacto, cerraron las puertas estancas de los compartimientos habilitados para los prisioneros y los contuvieron con las armas cada vez que intentaban alcanzar los botes salvavidas”. [431]

    .
    Debido a esa inhumana medida de los tripulantes, sólo 90 de los 1.500 prisioneros italianos pudieron ser salvados. Hartenstein pidió instrucciones a Doenitz, pues había numerosos náufragos, ingleses y polacos, en botes salvavidas y la mar estaba muy agitada. Pese a que, en la guerra, aún y cuando se respeten las reglas del Derecho Internacional, los objetivos bélicos se anteponen siempre a los de salvamento, Doenitz ordenó a los submarinos del Grupo Eisbaer, Schacht, Wuedermann y Wilamowitz, que se dirigieran inmediatamente a cooperar con Hartenstein en el salvamento de los náufragos [432].

    Sigamos con el diario de operaciones del U-156:

    “Nuestro submarino está rodeado de náufragos. Imposible seguir ayudándolos. Tengo ya 193 a bordo, incluyendo los italianos, y no puedo pasar de este limite si quiero conservar la capacidad de permanecer en inmersión un cierto tiempo. Por favor, mande instrucciones”.

    Respuesta de Doenitz, en persona:

    “A Hartenstein. Informe urgentemente si el buque hundido ha emitido mensajes y si hay náufragos en botes o nadando. Detalle circunstancia y datos lugar hundimiento. Doenitz”.

    Respuesta de Hartenstein:

    “Buque ha transmitido situación exacta. Tengo a bordo 193 hombres, de ellos 90 italianos, 23 ingleses y 80 polacos. Centenares de náufragos nadando en las cercanías. Propongo neutralización diplomática lugar hundimiento. Por la escucha radio, sabemos hay un barco desconocido en proximidades. Hartenstein”.

    Cuatro horas después del torpedeamiento, Hartenstein transmitió en longitud de onda de 25 metros un mensaje en inglés, diciendo:

    “Si algún barco quiere auxiliar a los supervivientes del “Laconia” no será atacado, a condición de que no lo sea, por barcos o aviación. He recogido 193 hombres. Situación 04 grados 52′ Sur, 11 grados 26′ Oeste. Submarino alemán”.

    Este mensaje fue repetido en onda de socorro internacional. Después de esto, ya no podían caber dudas de que los ingleses conocían el hundimiento del Laconia y del subsiguiente salvamento de náufragos por el submarino alemán, pero ningún barco acudió a la llamada de socorro. El Almirante Doenitz, además de los submarinos ya mencionados, dio orden de que se dirigieran a toda prisa hacia aquella zona a los submarinos de los comandantes Merten y Poske y pidió al mando de los submarinos italianos que operaba en Burdeos, que mandase, también, ayuda. Los italianos mandaron al submarino “Capellini”, mientras el gobierno de Vichy mandó a sus corbetas “Annamite” y “Gloire”, que se encontraban en la zona. Durante todo el día Hartenstein y sus hombres se ocuparon de los supervivientes, la mayor parte de ellos en pequeños botes salvavidas o en el mar, asidos al emergido submarino, pero no se presentó ningún buque de salvamento. Por la tarde se recibió otro mensaje de Doenitz:

    “Hartenstein: 1) Entregue todos los supervivientes al primer submarino que llegue. 2) El submarino que reciba los náufragos debe esperar a Schacht o a Wuedermann y repartirlos con ellos. 3) Todos los supervivientes se entregarán a buques franceses o en puerto que se indicará. Seguirán instrucciones”.

    El día siguiente llegaron los dos submarinos alemanes y, mientras trataban de reunir los botes salvavidas para facilitar su entrega a los franceses, su presentó una avión “Liberator” americano.

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    Hartenstein había colocado sobre el puente una gran bandera de la Cruz Roja. Por morse se le pregunta al avión de dónde viene y si hay algún barco cerca para hacerse cargo de los náufragos. El avión no contesta y desaparece. Pero vuelve al cabo de media hora y arroja dos bombas, que no alcanzan al submarino. Pero una tercera bomba alcanza de lleno un bote repleto de náufragos. Otra bomba estalla sobre la cámara de mando y la tórrela del submarino es dañada. Hartenstein ordena que los náufragos pasen a los botes. A algunos hay que echarlos a la fuerza, pues se niegan a salir. Milagrosamente, el submarino, pese a sus averías, logra sumergirse, y escapar del ataque del avión. Doenitz dio órdenes de continuar las operaciones de salvamento, pero dando absoluta prioridad a la seguridad de los submarinos. Finalmente, una parte importante de los náufragos pudo ser salvada, pero la intervención del avión americano evitó que se salvaran muchas vidas, a parte de las muertes que causó su tercera bomba. En el transcurso del día 17 siguió sin aparecer ningún barco inglés para socorrer a los náufragos. Por fin llegaron los dos barcos de guerra franceses “Annamite” y “Gloire”, al punto convenido, y se hicieron cargo de los náufragos sin más contratiempos. En suma: durante los 4 días que duró la operación de salvamento, los aliados, no sólo no hicieron nada para socorrer a los náufragos, entre los que se encontraban unos mil ingleses y polacos, sino que aprovecharon la ocasión para atacar a los submarinos. Esto hizo que el Almirante Doenitz cursara la siguiente orden:
    “Toda tentativa de salvamento de personal de buques hundidos, así como el rescate de los que están nadando, la recogida a bordo de los que estén en botes salvavidas, el remolque de los mismos y la asistencia con víveres y agua quedan prohibidos. El salvamento se opone a la superior exigencia de la acción bélica, cuyo fin único es la destrucción de los buques y tripulaciones enemigos”.

    Algo más a propósito del caso del “Laconia”: El teniente Hoad disparó a una parte de los italianos que consiguieron desatrancar las puertas tras las que se les habían encerrado, dando muerte a tiros a varios de ellos, y a otros, los contuvo a golpes el oficial Young. Los italianos recogidos (90 sobre 1.600) tenían un aspecto deplorable. Los ingleses los tenían a pan y agua, Mucha estaban semi-desnudos y otros desnudos por completo.

    * * *
    El capitán de corbeta Hans Wit, que mandaba un navío alemán en el Mediterráneo pidió audiencia al Almirante Doenitz y le expuso que, en aquel escenario de batalla, los aviones ingleses ametrallaban a los náufragos de los submarinos y de los aviones alemanes que caían en el mar, por lo que el disgusto y la excitación eran vivísimos entre los militares alemanes de todas las armas y graduaciones; como consecuencia, en general, la idea de que, en justa represalia, debíamos atacar igualmente a los náufragos de los buques aliados hundidos, a los que hasta entonces se había tratado con la mayor caballerosidad.
    No obstante, Doenitz rechazó enérgicamente tales propósitos

    “por ser absolutamente contrarios a nuestras normas de hacer la guerra”. Aunque el enemigo proceda con tan evidente falta de humanidad, nosotros no debemos imitarlo, pues, de hacerlo, aunque fuera por una sola vez, ocasionaríamos al Mando Supremo graves perjuicios”. [433]

    Esta conducta de Doenitz no fue, con todo, muy apreciada por los ingleses, que, en general, condujeron la guerra en el mar con una ausencia de “fair play” casi total. Por ejemplo, según reconoce un historiador británico [434], después de hundir al acorazado alemán “Bismarck”,

    “… la flota británica se retiró de los parajes sin recoger a los náufragos supervivientes…”

    Según el aludido historiador,

    “había muchos “jerries” (alemanes) en el agua y no tenían nada a qué aferrarse, ni siquiera una balsa”.

    Plácenos, no obstante citar el caso del Almirante Sir Bruce Fraser que mandaba la flotilla que hundió al acorazado alemán “Scharnhorst”. Fraser reunió a sus oficiales en la cubierta del “Duke of York” y les dijo:

    “Si alguna vez se encuentran al mando de un barco que se enfrente a un enemigo muchas veces superior, espero que se porten como lo hicieron los marinos del Scharnhorst, que hagan maniobrar su buque con la misma habilidad y que luchen con sus hombres como lo han hecho en este día los oficiales del barco alemán que acabamos de hundir”.

    El Almirante Fraser mandó formar la guardia de honor y arrojó una corona de flores en el lugar en el que el buque alemán se había hundido.

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    LOS ALIADOS Y LAS LEYES DE LA GUERRA

    Aunque la guerra sea, de por sí, algo horrible y horribles sean también sus consecuencias, siempre se hizo de acuerdo con ciertas reglas indispensables. Por lo menos, indispensables entre personas civilizadas. Las Convenciones de La Haya y Ginebra, de las que eran signatarios todos los países, con la única excepción práctica de la URSS, regulaban el modo de conducir la guerra, limitándola a una lucha, lo más leal posible, entre soldados con exclusión de civiles. Los soldados, además, debían llevar un uniforme; la utilización de disfraces estaba penada con la muerte.
    Los civiles que participaban en la lucha armada -como, por ejemplo, los comisarios políticos del Ejército Rojo- fueron equiparados a los francotiradores, y tratados en consecuencia. Ello se oficializó en la famosa Orden de los Comisarios dictada personalmente por el propio Führer. Los comisarios políticos tenían una autoridad superior a la de los jefes de las unidades militares, y podían someter a juicio sumarísimo y ejecutar en el acto a los soldados e incluso a los oficiales que consideraban insuficientemente puros desde el punto de vista comunista. Los comisarios imponían el terror y eran, de hecho, los hombres de la Cheka en el ejército ruso. No eran combatientes, no eran soldados, y aparecían con armas y vestidos de paisano en primera línea. Pese a la bombástica campaña en contra de la Orden de los Comisarios, ésta estaba perfectamente justificada y en acuerdo con las leyes de la guerra entonces vigentes.

    Lo que no estaba de acuerdo con las leyes de la guerra eran ciertos métodos empleados por los ingleses, por primera vez, en el Norte de África. Se ha dicho y no es demasiado cierto, que, al llegar Montgomery a aquél escenario, la “guerra entre caballeros” que Rommel y Bastico habían llevado a cabo contra Wavell, Ritchie, Auchinleck y Alexander se terminó de pronto. En efecto, Montgomery empezó por dar una orden prescribiendo que los prisioneros de guerra, cuando fueran trasladados de un lugar a otro, fueran esposados, y si no se disponía de esposas, maniatados. En la práctica, el maniatamiento de soldados y oficiales alemanes e italianos con alambres se hizo corriente. Esto era contrario a las leyes de la guerra, pero a “Monty” no le preocupaban esas minucias. Como tampoco les preocuparon demasiado a las tropas inglesas que atacaron Cirenaica en la Primavera de 1941, el respeto a los heridos del hospital “Duque de Aosta”, en Banghazi, que fueron, en su mayor parte, rematados a ráfagas de ametralladora por un pelotón de soldados antes de emprender una precipitada retirada en el consiguiente contraataque alemán [435]. Las tropas inglesas y australianas devastaron la iglesia, profanaron tumbas del cementerio, y destruyeron objetos de incalculable valor del Museo de Cirene. [436].

    Actos de vandalismo gratuito, tal vez imputables a la pérdida de todo control moral, en seres muy inferiores, desde todos los puntos de vista, en situaciones de extrema tensión. No obstante, ese descontrol moral llevó incluso a generales ingleses a ordenar el envenenamiento de los pozos de Banghazi, dejando a una ciudad de 250.000 habitantes, en pleno desierto, sin agua potable.

    Hubo epidemias y muertes por deshidratación. Los nombres de los oficiales británicos que cometieron ese auténtico crimen, indiscriminadamente contra soldados enemigos y contra la población civil, no son conocidos. Pero el General Wavell, Virrey de la India, cubrió sus acciones con su autoridad.

    * * *
    El Capitán W.E. Fairbairn y su colega P.N. Walbridge, instructores en lucha cuerpo a cuerpo publicaron un libro, editado por Faber & Faber de Londres, que llegó a ser texto oficial en el Centro de Entrenamiento Especial del Ejército Británico.
    El libro -repetimos, oficial- no tiene desperdicio. Ya en el prólogo se recuerda que es necesario que los soldados vuelvan a apelar a la brutalidad de la Edad de Piedra para obtener la victoria. Luego se explica cómo hay que hacer para degollar a un soldado enemigo. Para que no hayan dudas, se acompaña el texto con explicativos dibujitos. Finalmente, se explica cómo hay que hacer para inmovilizar a un prisionero al que se desea conservar la vida para hacerle hablar. (Incidentalmente, parece que si no hace falta hacerle hablar, no vale la pena conservarle la vida!). Bajo el titulo “Distintos procedimientos para atar a un prisionero” se dice en ese reglamento oficial del Ejército Británico:

    “Tírese al enemigo al suelo, de forma que caiga de boca, átese sus muñecas con el “nudo de atracadores”, tal como se ve en el dibujo adjunto y levántese cuanto se pueda sus brazos hacia la parte superior de la espalda.

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    Pásese después la cuerda alrededor del cuello para volver de nuevo a las muñecas. Luego dóblese las rodillas y átese también como lo muestra el dibujo”.
    Luego se añade:

    “… si el prisionero se queda quieto no le pasa nada, pero si intenta oponerse se estrangula él mismo irremisiblemente”.

