Inicio > Sin categoría > Comienza la guerra entre las dos simientes

Comienza la guerra entre las dos simientes

En Génesis 4 descubrimos el primero de una serie de choques entre las dos simientes hostiles. Cuando Dios llama a un pueblo para poner en él su nombre, sólo puede hacerlo de entre la familia caída de Adán, cada uno de cuyos miembros son esclavos del «dios de este siglo», el diablo. Algunos de ellos responderán a la voluntad de Dios y se convertirán en la simiente de la mujer; otros, por el contrario, la rechazarán, llegando a constituir la simiente de Satanás; lo cual dividirá a la raza humana en dos familias o simientes en guerra: los hijos de Dios y los hijos del diablo.

Lleno de rabia y de odio contra Dios y sus elegidos, Satanás peleará contra la familia del Señor. Los hijos de Dios se convertirán en el objeto de la inquina de los que no pertenecen a dicha familia: aquellos todavía caídos en Adán que siguen siendo simiente de la serpiente.

Caín y Abel

La mayoría de las veces, las personalidades sobrenaturales invisibles que constituyen la simiente de Satanás no pueden verse; los que sí resultan visibles son los agentes humanos a través de los cuales actúan (Efesios 6.12). En Génesis 4, Caín se presenta como uno de esos «hijos de desobediencia», el comienzo de la línea perversa de la simiente de Satanás. El diablo hará guerra contra los primeros santos por medio de su simiente, en este caso de Caín. Por eso comenzamos por él.

Expreso de esa manera la hostilidad mutua porque en tales relatos el antagonismo es más de parte de la descendencia de la serpiente que viceversa. Por lo general, resulta de una reacción negativa de la simiente humana de Satanás al estilo de vida justo que caracteriza a la simiente también humana de la mujer. La vida piadosa del pueblo de Dios despierta celos, enojo y resistencia de parte de la gente perversa; sentimientos que pueden llegar a convertirse en odio declarado. La descendencia de los justos tiene que sufrir y morir a menudo a manos de la simiente injusta. Esto es exactamente lo que sucedió en la historia que nos ocupa.

Caín y Abel pueden considerarse como los primeros representantes de las dos simientes en guerra de que habla Dios en Génesis 3.15: Caín de la serpiente y Abel de la mujer.

Después de la Caída, nuestros primeros padres demostraron ser una pareja temerosa de Dios: dos de sus tres hijos, cuyos nombres se registran en Génesis 4 y 5, anduvieron evidentemente en la fe de aquellos. Eva exclama gozosa después del nacimiento de su primogénito, Caín: «Por voluntad de Jehová he adquirido varón».

El comentario que hace Leupold sobre Génesis 4.1 es digno de mencionarse:

En esta frase hay al mismo tiempo agradecimiento y alabanza. Agradecimiento por la liberación del dolor y el peligro [ya que era el primer niño nacido de una mujer, no cabe duda de que se tiene en mente la maldición de Génesis 3.16]; y alabanza porque Jehová está manifestando su gracia y fidelidad al conceder un hijo. También debería repararse en el uso del nombre «Yahvé». Evidentemente, entonces, ya que el nombre enfatiza su misericordiosa fidelidad, Eva alaba a Dios por el hecho de que Aquel que había prometido victoria a la simiente de la mujer deja que nazca realmente. Nada indica que pensara que aquella misma simiente, Caín, sería quien aplastara personalmente la cabeza de la serpiente, pero en cualquier caso, ahora tenía una señal de la fidelidad de Yahvé.

Adán y Eva estaban presentes cuando Dios anunció la maldición y la promesa a la serpiente en Génesis 3.15. Lo que vemos en el capítulo 4, versículo 1, es una muestra de que Eva nunca olvidó aquellas palabras. Es probable que al ponerles nombre a su primer y tercer hijos tuvieron en cuenta lo dicho en Génesis 3.15.

