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Sobre la demonización de los cristianos (5ta Parte)

El Abuso Infantil

La víctima del abuso infantil se convierte en víctima del pecado de otros, por lo general figuras de autoridad en las que confiaba, bien en la infancia o en la adolescencia. A causa de lo extendida que está esta dimensión del mal en nuestros días, necesita una consideración especial.

El abuso infantil es una de las peores perversidades que se están perpetuando hoy en día en los Estados Unidos a través de poderosos principados y potestades malignos. Tiene que ver con esa parte de la raza humana tan querida por Dios que son los niños. Las palabras que habló Jesús sobre la relación entre el Padre celestial y los pequeños no se dijeron de ninguna otra unidad social humana (Mateo 18.1-10; 19.13-15). Y ya que Satanás aborrece a Dios, se concentra sobre todo en aquellos a quienes Él más ama: nuestros hijos. Es tan simple como eso.

Los niños son los seres humanos más vulnerables e indefensos de todos; no pueden protegerse a sí mismos de la maldad humana y sobrenatural como los adultos. Nosotros, los mayores, somos su principal protección. Como consecuencia de esto los pequeños están muy expuestos a la demonización (Mateo 15; Marcos 9; Hechos 16).

Luego esos niños se hacen adultos y se convierten en padres y abuelos; los adultos lastimados y demonizados tienden a criar hijos y nietos semejantes a ellos. La manera más estratégica para destruir a la humanidad es destruyendo a sus hijos; y el mayor bien que puede hacerse a la raza humana es el de proteger y sanar a sus pequeños heridos.

Los abusos que sufren los niños hoy en día pertenecen por lo general a cuatro categorías amplias pero interrelacionadas.

Cuatro clases de abuso

Cuatro reacciones negativas comunes

Abuso sexual

Vergüenza extrema y problemas sexuales. También se dan el miedo y la ira.

Abuso físico

Rabia excesiva y problemas en las relaciones interpersonales.

Abuso sicológico

Autoimagen muy negativa y espíritu de rechazo. Siempre produce ira.

Abuso religioso

Confusión extrema en cuanto a Dios y la fe cristiana; incapacidad de confiar en Él y en su Hijo.

Las reacciones negativas enumeradas no son exhaustivas. La ira, el resentimiento, la rabia y los problemas en las relaciones interpersonales acompañan casi siempre a cada una de estas cuatro clases de abuso.

El peor tipo posible de abuso infantil que existe hoy en día es el abuso ritual satánico (ARS), una combinación de las cuatro formas antes mencionadas. Se trata de un abuso religioso ejecutado en el niño para causarle un dolor indecible. Es un abuso físico relacionado con el abuso sexual, a menudo constituido por violaciones o perversiones de todo tipo imaginable e inimaginable. Su resultado es un daño sicológico de la peor clase. El niño en desarrollo queda reprogramado mediante esta perversidad extrema para comportarse de manera disfuncional como joven y como adulto. Con frecuencia este abuso escinde la personalidad del niño, produciendo su disociación y dando como resultado los desórdenes múltiples de personalidad (DMP). La investigación revela que el setenta y cinco por ciento o más de los casos de DMP han sido consecuencia del ARS y de otras formas extremas de abuso sexual infantil.

Jay, un estudiante de la Universidad Cristiana de San José, estaba consagrado a Cristo y quería ser pastor. Al mismo tiempo era un hombre con problemas obvios: ruidoso, alborotador, discutidor y colérico. Tenía fama de perturbador entre los profesores.

Mientras enseñaba de las misiones en el libro de Hechos, Jay cobró vida en la clase. Le emocionaban las misiones, el Señor y la gente. Pronto estuvimos hablando de Satanás y de sus ataques contra el pueblo de Dios en los Hechos de los Apóstoles y también tratamos de los demonios. Cierto día, Jay vino a verme después de la clase y me dijo:

«Doctor Murphy, amo al Señor, pero soy una persona difícil de tratar. Tengo dificultad para congeniar conmigo mismo. ¿Qué me pasa? ¿Podría estar demonizado?»

Jay había sido abandonado por su padre y su madre, y recogido cuando tenía tres años por unos tíos que eran borrachos y que peleaban a menudo. Cuando esto sucedía rompían los muebles y destrozaban la casa. Siendo un niñito, Jay tenía que esconderse para evitar que también le pegasen a él, pero no siempre lograba escapar a su rabia y a sus riñas de borrachos.

Su tía era la peor: le pegaba tan a menudo que el niño tenía todo el cuerpo lleno de moretones. Un día le apaleó sin piedad y Jay se encontró sin sitio donde esconderse, adonde ir ni quien le protegiera.

«Salí corriendo a la calle, doctor Murphy», me dijo. «Lloraba y gritaba, lleno de odio hacia mi tía, mi tío y hacia todo el mundo, en especial hacia Dios. ¿Dónde estaba Él? Se suponía que era el protector de los niños, pero a mí no me había protegido. Me había dado una mala madre y un mal padre, y también una tía y un tío malos. De modo que era un Dios malo, si es que existía.

»Levanté mis puños al cielo -siguió diciendo Jay- y grité mi odio contra Dios; enseguida clamé al diablo, si es que era real. Le pedí que castigara a mis tíos, que tomara mi vida. Yo era suyo, puesto que Dios me había abandonado.

»Algo terrible sucedió de repente, doctor Murphy. Una nube negra me rodeó. Podía casi verla y sentirla. Me cubrió por completo y desde entonces jamás se ha disipado. He vivido hasta hoy en esa nube oscura. Aunque se fue en parte cuando acepté a Jesús como Salvador y Señor, no desapareció del todo. Todavía me envuelve. ¿Podría tratarse de demonios?»

Tuve que suponer que así era, pero decidí no perseguir esa «nube». Ayudé a Jay a hacerlo y con el tiempo quedó totalmente libre por medio de la autoliberación.

Sobre la demonización de los cristianos (1ra Parte)
Sobre la demonización de los cristianos (2da Parte)
Sobre la demonización de los cristianos (3ra Parte)
Sobre la demonización de los cristianos (4ta Parte)
Sobre la demonización de los cristianos (6ta Parte)

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