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Comienza la guerra cósmico-terrenal: Génesis 3

El enfoque más importante en la guerra espiritual, tal y como la experimenta la humanidad, comienza con Génesis 3. No intentaré hacer un análisis profundo de las cuestiones críticas que a menudo se suscitan sobre este relato. Como ya he dicho con anterioridad, Génesis es tanto una narración histórica como gráfica de la caída de la humanidad. Sucedió de la misma manera como se cuenta. Hubo en realidad un Adán y una Eva históricos, que no sólo fueron los primeros seres humanos creados a imagen de Dios, sino que representan también a toda la raza humana. Su transgresión, en particular la de Adán como cabeza de la humanidad, se considera en la Escritura como la caída del género humano (Romanos 5; 1 Corintios 15).

Los misterios del relato de Génesis 3 han inquietado a los expertos bíblicos, tanto judíos como cristianos, durante siglos. El príncipe de los comentaristas de la Escritura, Juan Calvino, escribe que la narración suscita «muchas y difíciles cuestiones».

Moisés, el escritor de Génesis, comienza su historia con otro dato, la serpiente seductora que habla:

Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? (Génesis 3.1).

Tres perspectivas de Génesis 3

Parece que hay sólo tres formas principales de interpretar el papel de la serpiente en el relato de la tentación. La primera: es literalmente. La serpiente habló a Eva, y de modo indirecto a Adán por medio de ella, provocando la caída de la humanidad. La segunda: es alegóricamente. El diccionario Webster define alegoría como «la expresión, por medio de figuras y acciones simbólicas ficticias, de verdades o generalizaciones acerca de la conducta o la experiencia humana». Aquellos que tenemos un alto concepto de la Escritura podemos pasar por alto la mayor parte de la primera definición que hace Webster en lo tocante a Génesis 3. Su segunda definición, sin embargo, se adapta mejor al caso. El relato es histórico, pero está contado mediante «representación simbólica».

La tercera forma de entender la historia es tanto literal como simbólica. Me inclino por esta interpretación histórico-gráfica (simbólica) de Génesis 3. Los acontecimientos relacionados con Adán y Eva en realidad ocurrieron de la forma que Moisés los narra. Sin embargo, hace uso del simbolismo para narrar su historia. Si el literalismo estricto es correcto, o si la interpretación alegórica es la mejor o si tenemos aquí literalismo mezclado con «representación simbólica», el relato sigue siendo el mismo. Como observa R. Payne Smith:

El punto principal de la narración es que la tentación le sobrevino al hombre desde fuera y por medio de la mujer. Las cuestiones como, por ejemplo, si se trataba de una verdadera serpiente o de Satanás en forma de reptil; si el animal habló con una voz real o no; o si el relato describe un suceso literal o alegórico, quedan mejor sin contestar.

Dios nos ha dejado el relato de la tentación y la caída del hombre, así como el de la entrada del pecado en el mundo, en la forma presente; y la manera más reverente que tenemos de actuar es extrayendo de la narración aquellas lecciones que pretende evidentemente enseñarnos sin entrar en especulaciones demasiado curiosas.

El relato histórico de la caída se presenta, por supuesto, en forma de narración y con unas imágenes y un simbolismo vívidos. De esta manera, la verdad que la historia pretendía trasmitir se comunicaba mejor a la gente corriente de aquella época. No obstante, hay una cosa bastante clara a la luz del testimonio del resto de la Escritura, y es que el origen de la voz que habló a la mente de Eva por medio de la serpiente fue Satanás.

Calvino sugiere que la capacidad de la serpiente para hablar en aquella ocasión pudiera ser considerada como la primera intervención directa de Dios en el curso normal de su creación, el primer milagro.

La serpiente no era elocuente por naturaleza, pero cuando Satanás, con el permiso divino, la tomó como instrumento idóneo para su uso, también pronunció palabras mediante la lengua del animal, lo cual Dios mismo autorizó. Tampoco dudo que Eva percibiera aquello como algo extraordinario y por eso recibió con la mayor avidez lo que admiraba[ … ] si parece increíble que los animales hablen bajo el mandato de Dios, ¿de que otro modo tiene el hombre el poder para hacerlo si no es porque Dios ha formado su lengua?

En realidad hay apoyo bíblico para algunos de los aspectos de la postura de Calvino. ¿Qué diremos si no del asna de Balaam? El relato bíblico expresa: «Entonces Jehová abrió la boca al asna, la cual dijo a Balaam: ¿Qué te he hecho, que me has azotado estas tres veces?» (Números 22.28). Resulta interesante observar que Balaam conversó con la burra y no pareció sorprendido ni temeroso por ello. Lo mismo parece haberle sucedido a Eva.

