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El éxito de los setenta

Lucas 10

El relato más detallado del ministerio de liberación eficaz de los discípulos del Señor en los Evangelios es la historia de los setenta, que se narra en Lucas 10.1, 17-19. Todo comienza en el versículo 1, cuando los mencionados setenta reciben su comisión misionera. Jesús los envía «de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir» (v.1), y aunque no se especifica, el centro de atención principal está en el ministerio de liberación que habrían de realizar (Marcos 6.7, 13; Lucas 10.17-19).

En Marcos 6, los apóstoles sólo refirieron a Jesús «todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado» (v. 30). Sin embargo, en Lucas, se nos dice lo que aquellos setenta hicieron y, por implicación, lo que enseñaron. Todo ello está resumido en una triunfante exclamación: «Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre» (Lucas 10.17).

Este informe es importante porque constituye el único registro específico del ministerio realizado por los discípulos del Señor después de haber sido comisionados. También resulta consecuente con el enfoque de choque con los demonios y de liberación que debía tener la extensión del ministerio de Jesús que había sido encomendada a aquellos setenta «discípulos laicos». Y lo que es aún más importante, dicho informe zanja la cuestión de en dónde reside realmente la autoridad inmediata para la liberación de los demonios: en los ministros de liberación.

Naturalmente la potestad final la tiene Jesús, pero la autoridad inmediata residía en ellos y lo sabían. De manera que proclaman: Los demonios se nos sujetan, en tu nombre». En otras palabras: «Señor, estamos haciendo aquello para lo cual nos has dado autoridad. Los demonios reconocen nuestra autoridad al ejercer tu potestad contra ellos y el resultado es que se ven obligados a obedecernos».

La respuesta gozosa de Jesús

La respuesta del Señor fue inmediata, alborozada, de confirmación, de afirmación y precavida. En primera instancia, inmediata: «Y les dijo[ … ]» Jesús no les hizo ninguna pregunta, sino que respondió enseguida a su exaltado informe ministerial (v. 18a). En segundo lugar, alborozada. Hay regocijo en las palabras del Señor: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy[ … ]» (vv. 18b, 19a).

A continuación Lucas expresa: «En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó» (10.21).

Norval Geldenhuys comenta lo siguiente acerca del alborozo del Señor:

Estas palabras dan la impresión de que el Salvador se regocijaba en el hecho de que Dios, en su sabiduría, omnipotencia y amor haya dispuesto las cosas de tal manera que el discernimiento de las verdades redentoras del reino sean dadas, no a aquellos altivos y sabios en su propia opinión (como eran en aquella época tantos de los fariseos y escribas), sino a los que, como sus fieles discípulos, en sencillez infantil y humildad sienten su completa dependencia del Señor y aceptan sin arrogancia intelectual las verdades que Dios revela a través de Él.

Luego, Geldenhuys termina diciendo: «El contraste que hace Jesús no es entre los instruidos y los no instruidos, sino entre aquellas personas que tienen una actitud impropia y autosuficiente y aquellas otras cuya disposición es buena y candorosa».

En tercer lugar, es una respuesta de confirmación. Jesús declara: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo». ¿Qué significa esto? Los comentaristas ofrecen varias sugerencias. Yo quiero dar dos. En primer lugar, que Jesús estaba diciendo: «¡Amén!, lo que decís es cierto. Los demonios se os sujetan en mi nombre. Esto es lo que os he estado explicando». En segundo lugar, que el Señor vio verdaderamente caer a Satanás del cielo como un rayo. Por lo general, cuando me preguntan qué quiere decir este versículo, respondo con mucha naturalidad: «Significa que Jesús “veía a Satanás caer del cielo como un rayo”, eso es lo que quiere decir».

Antes de la intromisión del reino de Dios en el de Satanás, el diablo parecía gobernar sin ninguna competencia seria. Aunque el Señor siempre estaba obrando en su universo, al diablo se le permitía gobernar, en cierto modo, como a un rey. Mandaba en los lugares celestiales sobre un inmenso reino de espíritus malos y dominaba casi sin impedimento en el mundo, teniendo sus espíritus libre acceso tanto al cielo como a la tierra.

Cristo vino para poner fin a ese dominio (Mateo 12.28, 29) y comenzó el destronamiento del diablo con su evento redentor como Dios-hombre. Ahora, como Señor que gobierna en el cielo a la diestra de Dios, sigue desmenuzando el reino de Satanás por medio de su iglesia. Y por último llevará a cabo la plena destrucción de aquél cuando vuelva como Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19.11-20.15).

En el caso que nos ocupa, Jesús levanta la mirada y tiene una visión, por así decirlo, de la caída repentina de Satanás de su lugar de dominio y autoridad, la cual relaciona de modo directo con el ministerio de liberación de los setenta. Tal es el contexto inmediato en el que se pronuncian esas palabras incomparables. Leon Morris afirma que esa es la interpretación preferible de lo que Jesús dice aquí.

