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LA CARNE CONTRA EL ESPÍRITU

Digo, pues: Andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne.

El mandamiento es «Andad en el Espíritu».

Aunque está ciertamente relacionado con lo que antes se dijo (vv. 13-15), la exhortación al amor fraternal, también introduce lo que viene a continuación. El versículo 15 tal vez implica que la iglesia de los gálatas estaba profundamente dividida.

En realidad, el carácter de la epístola revela a una iglesia en discordia a causa de los legalizantes, quizás judíos cristianos celosos de la Ley mosaica. Las tensiones debieron ser profundas entre los creyentes como lo son en tantas iglesias hoy en día. Por lo tanto, Pablo les dice cómo experimentar el amor fraternal que Dios quiere que exista entre ellos. Dicho amor viene, expresa el apóstol, de «andar en el Espíritu».

El proceso clave: Andar en el Espíritu

Referente a lo que sigue, es decir, a la guerra entre la carne y el Espíritu, Pablo expone ante ellos el mismo y único secreto para la victoria: «Andad en el Espíritu».

Longenecker señala:

La palabra traducida por «andad», peripatéo (caminar, transitar) aparece con frecuencia en las cartas de Pablo, y de vez en cuando en las de Juan, en el sentido figurativo de «vivir» o «conducirse»[ … ] el uso figurativo de peripatéo procede del hebreo (halak), término utilizado reiteradamente en el Antiguo Testamento para expresar el «caminar» o el «conducir la propia vida» [ … ]El presente del imperativo peripateite, que denota una exhortación a la acción en progreso, implica que los gálatas debían continuar con lo que habían estado haciendo hasta entonces, es decir, experimentar la presencia y la operación del Espíritu en sus vidas (cf. 3.3-5) y vivir por la fe (cf. 5.5).

La victoria sobre la carne es, pues, un proceso: vivir, andar y ser guiados por el Espíritu. El énfasis está puesto en el proceso y no en la crisis.

¿Y qué de las experiencias dramáticas?

Es muy importante para nuestros días, cuando tanto se destacan las experiencias dramáticas con el Espíritu como la puerta a la santificación, al poder en la vida del cristiano y a un nivel único en la fe del cual fluirán todas las demás bendiciones prometidas al creyente. Ciertamente las experiencias con el Espíritu suceden y deberían suceder. Hay veces en las que Él «cae sobre» los creyentes tanto individualmente como en grupos; «viene con sanidad»; visita a su pueblo dirigiendo períodos de avivamiento durante los cuales se hace más por el reino de Dios en unas pocas semanas o meses que en las décadas anteriores.

 

Todos deberíamos anhelar esas visitaciones del Espíritu de Dios. Yo lo hago. Vivimos en una hora peligrosa, pero también en un momento de oportunidades sin precedentes para cumplir el mandato redentor de llevar el evangelio a todos los sectores de la humanidad (Mateo 28.18-20); y tal vez no completaremos esa tarea sin una visitación divina de este tipo a escala mundial. En algunos lugares e iglesias ya ha empezado.

Las experiencias auténticas con el Espíritu Santo se están multiplicando, especialmente en el Tercer Mundo. En mi ministerio con dirigentes cristianos en el extranjero, me siento constantemente humillado por los muchos dones y experiencias del Espíritu que Dios está dando a cristianos sencillos que leen acerca de ellos en su Palabra, reclaman por la fe sus promesas y se ponen en marcha obedeciendo sus órdenes.

Una de mis mayores preocupaciones es, sin embargo, el énfasis exagerado que se pone en esas experiencias con el Espíritu, las cuales llevan de una euforia espiritual a otra. Los creyentes se reúnen buscándolas y a menudo dan rienda suelta a sus emociones inflamadas por líderes de púlpito que explotan los deseos que tiene la gente de experiencias especiales con Dios porque apelan a sus necesidades emocionales.

«Hermanos y hermanas, Dios nos va a visitar hoy de una manera excepcional». (¡Si así ocurre en cada reunión ya no es excepcional!) «¡Levantemos nuestras manos y voz al Señor! Oremos todos para que el Espíritu venga sobre nosotros y el caer al suelo bajo su poder sea algo que se contagie en nuestro medio».

Ni desde una perspectiva bíblica, ni históricamente, ni tampoco desde el punto de vista de la experiencia cristiana contemporánea tengo ningún problema con una verdadera visitación del Espíritu Santo que subyugue a su pueblo hasta el punto de hacerle entrar en un estado casi de éxtasis durante un tiempo. Después de todo fue eso lo que le sucedió a Pedro en la azotea de Jope (Hechos 9.9s; 11.5), y lo mismo ha ocurrido en la mayoría de las grandes visitaciones del Espíritu a lo largo de la historia de la iglesia. A mí me ha sucedido.

Las experiencias dramáticas no pueden ser una meta

Sin embargo, cuando este acontecimiento se convierte en objetivo de nuestras reuniones de iglesia tenemos dificultades. Si se busca que ocurra y se hacen promesas de que la experiencia en sí conducirá a la persona a un nivel más alto de la vida cristiana en el futuro, pongo objeciones. Esto no es lo que enseña la Escritura. Pablo no dijo: «Sed bautizados o caed bajo el poder del Espíritu y no satisfaréis los deseos del Espíritu», sino: «Andad, vivid y sed guiados por el Espíritu y no satisfaréis los deseos de la carne».