¿No afirmó el mismo Jesús que Dios haría que las piedras hablaran de su gloria si la gente se negaba a hacerlo? Sus palabras exactas fueron: «Os digo que si éstos callaran, las piedras clamarían» (Lucas 19.40). ¿No puede el Dios capaz de hacer que hablen las piedras y los asnos haber permitido también que una serpiente fuera el canal de comunicación para Satanás si ello se ajustaba a su plan soberano? Naturalmente que sí, y lo hizo. Si fue mediante una comunicación audible y verbal o mediante la implantación de pensamientos en la mente de Eva es también una pregunta que no tiene respuesta fácil. Sea como fuere, el relato no cambia en absoluto.

Por último, está la cuestión de por qué Moisés no menciona la presencia de Satanás en el relato de la caída. La primera respuesta que me viene a la mente es la más obvia: Nadie puede saberlo con certeza, ya que no se da contestación. De nuevo apelo a Deuteronomio 29.29.

Lecciones acerca de la guerra espiritual en Génesis 3

Ahora bien, las principales enseñanzas de este relato en cuanto a la guerra con el sobrenaturalismo maligno comienzan a revelarse. Empezamos con el peligro que se corre en un diálogo, ya sea verbal o mental, con el diablo según sus términos. Satanás comenzó preguntando: «¿Conque Dios os ha dicho … ?» En vez de haberle silenciado, Eva contestó a su pregunta. Sutilmente, entonces, él replicó a la respuesta de la mujer y la trampa quedó tendida (Génesis 3.1-6).

Siempre resulta peligroso entrar en diálogo con el diablo según sus términos. Para todas las dudas, mentiras y jactancias que nos sugiere, nuestra respuesta debe ser la de Jesús: «Vete, Satanás, porque escrito está» (Mateo 4.10). «Escrito está» equivale a «la espada del Espíritu, que es la palabra (rhema) de Dios» de Efesios 6.17. Así es exactamente cómo trato con los demonios durante la liberación. A menudo, una vez descubiertos, los espíritus malos tienden a pasar del silencio completo a una divagadora verborrea. Deben ser silenciados con una orden en el nombre de Jesús:

No se te permite hablar a menos que te sea requerido. Hablarás lo que se te pregunte y nada más. Luego decidiré si debes hablar en voz alta o sólo a la mente de (la víctima). Seré yo quien lo determine, no tú. Esto es una conversación de un solo sentido y soy yo quien manda. Quédate callado hasta que te permita hablar.

Para aquellos que creen que no deberíamos utilizar el pronombre «yo» sino pedirle al Señor que silenciara a los malos espíritus, mi respuesta es simple y bíblica: Ese procedimiento no se enseña ni se practica en ninguna parte de las Escrituras. Parece muy piadoso, pero es erróneo.

Jesús nos da autoridad sobre el reino demoníaco. No necesitamos pedir aquello que ya se nos ha concedido. El que dicha autoridad haya sido dada a todos los siervos de Dios queda claro por el hecho de que no sólo la recibieron los doce apóstoles (Lucas 9.4), sino también los otros setenta discípulos (Lucas 10.1). Puesto que se trataba de discípulos de Jesús pero no formaban parte de la compañía apostólica, pueden considerarse representativos de todos los cristianos en general. Cuando los setenta volvieron de su labor de testimonio no se mostraron tímidos al referirse a la autoridad que tenían sobre los demonios, como se había manifestado en su ministerio, sino que exclamaron: «Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre» (Lucas 10.17).

Lejos de reprenderles por su «arrogancia», Jesús confirmó sus palabras y después de declarar la caída de Satanás que había contemplado en la esfera espiritual, y que estaba sin duda alguna directamente relacionada con el ministerio de ellos (v. 18), afirmó con gozo: «He aquí os doy potestad de hollar serpientes [¡interesante a la luz de Génesis 3!] y escorpiones [Apocalipsis 9.1-11], y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará» (v. 19). La autoridad, exousía, que Jesús mismo había delegado en ellos era mayor que el poder, dynamis, del enemigo. No tenían nada que temer (v. 19).

La única advertencia que les hizo el Señor fue que mantuvieran el equilibro en su vida, ministerio y prioridades. Aunque el saber que el enemigo estaba sujeto a ellos (vv. 17-18) suponía una causa de gozo, más importante era regocijarse en su relación con Dios y con su reino (v. 20).