No obstante, Eva se equivocó con Caín. ¡Qué grande debió ser su desilusión cuando éste se manifestó más como la simiente de Satanás (1 Juan 3.12) que como la descendencia prometida de la mujer! ¡Qué tragedia para la primera madre! Es el modelo de muchas mujeres piadosas a través de los siglos que han visto a algún hijo predilecto apartarse de Dios. ¡Cuánto sufren esas mujeres!

El versículo 2a se refiere al nacimiento del hermano menor: Abel. No se da ninguna explicación acerca de por qué se le llamó así («aliento»), como en el caso de Caín. Siendo éste el primogénito, se atribuye mucha importancia a su nacimiento.

Wenham señala algunos de los privilegios de los primogénitos en las culturas bíblicas (Génesis 25.32; 27.1-40; Deuteronomio 21.15-17), pero comenta que en el Antiguo Testamento Dios parece llamar sólo al segundo, generalmente antes de que nazca. Ejemplos de esto son: Isaac en lugar de Ismael; Jacob en vez de Esaú; Efraín y no Manasés; David, el más joven de los hijos de Isaí frente a sus hermanos mayores. Wenham cree ver indicios aquí (vv. 1-2a) de que «Abel es el hermano más joven elegido».

Escena primera: Versículos 2b al 5

Según Wenham, estos versículos constituyen la primera escena. Toda ella es narración. Los principales actores: Caín y Abel. Yahvé no habla. En primer lugar se menciona la ocupación de Abel y luego la de Caín. Sin embargo, la ofrenda de este último se registra antes que la de su hermano.

Se ha dado mucha importancia al por qué la ofrenda de Abel fue acepta y la de Caín rechazada. Caín trajo del «fruto de la tierra», mientras que Abel sacrificó un animal (sangre). No obstante esto no parece ser lo importante del relato. Las ofrendas de grano y de otros frutos de la tierra no sólo habrían de revelarse aceptables más tarde, sino que la ley de Dios las mandaría.

¿Por qué no fue aceptada la ofrenda de Caín y sí la de Abel? Las dos explicaciones más corrientes son: primera, los diferentes motivos de ambos hermanos, que sólo Dios conoce (Hebreos 11.4); y segunda, las diferentes actitudes que tenían los dos hijos de Adán y Eva en cuanto a la adoración. Wenham dice de esta última que es «la opinión más común entre los comentaristas antiguos y modernos».

Un vistazo a la descripción de ambas ofrendas parece respaldar esta interpretación: «Abel trajo[ … ] de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas» (Génesis 4.4). «Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová» (v. 3). No se menciona que fueran «los primeros frutos de la tierra», como más tarde exigiría la ley, sino simplemente que era fruto de la tierra.

El hecho de que trajeran sacrificios, por sí solo, revela que Adán y Eva comprendían cómo se debía adorar a Dios después de su caída. Sabían de la necesidad de ofrendas sacrificiales y enseñaron a sus hijos a hacerlas.

Abel hizo como se le había enseñado, pero Caín actuó según su propio criterio. Como consecuencia de ello, Moisés expresa: «Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y la ofrenda suya» (vv. 4b-5a). Dios responde a la actitud de cada hijo antes que a sus ofrendas. En realidad la diferencia estaba en las distintas actitudes internas de obediencia, fe y verdadero amor al Señor.

Ambos hijos fueron educados en el mismo hogar, por los mismos padres piadosos (resulta interesante constatar que la fe de Eva se destaca sobre la de Adán en el capítulo 4) y bajo idénticas circunstancias. A los dos se les enseñó a adorar y a presentar ofrendas al Señor. Sin embargo, el corazón de uno de ellos, Abel, se inclinó por Dios para agradarle mediante la fe; mientras que el del otro, Caín, se inclinó hacia sí mismo para actuar según su propia voluntad.

La reacción de Caín en el versículo 5b, cuando Dios rechaza su ofrenda, se describe con palabras fuertes. En primer lugar, se «ensañó en gran manera», y después «decayó su semblante» y anduvo «cabizbajo y deprimido».

