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2 Tesalonicenses / Guerra Espiritual

 

2 Tesalonicenses 2.1–12

F. F. Bruce dice que «si alguna porción puede aspirar a ser considerada como el (cuerpo) de esta carta, es la que abarca el capítulo 2 versículos del 1 al 12 [donde Pablo habla del “hombre de pecado”]. No sólo se trata de la característica más distintiva de 2 Tesalonicenses, sino que quizás constituye el propósito de la epístola. Lo que la precede conduce a ella y lo que la sigue es su continuación».

Esta epístola es el único libro de la Biblia que se centra primordialmente en los esfuerzos futuros y finales de Satanás por controlar, engañar y gobernar a la humanidad por medio de su propio «cristo»: el Anticristo, «el hombre de pecado». Aquellos que minimizan el lugar que Pablo otorga al mal sobrenatural harían bien en reconsiderar su posición, ya que éste constituye una parte esencial de la cosmovisión del apóstol y es en 2 Tesalonicenses la enseñanza principal.

Cuando consideramos que en 1 y 2 Tesalonicenses el apóstol escribe a nuevos creyentes, y que dice estar poniendo por escrito lo que ya les había enseñado en persona durante las pocas semanas que estuvo con ellos, nos quedamos asombrados. Nosotros, por lo general, reservamos esas enseñanzas para los cristianos maduros, y sin embargo forman el tema de la instrucción de Pablo a los nuevos convertidos (2 Tesalonicenses 2.5).

Todas las enseñanzas que el apóstol da en esta epístola sobre el mundo espiritual se centran en la venida del «hombre de pecado» (2 Tesalonicenses 2.3–10), llamado el anticristo por Juan (1 Juan 2.18, 22; 4.3; y 2 Juan 7). Aquí tenemos una instrucción tan profunda que los eruditos bíblicos aún forcejean para comprender tales doctrinas. Sin embargo, repito que Pablo las impartía a los recién convertidos (2.5).

Se trata de una nueva enseñanza sobre el mundo espiritual. Jesús instruyó a sus discípulos sobre los últimos tiempos, los falsos profetas (Mateo 24.11), la abominación desoladora predicha por Daniel (Mateo 24.15) y una proliferación de «falsos Cristos y falsos profetas». Dijo que se levantarían engañadores los cuales «harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Ya os lo he dicho antes» (Mateo 24.24, 25). Toda esta enseñanza está relacionada con su segunda venida (Mateo 24.3–31).

Jesús no habló, no obstante, como hace Pablo aquí, de un anticristo en particular. (Véase la enseñanza de Juan sobre el Anticristo en el capítulo 52.) El Señor es el primero que indica que vendrán personas del tipo anticristo y Juan es el último en hablar de ellas (él). Sin embargo, es Pablo, en los primeros tiempos de su ministerio apostólico, quien da la primera enseñanza detallada acerca de este maligno, aquí en 2 Tesalonicenses 2.3–10.

Cuando examinamos la descripción que hace el apóstol de este «hombre de pecado» (v. 3), vemos en él la personificación de todos los engaños que se llevan a cabo por medio de manifestaciones de poder espiritual falsificado, acerca de cuya venida advirtió Jesús. También encaja de manera perfecta en la descripción que hace Juan tanto del anticristo como de la bestia, esta última en el libro de Apocalipsis.

El día de Cristo

Pablo comienza el capítulo 2 con la petición a los creyentes de que no se dejen inquietar por lo que se dice en cuanto a que el día de Cristo está cerca (vv. 1–2). Y luego les recuerda las enseñanzas que daba en su primera epístola sobre la segunda venida del Señor y «nuestra reunión con Él» (v. 1b con 1 Tesalonicenses 4.13–18).

La segunda venida es también una doctrina clave en ambas epístolas. Todas las enseñanzas del apóstol en cuanto a Satanás y el hombre de pecado en 2 Tesalonicenses están relacionadas con la venida del Señor, con su parousía.

Pablo utiliza tres palabras principales para referirse a esa venida de Cristo: epipháneia, literalmente «un resplandecer»; apokálypsis, «desvelado, revelación o aparición»; y parousía, «venida y presencia». Esta última es la favorita del apóstol aquí en 2 Tesalonicenses para indicar la venida del Señor. Como pronto veremos, Pablo también empleará el mismo término refiriéndose a la aparición del «hombre de pecado».