En la misión de los setenta, Jesús vio la derrota de Satanás, una derrota tan repentina e inesperada (para las fuerzas del mal) como un rayo o un fogonazo. A los ojos del espectador ocasional, lo que había sucedido no era sino que unos pocos predicadores mendicantes habían estado hablado en unas cuantas pequeñas localidades y habían sanado a un puñado de personas enfermas. Pero con aquel triunfo del Evangelio, Satanás había sufrido una notable derrota.

Aquí Jesús, en el Espíritu Santo, ve a unos laicos, no apóstoles, destronando a los principados y potestades perversos de Satanás con la autoridad de su palabra y en el nombre de su Señor. Jesús no cabe en sí de gozo y de satisfacción. Y en el versículo 18 dice: ¡Amén!

Norval Geldenhuys respalda esta opinión:

Al rechazar Jesús completamente las tentaciones del diablo (4.1-13) ya había conseguido la victoria sobre el poder de éste. A lo largo de todo el ministerio público del Salvador, esta victoria se reveló en la liberación de aquellos poseídos por el diablo y demás manifestaciones de su poder. Fue especialmente en la gran ofensiva de los setenta contra el poderío de Satanás que quedó claro que éste había ya perdido su posición exaltada de autoridad. El diablo es un enemigo vencido y cuando se emprende la acción en el nombre de Jesús, el Vencedor, la victoria está gloriosamente asegurada.

Este es un comentario excelente; una enseñanza aplicable a todos los que son llamados a enfrentarse con focos afianzados de tinieblas tanto en las vidas de los individuos como en la extensión territorial del evangelio, el caso de este relato.

El equilibrio

Sin embargo, hay una necesidad urgente de equilibrio en esta clase de ministerio de poder. La respuesta de Jesús es cauta. Después de animar mucho a sus obedientes discípulos, los devuelve a la realidad hablándoles de su redención en el cielo. En Lucas 10.20, el Señor dice: «Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos». Geldenhuys comenta al respecto:

Por el original parece que con este versículo Jesús quiso dar a entender que los discípulos no debían buscar su razón permanente de alegría en el hecho de que los demonios se les sujetasen, sino en que, por la gracia de Dios, sus nombres estaban escritos en los registros del cielo; que habían sido empadronados entre los elegidos del Señor. La realidad de su redención era el beneficio supremo que se les había otorgado.

La promesa de la autoridad delegadaLuego, su respuesta es de afirmación. Los lleva un paso más allá en su fe y ministerio redentor de guerra espiritual: «He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará» (Lucas 10.19).

Esta es sin duda alguna una de las mayores joyas de la preciosa colección de promesas sobre la autoridad delegada que tenemos en toda la Escritura. ¿A qué podemos compararla? Vamos a considerar esta promesa desde una perspectiva séxtuple.

1. La fuente de la promesa. «He aquí [yo] os[ … ]»

Alguien ha dicho que el valor de cualquier promesa es directamente proporcional a la autoridad de la persona que la hace. En este caso se trata del Hijo de Dios, a quien el Padre «constituyó heredero de todo y por quien asimismo hizo el universo»; el que «sustenta todas las cosas con la palabra de su poder» (Hebreos 1.2, 3). Y que por lo tanto, más tarde puede afirmar: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28.18).

2. La seguridad de la promesa. «Os doy[ … ].» No en el futuro, sino ahora. El verbo en griego se encuentra en tiempo perfecto («Os he dado», dédoka) e indica una acción terminada. Los discípulos ya tienen la autoridad prometida. Jesús «repitió, ratificó y amplió su comisión[ … ] Habían utilizado vigorosamente su poder contra Satanás, y ahora Cristo les confía más poder».

3. El don de la promesa. «Os doy potestad[ … ]» La palabra griega es exousía y luego, dynamis usada más adelante. «Dynamis significa poder y capacidad, mientras que exousía es derecho de actuar». El enemigo tiene poder y capacidad («fuerza») y el creyente derecho de actuación («potestad»), es decir autoridad delegada.

La ilustración del policía y el camión se utiliza a menudo para indicar la diferencia que hay entre las dos clases de poder. El potente camión se aproxima por la calle y al acercarse a una intersección, de repente, un agente de tráfico (un mosquito si lo comparamos con el vehículo) se adelanta, levanta la mano indicándole que pare y el camión se detiene.

El camión tiene un gran poder respaldándolo, un terrible poder. Podría aplastar al agente de tráfico y seguir su ruta sin ni siquiera reducir la velocidad, pero no tiene autoridad para hacerlo. No cuenta con el derecho de actuación. El policía, en cambio, si lo tiene. Cierto que no posee fuerza. ¿Qué fuerza puede haber en una mano con cinco minúsculos dedos? Sin embargo le respalda toda la autoridad de la ciudad e incluso del estado o la nación. La autoridad delegada del agente pone al potente camión bajo su control.

«He aquí -dice Jesús -os doy potestad sobre toda fuerza del enemigo». ¡No es extraño que el Señor regañara a los apóstoles por «salirse de la fe» y quedarse sin autoridad ante el poder de los demonios que ocupaban la vida de aquel niñito (Mateo 17.14-21)!

