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En la sinagoga: Marcos 1

Si conociéramos únicamente el ejemplo del ataque de Satanás contra Adán y Eva, y el de su primera agresión principal contra Jesús, tendríamos casi todo lo que hace falta para descubrir los aspectos más importantes de la estrategia de engaño del diablo. Sin embargo, aún nos faltaría un elemento: la habilidad de Satanás para lanzar ataques sistemáticos, bien organizados y continuos contra cualquier número de seres humanos a la vez, por medio de su inmenso ejército de colaboradores, «codiablos» por así decirlo, los malos espíritus.

Cuando consideramos a Jesús y los demonios en los evangelios, vemos al Señor viviendo y ministrando en un mundo sobrenatural perverso sistematizado. Satanás y sus demonios están enconflicto con la humanidad y con Jesús, y el Señor les ha declarado la guerra. Esto es lo que tenía en mente George E. Ladd cuando escribió que el ministerio de Jesús consistía en «atacar el dominio de Satanás y liberar a los hombres del poder del mal».

El reino de Dios, en la enseñanza de Jesús, tiene una doble manifestación: en el fin del siglo para destruir a Satanás, y en la misión de Cristo para atarlo[ … ] De alguna forma más allá de la comprensión humana, Jesús luchó con los poderes del mal, consiguió la victoria sobre ellos, para que en el fin del siglo dichos poderes pudieran ser por fin y para siempre quebrantados.

El primer choque de Jesús con los demonios

Marcos 1 relata el primer enfrentamiento público de Jesús con los demonios: la liberación de un hombre endemoniado en la sinagoga de Capernaum (vv . 21-28).

El escenario (Marcos 1.21-22)

Esta liberación tuvo lugar en Galilea, en la ciudad de Capernaum, situada al noroeste del Mar de Galilea y un lugar precioso incluso en la actualidad. Según Mateo 4.12-17, Jesús se estableció en esa ciudad. Aquel era su hogar siempre que estaba en la región, la ciudad de Simón Pedro y de su hermano Andrés (v. 29).

La liberación ocurrió en la sinagoga, mientras el Señor estaba enseñando. En los días de Jesús era práctica habitual permitir que los laicos dotados impartieran la enseñanza; y puesto que a Jesús se le llama más tarde rabí, «maestro», es evidente que se convirtió en un destacado rabino en las sinagogas. El rasgo más llamativo de la doctrina del Señor era la autoridad con que enseñaba (vv. 22, 27).

Un demonio va a la iglesia (1.23s)

Marcos escribe: «Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo». Y la descripción que hace Lucas de este mismo caso es única en la Escritura. Dice que el hombre en cuestión estaba habitado por «un espíritu de demonio inmundo» (Lucas 4.33).

Las sinagogas eran las iglesias locales de aquellos días. ¿Y qué clase de personas va a la iglesia? Principalmente la gente religiosa. En general todos ellos creen en Dios y en Cristo, y asisten allí porque quieren estar donde se reúne el pueblo de Dios y donde sus necesidades pueden ser satisfechas. Ese es el lugar donde los adoradores oran y alaban, y donde se enseña la Biblia.

Así era también en el tiempo de nuestro Señor. La gente iba a la sinagoga el día de reposo porque quería hacerlo, especialmente en las ciudades gentiles como Capernaum. Aunque resulta imposible decir qué proporción de los habitantes de la ciudad eran judíos y qué otra gentiles, a aquella región se la llamaba «Galilea de los Gentiles» (Mateo 4.12-15). La comunidad judía estaba siempre muy unida en ciudades como Capernaum, y casi todos asistían a la sinagoga cada sábado.

¿Por qué doy tanta importancia a este hecho? Porque aquel hombre era probablemente un creyente, no un incrédulo. Aunque se tratase de un gentil o prosélito temeroso de Dios, con toda seguridad era creyente, de otro modo no hubiera estado allí.