    Por supuesto este modo de tratar a los prisioneros se opone a las normas del Derecho Internacional y a las leyes de la guerra. Un periódico sueco escribió:

    “El Gobierno Británico tuvo que confesar que durante el ataque contra Dieppe se había ejecutado una orden no autorizada según la cual se debían atar las manos de los prisioneros de guerra y que durante el ataque a Sercq ocurrió lo mismo”. [437]

    .
    En este instructivo librito se enseña también cómo se debe proceder para atar a un prisionero a un árbol o a un poste cualquiera:

    “Oblíguese al prisionero a trepar un pequeño trecho. Colóquese su pierna derecha alrededor del árbol, con el pie hacia la izquierda. Póngase después su pierna izquierda sobre el tobillo del pie derecho. Oblíguese luego al prisionero a resbalar por el poste o árbol hasta que el peso de su cuerpo “cierre” el pie izquierdo….”

    La nota aclaratoria sobre esta instrucción dice:

    “aunque se dejan libres las manos del prisionero, resulta imposible para éste escapar, siempre que se haya procedido bien. En casos normales, una persona colocada en esta posición sufre un calambre en una o en las dos piernas al cabo de 10 o 15 minutos. Bajo estas circunstancias es probable que intente tirarse con el cuerpo hacia atrás. Esto significaría su muerte”.

    En este didáctico libro se moraliza, igualmente, sobre las ventajas de la llamada “coz del bronco”:

    “se recomienda dar un salto sobre un enemigo que se halla en el suelo, con los pies muy juntos y las rodillas bastante levantadas. Cuando las piernas se hallen bastante altas por encima del cuerpo del adversario, se estiran repentinamente con toda violencia. De esta forma, dos botas provistas de tachuelas dan en el cuerpo del enemigo y le “deshacen”

    , como describe, cínicamente, la instrucción.
    Mister Fairbairn, co-autor del formativo mamotreto (por lo visto, para pergeñar ese engendro literario fueron menester dos personas), fue Jefe de la Policía Municipal de Shangai Pero tal reglamento no se escribió como policía de aquella ciudad, sino como capitán del Ejército Británico y Jefe del “Army Special Training Control”. Los métodos del pulcro Mister Fairbairn se califican de instrucción standard para el ejército británico en el prólogo de este reglamento: “Standard Instructions of the Bristish Army”.

    Es decir, que lo que aprendió un policía en Shangai en sus frecuentes tratos con marinos borrachos y criminales chinos en los barrios más inmundos de aquella dudad cosmopolita se convirtió en un principio de instrucción “standard”, es decir, ordinaria, en el Ejército Británico.

    Claro que cuando se lucha por la Libertad y el Derecho, todo vale!… y, por consiguiente, no es de extrañar que nunca, ningún Tribunal haya pretendido procesar a Mister Fairbairn [438] como criminal de guerra.

    * * *
    Charles Lindbergh, el gran piloto norteamericano, sirvió como voluntario en las Fuerzas Aéreas de su patria en el escenario bélico del Pacífico. En sus apasionantes “Memorias” nos narra, con lujo de detalles, el modo de proceder de soldados, marinos y aviadores que, en el frente del Pacífico, defendieron la Libertad y el Derecho.

    “… Nosotros disparamos contra emisarios japoneses que se nos acercaban con bandera blanca para rendirse… ” [439]

    “Una larga serie de incidentes desfila por mi memoria: nuestros marinos disparando contra los supervivientes japoneses que intentaban llegar nadando hasta la bahía de Midway; el ametrallamiento de prisioneros nipones en el aeródromo de Hollandia; los relatos de los australianos, que echaban por las escotillas de sus aviones de transporte a los prisioneros japoneses de Nueva Guinea; los huesos de cadáveres japoneses utilizados para la manufactura de abrecartas y cortaplumas; las palabras del joven piloto que iba a bombardear ese hospital un día de estos; los puntapiés en las bocas de los cadáveres japoneses en busca de dientes de oro (la ocupación favorita de nuestra infantería, según el general Wood); los cráneos japoneses enterrados junto a los hormigueros para que las hormigas de los trópicos los dejaran bien limpios para podérselos llevar como recuerdo; los cadáveres arrastrados por los bulldozers
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    y precipitados en fosas comunes mezclados con excrementos y basura… todo ello aprobado por miles de americanos que pretenden luchar por altos, civili- zados ideales. ¡Dios, qué asco!” [440].

    Edgar L. Jones, un americano que estuvo durante más de un año con el Octavo Ejército Británico en África del Norte y luego, durante tres años más en el frente del Pacífico, como corresponsal de guerra del Atlantic Monthly, de Boston, Estados Unidos, escribió, en el numero de febrero de 1946 de dicha revista:

    “Los americanos tenemos la peligrosa tendencia, en nuestra actitud ante otras naciones, de adoptar una pose de superioridad moral. Nos consideramos a nosotros mismos más nobles y más decentes que otros pueblos y, por consiguiente, en mejor situación para decidir lo que está bien y lo que está mal en el mundo. Pero ¿qué clase de guerra se figura nuestra población civil que hicimos nosotros? Nosotros fusilamos prisioneros a sangre fría, bombardeamos hospitales, disparamos contra náufragos, matamos o maltratamos civiles enemigos, rematamos a los heridos, enterramos a los moribundos en fosas comunes junto a los cadáveres, y en el Pacífico hasta montamos un comercio de calaveras y huesos japoneses.
    Inventamos el bombardeo por saturación y arrojamos dos bombas atómicas sobre dos ciudades indefensas, estableciendo el record mundial de matanzas masivas instantáneas. Pregunté a algunos de nuestros soldados, por qué, por ejemplo, regulaban sus lanzallamas de tal modo que los soldados enemigos que resultaran alcanzados, murieran lentamente y más dolorosamente, en vez de matarlos casi en el acto. ¿Acaso porque odiaban muchísimo al enemigo?… No. Simplemente porque odiaban la guerra. Posiblemente por la misma razón nuestros soldados mutilaban los cadáveres de los enemigos, les cortaban las orejas y les arrancaban los dientes de oro para llevárselos como recuerdo, les cortaban los testículos y se los colocaban en las bocas, pero tan flagrantes violaciones de todos los códigos morales pueden ser estudiadas dentro del campo de la psicopatía”.

    Pero la psicopatía no quedaba confinada en los rangos de la soldadesca. Nada menos que el general norteamericano Mark Clark dijo, en un mensaje al V Ejército, el 12 de febrero de 1944, que agradecía los ataques alemanes, porque…

    “os dan mayores oportunidades para matar a vuestros odiados enemigos en grandes cantidades. Se ha abierto la veda en Anzio y no hay límite para el número de alemanes que consigáis matar”.

    ¿Cómo pueden, soldados de naciones civilizadas comportarse de este modo? Una explicación parcial puede, tal vez, hallarse en la innoble actitud de los mass media. Según refiere Lindbergh, el Coronel Clear, que mandaba un regimiento de “marines” en Bataan

    “…aún cuando en la batalla es raro encontrar actos de generosidad, podría esperarse una razonable consideración y humanidad por parte de los nipones en circunstancias normales” [441]

    . El mismo oficial menciona que

    “los japoneses arrojaron una nota de aviso, en un saco de arroz, diciendo que volverían al día siguiente, para bombardear la estación de radio que estaba localizada cerca del hospital. Los nipones nos aconsejaban evacuar el hospital. El hospital fue evacuado y la emisora de radio destruida.
    Naturalmente nuestros periódicos omitieron hablar de la estación de radio, dijeron que los japoneses habían bombardeado un hospital lleno de heridos y no hablaron para nada de la nota de los japoneses”. [442]

    No es extraño que esa cínica distorsión de la Verdad convirtiera, a veces, en monstruos, a personas normalmente inofensivas. En cuanto a los Nobles Aliados Soviéticos (Churchill dixit), los valientes guerreros del Ejército Rojo merecen, creemos, párrafo aparte. Más adelante nos ocuparemos de ellos.

    EL TERRORISMO AEREO

    Una de las verdades históricas que los llamados medios informativos han procurado distorsionar más celosamente es que fueron los cruzados de la Democracia los inventores y casi exclusivos promotores de los bombardeos aéreos contra las poblaciones civiles. Se ha hablado mucho de los ataques aéreos de la Luftwaffe contra Londres y Coventry. Especialmente, los bombardeos a Coventry fueron muy intensos, pero iban dirigidos contra las industrias de la ciudad, y no contra la catedral de Saint Michel, como pretendió la propaganda inglesa. Saint Michel fue alcanzada por varias bombas, es cierto, pero no es menos cierto que cuando fue alcanzada fue en un bombardeo nocturno y que, en Coventry, las fábricas estaban instaladas en la propia ciudad, y no en las afueras. Coventry fue bombardeada porque poseía fábricas de motores de aviación, de locomotoras, de equipos de telecomunicación, de toda clase de utillaje
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    eléctrico y de material bélico [443]. En cuanto a Londres, a parte sus industrias y sus cuarteles, posee un inmenso puerto, así como astilleros. Eran, pues, Londres y Coventry, así como Birmingham, Manchester, Bristol, Leeds y otras ciudades que fueron igualmente bombardeadas, objetivos militares sin ningún género de dudas. Pero creemos que será mejor abordar el tema desde el principio. Desde mucho antes de que estallara la guerra.

    * * *
    El 18 de Febrero de 1932, es decir, un año antes de que Hitler llegara al poder, Alemania presentó, ante la Conferencia de Desarme, reunida en Ginebra, una proposición tendente a la supresión de la aviación de combate. El delegado inglés prometió “estudiar el asunto”. Mientras se estudiaba, Lord Baldwin, Primer Ministro declaró, el 10 de Noviembre de 1932, en la Cámara de los Comunes:
    “….He dicho que toda ciudad al alcance de un aeródromo puede ser bombardeada. La única defensa es el ataque, es decir, hay que matar más mujeres y niños que los que nos mate el enemigo a nosotros, si uno quiere protegerse a si mismo “.

    Por fin, el 16 de Marzo de 1933, presentaba Inglaterra un proyecto ante la Conferencia del Desarme, el Plan MacDonaId, cuyo artículo 34 decía:

    “Las altas partes contratantes aceptan la total abolición de los bombardeos desde el aire (excepto para necesidades policíacas en determinadas regiones lejanas)”.

    El paréntesis, como se observará, es sibilino. La Delegación Alemana (no olvidemos que Hitler estaba ya en el poder) propuso la siguiente modificación a la propuesta inglesa:

    “Las palabras entre paréntesis desde excepto hasta lejanas deben ser tachadas y añadirse las palabras siguientes:. …”Y la prohibición de toda preparación de tal lanzamiento”.

    El representante español, el conocido liberal Salvador de Madariaga, dijo que

    “el proyecto británico, en cuanto a la lucha aérea, es altamente insuficiente”.

    Anthony Edén, el representante británico, defendió la posición inglesa diciendo, textualmente:

    “No hace falta ser un Julio Verne para describir una terrible guerra en la que el punto menos expuesto será, acaso, la trinchera de primera línea y el más expuesto las viviendas de la población civil”.

    Durante dos años el gobierno alemán hizo notables esfuerzos para llegar a un acuerdo con los demás estados para excluir el arma aérea como medio ofensivo contra las ciudades abiertas y la población civil. Hitler, en la sesión del Reichstag del 21 de Mayo de 1935, propuso, incluso, la abolición del arma aérea. La propuesta fue presentada en la Conferencia del Desarme y rechazada por los representantes inglés y francés. Una nueva proposición se hizo, por el gobierno alemán directamente al gobierno inglés, el 31 de Marzo de 1936, tendente a la humanización de la guerra. El artículo 13, concretamente, decía:

    1).- Prohibición del lanzamiento de bombas de gas, tóxicas e incendiarias.

    2).- Prohibición del lanzamiento de bombas de toda clase sobre poblaciones abiertas que se hallaren fuera del alcance de la artillería pesada de los frentes combatientes.

    3).- Prohibición de hacer fuego contra ciudades, con cañones de largo alcance, fuera de una zona de combate de 20 kilómetros.

    4).- Prohibición y abolición de la artillería ultrapesada.

    El gobierno alemán, además, se declaraba dispuesto a adherirse a cualquier reglamentación de ésta índole, siempre que obtuviera validez internacional. El gobierno inglés no contestó directamente a este Memorándum alemán, pero el 14 de Febrero de 1938, el Primer Ministro Chamberlain declaró ante la Cámara de los Comunes que

    “el Gobierno de Su Majestad no estaba dispuesto a limitar la actividad de sus fuerzas aéreas”.

    La Delegación de Holanda en París, insistió cerca del gobierno francés para que éste, por su parte, y mediante presiones sobre el gobierno inglés, aceptara la totalidad o una parte del Memorándum alemán del 31 de Marzo de 1936, pero la sugerencia holandesa no fue tenida en consideración.

    El mismo día que estalla la guerra con Polonia, Hitler dice en su discurso ante el Reichstag:

    “… No quiero hacer la guerra contra mujeres y niños. He ordenado a nuestro ejército del aire que limite sus ataques a los objetivos militares”.

    Y a la embajada de Polonia en Berlín, en el momento de entregar los pasaportes a los miembros del cuerpo consular polaco que van a
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    regresar a su país, provistos de la inmunidad diplomática, se les entrega una nota en la que se afirma:
    “Las fuerzas de combate aéreas han recibido orden de limitarse en sus operaciones en Polonia, a objetivos militares. El mantenimiento de esta orden presupone naturalmente el que las fuerzas aéreas polacas se atengan a la misma regla. Si ésto no fuera así, los alemanes emplearíamos inmediatamente la más enérgica represalia”.

    El 6 de Septiembre, el Subsecretario de Estado británico, Butler, afirma en la Cámara de los Comunes:

    “Parece demostrarse que los alemanes, en sus ataques aéreos, alcanzan por lo general objetivos militares y no dirigen sus ataques impremeditadamente contra la población civil”.