4. La oposición a la promesa. Esto se resume en tres palabras: «serpientes», «escorpiones» y «el enemigo». La autoridad sobre serpientes y escorpiones podría ser una referencia a la serpiente de Génesis 3.15, a quien más tarde se la llamaría «el enemigo». Sin embargo, resulta aún más probable que se trate del áspid del Salmo 91.13, uno de los mejores salmos -entre los tantos que hay- de guerra espiritual. E. H. Plumtree, escribiendo para Ellicott, concuerda conque la referencia es a estos áspides «símbolos del poder espiritual maligno».

Jesús utiliza la expresión «el enemigo» varias veces en los Evangelios refiriéndose al diablo. En Mateo 13, a éste se le llama «su enemigo» (v. 25), «un enemigo» (v. 28) y se dice que «el enemigo[ … ] es el diablo» (v. 39). El enemigo al que nos enfrentamos nosotros es el diablo en singular, todos nuestros demás adversarios no son más que una extensión de su poder maligno.

A pesar de las apariencias que pueda haber en sentido contrario, el enemigo no es ni omnipresente, ni omnisciente, ni omnipotente. Por eso necesita a sus serpientes y escorpiones; es decir, a sus ángeles, demonios y espíritus malos. Es obvio que hay miles de millones y ya que están por todas partes, pareciera que Satanás mismo se encuentra en todo lugar. Desde el punto de vista de que los demonios son también diablos, o sea que poseen su misma naturaleza, Satanás, mediante ellos, está en todas partes al mismo tiempo. Por lo tanto, la relación entre las serpientes y los escorpiones con el enemigo en este versículo es un anticipo de Efesios 6.10-12.

5. El ámbito de la promesa. «Os doy potestad sobre toda fuerza del enemigo». Aunque resulta evidente lo que Jesús está diciendo aquí, este versículo puede aplicarse mal de muchas maneras.

Es posible hacer una aplicación errónea en cuanto al método. Ciertos creyentes han utilizado este versículo para ir a la caza de demonios; sin embargo la promesa debe interpretarse primordialmente en el contexto del mandato misionero. Lo que Jesús está diciendo es: «Os he enviado para que continuéis mi ministerio redentor. El enemigo se opondrá a vosotros, pero cuando lo haga sabed que os he dado plena autoridad sobre todo su poder, el cual lanzará sin duda en vuestra contra».

Luego está la excesiva simplificación. A algunos creyentes se les dice que pueden destronar, en una conferencia de fin de semana sobre guerra espiritual, a los principados y las potestades que llevan siglos gobernando unidades geográficas o socio-culturales. Esto es engañarse a uno mismo. Aunque nuestros enemigos ya hayan sido derrotados, no están muertos, ni siquiera heridos. Varios años después de la muerte, el entierro, la resurrección y la ascensión de nuestro Señor, el apóstol Pablo describe a Satanás como el todavía activo «dios de este siglo» (2 Corintios 4.4). Nuestro enemigo, aunque vencido, está todavía en guerra con nosotros y pelea hasta que se le obliga a retirarse. Sin embargo, la suya no es una retirada permanente: se reagrupa y pasa de nuevo a la ofensiva. Satanás sigue acechando en busca de cualquier vía posible para volver (1 Pedro 5.8s).

Enseguida tenemos el abuso potencial de la fe y el poder, que puede convertirse en cinismo y altivez. «Puedo arreglármelas yo solo», nos decimos. «Dios me ha dado autoridad sobre el enemigo. ¡Que vengan! Los espero». Debemos evitar la tentación del poder espiritual del mismo modo que aquella del poder mundano. Nuestra contienda no es ni con soldados de juguete ni ficticia; se trata de una guerra sucia, infernal y dolorosa contra un enemigo vencido que todavía no ha aceptado su derrota. En dicha guerra ha habido y seguirá habiendo muchas bajas cristianas.

Por último está la aplicación errónea basada en el apocamiento. La gente se lamenta: «No me gustan las serpientes ni los escorpiones. Y aunque Jesús me haya dado autoridad sobre el enemigo, no quiero molestarlo. El hacerlo acarrea problemas y bastante tengo sin necesidad de buscar más. Si dejo tranquilo a Satanás espero que él haga lo mismo conmigo y me deje también en paz».

6. La consolación de la promesa. «Y nada os dañará». ¿Es eso cierto? Sí y no. Digo que no porque todos los hijos de Dios que han hecho y hacen frente al enemigo han sido y son heridos por él, y en ocasiones de un modo muy doloroso. Debemos recordar que fue aquel maltrecho guerrero, el apóstol Pablo, quien escribió: «De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús» (Gálatas 6.17).

Digo que sí, que es cierto, porque en nuestra lucha podemos ser «derribados, pero no destruidos» (2 Corintios 4.8, 9). «Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8.37). «[Dios] nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús» (2 Corintios 2.14). Matthew Henry escribe que Cristo nos ha dado «poder defensivo» al igual que «autoridad ofensiva».

Este fue por lo tanto el ministerio de guerra espiritual de los doce apóstoles y del grupo más amplio de los setenta discípulos en los Evangelios. A continuación veremos lo que quizás no sea sino la punta del iceberg de su continuo ministerio de liberación registrado en los Hechos de los Apóstoles.

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