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2 Corintios / Guerra Espiritual

2 Corintios

A continuación examinaremos las referencias del apóstol al mundo de los espíritus en 2 Corintios. Dichas referencias son frecuentes (2 Corintios 2.4-11; 4.3, 4; 6.14-18; 10.3-5; 11.3, 4, 13-15; 12.7-10). Algunas de ellas resultan muy complicadas y requieren un comentario mucho más extenso del que nos permite el espacio en este libro. Comenzaré con 2 Corintios 2.4-11.

2 Corintios 2.4-11

Antes de considerar las palabras del apóstol en estos versículos, quisiera contar una difícil experiencia que tuve como consejero. Hace algunos años, un cristiano amigo mío me confesó que había mantenido un encuentro homosexual con otro líder. Tanto para el uno como para el otro no se trató más que de un incidente aislado. Ambos se habían arrepentido y se habían pedido perdón el uno al otro. Ninguno de los dos hombres era invertido, pero por ciertas razones demasiado complejas para explicarlas aquí ambos luchaban con fantasías homosexuales.

Cuando me confesó su caída homosexual estaba tan avergonzado que quería suicidarse. Su cuerpo temblaba mientras le invadía una oleada tras otra de turbación y remordimiento. Al comenzar a orar con él, de repente experimentó una manifestación demoníaca. Fue entonces cuando descubrimos que había estado endemoniado desde la infancia, especialmente por demonios de perversión sexual directamente relacionados con el abuso homosexual que había sufrido siendo niño.

En una situación como ésta, uno se enfrenta a una serie de dilemas que requieren la toma de decisiones difíciles:

1. ¿Debe mi amigo contárselo a sus colaboradores o mantener su confesión confidencial?

2. ¿Debe decírselo a su esposa? Ella es tan sensible a los temas sexuales que según creía el hombre sería incapaz de hacer frente al problema, al menos actualmente. No le hablaría, pues, de su caída por el momento; aunque lo haría con el tiempo si Dios se lo indicaba claramente.

3. Tenía tanta vergüenza y tanto remordimiento que se sentía indigno de continuar en el ministerio; y si lo abandonaba, su esposa, sus hijos y sus amigos tendrían que saber cuál era la razón de ello. Decidimos que debía seguir ejerciéndolo por el momento si sentía seguridad para ello. ¿Por qué?
Primeramente, porque sus problemas eran de origen demoníaco; es decir, estaba endemoniado desde niño. En segundo lugar, porque había llevado una vida moral pura, antes y después de aquella caída. Y en tercer lugar, porque había sido seducido por el otro líder cristiano. Aunque mi amigo era responsable de sus acciones, no fue él quien inició aquel encuentro.

Decidimos que podía continuar en el ministerio, pero bajo ciertas condiciones: debía rendirme cuentas en el futuro inmediato, y buscar consejo profesional en seguida si sus problemas continuaban.

De acuerdo con 2 Corintios 2, algo parecido sucedió con un creyente de la iglesia de Corinto. Pablo había abordado muchos de los problemas que tenían los cristianos de allí en la carta que conocemos como 1 Corintios, y el asunto que ahora se presentaba tenía que ver con un hombre de la congregación que se sentía como el líder cristiano que he descrito. Sin embargo, su situación era aún peor. Toda la iglesia conocía su pecado y él estaba bajo disciplina (2 Corintios 2.4-11).

Se trataba bien del mismo hombre con el que Pablo se había enfrentado en su primera epístola, el creyente incestuoso (1 Corintios 5.1-8.2), o de otra persona, culpable de un comportamiento ofensivo y crítico con el apóstol. En este último caso, quizás la fricción se habría producido durante la reciente visita de Pablo a aquella iglesia (2.1). Nadie puede estar seguro de cuál es la opinión correcta, ya que el apóstol no lo dice. Era algo claro para la iglesia en la que pensaba Pablo. No necesitamos saberlo para comprender las enseñanzas que se nos dan en este pasaje.

Quisiera empezar concentrándome en el versículo 11. Pablo escribe en el mismo:

Para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones.

Estas palabras concluyen la exhortación del apóstol a los creyentes de Corinto para que perdonen al hombre arrepentido, fuera quien fuese. De modo que Pablo ruega en los versículos 6 al 8 VP:

El castigo que la mayoría de ustedes le impuso a esa persona, ya es suficiente. Lo que ahora deben hacer es perdonarlo y ayudarlo, no sea que tanta tristeza lo lleve a la desesperación.

Por eso les ruego que nuevamente le demuestren el amor que le tienen.