    Esto es confirmado por el general Armengaud, agregado militar francés en Polonia, quien, en un informe enviado a su gobierno, dice:

    “La Luftwaffe no ha atacado a la población civil. Debo subrayar que las fuerzas aéreas alemanas han obrado con arreglo a las leyes de la guerra [444]; han atacado sólo objetivos militares, y si a menudo ha habido muertos y heridos entre la población civil, ello ha sido debido a que se encontraban a proximidad de estos objetivos militares. Es importante que ésto se sepa en Francia e Inglaterra para evitar que se emprendan represalias allí donde no hay motivo para represalia, y para no desencadenar una guerra aérea total por nuestra parte”.

    El 6 de Octubre de 1939, pronuncia Hitler un discurso en el Reichstag y, en el curso del mismo, aboga por que la guerra se conduzca de la manera más humanitaria posible. Entre otras cosas, dice a este respecto:

    “Así como la Convención de Ginebra consiguió, al menos en lo que a los estados civilizados se refiere, prohibir dar muerte a los heridos, maltratar a los prisioneros y hacer la guerra contra no participantes en la contienda, y así como se logró que esta prohibición fuera generalmente respetada en el curso del tiempo, así debe ser posible reglamentar la intervención del arma aérea, el empleo de gases, de los submarinos, etc., así como también el concepto de contrabando, de forma que la guerra pierda el terrible carácter de una lucha contra mujeres y niños, y, en general, contra personas ajenas a la misma. La continuación de determinados procedimientos conduce por sí sola a la supresión de armas que entonces resultarían supérfluas”.

    Pero estas palabras no fueron tenidas en cuenta….. El primer bombardeo de la II Guerra Mundial fue llevado a cabo por aviones de combate ingleses que arrojaron bombas sobre Wilhelmshaven y Cuxhaven, el 5 de Septiembre de 1939.
    En el curso de Septiembre y Octubre de 1939 la R.A.F. sobrevoló numerosas veces territorio belga, holandés y danés para realizar vuelos de observación sobre Alemania, pero sin volver a arrojar bombas. Tampoco la Luftwaffe bombardeo territorio inglés o francés. El 27 de Noviembre, en la sesión del Consejo Supremo de Guerra, en Londres, Chamberlain propuso el bombardeo, sin contemplaciones, de la región del Ruhr. Pero Daladier se opuso, por considerar imposible bombardear fábricas sin alcanzar a obreros, es decir, a no combatientes. Pero Inglaterra decide hacer caso omiso de las objeciones de Francia, e inicia por su cuenta su guerra de bombas. Sus bombardeos se dirigen contra las ciudades de Wilhelmshaven, Vechta, Heligoland, Sylt, Borkum, Juist y Amrum… es decir, puertos de Alemania Septentrional.

    En contraste con esta actitud, el Mando Supremo de la Wehrmacht anuncia, el 25 de Enero de 1940, la limitación de la guerra aérea a objetivos puramente militares y en zonas de combate (con respecto a Francia) y a ataques aéreos contra objetivos terrestres en la metrópoli, incluidos los puertos (con respecto a Inglaterra).

    El 30 de Enero de 1940, Hitler dijo, en su discurso del “Sportpalast”, de Berlín, lo siguiente:

    “El estado al que Inglaterra ha prestado su garantía ha sido barrido del mapa en dieciocho días, sin que se cumpliera dicha garantía. Con ello ha terminado la primera fase de esta contienda. Comienza la segunda. El señor Churchill [445] arde ya de impaciencia por esta segunda fase. A través de sus mediadores, y también personalmente, expresa la esperanza de que comience al fin la lucha con las bombas. Y dice ya que, naturalmente, esta lucha no se detendrá ante mujeres y niños. ¿ Cuándo ha reparado Inglaterra en mujeres y niños ? Toda la guerra de bloqueo no es más que una guerra contra mujeres y niños. La guerra contra los boers no fue sino una guerra contra mujeres y niños”.

    Maticemos: Churchill no había, evidentemente, dicho que haría una guerra contra mujeres y niños. Por lo menos, no lo había dicho explícitamente. Pero lo que sí había hecho era abogar por la extensión de la guerra aérea, del bloqueo naval e incluso de arrojar bombas incendiarias contra explotaciones agrícolas, y esto
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    era, indirectamente al menos, hacer la guerra a no combatientes, es decir, ancianos, mujeres y niños.
    Y los ataques aéreos ingleses continuaron. El 14 de Abril son bombardeadas Haide y Wenningstedt, a pesar de no existir allí objetivo militar alguno. Tras empezar la guerra aérea, ahora la R.A.F. ha empezado el terrorismo aéreo. Es, de momento, un terrorismo muy limitado, algunos aviones que dejan caer algunas bombas en aldeas y pequeñas ciudades. Todo ello, posiblemente, emanado de la iniciativa de algunos mandos subalternos. Consta que Chamberlain se opone a la acción de la R.A.F. contra objetivos no militares. Pero cuando Chamberlain cae -dimite, o es dimitido – y Winston Churchill se instala en el poder comienza la verdadera lucha a muerte contra la población civil. Esto es un hecho que ninguna propaganda masiva, a escala mundial podrá jamás disimular por completo, pese a los esfuerzos tremendos que se han hecho en tal sentido.

    Churchill, en efecto, es nombrado Primer Ministro el 10 de Mayo de 1940, y el día 11 de Mayo, la R.A.F. recibe la orden de volar a gran altura a través del frente de combate – en plena ofensiva alemana en Bélgica, Holanda y Francia y de descargar sus bombas sobre ciudades alemanas desprovistas del menor interés estratégico y militar, y, por consiguiente, sin protección antiaérea. Ese día, la ciudad de Freiburg, totalmente alejada de la zonas de operaciones militares, y sin una sola industria remotamente relacionada con la guerra, fue bombardeada por la R.A.F. Cincuenta y tres civiles, incluyendo veinticinco niños que jugaban en un jardín público resultaron muertos. Otros 151 civiles fueron heridos. Mr. Edward Taylor, de la Cruz Roja Norteamericana dio estos datos en el New York Times [446].

    El Secretario del Ministerio del Aire británico, J. M. Spaight certifica que fue Inglaterra la iniciadora del bombardeo de civiles, y se vanagloria de ello:

    “Empezamos a bombardear las ciudades alemanas antes de que el enemigo procediera de igual forma contra las nuestras. Es, este, un hecho histórico que debe ser públicamente admitido. Pero como teníamos dudas respecto al efecto psicológico de la desviación propagandística de que habíamos sido nosotros quienes habíamos empezado la ofensiva de bombardeos estratégicos, nos abstuvimos de dar la publicidad que merecía a nuestra gran decisión del 11 de Mayo de 1940. Seguramente esto fue un error. Era una espléndida decisión”. [447]

    Para Mister Spaight -que inventa la palabra “estratégicos” para designar el terrorismo aéreo- bombardear poblaciones civiles fue una “espléndida decisión”. Hacia justicia a sus compatriotas al guardar el secreto de que fué la R.A.F. la iniciadora de esa sucia forma de combatir, por constarle que lo reprobarían, pero remacha afirmando que, en todo caso, fue una espléndida decisión.
    F.J.P. Véale, escritor inglés especializado en temas bélicos dice que

    “… esa histórica noche, los grandes bombarderos ingleses “Whitley”, en vez de atacar las concentraciones alemanas en el frente, fueron lanzados hacia la retaguardia civil del enemigo. Era un acontecimiento que hacía época, puesto que era la primera ruptura deliberada de la regla fundamental de la guerra civilizada, de que sólo se deben llevar a cabo hostilidades contra las fuerzas combatientes enemigas… Sin saberlo, los tripulantes de esos 18 bombarderos estaban dando la vuelta a una gran página de la Historia. Su vuelo marcó el fin de una época que había durado dos siglos y medio ” [448]

    J.F.C. Fuller, uno de los mejores críticos militares ingleses de ésta época, por su parte, escribió al respecto:

    “Churchill, a pesar de ser comandante supremo de las fuerzas armadas británicas, no podía actuar como un caudillo militar, pero superó estas dificultades dirigiendo una guerra particular con las formaciones de bombardeo de la R.A.F., una especie de ejército privado suyo. El 11 de Mayo de 1940 ordenó bombardear la ciudad de Freiburg. Pero Hitler no devolvió el golpe, aunque no cabe la menor duda de que estos ataques contra Freiburg y otras ciuudades alemanas lo impulsaron, a su vez, a pasar al ataque” [449]

    Los alemanes, evidentemente, protestaron contra el terrorismo aéreo. Al cabo de varios meses de ininterrumpidos ataques contra ciudades alemanas desprovistas de todo interés militar, las autoridades militares alemanas amenazaron con tomar represalias contra las ciudades inglesas. Pero los bombardeos no cesaron y las víctimas entre la población civil alemana empezaron a contarse por millares. No puede haber ninguna duda razonable: la adopción del terrorismo aéreo por parte de Inglaterra no tuvo otro objeto que provocar represalias alemanas, enardeciendo, de tal suerte, al pueblo inglés, que seguía, casi en bloque,

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    reacio a exponer la suerte del Imperio por motivos tan fútiles y extraños a sus intereses como “Dantzig”, la “Democracia”, “Las fronteras occidentales de Polonia “, etc. Así, la Gran Prensa, sujeta en Inglaterra, como en el resto del mundo, al Internacionalismo Financiero, soslayó el hecho de que fue la R.A.F. quien comenzó los bombardeos de terror contra los civiles y cuando, por fin, Hitler, tras el bombardeo contra un barrio residencial de Berlín, ordenó el bombardeo de represalia contra Londres, el día 7 de Septiembre, pudo decirse que Churchill había logrado su objetivo. La Gran Prensa – que había guardado atronador silencio sobre los “raids” contra poblaciones civiles alemanas – armó un alboroto tremendo al comentar el ataque de la Luftwaffe contra Londres, presentándolo como un ataque, traidor e improvocado, contra la población civil inglesa. La opinión pública británica, hasta entonces reacia a tomar en serio la guerra contra Alemania, montó en cólera y se apiñó junto a su gobierno. El objetivo había sido alcanzado.
    Sir Thomas Elmhirst, Vice-Mariscal del Airé pudo, más tarde, averiguar que

    “… Hitler estaba furioso contra la primera incursión de bombardeo nocturno de la R.A.F. contra un suburbio de Berlín el 27 de Agosto de 1940 y ordenó a los bombarderos de la Luftwaffe tomar represalias contra Londres. El bombardeo contra la ciudad universitaria de Heidelberg hizo que el ataque a Londres se realizara, el 7 de Septiembre” [450]

    . Apelamos al testimonio de J.M. Spaight, al que ya hemos aludido anteriormente:

    “Hitler empezó a contestar contra los bombardeos a ciudades más de tres meses después de que la R.A.F. los hubiera iniciado y siempre estuvo dispuesto, en cualquier momento, a suspender esa clase de guerra. Desde luego, Hitler no quería que continuase el mutuo bombardeo” [451]

    Sir Arthur Harris, Mariscal del Aire y uno de los “padrinos” del eufemísicamente llamado bombardeo estratégico, -al que consideraba moderno, mientras llamaba anticuado al sistema alemán de guerra aérea, limitado a objetivos militares exclusivamente- confirma que los alemanes fueron prácticamente arrastrados a ese tipo de guerra terrorista por la R.A.F. [452].
    De este modo se inició la que sería llamada “Batalla de Inglaterra”, respuesta alemana a los bombardeos terroristas británicos y un ataque a la industria inglesa. Se puso de moda el verbo “coventryzar”, y, en efecto, como hemos ya dicho, Coventry sufrió tremendos bombardeos, al igual que Londres y otras ciudades industriales inglesas, pero los ataques, en general, se dirigieron contra objetivos militares o para-militares. No hubo, por ejemplo, bombardeos de Oxford, Eton o Cambridge, pero los hubo de Heidelberg o de Halle por la R.A.F.. Son, estos, hechos incontrovertibles que ninguna propaganda ha sido, jamás, capaz de soslayar. De todos modos, y refiriéndose a estos bombardeos alemanes, el propio Churchill confiesa, en sus “Memorias”, que fueron objeto de grandes exageraciones por la prensa inglesa. Además, esos ataques comenzaron el día 7 de Septiembre, es decir, casi cuatro meses después del ataque terrorista de la R.A.F. contra Freiburg.

    El ya aludido historiador inglés F.J.P. Veale comenta al respecto:

    “Uno de los mayores triunfos de la moderna ingeniería emocional es que, a pesar de la claridad del caso, que no podía enmascararse ni torcerse en modo alguno, el público británico, a través de todo el período de la Blitzkrieg (guerra relámpago), de 1940 y 1941, siguió convencido de que la responsabilidad por los sufrimientos que esta experimentando, recata sobre los líderes alemanes” [453]

    Y otra prominente figura de la aviación británica, y uno de los co-autores del llamado bombardeo estratégico, J. M. Spaight, reconoció que

    “hay abundante evidencia de que Hitler se opuso con tenacidad al terrorismo aéreo …” [454]

    Pero hay, aún, más testimonios anglo-norteamericanos en ese sentido: Anthony Edén dijo en la conferencia anual del Partido Conservador, celebrada en Londres, el 20 de Mayo de 1943:

    “… Sabemos qué conviene a Alemania: no ataques nocturnos o diurnos, sino ataques nocturnos y diurnos, continuos, sin interrupción, hora tras hora”.

