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Expresiones Bíblicas Que Denuncian el Origen de Las Escrituras

espiritu santoDios «inspiró» o «insufló» las Escrituras

Toda la Escritura es inspirada por Dios [theoŒpneustos] y útil (2 Ti 3.16). Este es el único pasaje bíblico que usa el término theoŒpneustos para la inspiración de las Escrituras. La inspiración de los profetas y sus escritos nunca se describe en la Biblia como un «soplar» de Dios sobre ellos, ni hay otros pasajes que aclaren directa y explícitamente el sentido del adjetivo «inspirado» que utiliza 2 Ti 3.16.

Sin embargo, muchos pasajes atribuyen el origen de las Escrituras al Espíritu (Pneuma) de Dios que significa también «soplo» y es raíz de theoŒpneustos. Este hecho, y el uso de theoŒpneustos en 2 Ti 3.16, han provocado que el término inspiración se use casi exclusivamente con referencia a la producción literaria («inscripturación») de la Biblia. El antecedente bíblico del concepto parece sugerir que el término implica que:

1. Las Escrituras han venido por la operación directa y especial del Espíritu Santo.

2. Como inspiradas por el «soplo» que imparte vida, son vivas y vivificadoras (Jn 5.39; Heb 4.12; 1 P 1.25).

3. Como inspiradas y vivas, son dinámicas con el poder de la palabra activa y creadora de Dios (Heb 4.12b; cf. Ro 1.16; 1 Co 1.25).

Mediante el nuevo nacimiento, esta palabra vivificadora crea una nueva humanidad, restaurada a la imagen divina que perdió el primer Adán (Ef 4.24; Col 3.10; 1 P 1.23-25).

Aunque algunas versiones traducen la primera frase de 2 Ti 3.16 restrictivamente («toda escritura inspirada es útil»), preponderantes argumentos gramaticales favorecen la construcción predicativa («toda escritura es inspirada y útil»). Así, el pasaje implica la inspiración plenaria del Antiguo Testamento; es decir, toda la Escritura que Timoteo conocía desde su niñez, la cual ha venido por la operación directa y especial de Dios mediante el «soplo» de su Espíritu. No obstante, la expresión de este concepto es breve, casi parentética; el pasaje insiste más bien en la eficacia salvadora y la utilidad práctica del Antiguo Testamento (2 Ti 3.14-17).

El Espíritu Santo «llevó» a los autores bíblicos

«Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana sino, siendo llevados por el Espíritu Santo, personas santas hablaban de parte de Dios» (2 P 1.21, original griego). El adjetivo «llevados» (traducido inexactamente por «inspirados» en RV) viene del verbo griego fero (llevar, traer), que por lo general se aplicaba a los impulsos o influjos del Espíritu Santo o de otros espíritus (1 Co 12.2).

En Hch 2.2 este mismo participio griego describe el «recio viento arrastrador» de Pentecostés, haciendo eco de una expresión en que la LXX alude a un torbellino o remolino violento de agua (Éx 14.21; Job 17.1; Is 17.13, LXX). Paralelamente, el «viento huracanado» de Hch 27.14-17 arrebata y arrastraba (fero) la nave en que viajaba Pablo.

En todos estos pasajes resulta claro el sentido del lenguaje figurado en 2 P 1.21: el adjetivo «llevados» señala claramente la poderosa iniciativa y dirección del Espíritu Santo en la labor de los profetas.

En el Antiguo Testamento solo el falso profeta hablaba por su propia voluntad (Jer 28.15; 29.9). Al verdadero profeta, Dios siempre lo impulsaba. Los rabinos insistían en esta verdad y consideraban como blasfemia atribuir un solo versículo a la voluntad o sabiduría del autor y no a Dios. En este sentido, aun Caifás, el sumo sacerdote, proclamó inspiradamente el sacrificio de Cristo (Jn 11.51).

Dios llamó a los profetas, los preparó desde su nacimiento (Is 49.1, 5; Jer 1.5-9; Am 7.14, 15; Gl 1.15) y les mandó proclamar y escribir sus palabras (Éx 17.14; 34.27; Is 8.1; 30.8; Jer 27-32; 36.1-4, etc.). A menudo este impulso profético se siente como una carga que excede las fuerzas del profeta, pero ante la que no se puede resistir (Jer 23.33-38 RV 1909), o «la mano del Señor» puesta sobre el profeta (Ez 1.3).

Aun cuando 2 P 1.21 afirma categóricamente que las Escrituras son de origen divino, no pretende explicar cómo el Espíritu llevó a los autores inspirados. Reconoce, sin embargo, una activa participación humana. El versículo comienza negando que la profecía haya venido por voluntad humana, pero termina subrayando la plena e integral humanidad de los autores en el proceso inspirador: «hablaban, llevados por el Espíritu Santo, de parte de Dios, hombres» (orden del griego).