No se nos dice de qué manera conocieron ambos hermanos la reacción de Dios a sus ofrendas, pero Él se la hizo saber. Caín no se sintió confuso en cuanto a la razón de no haber sido acepto, sino que, en vez de ello, se enfureció tanto contra Dios como contra su hermano. Cayó en un gran abatimiento producido por la autocompasión y un enojo profundo. Wenham dice que en la Escritura «ensañarse en gran manera» a menudo es el preludio de acciones homicidas (cf. 34.7; 1 Samuel 18.8; Nehemías 4.1; cf. Numeros 16.15; 2 Samuel 3.8). Sin duda eso fue lo que le sucedió a Caín. Calvino escribe al respecto:

Además, en la persona de Caín se nos pinta el retrato de un hombre perverso que sin embargo desea ser considerado justo[ … ] Tales personas hacen verdaderamente, de labios para fuera, esfuerzos ímprobos por merecer ser bien tratados por Dios; y manteniendo el corazón envuelto en engaño, no le presentan más que una careta; de modo que en su ansiosa y esforzada adoración religiosa no hay nada sincero, nada que no sea mera apariencia. Cuando, más tarde, descubren que no obtienen ninguna ventaja de ello, traicionan el veneno que hay en sus mentes; porque no sólo se quejan contra Dios, sino que estallan en ira manifiesta, demostrando que, si pudieran, con gusto arrancarían al Señor de su trono celestial. Tal es el orgullo innato de los hipócritas.

Escena segunda: Versículos 6 y 7

Esta escena comienza con la respuesta de Dios al ensañamiento y la depresión de Caín (4.6-7). El que dicha respuesta haya sido registrada resulta de gran ayuda para entender lo que estaba ocurriendo en la vida de Caín desde la omnisciente perspectiva de Dios. Se nos muestra al Señor dispuesto a perdonar y aceptar a Caín en su familia. La respuesta de Dios (v. 7) constituye sin embargo uno de los versículos más difíciles de traducir e interpretar del libro de Génesis.

Dios empieza con dos preguntas directas: «¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante?» Y al hacerlas muestra una gran compasión. Naturalmente, sabía la contestación a ambas; pero su propósito parece ser el de dar a Caín la oportunidad de reflexionar sobre las verdaderas razones de su enojo y tristeza.

Esta interpretación se ve además respaldada por la tercera pregunta de Dios en el versículo 7: «Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido?» Otros traducen: «Si bien hicieres, ¿no se levantará tu semblante?» Y también: «Si bien hicieres, ¿acaso no hay perdón?»

Aunque puede objetarse que el perdón no se obtiene mediante buenas obras, tampoco se trata de eso. Lo importante es que Caín ha pecado. Él lo sabe y Dios también. El Señor quiere perdonarle y aceptarle, pero debe reconocer primero su pecado y confesarlo. Si lo hace, Dios le invita a venir a Él. El Señor no ha aceptado en forma arbitraria a Abel en detrimento de Caín, como afirman ciertos comentaristas. Tiene el corazón lo suficientemente grande para ambos. Caín debe reconocer su falta y venir a Él con un corazón sincero, arrepentido, y Dios lo perdonará y aceptará. Creo que lo que motiva las tres preguntas de Dios, pero sobre todo esta última, es el deseo de que Caín se arrepienta.

Después de esas tres preguntas, Dios hace una seria advertencia y da una exhortación o promesa. Todo ello demuestra su gracia hacia Caín. «Caín, todavía no es demasiado tarde», está diciendo Dios. «También te aceptaré como he aceptado a tu hermano Abel».

El pecado de Caín y el campo sobrenatural perverso

En seguida viene la seria advertencia de Dios, en la cual descubrimos algunas de las dimensiones de guerra espiritual que tenía el problema de pecado de Caín: «Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo[ … ]».

Se trata de una palabra poderosa y también de la primera aparición del término pecado en la Biblia. Esta advertencia, además, arroja luz sobre la naturaleza del pecado en sí. Aquí el pecado se personifica; recibe vida independiente como si se tratase de un animal e incluso de una serpiente acechando a la puerta de la casa de Caín, lista para destruirle. Keil y Delitzsch dicen: «El femenino (pecado) aparece como masculino, ya que en evidente alusión a la serpiente se personifica al pecado como un animal salvaje acechando a la puerta del corazón humano y deseando ansiosamente devorar su alma» (1 Pedro 5.8).

