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1 Tesalonicenses / Guerra Espiritual

Hay un consenso casi general en cuanto a que, de las epístolas de Pablo que han llegado hasta nosotros, las siguientes que el apóstol escribió fueron 1 y 2 Tesalonicenses; ambas alrededor del año 50 d.C. y dirigidas a los creyentes que se habían convertido durante su ministerio en Tesalónica relatado en Hechos 17.

1 Tesalonicenses 1.5-9

La primera referencia que hace Pablo al mundo espiritual en 1 Tesalonicenses está en los versículos 5 al 10 del capítulo 1. En primer lugar, el apóstol recuerda a los creyentes que el evangelio no les llegó sólo en palabras, sino también «en poder» (v. 5).

No sabemos si al decir «poder» se refería específicamente a los choques de poder, ya que la narración que hace Lucas en Hechos 17 de la fundación de la iglesia en Tesalónica guarda silencio en cuanto a este asunto. No obstante, puesto que la predicación del evangelio acompañada de manifestaciones de un poder inusual incluía a menudo tales choques de poder, no sería arriesgado suponer que también sucedió así en Tesalónica. Por la manera en que el Espíritu Santo obraba en Felipe (Hechos 8), en Pedro (Hechos 5, 9-10) y en Pablo (Hechos 13, 16, 19), es muy probable que lo hiciera de una forma muy parecida en Tesalónica, donde los creyentes se habían convertido «de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Tesalonicenses 1.9). Como ya hemos visto (capítulo 47), la idolatría y la actividad demoníaca van juntas; por tanto podemos suponer que en Tesalónica, como parte de la conversión de aquellos creyentes, había tenido lugar alguna clase de choque de poder el cual derrotó a los demonios que había tras los «no dioses». El resultado de su conversión no sólo fue «gozo en el Espíritu Santo» (1.6), sino también «gran tribulación», algo común siempre que el Espíritu confronta a los poderes malignos.

1 Tesalonicenses 2.18

La siguiente referencia al mundo espiritual está en 1 Tesalonicenses 2.18. Es la primera mención que hace el apóstol, en sus epístolas, a Satanás, así como su primera referencia a una derrota infligida por el diablo en sus empeños evangelizadores.

Pablo escribe recordando sus sufrimientos en Filipos y con su presurosa retirada de Tesalónica y Atenas todavía fresca en la memoria. Por tanto, la carta a los cristianos tesalonicenses menciona que también habían sufrido de los de su propia nación lo que otros creyentes estaban experimentando (2.14). Todo esto le da a Pablo ocasión de reflexionar con ellos sobre la oposición de Satanás, la cual, hasta ese momento, había impedido al apóstol volver a los tesalonicenses.

Aunque en el Nuevo Testamento se describe a Satanás y los poderes malignos como ya derrotados, se trata de un «ya pero no todavía». Tanto el uno como los otros están atados, pero, como ha dicho cierto teólogo, su cuerda es larga. Pablo sabía que dicha cuerda se extendía hasta Tesalónica y Corinto, desde donde escribía esta epístola.

Los enemigos de Dios, que presenta el Antiguo Testamento, son hombres y naciones, mientras que en el Nuevo se trata de poderes espirituales adversos que obran por medio de esos hombres y esas naciones oponiéndose a Dios, su reino y su pueblo. Estos enemigos, como ya hemos visto repetidas veces, son poderes cósmicos invisibles de alto rango que actúan en la historia de la humanidad. Así, como expresa George A. Ladd, la victoria sobre ellos sólo puede «ganarse en el plano de la historia».

Este conflicto entre los poderes del evangelio y de la oposición al mismo conforma el trasfondo de las palabras de Pablo en 1 Tesalonicenses 2.12-16. El pujante poder destructor, ligador, liberador y edificador del reino de Dios estaba obrando entre los cristianos de Tesalónica, pero, al igual que siempre, también había una fuerte oposición en los lugares celestiales. El apóstol sabía que una visita de regreso a esa ciudad hubiera hecho avanzar la obra del reino allí, pero también Satanás estaba consciente de ello. De modo que el diablo detuvo a Pablo e impidió que realizara sus planes de volver a Tesalónica. Pablo dice al respecto: «Quisimos ir a vosotros, yo Pablo ciertamente una y otra vez; pero Satanás nos estorbó» (v. 18).

El versículo 18 revela profundas verdades acerca del conflicto espiritual que tiene lugar sólo en la vida de aquellos que tratan de extender la verdad de Dios al mundo y de aquellos otros que están necesitados de ella. Comentando sobre el versículo 18, Bruce expresa que «la principal actividad [de Satanás] es poner obstáculos en el camino del pueblo de Dios para impedir que se lleve a cabo la voluntad del Señor en y a través de ellos».

La realidad del poder de Satanás

Satanás impidió que Pablo hiciera lo que sabía que era la voluntad de Dios. ¿Es eso posible? Según Pablo, sí. La mayoría de nosotros tenemos problemas con esta dimensión de la guerra espiritual. Intentamos pasarla por alto, o restarle importancia hasta llegar a considerar al diablo como atado ya en el abismo y completamente incapaz de oponerse con eficacia a los creyentes. Nuestros predicadores nos dicen a menudo: «Dios es soberano. Siempre hace su voluntad en el cielo y en la tierra. Ni el hombre ni el diablo, ni los demonios pueden interponerse en el cumplimiento de la voluntad divina. Por tanto, mientras andemos en el Espíritu, si estamos en la voluntad de Dios, Satanás no puede resistirnos con éxito. De otro modo ello equivaldría a resistir a la voluntad de Dios, lo cual el Señor no permitiría nunca».

Estas palabras parecen muy piadosas, pero no se ajustan ni a la enseñanza de la Escritura ni a la experiencia del pueblo de Dios. Según este pasaje, se trata de una «verdad» ignorada por el apóstol. Aunque mientras andemos en el Espíritu (si lo hacemos en la carne el diablo ya tiene una fortaleza en nosotros) estamos protegidos de una derrota grave o completa, podemos sufrir, y sin duda sufriremos, reveses. Eso es lo que el apóstol está explicando aquí, él estaba experimentando un serio revés y eso no le gustaba.

Si nos convertimos en personas superespirituales y consideramos que dichos fracasos son la voluntad de Dios, nos engañamos a nosotros mismos. Los engañados no son ni Dios ni Satanás, quien de veras debe deleitarse cuando limpiamos su sucio trabajo identificándolo con la voluntad divina. Aunque se nos enseña que nos regocijemos en todo, no se nos dice que lo hagamos porque todo lo que sucede es la voluntad de Dios. Debemos regocijarnos de que, aun cuando la voluntad de Dios no se esté cumpliendo, somos partícipes de los padecimientos de Cristo por su cuerpo; no debido a que la labor del diablo sea en verdad la obra del Señor. No intentemos eliminar el misterio del mal llamándolo «bueno».

¿Cómo debemos afrontar la oposición sobrenatural cuando sabemos que estamos en la voluntad de Dios? ¡La respuesta es fácil de dar pero difícil de cumplir! Quedándonos donde estamos, sirviendo con fidelidad y sufriendo. Seguimos sirviendo y sufriendo, si es necesario hasta la muerte. Esto es lo que hizo Pablo (2 Timoteo 4.7, 8); y también Pedro (2 Pedro 1.12-15) y muchos de los santos de Dios desde el principio hasta ahora (Hebreos 11.32-40). Al mismo tiempo, el Espíritu Santo de Dios nos sostiene con su gozo (1 Tesalonicenses 1.6; Romanos 5.1-5).

1 Tesalonicenses 3.5

La última referencia clara en esta epístola a la guerra que Satanás libra contra los hijos de Dios la tenemos en el capítulo 3, y es consecuencia natural de lo que Pablo acaba de decir acerca de cómo el diablo les estaba impidiendo, a él y a su equipo, volver a Tesalónica. Acerca de ello, escribe:

Por lo cual también yo, no pudiendo soportar más, envié para informarme de vuestra fe, no sea que os hubiese tentado el tentador, y que nuestro trabajo resultase en vano (3.5).

Observe los diferentes pasos en el desarrollo de este versículo:

1. Pablo no era capaz de aguardar más para saber si los santos habían sobrevivido en Tesalónica. (Véase la misma expresión en el versículo 1a.) La versión inglesa de Phillips traduce estas palabras por «cuando la incertidumbre se hizo insoportable».