Aunque la inspiración no fue primordialmente por voluntad humana, tampoco era sin la voluntad consciente de los autores, como si fuera un escribir involuntario o dictado mecánico. El éxtasis, el frenesí o el «entusiasmo mántico», típicos de la inspiración pagana, no caracterizan el proceso de inspiración bíblica (Calvino, sobre 2 P 1.21). El espíritu profético mueve y guía a personas santas, quienes averiguan (Lc 1.1-4), analizan y escudriñan (1 P 1.10s), consultan y comparan fuentes, luchan por comunicarse (Ec 12.10; 1 Co 2.4; 7.8) y se expresan cada una con su propio estilo literario. Este proceso vivo de confluencia dinámica se refleja en 1 P 1.10-12.

El Espíritu Santo «enseñó» a los autores bíblicos

En 1 Pedro 1.10-12 se describen ministerios pedagógicos del «Espíritu de Cristo» en los profetas veterotestamentarios, mediante la búsqueda y la investigación hecha por autores humanos. El Espíritu enseñaba e indicaba y señalaba hacia Cristo, los profetas inquirían e indagaban, «escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos». Jesús también prometió que el Espíritu Santo enseñaba a los discípulos, haciéndoles recordar las enseñanzas de Cristo y guiándoles a toda verdad (Jn 14.26; 16.13; cf. Lc 12.12).

Toda la predicación de la cruz, afirma Pablo, sobrepasa enteramente la sabiduría de este siglo (1 Co 1.18-2.16), porque es sabiduría de Dios revelada por el Espíritu Santo que escudriña lo profundo de Dios (1 Co 2.6-11). Pablo emplea las palabras que enseña el Espíritu, «acomodando lo espiritual a lo espiritual» (2.13; cf. vv. 1, 4), por eso los espirituales entenderán su mensaje con discernimiento carismático (2.14-16). Todo el proceso comunicativo, desde la inspiración del mensaje apostólico hasta su expresión verbal y su interpretación personal, es obra del Espíritu Santo, quien por sus intervenciones secretas y misteriosas enseña a quienes viven del Espíritu.

El Espíritu Santo «habló» por los autores bíblicos

«El Espíritu de Jehová ha hablado por mí», atestigua David, «y su palabra ha estado en mi lengua» (2 S 23.2). El Antiguo Testamento afirma lo mismo unas cuatro mil veces mediante variadas formas de la fórmula, «dice el Señor». La palabra sale de la boca de Jehová (Dt 8.3; Is 55.11) y va al profeta (Jer 1.2s; 11.1), Dios la pone en la boca de este (Nm 22.38; Dt 18.18s; Is 59.21; Jer 1.9).

El Profeta «habla de la boca de Jehová» (2 Cr 36.12) y «en nombre de Jehová» (Dt 18.19), de modo que sus palabras son lo que «la boca del Señor ha dicho» (Is 1.20; 40.5). «La boca de Jehová» se refiere también a la proclamación oral profética como promesa (Is 40.5; 55.11s), amonestación (Dt 8.3; 2 Cr 35.22; Is 1.18-20), exposición de la voluntad decretiva de Dios en la historia (Lm 3.38), o a su revelación general en la naturaleza (2 Cr 22.9; Sal 18.8 y quizás Is 34.15-17).

El Nuevo Testamento reitera el concepto de inspiración. Según Hch 3.18 «Dios ha cumplido así (en la muerte de Cristo) lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer». Pedro afirma que «el Espíritu Santo habló antes por boca de David» (Hch 1.16), y según Lucas esta fue también la convicción de la congregación primitiva (Hch 4.25) y de Pablo (28.25) en cuanto a Isaías. El autor de Hebreos atribuye también al Espíritu Santo las palabras del Antiguo Testamento (3.7; cf. 9.8; 10.15). Los profetas «hablaron en el Espíritu Santo» (Mt 22.43; Mc 12.36; cf. Lc 20.42) para proclamar Señor a Cristo. Por tanto, sus escritos son «lo que os fue dicho por Dios» (Mt 22.29-31; cf. 2.15; Mc 12.24-27).

En resumen

El concepto bíblico de inspiración incluye:

1. Dios (Espíritu Santo) es el que habla en las Escrituras.

2. Los autores humanos son los agentes de que se vale Dios, y hablan en su auténtica humanidad.

3. Como inspirados, los escritos proféticos son verdaderamente la Palabra de Dios.

4. El tema central del mensaje es la persona y la obra redentora de Jesucristo.[1]


[1]Nelson, Wilton M., Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, (Nashville, TN: Editorial Caribe) 2000, c1998.

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