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BARRERAS DE LA VIDA CRISTIANA NORMAL

juicio de DiosMuchos cristianos, incluso líderes, dejan de alcanzar el ideal bíblico. ¿Por qué? Es posible que haya tantas razones distintas como cristianos que se empeñan en conseguirlo.

Considerar la salvación como un escape del juicio por el pecado

Tal vez muchos creyentes no interpreten totalmente la norma bíblica porque no están en verdad interesados en alcanzarla. Para aquellos que pertenecen a esta categoría, el enfoque de su encuentro con Cristo es a menudo el de su salvación personal de la culpabilidad y el castigo por los pecados. Aunque este énfasis armoniza con la Escritura cuando uno empieza a caminar con Dios, no es suficiente para una vida que pudiera llamarse «cristiana» en todo el sentido de la palabra.

La experiencia de uno de mis compañeros de instituto ilustra bien este caso. Cuando era un sincero católico romano con una profunda conciencia de Dios, tenía hambre por conocer al Señor de una forma personal, pero no lo encontraba en mi iglesia. Llevaba una vida muy moral y era conocido como uno de los «buenos chicos religiosos» del centro.

Las únicas iglesias protestantes de las que sabía algo eran las que llamábamos de los holy rollers (santos revolcones). ¡Y vaya si se revolcaban! Recuerdo una congregación que se reunía a algunas manzanas de mi casa. Cuando pasábamos cerca de ella durante los cultos de la noche, podía oír su «adoración» a la distancia.

Al principio aquello me divertía, pero más tarde llegué a sentir repulsa hacia su frenesí emocional. Me parecía misterioso, casi aterrador. Me alegraba de no pertenecer a aquel tipo de iglesia. De vez en cuando un grupo de amigos nos asomábamos por una de las ventanas para contemplar el espectáculo. El ruido era increíble. Hombres y mujeres gritaban y caían al suelo. Todo parecía una completa confusión.

Uno de mis compañeros de escuela era un simpático protestante «inconverso», como yo lo era católico romano. Él también llevaba una vida muy recta. Disfrutábamos de nuestra amistad, amábamos el aire libre, los deportes y las cosas buenas que los chicos hacían en la escuela sin verse envueltos en actividades «pecaminosas».

Cierto día oí que mi amigo había «sido salvo» en una reunión de los holy rollers.

John -le preguntamos un grupo de compañeros -hemos oído que «fuiste salvo» el domingo pasado. ¿Qué significa eso?

Bueno -respondió -el pastor predicó sobre el infierno y me dio tanto miedo que decidí no ir a aquel lugar si podía evitarlo. Dijo que si pasábamos al frente y confesábamos nuestros pecados «seríamos salvos». De modo que lo hice. No quiero ir al infierno.

-¿Qué más te dijo?

-Me explicó que ir al cine y a los bailes es pecado contestó -. Debo permanecer al margen de esas cosas o todavía podría acabar en el infierno.

Aquello fue demasiado para nosotros. Aunque comprendía lo del pecado y creía en el infierno, nunca había oído decir que el cine y los bailes fueran cosas pecaminosas y pudieran enviarte allí. Todos le dijimos que dejara la iglesia de los holy rollers y así lo hizo después de algún tiempo.

Según él mismo explicó, había pasado al frente para «ser salvo» «escapar del infierno».Evidentemente allí no se presentaba el amor y la belleza del plan de salvación de Dios; o por lo menos él no lo había comprendido.

¿Había encontrado en realidad al Señor? No lo sé. Tal vez fuimos nosotros la voz del maligno y a través de quienes la Palabra sembrada fue quitada de su corazón (Mateo 13.19). O quizá jamás le dieron la «palabra del reino» y no hubo en realidad una verdad firme que arrebatar de su vida.

Considerar la salvación como recibir a «Dios el siervo»

Otros que encajan en la categoría de creyentes que no desean de veras una vida totalmente agradable a Dios han abrazado el evangelio de «Dios el criado», como he decidido llamarlo. Se les ha dicho, de forma directa o indirecta, que si acuden a Cristo tendrán una vida agradable de allí en adelante. Todo irá bien. Dios se convertirá en su divino criado. Proveerá para todas sus necesidades. «Dios quiere que seas feliz», les dicen, «y está disponible para hacerte prosperar en la vida».

