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Andad en el espíritu: Gálatas 5

El Viejo Yo, El Nuevo Yo Y La Carne

¿Cómo es posible que la carne tenga aún tanta fuerza en la vida del creyente? ¿Cómo puede el Espíritu Santo habitar en el mismo cuerpo que la carne impía? Hemos visto que las Escrituras enseñan que el cristiano verdadero no está ya en la carne, sino en el Espíritu (Romanos 8.1-9). ¿Por qué entonces sigue actuando en su vida junto con el Espíritu Santo? Esta contradicción es tan evidente como que el Espíritu cohabite con un demonio en el cuerpo de un cristiano ¿Cómo es posible todo esto? Lloyd-Jones sugiere lo siguiente:

Mi viejo yo, ese que estaba en Adán, era esclavo del pecado por completo. Se ha ido y ahora tengo uno nuevo, soy un nuevo hombre[ … ] No soy yo quien hace esto o aquello, sino el pecado que permanece en mis miembros. El pecado ya no está en mí [en mi nuevo yo en Cristo], únicamente en mis miembros. Esto es lo más liberador que uno pueda escuchar.

A este «pecado que permanece en mis miembros», para utilizar el término de Lloyd-Jones, el apóstol Pablo lo llama «la carne» en Gálatas 5.16-24. Neil Anderson, por su parte, al escribir sobre la guerra del creyente contra la carne, concuerda con esto y dice:

La carne es la tendencia, que hay en cada persona, a actuar independientemente de Dios y centrar su interés en sí misma. El inconverso trabaja completamente en la carne (Romanos 8.7-8), adorando y sirviendo a la criatura antes que al Creador (Romanos 1.25)[ … ] Cuando usted experimentó el nuevo nacimiento, su viejo yo murió y nació el nuevo[ … ] [pero] durante los años que había estado separado de Dios, sus experiencias mundanas le habían programado meticulosamente el cerebro con pautas de pensamiento, indicios de memoria, respuestas y hábitos que son extraños al Señor. De modo que aunque su viejo jefe ya no esté, su carne sigue opuesta a Dios en la forma de una propensión a pecar programada de antemano que vive independiente de Él.

¿Quién no puede identificarse con las palabras de Anderson? Yo, desde luego, sí. Crecí en un hogar trastornado por el alcohol, y debido a ello adquirí una imagen deficiente de mí mismo. El hecho de no haber recibido un cuidado dental adecuado hizo que detrás de mis dos dientes delanteros crecieran otros dos que empujaban hacia afuera a los primeros, y aunque mi problema no era exagerado a mí me lo parecía y me consideraba feo.

Era un amante de la libertad, no un estudiante, y puesto que mamá tenía bastante con tratar de mantener unida a la familia, no le quedaba tiempo para corregir mis descuidados hábitos de estudio. Mi hermano, más estudioso, obtenía casi siempre calificaciones sobresalientes, mientras que yo apenas obtenía C, D y una que otra B. De modo que me consideraba tonto.

Cuando a los diecinueve años sometí mi vida al señorío de Cristo, el Espíritu Santo me llamó inmediatamente a la obra misionera. Eso implicaba ir a la universidad y al seminario. A mí me aterraba la idea de tener que prepararme en un contexto en el cual no bastaba aparentar que estudiaba. Programado para tener poco éxito en los estudios, fui a la universidad Biola únicamente porque Dios me dijo que lo hiciera, y allí empecé a aprender acerca de la vida cristiana. El Señor utilizó las obras de L. E. Maxwell y Hudson Taylor, y comenzó a liberarme de aquella dirección al fracaso.

Cuando supe que Cristo era mi vida, empecé a tener esperanza; y cuando aprendí a negarme a la carne con sus pautas de pensamiento, sus indicios del pasado, sus respuestas y sus hábitos extraños a Dios, empecé a cambiar. Me gradué magna cum laude y descubrí que no era un tonto. Lo único que tenía que hacer era descansar en Cristo y ser constante en el trabajo.

En Gálatas, el apóstol Pablo utiliza la palabra «carne» (sarx) diecisiete veces, tal vez la más mencionada en un libro tan pequeño, y ello de las tres formas anteriormente descritas por Elwell que se emplean en el Nuevo testamento.

