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Cita en Samaria: Felipe, Pedro y Simón el Mago

Felipe, Pedro y Simón el MagoHechos 8

La mayor demostración evangelística de poder registrada en el libro de los Hechos, y quizás en todo el Nuevo Testamento, no se produjo a través del ministerio de un apóstol, sino de un laico, Felipe, que era parte del grupo de los siete diáconos escogidos por la iglesia de Jerusalén (Hechos 6.1-7).

Felipe, como la mayoría de los otros dirigentes griegos de la iglesia huyó de la persecución desencadenada por Saulo (Hechos 8.1), y por dondequiera que pasaba predicaba la Palabra (8.4). La persecución le condujo a Samaria, donde la demonización generalizada reinante (v. 7) indica que se trataba de una ciudad que había dado pie a los espíritus malos. Debido a la actividad mágico-demoníaca de Simón, el brujo principal del lugar, el problema con el mundo espiritual en Samaria tal vez implicaba a espíritus engañadores religiosos con sus demonios acompañantes de inmoralidad y enfermedades físicas.

El notable ministerio de evangelización masiva y de poder realizado por Felipe (vv. 5-8) estuvo, sin duda, directamente relacionado con la persona y las actividades de Simón, conocido en la historia cristiana posterior como Simón Mago o Simón el Mago (vv. 9-24). En el libro de los Hechos se habla más acerca de él que de ninguna otra persona aparte de los apóstoles. Y su influencia no terminó con el relato de Hechos. F. F. Bruce dice que «Simón el hechicero, o Simón Mago (como se le llama en general), desempeña un papel extraordinario en la literatura cristiana primitiva».

B. F. Harris, por su parte, da muestras de una verdadera comprensión de las dimensiones del choque de poder y guerra espiritual de este relato y del libro de Hechos en general. Bajo el subtítulo de «Christianity and Magic in Acts» (El cristianismo y la magia en Hechos), escribe que Lucas nos presenta «un tema reiterado en los Hechos [del] conflicto entre el cristianismo y las prácticas mágicas que tan frecuentes eran en el mundo grecorromano del primer siglo».

Polémica antimagia en los Evangelios y Hechos

En su excelente artículo de la ISBE sobre la magia, D. E. Aune dice que en el mundo grecorromano del Nuevo Testamento ésta estaba dividida en cuatro categorías principales, según el propósito que tuviera: protectora, dirigida en particular contra las enfermedades temidas; agresiva y maligna; magia del amor y aquella otra cuyo objetivo era la adquisición de poderes sobre los demás; y adivinación y revelación mágicas. Las más populares eran la magia erótica, la revelación mágica y la magia para obtener control sobre otras personas.

Aune dice que Jesús y los primeros cristianos fueron constantemente acusados, tanto por los judíos como por los paganos, de practicar las artes mágicas.

La controversia giraba en torno a los milagros de sanidades y exorcismo que realizaban. Jesús y los cristianos primitivos pretendían ser agentes de Dios, mientras que sus adversarios los acusaban de ser más bien representantes de las fuerzas espirituales malignas. Esas acusaciones resultaban lo bastante graves como para necesitar refutación. Por consiguiente, los Evangelios y el libro de los Hechos están impregnados de una fuerte polémica antimagia cuyas marcas se descubren también en el resto del Nuevo Testamento.

Luego, Aune menciona que esta polémica antimagia es marcada en los Evangelios y se refleja en «el fragmento de Beelzebú (Marcos 3.22 cf. Mateo 12.24; Lucas 11.15s). Beelzebú es al parecer un nombre de Satanás». Los adversarios de Jesús lo consideran habitado y controlado por Beelzebú. Le acusan de practicar la magia. Mateo 10.25 sugiere que «los adversarios de Jesús pueden haberle apodado en realidad “Beelzebú”. Esta acusación y todo lo que implica es refutado en el siguiente fragmento (Marcos 3.23-30 par.)».

En el Evangelio de Juan acusan tres veces a Jesús de tener un demonio (Juan 7.20; 8.48-52; 10.20s). A los ojos de sus acusadores, el Señor era un falso profeta cuyos poderes para hacer milagros procedían de Satanás. La acusación de que se trataba de un impostor o un engañador (Mateo 27.63; Juan 7.12, 47) puede entenderse bajo esta perspectiva. Se acusa a Jesús de practicar la magia, y ya que los falsos profetas y los magos eran castigados con la pena de muerte «según el código deuteronómico (Deuteronomio 13.5; 18.20); los adversarios judíos del Señor pueden muy bien haber utilizado estas leyes hebreas antiguas para justificar su ejecución».