Si no les gusta su trabajo actual y quieren uno mejor, Dios se lo proporcionará. Si están enfermos, los sanará. Si necesitan un coche más nuevo y cómodo, no tienen más que pedirlo. Él posee «los millares de animales en los collados», les explican. «Él es tu Padre y compartirá contigo sus riquezas materiales».

Cuando tres años después de convertirme tomé la decisión de vivir a totalidad para el Señor, las cosas no me fueron demasiado bien. En realidad me sucedió exactamente lo contrario: mi madre renegó de mí como hijo, una especie de deber sagrado en aquellos días para los padres católicos cuyos hijos se hacían protestantes; fui directo a la escuela bíblica, pero con tan poco dinero que apenas tenía para hacer una comida diaria los fines de semana cuando se cerraba la cafetería del centro.

Mi novia rompió nuestro compromiso. Estaba convencido de que Dios me había llamado a las misiones, pero ella no quería estar casada con un misionero. Me dijo que tenía que elegir entre ella y la voluntad de Dios. La quería, sin embargo también deseaba obedecer a Dios. Por último escogí hacer lo segundo y el dolor acompañó a mi decisión.

Poco después me vi atacado de frente por demonios. Pensé que estaba volviéndome loco. El foco del ataque se hallaba en las palabras de un sacerdote católico, el cual me dijo que si abandonaba la Iglesia de Roma para hacerme misionero protestante estaba condenado al infierno. Cierta mañana me desperté con la sensación de una presencia maligna en mi dormitorio. Estaba atemorizado. Pensé que veía al diablo o a un demonio en mi habitación. «Vas a ir al infierno», me decía, «has dejado la verdadera iglesia de Jesucristo. Estás perdido».

El miedo me invadió. Sentía náuseas y temblaba de la cabeza a los pies. El terror palpitaba dentro de mí. Mi mente se volvió confusa e intenté asegurarme a mí mismo que se trataba de una mentira. Sabía que Jesús había dicho: «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida» (Juan 5.24).

El Espíritu Santo había utilizado aquel versículo tres años antes para traerme a la seguridad de la salvación como don de Dios mediante la fe en el Señor Jesucristo. Lo había significado todo para mí hasta entonces. Ahora no me decía nada. Eran sólo palabras; palabras sin el poder que antes tenían. ¡Estaba perdido! ¡No había esperanza para mí! ¡Me dirigía al infierno!

Oré. Mi compañero de cuarto, un creyente vigoroso, pidió por mí al Señor. Nada me ayudaba. Sentía que me deslizaba cada vez más en un pozo de oscuridad. Era un pozo de miedo, ansiedad y puro terror.

Aunque sabía que todo aquello procedía del diablo, eso no cambiaba las cosas. No podía resistirle. No podía encontrar la fe ni la fuerza necesarias para contraatacarle. Intenté utilizar «la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios», pero parecía como si la misma estuviera embotada y el Espíritu me hubiese abandonado.

Clamé a Dios, pero parecía no oír ni me contestaba. Se escondía de mí. Mi desesperación no comenzó una mañana temprano y terminó aquella misma noche, sino que continuó día tras día y noche tras noche durante una semana entera. Llegué a sentirme tan mal y tan asustado que apenas podía levantarme de la cama o asistir a mis clases. Estaba convencido de que iba camino al infierno. El terror me dominaba. Mi piadoso compañero de cuarto informó a los diversos grupos de oración que se reunían en la universidad y oraron fielmente por mí; pero nada ayudaba, en realidad las cosas se ponían peor.

Por la providencia de Dios, con el final de aquella semana llegó el día de oración semestral y, aunque la asistencia a las reuniones era obligatoria, no acudí. Tenía demasiado miedo. Sin embargo, más tarde, mientras estaba tumbado en la cama, sentí de repente el impulso de levantarme e ir a una de las salas donde los estudiantes varones estarían orando. Tenía la seguridad de que si Dios había de liberarme lo haría tal vez allí con ellos, en oración.

