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La guerra espiritual en las epístolas y Apocalipsis

12 enero 2008 Deja un comentario

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Gálatas, 1 y 2 de Tesalonicenses

Antecedentes para interpretar las epístolas y

las cartas del Nuevo Testamento

Los evangelios y el libro de los Hechos presentan la vida y el ministerio de Jesús en forma de narrativa. Revelan a Cristo y a sus seguidores en situaciones específicas que involucran a otras personas, a Dios, a Satanás y a los demonios, como vimos con anterioridad.

En palabras de Lucas, los evangelios relatan «las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar» (Hechos 1.1). Aun cuando dice esto pensando en su evangelio de un modo específico, lo que escribe puede aplicarse a los cuatro sin excepción. Según expresa el mismo Jesús, los evangelios revelan la llegada del reino de Dios y la victoria inicial sobre el reino del diablo por medio de su propia vida y ministerio, así como del ministerio de sus discípulos. Ellos, al igual que Jesús, predicaron el evangelio del reino y ministraron en el poder del mismo, echando abajo el reino de Satanás (Mateo 4.23 con Marcos 1.14-39; Mateo 12.28; Lucas 9.1, 2 con Marcos 3.14, 15; 6.7-13, 30; Lucas 10.1-24).

La presencia del reino de Dios y el ministerio de los discípulos en su poder no disminuye con la muerte, el entierro, la resurrección y la ascensión de Jesús. En realidad no hace sino aumentar, como Cristo mismo había prometido (Juan 14-17). Por tanto, el lenguaje de Hechos 1.1 y el relato de Hechos 2-28 revelan que mientras los evangelios descubren lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, Él mismo y a través de sus discípulos, los Hechos (y las epístolas, como pronto veremos) muestran lo que el Señor sigue haciendo y enseñando mediante su iglesia por el poder del Espíritu Santo. Tanto unos escritos como otros revelan al reino de Dios en conflicto directo con el imperio de Satanás y desplazándolo sin cesar durante los restantes años del primer siglo. De modo que en Hechos se da un lugar prominente al reino de Dios (1.3; 8.4-8, 12; 14.22; 19.8; 20.24, 25; 28.23, 31) y al ministerio de su poder.

En nuestros estudios sobre Hechos hemos examinado algunos ejemplos escogidos del conflicto continuo que tuvo Jesús con los poderes del mal en la vida de la iglesia primitiva. Ahora vamos a ocuparnos de las epístolas, una sección del Nuevo Testamento que describe de manera bastante distinta las diversas dimensiones de la vida de los primeros cristianos. Aunque todos los libros del Nuevo Testamento se escribieron principalmente para creyentes, las epístolas tienen por tema «como vivir la vida cristiana y llevar a cabo un ministerio cristiano» bajo circunstancias diversas en el mundo del primer siglo. Los evangelios y los Hechos comparten también tienen este propósito. A los cuatro primeros libros los llamamos evangelios, «buenas noticias», principalmente porque muestran y cuentan las buenas nuevas de la salvación que trajo Jesús. Se trata de registros de la historia de la salvación, y como narrativas, al igual que los Hechos, relatan y dan abundantes cuadros de Jesús y sus discípulos, referentes a la acción evangelística y misionera.

Las epístolas, por el contrario, no son narrativas ni pretenden mostrarnos una sucesión de acontecimientos tal y como puede suceder en el telenoticiero de la noche. En vez de ello, se dedican a hacer comentarios específicos sobre aspectos concretos de las noticias, interpretando lo que ellas significan para creyentes que viven en determinados contextos culturales y sociales. De ahí la diferencia, por ejemplo, entre las cartas de Pablo a los Efesios y Colosenses y aquella dirigida a los creyentes de Filipos.

Las epístolas, por decirlo de alguna manera, son más parecidas a comentarios editoriales inspirados que se insertan en los boletines de noticias. En ellas no se nos cuentan directa ni completamente los argumentos, en cambio las experiencias específicas de los creyentes a quienes van destinadas forman parte de su antecedente. En otras palabras, Pablo contextualiza su enseñanza en todas sus epístolas para suplir las necesidades concretas de determinadas iglesias en un marco social cultural, y religioso dado.

Por tanto, siempre que leemos cualquier porción de las epístolas y tratamos de interpretar su significado, debemos tomar lo que dice en la superficie y añadirle aquello que creemos es su contexto para llegar a la conclusión correcta. Los comentarios y los diccionarios bíblicos nos ayudan a conocer algo del antecedente de un texto dado, de modo que resultan muy útiles. He utilizado muchos de ellos para escribir este libro.

Lo que estamos diciendo es muy importante para nuestro estudio de la guerra y del mundo espiritual en las epístolas, ya que las ideas que tengamos acerca de su trasfondo, tanto en general como en particular, influirán mucho en nuestra interpretación de cada una de ellas.

Vistas por encima, varias de las epístolas parecen no tratar de la guerra espiritual tan a menudo o de la misma forma que lo hacen los evangelios, sobre todo los sinópticos, o el libro de los Hechos. No contienen primeros planos de espíritus malos que están siendo expulsados ni de cristianos desobedientes que caen fulminados por el Espíritu (como en Hechos 5). Tampoco describen en detalle ninguna de las clases de choques de poder que hemos tratado en capítulos anteriores acerca de Jesús y la iglesia apostólica. Sin lugar a dudas, las liberaciones de espíritus malos y los choques de poder tenían lugar de continuo; formaban parte del contexto en el cual se fundaban las iglesias, pero no se nos dan datos específicos al respecto.

Tampoco tratan en forma directa las epístolas la posibilidad de demonización en los creyentes o de su liberación. Sin embargo, creo que malinterpretamos dichas epístolas si al leerlas llegamos a la conclusión de que no reflejan con exactitud la misma cosmovisión de guerra espiritual que se describe tan de cerca y gráficamente en los evangelios y los Hechos. No obstante, muchos que se oponen a ciertos aspectos de la guerra espiritual, tal y como los describo en este libro, lo hacen porque creen que lo que estoy pintando sólo es bíblico si las epístolas enseñan también, mediante la instrucción y la exposición, exactamente el mismo contenido que los evangelios y los Hechos imparten mediante la narrativa.

Todo esto enfatiza de nuevo la importancia de leer las epístolas con un sentido adecuado del trasfondo que les corresponde; es decir, el contexto de guerra espiritual en que vivía y se desarrollaba la iglesia primitiva. Por su misma naturaleza, las epístolas dan por sentado que sus destinatarios contaban con la información necesaria (¡en realidad vivían en ese contexto!) y por lo tanto no tenían que ser instruidos otra vez, por ejemplo, en cuanto a la realidad del enfrentamiento con el mundo espiritual. Sin embargo, nosotros, dos mil años después de que se escribieran dichas epístolas, debemos luchar por volver, partiendo del texto mismo, al trasfondo social, cultural y religioso específico que constituye la clave de su interpretación y comprensión. Esta clase de exégesis es emocionante e importante y debe más bien dejarse para aquellos eruditos con talento de cuyas obras me sirvo en todos los estudios bíblicos que aparecen en este libro.

No obstante hay algo que me preocupa mucho de los eruditos bíblicos occidentales y es que a menudo enfocan toda su atención en discernir cuál es el trasfondo y el contenido específico de una epístola y no incluyen las dimensiones pertinentes al contexto social, cultural y religioso que eran comunes a todas las iglesias del Nuevo Testamento. El resultado utilizado para interpretar dicha epístola es demasiado estrecho y entra en conflicto con el que tiene el mundo neotestamentario. Todos admitimos que este trasfondo más general (que ampliado llega a ser una una cosmovisión) del Nuevo Testamento se nos describe de manera gráfica en los evangelios y el libro de los Hechos. Sostengo que la cosmovisión de estos libros, en especial su concepto general de la guerra espiritual y la gama de actividades involucradas en el choque con el mundo de los espíritus debe presuponerse como una parte decisiva del trasfondo que construyen los eruditos para interpretar las epístolas.

Si no se presume esta cosmovisión, las menciones que se hacen en dichas epístolas a lo sobrenatural maligno se interpretarán con suma facilidad según la de los intérpretes actuales; y si los enfrentamientos con los espíritus malos, tales como los que se describen en los evangelios y Hechos, no forman parte de la experiencia de dichos intérpretes, ¿podemos esperar que éstos relacionen las referencias que se hacen a Satanás en las epístolas con la serie de actividades descritas en Hechos cuando: (1) ellos no presuponen la cosmovisión de Hechos como parte del trasfondo de las epístolas; y (2) resisten sobre una base teológica a la noción de que tales actividades fueran parte de la vida de los creyentes a quienes iban dirigidas las epístolas?

De igual manera, cuando los intérpretes modernos estudian las epístolas dando por sentado que la cosmovisión de Hechos es parte de su trasfondo y suspendiendo, al menos durante ese momento, cualquier resistencia teológica a las implicaciones resultantes de ello, ¿acaso debería sorprendernos que relacionen las menciones al campo sobrenatural perverso, que aparecen en las mismas, con las descripciones más desarrolladas en los evangelios y los Hechos?

Desde una perspectiva histórica, debemos ajustar simplemente las epístolas dentro de la cosmovisión y contra antecedente de los evangelios y del libro de los Hechos. Las epístolas van dirigidas a grupos de cristianos que, en su mayor parte, se convirtieron a Cristo durante el período que abarca la narración de Hechos. Por ejemplo, los creyentes que recibieron 1 y 2 de Tesalonicenses de manos de Pablo fueron los mismos que se habían convertido durante las actividades evangelísticas del apóstol y de Silas relatadas en Hechos 17. Esto es aún más dramático en el caso de la Epístola a los Efesios. Y de un modo semejante, los destinatarios de Gálatas, Filipenses, 1 y 2 Corintios, y Colosenses eran también cristianos fruto de la obra misionera de Pablo, relatada en Hechos, y de sus discípulos. Para ellos, el choque de poder y la guerra espiritual formaban parte esencial de su vida y ministerio.

Repito que no leemos las epístolas y las referencias que se hacen en las mismas a lo sobrenatural maligno de la manera correcta cuando las separamos del trasfondo general proporcionado por el libro de los Hechos. Desde luego, esto no significa que todas las referencias a Satanás o los poderes malignos tengan que ver con ninguna dimensión o manifestación específica del campo sobrenatural perverso. Sí significa, en cambio, que tales referencias, incluso las casuales, a la realidad del diablo, los demonios, los principados y las potestades y su influencia, tendrán un significado bastante distinto para uno que las vincula con la actividad descrita repetidas veces en los evangelios y Hechos que para el que trata tales menciones aislándolas casi por completo del contexto común de guerra espiritual que tenía el mundo en el que todas esas epístolas se escribieron. Los comentaristas que tienden a aislar el mundo de las epístolas de aquel de los evangelios y Hechos lo más probable es que interpreten tales referencias estrictamente dentro de su propia cosmovisión limitada. En ésta, pocas veces, o nunca, se reconoce o comprende la realidad del campo sobrenatural maligno en el mundo de los Hechos de los Apóstoles. Sin embargo, alguien que participe hoy en día en enfrentamientos con el mundo de los espíritus y sea un intérprete bíblico fiel y con talento, estará más dispuesto a ver esas referencias a través de los «lentes» del mundo bíblico y no de los de la cosmovisión occidental.

No basta sólo conque uno interprete las epístolas utilizando de manera primordial una cosmovisión que, aunque «cristiana» en el sentido tradicional del término, esté todavía absolutamente influida y corrompida por la mezcla de racionalismo y empirismo legado por la Ilustración y la ciencia naturalista. Estas tradiciones, y su progenie teológica, bien resisten, bien tienen dificultad para entender la realidad experimental de los espíritus malos que emerge en los evangelios sinópticos, los Hechos y que también está presente en las epístolas si uno tiene «ojos» para verla. Debemos disciplinarnos a fin de permitir que aquellos aspectos de la cosmovisión bíblica que más chocan con la nuestra estén plenamente presentes cuando leemos la Biblia, incluidas las epístolas. De otro modo, y usando una ilustración, seremos como un club que se reúne siempre en la biblioteca para leer las obras de Shakespeare. Disfrutaremos de todo aquello que puede ofrecernos el teatro de la mente, pero nos perderemos la grandeza de la experiencia real que supone el montaje escénico: el verdadero ambiente en el que tenían que ser interpretadas y comprendidas las obras.

Con este planteamiento en mente, volvamos ahora a las epístolas. En la presente sección sólo trataremos aquellos textos que ayudan a revelar dimensiones de guerra espiritual, en particular los que señalan las que algunos hoy en día consideran polémicas y otras que pueden ayudarnos a pelear mejor la buena batalla de la fe como era comprendida por la iglesia primitiva. En el caso de aquellos textos importantes, tales como Gálatas 5, los cuales se comentan en alguna otra parte de este libro, se referirá al lector a esos lugares.

Debido a las limitaciones de espacio, mi presentación será breve y sólo alusiva. Hay un gran yacimiento que explotar en las epístolas acerca del mundo sobrenatural maligno. Y aunque no haré sino excavar apenas hasta el filón, espero que mi estudio mueva a otros a profundizar más, por así decirlo hasta conseguir el oro.

Por último, algunos ejemplos que incluyo no pretenden guardar un paralelismo perfecto con el texto bíblico. Los doy, sin embargo, a modo de voz de la experiencia contemporánea que ilustra a menudo una cierta aplicación de la enseñanza general del texto en cuestión.

Ahora ocupémonos de aquellos libros que reflejan la experiencia histórica de los creyentes primitivos a lo largo de un período de años, en el que estuvieron tratando con un enemigo que ya estaba vencido por el Hijo de Dios y lo estaba siendo progresivamente por los hijos de Dios. En ellos descubrimos una nota dominante: la victoria del creyente sobre todos los poderes malignos por medio del evento de Cristo, la armadura de Dios provista para el cristiano y la oración intercesora, nuestra principal arma contra los poderes del mal. Tal vez las palabras de Pablo en Romanos 8 sean el mejor resumen de la victoria del creyente sobre el mundo espiritual, una idea que está presente en todas las epístolas y las sustenta:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8.35-39)

La epístolas de Pablo

Por medio de sus cartas, Pablo expone la mayor parte de las doctrinas principales que integran la fe cristiana; incluyendo las verdades acerca de la guerra espiritual en general y el mundo de los espíritus en particular. El apóstol dice más acerca de los poderes sobrenaturales perversos y de la guerra con los espíritus malignos que ningún otro de los escritores del Nuevo Testamento. En lo que atañe a la enseñanza directa, tal vez dice más que todos los otros juntos, excepto los evangelios y los Hechos. Salvo en el caso de Efesios y Colosenses, estudiaremos las epístolas paulinas en el orden en que quizás fueron escritas y no en el que las tenemos hoy en día en la Biblia.

Gálatas / Guerra Espiritual

1 Tesalonicenses / Guerra Espiritual

2 Tesalonicenses / Guerra Espiritual

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Gálatas / Guerra Espiritual

12 enero 2008 Deja un comentario

Fue quizás la primera de las cartas del apóstol, e incluso el primero de todos los libros del Nuevo Testamento. Tal vez Pablo la escribió mientras se encontraba en su primer período de descanso misionero en Antioquía de Siria. Gálatas es el más polémico de todos sus escritos y registra su batalla con los judaizantes, una delegación de los cuales había ido a Galacia y estaba socavando la fe de las iglesias (Gálatas 1.6s). El apóstol lucha por la supervivencia de ellas, por «la verdad del evangelio» (Gálatas 2.5, 14). Se trataba de una batalla espiritual en todo su apogeo. La falsa doctrina puede tener un origen demoníaco (1 Timoteo 4.1).

En su ansiedad, y siempre consciente de las tácticas engañosas de Satanás, Pablo da la alarma: «Mas si aun nosotros», dice, «o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1.8). Hace uso de todos sus recursos retóricos y casi podemos percibir una vigilia de oración de toda la noche tras estas palabras. Pablo está determinado a no dejar que los gálatas caigan en la falsa enseñanza demoníaca.

Sin embargo, se trata de algo más que retórica. Los ángeles caídos enseñan un evangelio diferente a través de los falsos profetas (maestros y creyentes engañados). Pablo advierte de este hecho en muchas de sus epístolas (véanse Romanos 16.17-20; 1 Corintios 8-10; 2 Corintios 2.11; 4.2; 10.1s; 11.1-4; 13-15; 2 Tesalonicenses 2.1s; 1 Timoteo 1.18-20 con 2 Timoteo 2.14-26; 1 Timoteo 4.1s; 6.3s; 2 Timoteo 3.1s con Tito 1.10s).

Frederic Rendall dice en el Expositor’s Greek New Testament que Pablo «desea inculcar a sus discípulos que esta controversia no es entre un maestro y otro, sino entre la verdad y la mentira. Ningún ministro de Cristo, ni siquiera un ángel, puede alterar la verdad en Jesús». La batalla entre la verdad y el error fue una de las principales dimensiones de la guerra espiritual con la que se enfrentó Pablo a lo largo de todos sus años de ministerio, y subyace a toda crítica de aquellos que deforman el verdadero evangelio de gracia.

¿Por qué la referencia de Gálatas 1.8 a «un ángel del cielo» en el contexto de esta lucha? Cole sugiere que Pablo puede estar utilizando el término «ángel» para mostrarles «la posibilidad de que el mismo Satanás aparezca como un ángel de luz para engañarlos. Fue al oír hablar de un falso evangelio, de un evangelio sin cruz, que el Señor dijo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás”» (Marcos 8.33). Aunque todos los engañadores no están necesariamente endemoniados, Pablo veía todo tipo de engaño, en último término, como demoníaco (1 Timoteo 4.1; 2 Timoteo 3.13).

Las referencias finales del apóstol al mundo de los espíritus en esta epístola están en Gálatas 4.3-9. En ellas Pablo menciona dos veces «los rudimentos del mundo» (vv. 3, 9). Se trata de la palabra griega stoicheîa. La versión inglesa NEB interpreta de manera correcta la segunda parte del versículo 3 diciendo: «éramos esclavos de los espíritus elementales del universo». El apóstol se refiere enseguida a su antigua vida en la que servían «a los que por naturaleza no son dioses» (v. 8).