    El General Arnold, Jefe Supremo de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas durante la II Guerra Mundial, declaró a un representante de la United Press, el 14 de Diciembre de 1943:

    “Cada ciudad y cada aldea de Alemania serán alcanzadas por nuestros bombardeos. Alemania puede prever ahora que el número de los sin hogar aumentará constantemente y que el aprovisionamiento de todo lo necesario para la vida de su población se hará cada vez más difícil”.

    El propio Arnold apostilló, el 14 de Marzo de 1944
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    [455];
    ” ¡Podemos poner tapices de bombas en Alemania ! Es más indicado para quebrantar la moral de un pueblo; produce confusión en una comunidad y contribuye a la destrucción de una ciudad más que a la de un objetivo, como nosotros intentamos hacerlo”.

    El General -luego Mariscal- Montgomery declaró:

    “Yo creo que una de las grandes cosas que realmente tienen importancia es bombardear Alemania. Yo bombardearía una ciudad cada tarde, y esperaría a ver hasta cuando resiste” [456]

    El General I. C. Eaker, Comandante en Jefe de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas en Europa, dijo, en una interviú publicada en 1942:

    “Disponemos de suficientes aviones para destruir Alemania. Los obreros alemanes necesitan casas para vivir en ellas. Nadie querrá, sin embargo, trabajar bajo tierra, sabiendo que durante su ausencia puede ser destruido su hogar y perecer su familia ” [457]

    Brendan Bracken, miembro del Gabinete de Guerra inglés y jefe de fila del Partido Conservador, dijo:

    “… nuestros planes son: bombardear Alemania por todos los medios a nuestro alcance; exterminar por el fuego y destruir sin piedad a los pueblos responsables del desencadenamiento de esta guerra.
    He dicho y repito, sin piedad” [458]

    El Lord Mayor (Alcalde) de Londres, Philip Cribbles, declaró a la Agenda Reuter:

    “El perder el tiempo en conferencias sobre la aplicación dé determinados artículos del Derecho Internacional, en los que se expresa que los niños menores de dieciséis años y hombres y mujeres de más de setenta años deberían quedar al abrigo de la guerra total, constituye una torpeza criminal” [459]

    El Vice-Mariscal del Aire, Saundby, ex-piloto de la R.A.F. en la 1ª Guerra Mundial, declaró:

    “… En las ciudades alemanas ya atacadas han sido asolados casi el 25 % de los distritos edificados. El número de edificios destruídos asciende a millones. En las ruinas de Hamburgo, Dusseldorf, Colonia y otras ciudades no es posible una vida civilizada, tal como nosotros la entendemos ” [460]

    Como se observará, en estas manifestaciones de prohombres ingleses y americanos se nota fácilmente la existencia de una autocomplacencia por la conducta de las democracias occidentales en su guerra aérea contra las poblaciones civiles de sus adversarios, es decir, Alemania, primero, Italia, después, y luego toda Europa ocupada. No sólo reconocen que han sido ellos los pioneros de esta clase de guerra contra la población civil, sino que además se enorgullecen de ello. Walter Lippmann (a) Lipschitz, el buda sionista de los periodistas americanos, hombre con más influencia real que muchos ministros y miembro distinguido del Brain Trust de Roosevelt, escribió en uno dé sus artículos:

    “Deberíamos avergonzamos de nosotros y de nuestra causa, si no pudiéramos mirar con sincera conciencia nuestra responsabilidad moral en la destrucción de las ciudades alemanas” [461]

    Y Hugh Baillie, diputado laborista, remachó:

    “Una tras otra han sido reducidas a polvo las grandes urbes alemanas. Las viviendas de obreros, que son consideradas objetivos militares han sido convertidas en ingentes montones de escombros. Los obreros mismos se convierten así en fugitivos. En los cálculos de la ofensiva aérea en marcha entra en que los obreros alemanes sean lanzados a la calle como fugitivos”. [462]

    He aquí lo que decía el editorial de uno de los más leídos periódicos americanos, a finales de 1943:

    “Nadie cree ya las habladurías de daños puramente industriales al referirse a las incursiones de nuestra aviación y de la R.A.F. sobre Alemania. Cuando nuestros bombarderos toman el vuelo, nuestros campesinos sacuden la cabeza y esperan que ello signifique la pronta terminación de la guerra. Al fin y al cabo, es preferible que las matanzas tengan lugar en Alemania”. [463]

    Acudamos, ahora, al Newsweek, el primer semanario de América, al referirse al ataque terrorista sobre Berlín, el 22 de Noviembre de 1943:

    “… lo mismo que en Hamburgo, probablemente muchos refugios se convirtieron en hogueras vivientes. De un extremo de la ciudad al otro, yacen convertidos en ruinas los monumentos en que estaba materializada tanta historia alemana” [464]

    Y cerremos esta, creemos, definitiva exposición de testimonios de parte contraria con la opinión de
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    Raymond Clapper, el decano de los corresponsales de guerra norteamericanos:
    “El terror y la brutalidad de la guerra aérea son uno de sus mejores aspectos.
    Tenemos, por fin, los medios de hacer inhabitables las ciudades y sembrar -¿por qué no hemos de reconocerlo abiertamente?- la destrucción sobre barrios de viviendas. Hemos llegado ahora al punto en el que la guerra se ha hecho tan horrorosa para la población civil, que tal vez se evidencie algún día su falta de sentido”. [465]

    Es irrefutablemente histórico: las democracias occidentales, en el periodo de pre-guerra, se opusieron tenazmente a toda concesión, incluso teórica, en el desarme aéreo. Si firmaron la Convención de la Haya sobre guerra aérea, que prohíbe expresamente el recurso a las tácticas de Douhet [466] es porque no tenían posibilidad moral de evitarlo. Pero luego, en la práctica, recurrieron a ese sistema de combatir, que es no sólo desleal y criminal, al romper las barreras que durante siglos se habían mantenido entre combatientes y ciudadanos, sino que además es ineficaz desde un punto de vista puramente militar, pues en pleno auge de los bombardeos terroristas sobre Alemania, la producción industrial y militar del Reich llegó a su punto máximo.

    El terrorismo aéreo no tuvo, inicialmente, otra finalidad que procurar las represalias alemanas -que llegaron, en efecto, pero con una virulencia cien veces menor, como reconoce el propio Churchill- que sirvieran para motivara una opinión pública reacia a la participación de Inglaterra en una guerra extraña a sus intereses reales. Posteriormente, otros motivos fueron injertándose en el inicial, y concretamente la venganza mesiánica del Sionismo contra el Nacionalsocialismo alemán y, en definitiva contra Alemania. Nada menos que Winston Churchill reconoce en sus “Memorias” que fue Lord Cherwell el instigador de los bombardeos de terror contra Alemania. ¿Quién era lord Cherwell? Era un tal profesor Lindemann, un hebreo emigrado de Alemania en 1935. Ese noble lord era el Presidente del “Bomber Command”, y pese a su rango de civil tenía autoridad sobre profesionales como Harris y Spaight, y sólo dependía, en última instancia, oficialmente, de Churchill. Su secretario particular -y correligionario suyo- David Bensussa-Butt y el Profesor Salomón Zuckerman estudiaron científicamente los efectos de los bombardeos sobre poblaciones civiles. En el informe de Lindemann, en el que colaboraron Bensussa y Zuckerman, se prescribe una serie de bombardeos masivos

    “para zapar la moral del enemigo, dirigidos contra zonas obreras de las 58 ciudades alemanas cuya población supere los 100.000 habitantes… Cada bombardero lanzará unas 40 toneladas de bombas. Si éstas caen en zonas habitadas, producirán la pérdida de viviendas a unas 4.000 u 8.000 personas” [467]

    .
    La consecuencia inmediata de este tenebroso informe fue la directiva del Estado Mayor del Aire, aprobada personalmente por el Primer Ministro, Winston Churchill, así concebida:

    Referencia: Directiva sobre nuevos bombardeos. Supongo ha quedado suficientemente claro que los objetivos deben ser las zonas edificadas, y no, por ejemplo, los docks o fábricas. Esto, si aún no está lo suficientemente claro, debe quedar bien entendido de una vez para siempre” [468]

    .
    El conocido escritor y hombre de ciencia Charles Snow publicó en Londres en 1961, el libro Science and Govemment, en el que afirma:

    “El Plan Lindemann fue adoptado bajo la presión conjugada de los jefes de la aviación inglesa y, naturalmente, los medio Judíos tan poderosos entonces en el gobierno”.

    El reconocimiento oficial del carácter terrorista de los bombardeos aliados se hizo en 1953, cuando la “H.M. Stationery Service” (Servicio de Imprenta de Su Majestad) publicó el primer volumen de una obra titulada La RAF 1939-1945, libro presentado como una publicación oficial, leída y aprobada por la Sección Histórica del Ministerio del Aire del Reino Unido. El autor, Dennis Richard, dice con toda franqueza que la destrucción de instalaciones industriales no era más que una finalidad secundaria de los ataques aéreos contra Alemania, ataques que se iniciaron en Mayo de 1940. La finalidad principal de esas incursiones era inducir a los alemanes a llevar a cabo raids de represalia similares contra Inglaterra. Tales raids provocarían una intensa indignación en Inglaterra contra Alemania, y crearían así la psicosis de guerra imprescindible en una guerra moderna. Dennis Richard concluye sin ambages:

    “Los ataques aéreos contra el Ruhr no eran más que una manera disfrazada de inducir a los alemanes a bombardear Londres”.

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    En 1961, la Imprenta Oficial de Su Majestad Británica volvía a reconocer, por segunda vez, el carácter terrorista de su aviación en la II Guerra Mundial, en su publicación The Strategic Air Offensive.
    Creemos huelgan más argumentos en favor de la super-demostrada tesis de que fueron los ingleses, secundados luego entusiásticamente por los americanos y los rusos, los iniciadores y casi exclusivos cultivadores del terrorismo aéreo. El odio de Churchill – o de los poderes fácticos que movían al Primer Ministro británico- contra Alemania fue tan brutal que no dudó en quebrantar los más elementales sentimientos humanitarios en la conducción de la guerra. Es el propio Churchill quien, con increíble desenvoltura, manifiesta en sus Memorias:

    “Di instrucciones al Gabinete de Guerra para que todas las ambulancias aéreas alemanas fueran derribadas u obligadas a descender por nuestros aviones de combate”.

    * * *
    La cifra total de muertos causados entre la población de Alemania por los bombardeos terroristas angloamericanos es difícil de evaluar. Se ha hablado de tres millones. En todo caso, la cifra más baja la da el periódico suizo Die Tat, en un artículo del demógrafo de Zurich Dr. Adalbert Aigner, quien afirma:
    “La cantidad de 2.050.000 muertos en los bombardeos de ciudades alemanas es la que me parece mis próxima a la verdad” [469]

    El escritor inglés, de raza judía, David Irving, cree que la cifra se halla próxima a los dos millones y medio [470]. Mas de 15.000 tripulantes angloamericanos perdieron sus vidas en estos bombardeos en que la estupidez disputaba con la más satánica crueldad un combate interminable. Mientras tanto, la industria alemana, infinitamente menos atacada que la población civil, llegaba a su punto más alto de producción a finales de 1944.
    Hay que tener muy presente el número de heridos y mutilados a causa de los bombardeos, que se ha evaluado en algo más de 4 millones de personas, la mayoría, como es lógico, ancianos, mujeres y niños. Así mismo, debe tenerse muy presente los enfermos crónicos y los subsiguientemente fallecidos a causa de las intoxicaciones por óxido de carbono. El siniestro Profesor Lindemann consideraba que el óxido de carbono liberado por las bombas debía causar aproximadamente el 70 por ciento de las víctimas de los bombardeos. Resumiendo, creemos, personalmente, que el número total de muertos a causa de los bombardeos terroristas Aliados debe hallarse cerca de los 4 millones, pero nos quedaremos, para la evaluación final, con la más baja que hemos encontrado, de los 2.050.000.

    Aunque toda ciudad alemana de alguna importancia fue profusamente bombardeada, cabe hacer especial mención de los bombardeos de Berlín y, sobre todo, de Hamburgo, el 25 de julio y el 3 de agosto de 1943. Los ataques contra los barrios residenciales de la capital hanseática se desarrollaron de noche, y con una saña hasta entonces inigualada. Pero todos los récords de la gratuita violencia fueron batidos en el bombardeo de Dresde, llevado a cabo durante la noche del 13 al 14 de febrero de 1945. Esa fué la más sangrienta acción bélica realizada, a lo largo de toda la Historia del Mundo, contra una población civil. Dresde, se hallaba entonces, a unos 115 kilómetros de las líneas del frente germano-ruso, y a ella habían llegado más de medio millón de refugiados, ancianos, mujeres y niños. Dresde era una dudad abierta. En ella no habían cuarteles, ni fábricas de armamentos, ni objetivos militares de ningún género. Habían, en cambio, numerosos hospitales, con enormes cruces rojas pintadas en sus azoteas.

    En la mañana del 13 de febrero, 35 aviones ingleses de reconocimiento volaron sobre Dresde y tomaron numerosas fotografías, sin ser inquietados por la ”Luftwaffe”, que se hallaba operando en el frente, ni por las defensas antiaéreas, inexistentes en una ciudad residencial cuya única industria era la de cerámicas. Por la noche, 800 bombarderos de la RAF arrojaron sobre la indefensa ciudad, abarrotada de refugiados, una lluvia de bombas explosivas e incendiarias. Al amanecer del día siguiente, una segunda oleada de bombarderos descargó otro alud de fuego.