En su excelente comentario sobre 2 Tesalonicenses, Leon Morris dice que:

[ … ] Pablo había hablado bastante en Tesalónica acerca de la segunda venida, pero resulta obvio que no se comprendió toda su enseñanza. Los nuevos convertidos, llenos de entusiasmo y tal vez emocionalmente inestables[ … ] todavía poco instruidos en las cuestiones profundas de la fe, era bastante natural que se desviasen en algunos puntos relacionados con este tema importante pero complejo.

Luego Morris comenta: «Pablo había tenido la ocasión de referirse a la parousía en su primera carta, sin embargo aquello no aclaró todas las dudas. Por consiguiente, pensó que debía tratar de nuevo el tema».

Ese mismo autor hace un comentario interesante acerca de nuestra mayor dificultad para interpretar lo que Pablo está diciendo aquí, tanto sobre la parousía de Cristo como sobre el hombre de pecado. «Se trata de un suplemento de su enseñanza oral», expresa Morris. «él y sus correspondientes conocían lo que había dicho estando en Tesalónica; no existía razón para repetirlo. Pablo podía darlo por sabido y añadir simplemente lo necesario para aclarar el malentendido que se había suscitado».

Respecto a las falsas enseñanzas, tengo que añadir que más tarde el apóstol afirmará que el engaño generalizado que ha de caracterizar los últimos días vendrá a través de creyentes que «apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y doctrinas de demonios» (1 Timoteo 4.1). De modo que, según dice Pablo, el verdadero origen de tales engaños y falsas doctrinas será demoníaco.

Esta es la clase de engaño futuro, de los postreros tiempos, acerca del cual Pablo está advirtiendo en 2 Tesalonicenses 2. El apóstol esboza a grandes rasgos el curso que seguirá ese engaño espiritual (v. 3ss) y dice que traerá consigo un número siempre creciente de espíritus demoníacos, cada vez más poderosos, los cuales prepararán el camino para la aparición del hombre de pecado en sí (v. 3).

Pablo dice que la venida de este último será la culminación de un período de engaño generalizado. La mentira es la estrategia principal de Satanás y ella producirá «la apostasía» (o renuncia de la fe). Esta última a su vez preparará el camino para la aparición final del hombre de pecado.

Los comentarios de Leon Morris acerca de esta cuestión son excelentes. «Pablo», dice, «anhela con desesperación que sus amigos no caigan en el error. “Nadie os engañe en ninguna manera” no es sólo una exhortación, sino una advertencia de la insensatez que supone ser desviado de esa forma».

Luego, Morris señala la evidencia de que el día del Señor aún no ha llegado. En primer lugar debe producirse la gran apostasía ya mencionada, esa renuncia mundial de la fe (v. 3a) que conducirá a la aparición del hombre de pecado (v. 3b). Ni lo uno ni lo otro, dice, ha tenido lugar aún; por lo tanto, el día del Señor todavía no ha llegado.

Tenemos cierta dificultad para entender tanto la apostasía como la llegada del «hombre de pecado». De lo que no hay duda es de que Pablo esperaba que sus referencias fueran tan claras para los tesalonicenses que éstos comprendieran la insensatez de su error y volvieran a la «cordura» en los asuntos que los ocupaban.

Morris dice que el apóstol «habla de que la rebelión viene “antes”, pero no dice de qué». Y luego afirma que «no cabe ninguna duda de que se refiere al día del Señor».

El hombre de pecado

De esta apostasía surgirá el hombre de pecado (v .3b). Según Morris, el pecado consiste en no conformarse a la ley de Dios (cf. 1 Juan 3.4) y «en última instancia en no dejarse gobernar por él[ … ] El individuo en mente está contemplado el trasfondo de la rebelión de Satanás contra el poder de Dios».

Morris dice que es un grave error identificar al hombre de pecado con figuras históricas del pasado. «Se trata de un personaje escatológico», afirma. Pablo dice que no aparecerá hasta inmediatamente antes del regreso del Señor. Por lo tanto es una necedad rebuscar en la historia para identificarlo. Todavía tiene que venir.