Gálatas: La gracia, la fe y el Espíritu

En su epístola a los Gálatas el apóstol destaca que a la vida cristiana se entra sólo por gracia y mediante la fe, sin las obras de la Ley (Gálatas 1.6-2.21; 3.6-4.31), y que ella se vive únicamente en el Espíritu Santo, el cual, asimismo, es recibido por la fe y no por obras ni por ninguna otra actividad asociada a la carne (Gálatas 3.1-5; 5.1-6.18).

En Gálatas existe una íntima relación entre la gracia, la fe y el Espíritu Santo, tanto en lo referente a la regeneración como a la santificación, y en oposición a las obras de la Ley y de la carne. Pablo habla por primera vez del Espíritu que va siempre asociado a la gracia y la fe en Gálatas 3.1-5, 13-14. El apóstol tiene en mente tanto la regeneración como la santificación.

¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la Ley o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu ahora vais a acabar por la carne? ¿Tantas cosas habéis padecido en vano? Si es que realmente fue en vano. Aquel que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la Ley o por el oír con fe?

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.

Recibimos el Espíritu por fe, no por las obras de la Ley ni por ninguna otra actividad de la carne. Él obra también en y entre nosotros por esa misma fe, y no por ninguna actuación religiosa meritoria. Comenzamos nuestra vida cristiana por la fe en el Espíritu que nos regenera y la vivimos en el Espíritu que nos santifica.

Gálatas 5: Libertad por la fe mediante el Espíritu

El creyente no sólo es libre de la ley como medio de salvación y santificación, sino también de la esclavitud de la carne en cualquier área de su vida. Este tema de la libertad del cristiano lo menciona Pablo primeramente en Gálatas 5.1:

Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo firmes, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.

En un antiguo pero inspirador estudio de Norman B. Harrison sobre Gálatas, titulado His Side Versus Our Side [Su posición contra la nuestra], Harrison escribe:

El cristiano, nacido de Dios, es de Dios nacido libre. Es su hijo, su heredero, todo lo que Dios tiene es suyo[ … ] él ya nos ha bendecido «con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (Efesios 1.3). Y estas bendiciones incluyen su favor incondicional, su justificación plena, la concesión de su vida, el don de su Espíritu, el acceso a su presencia en oración[ … ] Todo cuanto se pueda desear.

La libertad cristiana es una vida llevada de tal manera que las provisiones de la gracia siguen obrando. Salvos por gracia en un principio, debemos ser guardados por la misma continuamente. La vida impartida por gracia ha de ser sostenida por ella misma. Justificados por gracia (Romanos 3.24), debemos ser santificados también por ella. Estando firmes en la gracia (Romanos 5.2), debemos andar en ella. Y hemos de ser enseñados, adiestrados y disciplinados por la gracia (Tito 2.11-14). Tenemos que crecer en gracia (2 Pedro 3.18) y experimentar las riquezas de su gracia (Efesios 1.7), no sólo ahora sino eternamente (Efesios 2.7). En la prueba más severa, su gracia se muestra suficiente para nosotros (2 Corintios 12.9), y cuando nos humillamos Él sigue añadiendo más de ella (Santiago 4.6). Se llama a sí mismo el Dios de toda gracia (1 Pedro 5.10), capaz de hacer que abunde en nosotros para que tengamos siempre en todas las cosas todo lo suficiente (2 Corintios 9.8).

Resulta evidente que Dios tiene un minucioso programa de gracia: ella nos libera y nos mantiene en una experiencia continua de libertad. He aquí la libertad cristiana: permanecer a su lado, en su favor, donde su gracia libertadora actúa continuamente. En esta libertad debemos «estar firmes» a toda costa.

Tal vez las diversas operaciones del Espíritu que mora en cada creyente puedan resumirse en una sola expresión de Gálatas 5.5: Practicamos nuestra vida cristiana «por el Espíritu[ … ] por la fe», a la espera del día venidero del Rey de Gloria en el cual el conocimiento de la gloria del Señor cubrirá la tierra como las aguas cubren el mar (Isaías 11.9). ¡Qué gran día será !

Gálatas 5.16-25

En Gálatas 5.13, antes de empezar a contrastar las obras del Espíritu con las de la carne en los versículos 16 al 25, Pablo da un toque de advertencia: «Sólo que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros».

Richard Longenecker dice en su espléndido comentario sobre Gálatas, que la expresión «oportunidad para la carne» significa «un punto de arranque», «una base de operaciones» y un «pretexto» u «ocasión».