Al entrar en la sala todavía tenía miedo. Los hombres se levantaban de uno en uno y dirigían a los demás en oración. Jamás había orado hasta entonces en voz alta en una reunión pública; sin embargo, antes de que me diera cuenta de ello, estaba de pie orando con toda mi alma. Clamé sin reparos al Señor y le recordé que era su hijo. Le amaba, quería que llenara mi vida de su amor y su paz, y que me quitara todos mis temores. Le repetí sus promesas de vida eterna en su Hijo Jesucristo.

Seguí orando y orando, asustado pero decidido a ser libre de mis miedos. Cuanto más oraba, recordando a Dios sus promesas de vida y paz en su Hijo, tanto mayor se hacía mi convicción de que me estaba escuchando e iba a contestarme. Poco a poco la paz fue inundando mi alma y las tinieblas retrocedieron. Hasta que por último todo se volvió resplandeciente. Las tinieblas habían desaparecido por completo y supe que Dios me había oído y restaurado el gozo de mi salvación (Salmo 51.12).

Dios el proveedor soberano

Algún tiempo después de aquella terrible experiencia, escuchaba a un evangelista rogar a la gente que se entregara Cristo, su mensaje era lo que ahora llamo un sermón de «Dios el criado». Uno de mis amigos que estaba conmigo lo calificó de teología del «capullo de rosa»: Ven a Cristo y la vida será para ti un lecho de rosas. Recuerdo haber comentado entonces: «El único problema es que las rosas tienen espinas». Esto no quiere decir que Dios no sea el proveedor. Uno de sus nombres es Jehová Jireh, que significa: «el Señor es nuestro proveedor» o «el Señor proveerá». Es nuestro ayudador, libertador, sanador. Pero es Dios, no nuestro criado. En su sabiduría y soberanía, no siempre provee como esperamos; ni ayuda del modo que creemos que debería hacerlo; ni nos libera como suponemos que ocurra; ni sana de la manera que deseamos.

En Hebreos 11.4-35a leemos el relato de aquellos que recibieron provisión, fueron ayudados, liberados, sanados e incluso resucitados de los muertos. Estas son las «buenas nuevas» desde un punto de vista humano. Las «malas nuevas» según esa misma perspectiva aparecen en los versículos 35b-40. Allí se habla de los que no recibieron provisión, no fueron ayudados, liberados ni sanados. Y las palabras que separan a los dos grupos las tenemos en el versículo 35b: «Mas otros fueron[ … ]»

Las barreras de la ignorancia, las malas decisiones y la ceguera

La tercera observación acerca de por qué tantos creyentes no viven la vida cristiana normal es bastante distinta. Muchos están en verdad interesados en hacerlo, pero se enfrentan con problemas en su propia vida que los desconciertan y confunden. Millones de cristianos quieren seguir a Cristo de todo corazón. Lo aman de verdad y desean obedecerle. Sin embargo parecen obstaculizados en su vida cristiana y no saben por qué. No tiene nada que ver con la sinceridad, estos creyentes no podrían ser más sinceros.

Hace poco tuve el privilegio de participar en un estudio bíblico para líderes cristianos dirigido por Bill Lawrence, profesor adjunto de Estudios pastorales del Seminario Teológico de Dallas, hablaba de la «capacidad e incapacidad en la vida cristiana». Su mensaje era en parte autobiográfico y relataba sus luchas para aprender a vivir la vida cristiana normal.

«Traté durante muchos años de practicar la vida cristiana», explicaba Bill. «Leía en la Palabra de Dios que hemos de ser obedientes e intentaba serlo. Observaba que había que tener fe y trataba de tenerla. Descubría que debíamos someternos al señorío de Cristo e intentaba someterme. Me enseñaron que lo único que necesitaba era aprender sus mandamientos en la Biblia y decidir ponerlos en práctica, y que sería capaz de hacerlo. Lo intenté pero fui incapaz de lograrlo.

»¿Qué resultó de todo aquello? Un enorme encubrimiento. Como no quería que la gente me conociera, edificaba muros alrededor de mí para mantener a los demás alejados. Me esforzaba en dar la impresión de que era un cristiano victorioso (especialmente como pastor) e intentaba demostrar a todo el mundo el gran valor que tenía para Dios. No sabía que el Señor me estaba preparando para que pudiera fracasar».

