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LA GUERRA ESPIRITUAL EN LA SANTIFICACIÓN DEL CREYENTE

oracionEl último punto importante que quiero tratar en este capítulo resulta difícil destacarlo demasiado. Para el inconverso, la guerra espiritual es un asunto de salvación. El dios de este siglo ciega el entendimiento de todos los incrédulos «para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4.4).

Sin embargo, no sucede lo mismo con el creyente: para el hijo de Dios la batalla espiritual no tiene que ver con la salvación, sino con la santificación.

La salvación del creyente es segura

Nuestra salvación ya ha sido asegurada por la gracia de Dios y la sangre de la cruz. La salvación del creyente tiene su origen, exclusivamente, en la soberana actuación de la gracia divina en la cual se entra sólo por la fe (Efesios 1.3-14; 2.1-22). Cuando se trata de esta salvación, el énfasis de la Biblia recae sobre:

1.   La elección soberana de Dios (Efesios 1.3-12; 2.10).Sea cual fuere nuestra forma de definir esa elección, somos los escogidos de Dios y punto.

2.   La gracia de Dios (Efesios 1.6 y 7; 2.5-9).

3.   El amor de Dios (Efesios 1.4-5; 2.4).

4.   La misericordia de Dios (Efesios 1.5, 9; 2.4).

5.   La muerte sustituta, propiciatoria y redentora del Señor Jesucristo por nuestros pecados; es decir, su sangre preciosa vertida en la cruz por nosotros (Hechos 20.28; Romanos 3.23-25a; 5.9).

6.   El ministerio regenerador de su Santo Espíritu; es decir, el nuevo nacimiento producido por el Espíritu de Dios que mora en nosotros (Juan 3.3-8; Romanos 8.1-4, 9, 15).

7.   El ministerio intercesor del Espíritu de Dios dentro de nosotros y el de su Hijo glorificado a la diestra del Padre por nosotros (Romanos 8.26 y 27; 8.34; Hebreos 7.25; 9.24).

De ahí la firme nota de seguridad de salvación, redención, vida eterna, «la vida del siglo venidero» en el Nuevo Testamento. Ella es proporcionada a cada creyente sin considerar su madurez o inmadurez en Cristo (Efesios 1.4-8a, 13-14; Filipenses 1.6).

El amargo fruto de la inseguridad de la salvación

El no entrar en el reposo que constituye la seguridad de la salvación conduce al desastre en la vida del cristiano. El escritor de Hebreos daba tanta importancia a esto que escribió: «Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno. Y esto haremos, si Dios en verdad lo permite» (Hebreos 6.1-3).

En una ocasión estaba dando unos estudios sobre la guerra espiritual en una iglesia grande de una de las principales ciudades de Estados Unidos. Los cultos del domingo eran televisados y un teléfono de consulta funcionaba durante y después de cada uno de ellos. Entre las llamadas hubo una de la esposa de un antiguo pastor. Aquella señora y su marido buscaban con desesperación ayuda y preguntaban si podía aconsejarles. Aunque se había anunciado que no estaría disponible para consultas, puesto que se trataba de un caso de líderes cristianos necesitados y yo iba a estar en el área durante varios días, accedí a verlos.

Me hice acompañar por algunos laicos maduros de la iglesia, a fin de que la pareja pudiera recibir más consejo cuando lo necesitase; así que me encontré con ellos. La mujer procedía de una familia con problemas. Había crecido con una mala imagen de sí misma convirtiéndose en una perfeccionista: trató siempre de descollar, pero sin lograr jamás sus expectativas. Tenía graves problemas sexuales. Amaba a su marido y le era fiel, pero nunca estaba satisfecha con sus relaciones íntimas. Tomó la iniciativa de guiar a su esposo a prácticas sexuales inmorales y él, que la quería mucho, aceptó cualquier cosa que ella sugiriera. Sin embargo, nada de aquello resultaba. Su sentido de indignidad y culpabilidad no hacía sino aumentar.

Tampoco podía la mujer encontrar reposo en su relación con Dios. Parecía que nada de lo que hacía le agradaba a Él. Pensaba que el Señor estaba siempre airado con ella y que jamás la aceptaba; a pesar de buscar constantemente formas de complacerle. Como resultado de esto, empezaron a ir de iglesia en iglesia en busca de algún tipo de experiencia espiritual que pudiera satisfacer su anhelo interior.

Por último, encontraron una congregación que parecía estar a la altura de sus necesidades. La mujer tuvo allí una experiencia dramática con el Espíritu Santo, la cual le dijeron que transformaría su vida y le daría paz personal y poder a fin de vivir para Dios. Y hasta cierto punto así fue … durante algún tiempo.

Por desgracia, aquella congregación hacía mucho énfasis en la «culpabilidad», la «indignidad» y tenía un concepto de la vida cristiana de «yo soy gusano, y no hombre» (Salmo 22.6). La revelación de pecados era algo central en su mensaje y se recordaba continuamente a los creyentes su pecaminosidad e indignidad. Cuando confesaban sus faltas tenían que recibir de nuevo a Cristo, ya que el pecado los había separado de Dios. La última parte de cada culto dominical estaba dedicada a animar a los creyentes a arrepentirse de sus pecados y a volver al Señor. A aquellos que lo hacían se les pedía que dieran testimonio público de cómo Dios estaba actuando en sus vidas. Esos testimonios siempre parecían centrarse en la pérdida de la salvación a causa del pecado y en el renacimiento espiritual cuando era confesado, abandonado, y Cristo nuevamente recibido.

La perturbada mujer siempre había forcejeado con la seguridad de la salvación y el escuchar aquellos testimonios no hacía sino aumentar sus sentimientos de culpa e indignidad. Perdió la poca certeza de salvación que tenía de modo que cuando fue a buscar consejo, sus líderes no pudieron ayudarla. Cayó en la desesperación y su marido también, ya que no sabía qué hacer por ella.

La guerra espiritual y la restauración del alma

Cuando escuchaban el mensaje televisado aquel domingo por la mañana, se abrió para ellos una dimensión totalmente nueva de la vida cristiana. Aunque siempre habían creído en Satanás y en los demonios, tenían poca percepción práctica de la guerra espiritual. Se preguntaron si el campo sobrenatural maligno tendría algo que ver con los problemas de la mujer y solicitaron una reunión conmigo.

Las dificultades a que se enfrentaba ella no eran necesariamente demoníacas. Quizás en la mayoría de los casos como ese, si es que hay demonios, no constituyen el principal problema, ni al expulsarlos se cura forzosamente la aflicción. En estecaso, sin embargo, existía una actividad demoníaca directa en por lo menos tres áreas de la vida de la mujer: su deficiente auto imagen de sí misma, que había comenzado cuando no era más que una niña y se criaba en un hogar con problemas; su incapacidad para descansar en la promesa de salvación de Dios; y sus problemas sexuales.

El consejo espiritual que había recibido anteriormente resultó ineficaz por varias razones: el consejero no estaba lo bastante preparado para ayudar en casos complicados como el suyo; las sesiones de consejo no duraron lo suficiente, después de unas pocas veces la mujer se había desanimado y no había vuelto más; y por último, no se había considerado la dimensión demoníaca del asunto. Nadie sospechaba que los demonios tuvieran nada que ver directa o indirectamente con su problema.

Sus problemas se intensificaron tanto que no pudo seguir comportándose de manera satisfactoria, ni como persona ni como cristiana, al punto que perdió su seguridad de salvación. Aunque durante años había luchado con el asunto, siempre lograba reunir la suficiente fe para continuar su vida como creyente. Sin embargo, la cultura eclesiástica a la que se había cambiado recientemente sólo había servido para hacer más crítica su situación.

Mientras la aconsejábamos, salieron a la luz muchos aspectos de sus heridas tempranas y su dañada vida sexual empezó a hacerse patente. Fue en ese momento cuando apareció el primer contingente de demonios, los cuales la abandonaron de uno en uno o por grupos sin mucha dificultad. A pesar de su vida cristiana de altibajos, la mujer amaba de veras al Señor y tenía un gran deseo de andar en santidad y restauración.

El relato de su pérdida de la seguridad de salvación no tardó mucho en pasar a primer plano. La mayor parte de nuestros consejos se dirigieron entonces a ayudarla a comprender quién era ella en Cristo, y después de contribuir a liberarla de la opresión demoníaca y de muchas horas de orientación, ella y su marido se fueron con un sentimiento de seguridad y varias directrices nuestras sobre cómo obtener más consejo.

Para experimentar la victoria en el terreno de la guerra espiritual, el creyente debe descansar en el hecho de que su salvación depende totalmente de Dios. La parte que le corresponde hacer a él es arrepentirse de sus pecados y poner su fe en el Señor Jesucristo como Salvador y Señor (Hechos 20.21). La persona que ejerce tal fe está segura en Cristo, ya sea un cristiano fuerte o débil.

La guerra espiritual se libra en base a la seguridad de la salvación

La guerra espiritual en el caso de los creyentes pertenece sólo al ámbito de la santificación y de ninguna manera al de la salvación. Antes de conocer a Cristo, este es un asunto de salvación; después de ello, se convierte en una cuestión de perfeccionamiento. Satanás sabe que no puede llevarnos consigo al infierno una vez que hemos creído en Jesús, sin embargo trata de perturbar nuestra vida cristiana de tal modo que no vivamos como verdaderos hijos de Dios.

En cierta ocasión estaba ministrando a un cristiano afligido por demonios, los cuales le habían dicho que no era un verdadero creyente, que Dios le había abandonado y que iba a ir al infierno. Mientras trataba de ayudarle a que se aceptara a sí mismo en Cristo como hijo redimido de Dios, una voz demoníaca me gritó a través de sus labios: «Él no es cristiano, nos pertenece a nosotros. No irá al cielo, vendrá con nosotros al infierno. Déjalo en paz, es nuestro».

Le impedí que mintiera más y decidí dejarle hablar en voz alta sólo el tiempo necesario para obligarle a decir la verdad para el beneficio de algunos de los confundidos creyentes que se encontraban conmigo en la reunión. En pocos minutos, el demonio confesó que estaba mintiendo y vale la pena considerar algunas de las cosas que dijo.

-¿Es un verdadero creyente? -le pregunté.

-Sí», contestó el demonio-. Ama a tu Jesús igual que tú.

-¿Por qué le has mentido acerca de su salvación? -inquirí.

-Nosotros somos mentirosos. No queríamos que supiera que de veras es creyente; de ese modo podíamos estropear su vida.

-No puedes llevártelo al infierno como le has dicho. Él ha sido limpiado de todo pecado por la sangre de Cristo y su destino es el cielo, ¿verdad? -¡Sí, sí, lo sabemos! ¡Lo sabemos! -replicó el espíritu malo. -Sabemos que va a ir al cielo. Sabemos que no podemos llevárnoslo al infierno, pero queremos que su vida sea un infierno en la tierra.

De ahí la importancia de la seguridad de nuestra salvación eterna. Debemos comprender de una vez por todas que:

1.   Un cristiano sigue siendo cristiano aunque esté luchando con un grave problema de pecado en su vida (1 Corintios 5.1-5; 11.30-32; 1 Juan 2.1 y 2);

2.   Un cristiano sigue siendo cristiano aunque esté luchando con un grave problema mundano en su vida (2 Timoteo 4.10); y

3.   Un cristiano sigue siendo cristiano aunque esté luchando con un grave problema de demonios en su vida (Hechos 5.1-10; 1 Timoteo 5.9-15).

Un creyente afligido me escribió en cierta ocasión: «Soy un evangélico conservador que ha comprendido que tiene problemas de demonios. He expresado dichos problemas a algunos de mis hermanos en la fe, los cuales han cortado la comunión conmigo. Afirman que los cristianos no pueden tener demonios; por lo tanto no debo ser cristiano. Tenían verdadero temor de mí. El rechazo me resultó muy doloroso, pero ahora sé que en parte fue debido a la influencia de Satanás».

El negar que los verdaderos creyentes puedan tener graves problemas demoníacos es susceptible de afectar de forma devastadora a los cristianos afligidos. Cualquier doctrina que socave la fe y la seguridad de la salvación de los creyentes nacidos de nuevo debe ser rechazada. Y vuelvo a repetir: Un cristiano sigue siendo cristiano aunque esté luchando con un grave problema de demonios en su vida.

Un creyente puede andar en el Espíritu en muchas áreas de su vida y al mismo tiempo ser derrotado en una o varias de ellas. Esa era la situación de muchos de los cristianos de Corinto y Filipos en los días de Pablo, según las propias palabras del apóstol (1 Corintios 1.4-13; 3.1-4; Filipenses 1.12-18; 2.19-21).

Cualquier pastor o consejero cristiano que realice una labor un poco seria de orientación sabe que esto es verdad. La última cosa que uno debe hacer con los creyentes débiles es poner en tela de juicio su salvación en Cristo. Sólo basándose en su relación con el Señor hay esperanza de victoria para ellos sobre los espíritus malos que los atormentan.

Y por último, resulta importante que comprendamos que la guerra espiritual es un asunto multidimensional relativo al pecado el cual atormenta a todo creyente. Como soldados cristianos combatimos sin cesar en tres frentes distintos: la carne, el mundo y el diablo. Ha llegado el momento de examinar estos frentes con más detalle.

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Categorías:Enseñanzas
  1. sonia gomez
    8 enero 2008 en 7:02 PM

    Excelente, estoy avida por conocer mas sobre la guerra espiritual y como practicarlo diariamente en mi vida e influir en la vida de otros. pueden enviarme mas sobre el tema.
    gracias y bendiciones!.

  2. dayi
    5 octubre 2011 en 1:40 PM

    excelente, a mi muchas veces me atormentan esos espiritus inmundos, gracias a este articulo puedo tener muchas cosas claras..

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