Ambas expresiones se refieren al mundo sobrenatural perverso. Reservaremos nuestro estudio de la primera expresión de Pablo, «los rudimentos» , stoicheîa, (en el 4.9 los llama «débiles y pobres rudimentos»), para la sección dedicada a los principados y potestades en Efesios y Colosenses. Pablo repite casi las mismas palabras en Colosenses 2.8, 20.

La referencia del apóstol a su antigua esclavitud a los «no dioses», constituye una vigorosa expresión que nos devuelve a nuestros estudios en 1 Corintios 8-10, donde Pablo trataba de los dioses del paganismo (véase en capítulo 45).

Según Pablo, en Gálatas 4.1-9, tanto los cristianos judíos, que estaban en peligro de volverse a los stoicheîa de la ley, como los gentiles, que adoraban a los stoicheîa de los que no eran dioses, estaban sirviendo a los poderes demoníacos y no a Dios. Esta es la gran preocupación que el apóstol expresa en estos versículos y en muchos semejantes de sus otras epístolas. Por último, en Gálatas Pablo trata de la guerra del creyente con la carne (5.16-21, 24) y con el mundo (1.4; 5.11-14), la perspectiva de la guerra espiritual en múltiples dimensiones que ya examinamos en el capítulo 13.

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2 Tesalonicenses / Guerra Espiritual

12 enero 2008 1 comentario

 

2 Tesalonicenses 2.1–12

F. F. Bruce dice que «si alguna porción puede aspirar a ser considerada como el (cuerpo) de esta carta, es la que abarca el capítulo 2 versículos del 1 al 12 [donde Pablo habla del "hombre de pecado"]. No sólo se trata de la característica más distintiva de 2 Tesalonicenses, sino que quizás constituye el propósito de la epístola. Lo que la precede conduce a ella y lo que la sigue es su continuación».

Esta epístola es el único libro de la Biblia que se centra primordialmente en los esfuerzos futuros y finales de Satanás por controlar, engañar y gobernar a la humanidad por medio de su propio «cristo»: el Anticristo, «el hombre de pecado». Aquellos que minimizan el lugar que Pablo otorga al mal sobrenatural harían bien en reconsiderar su posición, ya que éste constituye una parte esencial de la cosmovisión del apóstol y es en 2 Tesalonicenses la enseñanza principal.

Cuando consideramos que en 1 y 2 Tesalonicenses el apóstol escribe a nuevos creyentes, y que dice estar poniendo por escrito lo que ya les había enseñado en persona durante las pocas semanas que estuvo con ellos, nos quedamos asombrados. Nosotros, por lo general, reservamos esas enseñanzas para los cristianos maduros, y sin embargo forman el tema de la instrucción de Pablo a los nuevos convertidos (2 Tesalonicenses 2.5).

Todas las enseñanzas que el apóstol da en esta epístola sobre el mundo espiritual se centran en la venida del «hombre de pecado» (2 Tesalonicenses 2.3–10), llamado el anticristo por Juan (1 Juan 2.18, 22; 4.3; y 2 Juan 7). Aquí tenemos una instrucción tan profunda que los eruditos bíblicos aún forcejean para comprender tales doctrinas. Sin embargo, repito que Pablo las impartía a los recién convertidos (2.5).

Se trata de una nueva enseñanza sobre el mundo espiritual. Jesús instruyó a sus discípulos sobre los últimos tiempos, los falsos profetas (Mateo 24.11), la abominación desoladora predicha por Daniel (Mateo 24.15) y una proliferación de «falsos Cristos y falsos profetas». Dijo que se levantarían engañadores los cuales «harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Ya os lo he dicho antes» (Mateo 24.24, 25). Toda esta enseñanza está relacionada con su segunda venida (Mateo 24.3–31).

Jesús no habló, no obstante, como hace Pablo aquí, de un anticristo en particular. (Véase la enseñanza de Juan sobre el Anticristo en el capítulo 52.) El Señor es el primero que indica que vendrán personas del tipo anticristo y Juan es el último en hablar de ellas (él). Sin embargo, es Pablo, en los primeros tiempos de su ministerio apostólico, quien da la primera enseñanza detallada acerca de este maligno, aquí en 2 Tesalonicenses 2.3–10.

Cuando examinamos la descripción que hace el apóstol de este «hombre de pecado» (v. 3), vemos en él la personificación de todos los engaños que se llevan a cabo por medio de manifestaciones de poder espiritual falsificado, acerca de cuya venida advirtió Jesús. También encaja de manera perfecta en la descripción que hace Juan tanto del anticristo como de la bestia, esta última en el libro de Apocalipsis.

El día de Cristo

Pablo comienza el capítulo 2 con la petición a los creyentes de que no se dejen inquietar por lo que se dice en cuanto a que el día de Cristo está cerca (vv. 1–2). Y luego les recuerda las enseñanzas que daba en su primera epístola sobre la segunda venida del Señor y «nuestra reunión con Él» (v. 1b con 1 Tesalonicenses 4.13–18).

La segunda venida es también una doctrina clave en ambas epístolas. Todas las enseñanzas del apóstol en cuanto a Satanás y el hombre de pecado en 2 Tesalonicenses están relacionadas con la venida del Señor, con su parousía.

Pablo utiliza tres palabras principales para referirse a esa venida de Cristo: epipháneia, literalmente «un resplandecer»; apokálypsis, «desvelado, revelación o aparición»; y parousía, «venida y presencia». Esta última es la favorita del apóstol aquí en 2 Tesalonicenses para indicar la venida del Señor. Como pronto veremos, Pablo también empleará el mismo término refiriéndose a la aparición del «hombre de pecado».

En su excelente comentario sobre 2 Tesalonicenses, Leon Morris dice que:

[ … ] Pablo había hablado bastante en Tesalónica acerca de la segunda venida, pero resulta obvio que no se comprendió toda su enseñanza. Los nuevos convertidos, llenos de entusiasmo y tal vez emocionalmente inestables[ … ] todavía poco instruidos en las cuestiones profundas de la fe, era bastante natural que se desviasen en algunos puntos relacionados con este tema importante pero complejo.

Luego Morris comenta: «Pablo había tenido la ocasión de referirse a la parousía en su primera carta, sin embargo aquello no aclaró todas las dudas. Por consiguiente, pensó que debía tratar de nuevo el tema».

Ese mismo autor hace un comentario interesante acerca de nuestra mayor dificultad para interpretar lo que Pablo está diciendo aquí, tanto sobre la parousía de Cristo como sobre el hombre de pecado. «Se trata de un suplemento de su enseñanza oral», expresa Morris. «él y sus correspondientes conocían lo que había dicho estando en Tesalónica; no existía razón para repetirlo. Pablo podía darlo por sabido y añadir simplemente lo necesario para aclarar el malentendido que se había suscitado».

Respecto a las falsas enseñanzas, tengo que añadir que más tarde el apóstol afirmará que el engaño generalizado que ha de caracterizar los últimos días vendrá a través de creyentes que «apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y doctrinas de demonios» (1 Timoteo 4.1). De modo que, según dice Pablo, el verdadero origen de tales engaños y falsas doctrinas será demoníaco.

Esta es la clase de engaño futuro, de los postreros tiempos, acerca del cual Pablo está advirtiendo en 2 Tesalonicenses 2. El apóstol esboza a grandes rasgos el curso que seguirá ese engaño espiritual (v. 3ss) y dice que traerá consigo un número siempre creciente de espíritus demoníacos, cada vez más poderosos, los cuales prepararán el camino para la aparición del hombre de pecado en sí (v. 3).

Pablo dice que la venida de este último será la culminación de un período de engaño generalizado. La mentira es la estrategia principal de Satanás y ella producirá «la apostasía» (o renuncia de la fe). Esta última a su vez preparará el camino para la aparición final del hombre de pecado.

Los comentarios de Leon Morris acerca de esta cuestión son excelentes. «Pablo», dice, «anhela con desesperación que sus amigos no caigan en el error. “Nadie os engañe en ninguna manera” no es sólo una exhortación, sino una advertencia de la insensatez que supone ser desviado de esa forma».

Luego, Morris señala la evidencia de que el día del Señor aún no ha llegado. En primer lugar debe producirse la gran apostasía ya mencionada, esa renuncia mundial de la fe (v. 3a) que conducirá a la aparición del hombre de pecado (v. 3b). Ni lo uno ni lo otro, dice, ha tenido lugar aún; por lo tanto, el día del Señor todavía no ha llegado.

Tenemos cierta dificultad para entender tanto la apostasía como la llegada del «hombre de pecado». De lo que no hay duda es de que Pablo esperaba que sus referencias fueran tan claras para los tesalonicenses que éstos comprendieran la insensatez de su error y volvieran a la «cordura» en los asuntos que los ocupaban.

Morris dice que el apóstol «habla de que la rebelión viene “antes”, pero no dice de qué». Y luego afirma que «no cabe ninguna duda de que se refiere al día del Señor».

El hombre de pecado

De esta apostasía surgirá el hombre de pecado (v .3b). Según Morris, el pecado consiste en no conformarse a la ley de Dios (cf. 1 Juan 3.4) y «en última instancia en no dejarse gobernar por él[ … ] El individuo en mente está contemplado el trasfondo de la rebelión de Satanás contra el poder de Dios».

Morris dice que es un grave error identificar al hombre de pecado con figuras históricas del pasado. «Se trata de un personaje escatológico», afirma. Pablo dice que no aparecerá hasta inmediatamente antes del regreso del Señor. Por lo tanto es una necedad rebuscar en la historia para identificarlo. Todavía tiene que venir.

Luego dice que Pablo, al hablar de que esta figura debe «manifestarse», indica que el hombre de pecado «existirá antes de su revelación al mundo. También puede querer decirnos que hay algo sobrenatural en él. Esto sería bastante normal debido a su íntima asociación con Satanás».

Morris declara enseguida que al hombre de pecado se le:

[ … ] describe como «el hijo de perdición», una descripción que Jesús aplicó a Judas Iscariote (Juan 17.12). Esta clase de genitivo tiene un sesgo hebráico. Indica «caracterizado por» la calidad en él (cf. Isaías 57.4). De modo que aquí significa que el hombre de pecado de cierto se perderá. Como lo expresa Moffatt, es «el destinado a la perdición».

En el versículo 4, Pablo dice que este maligno «se opone y se levanta» por encima de todos los dioses y se hace pasar por Dios en su templo. ¡Qué increíble serie de declaraciones!

La palabra «oponerse» pertenece a la misma familia de términos que Satanás, «el adversario», y destaca la perversidad satánica que caracterizará a este hijo de perdición. En el versículo 4, Pablo dice que el hombre de pecado se levanta contra Dios. Según expresa Morris el tiempo es un participio presente que indica una actitud continua, no una fase pasajera.

Luego comenta que «el segundo participio (también un presente continuo) trata de la posición exaltada que se arroga el hombre de pecado, quien se coloca en el lugar más alto posible». No le basta con el cargo político supremo.

Insiste en ocupar el lugar reservado para el máximo objeto de adoración en toda la humanidad. Exige veneración religiosa; más exactamente insiste en que a ningún dios o cosa que lleve el nombre de Dios, o a ningún objeto de culto debería concedérsele el primer puesto. El hombre de pecado tiene que ser antes de todo.

A continuación, ese hombre de pecado avanza un paso más y se proclama dios. Morris dice acerca de esto: «El clímax de todo ello es la pretensión explícita a la deidad. Ha de sentarse en el templo y proclamarse dios».

Resulta difícil saber con exactitud a qué «templo de Dios» se refiere aquí Pablo. Es obvio que el apóstol y sus lectores lo comprendían (v. 4b). Morris nos dice que en este pasaje «templo» hace referencia a un santuario interior, no al templo en su conjunto. «No es que entre en el recinto del templo», expresa, «sino que invade el lugar más sagrado y allí se sienta. Su acción representa en sí una pretensión a la deidad, y el vocablo “haciéndose pasar” puede suponer una declaración explícita de determinado número de palabras (varios traductores lo dan como “proclamar”)[ … ]» Por último, ese mismo autor afirma que esto significa que «tomará formalmente asiento en un santuario[ … ] en algún edificio material que ha de servir como marco de la blasfema proclamación de deidad que el hombre de pecado llevará a cabo culminando así sus actividades».

Comentando sobre el debate que existe acerca de la identidad del que «lo detiene» (v. 6), Morris dice que aunque los lectores de Pablo sabían de lo que estaba hablando el apóstol, nosotros no lo sabemos, y es mejor que reconozcamos nuestra ignorancia. «Lo importante», continúa diciendo, «es que había algún poder actuando el cual impedía al hombre de pecado llevar a cabo su aparición hasta que fuera quitado de en medio».

Por último, en el versículo 6 tenemos la expresión «a su debido tiempo», la cual indica que el hombre de pecado sólo puede aparecer en su momento. La idea es que Dios tiene todo bajo control y sólo Él determina cuándo ese hombre debe venir. Así, el hombre de pecado se manifestará sólo cuando el Señor lo permita. No debe considerársele como alguien que actúa en completa independencia.

Todo este pasaje revela la soberanía de Dios. Él domina aun cuando parezca que el mal tiene un control absoluto. Aquí es Dios mismo quien esboza el curso del mal, de Satanás, los demonios y el anticristo desde los tiempos de Pablo hasta el día del Señor.

El mal es fuerte, y no hará sino aumentar su fuerza a medida que empiece a acercarse el día de la manifestación del hombre de pecado. En todo el proceso se ve la mano de Dios obrando. «El mal no sobrepasará sus límites», expresa Morris. «Al final se verá que ha sido el propósito de Dios y no el de Satanás o sus secuaces el que se ha cumplido».

¿Hasta cuándo el mal?

¡Qué mensaje tan consolador! Mientras escribo puedo ver el mal obrando en la vida de personas muy queridas para mí, y exclamo: «¿Por qué, Señor? ¿Por qué? ¿Dónde está tu poder? He orado durante años por esos seres queridos, pero Tú no contestas … ¿Dónde estás, oh Dios? ¿Cuándo llegará el mal a su fin?»

También veo cómo el mal florece en mi ciudad, mi estado, mi nación y mi mundo. El engaño, la corrupción, el fraude y el egoísmo abundan. Hay gente lastimada que se ve sometida todavía a más sufrimiento por los poderosos del gobierno local y nacional, las grandes empresas y los funcionarios públicos.

Luego está el aborto libre. Millones de pequeñuelos son torturados y muertos incluso antes de nacer. El SIDA y el cáncer golpean tanto a los justos como a los injustos. ¿Por qué? ¿Durante cuánto tiempo?

Hombres y mujeres decentes pierden sus trabajos y sus casas, y tienen que vivir en vehículos debajo de los puentes y en la calle. ¿Por qué?

Millones de semejantes míos, hombres y mujeres, que sufren enfermedades depresivas son echados de los hospitales y obligados a vivir en las calles. Subsisten en su propia inmundicia corporal, demasiado perturbados para ocuparse de sí mismos. Están expuestos a los elementos naturales y al menosprecio público. Son rechazados y descuidados por la nación más próspera de la historia; una nación de consumidores egoístas, demasiado ajetreados para hacer algo más por ellos que notarlos al pasar. ¿Por qué? ¿Durante cuánto tiempo?

Aun nuestras iglesias evangélicas se hallan absortas por completo en sus propios programas. Su enfoque está puesto en «suplir las necesidades de nuestra propia familia eclesial». Entre tanto, los desamparados no por culpa propia (que no son vagos ni pordioseros que prefieran vivir en la calle) y los cabezas de familia que se quedan sin trabajo y sin los ingresos necesarios para pagar sus recibos, se vuelven indigentes. ¿Por qué? ¿Durante cuánto tiempo todavía?

Hay bastante riqueza e ingenio concedido por Dios en las iglesias de América para ayudar a esta gente que sufre en su camino hacia la recuperación. Estas cosas, junto con la buena voluntad de hombres y mujeres solícitos no pertenecientes a nuestras iglesias, además de los programas gubernamentales, bastan para que muchos indigentes comiencen a caminar hacia la independencia económica. La verdad del asunto es que la gente no ocupa un puesto elevado en las prioridades de nuestras iglesias ni de las instituciones benéficas locales o federales. ¿A qué se debe esto?

¿Y qué decir de la evangelización de nuestras ciudades y del mundo? ¿Por qué tenemos las iglesias tan poco tiempo o nos preocupamos tan poco por todo lo que no sea nosotros mismos? ¿A qué se debe que no podamos unirnos como un solo cuerpo en la intercesión y la oración de guerra para alcanzar siquiera a nuestras propias ciudades con el evangelio? ¿Acaso hemos usurpado los líderes el lugar de Dios como cabeza de sus iglesias? ¿Por qué? ¿Durante cuánto tiempo más?

Por último exclamo: «Dios, ¿dónde estás tú mientras el mal se extiende incluso entre tus iglesias? ¿Cuando ese mal sumerge a nuestro país y nuestro mundo? Las cosas van de mal en peor en vez de mejorar. ¿Por qué, Dios? ¿Por qué? ¿Cuánto tiempo más?

Luego, cuando estoy a solas con Él, abro su Palabra y descubro dónde está Dios en medio de este océano de maldad tanto humana como sobrenatural. Él sigue estando donde siempre y lleva a cabo su misteriosa voluntad, la cual se cumplirá aunque, por algún tiempo, por ahora, no se esté haciendo. Ahora comprendo que su voluntad es siempre buena, incluso si aparentemente permite que el mal reine.

Estoy seguro que lo es aun cuando sufra; aunque mis seres queridos, mi familia y mis amigos padezcan hasta el punto de hacernos gritar a todos; incluso si mi comunidad llama bien al mal.

Dios permite que el mal siga su misterioso curso, pero, como dice la canción: «Tu Dios reina». Las Escrituras explican que debe permitirse la operación del misterio del mal, pero sólo hasta que Dios diga: «¡Basta!» Luego el mal dejará de existir. ¡Señor, por favor, apresura ese día!