Los relatos evangélicos de la tentación de Jesús (Mateo 4.1-11 cf. Lucas 4.1-13; cf. Marcos 1.12s) revelan asimismo una polémica antimagia. Aune dice que sólo la oferta que Satanás hace al Señor de los reinos de este mundo puede considerarse una tentación mesiánica. «Los relatos de las otras dos tentaciones», expresa, «deberían entenderse como descripciones del rechazo por parte de Jesús de los medios mágicos convencionales para alcanzar sus objetivos. Los actos tales como convertir piedras en pan y volar por el aire son reivindicados casi siempre por los magos».

La audiencia del rey Herodes sobre los hechos milagrosos de Jesús (Marcos 6.14-16) refleja también la acusación de que el Señor practicaba la magia. Sus palabras: «Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en Él estos poderes» (v. 14), demuestran que:

[ … ] se creía que aquellos que habían tenido muertes violentas eran particularmente susceptibles de ser controlados «postmortem» por los magos (cf. Luciano Philopsendes 29; Tertuliano Apo. 23:PGM, IV, 333, 1914, 1950:LVII, 6); por tanto aquí se está acusando a Jesús de realizar prodigios mediante el control del espíritu errante de Juan el Bautista.

Luego Aune se ocupa de nuestro libro, los Hechos, y expresa que el autor de Lucas-Hechos «parece estar excepcionalmente bien informado respecto a los procedimientos y términos técnicos de la magia grecorromana. Esto es muy evidente en tres importantes pasajes: Hechos 8.9-24; 13.4-12 y 19.11-20». El pasaje de Hechos capítulo 8 trata de Simón Mago; el de Hecho 13, de Elimas el mago; y el de Hechos 19, de siete exorcistas judíos.

Aune termina diciendo que:

[ … ] todos esos pasajes describen enfrentamientos de cristianos dotados de poderes milagrosos con magos cuyos facultades procedían de encantamientos y del control de las fuerzas sobrenaturales malignas. El autor de Hechos demuestra en detalles la superioridad del cristianismo en cada uno de estos choques.

Religión y magia

Ya que en el libro de los Hechos nos vamos a encontrar con la magia espiritual, debemos decir unas palabras acerca de la relación que existe entre religión y magia. Por lo general la religión organizada se opone a las prácticas mágicas, y al mismo tiempo éstas son parte esencial de la mayoría de las religiones paganas y están aceptadas por las instituciones religiosas actuales. Los que las practican las consideran religiosas, no mágicas. Sin embargo, todos esos poderes o prácticas espirituales son mágicos, aunque se den en un contexto religioso. No resulta posible trazar líneas divisorias claras entre lo uno y lo otro.

El cristianismo y el judaísmo bíblico son vigorosamente antimagia. El Antiguo Testamento denunciaba con energía las prácticas mágicas. En un sentido técnico, la magia se define como cualquier práctica que funciona ex opere operato, es decir, que tiene poder en sí misma. Hay poder en la ejecución del hecho en sí, y el mismo resultará si lo realiza la persona adecuada, de la manera adecuada y en las circunstancias adecuadas. Que el mago lleve un estilo de vida moral o inmoral no tiene que ver en absoluto con el poder de la magia realizada.

La magia puede ser hablada o representada. Por tanto se afirma con frecuencia que es susceptible de hacerse manipuladora y coercitiva; mientras que la religión está basada en una actitud de súplica y veneración. La primera siempre da resultados si se realiza de la manera prescrita por personas autorizadas; la segunda depende de la voluntad del dios o del espíritu, así como de la fe del suplicante.

Aunque estas distinciones son útiles, no siempre resultan coherentes. Gran parte de la actividad religiosa es mágica, incluso algunas actuaciones realizadas en nombre del cristianismo. La repetición una y otra vez de las mismas palabras que llevan a cabo los católicos o las excesivas y casi incesantes explosiones emocionales de amenes, aleluyas o glorias a Dios de los protestantes, en ocasiones se aproximan a lo mágico. Cualquier «fórmula» religiosa como las anteriores para conseguir poder espiritual es una especie de magia cristiana, por no decir de ocultismo «cristiano».

Con todo esto en mente podemos apreciar mejor el carácter antimágico, antipagano y antisatánico de Hechos 8, 13, 16, 19. Comentando sobre cada uno de estos relatos, B. F. Harris dice: «En todos estos incidentes, Lucas demuestra un conocimiento de los “principados y potestades” que se esconden tras las acciones del mago».

En el capítulo 8 de los Hechos sucede lo mismo que en Hechos 5.15, 16: los demonios dejan a sus víctimas en masa. No hay referencia en absoluto a lo que algunos comentaristas llaman «fórmula de exorcismo», tal como: «Te ordeno, etcétera … » El poder de Dios está presente y actúa. No se trata de magia. Nada de lo que dice o hace el mensajero de Cristo produce el éxodo de los demonios; quizás dicho mensajero ni siquiera sepa lo que va a ocurrir, como le pasa a la demás gente.