    Y horas más tarde, otros 1.200 tetramotores acabaron de machacar la ciudad destruida, avivando la horrorosa pira con latas de petróleo. En total se lanzaron sobre Dresde 10.000 bombas explosivas y 650.000 bombas incendiarias, amén de 15.000 latas de petróleo, de un hectolitro cada una. [471]. El escritor inglés F.J.P. Veale, dice:

    “Para dar una impresión más dramática, en medio del horror general, las fieras del Parque Zoológico, frenéticas por el ruido y por el resplandor de las explosiones, se escaparon. Se cuenta que estos animales, así como los
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    grupos de refugiados, fueron ametrallados cuando trataban de escapar a través del Parque Grande, por aviones de caza en vuelo rasante… en dicho parque fueron encontrados luego muchos cuerpos de hombres y animales acribillados a balazos… Para evitar las epidemias causadas por los cadáveres en putrefacción, hubo que organizar gigantescas piras que consumían, cada una, cinco mil cuerpos o pedazos de cuerpos. La espantosa tarea se prolongó durante varias semanas.
    Los cálculos del número total de victimas en ese descomunal bombardeo varían mucho de uno a otro. Algunos elevan la cifra hasta un cuarto de millón. Personalmente nos sentimos inclinados a adherirnos a esa cifra” [472]

    Irving no se atreve a dar cifras aunque opta por la de 235.000 muertos [473] y cabe suponer que el número de heridos debió, al menos, doblar esa cantidad. En una palabra, el gratuito crimen de Dresde costó más muertos que las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki juntas. He aquí lo que dice F.J.P Veale al respecto:

    “Para la mente popular quizá lo mejor que puede decirse del lanzamiento de la primera bomba atómica es que la muerte cayó literalmente del cielo azul sobre la ciudad condenada. Pero lo que ocurrió allí, puede parecer menos turbador que lo que ocurrió unos meses antes en Dresde, cuando una gran masa de mujeres y niños sin hogar se puso en camino hacia ahí y tuvo que correr alocada por una dudad desconocida en busca de un lugar seguro, en medio de explosiones de bombas, fósforo ardiendo y edificios que se derrumbaban” [474]

    El Comodoro del Aire Leslie MacLean censuró, en un libro [475] escrito después de la guerra, al Estado Mayor Aéreo Inglés que

    “se alejó de su antigua tradición, hasta el grado de abandonar los últimos restos de humanidad y caballerosidad, a cambio de nada… pues el ataque terrorista aéreo fue un fracaso, desde el punto de vista militar, ya que la nación sufrió bombardeos en escala nunca antes imaginada no se doblegó bajo el terrible castigo”.

    Los americanos tomaron el relevo de los ingleses tras el bombardeo de Dresde. Según David Irving en su varias veces citado libro:

    “El día siguiente al brutal ataque, los americanos atacaron Chemnitz. Esta vez ni se intentó camuflar el objetivo del ataque. Curiosamente, aunque en Chemnitz había una fábrica de tanques, varias fábricas textiles de fabricación de uniformes para el ejército, así como uno de los mayores centros de reparación de locomotoras del Reich, los servicios de información pasaron las siguientes órdenes a las escuadrillas americanas:

    “Esta noche, el objetivo será Chemnitz. Vais allí para atacar a los refugiados que van llegando, tras el ataque a Dresde la noche pasada. Vuestras razones para ir allí son de acabar con todos los refugiados que puedan haberse escapado del fuego de Dresde. Llevareis el mismo cargamento de bombas, y si el ataque de esta noche tiene el mismo éxito que el de la noche pasada, ya no volveréis a realizar incursiones en el frente ruso”.

    Y añade Irving:

    “La ferocidad del raid de la aviación estratégica americana durante toda la jornada del 14 de febrero, puso, finalmente a la población civil de rodillas… Pero no fueron las bombas las que desmoralizaron finalmente a los habitantes; fueron los aviones de caza Mustang que, descendiendo súbitamente sobre la ciudad, abrían fuego sobre todo lo que se movía”.

    Parece ocioso decir, y, no obstante, debe ser dicho, que ninguno de los responsables de ese macabro e inútil crimen fue jamás procesado por Crímenes de Guerra.

    Aunque Alemania se llevó la palma del martirio en la cuestión de los bombardeos de terror contra la población civil, otros países de Europa también los sufrieron en su propia carne, aún cuando en mucha menor escala. Roma, Milán y Venecia vieron sus barrios residenciales bombardeados, e incluso Paris, Bruselas, Amberes, Sofía y Bucarest. Mención especial merece el bombardeo del puerto de Le Havre, efectuado por los norteamericanos un día antes de su ocupación por los propios americanos, y cuando ya los alemanes habían evacuado por completo la ciudad. Una explicación a tan estúpida y gratuita acción destructora puede hallarse en el hecho de que, en 1946, fue un consorcio norteamericano quien se encargó -naturalmente, pagando Francia- de la reconstrucción de dicho puerto.

    En Extremo Oriente, la acción de la aviación norteamericana contra el Japón no presentó, en un principio, rasgos de tan excepcional crueldad como la desplegada en Alemania. No obstante, debe mencionarse el bombardeo de la ciudad de Toyama, de unos 125.000 habitantes, a finales de 1944. Según el historiador Caidin, los edificios de la ciudad fueron destruidos en un

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    98,6 por ciento. [476]. Tokyo sufrió varios bombardeos, el mayor de ellos a finales de mayo de 1945. En ese ataque, aunque se atacaron fábricas, se bombardeó también el núcleo urbano de la población. Se ha llegado a decir que se produjeron 500.000 víctimas en un sólo día, la cifra más baja dada por la literatura aliada es de 130.000. Es decir, más o menos Hiroshima y Nagasaki juntas, aunque no se han dado datos oficiales contrastables. Desde luego, y tal como reconoce la revista propagandística norteamericana, en lengua castellana, En Guardia (num. 9, año 4),
    “tan destructiva fue la campaña que las autoridades japonesas se vieron obligadas a retirar de Tokyo a la mayor parte de la población”.

    El padre espiritual de esos bombardeos contra el Japón fue el General Curtis Emerson Le May, un hebreo que ya se había distinguido en los ataques aéreos contra las ciudades alemanas, desde 1942 hasta 1944. Se ha pretendido que ese ataque a Tokyo fue un simple bombardeo de un objetivo militar. Ahora bien, lo que en modo alguno pueden considerarse ataques a objetivos militares fueron las dos bombas atómicas lanzadas por los norteamericanos contra Hiroshima y Nagasaki Se ha pretendido que el Presidente Truman ordenó personalmente ambos ataques atómicos contra esas ciudades para forzar al Japón a pedir la paz y ahorrar, así, derramamientos ingentes de sangre norteamericana. El argumento sería valido de no mediar dos hechos que lo invalidan por completo:
    a) A principios de 1945, el Mikado hizo tanteos de paz, a través de la URSS y de Suecia, pero Roosevelt los rechazó, exigiendo una rendición incondicional [477].

    b) En mayo de 1945, unos días después de la capitulación de Alemania, Suzuki, nuevo Presidente del Consejo de Ministros del Japón, ofrece retirar todas las tropas niponas de Birmania, China, Malasia y todas las islas que aún conservan en el Pacífico. Sólo pide la no ocupación de la metrópoli y que sea respetada la familia imperial. El ofrecimiento se hace a través de los servicios diplomáticos del Vaticano, especificando que es “una base de negociación”, lo que equivale a decir que se trata de un mínimo, y que otras exigencias norteamericanas pueden ser discutidas y, consiguientemente, aceptadas. Pero Truman sigue los pasos de su antecesor, Roosevelt, y rechaza la oferta japonesa. [478].

    El 6 de agosto de 1945, un avión norteamericano deja caer la primera bomba atómica sobre Hiroshima, ciudad desprovista de objetivos militares y, lógicamente, de defensas antiaéreas: 70.000 personas perecen en el acto.

    El Japón pide la paz de modo oficial. Washington prepara cuidadosamente su respuesta a la petición japonesa. Muy laboriosamente para que Stalin tenga tiempo de denunciar su tratado con Tokyo, declarar la guerra al Japón y poder participar como “beligerante” en la Conferencia de la Paz. Lo hace el día 8 de agosto. Veinticuatro horas después, una segunda bomba atómica es arrojada sobre Nagasaki. 55.000 muertos. El Imperio del Sol Naciente pide la paz, de nuevo, y por cuarta vez. Esta vez, Truman, magnánimo, se la concede, aunque, eso sí, incondicionalmente.

    El caso es, no obstante, que esa “incondicionalidad” será, en la practica, mucho menos dura que la impuesta a Alemania. De hecho, los americanos aplicarán las condiciones que pedía el Japón a Truman en el mes de mayo, pero la diferencia práctica será enorme: de haber aceptado la petición nipona de mayo del 1945 -que equivalía a todos los efectos, a una rendición sin condiciones,- la URSS no habría tenido tiempo de declarar la guerra al Japón (lo que fue insólitamente solicitado por Truman) y no se hubiera podido inmiscuir en los asuntos del Asia oriental. El rechazo de la petición del P

  9. 19 febrero 2014 en 1:05 PM

    solicitado por Truman) y no se hubiera podido inmiscuir en los asuntos del Asia oriental. El rechazo de la petición del Presidente Suzuki en mayo del 1945 trajo como consecuencia que, al final de la guerra en Extremo Oriente, los soviéticos, que no llegaron a disparar un sólo tiro contra los japoneses, ocuparon el Sur de la gran Isla de Sakhalin y Manchuria, lo que les fue revalidado en el tratado de paz. En cambio, todos los que efectivamente lucharon contra el Japón saldaron su participación en la “victoriosa” contienda con pérdidas territoriales: los ingleses y los holandeses perdieron sus imperios asiáticos; los norteamericanos perdieron las Filipinas, y los chinos, que luchaban contra el Japón desde 1931 recibieron, como premio, la implantación del Comunismo, posibilitada por Washington. Todo eso, por el criminal retraso en aceptar una capitulación. Todo eso, para poder largar dos bombas

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    atómicas sobre dos ciudades indefensas. Y no podemos pasar por alto la interesantísima observación hecha por un escritor católico inglés, Arthur Kenneth Chesterton, quien recuerda:
    a) La primera comunidad católica del Japón se hallaba precisamente en Hiroshima.

    b) la primera comunidad protestante y segunda cristiana, en número de practicantes, tras Hiroshima, se hallaba precisamente en Nagasaki.

    c) La orden de que se lanzaran esas bombas las dio personalmente el Presidente Harry Salomón Schippe Truman.

    d) La escuadrilla a la que pertenecía el avión homicida de Hiroshima se llamaba “Dreams of David” (Sueños de David).

    e) El piloto que arrojó la primera bomba atómica, Thibbets, era de la misma extracción racial que el Presidente Truman y el Rey David. [479].

    Los libros de Monniot, Streicher y Mullins sobre crímenes rituales judíos serán una falsedad, como asegura la “Verdad” oficial, pero analizando los móviles, los ejecutores y las víctimas de esos dos horrendos genocidios, cabe -creemos- dar paso a la duda razonable.

    No podemos cerrar el “caso” Hiroshima y Nagasaki sin mencionar que, desde entonces, cada año han venido pereciendo supervivientes de la horrorosa matanza y a consecuencia de la misma, la prensa mencionó, en junio de 1979, el suicidio de uno de ellos, que, tras soportar más de 30 años los males causados por la radiación, puso fin a sus días al declarársele un cáncer ocasionado por ésta. El numero de muertos causados por los efectos de la radiación desde el día siguiente al del bombardeo hasta hoy, sobrepasa la cifra de 25.000, y los nacimientos de seres tarados imputables a tal causa, no bajan de 18.000.

    * * *
    Aún cuando por razones de espacio, hemos querido limitar a unas pocas páginas el tema del terrorismo aéreo de los “buenos”, no queremos dejar pasar por alto el tema de dos tipos de crimen particulares, dignos en su ejecución de seres bárbaros, ignorantes y depravados: los ataques contra los niños y los ataques contra las obras de arte.
    El 18 de marzo de 1941, la prensa sueca [480] publicaba, espantada, la noticia de que la aviación británica había literalmente inundado varias poblaciones italianas con objetos aparentemente inocuos, como lapiceros, plumas estilográficas y juguetes que, al ser recogidos, estallaban, causando graves heridas en quienes ingenuamente las tomaban en sus manos. El satánico experimento se repetiría en Alemania. En la documentación gráfica que acompaña a esta obra puede observarse el efecto causado en niños alemanes e italianos por los mortíferos juguetes. Mencionemos, igualmente, que en el bárbaro ataque aéreo contra la ciudad de Freiburg, el 10 de mayo de 1940, la aviación inglesa, además de arrojar sus bombas, descendió en vuelo rasante para ametrallar un parque en el que estaban jugando numerosos niños, de los que 20 perecieron acribillados. Podríamos extendernos más sobre este desagradable tema, pero creemos que como muestra basta con estos dos tristes ejemplos.