La profunda emoción contenida en estas palabras revela una ansiedad que llega hasta la impaciencia. Para sentirse aliviado Pablo tiene que tomar un determinado curso de acción. La presión se había hecho insostenible y el apóstol no podía seguir reprimiendo sus ansiosos sentimientos, en particular cuando estaba de por medio el poder del enemigo.

2. A fin de aliviar su ansiedad, Pablo envió a Timoteo para saber acerca del estado de los creyentes (vv. 1-4). Aunque el apóstol se refiere al hecho de mandar a Timoteo como a una decisión personalmente costosa, su amor por ellos era más fuerte que sus propias necesidades.

3. La preocupación real de Pablo radicaba en la fe de los tesalonicenses; no en su fidelidad, sino en su misma fe cristiana, explica Leon Morris.

4. La verdadera causa de esta preocupación era su profundo conocimiento, tanto de la estrategia como del poder de Satanás, a quien Pablo llama aquí «el tentador», un título que sólo se le aplica al diablo en este pasaje y en Mateo 4.3. Es la primera, de un par de ocasiones, en la que el apóstol se refiere a la estrategia de Satanás como la de tentar al pueblo de Dios. La segunda se encuentra en 1 Corintios 7.5.

5. Pablo sabía que el tentador era capaz de apartarlos por completo de su fe utilizando esas mismas cosas acerca de las cuales Jesús había advertido en su parábola del sembrador (Mateo 13.18-23). De modo que va directo al grano y dice que ha enviado a Timoteo «para asegurarme de que las actividades del tentador no habían destruido nuestro trabajo» (Phillips).

F. F. Bruce comenta respecto a este «no sea que os hubiese tentado el tentador» que el «aoristo epeírasen implica aquí una tentación con éxito que hubiera triunfado en cuanto a destruir su fe. La frase expresa aprensión por lo que pudiera descubrir Timoteo a su llegada». Luego, Bruce sigue comentando acerca de la expresión «y que nuestro trabajo resultase en vano», y explica que dicho trabajo sería en vano «si la fe de los tesalonicenses se hubiese derrumbado».

Estas son unas palabras serias, incluso sorprendentes. La teología evangélica tradicional que tenemos acerca de nuestro enemigo es que éste está tan derrotado y desprovisto de poder contra nosotros, que Dios no le permite destruir la fe de los nuevos cristianos o, si vamos a ello, de los creyentes más antiguos. Es obvio que Pablo lo veía de un modo distinto.

Aquí, en Tesalónica, tenemos creyentes recién convertidos de la adoración a los demonios (1.9 con 1 Corintios 10.19-21). El Espíritu Santo ha venido con poder a sus vidas en plena certidumbre de fe. Los tesalonicenses han recibido la palabra en medio de mucha tribulación y con mucho gozo en el Espíritu Santo. Han llegado a ser ejemplos para todos los creyentes de Macedonia y Acaya. A partir de ellos la Palabra de Dios ha comenzado a ser divulgada por todas partes. Su fe ha quedado patente. Viven con la gran esperanza del regreso de Jesús (1.5-10). Sin embargo, aún son creyentes nuevos. Todavía corren grave peligro. La persecución contra ellos ha crecido mucho (1.6 y 2.13-16 con 2 Tesalonicenses 1.4-10).

Por lo tanto, Pablo se vuelve aprensivo. Una y otra vez intenta ir a ellos, pero en cada ocasión Satanás logra interponerse en su camino. El apóstol es incapaz de llegar a sus queridos amigos. Hasta que por fin les escribe y les cuenta sus temores, que en realidad no son más que uno: que el diablo haya logrado apartarlos de la fe. Matthew Henry afirma también que a Pablo le preocupaba que el «tentador les hubiera tentado y hubiese prevalecido contra ellos, apartándolos de la fe».

De modo que debemos afrontar con sinceridad el hecho de que tenemos un enemigo que es capaz de socavar la fe del pueblo de Dios y tiene permiso del Señor para hacerlo. No es extraño que más tarde Pablo hable de nuestra necesidad de no ignorar las maquinaciones de Satanás. Si lo hacemos, puede aprovecharse de nosotros (2 Corintios 2.11). La caída de creyentes por todas partes a nuestro alrededor, incluso de líderes cristianos, es una prueba bastante evidente de que nuestro adversario derrotado puede aún desatar terribles ataques contra los hijos de Dios; especialmente en el contexto de la evangelización.

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