 

Se trata más de un proceso que de una experiencia especial. La vida de la fe, día a día y momento a momento, en la presencia del Espíritu que mora en nosotros; la comunión continua con Él y la obediencia a su voluntad es el secreto de la vida cristiana normal. Sólo esto produce los resultados que Dios quiere ver en nuestra vida. Esto es lo que el Espíritu Santo mismo ordena y promete por medio del apóstol: «Andad en el Espíritu [el mandamiento], y no satisfaréis los deseos de la carne» [el resultado prometido] (v. 16). Cuando se exaltan las experiencias espirituales especiales en detrimento del proceso diario de andar en el Espíritu, la carne puede seguir manteniendo el control y en efecto lo hace.

Algunos años atrás ministré durante un mes en Argentina y cierto domingo por la mañana un pastor me pidió que participara del púlpito con un líder de ese país muy metido en el tema del avivamiento y el despertar espiritual. Puesto que la iglesia se encontraba en medio de una campaña evangelística para alcanzar a su ciudad, hablé sobre el tema.

El hermano argentino que predicó después de mí lo hizo con relación al ministerio del Espíritu Santo, su mensaje fue preocupante, pues utilizó un pasaje del Antiguo Testamento completamente fuera de contexto, de manera que dijera lo que él deseaba y violando así el sentido del mismo. Pronto quedó claro que su objetivo era guiar a la congregación a la búsqueda de una determinada manifestación del Espíritu.

Cuando hubo terminado el mensaje, comenzó a « motivar» a la gente diciéndoles que Dios los iba a hacer caer bajo el poder del Espíritu. Hizo que se pusieran de pie, y pidió a aquellos que querían que Dios los bendijera que pasaran al frente a fin de imponerles las manos y el Espíritu vendría. Más de la mitad de las personas allí reunidas fueron adelante y con el toque de su mano se desplomaron.

Una vez terminada la reunión, el pastor y yo comimos juntos; pero por mi condición de invitado no quise decir nada acerca de lo ocurrido aquella mañana en el culto. Era bien sabido que la iglesia en cuestión estaba abierta a todas las operaciones del Espíritu, así que di por sentado que lo sucedido era totalmente aceptable para mi hermano pastor. No me correspondía hacer comentarios sobre un área de experiencia espiritual como aquella que era objeto de profunda controversia entre los creyentes a nivel mundial. Además, la actuación del Espíritu debe juzgarse desde dentro, no desde fuera. Hay una serie de factores socioculturales y espirituales que forman el verdadero contexto en el cual Dios, el Espíritu Santo, opera siempre, y los forasteros por lo general no están capacitados para juzgar lo que está ocurriendo en movimientos extraordinarios del Espíritu.

Sin embargo, en medio de la comida, el pastor dijo:

-No me ha gustado la forma de ministrar del hermano durante el culto, y pienso decírselo cuando esté a solas con él.

-¿Por qué? -le pregunté. ¿No cree usted que el hecho de que el Espíritu venga sobre su pueblo y produzca el tipo de fenómeno que ocurrió esta mañana sea válido?

-Sí, creo en ello me respondió-. El Espíritu Santo es Dios, y cuando lo toca a uno directamente puede verse superado por su presencia, como vemos en la Biblia y en la historia de la iglesia. Pero como congregación ya hemos dejado atrás la fase en la que necesitamos experiencias dramáticas con el Espíritu Santo para reforzar nuestra fe.

-Por favor- le rogué, -explíqueme lo que quiere decir.

-Creo que cuando empezamos a permitir que el Espíritu haga cualquier cosa que desee con nosotros como iglesia, Dios a menudo se manifiesta de una forma dramática y visible. Es como si extendiera sus brazos hacia nosotros y nos diera “un abrazo” para alentarnos. Es su forma de decirnos: “Os quiero. Estoy aquí. Ahora andad en la obediencia de la fe”.

¿Un ansia carnal del Espíritu?

»Nosotros ya pasamos por ese período y nos sucedió lo que con demasiada frecuencia ocurre en nuestras iglesias: Dios manifiesta la presencia del Espíritu de esta manera “perceptible” y, egoístas como somos, empezamos a esperar que se repita lo mismo cada vez que lo pide nuestra gente. Los creyentes vienen a las reuniones buscando esta o aquella manifestación particular del Espíritu, y si no se produce caen en el desaliento. Piensan que cualquier culto donde no haya manifestaciones espectaculares de poder es inferior a otros donde se da este tipo de fenómenos.

»El resultado, en nuestro caso, fue que empezamos a andar por vista y no por fe, hasta que Dios nos dijo a los líderes que enseñásemos a su pueblo una vida de fe y de obediencia a Él, y no nos quedásemos anclados en ninguna experiencia particular de su presencia. Lo que ha ocurrido hoy representa un paso atrás para nuestra iglesia».