Luego dice que Pablo, al hablar de que esta figura debe «manifestarse», indica que el hombre de pecado «existirá antes de su revelación al mundo. También puede querer decirnos que hay algo sobrenatural en él. Esto sería bastante normal debido a su íntima asociación con Satanás».

Morris declara enseguida que al hombre de pecado se le:

[ … ] describe como «el hijo de perdición», una descripción que Jesús aplicó a Judas Iscariote (Juan 17.12). Esta clase de genitivo tiene un sesgo hebráico. Indica «caracterizado por» la calidad en él (cf. Isaías 57.4). De modo que aquí significa que el hombre de pecado de cierto se perderá. Como lo expresa Moffatt, es «el destinado a la perdición».

En el versículo 4, Pablo dice que este maligno «se opone y se levanta» por encima de todos los dioses y se hace pasar por Dios en su templo. ¡Qué increíble serie de declaraciones!

La palabra «oponerse» pertenece a la misma familia de términos que Satanás, «el adversario», y destaca la perversidad satánica que caracterizará a este hijo de perdición. En el versículo 4, Pablo dice que el hombre de pecado se levanta contra Dios. Según expresa Morris el tiempo es un participio presente que indica una actitud continua, no una fase pasajera.

Luego comenta que «el segundo participio (también un presente continuo) trata de la posición exaltada que se arroga el hombre de pecado, quien se coloca en el lugar más alto posible». No le basta con el cargo político supremo.

Insiste en ocupar el lugar reservado para el máximo objeto de adoración en toda la humanidad. Exige veneración religiosa; más exactamente insiste en que a ningún dios o cosa que lleve el nombre de Dios, o a ningún objeto de culto debería concedérsele el primer puesto. El hombre de pecado tiene que ser antes de todo.

A continuación, ese hombre de pecado avanza un paso más y se proclama dios. Morris dice acerca de esto: «El clímax de todo ello es la pretensión explícita a la deidad. Ha de sentarse en el templo y proclamarse dios».

Resulta difícil saber con exactitud a qué «templo de Dios» se refiere aquí Pablo. Es obvio que el apóstol y sus lectores lo comprendían (v. 4b). Morris nos dice que en este pasaje «templo» hace referencia a un santuario interior, no al templo en su conjunto. «No es que entre en el recinto del templo», expresa, «sino que invade el lugar más sagrado y allí se sienta. Su acción representa en sí una pretensión a la deidad, y el vocablo “haciéndose pasar” puede suponer una declaración explícita de determinado número de palabras (varios traductores lo dan como “proclamar”)[ … ]» Por último, ese mismo autor afirma que esto significa que «tomará formalmente asiento en un santuario[ … ] en algún edificio material que ha de servir como marco de la blasfema proclamación de deidad que el hombre de pecado llevará a cabo culminando así sus actividades».

Comentando sobre el debate que existe acerca de la identidad del que «lo detiene» (v. 6), Morris dice que aunque los lectores de Pablo sabían de lo que estaba hablando el apóstol, nosotros no lo sabemos, y es mejor que reconozcamos nuestra ignorancia. «Lo importante», continúa diciendo, «es que había algún poder actuando el cual impedía al hombre de pecado llevar a cabo su aparición hasta que fuera quitado de en medio».

Por último, en el versículo 6 tenemos la expresión «a su debido tiempo», la cual indica que el hombre de pecado sólo puede aparecer en su momento. La idea es que Dios tiene todo bajo control y sólo Él determina cuándo ese hombre debe venir. Así, el hombre de pecado se manifestará sólo cuando el Señor lo permita. No debe considerársele como alguien que actúa en completa independencia.

Todo este pasaje revela la soberanía de Dios. Él domina aun cuando parezca que el mal tiene un control absoluto. Aquí es Dios mismo quien esboza el curso del mal, de Satanás, los demonios y el anticristo desde los tiempos de Pablo hasta el día del Señor.

El mal es fuerte, y no hará sino aumentar su fuerza a medida que empiece a acercarse el día de la manifestación del hombre de pecado. En todo el proceso se ve la mano de Dios obrando. «El mal no sobrepasará sus límites», expresa Morris. «Al final se verá que ha sido el propósito de Dios y no el de Satanás o sus secuaces el que se ha cumplido».

¿Hasta cuándo el mal?

¡Qué mensaje tan consolador! Mientras escribo puedo ver el mal obrando en la vida de personas muy queridas para mí, y exclamo: «¿Por qué, Señor? ¿Por qué? ¿Dónde está tu poder? He orado durante años por esos seres queridos, pero Tú no contestas … ¿Dónde estás, oh Dios? ¿Cuándo llegará el mal a su fin?»

También veo cómo el mal florece en mi ciudad, mi estado, mi nación y mi mundo. El engaño, la corrupción, el fraude y el egoísmo abundan. Hay gente lastimada que se ve sometida todavía a más sufrimiento por los poderosos del gobierno local y nacional, las grandes empresas y los funcionarios públicos.

Luego está el aborto libre. Millones de pequeñuelos son torturados y muertos incluso antes de nacer. El SIDA y el cáncer golpean tanto a los justos como a los injustos. ¿Por qué? ¿Durante cuánto tiempo?

Hombres y mujeres decentes pierden sus trabajos y sus casas, y tienen que vivir en vehículos debajo de los puentes y en la calle. ¿Por qué?

Millones de semejantes míos, hombres y mujeres, que sufren enfermedades depresivas son echados de los hospitales y obligados a vivir en las calles. Subsisten en su propia inmundicia corporal, demasiado perturbados para ocuparse de sí mismos. Están expuestos a los elementos naturales y al menosprecio público. Son rechazados y descuidados por la nación más próspera de la historia; una nación de consumidores egoístas, demasiado ajetreados para hacer algo más por ellos que notarlos al pasar. ¿Por qué? ¿Durante cuánto tiempo?

Aun nuestras iglesias evangélicas se hallan absortas por completo en sus propios programas. Su enfoque está puesto en «suplir las necesidades de nuestra propia familia eclesial». Entre tanto, los desamparados no por culpa propia (que no son vagos ni pordioseros que prefieran vivir en la calle) y los cabezas de familia que se quedan sin trabajo y sin los ingresos necesarios para pagar sus recibos, se vuelven indigentes. ¿Por qué? ¿Durante cuánto tiempo todavía?

Hay bastante riqueza e ingenio concedido por Dios en las iglesias de América para ayudar a esta gente que sufre en su camino hacia la recuperación. Estas cosas, junto con la buena voluntad de hombres y mujeres solícitos no pertenecientes a nuestras iglesias, además de los programas gubernamentales, bastan para que muchos indigentes comiencen a caminar hacia la independencia económica. La verdad del asunto es que la gente no ocupa un puesto elevado en las prioridades de nuestras iglesias ni de las instituciones benéficas locales o federales. ¿A qué se debe esto?

¿Y qué decir de la evangelización de nuestras ciudades y del mundo? ¿Por qué tenemos las iglesias tan poco tiempo o nos preocupamos tan poco por todo lo que no sea nosotros mismos? ¿A qué se debe que no podamos unirnos como un solo cuerpo en la intercesión y la oración de guerra para alcanzar siquiera a nuestras propias ciudades con el evangelio? ¿Acaso hemos usurpado los líderes el lugar de Dios como cabeza de sus iglesias? ¿Por qué? ¿Durante cuánto tiempo más?

Por último exclamo: «Dios, ¿dónde estás tú mientras el mal se extiende incluso entre tus iglesias? ¿Cuando ese mal sumerge a nuestro país y nuestro mundo? Las cosas van de mal en peor en vez de mejorar. ¿Por qué, Dios? ¿Por qué? ¿Cuánto tiempo más?

Luego, cuando estoy a solas con Él, abro su Palabra y descubro dónde está Dios en medio de este océano de maldad tanto humana como sobrenatural. Él sigue estando donde siempre y lleva a cabo su misteriosa voluntad, la cual se cumplirá aunque, por algún tiempo, por ahora, no se esté haciendo. Ahora comprendo que su voluntad es siempre buena, incluso si aparentemente permite que el mal reine.