Longenecker hace dos comentarios excelentes acerca del Espíritu y la carne, los cuales nos prepararán para nuestro estudio de los versículos 16 al 25. Primeramente, explica que «puesto que el “Espíritu”‘ y “la carne” aparecen yuxtapuestos a lo largo de la exhortación que va desde el 5.13 al 6.10, podemos dar por sentado que así como Pablo pensaba en el uno como personal, pretendía que el otro fuera también concebido, al menos, como semipersonificado».

¿Qué es la «carne»?

En segundo lugar, Longenecker comenta sobre el sentido de sarx, la carne, que antes de Gálatas 5.13-6.10 Pablo utilizaba principalmente para referirse a «la naturaleza humana caída, corrupta o pecaminosa, distinguiéndola de la del hombre tal y como fue creada por Dios en un principio».

Para desanimar cualquier idea de dualismo antropológico que pudiera surgir de la traducción de sarx por «carne» en el contexto ético, algunos traductores han interpretado el término de varias formas descriptivas.

Así [en inglés] han aparecido traducciones como «naturaleza física» (AMUT), «naturaleza humana/deseos naturales/deseo físico» (GNB), «naturaleza inferior» (NEB), «naturaleza corrupta» (KNOX) y «naturaleza pecaminosa» (NIV), u otra más libre como «falta de moderación (JB)[ … ] Quizás las mejores de ellas sean las que añaden el adjetivo «corrupta» o «pecaminosa» al substantivo «naturaleza» (p. ej. KNOX, NIV), para sugerir así un aspecto esencial de la condición presente de toda la humanidad, opuesta al «Espíritu», y evitar la idea de que el cuerpo humano sea malo en sí mismo.

Como conclusión de su tratamiento a este pasaje, Longenecker comenta que «el cristiano puede escoger entre usar su libertad en Cristo “como oportunidad para la carne” o para responder al “Espíritu”».

William Barclay expresa acertadamente la idea de sarx en el sentido ético con las siguientes palabras:

La carne es aquello en lo que el hombre ha aceptado convertirse, opuesto a lo que Dios quería que fuese. La carne representa el efecto total sobre el hombre de su propio pecado, el de sus padres y el de toda la gente que le ha precedido[ … ] La carne es la naturaleza humana debilitada, viciada, contaminada por el pecado. La carne es la naturaleza del hombre que no tiene a Jesucristo y a su Espíritu.

Todo lo que hemos estudiado hasta ahora es decisivo para comprender la descripción que Pablo hace de la guerra del creyente contra la carne, y que comienza en Gálatas 5.16. En ese versículo, el apóstol da un mandamiento seguido de una promesa.

La Carne Contra El Espíritu

Digo, pues: Andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne.

El mandamiento es «Andad en el Espíritu».

Aunque está ciertamente relacionado con lo que antes se dijo (vv. 13-15), la exhortación al amor fraternal, también introduce lo que viene a continuación. El versículo 15 tal vez implica que la iglesia de los gálatas estaba profundamente dividida. En realidad, el carácter de la epístola revela a una iglesia en discordia a causa de los legalizantes, quizás judíos cristianos celosos de la Ley mosaica. Las tensiones debieron ser profundas entre los creyentes como lo son en tantas iglesias hoy en día. Por lo tanto, Pablo les dice cómo experimentar el amor fraternal que Dios quiere que exista entre ellos. Dicho amor viene, expresa el apóstol, de «andar en el Espíritu».

El proceso clave: Andar en el Espíritu

Referente a lo que sigue, es decir, a la guerra entre la carne y el Espíritu, Pablo expone ante ellos el mismo y único secreto para la victoria: «Andad en el Espíritu».

Longenecker señala:

La palabra traducida por «andad», peripatéo (caminar, transitar) aparece con frecuencia en las cartas de Pablo, y de vez en cuando en las de Juan, en el sentido figurativo de «vivir» o «conducirse»[ … ] el uso figurativo de peripatéo procede del hebreo (halak), término utilizado reiteradamente en el Antiguo Testamento para expresar el «caminar» o el «conducir la propia vida» [ … ]El presente del imperativo peripateite, que denota una exhortación a la acción en progreso, implica que los gálatas debían continuar con lo que habían estado haciendo hasta entonces, es decir, experimentar la presencia y la operación del Espíritu en sus vidas (cf. 3.3-5) y vivir por la fe (cf. 5.5).

La victoria sobre la carne es, pues, un proceso: vivir, andar y ser guiados por el Espíritu. El énfasis está puesto en el proceso y no en la crisis.