En el caso de aquel pastor la cuestión no era si su iglesia aceptaba o no las manifestaciones de poder del Espíritu, sino más bien el significado que se atribuía a las mismas. Irónicamente, la ansiedad por esta o aquella manifestación del Espíritu puede ser carnal, y siempre lo es cuando se busca pasando por alto el proceso de andar en el Espíritu.

La meta es andar en el Espíritu

Al escribir acerca de la exhortación a «andar en el Espíritu», Longenecker dice:

Detrás del creyente individual Pablo ve dos fuerzas éticas que buscan controlar su pensamiento y actividad. La primera es la fuerza personal del Espíritu de Dios; la segunda, la «carne» personificada. ¿Qué debe hacer el cristiano ante tan ético dilema? Como proclama el apóstol, la promesa del evangelio es que la vida en el Espíritu anula aquella controlada por la carne. En realidad, esa promesa se declara enfáticamente mediante el uso de la doble negación ou me «no nunca» con el subjuntivo aoristo telesate.

Así que, Gálatas 5.16 puede traducirse en parte como: «Andad en el Espíritu, y de ningún modo haréis los deseos de la carne». En el versículo siguiente (v. 17), Pablo trata por lo menos cinco temas relacionados con el mandamiento y la promesa del 16:

1.   La razón fundamental del dualismo carne y Espíritu: librar una guerra entre sí dentro de la vida del creyente.

2.   Esta guerra entre la carne y el Espíritu no cesa. No hay paz ni compromiso posible entre los dos.

3.   La carne está personificada al igual que el Espíritu Santo es un solo ente. Se presenta a aquella con vida propia, incluso con mente, emociones y voluntad. Y como tal se compromete en una feroz batalla para intentar vencer al Espíritu Santo.

4.   La meta de cada uno de estos agentes es controlar la vida del creyente. El Espíritu pelea contra la carne para anular el control de su poder maligno en la vida cristiana. La carne, a su vez, lucha contra el Espíritu para anular su control sobre ella.

5.   El campo de batalla se encuentra dentro del creyente, en su corazón, la parte más íntima de su ser.

Este versículo resume el principal problema de la humanidad desde la perspectiva paulina. Longenecker se refiere al versículo 17 por considerarlo una declaración resumida de la «antropología soteriológica fundamental [del apóstol] que subyace no sólo a lo que decía en el versículo 16, sino también a toda su comprensión de la humanidad delante de Dios desde que «el pecado entró en el mundo”» (cf. Romanos 5.12).

La fluida traducción que hace Barclay del versículo 17 es excelente:

Porque los deseos más bajos

de la naturaleza humana son exactamente al revés

de los del Espíritu, y los deseos

del Espíritu igualmente contrarios a aquellos

de la parte más baja de la naturaleza humana,

ya que se oponen radicalmente entre sí

para que no podáis hacer lo que queréis.

Algunos pueden objetar con relación al uso del término dualismo según el apóstol lo describe aquí. Sin embargo dicho término es apropiado si comprendemos que se trata de un tipo modificado: Ni fue así en la creación del hombre ni seguirá siéndolo después de su glorificación. Además nos referimos a un dualismo ético, no cosmológico o antropológico.

Antes de describir los frutos producidos por la carne (vv. 19-21) y aquellos del Espíritu (vv. 22-23), en el versículo 18, Pablo resume lo que ha estado enseñando; y lo hace en el contexto de los esfuerzos subversivos de los judaizantes por apartar a los creyentes de la vida en el Espíritu y esclavizarlos al legalismo.

Los gálatas habían comenzado a vivir la vida cristiana por la fe mediante el Espíritu (3.1-5) y habían estado «corriendo bien» (5.7). No obstante, después se habían desviado para vivir según una serie de normas legalistas. Lo único que tenían que hacer era volver a la vida guiada por el Espíritu y éste quitaría de sobre ellos el yugo de la ley que los judaizantes habían colocado en sus cuellos (v. 18).

Matthew Henry pone en boca del apóstol Pablo:

Si, en la inclinación y el tenor predominante de vuestras vidas, sois guiados por el Espíritu; si actuáis bajo la dirección y el gobierno del Espíritu Santo y de esa naturaleza y disposición espiritual que ha forjado en vosotros; si convertís la Palabra de Dios en vuestra regla y la gracia divina en vuestro principio; se verá desde ahora que no estáis bajo la ley, ni bajo la condenación, aunque todavía os encontréis bajo su impresionante poder[ … ]

Quisiera concluir este capítulo repitiendo las palabras del apóstol en Gálatas 5.13, 16, 18:

Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados;

solamente que no uséis la libertad

como ocasión para la carne,

sino servíos por amor los unos a los otros[ … ]

Digo, pues: Andad en el Espíritu,

y no satisfaréis los deseos de la carne[ … ]

Pero si sois guiados por el Espíritu,

no estáis bajo la ley.[1]


[1]Murphy, Dr. Ed, Manual de Guerra Espiritual, (Nashville, TN: Editorial Caribe Inc.) 2000, © 1994.

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