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Sobre la demonización de los cristianos (4ta Parte)

Seis áreas de pecado y la demonización de los creyentes

Bajo condiciones poco habituales de pecado, los verdaderos creyentes pueden llegar a estar demonizados. ¿Cuáles son las áreas principales e identificables de pecado que en ocasiones producen esta situación? Menciono seis con cierto sentido del orden en el que suceden, comenzando incluso antes de la cuna y continuando hasta la edad adulta. Esas áreas son: el pecado generacional; el abuso infantil; los pecados sociales tales como la ira, el resentimiento, la rabia, el rechazo y la rebeldía; el pecado sexual; las maldiciones procedentes del mundo espiritual; y las prácticas ocultas.

Estas áreas de pecado no conducen automáticamente a la demonización y cuando lo hacen puede variar desde leve hasta grave. De igual manera, la liberación varía desde que es instantánea, por ejemplo, cuando uno queda libre por completo en el momento de la conversión, hasta otra que se prolonga. En este último caso, la víctima puede precisar de la práctica de la autoliberación (guerra espiritual enfocada a derribar las fortalezas demoníacas en la propia vida) durante cierto período de tiempo o tal vez tenga que buscar ayuda de otros creyentes para llevar a cabo una liberación completa.

El Pecado Generacional

Pecado generacional es aquel que pasa de padres a hijos. Se conoce por otros nombres tales como pecado trasmitido, hereditario o familiar. En algunos casos los demonios parecen identificarse con el linaje, lo cual produce su trasmisión de padres a hijos, su carácter hereditario y la demonización generacional en potencia.

Que sepa, la Escritura no da ninguna enseñanza ni ejemplos claros ni definidos acerca de la trasmisión demoníaca. Lo que sí ofrece es advertencias divinas en cuanto a las consecuencias desastrosas que pueden tener los pecados de los padres sobre sus hijos. El contexto en que se dan dichas advertencias es muy claro: ciertos cabezas de familia, por lo general varones, se han rebelado contra Dios y Él dice que le aborrecen (Éxodo 20.5). Esto implica un abandono deliberado del Señor y, por lo general, si no siempre, el servir a otros dioses; negando a Yahvé el amor y la obediencia que su señorío único y absoluto exige (Éxodo 20.5, 6; Deuteronomio 5.9b, 10; 18.9-14). El ministerio a personas afligidas por demonios que han sido trasmitidos a través del linaje familiar siempre corrobora este punto.

En la mencionada rebelión, la figura de autoridad se aparta de Dios para servir a otros dioses, a Satanás o a los espíritus, y para cometer grandes perversidades. Con frecuencia tales personas consagran a los dioses, al diablo o al mal su familia y las futuras generaciones.

Los jefes de familia judíos sabían que lo que hacían afectaba a sus descendientes durante generaciones enteras. Dios se lo había dicho; y en momentos de crisis se pusieron delante del Señor y confesaron los pecados de sus familias, e incluso de su nación. Hay ejemplos excelentes de esto en Nehemías 1.4-9; Jeremías 14.20 y Daniel 9.1-19. Los israelitas comprendían que los pecados de los padres podían afectar a las generaciones futuras. El principio implicado es que el pecado familiar, o el juicio por ese pecado, corre a través del linaje, influyendo en generaciones posteriores que no tuvieron nada que ver con el mismo.

Esta maldición generacional puede ser rota por miembros de la familia que se identifiquen con los pecados de sus padres o por dirigentes nacionales que hagan lo propio con los de su país, tanto antes como después de la cuarta generación. Eso fue lo que hicieron Nehemías (Nehemías 1.4-9), Jeremías (Jeremías 14.20) y Daniel (Daniel 9.1-21).

Los judíos ya interpretaban así esta advertencia en la época del reino dividido (Jeremías 31.27-30; Lamentaciones 5.7; Ezequiel 18.1-20). El enfoque negativo de los profetas en cuanto a esta «ley del mal hereditario» no iba dirigido a impugnar tal realidad sino a corregir sus abusos. Uno de ellos, dice Plumtre, era que «los hombres encontraban en ella una explicación para sus sufrimientos que les aliviaba la conciencia. Estaban sufriendo, según ellos, por los pecados de sus padres y no por los suyos propios».

William H. Brownlee arroja más luz sobre el asunto con las siguientes palabras:

Ezequiel objeta[ … ] al uso perverso mediante el cual uno deducía que si las generaciones pasadas habían sido tan malvadas como afirmaba el profeta (Ezequiel 2.3, capítulos 16, 20 y 23), de nada valdría arrepentirse para evitar el juicio que anunciaba. En efecto, están diciendo: «¿Para qué sirve el arrepentimiento si nuestra suerte ha sido ya sellada por los pecados de nuestros padres?» Contra esto dirige Ezequiel una larga diatriba.

Plumtre declara el respaldo de la Escritura a «la ley de las tendencias y los castigos hereditarios que recaen, no sobre los culpables originales, sino sobre sus hijos, y de la responsabilidad individual».

En vista de este principio bíblico de la ley del mal hereditario, no parece improbable la trasmisión o herencia de demonios. La posibilidad más obvia de ello sería la de los padres implicados en el ocultismo que se rebelan contra Dios y se unen a los «no dioses» del mundo espiritual. Por lo general, tales personas no se consagran sólo ellas mismas a los espíritus, sino que hacen lo propio con su progenie. Los estudios sobre las religiones no cristianas y el ocultismo revelan que esta trasmisión es cierta.

Por último, la experiencia de la mayoría de los creyentes que están comprometidos en un ministerio de liberación, si no de todos, demostraría que este aspecto de la demonización es una clara realidad. De modo que resulta prudente confesar los pecados de nuestro linaje (Nehemías 1.4-9; Jeremías 14.20) y destruir así cualquier trasmisión demoníaca potencial en las vidas de todos aquellos nuevos convertidos que proceden de familias no cristianas. Esto se aplicaría en especial a la vida de cualquier creyente cuya familia haya practicado alguna forma de ocultismo, pertenecido a una religión no cristiana o estado involucrada en formas extremas de pecado moral.

Aconsejo incluso a los padres adoptivos, sin asustarlos, que hagan pasar a sus hijos por una sesión de liberación. En algunos casos de demonización grave desde la cuna, los demonios han declarado su presencia en el linaje familiar a veces durante siglos. No hay razón alguna para dudar de sus afirmaciones. Esto da a los espíritus malos un sentido de propiedad sobre el linaje en cuestión. Aunque para los occidentales sea algo difícil de aceptar, se trata de una realidad que hay que tener en cuenta. Una vez roto ese derecho de propiedad por algún miembro arrepentido de la familia, la maldición del pecado generacional acaba.

Sobre la demonización de los cristianos (1ra Parte)
Sobre la demonización de los cristianos (2da Parte)
Sobre la demonización de los cristianos (3ra Parte)
Sobre la demonización de los cristianos (5ta Parte)

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