Hamilton dice que la palabra hebrea traducida aquí por pecado guarda relación con el térmico acadio «demonio, rabisum».

En la demonología de Mesopotamia, el rabisum (demonio) podía ser, bien un ser bondadoso que se oculta a la entrada de un edificio para proteger a los ocupantes del mismo, bien exactamente lo opuesto, alguien malvado que acecha a la puerta de dicho edificio para amenazar a los que lo ocupan.

Wenham hace referencia a un artículo de Ramaroson que traduce la advertencia del versículo 7 de la siguiente manera: «Y si no hicieres bien, el que se agazapa (demonio) está a la puerta».

Creo que esta posición es correcta. En realidad se trata de la opinión del Nuevo Testamento. El apóstol Juan se refiere al problema del pecado de Caín como algo satánico (1 Juan 3.12). ¿Estaba Caín endemoniado?

Luego, Wenham añade: «Aquí, entonces, el pecado se personifica como un demonio agazapado cual animal salvaje a la puerta de Caín». Con ello descubrimos la dimensión de guerra espiritual que tenía el problema de pecado del primogénito de Eva. Naturalmente, el pecado salió de dentro de Caín, del problema de la carne, sin embargo no le vino de afuera, del mundo, ya que el mundo todavía no era malo para él. El mundo perverso nació en realidad con su pecado, no con el de Adán y Eva. Caín es el primer hombre «mundano» que aparece en las Escrituras.

El poder dominante del mal que se revela en esta historia es el mundo sobrenatural [espiritual] perverso. El pecado personificado estaba presente en la vida de Caín (v. 7). Juan dice que, así como los creyentes son «de Dios» (1 Juan 5.19), Caín era «del maligno» (1 Juan 3.12). Pertenecía a Satanás como nosotros pertenecemos a Dios. De igual manera que los creyentes comparten la vida de Dios, que mora en ellos, Caín compartía la vida de Satanás, el cual vivía dentro de él. Aunque tal vez aquello no fuera cierto todavía en esa etapa de pecado en que se encontraba cuando Dios le habló (vv. 6-7), se haría realidad inmediatamente después. El Señor advirtió a Caín de que el demonio del pecado le esperaba fuera para «poseerle». Tenía puesto su «deseo» en él. Hamilton traduce estas palabras como «sus ansias van dirigidas a ti». Con su negativa a responder a las advertencias de Dios, tal vez Caín dejó que el demonio entrara en su vida, convirtiéndose así en una persona endemoniada.

La advertencia de Dios aquí constituye una palabra de gracia para Caín. El Señor sabía adónde se dirigía éste e intervino para avisarle. Le estaba diciendo: «¡Detente Caín! Vuelve atrás. Vas hacia el desastre». Dios sigue en su intento de detener a Caín y le dice: «Tú te enseñorearás de él». Es decir: «Debes enseñorearte del demonio personal de pecado que está a tu puerta».

Keil y Delitzsch comparten una hermosa cita de otro comentarista llamado Herder:

Dios habla a Caín como a un hijo obstinado, y saca de él lo que duerme en su corazón y le acecha cual animal salvaje junto a su puerta. Y lo que hizo con Caín, lo hace con todo aquel que esté dispuesto simplemente a mirar en su corazón y a escuchar la voz de Dios.

¿Cuál fue la respuesta inmediata de Caín? Un silencio sepulcral. Leupold comenta al respecto: «Hay algo siniestro en el silencio de Caín. No se nos dice que diera gracias (a Dios) por la advertencia, ni que se arrepintiese de sus celos, ni que enmendara su conducta. Según parece, lo único que podía ofrecer era un obstinado silencio.

Y anticipándose al versículo 8, expresa:

El pecado de Caín respecto a su hermano fue principalmente de celos que terminaron en odio. Un pecado que en comparación con otros parece débil e insignificante, pero que lleva dentro de sí una gran capacidad de desarrollo.