¿Y qué de las experiencias dramáticas?

Es muy importante para nuestros días, cuando tanto se destacan las experiencias dramáticas con el Espíritu como la puerta a la santificación, al poder en la vida del cristiano y a un nivel único en la fe del cual fluirán todas las demás bendiciones prometidas al creyente. Ciertamente las experiencias con el Espíritu suceden y deberían suceder. Hay veces en las que Él «cae sobre» los creyentes tanto individualmente como en grupos; «viene con sanidad»; visita a su pueblo dirigiendo períodos de avivamiento durante los cuales se hace más por el reino de Dios en unas pocas semanas o meses que en las décadas anteriores.

Todos deberíamos anhelar esas visitaciones del Espíritu de Dios. Yo lo hago. Vivimos en una hora peligrosa, pero también en un momento de oportunidades sin precedentes para cumplir el mandato redentor de llevar el evangelio a todos los sectores de la humanidad (Mateo 28.18-20); y tal vez no completaremos esa tarea sin una visitación divina de este tipo a escala mundial. En algunos lugares e iglesias ya ha empezado.

Las experiencias auténticas con el Espíritu Santo se están multiplicando, especialmente en el Tercer Mundo. En mi ministerio con dirigentes cristianos en el extranjero, me siento constantemente humillado por los muchos dones y experiencias del Espíritu que Dios está dando a cristianos sencillos que leen acerca de ellos en su Palabra, reclaman por la fe sus promesas y se ponen en marcha obedeciendo sus órdenes.

Una de mis mayores preocupaciones es, sin embargo, el énfasis exagerado que se pone en esas experiencias con el Espíritu, las cuales llevan de una euforia espiritual a otra. Los creyentes se reúnen buscándolas y a menudo dan rienda suelta a sus emociones inflamadas por líderes de púlpito que explotan los deseos que tiene la gente de experiencias especiales con Dios porque apelan a sus necesidades emocionales.

«Hermanos y hermanas, Dios nos va a visitar hoy de una manera excepcional». (¡Si así ocurre en cada reunión ya no es excepcional!) «¡Levantemos nuestras manos y voz al Señor! Oremos todos para que el Espíritu venga sobre nosotros y el caer al suelo bajo su poder sea algo que se contagie en nuestro medio».

Ni desde una perspectiva bíblica, ni históricamente, ni tampoco desde el punto de vista de la experiencia cristiana contemporánea tengo ningún problema con una verdadera visitación del Espíritu Santo que subyugue a su pueblo hasta el punto de hacerle entrar en un estado casi de éxtasis durante un tiempo. Después de todo fue eso lo que le sucedió a Pedro en la azotea de Jope (Hechos 9.9s; 11.5), y lo mismo ha ocurrido en la mayoría de las grandes visitaciones del Espíritu a lo largo de la historia de la iglesia. A mí me ha sucedido.

Las experiencias dramáticas no pueden ser una meta

Sin embargo, cuando este acontecimiento se convierte en objetivo de nuestras reuniones de iglesia tenemos dificultades. Si se busca que ocurra y se hacen promesas de que la experiencia en sí conducirá a la persona a un nivel más alto de la vida cristiana en el futuro, pongo objeciones. Esto no es lo que enseña la Escritura. Pablo no dijo: «Sed bautizados o caed bajo el poder del Espíritu y no satisfaréis los deseos del Espíritu», sino: «Andad, vivid y sed guiados por el Espíritu y no satisfaréis los deseos de la carne».

Se trata más de un proceso que de una experiencia especial. La vida de la fe, día a día y momento a momento, en la presencia del Espíritu que mora en nosotros; la comunión continua con Él y la obediencia a su voluntad es el secreto de la vida cristiana normal. Sólo esto produce los resultados que Dios quiere ver en nuestra vida. Esto es lo que el Espíritu Santo mismo ordena y promete por medio del apóstol: «Andad en el Espíritu [el mandamiento], y no satisfaréis los deseos de la carne» [el resultado prometido] (v. 16). Cuando se exaltan las experiencias espirituales especiales en detrimento del proceso diario de andar en el Espíritu, la carne puede seguir manteniendo el control y en efecto lo hace.

Algunos años atrás ministré durante un mes en Argentina y cierto domingo por la mañana un pastor me pidió que participara del púlpito con un líder de ese país muy metido en el tema del avivamiento y el despertar espiritual. Puesto que la iglesia se encontraba en medio de una campaña evangelística para alcanzar a su ciudad, hablé sobre el tema.

El hermano argentino que predicó después de mí lo hizo con relación al ministerio del Espíritu Santo, su mensaje fue preocupante, pues utilizó un pasaje del Antiguo Testamento completamente fuera de contexto, de manera que dijera lo que él deseaba y violando así el sentido del mismo. Pronto quedó claro que su objetivo era guiar a la congregación a la búsqueda de una determinada manifestación del Espíritu.

Cuando hubo terminado el mensaje, comenzó a « motivar» a la gente diciéndoles que Dios los iba a hacer caer bajo el poder del Espíritu. Hizo que se pusieran de pie, y pidió a aquellos que querían que Dios los bendijera que pasaran al frente a fin de imponerles las manos y el Espíritu vendría. Más de la mitad de las personas allí reunidas fueron adelante y con el toque de su mano se desplomaron.

Una vez terminada la reunión, el pastor y yo comimos juntos; pero por mi condición de invitado no quise decir nada acerca de lo ocurrido aquella mañana en el culto. Era bien sabido que la iglesia en cuestión estaba abierta a todas las operaciones del Espíritu, así que di por sentado que lo sucedido era totalmente aceptable para mi hermano pastor. No me correspondía hacer comentarios sobre un área de experiencia espiritual como aquella que era objeto de profunda controversia entre los creyentes a nivel mundial. Además, la actuación del Espíritu debe juzgarse desde dentro, no desde fuera. Hay una serie de factores socioculturales y espirituales que forman el verdadero contexto en el cual Dios, el Espíritu Santo, opera siempre, y los forasteros por lo general no están capacitados para juzgar lo que está ocurriendo en movimientos extraordinarios del Espíritu.

Sin embargo, en medio de la comida, el pastor dijo:

-No me ha gustado la forma de ministrar del hermano durante el culto, y pienso decírselo cuando esté a solas con él.

-¿Por qué? -le pregunté. ¿No cree usted que el hecho de que el Espíritu venga sobre su pueblo y produzca el tipo de fenómeno que ocurrió esta mañana sea válido?

-Sí, creo en ello me respondió-. El Espíritu Santo es Dios, y cuando lo toca a uno directamente puede verse superado por su presencia, como vemos en la Biblia y en la historia de la iglesia. Pero como congregación ya hemos dejado atrás la fase en la que necesitamos experiencias dramáticas con el Espíritu Santo para reforzar nuestra fe.

-Por favor- le rogué, -explíqueme lo que quiere decir.

-Creo que cuando empezamos a permitir que el Espíritu haga cualquier cosa que desee con nosotros como iglesia, Dios a menudo se manifiesta de una forma dramática y visible. Es como si extendiera sus brazos hacia nosotros y nos diera “un abrazo” para alentarnos. Es su forma de decirnos: “Os quiero. Estoy aquí. Ahora andad en la obediencia de la fe”.

¿Un ansia carnal del Espíritu?

»Nosotros ya pasamos por ese período y nos sucedió lo que con demasiada frecuencia ocurre en nuestras iglesias: Dios manifiesta la presencia del Espíritu de esta manera “perceptible” y, egoístas como somos, empezamos a esperar que se repita lo mismo cada vez que lo pide nuestra gente. Los creyentes vienen a las reuniones buscando esta o aquella manifestación particular del Espíritu, y si no se produce caen en el desaliento. Piensan que cualquier culto donde no haya manifestaciones espectaculares de poder es inferior a otros donde se da este tipo de fenómenos.

»El resultado, en nuestro caso, fue que empezamos a andar por vista y no por fe, hasta que Dios nos dijo a los líderes que enseñásemos a su pueblo una vida de fe y de obediencia a Él, y no nos quedásemos anclados en ninguna experiencia particular de su presencia. Lo que ha ocurrido hoy representa un paso atrás para nuestra iglesia».

En el caso de aquel pastor la cuestión no era si su iglesia aceptaba o no las manifestaciones de poder del Espíritu, sino más bien el significado que se atribuía a las mismas. Irónicamente, la ansiedad por esta o aquella manifestación del Espíritu puede ser carnal, y siempre lo es cuando se busca pasando por alto el proceso de andar en el Espíritu.

La meta es andar en el Espíritu

Al escribir acerca de la exhortación a «andar en el Espíritu», Longenecker dice:

Detrás del creyente individual Pablo ve dos fuerzas éticas que buscan controlar su pensamiento y actividad. La primera es la fuerza personal del Espíritu de Dios; la segunda, la «carne» personificada. ¿Qué debe hacer el cristiano ante tan ético dilema? Como proclama el apóstol, la promesa del evangelio es que la vida en el Espíritu anula aquella controlada por la carne. En realidad, esa promesa se declara enfáticamente mediante el uso de la doble negación ou me «no nunca» con el subjuntivo aoristo telesate.

Así que, Gálatas 5.16 puede traducirse en parte como: «Andad en el Espíritu, y de ningún modo haréis los deseos de la carne». En el versículo siguiente (v. 17), Pablo trata por lo menos cinco temas relacionados con el mandamiento y la promesa del 16:

1. La razón fundamental del dualismo carne y Espíritu: librar una guerra entre sí dentro de la vida del creyente.

2. Esta guerra entre la carne y el Espíritu no cesa. No hay paz ni compromiso posible entre los dos.

3. La carne está personificada al igual que el Espíritu Santo es un solo ente. Se presenta a aquella con vida propia, incluso con mente, emociones y voluntad. Y como tal se compromete en una feroz batalla para intentar vencer al Espíritu Santo.

4. La meta de cada uno de estos agentes es controlar la vida del creyente. El Espíritu pelea contra la carne para anular el control de su poder maligno en la vida cristiana. La carne, a su vez, lucha contra el Espíritu para anular su control sobre ella.

5. El campo de batalla se encuentra dentro del creyente, en su corazón, la parte más íntima de su ser.

Este versículo resume el principal problema de la humanidad desde la perspectiva paulina. Longenecker se refiere al versículo 17 por considerarlo una declaración resumida de la «antropología soteriológica fundamental [del apóstol] que subyace no sólo a lo que decía en el versículo 16, sino también a toda su comprensión de la humanidad delante de Dios desde que «el pecado entró en el mundo”» (cf. Romanos 5.12).

La fluida traducción que hace Barclay del versículo 17 es excelente:

Porque los deseos más bajos

de la naturaleza humana son exactamente al revés

de los del Espíritu, y los deseos

del Espíritu igualmente contrarios a aquellos

de la parte más baja de la naturaleza humana,

ya que se oponen radicalmente entre sí

para que no podáis hacer lo que queréis.

Algunos pueden objetar con relación al uso del término dualismo según el apóstol lo describe aquí. Sin embargo dicho término es apropiado si comprendemos que se trata de un tipo modificado: Ni fue así en la creación del hombre ni seguirá siéndolo después de su glorificación. Además nos referimos a un dualismo ético, no cosmológico o antropológico.

Antes de describir los frutos producidos por la carne (vv. 19-21) y aquellos del Espíritu (vv. 22-23), en el versículo 18, Pablo resume lo que ha estado enseñando; y lo hace en el contexto de los esfuerzos subversivos de los judaizantes por apartar a los creyentes de la vida en el Espíritu y esclavizarlos al legalismo.

Los gálatas habían comenzado a vivir la vida cristiana por la fe mediante el Espíritu (3.1-5) y habían estado «corriendo bien» (5.7). No obstante, después se habían desviado para vivir según una serie de normas legalistas. Lo único que tenían que hacer era volver a la vida guiada por el Espíritu y éste quitaría de sobre ellos el yugo de la ley que los judaizantes habían colocado en sus cuellos (v. 18).

Matthew Henry pone en boca del apóstol Pablo:

Si, en la inclinación y el tenor predominante de vuestras vidas, sois guiados por el Espíritu; si actuáis bajo la dirección y el gobierno del Espíritu Santo y de esa naturaleza y disposición espiritual que ha forjado en vosotros; si convertís la Palabra de Dios en vuestra regla y la gracia divina en vuestro principio; se verá desde ahora que no estáis bajo la ley, ni bajo la condenación, aunque todavía os encontréis bajo su impresionante poder[ … ]

Quisiera concluir este capítulo repitiendo las palabras del apóstol en Gálatas 5.13, 16, 18:

Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados;

solamente que no uséis la libertad

como ocasión para la carne,

sino servíos por amor los unos a los otros[ … ]

Digo, pues: Andad en el Espíritu,

y no satisfaréis los deseos de la carne[ … ]

Pero si sois guiados por el Espíritu,

no estáis bajo la ley.

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Categorías:Sin categoría
  1. 14 mayo 2013 en 12:51 AM

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