    La lucha contra el Arte europeo, llevada a cabo con singular violencia por las fuerzas aéreas norteamericanas y británicas, obtuvo, tristemente, éxitos sobresalientes. El escritor francés Henry La Farge, en un libro prologado por el español Juan Estelrich -y ni el uno ni el otro podían ser catalogados, ciertamente, como nazis-, cita las principales destrucciones de monumentos artísticos ocasionadas por la guerra. De las 410 principales destrucciones mencionadas en el libro en cuestión [481], por lo menos 357 son imputables, sin duda posible, a la aviación de los “buenos”, y otras 31 pueden serle, con grandes visos de similitud, igualmente atribuidas. Las 22 atribuibles a los “malos” se produjeron a causa, bien de bombardeos terrestres (como el palacio Real y el Palacio Staczic de Varsovia, o la Iglesia de San Lorenzo de Rotterdam) en plena batalla, bien en bombardeos de objetivos militares que, por error, causaron daños en monumentos como la Catedral de Coventry. A las armas de represalia, V-1 y V-2,

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    pueden achacarse los irreparables destrozos causados en el Merchant Taylor’s Hall y la Portland House, de Londres, así como en la Iglesia de San Nicolás de Bristol.
    A los “buenos, los patentados inventores del terrorismo aéreo, hay que reconocerles el “mérito” de haber destruido joyas arquitectónicas como el barrio gótico y la Catedral de Ulm. el Castillo de Karlsruhe, la Iglesia Conventual de Stuttgart, la Iglesia de San Kilian de Heilbronn, la “Marienkapelle” de Wurzburg, la totalidad de la preciosa ciudad de Hildesheim, que pasaba por ser la más bella de Europa, la Iglesia de las Damas, de Nuremberg, El Castillo Monbijou de Berlín, el Ayuntamiento de Brunswick, el ya mencionado arrasamiento de Dresde, el Monte di Pietá de Vicenza, El Palacio Salvadego y la Iglesia de Santa María de los Milagros, de Brescia, el Monasterio de Santa María de las Gracias y el Palacio Real de Milán, el Palacio Pallavicini de Genova, el Teatro Farnesio de Parma, el Museo Anatómico de Bolonia, el Templo Malatesta de Rímini, el Cementerio de Pisa, con los incomparables frescos de Benozzo Gozzoli, el Monasterio de Santa Clara de Nápoles, la Catedral de Benevento, la Catedral de Aquisgrán, la de Colonia, la de Mainz, y mil joyas más de nuestra Europa, destruidas por nada, porque sí… ¿Por que sí? ¿Acaso, como se demostraría después, como se demuestra hogaño a diario, los poderes fácticos que desencadenaron esa guerra idiota, no odiaban a Europa entera sin distinguir entre nazis y no nazis?

    ¿Acaso no es cierto que los alemanes, mientras estuvieron en guerra con Francia nunca bombardearon París pero los ingleses sí lo hicieron, en Junio de 1941, causando destrozos en los barrios más humildes de la capital francesa y provocando la muerte de 1.500 personas, civiles en su totalidad? ¿No fue la RAF? Lo que se odiaba no era sólo Alemania: era Europa entera y su espíritu, representado por sus mejores joyas artísticas. Los poderes fácticos movían a sus muñecos de las democracias occidentales porque odiaban y temían a Europa, presente y futura, y para matar a ese futuro atacaban, con diabólica lógica, a sus niños. Lindemann, el padre del terrorismo aéreo, fue hecho Lord por Jorge VI. Pero su pobre ejecutor, Churchill, que sólo llevaba a cabo el sucio trabajo por aquellos planeado, sólo quedó en Sir. Para los que mandan de verdad, “Lord”. Para los simples instrumentos Gentiles, para los chusqueros incircuncisos, “Sir” y gracias.

    LA GUERRA DE PARTISANOS

    Los Convenios de Ginebra y La Haya elevaron al rango de ley de Derecho Internacional la vieja costumbre de las guerras entre naciones civilizadas que limitaba las acciones bélicas a los ejércitos regulares. Exceptuando a la URSS, las demás potencias aliadas, que unilateralmente se autoproclamaron defensoras del Derecho, eran cosignatarias de los mencionados Convenios. No obstante, desde el principio de la guerra, utilizaron el recurso de los partisanos, guerrilleros y francotiradores. A pesar de la iconografía puesta en solfa por los risibles pseudo-historiadores pandemocráticos y popularizada a nivel masivo por los peliculeros de Hollywood, los efectos puramente militares de la acción subversiva fueron, tomados en conjunto, negligibles. Nada menos que el Comandante Supremo de las tropas aliadas en Europa, General Eisenhower, reconoció que las actividades de la supercelebrada “Resistencia” francesa, por ejemplo, ni acortaron la guerra ni aportaron una ayuda digna de mención a las tropas anglosajonas que desembarcaron en Normandía. En el colmo de la irrespetuosidad para con el chauvinismo francés definió a su “Résistance” como wet kitchen cloth (un trapo de cocina mojado) [482].
    En cambio, donde tuvieron importancia las acciones de la guerra subversiva fue en el plano político. Dice el historiador inglés Russell Grenfell:

    “Los alemanes, en Francia y Bélgica, se comportaron de manera irreprochable. Los periódicos ingleses de 1940 informaron respecto a la excelencia de sus modales en Francia, levantándose los soldados alemanes en tranvías y autobuses para ofrecer sus asientos a las mujeres, etc. Pero Churchill saboteó con éxito esa conducta alentando y animando los movimientos de resistencia, en Francia y Bélgica primero, y luego en el resto de Europa ocupada. Esos movimientos de resistencia estaban en gran parte, constituidos por elementos emboscados comunistas.” [483]

    Es bien cierto. Desde mayo de 1940, cuando se produce el derrumbamiento de Francia, hasta el 21 de junio de 1941, cuando Alemania ataca a la URSS, no hay, prácticamente, actividades guerrilleras francesas. Las acciones practicadas de la demasiado famosa, “Résistance” empieza cuando Alemania ataca a la URSS y Stalin da luz verde a sus cipayos franceses del Partido comunista para que empiecen a hostigar a los alemanes y a los franceses que, bien colaboraban con Alemania, bien se limitaban a cumplir los términos del Armisticio

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    suscrito con esta por el Gobierno legal de su país. La “Résistance”, con su núcleo de comunistas especialmente entrenados en esos menesteres, se dedicó a asesinar a la élite nacional francesa (y casi todos los supervivientes serían “juzgados” tras la llamada Liberación) y a poner alguna que otra bomba en una cafetería o un bar frecuentados por oficiales o soldados alemanes. Estos hechos traerían como consecuencia las represalias del ocupante alemán. Toda represalia ocasiona víctimas inocentes y un abismo se abre entre ocupantes y ocupados. Todo terrorismo no tiene otra finalidad que provocar represalias para hacer imposible una paz auténtica. Porque hay que tener en cuenta que el soldado de un ejército regular -de cualquier ejército regular- uniformado, tiene derecho al alojamiento, comida y auxilios médicos cuando es hecho prisionero en campo de batalla, pero el saboteador, el espía o el guerrillero que, vestido de civil, se compromete en una lucha subterránea, automáticamente se priva a sí mismo de los derechos del soldado regular y se hace acreedor a inmediata ejecución. La ejecución de los partisanos está prevista en todos los códigos de justicia militar de todos los países del mundo.
    Incluso en Occidente, hoy en día, en que en casi todos países se ha suprimido prácticamente la pena de muerte para asesinos, violadores, infanticidas y toda clase de delincuentes, continúa vigente el principio inmutable de que los guerrilleros capturados en combate son fusilados en el acto. No digamos, ya, en la URSS, donde se aplica este principio con impar “generosidad” [484].

    La ejecución de guerrilleros es una costumbre vieja como el mundo, y tal costumbre fue sancionada como ley de Derecho Internacional en La Haya y en Ginebra. A esa costumbre y a esa ley se acogió Hitler, como se acogieron y se han acogido tras él todos los estadistas que han debido enfrentarse a una guerra subversiva.

    Que la población judía fuera el alma del movimiento guerrillero antialemán, como se ha dicho, es excesivo. Que fuera el núcleo rector del mismo, generalmente, desde Londres, es más cierto. Con todo, es innegable que, pese a la vigilancia de la Gestapo y de la S.D., muchos judíos con habilidad ancestral, obtenida en muchos siglos de lucha sorda y secreta, habían logrado acomodarse en sitios claves en la Europa ocupada, y en la misma Alemania. El propio rabino Stephen Wise descubre que el gobierno de los Estados Unidos recibía informes de un prominente industrial alemán que ocupaba una de las posiciones más importantes en la guerra de su país,

    “lo que le daba acceso a los cuarteles y a los planes de guerra nazis”. [485]

    Incluso la Universidad de Varsovia fue convertida en uno de los más activos centros de conspiración anti-alemana; el núcleo de la conspiración lo constituían estudiantes Judíos. Fue precisamente en la Universidad y en el ghetto de Varsovia donde se inició el levantamiento armado del 19 de abril de 1943, aniversario del “Pesaj”, o insurrección judía en Egipto. Naturalmente, la represión de esa sublevación fue muy dura, aunque sólo se aplicaron las leyes de la guerra contra los saboteadores a los principales cabecillas.
    Donde la acción de los partisanos tuvo efectos reales fue en Yugoeslavia. Favorecidos por la accidentada orografía del país, surgieron dos movimientos que practicaban la guerra de guerrillas. Uno, a cuyo frente se hallaba el general Draza Mihailovitch, era, políticamente, monárquico, y fue sostenido, en un principio por ingleses y norteamericanos.

    Otro, dirigidlo por el comunista Iosif Broz (a) “Tito”, era comunista y lo sostenía la URSS, aunque a mediados de 1943 los occidentales empezaron a abandonar a Mihailovitch y volcaron su ayuda sobre Tito. Esos movimientos guerrilleros llegaron a entretener en territorio yugoeslavo a unas 20 divisiones alemanas (aproximadamente 300.000 hombres). Sin la actividad guerrillera probablemente con la mitad de esos efectivos hubiera bastado para asegurar el orden en el país. Los alemanes contaban, además, con el apoyo de unidades croatas e italianas en Dalmacia. Algunos autores han pretendido que Tito es judío [486] y que su nombre original era Iosif WaIter Weiss. Durante la guerra de España fue miembro de una brigada internacional y al morir un amigo suyo, losif Broz Tito, de origen croata, tomó el nombre de éste “a fin de perfeccionar su mimetizada apariencia de yugoeslavo” [487]

    En todo caso, lo que sí es innegable es que su consejero, Moisa Pijade, sí era israelita, y fue él quien le concilio las buenas gracias de Baruch, el conocido mentor de los presidentes americanos, para que Occidente le

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    apoyara, abandonando a Mihailovitch. Dice Hanson Baldwin, escritor norteamericano [488] que
    “Mihailovtích se sublevó a iniciativa del gobierno yugoeslavo exiliado en Londres, pero su abandono fue convenido en la Conferencia de Teherán, el 26 de noviembre de 1943, entre Churchill, Roosevelt y Stalin”.

    También actuaron los guerrilleros en Grecia, y especialmente en Creta, aunque en plan casi anecdótico. Según el historiador inglés Veale, los guerrilleros griegos se dedicaron sobre todo al bandidaje, reservando sus armas para el final de la guerra. Fue entonces cuando esos guerrilleros, armados exclusivamente por Inglaterra desde el aire, se lanzaron abiertamente a la lucha contra el régimen legal de su país y si no consiguieron implantar un régimen comunista en el mismo poco faltó para ello. También es curioso constatar que los terroristas de la organización “Eoka”, que lucharon contra los ingleses en Chipre desde 1945, apenas terminada la guerra mundial, hasta echarlos de la isla, disponían de armamento inglés, facilitado por los ingleses a los griegos para que lucharan, como partisanos, contra Alemania. [489].

    La lucha en Ucrania, frecuentemente a retaguardia del frente alemán, apenas puede denominarse “guerra de guerrillas”, dada la enormidad de los efectivos puestos en juego por los rusos. Cabe mencionar que tales “guerrilleros” disponían incluso de tanques y cañones. Más bien, debería hablarse, en este caso, de guerra ilegal del Ejército Rojo, aterrorizando a la población civil y forzándola a colaborar en la lucha contra la Wehrmacht, saboteando las líneas de comunicación y alineando a sus soldados con atuendos civiles.

    No debe cerrarse este epígrafe sin mencionar las acciones terroristas de comandos militares o militarizados, con ropajes civiles, contra personalidades políticas o militares alemanas o simplemente anticomunistas. Eva Braun cuenta [490] de un atentado contra Hitler en el invierno de 1942, cerca de Berchtesgaden, que fue impedido por el propio Führer quien desarmó a su agresor. Menos suerte tuvo Heydrich, el Jefe de los Servicios de Seguridad del Reich, quien fue muerto debido a la acción de un comando de soldados con ropajes civiles, a cuyo frente se hallaba un israelita, llamado Peretz Goldstein [491]. El pueblo bohemio de Lídice, que había dado albergue a los partisanos, fue objeto de severa represalia por parte de las unidades de castigo alemanas. Según ciertas fuentes fueron ejecutados 150 habitantes del pueblo, según otras, 190. Puede parecer brutal y, sin duda, lo es. Pero ello es consecuencia de esa guerra sucia, que sólo puede ser, en la práctica, combatida con un contraterrorismo de sentido contrario. Mucho peor hicieron los rusos en Budapest, en 1956, contra un pueblo teóricamente aliado, y los americanos en Viet-Nam, en circunstancias similares. Pero la culpabilidad, en última instancia, recae siempre en los patrocinadores de la ilegal guerra de guerrillas.