Estoy seguro que lo es aun cuando sufra; aunque mis seres queridos, mi familia y mis amigos padezcan hasta el punto de hacernos gritar a todos; incluso si mi comunidad llama bien al mal.

Dios permite que el mal siga su misterioso curso, pero, como dice la canción: «Tu Dios reina». Las Escrituras explican que debe permitirse la operación del misterio del mal, pero sólo hasta que Dios diga: «¡Basta!» Luego el mal dejará de existir. ¡Señor, por favor, apresura ese día!

2 Tesalonicenses 2.8–10

En vista de todo esto, los versículos 8–10 son cruciales para nuestro estudio. Aquí Pablo está hablando de dos manifestaciones: primero la del inicuo y luego la del Señor.

Cuando el Señor aparezca, «matará [al inicuo] con el espíritu de su boca, y [lo] destruirá con el resplandor de su venida». Esto será el comienzo de la solución final para la maldad.

El anticristo (nombre que le da Juan) aparece como alguien en perfecta lealtad con la actividad satánica. Viene «con todo engaño», según dice Pablo, recibido de su misma fuente: Satanás, el engañador supremo.

A lo largo de todo nuestro estudio de la guerra espiritual he luchado por mantener el equilibrio. Aunque debemos considerar a Satanás y a sus demonios como Pablo lo hace aquí, no son ellos el centro de atención de la Escritura. Sobre todas las cosas está Dios, su Hijo nuestro Señor y el Espíritu Santo, nuestro ayudador. Aunque en este capítulo el apóstol se refiera vez tras vez a la persona y la carrera del inicuo, su enfoque está puesto en la soberanía de Dios, o aún mejor: en el Dios soberano.

Morris dice que mientras Pablo «contempla los acontecimientos de los últimos tiempos, no lo hace con la mirada ansiosa del que busca trazar el curso de los mismos y seguir el proceso del hombre de pecado. Más bien mira con gozo la revelación de la poderosa mano de Dios».

Aquí tenemos un equilibrio imprescindible en nuestros días para cualquier enseñanza acerca del mal y de la guerra espiritual. Dios es el Dios único. Jesús es el único Señor. Satanás es un «no dios» derrotado a pesar del increíble poder que todavía posee para hacer el mal.

Sigamos el orden divino de los acontecimientos que conducen a la destrucción del inicuo, según palabras de Morris, en «el momento supremo de la historia». Dicho orden se nos revela en el versículo 8.

Pablo dice primero que «el Señor [lo] matará». En segundo lugar, que lo único que necesita para ello es «el espíritu de su boca». En tercer lugar, que lo hará «con el resplandor de su venida» (v 8). Los tesalonicenses no habían de temer, según comenta Morris, «por ilustres que pudieran ser los hombres perversos. Aun los más destacados de ellos quedarían eclipsados con mucho por el Señor de esos humildes creyentes cuando volviese».

Pablo, añade Morris, no subestima al hombre de pecado, que es perverso y poderoso, pero «sus aseveraciones confiadas de los dos últimos versículos brotan del reconocimiento del esplendor y el poder del Señor Jesús, no de ningún fallo en apreciar el poder de la oposición».

En el versículo 9 Pablo se refiere otra vez a la venida del inicuo y, como ya hemos visto, lo hace con la misma palabra empleada para la segunda venida de Cristo en el versículo 8. El hombre de pecado vendrá con su propio esplendor y poder otorgado por Satanás. Es el representante del diablo. Morris dice que el versículo:

[ … ] sugiere con fuerza que tenemos ante nosotros una parodia de la encarnación. El hombre de pecado no es simplemente uno con ideas perversas, sino que está revestido del poder de Satanás para realizar su obra. Por tanto viene «con gran poder y señales y prodigios mentirosos».

Poder, señales y prodigios son las tres palabras que se utilizan a lo largo de toda la Escritura para referirse a los hechos divinos de poderío a través del Señor Jesús y de su pueblo. «Tal vez se utilizan aquí por esta razón», explica Morris. «Nos ayudan a comprender la naturaleza falsa del ministerio del hombre de pecado».

Refiriéndose a estos tres términos de poder utilizados aquí, Pablo dice sin embargo que son señales mentirosas o falsas. No es que los milagros sean ficticios. Se trata de milagros auténticos. Sólo son falsos porque no vienen de Dios sino del «no dios» que intenta hacer las obras del Señor para engañar a aquellos que quieren ser engañados.

A continuación, Pablo se ocupa del efecto que tiene el engaño activado por el hombre de pecado en los incrédulos. Y al hacerlo nos proporciona una comprensión completa de la naturaleza de la incredulidad y de los incrédulos. El apóstol escribe desde la perspectiva de la soberanía de Dios, y expresa que:

1. Los engañados se perderán (v. 10a).

2. Y esto sucederá porque «no recibieron el amor de la verdad para ser salvos» (v. 10b).

Morris afirma que «aquí el término “verdad” (vv. 10b–12)[ … ] está muy relacionado con Jesús (cf. Efesios 4.21, “conforme a la verdad que está en Jesús”; Juan 14.6, “Yo soy[ … ] la verdad”). Más particularmente se trata de la verdad salvadora del evangelio».

Este hecho se destaca en todo el pasaje. Recibir la verdad significa recibir la salvación; rechazarla equivale a ser condenado. Esta verdad debería haber sido recibida con cariño, pero esos hombres la rechazaron.

Pablo habla luego, no sólo de la verdad, sino del «amor de la verdad», una expresión que sólo encontramos en este pasaje a lo largo de toda la Biblia.

El apóstol dice que la actitud de la gente que está describiendo se encuentra apartada de todas las cosas de Dios y por lo tanto de la verdad divina. Morris afirma que «no recibieron con agrado la verdad de Dios (este es el énfasis del verbo traducido por “recibir”; véase 1 Tesalonicenses 2.13); esa verdad que se expresa en el amor producido por el evangelio». Se trata por tanto de un acto voluntario que muestra la actitud de sus corazones y lleva a unas consecuencias negativas eternas. Serán juzgados por su actitud y por las acciones resultantes de ella.

Morris dice que el versículo 10 «concluye con una cláusula de propósito que destaca la magnitud del don que esos hombres habían rechazado. Otros hombres aman la verdad con vistas a su salvación; es a dicha verdad a la cual aquellos que se pierden habían vuelto la espalda».

2 Tesalonicenses 2.11–17

En el versículo 11a, Pablo dice: «Por esto[ … ]», y mira a todo lo que ha dicho hasta ese momento. Debido a que los hombres no se aferran a la verdad, se perderán. Puesto que no la aman, se dejan engañar; y por ello no serán salvos (v. 10). Se perderán con el hombre de pecado (vv. 8, 10).

Por último, con este trasfondo negativo, el apóstol dice que Dios ahora interviene y comienza a juzgar a los hombres rebeldes. El acto divino inicial es difícil de entender al principio. Dios mismo «les envía un poder engañoso, para que crean la mentira» (v. 11).

Esta es la primera cláusula de propósito de Pablo en la presente sección y también la segunda vez que el apóstol utiliza el concepto de «mentira». Morris describe el mismo como «una energía para el engaño».

Esta es una de las dimensiones de mi concepto de «energía de pecado». En el caso que nos ocupa significa que Dios mismo enviará un poder el cual influirá en ellos para que crean a la mentira. Morris señala: «La última expresión es realmente “la mentira”. Lo que esas personas aceptan no es cualquier mentira, sino el mayor esfuerzo de Satanás: la mentira de que el hombre de pecado es Dios. Se niegan a aceptar la verdad y son por tanto entregados a una mentira».

Esta idea del mal es importante para mantener una perspectiva completamente bíblica. De todo lo que hemos visto, se podría deducir que, como dice Morris, se trata de «una competición en la que Satanás, por un lado, y Dios, por el otro, hacen sus movimientos, pero Dios es, de alguna manera, el más fuerte». Morris corrige esto afirmando que «Pablo tiene un concepto más grandioso: el Señor está utilizando el mismo mal que producen los hombres y Satanás para ejecutar su propósito».