No obstante, por lo general, estas emisiones de poder divino para curar a los enfermos y liberar a los endemoniados no provocan manifestaciones visibles como vemos en Hechos 5 y 8. El libro de los Hechos no trata de registrar todo lo que los apóstoles hicieron en cada ciudad y circunstancia, como ya hemos afirmado reiteradas veces. Sin embargo, sí descorre la cortina en varias ocasiones para darnos a entender que la evangelización de poder, con sus sanidades, choques con espíritus malos y liberación de demonios se está produciendo.

El ministerio en Samaria

En Hechos, capítulo 8, nos encontramos con demonios vocingleros (v. 7), los cuales, al salir (obviamente en masa), debieron dar un espectáculo horrible. El ruido, casi seguro, fue ensordecedor. Los gritos de un demonio pueden acobardar al observador o ministro de liberación sin experiencia.

Si quiere oír cómo gritan los demonios hoy en día, vaya a una campaña al aire libre de las celebradas por el Rvdo. Carlos Anacondia en Argentina. Es la cosa más parecida a Hechos 8.7 que haya visto jamás. Cuando mi amigo Anacondia decide que ha llegado el momento de desafiar a Satanás y los demonios a una pugna de poder, mejor es que se encuentre usted preparado. En realidad, que Dios le ayude (lo digo con reverencia) si todavía queda algún demonio en su vida.

Las personas endemoniadas caen al suelo, a veces por centenares. No es algo grato de ver ni de oír. Los demonios dan gritos de protesta. Las caras se contraen de todas formas. Los ayudantes adiestrados se abren paso a través de la multitud (uno está en pie durante tres horas en las reuniones evangelísticas de Anacondia) y llevan a los endemoniados, con los espíritus malignos aún gritando en señal de protesta, a la tienda de «cuidados intensivos», donde se les da a conocer a Cristo (aunque no todos aceptan al Señor) y se les libera de ellos.

Sin embargo, el provocar a los demonios a una manifestación pública no es el único enfoque. El coetáneo argentino de Anacondia, Rvdo. Omar Cabrera (también amigo mío) ata a los espíritus malos antes de sus reuniones y no les permite manifestarse durante el ministerio público. Yo también utilizo esta forma y les prohíbo que griten. Si no obedecen los callo. Por lo general oponen una resistencia mínima.

Simón el Mago

La descripción que hace Lucas de Simón el Mago (Hechos 8.9, 10) indica tres cosas. La primera de ellas es que había sido el «mago practicante» en Samaria. La segunda, que pretendía ser «algún grande» (v. 9b); lo cual se ajusta a la ambición de los magos de alcanzar un puesto de poder. Desean obtener poder sobre otros y una posición en la comunidad. Simón había conseguido eso y más. Y en tercer lugar, se le había declarado «El gran poder de Dios» (v. 10b). En griego dice a la letra «el poder de Dios siendo llamado grande» o «el poder de Dios que es grande».

Harris explica que se han encontrado inscripciones en las cuales los magos se aplican a sí mismos el nombre de dioses. El «original arameo sugiere “en el poder de Dios quien es llamado el Grande”». Esto supondría «una combinación del dios griego Zeus (el dios más alto) y el hebreo Yahvé (“poder” era un sinónimo rabínico de Yahvé). Se destaca la reputación de Simón para mostrar los cambios espectaculares que ahora se originan».

Alexander Whyte dice en su característico estilo de predicador que:

[ … ] Samaria, donde Simón el Mago vivía y llevaba a cabo sus asombrosos engaños, era una región mitad hebrea mitad pagana … ] Había algo indiscutiblemente sublime en su desvergüenza y charlatanería hasta el punto de llegar a ser temido, obedecido y adorado como cualquier divinidad que hubiera condescendido a venir y establecerse en Samaria.

El mensaje de Felipe en Samaria fue «el reino de Dios y el nombre de Jesucristo» (v.12), el mensaje de poder y autoridad que rompe las ataduras demoníacas. Es obvio que la ciudad entera respondió e incluso Simón se convirtió y fue bautizado con otros (vv.12, 13). Mucho se ha escrito acerca de si la conversión de Simón fue real o no, y nadie suscitaría tal cuestión si no fuera por su reacción posterior a los poderes de Pedro y la respuesta del apóstol a dicha reacción (vv.14-24).

Simón seguía a Felipe, observando su increíble ministerio de poder y sin salir de su asombro (v.13). Aunque antes había tenido poder, no era nada comparado con aquello. Si otrora pretendió ser un «hombre divino», ahora sabía que no lo era. Sin embargo, Felipe sí era esa clase de hombre. Simón había descubierto la realidad del poder de Dios.

Nuestro personaje se da cuenta de que desea ese poder auténtico de Dios en vez de sus antiguas facultades demoníacas. Y al ver a Pedro impartiendo el Espíritu Santo a la gente necesitada, quiere aquello incluso más que el poder de sanidad y liberación. Simón era un hombre preocupado por el poder y vivía en un mundo de esas mismas características. El hombre del momento era aquel que tenía poder. En otro tiempo le había tocado a él vivir su momento de poder, pero ahora ese momento había pasado y Simón deseaba que se repitiese. ¿No es esto normal para un practicante del poder religioso recién convertido? Pienso que sí. ¿Cómo podría esperarse que Simón, sólo unos pocos días después de su conversión, fuera ya un cristiano maduro, viviendo como lo hacía en el contexto de un movimiento de poder cristiano?

La actitud de Simón no resulta en absoluto anormal para alguien que vive en tal contexto de poder. No es correcta, pero sí normal. Nada, en el presente relato nos da derecho a condenar al infierno a este antiguo hechicero pagano. Pedro no lo hizo, sino que aun le presentó la esperanza de libertad de su amargura y prisión de maldad (v.22).

El que Simón no se marchara pataleando, airado, frustrado y creyéndose rechazado cuando Pedro le reprendió, dice algo a su favor. Muchos lo habríamos hecho. Sin embargo, en vez de ello, Simón rogó al apóstol que orara por él a fin de que fuera perdonado y no cayese bajo el juicio de Dios. ¿No es eso lo que implican los versículos 22 al 24? ¿Qué tiene de malo su reacción?

Aquella fue una petición al mismo tiempo comprensible y prudente en vista del estado de conocimiento alcanzado por Simón. En la vida de Pedro actuaba el poder de Dios, de modo que si las oraciones de alguna persona a favor de Simón podían ser eficaces eran las del apóstol. Tenemos que creer que reaccionó a las palabras de Pedro. No hay nada en el texto que indique lo contrario.

En los versículos 20 al 23, J. B. Phillips pone en boca de Pedro unas enérgicas palabras:

Vete al infierno con tu dinero. [Esto es exactamente lo que quiere decir el texto griego. Es una verdadera pena que su sentido real se vea oscurecido por el uso vulgar de esta frase, escribe Phillips en una nota a pie de página] ¿Cómo te atreves a pensar que puedes comprar el don divino? No tienes parte ni lugar en este ministerio porque tu corazón no es sincero delante de Dios. La única posibilidad que te queda es arrepentirte de esta tu maldad y orar con fervor a Dios para que la intención de tu corazón sea perdonada. Porque puedo ver tu interior, y descubro a un hombre amargado por los celos y atado por su propio pecado.

Puedo pensar en un montón de personas que conozco, muchas de ellas líderes cristianos, a quienes se podrían aplicar estas palabras. Y hasta a mí también .

Muchos estudios críticos e históricos de Simón, del gnosticismo «cristiano» y del gnosticismo en general afirman que esta antipatía por Simón no tiene ninguna justificación histórica. Gran parte de ella está relacionada con Justino Mártir y los escritos apócrifos llamados Hechos de Pedro.

Alexander Whyte nos ayuda a aplicar lo que venimos diciendo en cierto modo en defensa de Simón Mago, y sus palabras son también una advertencia para todos los simones en potencia que hay entre nosotros. Whyte escribe que:

[ … ] eso puede ser en la hechicería y la brujería, como Simón el Mago; o tal vez en los honores del reino de los cielos, como los hijos de Zebedeo; quizá en predicar sermones, preparar discursos o escribir libros; en cualquier cosa que te guste, hasta en los dones y actuaciones de tu hijo; pero todos, para empezar, nos entregamos a la ambición de ser alguien grande. Simón el Mago no era sino un ejemplo exagerado de los cazadores de popularidad que hay entre nosotros.

Existe un elemento y principio fundamental de Simón, el farsante samaritano, en todo hombre público. Todavía queda en cada ministro cierto residuo de Simón dejado para su santificación final …

El aliento mismo de la vida de aquel charlatán de Samaria era la popularidad. No podía trabajar, vivir, convertirse o bautizarse sin ella. Y no hay ni siquiera un hombre público entre mil, ya sea político o predicador, que estaría dispuesto a seguir viviendo, trabajando u orando en el anonimato y manteniendo al mismo tiempo la apacibilidad y el contentamiento, la buena voluntad y un corazón sereno.

Dando un nuevo giro a lo que ya he dicho, «El que esté limpio de todo vestigio de Simón el Mago en su interior, que tire la primera piedra».

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