Al utilizar el relato de la alimentación de los cinco mil que hace Lucas 9.12-17, Bill desarrolló su tema para mostrar cómo todo aquel incidente fue «preparado» por Jesús para enseñar a sus discípulos su incapacidad y la capacidad del propio Señor para hacer de ellos lo que deseaba que fuesen.

«Somos como jugadores de waterpolo», expresó Bill. «Vivimos casi siempre en la parte honda de la piscina sin que se nos permitan “tiempos muertos”. Debemos aprender que nunca somos capaces de alimentar a las multitudes.

»Se nos adjudica una responsabilidad imposible de llevar, con recursos totalmente inadecuados para enfrentarnos a problemas abrumadores y todo ello en el contexto de la guerra espiritual. De modo que nuestro ministerio es siempre sobrenatural.

»En nuestras vidas, Jesús sigue el principio del “bendecir y partir” como hizo con los panes y los peces (Lucas 9.16). Primero se les dijo a los discípulos que hicieran lo que pudieran con los recursos que tenían (vv. 13b-15). Y cuando obedecieron, Jesús tomó aquello con lo que contaban y lo bendijo (v. 16a).

»Él tomará los dones y la experiencia que ya tenemos y los bendecirá. Debemos bendecirle por lo que nos ha dado, continuó Bill. Y luego nos amonestó. No juguéis al juego de las comparaciones. No digáis: “Cómo me gustaría ser alguien distinto”; ni tampoco: “Quisiera tener lo que otros tienen”. Eso no es más que una crisis de identidad. Dios nos ha hecho a cada uno un hombre nuevo en Cristo y Él obrará a través de cada uno.

»Tenemos tres cosas: aptitudes, limitaciones y defectos. Él bendecirá y multiplicará los dones y las experiencias que nos ha dado. Estas son nuestras aptitudes. Dios nos ha dado también limitaciones, las cuales ha definido de manera soberana. El conocer mis limitaciones es tan importante como saber cuáles son mis aptitudes. Mis defectos son las debilidades de la carne y constituyen aquellas áreas de mi vida en las que necesito crecer».

Me interesó mucho su referencia a los defectos, ya que estaba trabajando en este capítulo cuando asistí al estudio bíblico. Al preguntar a Bill sobre el origen de ellos, respondió que hay tres fuentes de defectos: la ignorancia, las malas decisiones y la ceguera.

A menudo los creyentes no saben quiénes son en Cristo.Cuando descubrimos nuestra identidad en el Señor, empezamos a confiar verdaderamente en Él y tenemos libertad para correr riesgos por Él, e incluso para caer y aprender de nuestros fallos.

Decidir mal es desobedecer de manera intencional a la Palabra de Dios.

Por último, la ceguera consiste en no reconocer nuestras propias debilidades. Mucho de esto procede de la manera en que hemos sido educados, tanto en nuestros hogares como en nuestras iglesias. No somos capaces de reconocer la realidad del pecado que hay en nuestra vida; es decir, lo echados a perder que estamos realmente. Construimos nuestra vida sobre fundamentos defectuosos.

Hablando de la forma de salir de nuestra ceguera, Bill sugería tres cosas:

La primera es que debemos andar en el Espíritu de Dios. La segunda, que hemos de abrir la Palabra de Dios. Y la tercera, que necesitamos ser receptivos a la ayuda y la amonestación de los demás.

Como afirmaba Bill Lawrence, en la mayor parte de la enseñanza acerca de la vida cristiana normal se presenta con fuerza el ideal: escuchamos sobre la clase de vida que debemos vivir y se nos dice que hemos de someternos al señorío de Cristo y esforzarnos por seguir el modelo bíblico.

Sin embargo, el problema es el siguiente: La vida cristiana normal consiste en algo más que resolución humana o actitudes correctas; es incluso más que un asunto de sumisión a Dios y al señorío de Cristo. El elemento que se omite en muchas de las enseñanzas sobre la vida cristiana normal es toda la dimensión bíblica de la guerra espiritual. Y parte de ella incluye un tratamiento realista de las dificultades que plantea la vida cotidiana.

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. 5 junio 2014 en 7:13 PM

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