Dios está obrando. No está haciendo peores a los hombres malos, sino juzgando a los perversos por su maldad mediante su confirmación en ella. El Señor tiene derecho a hacer esto, porque sólo Él es Dios. Esos hombres creen de veras que están actuando libremente al desafiarle; como también lo creen Satanás y los principados y potestades espirituales que operan en el mundo. Pero sus actos de desafío son también los vehículos de su juicio. Por desgracia, aquellos que permiten que los espíritus mentirosos los engañen serán también juzgados como engañados y engañadores. El permitir que los espíritus mentirosos tengan acceso a nuestras mentes y corazones no es cosa fácil.

Por último, con los versículos 13 al 15, Pablo se aparta de los incrédulos y vuelve otra vez a sus queridos santos de Tesalónica. Todo lo ha escrito pensando en ellos. Y ahora les habla en unos términos inigualados en la Escritura, con el propósito de traer consuelo y seguridad a esos amados cansados de la lucha.

Primero, les dice que Dios los ha «escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación del Espíritu y la fe en la verdad» (v. 13). ¡Qué palabras tan maravillosas! A continuación, Pablo expresa que fue a ese destino al cual Dios los llamó «mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (v. 14). Estas palabras preciosas pretenden ser un mensaje de seguridad para los Tesalonicenses y para todos los que creemos como ellos. Yo creo. ¿Y usted?

«Era necesario tratar del hombre de pecado y de sus detestables monstruosidades», escribe Morris, «pero el verdadero interés de Pablo está en otra parte. Las especulaciones de sus amigos tesalonicenses sobre la venida del Señor había hecho imprescindible que dijera lo suficiente para corregirlos. Una vez realizado esto, el apóstol se ocupa de un tema más agradable: la elección divina de los tesalonicenses para salvación».

Esa elección divina abarca a todos los creyentes. Todos fuimos escogidos en Cristo «antes de la fundación del mundo», dice Pablo en Efesios 1.4. Aquí se trata de lo mismo: Dios os ha «escogido [y a nosotros] desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad» (v. 13b). ¡Qué magnífico pasaje de la Escritura es este!

Se trata de una de las porciones más completas de guerra espiritual del Nuevo Testamento, porque traza el curso de la guerra entre los dos reinos hasta su desenlace final con la aparición y destrucción del más perverso de los servidores de Satanás: el «hombre de pecado». Y el apóstol afirma que los hombres de pecado serán destruidos junto con ese hombre de pecado.

Según el libro de Apocalipsis, enseguida viene el juicio eterno del mismo Satanás, quien es arrojado al lago de fuego (Apocalipsis 20.10–15). Después de ello tenemos a los santos de Dios, con Dios y con «el Cordero» para siempre, en la Ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21 y 22). ¡Aleluya! ¡El diablo está derrotado! ¡Nuestro Dios reina!

Resulta apropiado que Pablo concluya este pasaje sobre la guerra espiritual, no con el hombre de pecado, sino con la familia de Dios (vv. 13–17). Esta es también la nota con la cual Juan termina el libro de Apocalipsis y, por lo tanto, toda la Biblia. Juan pone en boca de Jesús:

Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana.

Y a esto sigue la respuesta:

Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente. (Apocalipsis 22.16, 17).

Este es el último resultado de la guerra espiritual en la que estamos comprometidos cada momento de nuestra vida, lo sepamos o no. ¡A Dios sea la gloria! La victoria final es completamente segura. Nosotros ganamos la guerra. ¡Aleluya! ¡El diablo está derrotado! ¡Nuestro Dios reina!

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  1. GREGORIO CASTILLO
    27 julio 2008 en 10:12 PM

    Mi hermano, los hombres inteligente como tú son muy necesarios en el tiempo presente. No se como hay gente que prende poner a competir al diablo con Dios, siendo el diablo creación y Dios un ser eterno. Sucede mi hermano que en el evangelio hay mucho que han sido llamado pero no han comprendido el poder de Cristo, por lo tanto hacen una mezcolanza entre el alminismo y el materialismo, quieren rendir cultos a los espíritus o convertir a Dios en materia. Sinceramente mi hermano, a mí lo que me da es penas con ciertas gente por lo ignorantes que lucen.
    Aquí en la Rep. Dominicana los guerreristas fueron tan fanáticos, que casi tu no me cree, si te digo que construyeron dos estatuas y les hacían cultos en nombre de la guerra espiritual. Demasiado atreverse, pero el fanático es criminal.

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