    MATANZAS DE PRISIONEROS

    En 1943, los alemanes convocaron a delegados de la Cruz Roja de países neutrales, para mostrarles las horrorosas fosa de Katyn, cerca de Smolensko. En dichas fosas se encontraban los cadáveres de unos 15.000 oficiales y suboficiales polacos, todos ellos ejecutados por el sistema del tiro en la nuca, clásico de la policía soviética. Pero el caso es que el titulado gobierno polaco en el exilio de Londres tenía serios indicios de lo que había sucedido, mucho antes de que los alemanes exhumaran las fosas de Katyn. Confírmalo Churchill:

    “He almorzado con Sikorski, que me ha dicho que tiene pruebas de que el gobierno soviético ha hecho asesinar a unos 15.000 oficiales y suboficiales polacos, así como a otros prisioneros que tenía en su poder, y que se les había sepultado en enormes sepulcros abiertos en los bosques, principalmente en las cercanías de Katyn. Tenía superabundancia de pruebas. Le dije que, si de verdad estaban muertos, nada podía hacer él para devolverlos a la vida, y que no era el momento de buscar querellas con Stalin”. [492]

    El gobierno de Sikorski no se contentó con la inaudita recomendación de Churchill y rompió sus relaciones con la URSS, pero pocos días después Sikorski perdía la vida en un rarísimo accidente de aviación.
    Recordemos que Inglaterra y Francia dijeron haber declarado la guerra a Alemania para defender a Polonia del ataque de aquélla. Pero Rusia atacó a Polonia dos semanas después, y no

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    sólo no le declararon igualmente la guerra, sino que buscaron tenazmente su alianza, prometiéndole -y concediéndole- infinitamente más territorios y prebendas que los que Stalin pidió a Hitler y éste le negó. Y cuando se demostró que los soviéticos asesinaron a la totalidad de la flor y nata de la oficialidad polaca, el gobierno británico mandó callar al llamado gobierno polaco en el exilio londinense y su titular, Sikorski, tuvo un misterioso y oportunísimo accidente de aviación.
    Y cuando Arciszewski, el sucesor de Sikorski, se atrevió a pedir a Stalin, desde Londres, que permitiera la intervención de una comisión de la Cruz Roja británica en la URSS, para interrogar a los polacos que el Ejército Rojo capturó en 1939, así como a prisioneros de guerra alemanes para intentar obtener informaciones de primera mano sobre lo sucedido en Katyn y en otros lugares de Polonia, recibió una brutal negativa. A pesar de haber envuelto su petición con los oropeles de una retórica apaciguante…

    “pues estoy seguro que los trabajos de esa comisión demostrarán que el señor Sikorski se dejó engatusar por la falaz propaganda alemana”.

    Pero Stalin hizo más. Negó toda virtualidad política al gobierno polaco de Londres y creó otro, con comunistas polacos residentes en Moscú, y presidido por un hebreo, Jerzy Rusinek.
    En el juicio de Nuremberg el Fiscal Soviético, con audacia obscena, llegó a pretender que los victimarios de la oficialidad polaca en Katyn eran los alemanes. Ni siquiera aquél Tribunal, con tan descomunales tragaderas, pudo admitir esta acusación. Y hoy día está admitido, sin resquicio alguno para la duda razonable, que Katyn fue un crimen, -uno más- exclusivamente imputable a los soviéticos. El 22 de julio de 1971, la Agencia EFE daba la noticia de que Abraham Wydra, israelí que estuvo internado en un campo de trabajo ruso durante la II Guerra Mundial fue informado de las matanzas rusas en el campo de Katyn por oficiales judíos del Ejército Soviético que participaron en ellas o que las presenciaron. Incluso da los nombres de esos participantes correligionarios suyos: Alexander Suslov y Semyon Tichonow. Pero, esos, al fin y al cabo, eran unos simples comparsas. Por cuanto consta que los que ordenaron la matanza de Katyn eran Lev Rybak y Chaim Finberg. Y, en última instancia, la orden para un genocidio de tal magnitud sólo pudo salir del Comisario del Interior, Lavrenti Paviovitch Berkowitz (a) Beria.

    Todos ellos, del mismo origen étnico que el ex-polaco y neo-israelita, Abraham Wydra quien, con 30 años de retraso, se sintió presa de remordimiento y confesó la verdad sobre la identidad de los asesinos. ¡Más vale tarde que nunca!

    Aún quedaban, en Moscú, en un régimen oficialmente llamado “confinamiento”, pero, prácticamente, de “detención” unos 300 oficiales polacos, cuya existencia fue reconocida por la URSS y que el General Anders -un polaco que luchó por Inglaterra en Oriente Medio, en África del Norte e Italia- reclamó repetidamente, apoyado por Churchill. Nunca fueron devueltos y todos fueron ejecutados [493]. Podrá acusarse a los soviéticos de lo que se quiera, pero no de falta de continuidad en sus ideas. Para Stalin era vital la derrota de Alemania, con la que sostenía un duelo a muerte, pero más aún lo era la destrucción de sus enemigos de clase, es decir, de los nacionalistas europeos, y no sólo de los alemanes. Así, mandó asesinar a los oficiales polacos porque debido a su preparación nacionalista eran reacios a dejarse absorber por el régimen comunista. En tales casos, y desde su instauración en Rusia, en 1917, el Bolchevismo utiliza la llamada “ingeniería social”, que consiste en la eliminación física de elementos inasimilables por el Marxismo pontificalmente definido en el Kremlin.

    Evidentemente, los soldados alemanes que cayeron prisioneros de los soviéticos no podían esperar mejor tratamiento que los polacos. Se sabe que en 1943 los bolcheviques organizaron festejos populares para ejecutar a oficiales de la Wehrmacht. En Kharkov se organizó una de esas macabras ceremonias. Un centenar y medio de prisioneros fueron ahorcados el primero de diciembre en la plaza principal de la ciudad ante una asamblea de miembros del Partido Comunista. La revista americana Time publicó un espeluznante relato de lo ocurrido [494]. El escritor húngaro, nacionalizado inglés, y de raza judía, Arthur Koestler, describe así la escena:

    “Cuando los vehículos sobre los que los condenados estaban de pie fueron alejados, haciendo que los cuerpos cayeran lentamente y se iniciara el procedimiento de estrangulación, surgió de la enorme multitud un gruñido ronco, bajo, de profunda satisfacción; hubo quien mostró su desprecio por los moribundo agregando silbidos al estertor de sus boqueadas; muchos otros aplaudían”. [495]

    Incluso se filmaron “close ups”, es decir, primerísimos planos, de los gestos
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    de los agonizantes, que aparecerían, luego, en un film de Serge Eisenstein,
    “en que la crueldad y el sadismo hacían pareja con el mal gusto” [496]

    Podría escribirse, no un libro, sobre toda una biblioteca sobre las salvajadas cometidas por los soldados del Ejército Rojo. El Mariscal Von Manstein refiere [497] que varios de sus oficiales le habían manifestado que antes de dejarse capturar por los soviéticos se dispararían un tiro en la sien. En la Conferencia de Teherán, Stalin dijo que brindaba por el fusilamiento de 50.000 oficiales alemanes, conforme se les fuera capturando, o cuando terminara la guerra. Churchill, el hombre de los tapices de bombas sobre Alemania, en un fugaz acceso de humanidad, o tal vez hablando para sus biógrafos, dijo que se oponía, por ser, tales métodos contrarios a la tradición militar de Inglaterra.
    Entonces intervino Roosevelt, quien propuso que se rebajara la cifra de fusilados a 49.500. Churchill se levantó de la mesa, pero Stalin fue a buscarle diciéndole que se trataba de una broma. [498]. Pero no era una broma, pues, como más adelante veremos, más de un millón de prisioneros alemanes -oficiales y soldados- se esfumaron en la URSS, sin dejar rastro.

    Cuando, el 28 de abril, las avanzadillas del Ejército Rojo lograron abrir brechas en las defensas de Berlín, el Ministro de Propaganda soviético, Ilya Ehrenburg [499] lanzó la siguiente orden del día al Ejército Rojo:

    “Los soldados rojos arden como si fueran de paja, para hacer de los alemanes y de su capital una tea encendida de su venganza; para vosotros, soldados del Ejército Rojo, la hora de la venganza ha sonado… Desgarrad con brío el orgullo racial de las mujeres alemanas; tomadlas como botín legitimo. ¡Matad! ¡Destruid, bravos y aguerridos soldados del Ejército Rojo!”

    El mando soviético dio carta blanca a sus tropas para que cometieran toda clase de excesos. Un testigo nada sospechoso de nazismo, el capellán del Ejército norteameicano, Padre Francis Samson, refiere que

    “los soldados rojos que entraron en Berlín, en su mayoría asiáticos, daban la impresión de estar enloquecidos y disparaban en todas direcciones. Habían recibido una ración especial de vodka. Por todas partes remataban a los heridos, asaltaban a los civiles, les robaban o asesinaban; la suerte de las mujeres era infernal, y muchas terminaban siendo muertas; incluso vi a una colgada de los pies, a quien le habían abierto el vientre” [500]

    El mismo testigo presencial cuenta que

    “… cuando llegué a donde un par de días antes se encontraba la hermosa ciudad de Neubrandenburg, me pareció como si estuviera contemplando el fin del mundo y el juicio final” [501]

    En la plaza polaca de Glowno, el General Mattern, cercado, sin municiones, y sabedor de que no podía esperar ninguna ayuda de la Wehrmacht en retirada, se rindió con 2.000 soldados, la mayoría heridos. A los ilesos y a los

    “heridos que en pocos días podían recuperarse les envió a limpiar minas, mientras que a los demás se les achicharró con lanzallamas.

    MATANZAS DE CIVILES

    Cuando los rusos irrumpieron en Alemania y en los demás países del Este de Europa, que con ella se habían aliado contra el comunismo, se desencadenó una orgía apocalíptica contra la población civil. Ilya Ehrenburg había desempeñado, durante años, una tarea de emponzoñamiento mental, en su calidad de jefe de la propaganda soviética. Había machacado y hecho machacar en la cabeza de los miembros de las fanatizadas masas bolcheviques la idea de que los alemanes eran, todos, unos criminales, y de que las mujeres alemanas deberían ser consideradas botín de guerra. Todos los frenos interiores -lo que llaman Derecho Natural- que el ser más ignorante que se quiera imaginar lleva en el fondo de su alma, fueron adormecidos por esa propaganda constante, que llegó a apagar todos los escrúpulos. Además, los altos mandos del Ejército Rojo, tales cómo el General Zhukov, y su colega Rokossowsky, coadyuvaron con sus órdenes a la puesta en práctica de esa propaganda.
    He aquí lo que dice el noruego Thorwald:

    “Todo poblado y toda aldea conquistada cayó en un inenarrable infierno. Ancianos asesinados a culatazos porque tenían un hijo en las SS; civiles muertos de un tiro en la nuca, delante de sus familiares; civiles requisados como bestias y
    — 209 —
    utilizados para cargar municiones o arrojados ante las líneas alemanas para que hicieran estallar minas al pisarlas. Niñas de 12 años y mujeres de hasta 70 ultrajadas públicamente y en masa; criaturas que lloraban y gritaban presas de espanto al ser obligadas a presenciar aquellas torturas de sus madres; saqueos de ropa y de víveres; mujeres semidesnudas, abandonadas en los caminos para morir lentamente de hemorragia y de frío. Todo lo que se temía del Oriente, monstruosamente superado por aquel infierno. Caravanas aterrorizadas de civiles comenzaban a huir hacia la retaguardia. Los tanques soviéticos, a veces, les alcanzaban y se divertían disparando contra esos blancos inermes, para luego caer sobre las mujeres. Hubo casos en que no respetaban ni a las muertas” [502]

    En la confusión de la huida, agravada por los ataques rasantes de los aviones soviéticos, se producían escenas dantescas. Había, incluso, caravanas de prisioneros de guerra franceses, ingleses o rusos, que voluntariamente se alejaban del frente soviético [503]. La RAF y la aviación norteamericana también participaron activamente en los ataques contra las caravanas de civiles refugiados. Pero el record del horror se batió en ocasión del cerco de Prusia Oriental. La ciudad de Gumbinen fue tomada por los soviéticos, pero recuperada por un contraataque de la Wehrmacht el día siguiente. Lo sucedido en Gumbinen en menos de 24 horas desafía toda descripción. Marchalsko se limita a decirnos que había mujeres alemanas crucificadas en las puertas de sus casas; otras, colgadas boca abajo de las ramas de los árboles; otra con el vientre abierto, pendían de una rama colgada con sus propios intestinos. Ancianos castrados; niñas ultrajadas a bayonetazos; incendios por doquier; bebés empalados; incluso animales domésticos degollados; algo que ni Dante pudo imaginar al describir el Infierno [504].

    Al saberse lo de Gumbinen, se apoderó el pánico de la población civil. Nadie quería quedarse en casa al retirarse la Wehrmacht. El Batallón de la SS francesa “Charlemagne”, salvó a 5.000 civiles, al lograr romper el cerco ruso durante unas horas, operación en la que unos bravos franceses salvaron el honor de su patria, que otros franceses mancillaron en Stuttgart, donde cometieron innumerables tropelías contra la población civil.

    Al quedar cercada Prusia Oriental, los restos de la marina mercante alemana se dedicaron infatigablemente a evacuar civiles. Lograron transportar hacia el resto de Alemania cerca de un millón y medio de refugiados, pero debieron pagar el tributo del sufrimiento. La flota soviética del Báltico, que había permanecido escondida durante toda la contienda en la rada de Leningrado, salió de sus escondrijos y en los últimos días de la guerra pudo aprovecharse del blanco fácil que ofrecían los transpones.

    El “Wilhelm Gustloff”, fue torpedeado de noche por un submarino ruso, y de sus 5.000 refugiados y tripulantes sólo 950 pudieron ser rescatados de las frías aguas del Báltico. El “General Steuben”, que zarpó de Koenigsberg con 2.000 soldados heridos y 1.000 niños, fue alcanzado por un torpedo ruso y su proa se hundió casi inmediatamente en el agua. Pánico tremendo en cubierta, con todos los supervivientes apiñándose en la proa; luego, al escorarse la nave y cundir el desconcierto y el caos, muchos niños y adultos resbalaban por la cubierta hacia el agua o caían sobre las hélices. Algunos hombres que llevaban pistola, se suicidaron, mientras el capitán del barco moría de un ataque al corazón. Entretanto, los 2.000 heridos, trataban de subir a cubierta, cuando el barco fue alcanzado por un segundo torpedo. Cuando se hundió, de pronto, lo que sobresalía del barco

    “dos mil gritos de los encerrados en el interior cesaron repentinamente, sin intermedio, como cortados por un tajo único y terrible, mientras, al desaparecer la nave hizo un remolino tan vertiginoso que se tragó a los escasos supervivientes que nadaban a su alrededor. Sólo 11 personas se salvaron de las 3.000 que salieron de Koenigsberg” [505]

    Algo parecido le sucedió al transporte “Goya” con 7.000 fugitivos, de los que sólo se salvaron 170 [506]. Entretanto, los aliados occidentales, al apercibirse de estas evacuaciones, sembraron minas desde el aire ante los puertos de Kiel, Lubeck y Stettin, para evitar que dichas evacuaciones continuaran.
    Thornwald recoge el testimonio del cabo de la Wehrmacht, Paul Scholtis, que le decía, fuera de sí:

    “No teníamos razón. Tenía razón Hitler, tenia razón Koch; tenían razón todos los que querían tratarles como se merecen. Si no hubiéramos dejado a uno con vida, no estarían
    — 210 —
    aquí y no podrían violar, asesinar y destrozar. Frente a los bolcheviques y frente a todo el Este no cabe política alguna humanitaria; es cuestión de vida o muerte para los países civilizados, y se llevará la victoria el que primero y mejor extermine al otro. Hitler lo ha comprendido así y nosotros, los que hemos tenido escrúpulos de conciencia y a veces hemos saboteado sus órdenes o las hemos dejado de ejecutar, no hemos comprendido la necesidad del momento [507]. ¿Ha visto Ud. los niños de pecho despedazados en Neutief? ¿Ha visto a las mujeres que apenas podían arrastrarse, ultrajadas 40 veces? ¿Y a las niñas de 12 años, desangrándose con sus cuerpos mancillados? ¡Qué terriblemente nobles se presentan esos fariseos de Londres y Nueva York! ¡Luchan por la Humanidad y el Derecho! ¡Qué bien suena! ¡Y se unen a un continente de bestias! ¡En muy pocos años comprenderán su estupidez, cuando la mierda les llegue al cuello…! Entonces despertaran asustados. Los pueblos civilizados comprenderán alguna vez su propia historia política y la reprobarán, pero entonces será demasiado tarde…” [508]

    En Occidente, el trato a la población civil fue incomparablemente mejor, pero, aún y todo, muy inferior al que, anteriormente, habían deparado los ocupantes alemanes a los civiles franceses, belgas, etc. Cabe destacar los excesos cometidos en la ciudad de Stuttgart por los franceses del General De Lattre de Tassigny. La ciudad había sido ocupada por los americanos, pero los franceses llegaron para relevarles como ocupantes, mientras los hombres de Patton seguían luchando. Violaciones masivas y un par de centenares de asesinatos, todos ellos impunes. Todos ellos cubiertos por un general que se decía católico e iba a misa cada día. Lo de Stuttgart lo describe, con lujo de detalles, el americano Charles Lincoln, que luchó en el Ejército de su país que, según él, no se comportó demasiado mejor que los franceses en Stuttgart. [509].

    También iba a Misa el General, luego Mariscal, Juin, quien, en cierta ocasión, prometió a sus tropas marroquíes que, si lograban romper la línea del frente, al Este de Monte Cassino, tendrían 24 horas de licencia total para hacer lo que se les antojara con la población civil. Juin cumplió su promesa. Hubo 500 violaciones, incluyendo las internas en un manicomio [510].
    http://www.revisionismo.net/es/lnk/cbtxt2.htm‎
    ESTE ES EL LINK DE LAS ULTIMAS TRES PUBLICACIONES. ¿POR QUE OCULTAN ESTO? RARO NO¡¡¡¡

  10. Republica NM
    19 febrero 2014 en 2:36 PM

    Sinemebargo existen a la luz pública comprehensiones exactas y claras sde lo que fué aquella época, registrado y documentado sin ningún tipo de ambigüedad. (Sigo tu ejemplo)
    Corto y Pego:
    ¨Para intimidar al Estado alemán y a los otros partidos políticos, el partido nazi dependía de una fuerza paramilitar, las Sturmabteilung (SA) o «Tropas de asalto» que se utilizaba principalmente para atacar a la oposición de izquierda, a los demócratas, a judíos y otros grupos minoritarios o de oposición. La violencia de las SA causó antes de 1933 un clima de temor en las ciudades. Las SA también contribuyeron a atraer a un gran número de jóvenes desempleados al Partido nazi.

    Los nazis hicieron suyo el concepto de Grossdeutschland, o la «Gran Alemania», y consideraron que la incorporación de los pueblos germánicos en una sola nación era un paso de vital importancia para su éxito y prosperidad, sin importar que para ello se atacase a otras naciones: ello se justificaba en la doctrina del «espacio vital» (Lebensraum), donde los nazis afirmaban que Alemania necesitaba más territorio para desarrollarse plenamente y, por ello, invocaban el presunto derecho de Alemania de agredir a otras naciones para obtener más territorio.¨
    Éste es el enlace: http://es.wikipedia.org/wiki/Alemania_Nazi

    Ésta es la verdadera razón por la que Alemania invadió a Polonia, deja de poner mentiras inventadas por otros.

  11. Republica NM
    19 febrero 2014 en 2:48 PM

    Un mundo sin reglas es un mundo en caos, un universo sin principios es un universo inexistente. Cada cosa en su lugar y cada uno ocupe su función que le corresponde. Dónde pues el cocinero dará órdenes al dueño del restaurante? Qué importa si se equivoca, cada uno haga lo que se le encomnedó. Pero Dios es sabio, no necesita consejo ni se alimenta de apariencias. Dios es único y verdadero, tu idea de dios es una simple sombra que no alcanza a ser vista siquiera en las mas oscuras noches de soledad. Según tu, crees en un dios tolerante con lo malo hasta permitir que el mal reine. Según tu, crees en un dios que no hace justicia por que no es justa. Según tú, crees en un dios que no es dios.

    Esa es tu idea de dios, muy diferente a la realidad del Dios verdadero.

  12. 19 febrero 2014 en 3:21 PM

    DEJAME CREER LO QUE CREO VERDAD QUE EL SIONISMO Y ASOCIADOS HICIERON Y HACEN EN LA ACTUALIDAD SOLO COMPRUEBAN ESTAS HISTORIAS. Y SI EL VERDADERO DIOS LOS VA A CASTIGAR, SALADO TU SI ESTAS EN EL BANDO EQUIVOCADO.WIKIPEDIA ESTA APOYADA POR EL OFICIALISMO. JA JA JA
    PRONTO SERA SU CRUJIR DE DIENTE YA QUE EL TERROR QUE SIENTES LO PUEDO PERCIBIR JA JA JA JA … ALMAS MALVADAS SIN VERGUENZA…. J JA J AJ JA
    ¿OH DIME POR QUE WIKIPEDA SI ES NEUTRAL ATACA TANTO AL REBICIONISMO Y NO MENCIONAN NADA DE LO QUE SE SABE SUCEDE EN MEDIO ORIENTE?
    ESTO DEJA MUCHO QUE DESEAR DE DICHA NEUTRALIDAD.
    TE VAS A QUEMAR EN EL INFIERNO MENTIROSO HACEDOR DE MAL Y TU LO SABES… JAJA JA JA JA ……

  13. 19 febrero 2014 en 6:17 PM

    EN WIKIPEDIA TODAVIA AFIRMAN QUE EL 11S DE LAS TORRES GEMELAS LO HICIERON 11 TERRORISTAS Y DIRIGIDOS DESDE AFGANISTAN. ATACARON AL PENTAGONO Y NO HUBO RESPUESTA ALGUNA LA NACION MAS PROTEGUIDA DEL MUNDO VENCIDA POR UN GRUPO. ESTO HASTA MI PERRO SABE QUE ES MENTIRAS.
    YO NO CREO EN MANIPULADORES Y MENTROSOS. ¿Y TU COMPAÑERO FORISTA?

  14. 19 febrero 2014 en 6:27 PM

    Un mundo sin reglas es un mundo en caos, un universo sin principios es un universo inexistente. Cada cosa en su lugar y cada uno ocupe su función que le corresponde. Dónde pues el cocinero dará órdenes al dueño del restaurante? Qué importa si se equivoca, cada uno haga lo que se le encomnedó. Pero Dios es sabio, no necesita consejo ni se alimenta de apariencias. Dios es único y verdadero, tu idea de dios es una simple sombra que no alcanza a ser vista siquiera en las mas oscuras noches de soledad. Según tu, crees en un dios tolerante con lo malo hasta permitir que el mal reine. Según tu, crees en un dios que no hace justicia por que no es justa. Según tú, crees en un dios que no es dios.

    Esa es tu idea de dios, muy diferente a la realidad del Dios verdadero.
    ETQUE EXPONES ES TA TONTO QUEE PALABRAS FINAS LO QUPIDE ES SUMICION, DAS LASTIMA.

  15. Republica NM
    19 febrero 2014 en 6:54 PM

    Entonces la idea que tienes de dios es un ser falto de respeto, ignorante y muy poca cosa que tienes que retarlo cuando te venga en ganas, ensalsarte sobre él si te parece injusto, y desobedecerle si lo consideras conveniente??? Esa es tu idea de dios???
    Mi Dios, todo lo sabe, todo lo puede y es el creador de toda la vida. Él quita y pone, prueba y retiene, bendice o abandona. Mi Dios es todopoderoso, mayor que yo es. Necesito ser humilde para encontrarlo, reverente para escucharlo y limpio de corazón para ser aceptado. Ese es mi Dios y todo el que arremete contra Él, contra mi se ha de enfrentar, por que suya es la gloria, y en su gloria yo pido piedad.
    Dios te ayude a entenderlo alguna vez y dejes atrás tu odio por su pueblo y toda cosa buena y digna de ésta vida, que proviene de Él.
    Lo que tu llamas lástima, yo llamo amor.

  16. 26 febrero 2014 en 2:47 PM


    AH ES DEJO ESO QUEREFLEJA EL AMOR DE LOS SIONISTAS.

  17. 30 abril 2014 en 3:20 PM

    Eres un ignorante lavado de cerebro, no puedes ver entre la verdad y a mentira. Ja j ja jaj ja reto a tu maldito “dios” a ver i puede contra el verdadero “DIOS” en el que creo.

  18. mayra
    30 abril 2014 en 4:31 PM

    No reten al Dios Altisimo ni maldigan alos judios amigos mios, solo vean lo que le paso a Hugo Chavez , solo miren ese ejemplo Santo es el Señor

  19. 1 mayo 2014 en 8:11 AM

    jajajajaja, perfecto ignorante!!! retar al Dios de la vida contra un dios dsefigurado y sin sentido??? tu dios es un invento fanático de tu mente, mira el verdadero Dios, habla al corazón , dá paz a los hombres que le buscan y les cumple sus promesas, tu dios no existe, por que sencillamente no sabes quién es, ya lo habías dicho, aceptalo entonces y recapacita y encuentrate con el Dios de la vida, no el de tu imaginación…

  20. 4 mayo 2014 en 1:18 PM

    jaj ja ja JA JA JA a ja jajjajjja ja aja Maldigo a Israel y su asesino dios ja JKA JA JA JA JJA …..
    CHAVEZ MURIO COMO CUALUIER MORTAL IGNORANTES . JA JA J AJ AJA JA ISRAEL SERA DESTRIDA PRONTOY SUS CRIMENES LOS SABRA TODO EL MUNDO.

  21. Rep NM
    6 mayo 2014 en 8:36 AM

    Claro que los judíos tiene sus crímenes que pagar, por eso anda errante aún, asesisaron al Hijo de Dios, pero pese a ese dolor tan grande, Dios tendrá piedad de ellos en su última hora y cumplirá su promesa de darles una nueva oportunida,pues son el pueblo de la alianza por naturaleza…

  22. 17 julio 2014 en 7:33 PM

    Cuanto tiempo gastado en meras palabras, en filosofias y psiclogias y pensamientos de hombre que resuenan como lata vacia, no llegan a nada, no estan seguros de nada, estan vacios sus corazones y razonamientos ajenos. se creen capaces de desafiar la existencia de Dios y aun tienen limites en su razonar. volved el corazon,la mente y la razon a la verdad que libera.

  23. JP
    24 agosto 2014 en 7:40 PM

    CREO QUE CON TODOS ESTOS TONTOS COMENTARIOS, ME VUELVO MORMÓN MAÑANA MISMO…

Comment pages
1 8 9 10
  1. 21 mayo 2014 en 2:04 AM
  2. 14 julio 2014 en 1:22 PM
  3. 23 agosto 2014 en 3:15 PM
  4. 21 septiembre 2014 en 2:59 PM
  5. 3 octubre 2014 en 2:09 AM
  6. 18 octubre 2014 en 5:37 AM
    DNN

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