2 Tesalonicenses 2.8–10

En vista de todo esto, los versículos 8–10 son cruciales para nuestro estudio. Aquí Pablo está hablando de dos manifestaciones: primero la del inicuo y luego la del Señor.

Cuando el Señor aparezca, «matará [al inicuo] con el espíritu de su boca, y [lo] destruirá con el resplandor de su venida». Esto será el comienzo de la solución final para la maldad.

El anticristo (nombre que le da Juan) aparece como alguien en perfecta lealtad con la actividad satánica. Viene «con todo engaño», según dice Pablo, recibido de su misma fuente: Satanás, el engañador supremo.

A lo largo de todo nuestro estudio de la guerra espiritual he luchado por mantener el equilibrio. Aunque debemos considerar a Satanás y a sus demonios como Pablo lo hace aquí, no son ellos el centro de atención de la Escritura. Sobre todas las cosas está Dios, su Hijo nuestro Señor y el Espíritu Santo, nuestro ayudador. Aunque en este capítulo el apóstol se refiera vez tras vez a la persona y la carrera del inicuo, su enfoque está puesto en la soberanía de Dios, o aún mejor: en el Dios soberano.

Morris dice que mientras Pablo «contempla los acontecimientos de los últimos tiempos, no lo hace con la mirada ansiosa del que busca trazar el curso de los mismos y seguir el proceso del hombre de pecado. Más bien mira con gozo la revelación de la poderosa mano de Dios».

Aquí tenemos un equilibrio imprescindible en nuestros días para cualquier enseñanza acerca del mal y de la guerra espiritual. Dios es el Dios único. Jesús es el único Señor. Satanás es un «no dios» derrotado a pesar del increíble poder que todavía posee para hacer el mal.

Sigamos el orden divino de los acontecimientos que conducen a la destrucción del inicuo, según palabras de Morris, en «el momento supremo de la historia». Dicho orden se nos revela en el versículo 8.

Pablo dice primero que «el Señor [lo] matará». En segundo lugar, que lo único que necesita para ello es «el espíritu de su boca». En tercer lugar, que lo hará «con el resplandor de su venida» (v 8). Los tesalonicenses no habían de temer, según comenta Morris, «por ilustres que pudieran ser los hombres perversos. Aun los más destacados de ellos quedarían eclipsados con mucho por el Señor de esos humildes creyentes cuando volviese».

Pablo, añade Morris, no subestima al hombre de pecado, que es perverso y poderoso, pero «sus aseveraciones confiadas de los dos últimos versículos brotan del reconocimiento del esplendor y el poder del Señor Jesús, no de ningún fallo en apreciar el poder de la oposición».

En el versículo 9 Pablo se refiere otra vez a la venida del inicuo y, como ya hemos visto, lo hace con la misma palabra empleada para la segunda venida de Cristo en el versículo 8. El hombre de pecado vendrá con su propio esplendor y poder otorgado por Satanás. Es el representante del diablo. Morris dice que el versículo:

[ … ] sugiere con fuerza que tenemos ante nosotros una parodia de la encarnación. El hombre de pecado no es simplemente uno con ideas perversas, sino que está revestido del poder de Satanás para realizar su obra. Por tanto viene «con gran poder y señales y prodigios mentirosos».

Poder, señales y prodigios son las tres palabras que se utilizan a lo largo de toda la Escritura para referirse a los hechos divinos de poderío a través del Señor Jesús y de su pueblo. «Tal vez se utilizan aquí por esta razón», explica Morris. «Nos ayudan a comprender la naturaleza falsa del ministerio del hombre de pecado».

Refiriéndose a estos tres términos de poder utilizados aquí, Pablo dice sin embargo que son señales mentirosas o falsas. No es que los milagros sean ficticios. Se trata de milagros auténticos. Sólo son falsos porque no vienen de Dios sino del «no dios» que intenta hacer las obras del Señor para engañar a aquellos que quieren ser engañados.

A continuación, Pablo se ocupa del efecto que tiene el engaño activado por el hombre de pecado en los incrédulos. Y al hacerlo nos proporciona una comprensión completa de la naturaleza de la incredulidad y de los incrédulos. El apóstol escribe desde la perspectiva de la soberanía de Dios, y expresa que:

1. Los engañados se perderán (v. 10a).

2. Y esto sucederá porque «no recibieron el amor de la verdad para ser salvos» (v. 10b).

Morris afirma que «aquí el término “verdad” (vv. 10b–12)[ … ] está muy relacionado con Jesús (cf. Efesios 4.21, “conforme a la verdad que está en Jesús”; Juan 14.6, “Yo soy[ … ] la verdad”). Más particularmente se trata de la verdad salvadora del evangelio».

Este hecho se destaca en todo el pasaje. Recibir la verdad significa recibir la salvación; rechazarla equivale a ser condenado. Esta verdad debería haber sido recibida con cariño, pero esos hombres la rechazaron.

Pablo habla luego, no sólo de la verdad, sino del «amor de la verdad», una expresión que sólo encontramos en este pasaje a lo largo de toda la Biblia.

El apóstol dice que la actitud de la gente que está describiendo se encuentra apartada de todas las cosas de Dios y por lo tanto de la verdad divina. Morris afirma que «no recibieron con agrado la verdad de Dios (este es el énfasis del verbo traducido por “recibir”; véase 1 Tesalonicenses 2.13); esa verdad que se expresa en el amor producido por el evangelio». Se trata por tanto de un acto voluntario que muestra la actitud de sus corazones y lleva a unas consecuencias negativas eternas. Serán juzgados por su actitud y por las acciones resultantes de ella.

Morris dice que el versículo 10 «concluye con una cláusula de propósito que destaca la magnitud del don que esos hombres habían rechazado. Otros hombres aman la verdad con vistas a su salvación; es a dicha verdad a la cual aquellos que se pierden habían vuelto la espalda».

2 Tesalonicenses 2.11–17

En el versículo 11a, Pablo dice: «Por esto[ … ]», y mira a todo lo que ha dicho hasta ese momento. Debido a que los hombres no se aferran a la verdad, se perderán. Puesto que no la aman, se dejan engañar; y por ello no serán salvos (v. 10). Se perderán con el hombre de pecado (vv. 8, 10).

Por último, con este trasfondo negativo, el apóstol dice que Dios ahora interviene y comienza a juzgar a los hombres rebeldes. El acto divino inicial es difícil de entender al principio. Dios mismo «les envía un poder engañoso, para que crean la mentira» (v. 11).

Esta es la primera cláusula de propósito de Pablo en la presente sección y también la segunda vez que el apóstol utiliza el concepto de «mentira». Morris describe el mismo como «una energía para el engaño».

Esta es una de las dimensiones de mi concepto de «energía de pecado». En el caso que nos ocupa significa que Dios mismo enviará un poder el cual influirá en ellos para que crean a la mentira. Morris señala: «La última expresión es realmente “la mentira”. Lo que esas personas aceptan no es cualquier mentira, sino el mayor esfuerzo de Satanás: la mentira de que el hombre de pecado es Dios. Se niegan a aceptar la verdad y son por tanto entregados a una mentira».

Esta idea del mal es importante para mantener una perspectiva completamente bíblica. De todo lo que hemos visto, se podría deducir que, como dice Morris, se trata de «una competición en la que Satanás, por un lado, y Dios, por el otro, hacen sus movimientos, pero Dios es, de alguna manera, el más fuerte». Morris corrige esto afirmando que «Pablo tiene un concepto más grandioso: el Señor está utilizando el mismo mal que producen los hombres y Satanás para ejecutar su propósito».

Dios está obrando. No está haciendo peores a los hombres malos, sino juzgando a los perversos por su maldad mediante su confirmación en ella. El Señor tiene derecho a hacer esto, porque sólo Él es Dios. Esos hombres creen de veras que están actuando libremente al desafiarle; como también lo creen Satanás y los principados y potestades espirituales que operan en el mundo. Pero sus actos de desafío son también los vehículos de su juicio. Por desgracia, aquellos que permiten que los espíritus mentirosos los engañen serán también juzgados como engañados y engañadores. El permitir que los espíritus mentirosos tengan acceso a nuestras mentes y corazones no es cosa fácil.

Por último, con los versículos 13 al 15, Pablo se aparta de los incrédulos y vuelve otra vez a sus queridos santos de Tesalónica. Todo lo ha escrito pensando en ellos. Y ahora les habla en unos términos inigualados en la Escritura, con el propósito de traer consuelo y seguridad a esos amados cansados de la lucha.

Primero, les dice que Dios los ha «escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación del Espíritu y la fe en la verdad» (v. 13). ¡Qué palabras tan maravillosas! A continuación, Pablo expresa que fue a ese destino al cual Dios los llamó «mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (v. 14). Estas palabras preciosas pretenden ser un mensaje de seguridad para los Tesalonicenses y para todos los que creemos como ellos. Yo creo. ¿Y usted?

«Era necesario tratar del hombre de pecado y de sus detestables monstruosidades», escribe Morris, «pero el verdadero interés de Pablo está en otra parte. Las especulaciones de sus amigos tesalonicenses sobre la venida del Señor había hecho imprescindible que dijera lo suficiente para corregirlos. Una vez realizado esto, el apóstol se ocupa de un tema más agradable: la elección divina de los tesalonicenses para salvación».

Esa elección divina abarca a todos los creyentes. Todos fuimos escogidos en Cristo «antes de la fundación del mundo», dice Pablo en Efesios 1.4. Aquí se trata de lo mismo: Dios os ha «escogido [y a nosotros] desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad» (v. 13b). ¡Qué magnífico pasaje de la Escritura es este!

Se trata de una de las porciones más completas de guerra espiritual del Nuevo Testamento, porque traza el curso de la guerra entre los dos reinos hasta su desenlace final con la aparición y destrucción del más perverso de los servidores de Satanás: el «hombre de pecado». Y el apóstol afirma que los hombres de pecado serán destruidos junto con ese hombre de pecado.

Según el libro de Apocalipsis, enseguida viene el juicio eterno del mismo Satanás, quien es arrojado al lago de fuego (Apocalipsis 20.10–15). Después de ello tenemos a los santos de Dios, con Dios y con «el Cordero» para siempre, en la Ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21 y 22). ¡Aleluya! ¡El diablo está derrotado! ¡Nuestro Dios reina!

Resulta apropiado que Pablo concluya este pasaje sobre la guerra espiritual, no con el hombre de pecado, sino con la familia de Dios (vv. 13–17). Esta es también la nota con la cual Juan termina el libro de Apocalipsis y, por lo tanto, toda la Biblia. Juan pone en boca de Jesús:

Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana.

Y a esto sigue la respuesta:

Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente. (Apocalipsis 22.16, 17).

Este es el último resultado de la guerra espiritual en la que estamos comprometidos cada momento de nuestra vida, lo sepamos o no. ¡A Dios sea la gloria! La victoria final es completamente segura. Nosotros ganamos la guerra. ¡Aleluya! ¡El diablo está derrotado! ¡Nuestro Dios reina!

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1 Tesalonicenses / Guerra Espiritual

12 enero 2008 Deja un comentario

Hay un consenso casi general en cuanto a que, de las epístolas de Pablo que han llegado hasta nosotros, las siguientes que el apóstol escribió fueron 1 y 2 Tesalonicenses; ambas alrededor del año 50 d.C. y dirigidas a los creyentes que se habían convertido durante su ministerio en Tesalónica relatado en Hechos 17.

1 Tesalonicenses 1.5-9

La primera referencia que hace Pablo al mundo espiritual en 1 Tesalonicenses está en los versículos 5 al 10 del capítulo 1. En primer lugar, el apóstol recuerda a los creyentes que el evangelio no les llegó sólo en palabras, sino también «en poder» (v. 5).

No sabemos si al decir «poder» se refería específicamente a los choques de poder, ya que la narración que hace Lucas en Hechos 17 de la fundación de la iglesia en Tesalónica guarda silencio en cuanto a este asunto. No obstante, puesto que la predicación del evangelio acompañada de manifestaciones de un poder inusual incluía a menudo tales choques de poder, no sería arriesgado suponer que también sucedió así en Tesalónica. Por la manera en que el Espíritu Santo obraba en Felipe (Hechos 8), en Pedro (Hechos 5, 9-10) y en Pablo (Hechos 13, 16, 19), es muy probable que lo hiciera de una forma muy parecida en Tesalónica, donde los creyentes se habían convertido «de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Tesalonicenses 1.9). Como ya hemos visto (capítulo 47), la idolatría y la actividad demoníaca van juntas; por tanto podemos suponer que en Tesalónica, como parte de la conversión de aquellos creyentes, había tenido lugar alguna clase de choque de poder el cual derrotó a los demonios que había tras los «no dioses». El resultado de su conversión no sólo fue «gozo en el Espíritu Santo» (1.6), sino también «gran tribulación», algo común siempre que el Espíritu confronta a los poderes malignos.

1 Tesalonicenses 2.18

La siguiente referencia al mundo espiritual está en 1 Tesalonicenses 2.18. Es la primera mención que hace el apóstol, en sus epístolas, a Satanás, así como su primera referencia a una derrota infligida por el diablo en sus empeños evangelizadores.

Pablo escribe recordando sus sufrimientos en Filipos y con su presurosa retirada de Tesalónica y Atenas todavía fresca en la memoria. Por tanto, la carta a los cristianos tesalonicenses menciona que también habían sufrido de los de su propia nación lo que otros creyentes estaban experimentando (2.14). Todo esto le da a Pablo ocasión de reflexionar con ellos sobre la oposición de Satanás, la cual, hasta ese momento, había impedido al apóstol volver a los tesalonicenses.

Aunque en el Nuevo Testamento se describe a Satanás y los poderes malignos como ya derrotados, se trata de un «ya pero no todavía». Tanto el uno como los otros están atados, pero, como ha dicho cierto teólogo, su cuerda es larga. Pablo sabía que dicha cuerda se extendía hasta Tesalónica y Corinto, desde donde escribía esta epístola.

Los enemigos de Dios, que presenta el Antiguo Testamento, son hombres y naciones, mientras que en el Nuevo se trata de poderes espirituales adversos que obran por medio de esos hombres y esas naciones oponiéndose a Dios, su reino y su pueblo. Estos enemigos, como ya hemos visto repetidas veces, son poderes cósmicos invisibles de alto rango que actúan en la historia de la humanidad. Así, como expresa George A. Ladd, la victoria sobre ellos sólo puede «ganarse en el plano de la historia».

Este conflicto entre los poderes del evangelio y de la oposición al mismo conforma el trasfondo de las palabras de Pablo en 1 Tesalonicenses 2.12-16. El pujante poder destructor, ligador, liberador y edificador del reino de Dios estaba obrando entre los cristianos de Tesalónica, pero, al igual que siempre, también había una fuerte oposición en los lugares celestiales. El apóstol sabía que una visita de regreso a esa ciudad hubiera hecho avanzar la obra del reino allí, pero también Satanás estaba consciente de ello. De modo que el diablo detuvo a Pablo e impidió que realizara sus planes de volver a Tesalónica. Pablo dice al respecto: «Quisimos ir a vosotros, yo Pablo ciertamente una y otra vez; pero Satanás nos estorbó» (v. 18).

El versículo 18 revela profundas verdades acerca del conflicto espiritual que tiene lugar sólo en la vida de aquellos que tratan de extender la verdad de Dios al mundo y de aquellos otros que están necesitados de ella. Comentando sobre el versículo 18, Bruce expresa que «la principal actividad [de Satanás] es poner obstáculos en el camino del pueblo de Dios para impedir que se lleve a cabo la voluntad del Señor en y a través de ellos».

La realidad del poder de Satanás

Satanás impidió que Pablo hiciera lo que sabía que era la voluntad de Dios. ¿Es eso posible? Según Pablo, sí. La mayoría de nosotros tenemos problemas con esta dimensión de la guerra espiritual. Intentamos pasarla por alto, o restarle importancia hasta llegar a considerar al diablo como atado ya en el abismo y completamente incapaz de oponerse con eficacia a los creyentes. Nuestros predicadores nos dicen a menudo: «Dios es soberano. Siempre hace su voluntad en el cielo y en la tierra. Ni el hombre ni el diablo, ni los demonios pueden interponerse en el cumplimiento de la voluntad divina. Por tanto, mientras andemos en el Espíritu, si estamos en la voluntad de Dios, Satanás no puede resistirnos con éxito. De otro modo ello equivaldría a resistir a la voluntad de Dios, lo cual el Señor no permitiría nunca».

Estas palabras parecen muy piadosas, pero no se ajustan ni a la enseñanza de la Escritura ni a la experiencia del pueblo de Dios. Según este pasaje, se trata de una «verdad» ignorada por el apóstol. Aunque mientras andemos en el Espíritu (si lo hacemos en la carne el diablo ya tiene una fortaleza en nosotros) estamos protegidos de una derrota grave o completa, podemos sufrir, y sin duda sufriremos, reveses. Eso es lo que el apóstol está explicando aquí, él estaba experimentando un serio revés y eso no le gustaba.

Si nos convertimos en personas superespirituales y consideramos que dichos fracasos son la voluntad de Dios, nos engañamos a nosotros mismos. Los engañados no son ni Dios ni Satanás, quien de veras debe deleitarse cuando limpiamos su sucio trabajo identificándolo con la voluntad divina. Aunque se nos enseña que nos regocijemos en todo, no se nos dice que lo hagamos porque todo lo que sucede es la voluntad de Dios. Debemos regocijarnos de que, aun cuando la voluntad de Dios no se esté cumpliendo, somos partícipes de los padecimientos de Cristo por su cuerpo; no debido a que la labor del diablo sea en verdad la obra del Señor. No intentemos eliminar el misterio del mal llamándolo «bueno».

¿Cómo debemos afrontar la oposición sobrenatural cuando sabemos que estamos en la voluntad de Dios? ¡La respuesta es fácil de dar pero difícil de cumplir! Quedándonos donde estamos, sirviendo con fidelidad y sufriendo. Seguimos sirviendo y sufriendo, si es necesario hasta la muerte. Esto es lo que hizo Pablo (2 Timoteo 4.7, 8); y también Pedro (2 Pedro 1.12-15) y muchos de los santos de Dios desde el principio hasta ahora (Hebreos 11.32-40). Al mismo tiempo, el Espíritu Santo de Dios nos sostiene con su gozo (1 Tesalonicenses 1.6; Romanos 5.1-5).

1 Tesalonicenses 3.5

La última referencia clara en esta epístola a la guerra que Satanás libra contra los hijos de Dios la tenemos en el capítulo 3, y es consecuencia natural de lo que Pablo acaba de decir acerca de cómo el diablo les estaba impidiendo, a él y a su equipo, volver a Tesalónica. Acerca de ello, escribe:

Por lo cual también yo, no pudiendo soportar más, envié para informarme de vuestra fe, no sea que os hubiese tentado el tentador, y que nuestro trabajo resultase en vano (3.5).

Observe los diferentes pasos en el desarrollo de este versículo:

1. Pablo no era capaz de aguardar más para saber si los santos habían sobrevivido en Tesalónica. (Véase la misma expresión en el versículo 1a.) La versión inglesa de Phillips traduce estas palabras por «cuando la incertidumbre se hizo insoportable».

La profunda emoción contenida en estas palabras revela una ansiedad que llega hasta la impaciencia. Para sentirse aliviado Pablo tiene que tomar un determinado curso de acción. La presión se había hecho insostenible y el apóstol no podía seguir reprimiendo sus ansiosos sentimientos, en particular cuando estaba de por medio el poder del enemigo.

2. A fin de aliviar su ansiedad, Pablo envió a Timoteo para saber acerca del estado de los creyentes (vv. 1-4). Aunque el apóstol se refiere al hecho de mandar a Timoteo como a una decisión personalmente costosa, su amor por ellos era más fuerte que sus propias necesidades.

3. La preocupación real de Pablo radicaba en la fe de los tesalonicenses; no en su fidelidad, sino en su misma fe cristiana, explica Leon Morris.

4. La verdadera causa de esta preocupación era su profundo conocimiento, tanto de la estrategia como del poder de Satanás, a quien Pablo llama aquí «el tentador», un título que sólo se le aplica al diablo en este pasaje y en Mateo 4.3. Es la primera, de un par de ocasiones, en la que el apóstol se refiere a la estrategia de Satanás como la de tentar al pueblo de Dios. La segunda se encuentra en 1 Corintios 7.5.

5. Pablo sabía que el tentador era capaz de apartarlos por completo de su fe utilizando esas mismas cosas acerca de las cuales Jesús había advertido en su parábola del sembrador (Mateo 13.18-23). De modo que va directo al grano y dice que ha enviado a Timoteo «para asegurarme de que las actividades del tentador no habían destruido nuestro trabajo» (Phillips).

F. F. Bruce comenta respecto a este «no sea que os hubiese tentado el tentador» que el «aoristo epeírasen implica aquí una tentación con éxito que hubiera triunfado en cuanto a destruir su fe. La frase expresa aprensión por lo que pudiera descubrir Timoteo a su llegada». Luego, Bruce sigue comentando acerca de la expresión «y que nuestro trabajo resultase en vano», y explica que dicho trabajo sería en vano «si la fe de los tesalonicenses se hubiese derrumbado».

Estas son unas palabras serias, incluso sorprendentes. La teología evangélica tradicional que tenemos acerca de nuestro enemigo es que éste está tan derrotado y desprovisto de poder contra nosotros, que Dios no le permite destruir la fe de los nuevos cristianos o, si vamos a ello, de los creyentes más antiguos. Es obvio que Pablo lo veía de un modo distinto.

Aquí, en Tesalónica, tenemos creyentes recién convertidos de la adoración a los demonios (1.9 con 1 Corintios 10.19-21). El Espíritu Santo ha venido con poder a sus vidas en plena certidumbre de fe. Los tesalonicenses han recibido la palabra en medio de mucha tribulación y con mucho gozo en el Espíritu Santo. Han llegado a ser ejemplos para todos los creyentes de Macedonia y Acaya. A partir de ellos la Palabra de Dios ha comenzado a ser divulgada por todas partes. Su fe ha quedado patente. Viven con la gran esperanza del regreso de Jesús (1.5-10). Sin embargo, aún son creyentes nuevos. Todavía corren grave peligro. La persecución contra ellos ha crecido mucho (1.6 y 2.13-16 con 2 Tesalonicenses 1.4-10).

Por lo tanto, Pablo se vuelve aprensivo. Una y otra vez intenta ir a ellos, pero en cada ocasión Satanás logra interponerse en su camino. El apóstol es incapaz de llegar a sus queridos amigos. Hasta que por fin les escribe y les cuenta sus temores, que en realidad no son más que uno: que el diablo haya logrado apartarlos de la fe. Matthew Henry afirma también que a Pablo le preocupaba que el «tentador les hubiera tentado y hubiese prevalecido contra ellos, apartándolos de la fe».

De modo que debemos afrontar con sinceridad el hecho de que tenemos un enemigo que es capaz de socavar la fe del pueblo de Dios y tiene permiso del Señor para hacerlo. No es extraño que más tarde Pablo hable de nuestra necesidad de no ignorar las maquinaciones de Satanás. Si lo hacemos, puede aprovecharse de nosotros (2 Corintios 2.11). La caída de creyentes por todas partes a nuestro alrededor, incluso de líderes cristianos, es una prueba bastante evidente de que nuestro adversario derrotado puede aún desatar terribles ataques contra los hijos de Dios; especialmente en el contexto de la evangelización.

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Choques de poder en Éfeso

12 enero 2008 Deja un comentario

efesioHechos 19

El ministerio de Pablo en Éfeso (Hechos 19.11-20) incluyó por lo menos tres choques de poder, los cuales se produjeron probablemente en un corto período de tiempo y hacia el final de los dos años de trabajo del apóstol en esa ciudad (v. 10). El primero de ellos dio como resultado al segundo (vv. 11-13), y éste a su vez el tercero (vv. 14-17). El último de los tres llevó multitudes a Cristo (vv. 17-20) y causó una grave revuelta en la ciudad que hubiera podido conducir a la muerte de Pablo (vv. 21-41). Un poco de conocimiento del ambiente cultural de Éfeso nos ayudará a comprender mejor la situación a la cual se enfrentó el apóstol allí.

El ambiente social y religioso de Éfeso

Durante el primer siglo de la era cristiana Éfeso constituía uno de los centros principales de prácticas mágicas en todo el Asia Menor. Cuando hablamos de magia en el mundo occidental, por lo general, pensamos en el ilusionismo o la prestidigitación. Los magos de nuestra cultura afirman continuamente que «la mano es más rápida que el ojo». Es posible que sea esta la definición de magia más corriente en la cultural occidental.

La magia que menciona la Escritura era algo totalmente distinto: implicaba el uso de medios, tales como encantamientos y hechizos, que se creía contaban con un poder sobrenatural capaz de subyugar a las fuerzas de la naturaleza. Esta es la clase de magia que predominaba en el mundo bíblico durante el tiempo tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Clinton Arnold, profesor adjunto de Nuevo Testamento en la Universidad Biola y la Escuela Teológica Talbot, ha escrito un estudio magistral sobre Efesios desde el punto de vista de la guerra espiritual llamado Ephesians, Power and Magic [Efesios: poder y magia], el cual nos sirve de fundamento para nuestro examen del clima espiritual que había en aquella ciudad durante el tiempo de Pablo. Arnold cita diversas descripciones que hacen los eruditos de dicha ciudad.

B. M. Metzger afirma: «De todas las ciudades grecorromanas de la antigüedad, la tercera mayor del imperio era con mucho la más acogedora de magos, hechiceros y charlatanes de todas clases». O. Meinardus concuerda con esto diciendo: «Tal vez, incluso más que Antioquía de Pisidia, Corinto y Antioquía sobre el Orontes, la ciudad de los comerciantes y marineros, de las prostitutas y las calaveras, plagada de adivinos y de proveedores de amuletos».

Arnold expresa que la reputación de Éfeso como centro mágico se derivaba en parte de la fama de las «Cartas Efesias» o Ephésia Grámmata. Las cartas en cuestión, cuya primera mención data de una época tan temprana como el siglo IV a.C. en ciertas tablillas descubiertas en la isla de Creta, se centran en el uso de seis términos mágicos: áskion, katáskion, líz, tétraa, damnauenuéz y aisía.

Se utilizaban para mantener alejados a los demonios y podían escribirse en amuletos o pronunciarse en hechizos. Al principio se creía que el portador o el usuario de las grámmata tenía acceso personal a poderes sobrenaturales; pronto, sin embargo, se transformó el concepto de aquellas en el de «unos seres activos y poderosos» o espíritus, incluso demonios, para hacer bien a sus poseedores y mal a otras personas.

Aunque está claro que las grammata efesias no se originaron en esa ciudad, llegaron a estar relacionadas con ella debido a su íntima asociación con Artemisa (vv. 23-35). Arnold señala que:

[ ... ] las Cartas Efesias no son la única evidencia de la práctica de la magia en Éfeso y en el oeste de Asia Menor. En Pérgamo se ha descubierto todo un conjunto de instrumentos mágicos … En el área circundante de Éfeso se encontró un amuleto mágico de características judías.

Al parecer se descubrieron más amuletos entre Esmirna y Éfeso también con características hebreas. Resulta igualmente interesante observar que el único uso de la palabra mageía que hace Ignacio es en su carta a la congregación de Éfeso (Ign., Ef. 19.3): con la venida de Cristo «toda magia se desvaneció».

Los nuevos descubrimientos de materiales mágicos en el mundo grecorromano han aumentado mucho nuestro conocimiento de cómo se creía que actuaba esta magia y lo extendidas que estaban las prácticas mágicas en los pueblos bíblicos. Una muestra es la orden que dio Augusto César de que se quemaran dos mil rollos mágicos en el año 13 a.C. Para aquella época, la decreciente importancia de los dioses del Olimpo estaba siendo sustituida por la magia, los cultos de misterios y un rápido ascenso de la creencia en la astrología, y sin duda el gobierno romano no quería que el poder de la magia socavara el suyo propio.

F. F. Bruce habla también de Éfeso como centro de la magia y de las grammata en su excelente libro Paul: Apostle of the Heart Set Free [Pablo: apóstol de la libertad].

La expresión «escritos efesios» (Ephésia Grámmata) se empleaba corrientemente en la antigüedad para aquellos documentos que contenían hechizos y fórmulas como los extensos papiros mágicos de las colecciones de Londres, París y Leiden o los pequeños amuletos (como los versos de los bombones sorpresa de Navidad) que se enrollaban y colocaban en cilindros o medallones para colgarse alrededor del cuello o en alguna otra parte del cuerpo de la persona.

El sincretismo de esos tiempos era sencillamente increíble. A los espíritus se les ponían nombres judíos, egipcios y griegos, y el mundo grecorromano en su totalidad no era sino una mezcla de todo lo que parecía atrayente y poderoso fuera cualquiera su origen espiritual. Magia y religión se fundían en un mundo de espíritus, dioses, magos, sacerdotes, templos, amuletos e imágenes.

Resumiendo todo esto, Arnold dice: «Los papiros mágicos son por tanto sumamente valiosos, ya que reflejan el lenguaje y las creencias de una gran cantidad de gente corriente dentro del mundo helenístico».

Luego afirma que ahora podemos comprender por qué en su epístola a los Efesios Pablo nos da un estudio tan profundo y completo de los poderes espirituales que actúan en nuestro universo, y sobre la tierra, en contra del pueblo de Dios, y sigue diciendo:

La epístola se escribió a una zona geográfica afamada por ser el centro de las prácticas mágicas en la parte occidental del Asia Menor; presumiblemente (y según nos cuenta Lucas), muchos convertidos se integraron a la iglesia abandonando el ambiente del ocultismo. Por tanto, es bastante concebible que la epístola tuviera el propósito de tratar ciertos temas que surgían en la comunidad relacionados con la práctica anterior (o quizá todavía actual) de la magia por parte de algunos de los conversos.

Dicho de otro modo, en Efesios Pablo destacó la guerra espiritual porque sus convertidos necesitaban ayuda sobre ese particular. A esto se le llama contextualización. El hecho de que el apóstol no repitiera la misma enseñanza en otras epístolas no significa que no se aplica a todos los creyentes. Esta fue probablemente una carta circular dirigida a todos los cristianos de la ciudad de Éfeso y del Asia Menor en general. Aunque la magia espiritual se concentraba en Éfeso, todas las iglesias del mundo gentil grecorromano habían sido fundadas en ciudades donde el poder mágico relacionado con los espíritus o demonios formaba parte del contexto religioso.

Por último, aunque los choques de poder en Éfeso parecen únicos, pudieron darse también en otras ciudades del mundo grecorromano en las cuales el apóstol fundó congregaciones. En realidad, Pablo mismo hace referencia en varias de sus epístolas a demostraciones de poder que tuvieron lugar durante su ministerio. En 2 Corintios 12.12, el apóstol expresa: «Con todo, las señales de un verdadero apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros». Y también escribe a los romanos acerca de su ministerio «con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo» (Romanos 15.19). Pablo consideraba aquellas manifestaciones del Espíritu de Dios no sólo como sus credenciales de apóstol (2 Corintios 12.12), sino también como algo necesario para fundar iglesias en ciudades donde había oposición de fuerzas espirituales de maldad. La evangelización de choque de poder era la norma en su ministerio, parte de su trabajo para «llenarlo todo del evangelio» (Romanos 15.19). ¿Son diferentes las ciudades de hoy en día?

¿Milagros o magia?

Hemos visto que Lucas, el escritor de Hechos, era al igual que Pablo un crítico de la magia espiritual. Sin embargo, en el pasaje de Hechos 19.11, 12 relata que «se llevaban a los enfermos los paños o delantales [utilizados por Pablo como bandas para el sudor y mandiles respectivamente, dicen Vine y F. F. Bruce] de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían» (v. 12). Lucas parece tan sorprendido por aquel fenómeno que comienza su relato diciendo: «Y hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo» (v. 11).

¿Por qué escribe de esa manera? Otra vez tenemos que decir que no podemos estar seguros ya que no nos lo dice. ¿Cómo se efectuaba aquel ministerio extraordinario de sanidad y liberación por medio de objetos físicos relacionados con el cuerpo del apóstol? Tampoco lo sabemos por la misma razón.

Parece haber sólo dos enfoques posibles de este controvertido asunto: el primero, que se trataba de una actividad la cual Pablo hacía a conciencia, el apóstol permitía o incluso alentaba la práctica de llevar aquellas bandas para el sudor y los mandiles de trabajo que habían estado en contacto con su cuerpo a los enfermos y endemoniados para que fuesen sanados. El segundo, que dicha actividad no era desarrollada por Pablo de un modo consciente, e incluso que ni siquiera sabía que se estaba produciendo, lo único que el apóstol descubría era que diariamente le faltaban sus bandas para el sudor y sus mandiles, hasta que no tardó en enterarse de que otros se los estaban llevando a los enfermos y endemoniados con los resultados que registra Lucas.

¿Cuál de los dos enfoques es el correcto? Nuevamente, no podemos saberlo ya que Lucas no lo menciona. En vista de la enseñanza antimágica del apóstol, me inclinaría hacia la segunda posición como la más probable. Pablo mismo no creía que los objetos asociados con su cuerpo físico poseyeran por ello algún poder divino para sanar o romper las ataduras demoníacas. Eso hubiera sido magia espiritual, y también algo contrario a toda la enseñanza bíblica sobre cómo actúa el poder de Dios: no es el cuerpo de la persona revestida de poder lo que distribuye el mismo, sino Dios, que mora en dicha persona.

R. J. Knowling dice que Pablo estaba evidentemente realizando un amplio ministerio de sanidad y liberación unido a su labor de predicación y fundación de iglesias en Éfeso y sus alrededores. Y escribe que «aquellos que no podían ser alcanzados por las manos del apóstol» lo eran y resultaban sanados por los objetos personales «que habían estado en contacto con el cuerpo de Pablo».

En el griego, el versículo 11 es literalmente «y Dios hacía por mano de Pablo hechos poderosos, no de los ordinarios». «Por mano de» es una expresión idiomática que significa únicamente que el apóstol era el canal a través del cual fluían los poderes sanadores de Dios. De modo que Lucas no está afirmando que Pablo imponía sus manos en aquellos objetos, aunque puede ser otra posibilidad, especialmente si uno adopta la posición de que el apóstol estaba participando consciente de todo el proceso.

En cualquier caso, Lucas destaca que ni las manos de Pablo ni los artículos en cuestión tenían en sí ningún poder, ni tampoco eran mágicos. Se trataba del misericordioso poder divino sanando y liberando. Dado el lugar que ocupaba lo mágico en aquella cultura, podemos interpretar esto como la condescendencia de Dios adaptándose a las expectativas de determinado pueblo, en un momento y un sitio específicos, sobre cómo debía expresar su poder.

R. J. Knowling sugiere que «tal vez podemos considerarlo como un llamamiento al pueblo para que reconocieran que los encantamientos y amuletos en los que tanto confiaban no tenían la misma potencia que los paños y los delantales del apóstol».

Lo mismo había ocurrido con Jesús (Lucas 8.43-48) y con Pedro (Hechos 5.15, 16). Dios es Dios, y lo que hace, lo hace. ¿Quiénes somos nosotros para oponernos a Él? Si en su gran amor para con las personas atadas por la religión demoníaca y la magia de los espíritus, se adapta por algún tiempo a la concepción que ellas tienen de cómo actúa el poder espiritual (como en este ejemplo de objetos físicos asociados con la persona revestida de poder), ¿quiénes somos nosotros para luchar contra Él? Sin embargo, no debemos profanar el aspecto extraordinario de estos milagros divinos intentando reproducirlos a petición, desafiando así la soberanía de Dios y comercializando su poder como hacen algunos hoy en día.

Se precisan algunas palabras para explicar por qué considero estos «hechos poderosos no de los ordinarios» como una forma de choque espiritual. En el mundo del Nuevo Testamento a menudo se veía la enfermedad como algo procedente de los espíritus. Aunque la gente era consciente de que las dolencias físicas estaban causadas por disfunciones orgánicas, accidentes y enfermedad, también sabían que muchas de ellas tenían que ver con espíritus malos. Por lo tanto, si podían encontrar a un curandero o exorcista cuyos espíritus familiares fuesen más poderosos que aquellos que los afligían, tenían la posibilidad de ser sanados. Y lo mismo sucedía en los casos de demonización: había que buscar a un exorcista con poder superior al de los espíritus que causaban el padecimiento, así de sencillo.

Con este antecedente podemos comprender por qué las sanidades y las liberaciones efectuadas por medio de las bandas para el sudor y los mandiles de Pablo constituyeron choques de poder, en especial a los ojos de las personas. Esa es la clave. ¿Qué vio el público en aquellos sucesos?

En un principio, quizás consideraron a Pablo como un obrador de milagros cuyo espíritu, «Jesús», era más poderoso que aquellos a quienes ellos temían. Pero a medida que oían predicar al apóstol (cf. vv. 18, 20), muchos iban comprendiendo que Jesús no era un espíritu al cual Pablo manipulaba para que le obedeciese, sino el único Hijo del Dios verdadero, al cual se sujetan todos los demás espíritus. Pablo, por consiguiente, no era sino el frágil canal humano a través del cual el exaltado Señor Jesucristo revelaba su poder, y esos hechos poderosos no daban como resultado la exaltación del apóstol sino aquella del nombre del Señor (v. 17).

Pablo y los hijos de Esceva

Lo que Lucas trata de ilustrar para nosotros en el segundo choque de poder, la confrontación con los siete hijos de Esceva (Hechos 19.13-17), es que el resto de los obradores de milagros de la ciudad habían interpretado mal el poder de Pablo. Esto era consecuencia de «los hechos poderosos no de los ordinarios» que hemos estado considerando y los cuales no deberían separarse de su contexto inmediato. Otros exorcistas oyeron hablar de este poder asociado con Pablo y con su espíritu, Jesús (v. 13), y anotaron cuidadosamente la fórmula de poder del apóstol: «En el nombre del Señor Jesús» (v. 13). Es obvio que había más individuos que estaban siendo liberados por Pablo en el nombre de Jesús de los que se nos relatan, situaciones semejantes en algunos aspectos a aquella de la chica esclava de Filipos. Esta información selectiva está muy de acuerdo con el estilo de Lucas.

Exorcismo y magia judía helenística

El grupo más destacado de exorcistas que intentaron utilizar el poder espiritual de Pablo fueron los judíos (v. 13). ¿Por qué se los menciona en lugar de los asiáticos? Las respuestas de Arnold proporcionan unas ideas pertinentes en cuanto al sincretismo judío que ya descubrimos en Samaria (Hechos 8) y en Chipre (Hechos 13):

Numerosas pistas indican que el judaísmo del período helenístico había sido profundamente impregnado por las creencias mágicas de la época. H. D. Betz encuentra tal cantidad de pruebas que puede afirmar: «La magia judía era famosa en la antigüedad».

M. Simon, seguido de Goodenough y Charlesworth, descubrió tres rasgos característicos de la magia judía: (1) un gran respeto por las expresiones hebreas que algunos judíos consideraban revestidas de poder mágico; (2) una persecución del poder eficaz del nombre; y (3) un respeto abrumador por los ángeles y los demonios.

F. F. Bruce también se refiere a la popularidad de los exorcistas judíos en el mundo grecorromano y expresa:

Entre los practicantes de la magia en los tiempos antiguos, los judíos gozaban de gran respeto, ya que, según se creía, tenían conjuros muy eficaces a su servicio. Particularmente, el hecho de que el nombre del Dios de Israel no debía ser pronunciado por labios vulgares era algo en general conocido entre los paganos, e interpretado erróneamente por éstos según los principios mágicos ordinarios.

Comentando sobre el versículo 13, Bruce señala que el nombre de Jesús demostró ser tan potente en el exorcismo que los exorcistas judíos empezaron también a utilizarlo, y este uso llegó a extenderse tanto que fue más tarde denunciado con vigor en los escritos rabínicos.

Al grupo de exorcistas hebreos escogido por Lucas se les identifica como los siete hijos de un tal Esceva, judío, jefe de los sacerdotes. Bruce dice acerca de esto que posiblemente no se trata de un jefe de los sacerdotes, sino que:

[ ... ] lo más probable es que él se designara a sí mismo como «Jefe de los Sacerdotes» en algún rótulo y que Lucas lo habría puesto entre comillas si éstas se hubieran ya inventado en su tiempo. Un jefe de sacerdotes judío gozaría de gran prestigio en los círculos de la magia, ya que se trataba de la clase de persona con más probabilidad de conocer la verdadera pronunciación del Nombre Inefable. Sin embargo, no fue el Nombre Inefable, sino el nombre de Jesús, lo que sus siete hijos utilizaron en su intento por imitar el exorcismo de Pablo.

Choque de poder entre los no dioses

El choque de poder que se narra en este pasaje es único en el Nuevo Testamento y quizá en todo el relato bíblico, ya que no tuvo lugar entre Dios y los «no dioses», como suele ser el caso. Se trata de un enfrentamiento entre «no dioses», los demonios en la persona demonizada atacaron físicamente a los endemoniados exorcistas judíos. Si alguien objeta mi descripción de los siete hijos de Esceva como demonizados es que no conoce el mundo espiritual. Todos los que se dedican de esta manera al mundo de los espíritus están en alguna medida demonizados. Así es como obtienen sus poderes.

Según palabras de Jesús los judíos tenían sus propios exorcistas (Mateo 12.27). Orígenes y Justino Mártir nos relatan que los hebreos sólo conseguían éxito en este ministerio cuando echaban fuera a los demonios en el nombre del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y fracasaban al conjurarlos en el de los reyes, los profetas o los patriarcas.

Sin embargo, los hombres de esta historia no eran exorcistas judíos legítimos, sino magos, practicantes del ocultismo, casualmente de raza judía. Iban a la caza de nombres con poder, vinieran éstos de donde viniesen. Su éxito en el exorcismo, y debían tenerlo para poder mantenerse en su oficio, procedía de los poderes demoníacos asociados con su propia vida.

En este caso, los demonios que residen en la persona libran batalla con los demonizados ocultistas: los golpean, los despojan de sus ropas y los hacen huir de la casa «desnudos y heridos» (v. 16).

¿Satanás contra Satanás? ¿Demonios contra demonios?

«Pero esto es imposible», dirán algunos. «Significaría que Satanás está dividido contra sí mismo (Mateo 12.2, 26). Los demonios no pelearían con sus congéneres». ¿Y quién dice que no? Llevan siglos haciéndolo. En Mateo 12.25, 26 Jesús no está afirmando que el reino de Satanás sea unificado; lo único que dice es que no podría, como «Beelzebú, príncipe de los demonios» (vv. 24, 27), emprender un ministerio de destrucción de su propio reino. Satanás no se va a suicidar. El Señor explica que el reino del diablo está siendo sistemáticamente destruido por el poder del Espíritu de Dios a través de su ministerio de liberación (vv. 28, 29).

Deducir de esta doctrina que los demonios jamás se van a volver unos contra otros o a echar fuera a sus congéneres es erróneo. En realidad contradice las palabras pronunciadas por el mismo Jesús un poco antes en ese evangelio (Mateo 7.21-23). Los demonios echarán fuera a los demonios para aumentar el poder demoníaco. Los espíritus malos en los exorcistas demonizados expulsarán a los demonios de otras personas para incrementar el control del exorcista sobre ellas. Lo harán por la fuerza bruta y con un odio absoluto hacia los demás espíritus malos. Este principio de unos demonios que echan fuera a otros para aumentar su control se observa continuamente en las sociedades animistas. El reino entero de Satanás entre la gente animista, politeísta, idólatra y ocultista se basa en esta dualidad.

El chamán frente al hechicero

Entre los animistas siempre hay un tipo de curandero bueno y otro malo. El bueno, al que se le llama chamán, médico brujo, sanador, mago, hombre medicina <%1>o cosas semejantes actúa por medio de poder<%1>es demoníacos generalmente residentes en él o en ella. Al curandero malo se le define como hechicero, médico brujo u ocultista experto en la magia negra. Puede tratarse de un hechicero formal, cuyo <%1>papel está reconocido de antemano o informal; estar dedicado únicamente a determin<%1>ado tipo de brujería<%1> o practicarla en general. Se trata de un complejo fenómeno social.

El curandero bueno es recibido con agrado en la comunidad, pero no sucede lo mismo con el malo. La colectividad teme e incluso odia al ocultista que practica la brujería y la magia negra en medio de ella; sin embargo, cuando quiere maldecir a sus enemigos busca a menudo al hechicero. Repito que se trata de un fenómeno social complicado.

Cuando en una comunidad se da la magia negra o la brujería, por lo general en manifestaciones tales como enfermedades desacostumbradas, pérdida de las cosechas u otros sucesos negativos, el chamán debe descubrir su origen y romper ese poder espiritual maligno. Dicho poder se libera por medio del hechicero, y si los espíritus del chamán son más fuertes que los de aquél el mal se despejará. Entonces los espíritus que han ocasionado la desgracia se verán obligados a someterse a la autoridad de aquellos otros que operan a través del chamán. Por el contrario, si los espíritus del hechicero son más poderosos, puede suceder lo opuesto. La consecuencia es una batalla entre espíritus susceptible de durar varios días y cuyo resultado nunca es seguro.

Recuerdo haber escuchado el relato de un misionero que se hallaba presente en cierto poblado durante una de esas batallas espirituales. Un respetado jefe de aldea había sido endemoniado mediante brujería, por lo que se llamó al chamán y éste empezó a hacer su exorcismo. Cuando toda la ceremonia, la magia y los encantamientos habían terminado sin beneficio alguno para la víctima, el chamán hizo algo asombroso: se acostó en la tierra al lado del endemoniado y poco después entró en un trance. De repente, los espíritus que habitaban en el chamán empezaron a hablar en voz alta contra los que tenía el hombre endemoniado y éstos a contestarles. La discusión duró largo rato y fue la siguiente:

-¿Qué estás haciendo aquí- preguntó el espíritu del chamán.

-Me han ordenado venir y aquí pienso quedarme – replicó el otro.

-Yo no quiero que te quedes. Quiero que salgas de él y no vuelvas.

-No, no me iré, y tú no puedes obligarme. Soy más fuerte que tú y no podrás echarme.

-Sí que puedo … Y quiero. Haces daño a mi gente estando en ese hombre. Es el jefe de esta aldea y lo necesitamos. Sal y no vuelvas.

La conversación siguió hasta que después de varias horas los espíritus del hombre endemoniado comenzaron a debilitarse y se fueron de un modo repentino.

Aunque esto pueda parecernos extraño, no lo es ni para los espíritus ni para la gente que vive en esta clase de mundo. Repito que los occidentales tenemos aquí un problema de cosmovisión.

El chamán o exorcista vencedor salió de aquella lucha con un puesto seguro de control sobre la sociedad, más fuerte que nunca antes. De modo que el control de los demonios se ve aumentado ya sea por espíritus malos que colaboran o, como en esta historia, porque los más fuertes echan fuera a los más débiles.

Esto puede suceder incluso cuando los demonios no cooperan voluntariamente sino sólo mediante el empleo de la fuerza bruta por parte de los espíritus malos superiores. En el capítulo 8 conté la historia de Thadius. Al preguntarle a aquel demonio si estaba triste porque el espíritu más poderoso, o demonio jefe, Mentiroso, había sido expulsado de la víctima, dijo arrogantemente: «No, porque ahora soy yo quien manda».

Si Thadius hubiese estado en una posición de más fuerza, quizás habría expulsado o dominado al mismo Mentiroso para poder convertirse en el «jefe». Esta clase de guerra civil es corriente entre los demonios.

El reino de Satanás está dividido

Volviendo a Hechos 19, vemos que el choque de poder que aparece en los versículos 15 y 16 se produjo dentro del mismo reino maligno. La soberbia, la actitud desafiante y el odio de los demonios se volvieron contra sus congéneres, o al menos contra los seres humanos que estaban sirviendo al reino de Satanás. En ese sentido, el reino del diablo está dividido y su casa no permanecerá. Cuando ejercemos el ministerio de liberación podemos contar con esa división interna del reino de las tinieblas y utilizarla para contribuir al avance del reino de Dios.

En el caso de los exorcistas judíos, los demonios revelaron su estupidez. Para expresarlo con un dicho corriente, «tiraron piedras contra su propio tejado». Si simplemente hubieran cerrado su arrogante boca y cooperado con sus colegas que obraban a través de los hijos de Esceva, habrían dañado la causa del evangelio en Éfeso. Pero, en vez de ello, se hicieron responsables directos de que la guerra espiritual en la ciudad diese un giro a favor del reino de Dios. Aquel choque de poder tuvo como resultado la derrota más destructiva para el reino de Satanás en toda la historia de Éfeso y fue provocada por los mismos demonios estúpidos (vv. 17-20).

Otro choque de poder: el movimiento popular

En Éfeso multitudes enteras renunciaron públicamente a los espíritus y a los «no dioses» confesando su antigua esclavitud a ellos y desafiándolos al quemar todos sus objetos mágicos. Cualquier cosa que los había atado al servicio de los «no dioses» fue destruida. Lucas hace especial hincapié en sus libros de magia, que incluían probablemente textos ocultos, conjuros, fórmulas, rituales de protección, maldiciones, encantamientos y otros símbolos escritos de poder mágico. Aquel fue un movimiento popular hacia Cristo que supone un choque de poder tal vez jamás igualado en el relato bíblico. Como tampoco tiene parangón la inclusión de esos grandes números de antiguos practicantes de magia y ocultismo (v. 18).

Marshall comenta que:

[ ... ] aquella historia y presumiblemente otras semejantes llegaron al conocimiento tanto de los judíos como de los griegos de aquella zona, y el efecto que causó entre la gente supersticiosa fue al mismo tiempo de miedo y de alabanza del nombre de Jesús.

En unas circunstancias en las cuales la gente estaba dominada por la superstición, tal vez la única forma que había de que el cristianismo se extendiese era demostrando que el poder de Jesús superaba al de los demonios, incluso si aquellos que llegaban a creer en Cristo eran tentados a pensar acerca de su poder y su persona de formas aun condicionadas por sus primitivas categorías de pensamiento.

El uso que hace Marshall del término «superstición» resulta inadecuado; sin embargo, sus observaciones son esencialmente correctas. F. F. Bruce también escribe que:

[ ... ] estos magos convertidos renunciaron a su supuesto poder haciendo inoperantes sus encantamientos. Muchos de ellos también reunieron sus papiros y pergaminos mágicos e hicieron con ellos una hoguera … En esta ocasión se convirtieron en humo documentos de aquellos por valor de cincuenta mil piezas de plata. (El quemar libros públicamente como un repudio abierto de su contenido puede encontrar su paralelismo tanto en la antigüedad como en los tiempos modernos.) Los poderes de las tinieblas estaban derrotados, pero el evangelio se extendía y triunfaba.

Lo que se describe en los versículos 17 al 20 probablemente sucedió a lo largo de cierto período de tiempo y las mayores muestras de desafío de los espíritus habrían tenido lugar de modo repentino.

Los versículos 21 y 22 revelan el efecto que causó en el apóstol Pablo aquel movimiento popular mediante el choque de poder. La iglesia estaba ahora tan vigorosa con sus propios líderes que Pablo piensa que puede cumplir un deseo que alberga desde hace mucho tiempo: ir a Roma y de allí a España (Romanos 15.22-24). Sin embargo, aún debe registrarse otro incidente más de importancia.

El papel del culto a Artemisa en Éfeso

Este enfrentamiento condujo a una rápida extensión de la Palabra del Señor entre el pueblo (v. 20) e influyó de manera importante en la vida religiosa de la ciudad y en la economía de la misma. Entonces Demetrio, el platero (v. 24s), reunió «a los miembros de la federación de empresarios (por decirlo de alguna manera) para organizar una manifestación de protesta», dice I. Howard Marshall. La razón era, afirma Marshall, que «en toda Éfeso y sus alrededores muchos devotos de Artemisa se estaban haciendo cristianos y ya no creían en los ídolos hechos por manos humanas».

Esto representaba un grave peligro para el negocio de los plateros. La gente convertida en un choque de poder como el que describe Lucas no suele comprar ídolos. Demetrio lo sabía y decidió apelar al singular papel que desempeñaban los artífices en el culto de Artemisa (vv. 26, 27). Marshall dice al respecto que:

[ ... ] puede que a la gente ordinaria no le preocupase demasiado que Demetrio tuviera que cerrar su negocio, pero era muy posible que tomaran a pecho la posibilidad de que el templo de Diana (o Artemisa) perdiera la estima popular y todavía más, si cabe, que la diosa asociada con Efeso, pero que atraía adoradores de todas partes del mundo, pudiera ser destronada de su posición.

Esto nos introduce en el centro mismo del contexto de poder, religión, magia y paganismo de la vida efesia: la presencia del gran templo de Artemisa y el culto internacional a la gran diosa en aquella su ciudad custodia (vv. 27, 36).

En el excelente estudio que hace Clinton Arnold de Artemisa, descubrimos lo siguiente:

1. El templo de la diosa en Éfeso era una de las siete maravillas del mundo antiguo.

2. Había más individuos que adoraban a la Artemisa o Diana efesia que a ninguna otra deidad conocida en la región de Asia.

3. A la propagación del culto a la diosa coadyuvaban una perspectiva misionera de parte de sus devotos y el mes de festejos anual que se celebraba en su honor.

4. El templo ejercía un tremendo poder como centro bancario y financiero.

5. El culto también obtenía unos ingresos considerables de la gran cantidad de propiedades con que contaba en los alrededores de Éfeso. De modo que debido a su influencia económica la religión de Artemisa constituía un factor crucial en la vida diaria de la gente.

6. Se atribuía a la diosa un poder cósmico insuperable. Para aquellos que la invocaban Artemisa era Salvador, Señor y Reina del Cosmos.

7. Como deidad con poder supremo, Artemisa podía ejercer dicho poder en beneficio de sus devotos frente a otras «potestades» y demás espíritus adversarios.

8. Artemisa era también una diosa de los infiernos y por lo tanto poseía autoridad y control sobre la multiplicidad de demonios existentes, tanto de los muertos como de la naturaleza y de la vida cotidiana.

Arnold concluye su disquisición sobre el lugar que ocupaba Artemisa en la vida de Éfeso diciendo que:

[ ... ] pocos eruditos del Nuevo Testamento se han referido al culto de Artemisa como pertinente a los antecedentes de Efesios, y muchos menos aun relacionándolo con la enseñanza acerca de las «potestades» hostiles. La mayoría de los expertos descartan que haya ninguna referencia al culto de Artemisa en dicha epístola, ya que no se mencionan ni el nombre ni ningún detalle singular de dicho culto. Esta suposición puede revelarse sin embargo equivocada. Yo sugeriría provisionalmente que una comprensión del culto en cuestión es capaz de arrojar también algo de luz sobre el porqué el autor de Efesios hizo hincapié en las «potestades». Dicha comprensión podría asimismo resultar útil para entender uno de los términos con que se designa a las «potestades» hostiles.

El término que Arnold tiene en mente es kosmokrátor, traducido por «gobernadores[ ... ] de este siglo» en Efesios 6.12 (véase el capítulo 51). Las palabras de Clinton Arnold proporcionan un buen antecedente a nuestro estudio de la guerra espiritual en Efesios.

El relato del espectacular ministerio de Pablo en Éfeso comienza sólo en Hechos 19. Aunque sería interesante examinar el incidente con Demetrio y los disturbios que siguieron al mismo (vv. 23ss.), dicho incidente no aporta nada nuevo a nuestro conocimiento de la guerra con el mundo de los espíritus, salvo un caso más de hombres que utilizan la religión para su provecho personal.

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La naturaleza de los choques de poder

12 enero 2008 1 comentario
Filipos, Silas y Timoteo en Corinto, y Priscila y Aquila en Éfeso

 

Ninguna visión panorámica de la lucha de Pablo con el mundo espiritual en el libro de los Hechos estaría completa sin un estudio de su ministerio en Éfeso. Aunque no hay evidencia directa de que el apóstol se viera implicado en choques personales con demonios o endemoniados mientras estaba en la ciudad de Éfeso, si las hay indirectas de ello. Las trataremos a medida que se vayan presentando en el texto.

Pablo hizo por lo menos dos visitas personales a Éfeso (Hechos 18.19-21; 19.1-20.1), y al final de su tercer viaje misionero se encontró con los ancianos de aquella iglesia en Mileto, ya que debido al programa de permanencia en puerto de su barco, y su prisa por llegar a Jerusalén antes de la Pascua, no pudo volver a dicha ciudad (Hechos 20.16s).

El primer contacto de Pablo con Éfeso tuvo lugar mientras volvía a Jerusalén y Antioquía de Siria, al término de su segundo viaje misionero (Hechos 18.19-21). Por fortuna, el barco hizo escala en Éfeso y Pablo comenzó con su estrategia acostumbrada de evangelizar en la sinagoga a los judíos y personas temerosas de Dios (18.19). Allí obtuvo una asombrosa respuesta entre los judíos, quienes le pidieron que se quedara por más tiempo (18.20). Aunque el apóstol no accedió a ello, les prometió: «Otra vez volveré a vosotros, si Dios quiere» (18.21). Y como señal de su buena fe dejó allí a Aquila y Priscila para continuar el ministerio que había comenzado en la sinagoga.

Pablo partió entonces hacia Jerusalén, y luego viajó a Antioquía de Siria, volviendo tan pronto como pudo a Éfeso. Aquello fue el comienzo de su tercer viaje misionero (18.22, 23). Durante ese tiempo, contrario a la costumbre del apóstol, parece que estuvo solo. Había dejado a los miembros de su equipo en Asia y Europa para velar por las nuevas iglesias. En este relato, Lucas se encontraba en Filipos, Silas y Timoteo en Corinto, y Priscila y Aquila en Éfeso. Es obvio que los dones de estos últimos eran sobre todo de evangelización personal.

Luego llegó Apolos, un judío de la diáspora residente en Alejandría que pronto sería reconocido como evangelista, maestro y teólogo destacado. Era un hombre de cualidades excepcionales, «varón elocuente» (v. 24). Este término significa alguien capacitado de tal forma que podía expresarse con belleza, gracia y gran persuasión. Versado evidentemente tanto en la filosofía griega como en las Escrituras hebreas era al mismo tiempo un filósofo y un teólogo. También era «poderoso en las Escrituras». Poderoso es una palabra con la que ya nos hemos encontrado antes, dynamis, y que significa un poder no muy usual. Al igual que Pablo, Apolos había elaborado su propia estrategia de predicación en las sinagogas (vv. 25, 26a). Debido a su singular combinación de erudición griega y hebrea, estaba mejor equipado para convencer a los judíos y a los griegos que ningún otro de los contemporáneos de Pablo.

Lucas describe el encuentro de Apolos con Aquila y Priscila en el versículo 26a. Tal vez éstos esperaban otra lectura del Antiguo Testamento que reflejase el malentendido general entre los judíos de que las promesas mesiánicas ya se habían cumplido. Pero, ¡qué sorpresa cuando Apolos comenzó a enseñar «diligentemente lo concerniente al Señor»! El único fallo que pudieron descubrir en su mensaje fue su falta de énfasis en el bautismo cristiano, una parte esencial de la predicación de la iglesia, fallo que pronto corrigieron (v. 26).

Pablo regresa y ministra en Éfeso (Hechos 19.1-21.1a).

Éfeso era la capital de la provincia romana de Asia, su ciudad más grande e importante. En ella convergían cuatro rutas comerciales y tenía el mismo nivel que Alejandría y Antioquía de Siria respecto a Roma. Se trataba de una ciudad cosmopolita, con abundante población judía, griega y romana, que servía de centro político, militar y comercial del imperio.

La mayoría de la gente de allí eran, sin embargo, asiáticos; y como tales, animistas que rendían homenaje a los espíritus malos y participaban en el culto de Artemisa, patrona de la ciudad y de toda el Asia proconsular. El templo de Artemisa, una de las maravillas del mundo antiguo, se ubicaba en Éfeso, y tan grande era la atracción del mismo, atendido por cientos de sacerdotes y sacerdotisas, que atraía a gente de toda Asia (19.27).

Como centro de la cultura griega, el derecho romano y la religión pagana, Efeso sólo era superada por Roma en todo el imperio. Pablo parecía considerarla como una segunda Roma, un poder pagano que se levantaba contra el del evangelio. Atrajo a Pablo de una manera que no lo hizo Atenas y el choque de poder que tuvo allí fue quizás el más espectacular de todo su ministerio.

Volvió a su estrategia de predicar en la sinagoga de Éfeso (v. 8f), lo cual dio como resultado el ministerio más largo de ese tipo registrado en Hechos, de tres meses de duración (vv. 8, 9). Aquello sin contar su primera labor en esa misma sinagoga, seguida del ministerio de Aquila y Priscila y, finalmente, de Apolos (Hechos 18.18-26). Ninguna sinagoga en el libro de los Hechos abrió sus puertas a un ministerio de evangelización tan prolongado.

Desde el principio se presenta a Éfeso como una ciudad muy sensible al evangelio. Es evidente que Pablo no experimentó ninguna oposición a su enseñanza durante los tres primeros meses allí (v 8), aunque pronto apareció el modelo tan conocido de aceptación-rechazo (v. 9a). Está claro, sin embargo, que en Éfeso sólo una minoría de judíos endurecidos resistieron al mensaje. La oposición se afianzó y Lucas dice que el partido opositor se endureció. El término griego significa «no dejarse convencer, ser obstinado». La incredulidad es por lo general más un acto de la voluntad que una decisión basada en la evaluación cuidadosa.

Este grupo también estaban «maldiciendo el camino». A consecuencia de ello, Pablo rechazó a los incrédulos y empezó una nueva fase de ministerio (v. 9).

Escuela de evangelización

Cuando la sinagoga cerró sus puertas a la enseñanza del apóstol, éste separó a la iglesia de aquella (vv. ,10). Sin embargo esta vez no hubo violencia organizada de parte de los judíos para impedir la continuación del ministerio de Pablo, como había ocurrido en otras ciudades (v. 10). Pablo alquiló la escuela de Tiranno y siguió enseñando sin interrupción (v. 9). La escena estaba preparada para un movimiento popular hacia Cristo inigualado en todo el mundo gentil.

Se trata de la primera mención en Hechos de que Pablo utilizara una escuela como iglesia, centro de evangelización y lugar de adiestramiento. Tales escuelas eran instituciones privadas ubicadas por lo general en el centro de las ciudades principales, en zonas con jardines semejantes al ágora de Atenas. Solía funcionar por la mañana, desde el alba hasta las once aproximadamente. Ese era también el horario de trabajo matinal regular para una ciudad de Asia, al que le seguían varias horas de siesta. F. F. Bruce escribe que:

[ ... ] había más gente durmiendo a la una de la tarde que a la una de la madrugada. Pero Pablo, después de pasar las horas tempranas del día haciendo tiendas (cf. 20.34), dedicaba las de agobio y calor a su tarea más importante y agotadora, y sin duda contagió a sus oyentes su propio celo y energía de tal manera que estuvieron dispuestos a sacrificar su siesta para escucharle.

La estrategia de Pablo tuvo éxito y, según cuenta Lucas, «así continuó por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús» (v. 10).

Choque de poder

A estas alturas es probable que el lector tenga una comprensión general de la manera en que he venido utilizando el término choque de poder. Hoy en día se usa cada vez con más frecuencia, sobre todo en aquellos círculos misioneros donde la dimensión poderosa de la evangelización, e incluso de la santificación, se recalca con mayor intensidad.

Guerra espiritual y choque de poder no son sinónimos. Mientras que no podemos tener un choque de poder sin el contexto más amplio de la guerra espiritual, sí nos es posible librar dicha guerra sin experimentar choques de poder. En otras palabras: toda guerra espiritual no implica esa clase de conflictos. El choque de poder es unidimensional. La guerra espiritual tiene varias dimensiones: la carne, el mundo y el campo sobrenatural maligno. Así que, el choque de poder, por definición, sólo puede darse en el contexto de la guerra contra dicho campo sobrenatural.

Incluso en la guerra con este último, no siempre se producen choques de poder. Esta distinción es muy importante. Por desgracia muchos escritores excelentes y practicantes de la guerra espiritual se refieren a ésta y al choque de poder como si fuesen una sola cosa.

¿Cómo podemos definir el choque de poder? Algunos lo confunden con la evangelización, la vida cristiana, los milagros, las señales y los prodigios, e incluso con el echar fuera demonios. Se afirma que «evangelización siempre implica un choque de poder, en el sentido de que es llevar a hombres y mujeres de la potestad de Satanás a Dios».

¿Es esto cierto? Sí y no.La evangelización supone siempre hacer pasar a hombres y mujeres de la potestad de Satanás a Dios, y en ese aspecto es una especie de choque de poder. Sin embargo, éste debe ser algo especial o único, de otra manera no tiene ningún significado. En ese sentido la respuesta debe ser «no».

¿Se da siempre el choque de poder en la evangelización ? Esa es la pregunta clave. La contestación es «no». En algunas situaciones evangelísticas se producen choques de poder y en otras no; de otro modo sólo se referiría a la oposición general del diablo a la evangelización, la cual se da en cada situación evangelística. Sin embargo, este encuentro en un contexto de evangelización debe ser algo más que el antagonismo global de Satanás a que la gente reciba a Cristo. El choque de poder constituye una resistencia más intensa y abierta del diablo que conduce a una confrontación espiritual, tipo «oeste», entre los buenos, dicho con reverencia, y los malos. Por tanto, es mejor afirmar: «La evangelización siempre implica una guerra espiritual y en ocasiones un choque de poder».

El choque de poder se equipara a veces con la vida cristiana. «En cierto sentido», se dice, «toda la vida cristiana es un choque de poder». ¿Es verdad esto? Otra vez contestamos que sí, en el sentido de que Satanás resistirá cada paso adelante de todo cristiano en su vida espiritual, y que no, en cuanto a que dicha resistencia no siempre implicará un choque de poder. Invariablemente tendrá que ver con la guerra espiritual, pero no con el choque de poder. Por lo tanto, es más exacto afirmar que «toda la vida cristiana supone una guerra espiritual y en ocasiones un choque de poder».

El echar fuera demonios siempre implica un choque de poder, aun cuando se utilice la forma del choque de verdad; sin embargo no es cierto que el choque de poder suponga en todos los casos o principalmente la liberación demoníaca. Hay un choque de poder continuo tanto en el mundo espiritual como sobre la tierra que no implica el echar fuera demonios.

Por último, se identifica a veces con los milagros, las señales y los prodigios. En su artículo «Testing the Wine from John Wimber’s Vineyard» (Catando el vino de la viña de John Wimber), Tim Stafford dice que Wimber ha ampliado el concepto de choque de poder a «cualquier suceso en el cual el reino de Dios confronta al imperio de este mundo». «La batalla», dice Wimber, «está marcada por señales y prodigios, en particular sanidades y exorcismos como en el ministerio de Jesús».

La primera parte de esta definición es al mismo tiempo demasiado amplia y demasiado estrecha. Hay que calificar la palabra «confronta». Si con ella quiere dar a entender un único punto de crisis, entonces la definición es aceptable, en parte, porque aunque existe una confrontación continua entre los dos reinos, todos los enfrentamientos del uno con el otro no son choques de poder; sería mejor llamar a esto guerra espiritual en vez de choque de poder.

También es demasiado estrecha, ya que limita el choque de poder a «este mundo». Sin embargo, ocurre también en el mundo espiritual, en los lugares celestiales, y no sólo sobre la tierra (Apocalipsis 12.3-9). Es asimismo demasiado limitada porque un choque de poder constante se está produciendo dentro del mismo reino del sobrenaturalismo malo.

El choque de poder se produce sin que haya milagros, señales o prodigios, sanidades y exorcismos, que son siempre visibles; aunque a menudo lo es también el choque de poder. Además, ocurren fuera del contexto de la guerra espiritual y del choque de poder. Dios actúa con poder milagroso persiguiendo diversos fines, no sólo en el contexto de la guerra espiritual y del choque de poder.

¿Qué es el choque de poder?

El choque de poder es un punto crítico de conflicto en la guerra espiritual continua entre los dos reinos sobrenaturales, cuyo objetivo es la gloria de Dios o de un «no dios» y la obediencia de los hombres al Señor o a ese «no dios». Se trata de un momento de crisis, en contraste con un estado constante, que no es sinónimo ni de evangelización ni de vida cristiana, aunque pueda darse en ambos. Es un punto crítico en el proceso continuo de guerra espiritual y ocurre dentro del contexto del conflicto permanente que enfrenta al reino de Dios con el de Satanás.

El propósito esencial de cada choque de poder se fija siempre en la humanidad, incluso si tiene lugar únicamente en el reino cósmico e invisible y aunque los hombres no parezcan implicados en el mismo. La cuestión por excelencia en este universo es la gloria de Dios. Sólo por el hecho de ser Dios, el Señor debe ser glorificado ahora y por siempre. La segunda cuestión en importancia es qué va a s er Dios para esta humanidad: ¿el verdadero Dios o Satanás, el «no dios»? Dicho de otro modo: ¿A quién va el hombre a obedecer?

Por último, y esto nos llevará otra vez a los choques de poder de Hechos 19, éstos se producen en el nivel cristiano y en el no cristiano. El nivel cristiano, a falta de una palabra mejor, de choque de poder es aquel en el cual el pueblo de Dios se ve directa o indirectamente ligado. El nivel no cristiano tiene lugar entre los mismos «no dioses», cada uno de los cuales compite con los demás por el poder y la prominencia.

Concluiré con cuatro observaciones. La primera es que la liberación de poder sobrenatural que actúa sobre la base de la autoridad espiritual puede venir directamente de Dios mismo o del «no dios» sin que haya participación humana. La segunda es que dicho poder puede fluir a través de los ángeles de Dios o de los del «no dios», según los propósitos de uno u otro.

La tercera observación es que el poder mencionado es posible que venga por medio de los siervos de Dios o del «no dios». El flujo del poder sobrenatural basado en la autoridad delegada del cristiano puede ser iniciado por el creyente mismo (Lucas 10.17). Cada cristiano que participa en este tipo de ministerio actúa con fe ciega confiando por entero en que el poder de Dios se liberará a través de él o a su alrededor, de otro modo fracasa.

Se trata de una gran aventura de fe, pero a menudo puede resultar aterradora. Hace poco estaba dirigiendo un seminario de adiestramiento para guerra espiritual en cierta iglesia y, al segundo día, un turbado adolescente vino a verme cuando me hallaba a punto de comenzar la siguiente sesión. Se encontraba bajo un visible ataque demoníaco. Mientras iba a la iglesia, de repente, se había quedado paralizado y otros creyentes que pasaban por allí, al verle en apuros, le habían llevado hasta el templo.

Averigüé si se trataba de un verdadero creyente. Sí que lo era. Luego, delante del pastor y de los ancianos le impuse las manos y reprendí al poder incapacitador del mal que ataba su vida. El joven anduvo de inmediato y se regocijó en el poder y el amor de Dios. Aquel fue un pequeño choque de poder. La potencia de Dios se liberó mientras pronunciaba su palabra de derrota para el mundo espiritual. El poder paralizador maligno quedó roto en ese instante.

La cuarta es que el poder puede fluir a través de los ángeles de Dios y de sus siervos humanos al mismo tiempo. Y el mismo proceso es posible con los ángeles y los servidores de los «no dioses». En cierta ocasión estaba ministrando liberación a un magnífico joven cristiano. Había crecido en un hogar temeroso de Dios, pero durante su época de instituto y de comienzos de la universidad contrajo resentimiento hacia el Señor y hacia su familia cayendo en profundo pecado. Se había metido en drogas, además era un músico adicto al rock pesado.

Hacía poco, sin embargo, había vuelto al Señor y era un creyente renovado profundamente sincero, pero con problemas. Mientras oía mi conferencia sobre la guerra espiritual el joven experimentó una manifestación demoníaca y a lo largo de varias semanas tuve diversas sesiones de liberación con él. Durante una de las últimas entramos en contacto con el demonio jefe: Matar. Cuando se manifestó por última vez me amenazó, tanto en voz alta como en la mente de su víctima.

-¡Dr. Murphy, va a matarle! -exclamó el joven. ¡Tenga cuidado!

-No me va a tocar -respondí-. Señor, te pido que liberes el poder de tus ángeles protectores y ministradores ahora mismo y quebrantes el poder de muerte de este inmundo demonio.

De pronto Matar quedó paralizado. No podía tocarme. Pocos minutos después se rindió y salió del joven cristiano.

He hecho que esto suceda en varias ocasiones en las cuales estaban presentes demonios feroces e incontrolables en una sesión de liberación, y hasta ahora no me han dañado a pesar, tanto de sus amenazas, como de su poder para llevarlas a cabo. Estos son verdaderos choques de poder.

Con este antecedente estamos listos para examinar los choques de poder que se revelan en Hechos 19. Son por lo menos tres, todos ellos en el nivel no cristiano. Los trataremos uno a uno en el siguiente capítulo.

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Idolatría en Atenas y Corinto

12 enero 2008 Deja un comentario

Idolatra en Atenas y CorintoHechos 17 y 1 Corintios 8-10

La siguiente parada del ministerio de Pablo en una urbe intensamente demonizada fue Atenas (Hechos 17.15-34). La ciudad, llena de ídolos (v. 16) y de filósofos (vv. 18-32), estaba también atestada de gente ociosa, con demasiado tiempo libre. «Porque todos los atenienses», cuenta Lucas, «y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo» (v. 21). Pablo nunca antes se había enfrentado a una ciudad así.

Al apóstol no le gustaba ministrar solo. Comprometido con un ministerio de equipo, ahora se encuentra solo (vv. 15, 16a), con mucho tiempo libre y en una ciudad no incluida en su plan de evangelización. Lo único que hacía era esperar a que llegaran Silas y Timoteo para apresurarse a partir hacia Corinto, su primer objetivo evangelístico en Grecia (vv. 15, 16; también 18.5). Sin embargo, el espíritu sensible de Pablo estaba muy preocupado por aquella esclavitud completa a la idolatría que pudo descubrir en la ciudad. Eso le turbó más que la altivez y la resistencia de los filósofos.

Una breve ojeada a Atenas

Atenas, centro de la cultura, la arquitectura, la religión y el conocimiento griegos en el mundo antiguo era la ciudad más famosa de la vieja Grecia. Además, esta capital de la provincia griega de Atica se consideraba también el centro intelectual y universitario más importante de todo el Imperio Romano, por encima de la misma Roma. Y lo que es de más trascendencia aun para nuestro estudio: Atenas era la metrópoli de la mitología griega. Su importancia como centro religioso y filosófico no puede exagerarse. Mientras Pablo paseaba por sus calles «podía apreciar su conocimiento y admirar su belleza, pero sobre todo sentir compasión por su ceguera espiritual y deplorar sus idolatrías».

El apóstol continúa con su habitual estrategia de predicar en las sinagogas, pero es claro que con poco éxito (v. 17). También habla en la famosa ágora ateniense, llamada plaza de mercado por ser el lugar donde se efectuaban los negocios, la compra y venta de esclavos, la oferta de bienes (v. 17). Pablo siguió el método de Sócrates y de otros filósofos griegos discutiendo en el ágora cada día (v. 17).

Pablo entre los filósofos atenienses

Se mencionan las dos escuelas filosóficas griegas rivales. Los epicúreos, seguidores de Epicuro (341-270 aC.), que llevaban alrededor de 35 años enseñando filosofía en Atenas, proponían el placer como meta principal de la vida. No necesariamente el placer sensual, sino «una vida de tranquilidad, libre de dolor, pasiones perturbadoras y miedos supersticiosos (incluso, de un modo particular, el miedo a la muerte). No negaban la existencia de dioses, pero mantenían que éstos no se interesaban por la vida de los hombres». Eran materialistas filosóficos que rechazaban la existencia de vida después de la muerte. Se atenían de manera estricta a una cosmovisión atomista del mundo, afirmando que incluso el alma humana y los dioses estaban compuestos de átomos materiales. Los epicúreos eran utilitaristas, aferrados a la felicidad como meta de la vida.

El otro grupo eran los estoicos, seguidores del filósofo Zenón (340-265 a.C.), que también había enseñado en Atenas. Estos tenían una cosmovisión espiritualista y afirmaban que el fin más elevado de la vida era la autosuficiencia humana. El mayor bien consistía en no ser afectado ni por lo bueno ni por lo malo. Uno debía elevarse por encima de las circunstancias cambiantes de la existencia. Los estoicos eran los idealistas, que enfatizaban la realización moral y la importancia del deber. Afirmaban la espiritualidad del hombre y la existencia de Dios. No obstante, tenían ideas panteístas, y creían que el hombre formaba parte de ese espíritu universal llamado Dios, o mejor dicho dios. Eran los adeptos de la Nueva Era del primer siglo

El sermón de Pablo en el Cerro de Marte

El versículo 19 explica que los filósofos llevaron a Pablo al Areópago diciendo: «¿Podremos saber qué es esta nueva enseñanza de que hablas?» El apóstol no estaba siendo juzgado. Como dice Harrison: «El tribunal del Areópago era el consejo que velaba por el bienestar educativo, moral y religioso de la comunidad». Ramsay, por su parte, expresa que para dicho consejo, Pablo no representaba más que «uno de tantos maestros ambiciosos que llegaban a aquel gran centro de la educación que era Atenas buscando fama y fortuna». El Consejo del Areópago tenía autoridad para «nombrar o invitar oradores a Atenas, así como para ejercer cierto orden y moralidad».

Esa fue la razón por la que llevaron a Pablo al Areópago o Cerro de Marte. En Atenas, los conferenciantes tenían gran libertad para expresarse. La escena que se describe en los versículos 18-34 parece demostrar que los «oradores reconocidos podían presentar ante el Areópago a un conferenciante extraño y exigirle que hiciese una descripción de su enseñanza, así como que pasara una prueba de carácter».

Pablo comenzó con mucho respeto su mensaje (v. 22) declarando que sus oyentes eran «muy religiosos en todo». Luego, fijando su atención en uno de los altares que llevaba la inscripción «Al Dios no conocido», lo aprovechó como punto de referencia de la cultura de ellos para afirmar que aquel Dios, al cual habían estado adorando sin conocerlo, era el mismo que les anunciaba (v. 23).

Acto seguido, el apóstol se refiere a Dios como Aquel que se ha dado a conocer por medio de la naturaleza, es decir, de la revelación natural (vv. 24-29). El Creador es trascendente (v. 24a), separado de su creación. Esa afirmación iba dirigida a los estoicos. También es inmanente (vv. 25b, 27, 28), está comprometido en persona con dicha creación. Ahora se dirige a los epicúreos.

El propósito del cuidado cariñoso de Dios por la humanidad, según afirma Pablo, es que los hombres puedan encontrarle (v. 27). Cualquiera que le busque de esta manera lo encontrará, ya que «no está lejos de cada uno de nosotros» (v. 27). Harrison señala que el gran énfasis del apóstol en Dios como creador de todas las cosas iba contra las ideas griegas acerca de la divinidad. Los griegos sostenían que el universo físico era eterno. Cualquier cosa creada por los dioses había sido hecha partiendo de materiales ya existentes. La opinión hebreocristiana, en cambio, afirma que el único eterno es Dios y que todo lo demás fue hecho por Él de la nada (Hebreos 11.3).

El mensaje de Pablo comenzó a enconar a sus oyentes. En una ciudad repleta de templos y santuarios, el apóstol dice que Dios no habita en templos construidos por el hombre, y al afirmar que todos los seres humanos han sido hechos por el mismo Dios, y que por lo tanto son iguales ante sus ojos, «asestó un duro golpe al orgullo que tenían los atenienses en cuanto a su cuna».

Pablo concluye su mensaje afirmando que en el pasado Dios había permitido que los hombres siguieran su propio ca mino, pero que ahora mandaba que se arrepintieran y cambiasen su actitud hacia Él, hacía sí mismos y hacia sus semejantes. Luego, el apóstol alarma a sus oyentes diciendo que Dios ha establecido un día en el cual juzgará a todos los hombres sobre una base de justicia (v. 31a). Esto era algo nuevo para ellos, ya que en las ideas griegas no cabía un juicio escatológico: un momento en el que Dios interviniera directamente en los asuntos de los hombres y les pidiera cuentas de su estilo de vida.

Pablo, entonces, presenta su prueba de que ese día de juicio justo se aproxima. Puede verse en el acontecimiento histórico que ha ocurrido hace poco tiempo: Dios ha levantado de los muertos a un hombre que será el juez de toda la humanidad; esa es la prueba indiscutible de que habrá una resurrección futura en la cual los hombres darán cuentas ante Dios (v. 31b).

Aquello fue demasiado para sus oyentes, cuya cortesía, con la que habían recibido al apóstol en un principio, estaba casi agotada (v. 32). Harrison dice al respecto:

Pablo hubiera podido dar pruebas de la resurrección de Cristo (cf. 1 Corintios 15), pero su auditorio no estaba de humor para terminar de escucharle. Su alusión a la resurrección fue demasiado para que la recibieran las mentes ya predispuestas en sentido contrario de sus oyentes.

La idea de la resurrección era repudiada por todas las escuelas griegas de pensamiento. Al ser materialistas, los epicúreos rechazaban por completo la vida después de la muerte; y los estoicos, como panteístas, rechazaban la resurrección corporal.

Algunos empezaron a hacer comentarios despectivos, incapaces de ocultar su desdén por Pablo y el mensaje que predicaba. Otros trataron de mantener la apariencia de cortesía que había hecho famosos a los atenienses y simplemente se excusaron diciendo: «Ya te oiremos acerca de esto otra vez». Lucas no dice si al expresarse así eran o no sinceros.

No obstante algunos creyeron. Entre ellos, según nos cuenta Lucas, Dionisio, que era miembro del Consejo del Areópago (v. 34). Según la práctica ateniense, para formar parte de dicho consejo tenía que tratarse de un hombre muy respetado, de al menos sesenta y cinco años de edad, exfuncionario público de alto rango, rico y perteneciente a una familia ateniense. Dámaris, por su parte, era quizás una mujer piadosa que se convirtió durante uno de los mensajes de Pablo en la sinagoga, ya que en el Areópago no estaba permitida la entrada al sexo femenino. Y había otros más con ellos.

No se menciona el establecimiento de ninguna iglesia en Atenas, ni existe registro alguno de una visita posterior de Pablo para pastorear aquel rebaño. Tampoco sabemos que el apóstol enviara allí a visitarlos a ningún miembro de su equipo. Sin embargo, «según la tradición patrística de tiempos posteriores, especialmente Orígenes», en Atenas se fundó una iglesia. Uno tiene la sensación de que Pablo no quedó muy impresionado con el clima espiritual de la ciudad ni la indiferencia de los orgullosos atenienses.

Esclavitud a la idolatría

El apóstol inició su mensaje con lo más asombroso de la idolatría y el politeísmo de los nativos de Atenas. Por temor a ofender a algún dios desconocido, los atenienses habían erigido un altar con esta inscripción: «Al Dios no conocido» (v. 23). Pablo no pasó por alto lo que los turistas modernos descuidan al visitar las ruinas de aquella majestuosa ciudad: el esplendor artístico de Atenas era sobre todo religioso (es decir, idolátrico antes que artístico).

Kenneth F. W. Prior, catedrático universitario y clérigo inglés, escribió un libro titulado The Gospel in a Pagan Society [El evangelio en la sociedad pagana] en el que intenta ver la idolatría de Atenas a través de los ojos de un judío cristiano como Pablo. Prior asocia la opinión del apóstol sobre dicha idolatría con la contundente afirmación que éste hace sobre los ídolos y la demonización en 1 Corintios 10.20, 21. A Pablo le preocupaban profundamente las ataduras demoníacas que produce la idolatría a los que la practican y, según Prior, su actitud no sólo era cristiana sino también judía. Él había sido criado con el concepto de que la idolatría era demoníaca. Incluso la adoración a Jehová en forma física era idolátrica y estaba prohibida por Dios.

Aquella era la actitud que los cristianos neotestamentarios habían heredado de sus antecesores judíos, la cual llevaron consigo al evangelizar en las ciudades griegas. Ello explica por qué Pablo y Bernabé retrocedieron horrorizados cuando una muchedumbre, arrastrada de irreflexivo entusiasmo ante la sanidad de un tullido efectuada por Pablo, los convirtió en objetos del culto idolátrico.

Para Pablo, y los demás cristianos, los ídolos usurpaban el lugar que sólo les correspondía a Dios y a Jesús. Como ha escrito Michael Green, «no tendría sentido predicar a Jesús como Señor si hubiera que considerarle como una simple adición a algún panteón de dioses ya abarrotado».

Los cristianos también rechazaban cualquier idolatría debido a que ésta se había visto asociada desde hacía mucho con formas groseras de inmoralidad y perversión sexual. Ello era cierto en Atenas así como en el resto de las religiones griegas.

Blaicklock comenta que:

[ ... ] tal vez el cristiano pueda aún percibir algo de aquella profunda sensación [que Pablo experimentó en Atenas] sólo con la vista repulsiva de las imágenes fálicas. Algunos fragmentos amplios e intrincadamente esculpidos de Delos revelan la gran mezcla de carnalidad y religión que despertaba la ira de los profetas hebreos y provocan la aversión de los cristianos. Las sensualidades esculpidas en algunos templos orientales producen esa misma repugnancia. Atenas debía tener bastantes ejemplos de este uso vil del arte griego.

Es probable que hasta ese momento Atenas representara el choque más claro que Pablo había tenido con la idolatría. Se enfrentaría de nuevo a ella en Corinto y en Éfeso. No mucho después de esta experiencia, el apóstol escribió Romanos 1.18-32 y 1 Corintios 10.20, 21. En el segundo de estos pasajes, Pablo desvela plenamente las graves dimensiones demoníacas de la idolatría y el politeísmo. No importa que no se haga referencia en los Hechos a ningún choque con los demonios mientras el apóstol permaneció en Atenas. Pablo sabía que estaban allí, como también en el resto de las ciudades paganas donde predicaba al único Dios y al único mediador entre Dios y los hombres: el Señor Jesucristo.

Puesto que las enseñanzas de Pablo sobre la dimensión demoníaca de la idolatría y el politeísmo que aparecen en 1 Corintios son las más completas de todas sus epístolas, quisiera referirme a ellas. La enseñanza del apóstol en dicha epístola refleja la cosmovisión con la que enfocaba su ministerio, incluso en Atenas.

Idolatría y demonios en 1 Corintios 8-10

Sus enseñanzas más conocidas de 1 Corintios 10.20, 21 deben considerarse dentro del contexto que se inicia en el capítulo 8: «En cuanto a lo sacrificado a los ídolos … » (v. 1a). Esto nos lleva de nuevo a 1 Corintios 7.1a: «En cuanto a las cosas que me escribisteis … » Esto implica que el asunto de la comida ofrecida a los ídolos era la segunda cuestión más importante acerca de la cual le pedían ayuda, junto con la del matrimonio que se trata en el capítulo 7.

Había dos opiniones entre los corintios respecto al tema de la carne sacrificada a los ídolos. Algunos pensaban que el creyente tiene libertad en Cristo para hacer cualquier cosa que no esté prohibida por la ley de Dios. Otros creían que había que formular nuevas leyes de prohibición para algunas cosas. Los creyentes no debían tener nada que ver con los ídolos o su carne.

Pablo corrige ambas ideas exponiendo principios generales en vez de promulgar un nuevo código de leyes. Estos principios pueden luego aplicarse a cada situación, que es susceptible de examinarse a la luz de los postulados mayores. El foco de atención principal de 1 Corintios 8.1 es la regla del amor frente a la confianza de cada grupo en la superioridad de su conocimiento. De ahí su desviación aparente del problema inmediato de los ídolos y los sacrificios ofrecidos a éstos (vv. 1b-3). Lo que Pablo está diciendo es: «Debemos evitar la tiranía del conocimiento que destruye el verdadero amor entre los creyentes». Esta es una advertencia tan necesaria hoy en día como en los tiempos del apóstol.

En Corinto la idolatría estaba tan extendida como en Atenas (vv. 4-13; 10.1-3). Gordon D. Fee dice que:

[ ... ] la expresión religiosa de Corinto era tan diversa como su población. Pausanias describe por lo menos 26 lugares sagrados (no todos eran templos) dedicados a los «muchos dioses» (el Panteón grecorromano) y a los «muchos señores» (los cultos de misterios) mencionados por Pablo en 1 Corintios 8.5.

Más adelante en su comentario, Fee expresa: «El vicio y la religión florecían codo a codo. La vieja Corinto tenía tal reputación de depravación sexual que Aristófanes (ca. 450-385 a.C.) acuñó el verbo korinthiázo (comportarse como un corintio; es decir, cometer fornicación)».

Comentando sobre este problema religioso-moral, F. F. Bruce escribe: «La dificultad que tenían incluso los cristianos para resistir a la influencia de aquella particular característica corintia, queda clara para los lectores de las epístolas de Pablo a los corintios».

En 1 Corintios 8.4, el apóstol dice:

Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios.

Algunos creyentes habían estado tan acostumbrados, en su vida pasada, a asociar a los dioses con los ídolos y a las festividades paganas con la carne sacrificada a los dioses, que se contaminaban comiendo ese tipo de carne. En cuanto a esto, Fee dice que:

[ ... ] en ambos casos Pablo no atribuye realidad a los «dioses» de la idolatría. Lo que hace más bien es adelantar el argumento del versículo 7, de que tales «dioses» tienen una autenticidad subjetiva para sus adoradores; es decir, que no existen objetivamente, pero sí para aquellos que les han conferido realidad al creer en ellos. De ahí que haya en verdad «muchos dioses y muchos señores».

En el capítulo 10 Pablo vuelve a negar que un «dios» se halle implicado. Lo que no han tomado en serio los corintios, sin embargo, es que la religión pagana es el medio por excelencia de la actividad demoníaca, y que adorar a tales «dioses» supone en realidad tener comunión con los demonios.

También Leon Morris considera que Pablo está respondiendo a los hermanos más fuertes, e incluso citando sus palabras, como contraste con aquellos más débiles que se mencionan en el versículo 7. Estos creyentes pensaban que estaba bien comer la carne que había sido ofrecida a los ídolos, incluso si ello se hacía en los templos. Sus argumentos eran de dos clases.

Tal vez el versículo 4 sea una cita directa que hace Pablo de esos hermanos. «No hay tal cosa como un ídolo», expresaban. «Los dioses a los cuales pretenden representar no existen. No hay más que un Dios». Por lo tanto no existía problema alguno en comer carne que había sido sacrificada a los ídolos; es decir, a los dioses representados por dichos ídolos, ya que no existían. Uno podía incluso participar en las fiestas paganas que se celebraban en los mismos templos (v. 10). «Si los dioses no existen en realidad, no pueden hacernos ningún daño», se decían. Sin embargo, más tarde Pablo rechaza con firmeza la participación en las fiestas paganas de los templos equiparándolas con el culto a los demonios (1 Corintios 10.19-22).

La contestación del apóstol a los creyentes más fuertes en el capítulo 8 da una visión parcial, pero sólo parcial, de las ideas de Pablo sobre los ídolos y los dioses de la idolatría. Pablo estaba de acuerdo con la premisa básica que defendían dichos creyentes, e incluso se extiende en ella formulando una de las declaraciones teológicas más hermosas y profundas del Nuevo Testamento acerca de theós, Dios. El apóstol se centra en Dios como Padre y en Jesucristo como único Señor. Luego corregirá las opiniones egoístas de esos mismos hermanos más fuertes (8.1-9, 13).

Después de explicar claramente este concepto cristiano de la deidad como Dios y Señor, en contraste con los dioses y los señores del politeísmo y la idolatría, Pablo advierte a los corintios que no todos los cristianos pueden soportar el contacto con las comidas ofrecidas a los ídolos o la participación en los banquetes, acerca de los cuales dirá más tarde que debían ser evitados a toda costa (1 Corintios 10.12-22). Los ídolos y los dioses, dice el apóstol, todavía son un problema para el cristiano más débil, y no debemos perjudicar su caminar con Dios (vv. 8-13).

León Morris lo expresa de esta manera:

Pablo ha estado hablando de ese conocimiento que capacita al hombre para considerar a un ídolo como nada. Ahora puntualiza que dicho conocimiento no es universal entre los cristianos y que hay algunos más débiles que no lo han alcanzado. Desde sus días de inconversos estaban tan acostumbrados a pensar en el ídolo como en algo real que no podían sacudirse del todo esos pensamientos. Es como la situación actual en el campo misionero, donde para algunos convertidos resulta muy difícil deshacerse por entero de la creencia en la brujería.

En los versículos 10 al 12 encontramos la advertencia. Pablo dice: «Las consecuencias de que vosotros, los fuertes, ejerzáis vuestros derechos por encima de los débiles son malas. Alardeáis de que queréis edificarlos para que sean capaces de comer carne sacrificada a los ídolos e incluso cenar en un templo de ídolos. Eso es porque sabéis que el ídolo no tiene ninguna entidad y ellos también deberían saberlo.

»¿Pero los estáis edificando realmente para que se mantengan firmes? Yo digo que esa edificación es para que caigan. Es cierto que los fortalecéis, pero para que violen su conciencia. De esta manera provocáis el desastre espiritual del hermano por quien Cristo murió.

»Esto está mal y debería terminar. Estáis pecando contra esos hermanos, y al hacerlo pecáis contra Cristo».

En el versículo 13, Pablo explica cómo elabora los temas de libertad cristiana y de la conciencia más débil de otros creyentes. «Así es como actúo yo en lo que afecta a mi hermano en Cristo» está diciendo. «En primer lugar, reconozco que se trata de mi hermano y no de un individuo impersonal, casi inexistente, ajeno a mí. Le amo como hermano.

»Debo tratar con severidad el “yo” en mi vida. Es la decisión que he tomado referente a mi “yo” en relación con los hermanos: sólo haré y permitiré en mi vida aquello que los edifique. Rechazo lo que es causa de tropiezo para mi hermano. Como os digo más adelante: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”» (11.1).

En el capítulo 9, el apóstol sigue hablando de los temas generales y exponiendo los mismos principios básicos de amor y servicio a nuestros hermanos en Cristo. Morris comenta al respecto: «Pablo ha estado tratando con personas que afirmaban sus derechos en detrimento de otros y les ha dicho que eso está mal. Ahora pasa a demostrar que él mismo ha aplicado constantemente este principio, y que practica lo que predica».

Pablo empieza el capítulo 10 apelando a la historia y dejando atrás su testimonio personal. Sabe adónde quiere llegar en su tratamiento de la turbulenta historia de Israel. No ha olvidado el problema inmediato de los ídolos y la idolatría, por lo cual en la lista de pecados de los israelitas menciona esta última (v. 7a). Luego, en los versículos 7b y 8, se extenderá sobre la adoración de los ídolos por parte del pueblo de Dios y la inmoralidad que la acompañó.

Las referencias a la idolatría y la inmoralidad, consideradas juntas en la experiencia de Israel, tienen que ver con el terrible episodio descrito en Éxodo 32 del becerro de oro. Pablo cita de dicho capítulo en los versículos 7 y 8:

Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: «Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar». Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil.

Aquí tenemos la inmoralidad sexual religiosa. La gente está adorando al becerro de oro y presentándole ofrendas. Una vez que lo han hecho, se sientan a comer (la cuestión de comer en el templo de los ídolos de 1 Corintios 8.10) y luego se levantan a jugar. El juego en cuestión era un juego sexual, Pablo está diciendo; cometieron inmoralidad a la mesa del ídolo y fueron juzgados por ello. Esto es destacado de nuevo por la segunda cita que da el apóstol del Antiguo Testamento: Números 25 o la idolatría e inmoralidad con Baal en Baal-peor. En esa narración se mencionan la adoración a los ídolos, las comidas cúlticas y la inmoralidad.

Gordon Fee escribe acerca de la cuidadosa elección de palabras que hace Pablo en esta ocasión, todas ellas de Éxodo 32 y Números 25, y dice que el apóstol, al utilizar el primero de esos pasajes,

escoge la parte del relato que indica, específicamente, que el pueblo comió en presencia del becerro de oro, identificando con ello de un modo concreto, junto con 1 Corintios 8.10 y 10.14-22, la idolatría como un asunto de comidas cúlticas en presencia del ídolo … El verbo final, «y se levantó a jugar» también es posible interpretarlo como parte de esta preocupación … en este caso (tanto en la Septuaginta como en Pablo) tiene, casi con toda certeza, insinuaciones de juego sexual … Además, en el ejemplo siguiente, el comer en presencia del ídolo y los juegos sexuales se vinculan específicamente en el relato de Números 25.1-3. Por lo tanto, para Pablo este verbo lleva directo al siguiente ejemplo de inmoralidad sexual, que también se expresa en el contexto de la comida cúltica.

En el versículo 8, el apóstol enlaza el ejemplo del Antiguo Testamento con la situación en Corinto y Fee sugiere que no es una prohibición general contra la inmoralidad sexual lo que Pablo tiene en mente. Ya ha tratado ese tema en 1 Corintios 6.11, 12. Aquí a lo que se refiere es a la inmoralidad ritual; es decir, a las prácticas inmorales que encerraban los banquetes y las juergas idolátricas. ¿Qué prueba hay de esto?

Primero, el suceso veterotestamentario al que se hace referencia (Números 25.1-9) relaciona de un modo específico la inmoralidad sexual con el hecho de comer en la presencia de Baal-peor. En segundo lugar, el texto anterior (v. 7) alude directamente a las comidas delante de los ídolos asociadas con el juego sexual. En tercer lugar, Fee expresa que «en el interdicto que se hace de la prostitución en 1 Corintios 6.12-20, Pablo vuelve a aplicar la metáfora del “templo” del 3.16, 17 al cuerpo del cristiano que estaba “uniéndose” a una prostituta». En cuarto lugar, Fee sigue diciendo que:

[ ... ] una de cada dos menciones de las comidas idolátricas en el Nuevo Testamento va acompañada de alguna referencia a la inmoralidad sexual (Hechos 15.29; Apocalipsis 2.14, 20). Además, Apocalipsis 2.14 hace la misma alusión a Números 25.1, 2. Resulta muy probable, por tanto, que en cada uno de los casos, estos dos pecados estuvieran realmente asociados, como en el Antiguo Testamento y en sus precedentes paganos, y que ocurriesen en las comidas de los templos idolátricos.

Pablo enumera luego otros pecados de Israel, pero no tarda en volver con una advertencia que demuestra que ha tenido en mente la idolatría durante todo su discurso: «Por tanto [en vista de todo lo que he escrito], huid de la idolatría» (v. 14). Con dicho versículo el apóstol nos trae de nuevo a la inquietud que siente por la participación de los cristianos corintios en la idolatría, la cual se ha mencionado por primera vez en el 8.1. Fee dice acerca de esto que:

[ ... ] la base de la prohibición de Pablo es doble: su comprensión de la comida sagrada como «comunión», es decir como la singular participación de los creyentes en el culto a la deidad, a la que también se consideraba presente; y su percepción de la idolatría como el medio por excelencia de lo demoníaco.

Según Fee, la súplica de Pablo en el versículo 14 es «al mismo tiempo abrupta y absoluta». Y en el versículo 15 el apóstol escribe para demostrar cuán lógica es dicha súplica. Ellos habían alardeado de su conocimiento superior. Ahora Pablo les dice: «Apelo a vuestra sabiduría. Juzgad lo que digo». Como destaca Fee, ello no significa que deben juzgar en cuanto a la verdad o la falsedad del argumento del apóstol, sino más bien «juzgar por sí mismos que Pablo está en lo cierto».

El argumento es que si participan de la comida sagrada, es decir de la Cena del Señor, tienen comunión (koinonía) con Cristo, que está presente en dicha comida con ellos. Del mismo modo, los demonios están en las comidas ocultistas de las que han participado. Por tanto, cuando toman parte en éstas comulgan con los demonios (vv. 16-21). ¡Cuánta solemnidad y gravedad encierra este pensamiento!

En el versículo 19, Pablo aplica el argumento presentado entre el 16 y el 18 comenzando con una pregunta retórica. «¿Qué digo, pues?» Y luego divide su propia pregunta en dos partes: «¿Que el ídolo es algo … ?» «¿ … O que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos?» La construcción gramatical de ambas preguntas exige un «¡No!» como respuesta. El ídolo no es una entidad real, y la carne sacrificada a los ídolos es meramente «carne». «Todos estamos de acuerdo en eso», está diciendo Pablo.

«Sin embargo», añade el apóstol (vv. 20, 21), «aquí hay algo que habéis pasado por alto. El hecho de que un ídolo no sea un dios no significa que no intervengan seres espirituales en la adoración o los banquetes del mismo. Sí que intervienen. Hay demonios metidos tanto en lo uno como en lo otro.

»No quiero que participéis con los demonios. Si lo hacéis, en realidad estaréis teniendo koinonía con ellos, y no podréis seguir teniéndola con Cristo. Ambas koinonías son incompatibles entre sí».

Fee hace una declaración importante respecto a la relación entre los ídolos y los demonios en el Antiguo Testamento. En el versículo 20, expresa: «Pablo no está queriendo decir que los ídolos sean reales. Más bien, los corintios deben entender la idolatría en los términos de la revelación veterotestamentaria. Los sacrificios de los paganos se ofrecen a los demonios, no a ningún ser a quien pueda llamarse Dios con propiedad». Y más adelante comenta que:

[ ... ] En el desierto, Israel había desechado a su Roca, Dios, por seres que no eran dioses, sino en realidad demonios. Aunque el Antiguo Testamento mismo no contiene ninguna reflexión teológica sobre esta idea de la idolatría, se trataba casi con toda seguridad del resultado lógico de la comprensión que tenían los israelitas de que los dioses «mudos» de los paganos poseían en realidad poderes sobrenaturales. Puesto que sólo había un Dios, tales poderes no podían atribuirse a los dioses; de ahí que surgiera la creencia de que los ídolos representaban a espíritus demoníacos.

Esta afirmación de Fee es crucial y tiene una doble aplicación. Sólo porque el Antiguo Testamento no contenga un estudio teológico sistemático de los poderes demoníacos ello no significa que los israelitas no supiesen que éstos eran reales. Y lo mismo puede decirse del concepto neotestamentario del mundo espiritual en los Hechos y las epístolas. Tanto los escritores como los cristianos primitivos sabían que Satanás y los espíritus demoníacos se encontraban detrás de la maldad y el poder de los sistemas religiosos idólatras, politeístas y mágicos del mundo grecorromano. Esto era cierto, aunque salvo con unas pocas excepciones (la principal 1 Corintios 8-10) no trataran en detalle este hecho ya conocido y universalmente aceptado. Fee señala que:

[ ... ] La enseñanza de Pablo es sencilla: esas comidas paganas son en realidad sacrificios a los demonios e implican la adoración a ellos. Los que ya están unidos a su Señor y a sus hermanos en la fe mediante su participación en la Santa Cena no pueden, bajo ninguna circunstancia, participar también de la mesa de los demonios … En los templos paganos uno no está meramente comiendo con amigos, sino practicando la idolatría, hecho que implica adorar a demonios.

El versículo 22 concluye el argumento de Pablo iniciado en el 10.1 con: «Porque no quiero … », una exhortación fuerte que repite en el 20b: «No quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios». A continuación vienen las afirmaciones enfáticas de «no podéis» que aparecen dos veces en el versículo 21. ¿Quiere esto decir que nadie puede hacer ambas cosas? Esa sería una conclusión imposible, ya que se trata exactamente de lo que los corintios estaban haciendo.

¿Entonces, qué quiere decir Pablo aquí? Las palabras del apóstol significan: «Lo que hacéis no es agradable a Dios. ¡Abandonadlo de inmediato!» Y esto nos lleva a sus dos preguntas del versículo 22: «¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que Él?»

La respuesta a ambas es «No». La segunda de dichas preguntas implica un juicio de parte de Dios si su pueblo sigue flirteando con los demonios al tiempo que tienen comunión con Él. Como expresa Fee: «No es posible desafiar con impunidad los celos del Señor. Aquellos que ponen a prueba a Dios obstinándose en su derecho, a lo que Pablo insiste que es idolatría, están enfrentándose a Él, desafiándole con sus acciones, retándole a actuar».

En los versículos 23 al 33 Pablo utiliza de nuevo su testimonio personal para seguir con su argumento de que la libertad no debe ejercerse a costa del amor fraterno. En medio de esto también les dice que, tan grande es la conciencia que hay de la relación existente entre los ídolos y la carne que se les sacrifica, que el creyente debería rechazar comer de la misma incluso en las casas de los inconversos, si sus anfitriones les dicen que dicha carne ha sido sacrificada a los ídolos (vv. 27-29a). No sólo no debemos ofender a nuestros hermanos en la fe comiendo de esa carne, sino tampoco hacer tropezar al inconverso ejerciendo nuestra pretendida libertad en Cristo.

En todo debemos buscar primero la gloria de Dios y, a continuación, no ser «tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios» (v. 32). ¿Por qué? Porque hemos de vivir para el beneficio «de muchos, para que sean salvos». La gloria de Dios, la edificación de mis hermanos y la salvación de los perdidos deben ser los principios rectores para juzgarme a mí mismo en el ejercicio de mi libertad en Cristo.

Corinto era para Pablo y para la iglesia primitiva lo que un campo misionero representa hoy en día para la iglesia. Y lo mismo sucedía con Chipre, toda Asia, Grecia y Europa. Cada una de esas regiones constituía un centro de idolatría, politeísmo, animismo, panteísmo, culto a los antepasados, brujería, hechicería y adivinación, con la inmoralidad y la magia espiritual que acompañaba a estas cosas.

A menudo he leído comentarios bíblicos que afirman que en el Nuevo Testamento se dice poco de la idolatría en comparación con el Antiguo, y que aquella no era un problema real en las iglesias gentiles. Nada hay más lejos de la verdad. Lo que encontramos aquí revela que la idolatría era un problema verdadero en Corinto y en todas las iglesias paulinas. Si somos consecuentes con la opinión que profesamos acerca de la inspiración del Nuevo Testamento, lo que Pablo escribió a los corintios era aplicable a todos los creyentes que se encuentran en circunstancias semejantes. Los principios esbozados, no las situaciones específicas, son supraculturales: trascienden la situación cultural de un sitio y se aplica a todos los creyentes en todo tiempo y en cualquier parte del mundo.

Cuando estamos dispuestos a admitir que todo esto formaba el contexto sociocultural de la generalidad del mundo del Nuevo Testamento, empezamos a entender que los choques de poder en la esfera espiritual eran constantes, aunque sólo se mencionen algunas veces. Esto era especialmente cierto, como lo es hoy en día, en la expansión misionera de la iglesia. Aunque sólo se nos den atisbos esporádicos de ellos e instrucciones ocasionales acerca de su realidad, debemos entender que el problema era universal en esos primeros tiempos de la misión cristiana, del mismo modo que lo es hoy en día.

Fee lo resume diciendo que:

[ ... ] Lo que Pablo está prohibiendo finalmente es cualquier relación con lo demoníaco. La forma como se aplica eso a las culturas occidentales modernas puede ser discutible; tal vez lo que la mayoría de los cristianos de Occidente necesitan aprender es que lo demoníaco no es algo tan lejano como muchos quisieran creer.

Los creyentes de Atenas, Corinto y otras ciudades del campo misionero constituido por el mundo grecorromano donde Pablo y los demás cristianos primitivos fundaron iglesias, debieron enfrentarse a diario a esta cuestión. A medida que la epístola que nos ocupa circulaba entre las iglesias, éstas iban aplicando las palabras del apóstol a su propia situación, que sin duda era muy parecida.

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