Luego el apóstol termina (después de hacer otros comentarios en los versículos 9 al 11) con las razones que tiene para rogar que se le extienda el perdón al culpable.

Así Satanás no se aprovechará de nosotros; pues conocemos muy bien sus mañas.

A fin de comprender mejor el impacto de aquellas palabras, hemos de considerarlas a la luz de varias afirmaciones importantes que hace Pablo en los versículos 6 al 8. En primer lugar, el castigo del ofensor ha sido suficiente; no necesita más (v .6a). En segundo lugar, la mayoría de la iglesia ha participado en dicho castigo (v. 6a) de una u otra manera. En tercer lugar, ahora su deber para con aquel hombre es perdonarle, consolarle y animarle; todo ello es necesario (v. 7a).

La primera necesidad que tiene ese creyente arrepentido, como cualquier otro, es la seguridad del perdón … Sólo así podría continuar en la iglesia, aceptarse por fin a sí mismo y ser capaz de recibir el perdón de Dios y el de sus hermanos. Lo que precisaba en segundo lugar era consuelo … Estaba tan lleno de vergüenza y remordimiento que no podía actuar como un ser humano normal y como miembro de la iglesia. En tercer lugar necesitaba ánimo … Ellos debían ayudarle a aliviar la profunda depresión en que se encontraba. Sin embargo, y en cuarto lugar, en su caso debían hacer frente a otro peligro más serio: el hecho de que pudiera ser «consumido de demasiada tristeza» (v. 7b), lo cual implicaba un riesgo de suicidio.

Cuando Pablo advierte aquí (v. 11) acerca de las maquinaciones de Satanás en lo referente al creyente descarriado (las cuales también tiene con la iglesia en general), puede querer decir al menos dos cosas: la primera, que Satanás se había propuesto impedir la vida cristiana del hombre por medio de su pecado; y la segunda, que ahora que el individuo se había arrepentido quería destruir su vida física.

En otras palabras, el primer plan del diablo, su táctica de «león rugiente» había fracasado. El hermano se había arrepentido y roto su relación sexual con la mujer de su padre, suponiendo que el trasfondo de la historia sea 1 Corintios 5.1. «Ahora», dice Pablo, «nos enfrentamos a la forma de actuar de Satanás como ángel de luz. El diablo intentará imitar el ministerio que realiza el Espíritu Santo en cuanto a convencer de pecado, para incitar a nuestro hermano a que se autodestruya. El suicidio representa en este momento para él una terrible posibilidad.

«¡Debéis actuar ahora! ¡Aseguradle de vuestro amor sin pérdida de tiempo! Por favor, decidle que también le perdono, le amo y le respeto. Si falláis ahora, Satanás ganará ventaja sobre nosotros».

Con este trasfondo debemos preguntarnos qué sucede cuando los creyentes y las iglesias ignoran las maquinaciones de Satanás. ¿Qué dice el apóstol que ocurrirá?

Pablo expresa que Satanás ganará ventaja sobre nosotros (v. 11). Por eso las Escrituras, tanto mediante preceptos como por ejemplos, esbozan con gran detalle las maquinaciones engañosas del diablo. Conocer dichas maquinaciones nos ayuda a frustrar sus planes contra nosotros mismos y la iglesia de Dios.

Ahora sabemos cómo responder al continuo alud de declaraciones de hermanos bien intencionados que nos dicen: «No os concentréis en las maquinaciones de Satanás, eso os llevará a la fobia contra el diablo. Lo único que tenemos que hacer es centrar nuestra atención en la persona de Cristo y él nos protegerá de todos los ardides del enemigo. ¿No es eso lo que nos dice 1 Juan 5.18?» (Trataremos de este último pasaje en un estudio posterior.)

Aunque no supongo que en esta historia Pablo trate con un creyente endemoniado, debo manifestar mi enojo contra la cruel injusticia de muchos críticos que socavan el ministerio a los cristianos endemoniados en este aspecto. Dichos críticos pretenden que si puede persuadirse a los creyentes de que están endemoniados, se absolverán a sí mismos de toda responsabilidad por sus malas decisiones y continuarán pecando. Pero eso es un completo disparate. Jamás he aconsejado a un creyente sincero que desee estar endemoniado para eludir la responsabilidad por sus pecados. Sería lo mismo que una persona con una jaqueca a causa del estrés, que quisiese que la convencieran de que tenía un tumor cerebral para escapar así a la responsabilidad de sus autoinfligidas tensiones causantes de la migraña.

No nos atrevamos a ser ignorantes de las maquinaciones de Satanás contra nuestras iglesias y nuestra vida espiritual. Los dirigentes cristianos están especialmente obligados a comprender el mundo del mal sobrenatural. Deben aprender lo que hacen realmente los demonios, no lo que decimos que pueden o no pueden hacer. Tampoco deben tener miedo de los espíritus malos como les pasa a muchos.

Resulta difícil, pero hay que decirlo: los líderes cristianos occidentales son los que más se resisten a las enseñanzas sobre el mundo espiritual que les lleven más allá de la cómoda zona de sus presuposiciones teológicas incontestables. Y esto es cierto en todas las ramas de la cristiandad occidental, desde los católicos y protestantes históricos hasta los pentecostales y carismáticos. Por lo general, los dirigentes cristianos del Tercer Mundo están muy por delante de los líderes de los países desarrollados y mucho más abiertos al cambio en este punto. Tal vez sea una de las razones por las que sus iglesias están creciendo rápidamente mientras que las occidentales disminuyen de un modo acelerado. Como dice Pablo en otro lugar: «Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo» (2 Timoteo 2.7).

2 Corintios 10-13

Los capítulos 10 al 13 de esta carta responden a otra de las maquinaciones principales de Satanás: el engaño. Lo hemos considerado varias veces a lo largo del presente libro como un arma clave del mal. Aquí, su objetivo específico es socavar la credibilidad y la autoridad espiritual de Pablo. El apóstol describe su papel para con los corintios como el de haberlos desposado con Cristo (11.2); el hecho de socavar su posición como líder mediante el engaño corromperá a los creyentes y los guiará a recibir a «otro Jesús», «otro espíritu[ … ] otro evangelio»; en resumen, a romper su compromiso con Cristo (11.2-4).

Mientras Pablo estaba lejos de aquellos creyentes, otros ministros, que se creían espiritualmente superiores al apóstol lograron aceptación en la iglesia de Corinto. Aparentemente, proyectaban una mezcla atractiva de cualidades que consiguió la lealtad de buen número de los miembros de dicha iglesia. Tales ministros hablaban con elocuencia (10.10, 11; 11.5 y 6), eran osados y bastante dinámicos como personas (10.1, 2, 9-11), tal vez pretendieran tener una autoridad especial de la «iglesia madre» de Jerusalén (11.22), llevaban relucientes cartas de recomendación que daban testimonio de la eficacia de sus ministerios (10.18; 12.11; 3.1; 5.12) y contaban maravillosas experiencias de arrebatamiento y poder espiritual (11.18 con 12.1-6, 11-13).

Ninguna de aquellas cualidades en sí, de ser ciertas, tendrían por qué haber sido malas. Pero los adversarios de Pablo alardeaban de sí mismos y se comparaban con el apóstol de tal manera que lo hacían parecer bastante flojo e ineficaz, en una palabra: débil. Este menosprecio por Pablo utilizaba malentendidos que habían tenido lugar entre el apóstol y la congregación y los tergiversaba convirtiéndolos en clara evidencia de que Pablo era voluble (10.2; 11.10 y 11) y que tenía favoritismos entre sus iglesias (11.7-11; 12.13). Resumiendo, que no se trataba de un líder verdaderamente espiritual y poderoso (11.5; 12.11-13).

2 Corintios 10.3-6

La estrategia que utilizó Pablo para desmontar esta falsa interpretación de su persona y ministerio apostólico constituye de por sí un estudio fascinante. Aquí destaco su descripción de la batalla por la mente que tiene lugar, incluso en el caso de los creyentes, sobre todo cuando el arma empleada por el enemigo es el engaño:

Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, refutando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta. (2 Corintios 10.3-6).

Al negar que esté andando «según la carne», el apóstol niega también que su método de guerra espiritual sea meramente humano y carnal. En vez de ello, afirma que las armas de su milicia son espirituales, «poderosas en Dios». ¿Cuáles son esas armas? Aquí el apóstol no especifica más allá de referirse a las diversas formas en que el poder de Dios obra por medio de él: no sólo con «señales, prodigios y milagros» (12.12), sino también con fiel perseverancia en la aflicción y la humillación (11.23-12.13), y mediante la corrección apostólica (13.1-10). (Haremos una exploración más detallada de los recursos del creyente para la guerra espiritual cuando estudiemos Efesios 6, en el capítulo 51.)

Aquí el objetivo de la guerra de Pablo es el engaño, descrito como «fortalezas», «argumentos», «toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios» y «todo pensamiento» que todavía no obedece a Cristo (10.4, 5). Resulta importante destacar que el engaño implica ideas o formas erróneas de evaluar las cosas, maneras de pensar, las cuales son falsas; en este caso específico porque están basadas en una comprensión errónea de lo que caracteriza a un verdadero ministro de Cristo (no un estilo cultural y religiosamente atractivo, como tenían los «falsos apóstoles», sino la fidelidad al evangelio). Son también altivas porque exaltan ciertas preferencias y deseos obstinados por encima de la verdad del evangelio. Y son destructivas porque preparan el camino para que los «falsos apóstoles, obreros fraudulentos» abusen de los creyentes (11.13-21).

Así que las «fortalezas» y los «argumentos» que hay que vencer por el poder de Dios son, en general, valoraciones humanas, como aquella en que cayó Pedro (Mateo 16.21-23). Son formas de pensar y evaluar falsas, altivas y destructivamente desobedientes. Aquí se refieren específicamente al ataque contra la legitimidad de Pablo como apóstol, pero incluyen también cualquier forma de razonamiento, actitud y manera de pensar «que se levanta contra el conocimiento de Dios» o «error». Esos errores pueden ser sobre uno mismo, de los demás o de las circunstancias. Son susceptibles de convertirse en fortalezas demoníacas contra la vida de la persona, su familia, su iglesia, etc. Es importante destacar que estas formas de pensar pueden llegar a ser fortalezas dentro de una iglesia debido a un liderazgo carnal (sea de clérigos o laicos); pero, naturalmente, el origen último de todo ese engaño es Satanás (11.14-15).

2 Corintios 12.7-10

Parte de la defensa de Pablo, tanto de su ministerio como de la verdad misma del evangelio, incluye una comprensión adecuada de lo que es poder y debilidad a la luz de la Palabra de Dios. El apóstol ha sido hallado falto a los ojos de los cultural y religiosamente envanecidos corintios, engañados como están por las fortalezas de error, porque no lo consideran un líder poderoso. Ya que el concepto de poder de los corintios era idolátrico, Pablo se defiende mostrando que lo que ellos ven en él y desprecian como debilidad es, en cambio, a la luz del evangelio, la forma que Dios ha escogido para manifestar su divino poder.

Es en este contexto donde se nos presenta uno de los pasajes más misteriosos del Nuevo Testamento referente al mundo de los malos espíritus y a un líder cristiano: 2 Corintios 12.7-10. Aquí Pablo relata una experiencia visionaria excepcional (algo, al parecer, bastante corriente en el caso de los adversarios del apóstol y sus seguidores en la iglesia) así como las dolorosas consecuencias que trajo consigo:

Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera (12.7).

Los eruditos discrepan en cuanto a lo que era exactamente ese aguijón (skólops tê sarkí). Sin embargo, prefiero una interpretación de R. G. V. Tasker, que entiende que la expresión indica «algo maligno … clavado en la carne [física]». Como afirma el versículo, creo específicamente que Pablo luchaba con un mal continuo, el cual, aunque permitido, e incluso dispuesto, por Dios, era de origen demoníaco.

Una razón por la que el Señor habría permitido, o incluso dispuesto, un mal así aflora cuando consideramos la tentación de Pablo a caer en el orgullo. El apóstol había recibido revelaciones personales de Dios tal vez en un grado mayor que ninguna otra persona en el Nuevo Testamento (12.1-4, 7), y sabía de la tentación al orgullo que se le presentaría por medio de otros, quienes le exaltarían demasiado a causa de dichas experiencias, o de su propia exaltación. Para Pablo, la humildad era una de las gracias mayores en la vida cristiana y el orgullo uno de los peores menoscabos. El orgullo constituye la raíz de todo pecado en el cielo y en la tierra.

Por tanto, a Pablo le «fue dado» aquel aguijón. Obviamente se considera que el dador es Dios. Satanás constituye sólo el instrumento, no el iniciador de la acción. Ese aguijón, don de Dios para Pablo, y el remedio para su tentación al orgullo, era «un mensajero de Satanás», evidentemente un demonio, ya que ággelos es el término griego que significa «mensajero» o «ángel».

Una reacción negativa a esta afirmación denota ignorancia del mundo espiritual y revela una falta de comprensión de cómo los demonios, con el permiso completo de Dios, e incluso bajo su dirección, pueden afligir al creyente más fiel y lleno del Espíritu. También demuestra una dificultad de apreciación en cuanto a cómo el Señor utiliza a los demonios para llevar a cabo sus propósitos divinos y misteriosos en las vidas de sus hijos.

El efecto de este mal era el «abofeteo» del apóstol; un término que según W. E. Vine significa golpear con la mano cerrada o el puño. Otras versiones en inglés lo traducen por «para que me lastime» o «para que me acose». El acoso irrita los nervios, las emociones y el cuerpo, haciéndose opresivo y fastidioso. Lo que experimentaba Pablo era frustración, ira, falta de sueño, agotamiento de las fuerzas y disminución de la paciencia.

Tres veces suplica Pablo al Señor que le libere. No resiste al demonio, ni lo rechaza, ni le ordena. En vez de ello se dirige a Dios, ya que es el responsable definitivo de su mal, aunque Pablo fuera el causante inicial y Satanás el más inmediato.

La experiencia del apóstol indica cuál es el equilibrio necesario para interpretar debidamente pasajes de la Escritura tales como Lucas 10.19; Efesios 6.16; 2 Tesalonicenses 3.3; y 1 Juan 5.18. Estas promesas de victoria sobre el mal y el maligno apuntan tanto a una victoria definitiva como a un triunfo progresivo, que sólo obtenemos después de soportar fielmente los ataques de Satanás, luchas terribles, sufrimientos y aflicciones en el tiempo presente.

La primera contestación que Dios le dio a Pablo es la más eficaz y drástica posible para tratar con el pecado escondido que tiene como base el orgullo: «¡No!» (12.9a). Su segunda respuesta fue la promesa de gracia. En otras palabras: «Aunque el demonio seguirá obrando, Yo [Dios] continuaré sosteniéndote por mi gracia». Resulta interesante que el orgullo parezca ser lo único capaz de impedir directamente la gracia de Dios en nuestras vidas (cf. Santiago 4.6, 10; 1 Pedro 5.5, 6). De modo que la provisión del Señor para Pablo incluía el «no», el cual mantenía a raya su orgullo, y el «sí» que le sustentaba en un servicio fructífero para la gloria de Dios. El «no» de la disciplina le producía continua debilidad (12.9c); el «sí» de la gracia le proporcionaba poder, un poder puramente divino susceptible de ser canalizado a través de un vaso preparado ahora para ser el instrumento de Dios y para no exaltarse a sí mismo.

Todos somos conscientes del delirio de poder espiritual que afecta a los cristianos celosos hoy en día. ¿Se origina ese deseo en Dios, en la carne o en el mundo? Si la experiencia de Pablo es el modelo, ¿cuál es el precio terrible de convertirnos en canales del poder divino incorrupto? Sufrimientos tremendos, angustiosos, incluso demoníacos; no precisamente lo que aquellos con delirios de poder están buscando en la actualidad.

Una vez que ha recibido la respuesta de Dios, Pablo se regocija en toda clase de debilidades que el Señor le permite experimentar (primordialmente formas de vergüenza pública, algo muy lamentado en un mundo cuyos principales valores culturales eran la honra y la ignominia; cf 11.23-33; 12.20-21; 4.8-11), porque esas son las situaciones a través de las cuales Dios escoge manifestar su poder. El mayor ejemplo de ellas es, por supuesto, la cruz de Cristo. Aunque el sacrificio vicario del Señor por todo pecado es sólo obra suya, aquellos que, junto con Pablo, deseamos ser canales del poder redentor de Dios en nuestro mundo debemos primero someternos a las formas específicas de debilidad de la cruz que Dios nos asigne. Las fortalezas de engaño (10.4-5) contra las cuales lucha el apóstol en estos capítulos representan precisamente un concepto del poder divino, y de lo que significa ser un «líder poderoso», que rechaza cualquier cosa que tenga que ver con una experiencia continua de la cruz en debilidad y busca en vez de ello nada más que el poder de la resurrección a disposición del individuo (cf. Mateo 16.21-25).

La experiencia de Pablo no contrapone la debilidad de la cruz al poder de la resurrección, sino que establece la relación entre ambos en el evangelio: poder que se manifiesta en y a través de la debilidad. Allí donde la gente religiosa rechaza la debilidad, el poder del que alardea y que ansía está seguramente corrompido por la carnalidad. Tal forma de pensar constituye una fortaleza que es necesario echar abajo. El aumento del poder viene sólo a través de una creciente debilidad, que no es exactamente lo que están buscando los hambrientos de poder espiritual de nuestros días.

A. W. Tozer resume el significado que tiene para nosotros, al igual que para Pablo, el «aguijón en la carne» con estas palabras: «Es dudoso que Dios pueda usar en gran medida a un hombre sin antes herirlo profundamente».

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