La ira, la amargura y el rencor son algunos de los agarraderos más peligrosos para el pecado en la vida humana. De ahí las apasionadas advertencias de Pablo al respecto (Hebreos 12.15; Efesios 4.26-27; 5.29-6.2; Colosenses 3.8-17). En el relato de Génesis, vemos a Caín experimentar esto mismo.

Y Leupold comenta:

Ahora la narración da un giro drástico para mostrar las posibilidades de desarrollo que encierra el pecado, el cual, para entonces, ya se había adherido firmemente al hombre; posibilidades para el mal que ningún hombre hubiera sospechado jamás que escondiese. De repente, ese pecado sale a la luz y manifiesta a plenitud su perversa naturaleza y lo terrible que entraña.

Escena tercera: Versículo 8En este versículo tenemos la tercera escena, que revela la respuesta negativa de Caín a las preguntas de Dios, a su promesa y a su seria advertencia de los versículos 6 y 7. Wenham lo llama «la trama principal, con Caín y Abel como únicos actores. El carácter terrible del hecho», sigue diciendo, «se ve acentuado por la estricta brevedad de la descripción y la repetición de las palabras “su hermano”».

Caín asesina a su creyente y piadoso hermano Abel.

Hamilton escribe que:

[ … ] la razón por la que es asesinado Abel son los celos y la envidia desenfrenados de Caín. En vez de aceptar la decisión de Dios, Caín rechaza a aquel a quien Dios ha aceptado. Pero esta reacción no hace sino exacerbar su dilema: ha eliminado a Abel, pero ¿qué hacer ahora con Dios?

Leupold, por su parte, dice que:

[ … ] el primer asesinato fue un fratricidio. No podía el pecado haber mostrado de una manera más drástica las posibilidades que se esconden en él. En la segunda generación ya había alcanzado las proporciones de asesinato. Es obvio que el término «simiente de la mujer» (3.15) debe experimentar cierta modificación. Aquí tenemos ya un caso claro de cómo «la simiente de la mujer se había convertido (en parte) en la simiente de la serpiente» (Keil).

Escena cuarta: Versículos 9 al 14Esta escena, como la segunda, es un diálogo entre el Señor y Caín. Los versículos 6 y 7 no registran las respuestas de Caín, si es que las hubo. Aquí aparecen íntegramente. Wenham dice que el interrogatorio divino de Caín y la subsiguiente formulación de maldiciones, se asemejan al «trato semejante que recibió Adán (cf. 4.9 y 3.9; 4.10 y 3.13; 4.11 y 3.14, 17; 4.12 y 3.17-19). Muchas de las palabras claves del capítulo 3 aparecen aquí de nuevo: “saber”, “guarda”, “maldito”, “tierra”, “echar”».

Concluimos nuestro comentario de Génesis 4 con la última parte del versículo 8: «Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató». Keil y Delitzsch dicen acerca de esto:

Así el pecado de Adán había crecido hasta llegar al fratricidio en su hijo[ … ] Caín fue el primer hombre que permitió al pecado reinar en él, alguien «del maligno» (1 Juan 3.12). En él, la simiente de la mujer había llegado ya a ser la simiente de la serpiente; y con su acción, la verdadera naturaleza del maligno salió a luz abiertamente como el que es «homicida desde el principio». De manera que ya entonces había surgido ese contraste entre dos simientes distintas dentro de la raza humana que se observa en toda la historia de la humanidad.

Con esta historia había comenzado la guerra espiritual, que continúa hasta hoy, entre las dos simientes, los dos reinos. La contienda espiritual estalló en toda su fuerza. El resto de la Biblia no hace sino seguir la pista de lo que hemos visto aquí y lo que Keil y Delitzsch llaman las «dos simientes distintas dentro de la raza humana que se observa en toda la historia de la humanidad».

La simiente de la serpiente hiere el talón de la simiente de la mujer. El injusto Caín asesina a su justo hermano Abel (1 Juan 3.12). Desde entonces el mundo jamás ha conocido la paz.

Anuncios
Categorías:Sin categoría
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: