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¿Qué me sucede?: Una guerra multidimensional contra el pecado

Siempre he tenido un profundo anhelo de conocer a Dios. Sabía muchas cosas acerca de Él, pero no lo conocía personalmente. Por desgracia mi iglesia católica flaqueaba en ese punto. Nos enseñaban acerca de Dios de Cristo y seguíamos las estaciones del via crucis como si estuvieran marcadas en los bajorrelieves que había a cada lado del templo; lo cual nos ayudaba a grabar en nuestra mente y emociones los pasos de Jesús mientras cargaba con la cruz por las callejuelas de Jerusalén hasta el Calvario.

Él lo había hecho por nosotros y le amaba por ello. Pero ¿cómo podía llegar a conocerle personalmente? Por desgracia, los sacerdotes y las monjas que me enseñaban tampoco lo sabían o no eran capaces de ayudarme a encontrarlo. Quería que se convirtiera en mi Salvador personal.

Cuando por fin le conocí tuve una gran alegría. Ahora Él era mío y yo suyo.

Siempre había llevado una «buena» vida religiosa. Me había mantenido apartado de la gente «pecadora». No la evitaba, pero me negaba a participar en sus prácticas pecaminosas. Todos los que me conocían sabían que era un buen católico que, como dice el estribillo, no «fumaba, bebía, maldecía, mascaba tabaco o salía con chicas que lo hicieran».

Ahora que Jesús vivía en mí quería que lo hiciera de veras. Deseaba llevar una vida santa. Leía la obra clásica de Santo Tomás de Kempis titulada La imitación de Cristo, la cual constituía mi libro devocional favorito después de la Biblia. Y durante un rato todo iba bien; hasta que, antes de que pudiera darme cuenta de ello, empezaba a imaginar cosas que no agradaban a Dios.

Luego estaba el mundo que me rodeaba. Afortunadamente, cuando era adolescente el uso de la pornografía no estaba tan extendido como ahora. ¡Cuánta compasión me dan los jóvenes de hoy en día, obligados a vivir en un ambiente saturado de obscenidad! Los adultos hemos creado un mundo cuyo único propósito parece ser estimular sexualmente a otros, desde los niños hasta las personas mayores, en todas partes y durante todo el tiempo. Luego nos preguntamos por qué los jóvenes se meten en líos.

Sin embargo, aunque no de una manera tan notoria, la pornografía estaba presente en mi pueblecito rural. La incitación al pecado y a satisfacer al yo atacaba mi mente de modo continuo desde el «mundo». Y si bien trataba de rechazarla, la lucha persistía.

También había veces que sentía como si unas fuerzas sobrenaturales me hicieran tropezar tentándome al mal. En ocasiones dichas fuerzas parecían superiores a Dios. Sabía que se trataba del diablo, pero no conocía el modo de combatirlas.

«¿Por qué siendo Dios mi Padre, Jesús mi Salvador y viviendo el Espíritu Santo dentro de mí, no puedo vencer al pecado?», me preguntaba.

En aquel tiempo no sabía que estamos en guerra, y que, como ahora sé, se trata de una guerra multidimensional contra el pecado.

Con este testimonio personal comenzamos una nueva sección de nuestros estudios sobre la guerra espiritual. Sin embargo, todo lo que examinemos a partir de ahora descansará sobre los fundamentos filosóficos y teológicos establecidos anteriormente. Los capítulos pasados destacaban que el origen del pecado se encuentra en el campo sobrenatural del mal. Empezó con la actividad engañadora del mismo Satanás contra los ángeles de Dios, la humanidad y, especialmente, los hijos de Dios. Aunque entonces no lo sabía, eso era lo que me estaba sucediendo como recién convertido adolescente.

También hemos visto que el pecado procede de la carne y del mundo. De modo que surge de cualquiera de estas tres fuentes o de cualquier combinación de ellas a la vez. Eso era lo que me sucedía aunque no lo supiera.

La perspectiva histórica de la iglesia

La iglesia ha entendido siempre la guerra del creyente contra el pecado según esta perspectiva. La batalla del cristiano con la carne, el mundo y el diablo ha sido reconocida, tratada en libros y predicada desde los púlpitos de nuestras iglesias durante siglos. ¿Por qué doy tanta importancia a un hecho casi universalmente aceptado como este?

En primer lugar, porque es el fundamento de lo que llamamos santificación; es decir, el proceso por el que aprendemos a vivir como hijos de Dios en un mundo pecaminoso. Pablo escribe lo siguiente a los creyentes de Filipos acerca de la santificación:

Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida[ … ] (Filipenses 2.14-16a).

Vivir como el apóstol nos exhorta a hacerlo no es fácil. Un estilo de vida según el reino de Dios cuando vivimos en medio del reino de Satanás (el mundo) implica guerra espiritual. Muchos creyentes se desaniman tanto (como me pasaba a mí) luchando con el mal que hay dentro de sí mismo (la carne), el mal que intenta seducirlos desde fuera (el mundo) y el mal sobrenatural que asalta sus mentes desde arriba (sobrenaturalismo malo), que comienzan a dudar de su propia salvación. Eso me sucedía en ocasiones.

Santificación, no salvación

En segundo lugar, como ya mencionamos en nuestro anterior capítulo, es imprescindible que los creyentes reconozcan que la guerra contra el pecado en la cual están comprometidos no tiene nada que ver con la salvación, sino sólo con la santificación.

El diagrama de la siguiente página es un intento de representar este hecho. En su parte superior vemos el continuo conflicto que hay en la mente del cristiano con las dudas, los malos pensamientos, los deseos de independencia del estilo de vida del reino, el orgullo, las concupiscencias, el materialismo, los temores y diversas tentaciones. Estas cosas no tienen nada que ver con la salvación: son asuntos relativos a la santificación; temas de casa. Los implicados son el hijo de Dios y su tierno Padre celestial, conocedor de todas nuestras debilidades. Como escribiera el salmista hace ya tanto tiempo:

Como el padre se compadece de los hijos,

Se compadece Jehová de los que le temen.

Porque él conoce nuestra condición;

Se acuerda de que somos polvo. (Salmo 103.13-14)

De ahí el título que le he puesto al diagrama: «La guerra del creyente: Un asunto multidimensional relativo al pecado y a la vida cristiana».

Figura 13.1

La guerra del creyente:
Un asunto multidimensional relativo al pecado y a la vida cristiana

guerra del creyente

En la parte inferior de dicho diagrama aparece una representación visual del tema de este capítulo e incluso de todo el libro. El pecado es personal, viene de adentro, por eso libramos la guerra con la carne. El pecado es social, viene de afuera, de ahí la guerra con el mundo. El pecado es sobrenatural, viene de arriba, por ende la guerra con el campo sobrenatural maligno.

En tercer lugar, aunque la realidad doctrinal de esta guerra multidimensional contra el pecado sea bien conocida, sus implicaciones para la lucha del cristiano con el pecado no suelen tratarse de una manera bíblica holística y sistemática. Esto es lo que intento hacer en este libro.

En cuarto lugar, la guerra multidimensional contra el pecado pocas veces se considera desde la perspectiva de una cosmovisión escritural. Ya he afirmado repetidamente la dimensión de guerra espiritual que hay en una cosmovisión bíblica. La guerra espiritual proporciona el contexto completo donde tienen lugar la autorrevelación de Dios y su actividad redentora, así como donde se desarrolla la vida cristiana.

Guerra entre los dos reinos

Cuando hablo de guerra espiritual en el contexto de las cosmovisiones, por lo general me refiero al sentido original y más restringido del término, es decir, a la guerra entre el reino de Dios y el reino del diablo, no a su significado más amplio de guerra multidimensional contra el pecado. Debemos comprender que ella existe sólo debido a que la guerra espiritual tuvo su nacimiento en la esfera cósmica.

Por ejemplo, si consideramos el tipo de vida que llevaban nuestros primeros padres antes de la Caída, según el relato de Génesis, resulta cuestionable que Adán y Eva hubieran llegado a rebelarse contra la Palabra de Dios de no haber existido el engaño externo de la serpiente.

Ellos no estaban asediados por la carne: eran completamente inocentes en cuanto a cualquier incitación interna al pecado. Tampoco vivían en el mundo, sino en el paraíso de Dios. Obviamente sólo eran vulnerables al engaño externo del pecado procedente de arriba, del diablo.

Desde que tuvo lugar la Caída hasta nuestros días, la revelación que Dios hace de sí mismo y su actividad redentora se producen en este contexto de guerra espiritual. ¿En qué sentido lo digo? ¿En el más amplio o en el más restringido del término? Tanto en el uno como en el otro, pero la atención principal debe enfocarse en la definición más estrecha de la guerra entre los dos reinos. Después de todo, los otros dos aspectos (la guerra contra la carne y contra el mundo) se originaron a causa de la guerra que libraba el reino de Satanás contra el reino de Dios. El engaño del diablo dio lugar tanto a la carne como al mundo. Mató a la raza humana mediante la mentira (Juan 8.44; Génesis 2.15-17; 3.1s), estableciéndose como dios y príncipe de este mundo (Juan 12.31; 14.30; 16.11; 2 Corintios 4.3-4).

Esa guerra entre los dos reinos continuará hasta la eterna destrucción del mal sobrenatural personalizado en el lago de fuego (Apocalipsis 20). Entonces, y sólo entonces, será el mal abolido de la experiencia de los hijos de Dios para siempre. ¡Qué día tan maravilloso!

La Necesidad De Equilibrio

Ya que el término guerra espiritual se graba de inmediato en las mentes de los cristianos, en el sentido más restringido de lucha contra Satanás y sus malos espíritus, es fácil dejarse arrastrar al desequilibrio sobre este punto. Tradicionalmente, la iglesia ha tratado el problema del pecado de los creyentes sobre todo desde la perspectiva del mal interior: la carne; y también ha prestado cierta atención al mal externo: el mundo. Satanás y sus demonios, por su parte, han recibido algo de atención, aunque la cosmovisión de la iglesia haya sido por lo general borrosa en cuanto a la medida en que los demonios pueden controlar parcialmente a los creyentes; esta área de la santificación no se ha desarrollado en el mismo grado que las dos primeras: la carne y el mundo.

Ahora, sin embargo, somos testigos del diluvio de literatura sobre la guerra con el campo sobrenatural maligno. El peligro que corremos es irnos al otro extremo y demonizar todo pecado en la vida del creyente, convirtiendo a Satanás y sus demonios en la fuente principal del actual problema de la humanidad con el pecado, y de hacerlo hasta el punto de destacar insuficientemente la carne y el mundo.

Por esta y otras razones resulta decisivo que consideremos ahora la guerra espiritual como un conflicto multidimensional contra el pecado. En capítulos posteriores examinaré por separado estas tres dimensiones.

Por último, el énfasis de la parte final del libro se pondrá principalmente en la guerra del cristiano contra el campo sobrenatural perverso, aunque sin dejar de lado la carne y el mundo, que son los dos canales acostumbrados que utiliza Satanás para seducir a la humanidad, incluidos los creyentes.

¿Cuál es Cual?

Aunque resulta útil considerar nuestro problema con el pecado desde tres dimensiones distintas, esto también tiene sus inconvenientes. El pecado es demasiado dinámico (en el sentido negativo) para categorizarlo. Su energía se libera contra la humanidad, continuamente, desde cada una de esas tres dimensiones; de modo que aunque nos concentremos en una de ellas, debemos recordar que las otras dos se hallan también activas en cada situación. Desde la Caída, el pecado es multidimensional y nunca de una sola dimensión.

Si la incitación al pecado viene de la carne, inmediatamente se verá reforzada por el mundo y su energía nos asaltará también por la actuación de espíritus malos que robustecerán el mal procedente de ambos. Cuando dicha incitación proceda del mundo, la carne responderá de inmediato, al tiempo que los poderes demoníacos intentarán influir en nuestra mente, nuestras emociones y nuestra voluntad para que sigamos las perversas seducciones del mundo. Y si la energía pecaminosa que nos bombardea viene directamente del área sobrenatural maligna, la carne responderá favorablemente a la misma, mientras que el mundo, por su parte, reforzará dicha respuesta. Las tres dimensiones del pecado están siempre activas al mismo tiempo.

A menudo, cuando aconsejo a cristianos, éstos expresan su confusión sobre el asunto: «¿Será mi problema causado por la carne, el mundo o el diablo?», preguntan. A lo que siempre respondo: «Sí», y luego les explico que, según la Escritura, la fuente principal de su problema, en determinada situación, puede ser uno de los tres y, en otras, otro o los otros dos restantes. En todos los casos deberían tratarse las tres dimensiones del asunto, aunque el énfasis más importante se ponga sólo en aquel de los tres niveles que cause en ese momento el problema mayor.

Ya hemos expresado que el foco de mayor atención de la Escritura en lo concerniente al pecado es la carne. Resulta interesante, sin embargo, observar que en Efesios 2.1-3, Pablo vincula el problema que el hombre tiene con la carne con el problema multidimensional del pecado al que nos enfrentamos. El apóstol escribe:

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. (Efesios 2.1-3).

Pablo comienza con la afirmación de que estábamos «muertos en [nuestros] delitos y pecados» (v.1), y seguidamente revela un origen triple de este triste estado espiritual: el mundo (v.2a), el diablo (v.2b) y la carne (v.3a). ¡Nuevamente vemos que nuestra guerra es multidimensional!

La Fuente Principal: Satanás

En última instancia, como escribe el finado Donald Grey Barnhouse, Satanás es la fuente principal del terrible problema de pecado que tiene el hombre. Barnhouse habla acerca de la estrategia de seducción del diablo con el pecado, y dice que «él es el autor de la confusión y las mentiras» y que «ha hecho uno de sus mejores papeles de engaño al crear la perplejidad, incluso entre muchos cristianos, respecto a sus métodos de ataque». Luego añade: «[Estos] son triples. No sabemos cuál fue el primer estudioso de la Palabra de Dios que acuñó la expresión “el mundo, la carne y el demonio”. El uso más antiguo de esta división triple del terreno de ataque se encuentra en el Libro de oración común, en un ruego por un niño: “Concédele poder y fortaleza”, dice la misma, “para obtener la victoria y triunfar sobre el diablo, el mundo y la carne”».

C. Fred Dickason expresa eso mismo: «La utilización demoníaca de la carne y el mundo es obvia. Satanás gobierna el sistema mundial e influye en la carne, el agarradero que tiene en el corazón del hombre, para lograr sus rebeldes y destructivos propósitos».

D. Martyn Lloyd-Jones, por su parte, escribió un asombroso estudio en siete volúmenes sobre la Epístola de Pablo a los Efesios, en cuyo primer tomo comenta acerca del énfasis en el poder que se hace en Efesios 1.19, y pregunta:

«¿Por qué es esencial este poder?»

Su respuesta es: «A causa del poder que tienen las fuerzas que se nos oponen resueltamente». Y continúa con una larga disertación sobre la energía demoníaca del pecado (término mío) liberada contra nosotros directamente por Satanás y sus demonios, así como indirectamente a través del mundo y la carne.

Acerca del mundo dice: «Nada hay más peligroso para el alma, a causa de su sutileza, que la mundanalidad con que nos topamos a cada paso[ … ] con toda seguridad la mayor lucha que la iglesia cristiana tiene que librar en la actualidad[ … ] Pero no sólo hemos de pelear con el mundo, sino también con la carne». Y después enumera algunos de los pecados de la carne para comentar luego: «A continuación tenemos al diablo. A veces pienso que la causa de no comprender la grandeza del poder de Dios en nosotros es debido a que jamás hemos entendido el poder que tiene el diablo. ¡Qué poco hablamos de él! Y sin embargo, en el Nuevo Testamento se hace hincapié constante en sus actividades[ … ] el poder del diablo se presenta con terrible claridad en la historia de Adán y Eva. Ambos son perfectos. El hombre fue hecho a la imagen y semejanza de Dios[ … ] Estaba en el paraíso, un entorno perfecto. Jamás había pecado, ni había nada dentro de él que lo arrastrara hacia abajo: ni lujuria, ni corrupción[ … ] Y sin embargo cayó; y ello debido al poder y a la sutileza del diablo». Lloyd-Jones declara entonces que «nada puede capacitarnos para resistir a las artimañas del diablo» sino el poder de Dios.

Al concluir este capítulo acerca de la guerra multidimensional del creyente contra el pecado, vuelvo a referirme al excelente libro de Ray Stedman sobre la guerra espiritual. Su primer capítulo se titula «Las fuerzas a las que nos enfrentamos», y en él, Stedman, después de repasar Efesios 6.10-13 dice que está claro que la opinión de Pablo en cuanto a «las características fundamentales de la vida, puede resumirse en una palabra: luchas. La vida, prosigue, es un conflicto, un combate, una lucha continua». Luego expresa que esto es confirmado por la experiencia. «Quisiéramos pensar que vivimos en un mundo ideal, donde todo va bien y podemos pasar nuestros días en disfrute y relajación. El apóstol Pablo no trata de esa clase de vida. La aborda como realmente es ahora y la califica de lucha, conflicto y batalla contra fuerzas antagonistas».

Stedman inquiere acerca del origen verdadero de esta vida de batalla y lo identifica como demoníaco (Efesios 6.12). Reconociendo la forma tradicional cristiana de entender la fuente del mal como la carne, el mundo y el diablo, Ray Stedman hace una interesante observación acerca de la relación que existe entre los tres: «A menudo oímos que “los enemigos del cristiano son el mundo, la carne y el diablo”, como si se tratase de tres enemigos igualmente poderosos. Sin embargo, los enemigos no son tres, sino uno solo: el diablo, como Pablo expresa en Efesios 6; aunque sus canales indirectos para acercarse a los hombres sean el mundo y la carne».

Para algunas personas esto puede parecer una exageración, pero … ¿lo es de veras? El autor admite el papel que desempeñan tanto la carne como el mundo en nuestra batalla contra el pecado, sin embargo también afirma que el único verdadero enemigo es el diablo y que éste utiliza tanto lo uno como lo otro.

Lo que digo es perfectamente coherente con el origen cósmico del pecado en sí y el origen satánico del pecado humano (Génesis 3.1s), así como con la guerra diaria que el creyente tiene que librar contra el pecado (1 Corintios 7.5; 1 Tesalonicenses 3.5).

Neil Anderson dice algo parecido cuando escribe que «Satanás está en el centro de todo pecado (1 Juan 3.8). Engaña a las personas para que crean una mentira y les aconseja que se rebelen contra Dios».

Naturalmente, eso es lo que suele hacer a través de la carne y del mundo. Con esta premisa, consideremos por separado cada dimensión del pecado reconociendo al mismo tiempo la interrelación existente entre ellas. Comenzaremos con la guerra que libra el creyente con la carne.

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