En el único caso, fuera de los Evangelios, donde las Escrituras describen una «sesión» de liberación de demonios cuerpo a cuerpo (Hechos 16), el apóstol Pablo sigue el modelo exacto de ministerio de liberación practicado por los setenta. Al demonio que afligía a la joven esclava de Filipos, le dice: «Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella». Y Lucas escribe: «Y salió en aquella misma hora».

Dudas acerca de la bondad de Dios

Al volver a Génesis 3 observamos que una vez que Satanás engañó a Eva para que conversara con él según sus términos, atacó con sutileza la bondad de Dios: «¿Conque Dios os ha dicho … ?» Lange comenta:

La engañosa ambigüedad de su expresión se manifiesta admirablemente por las partículas[ … ] La palabra en cuestión denota una sorpresa inquisitiva que puede tener por objeto un sí o un no, según la relación que exista. Esta es la primera característica notable en el comienzo de la tentación. Se muestra de la manera más precavida la tendencia a producir duda. Luego, la expresión apunta al mismo tiempo a despertar desconfianza y a debilitar la fuerza de la prohibición.

¿Que le está diciendo Satanás a Eva? «¿Verdad que Dios no es bueno contigo, puesto que te está negando todas los exquisitos manjares del huerto? ¿Cómo puede ser un Dios de bondad y tratarte de esta manera?»

¡Todos hemos escuchado esa voz en nuestras mentes! «¿Cómo Dios puede ser bueno y permitir que sufras? ¿Cómo puede ser bondadoso y negarte aquello que deseas de veras en lo profundo de tu ser? ¿Cómo es posible que un Dios bueno deje que tu hijo, tu esposa, tu marido, tu ser amado, muera de cáncer? ¿Cómo puede ser bueno y … ?» Añada el lector las palabras de duda que escucha a menudo en su caso en cuanto a la bondad de Dios.

Eva cometió un grave error al permitir que aquel hilo de pensamiento continuara. No pudo detenerlo en su comienzo, pero debió hacerlo antes que continuara. Se trata del mismo error que a menudo cometemos cuando nos encontramos bajo ataques demoníacos parecidos.

Satanás, por medio de sus demonios, asalta nuestras mentes con dudas; ataca nuestra fe; socava nuestra confianza en la bondad de Dios señalando aparentes inconsecuencias en su forma de tratarnos a nosotros mismos o a otros. Debemos aprender a «silenciarle» rechazando sus acusaciones contra el Señor en nuestras mentes. Es ahí donde tenemos que utilizar la espada del Espíritu, la Palabra de Dios (rhema, un versículo o una verdad particular de la Escritura, no la Biblia entera).

En seguida Eva intenta defender a Dios. Voy a parafrasear sus palabras: «No, lo has entendido mal. Podemos comer de los árboles del huerto, de todos excepto del que está en el medio». En su respuesta a Satanás es posible que el siguiente pensamiento hubiera ya comenzado a cruzar su mente: ¿Y para qué habrá tenido que poner Dios ahí el árbol prohibido? ¿Por qué plantarlo precisamente en medio del huerto donde hemos de verlo cada día? No parece justo.

Eva se metió directo en la trampa de Satanás. Si bien no sabía que estuviera hablando con el diablo, aun así su actuación fue inexcusable. Eva conocía a Dios en persona y también sabía lo que esperaba de ella: obediencia. Debería haber exclamado: «No sé quién eres o qué te propones, pero no escucharé tus dudas. ¡Calla! ¡Cómo te atreves a afrentar la bondad de mi Dios! ¡Él es Dios! ¡Es el Señor! ¡El soberano! ¡Es el hacedor y propietario de todo! ¡Es bueno con nosotros! ¡Mira todo lo que ha hecho para nosotros! Observa los centenares de árboles de los cuales podemos comer. ¿Por qué escoges precisamente el único que nos está vedado?»

»Yo amo a Dios y escojo obedecerle aun en aquellas áreas que no comprendo. ¡Cualesquiera sean sus razones para negarnos el fruto de ese único árbol, creeré en él! ¡Pienso obedecerle! ¡Rechazo toda duda acerca de su bondad!»

Negación de la Palabra de Dios

Por desgracia Eva siguió el hilo de pensamiento equivocado. Cuando el maligno vio que había debilitado su confianza en la bondad divina, dio el siguiente paso y negó abiertamente la Palabra de Dios: «No moriréis» (v.4). Calvino comenta al respecto:

Ahora Satanás da un salto más atrevido hacia delante. Puesto que ve una brecha abierta ante sí, lanza un ataque directo, ya que no tiene jamás por costumbre comprometerse en una guerra franca hasta que voluntariamente nos exponemos a él desnudos e inermes[ … ]

Él ahora, por lo tanto[ … ] acusa a Dios de falsedad, al afirmar que la palabra por la cual la muerte ha sido decretada es falsa y engañosa. ¡Fatal tentación, cuando, mientras Dios nos amenaza de muerte, no sólo dormimos confiados, sino que hacemos mofa de Él!

Lo mismo sucede en nuestra vida cristiana. Una vez que hemos sido engañados por el maligno para que dudemos de la bondad de Dios, automáticamente comenzamos a tener dudas sobre su Palabra. Lo segundo es consecuencia natural de lo primero.

En cierta ocasión estaba aconsejando a una joven que, entre otras cosas se hallaba acosada por un concepto de sí misma muy deficiente. De modo constante su mente era bombardeada con dudas acerca de Dios. Quería amarle, pero al mismo tiempo descubría que, emocionalmente, casi le odiaba.

«¿Por qué me ha hecho Dios tan fea?», se preguntaba (sin embargo era una rubia con ojos azules muy atractiva). «¿Por qué hace tan difícil mi vida? Si es en verdad un Padre amoroso, ¿por qué razón no me trata con el amor tierno, la compasión y la bondad de un buen padre? ¿Por qué permite que sea tan desdichada

»En otro tiempo tenía la certeza de mi salvación. Ahora no estoy tan segura. Sé que la Biblia promete salvación garantizada a todos los que se arrepienten y creen, pero ya que he perdido la confianza en su bondad, ¿cómo puedo confiar en su Palabra?

»Quiero amar a Dios, pero en realidad casi le odio. Estoy airada con Él. Es injusto y cruel. No me oye cuando oro, así que ¿cómo puedo confiar en lo que me diga en su Palabra?»

Esto es guerra espiritual. La joven en cuestión era una cristiana comprometida y también sincera. No hacía sino decir francamente lo que muchos creyentes sienten en secreto cuando su mundo empieza a desmoronarse a su alrededor, cuando sus mentes se encuentran bajo fuertes ataques demoníacos.

Victoria en nuestra mente

¿Cómo resistir esos ataques contra nuestras mentes? El apóstol Pablo nos da la verdadera respuesta en 2 Corintios 10.3-5:

Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, refutando argumentos, y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.

«Aunque andamos en la carne» (aquí «la carne» se refiere tal vez a nuestra humanidad), estamos en guerra, afirma Pablo (v. 3). Y en toda guerra hay que utilizar armas. La guerra espiritual no es en modo alguno diferente: Dios nos ha proporcionado armas para que libremos una batalla efectiva.

El apóstol declara: «Nuestras armas no proceden de nuestra humanidad. Aun el más brillante, ingenioso y fuerte entre nosotros no puede vencer al enemigo con quien peleamos. Pero nuestras armas son divinas, y como proceden de Dios tienen más poder que todo lo que el enemigo pueda traer contra nosotros. Son suficientes para destruir las fortalezas del mal que encontremos» (v. 4).

¿Cuál es nuestra responsabilidad en este asunto? Pablo nos lo dice en el versículo 5. En una palabra, debemos tomar control de nuestros pensamientos, de nuestra vida mental, por el poder de Dios. Lo que era cierto para Eva en Génesis 3, lo es también para nosotros. Nuestra mente, que incluye nuestro corazón, emociones y voluntad, representa el campo de batalla real entre los dos reinos dentro de nuestras vidas como creyentes. Ese es el testimonio del Nuevo Testamento confirmado por la experiencia diaria. Si ganamos la batalla en nuestras mentes, hemos ganado la guerra.

Esa es la batalla que perdió Eva y luego Adán. Y aunque todos sufrimos las consecuencias de aquella derrota hasta el día de hoy, la lucha vuelve a repetirse casi a diario en la mente y en el corazón de cada hijo de Dios. De ahí la importancia que otorga la Escritura a la mente y a su término equivalente: el corazón.

¿Qué quiere decir la Biblia con la expresión «la mente del hombre»? ¿Y cuándo se refiere al «corazón del hombre»? Estas preguntas nos introducen en el siguiente capítulo, el área de la sicología bíblica.

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