R. Alan Cole dice que Capernaum:

[ … ] era la ciudad orgullosa de la incredulidad, comparada con la cual Tiro y Sidón saldrían bien paradas en el día del juicio (Mateo 11.23-24). Resulta un extraño comentario de la situación espiritual de Capernaum el que un endemoniado pudiera adorar en la sinagoga de ellos, no suponiendo ese hecho ninguna incongruencia, hasta que fue confrontado por Jesús y sin que al parecer mostrara ningún deseo de ser liberado de su aflicción.

La afirmación de que el hombre aparentemente no tenía «ningún deseo de ser liberado de su aflicción» es resultado de la ignorancia acerca de cómo actúan los demonios y la gente endemoniada. Por lo general no anuncian a sus víctimas que están presentes. A menos que el individuo nazca endemoniado, ellos se introducen en la vida humana en un determinado momento de trauma o de pecado. Ellos no quieren que se los descubra y se ponen furiosos cuando esto sucede, como ocurrió con aquel demonio (vv. 23, 24). El individuo afligido, por lo general, no está consciente de su demonización y permanecerá ignorante de su verdadero problema hasta que una o más de las tres siguientes circunstancias produzcan un cambio en la hasta entonces encubierta actividad del demonio en su vida.

Primera, que el espíritu malo sea obligado a manifestarse por un hombre de Dios que actúa con autoridad en la esfera espiritual. Esto puede ocurrir en el ministerio público como sucedió aquí.

Segunda, que la víctima comience a sospechar que sus problemas personales tal vez sean parcialmente debidos a los demonios. Esto ocurre por lo general cuando el individuo empieza a recibir enseñanza sobre el reino demoníaco y a orar y librar la guerra espiritual de una manera muy distinta a aquella estéril y flemática que suele emplear el creyente medio. Cuando esto sucede, los demonios pueden comenzar a manifestar su presencia a fin de intimidar al creyente; o tal vez por miedo, rabia o ambas cosas.

Tercera, la aflicción demoníaca se hace tan aguda, y la víctima llega a estar tan emocional, espiritual y a menudo físicamente dañada o incapacitada (véase Marcos 5.1s), que los demonios pueden dar a conocer su presencia a la persona con el propósito de aumentar aun más su dolor. Por eso se les llama «espíritus malos».

Con esto en mente, volvamos ahora a nuestro relato. Podríamos utilizar un poco de lo que llamo imaginación santificada a fin de hacer la historia más real y de comprender mejor lo que tal vez ocurrió allí.

Tanto Pedro como Andrés eran hombres trabajadores y miembros de su sinagoga. Cuando pidieron permiso para que su amigo Jesús de Nazaret enseñara, se les concedió de inmediato. Jesús, entonces, tomó el rollo de manos del asistente de la sinagoga y leyó algunos de los conocidos pasajes mesiánicos de Isaías. Luego explicó que el día de la visitación de Dios había llegado a Israel y que se iban a romper las ataduras satánicas y demoníacas de la humanidad. La redención de la culpabilidad, el castigo y el poder del pecado por parte de Dios era inminente.

De repente al hombre endemoniado le sobrecogió el miedo. No podía seguir mirando a los ojos de Jesús. La mirada del Maestro le quemaba; parecía brillar con el fuego incandescente de la santidad de Dios, haciéndole sentirse incómodo.

¿Qué me está sucediendo?, se preguntó. ¿Siento una ira profunda en mi interior contra este Jesús. No quiero seguir escuchándole. Sus palabras me perturban. Siento ira, rabia, miedo e incluso terror dentro de mí.

Algo en mi interior se levanta en rebeldía contra Él y me está dominando. No puedo resistirlo más. ¿Qué me pasa?

Todo lo anterior sucedió en cosa de segundos, y de repente una personalidad demoníaca surgió del interior de aquel hombre obligando al cuerpo de su víctima a ponerse en pie y a gritar a Jesús, utilizando sus cuerdas vocales e interrumpiendo la enseñanza del Maestro: «¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios» (v. 24).

Algo como lo anterior pudo suceder aquel sábado en Capernaum. No es que, como suponía Cole, al hombre no le importase su aflicción demoníaca, sino que como sucede con la mayoría de las personas endemoniadas quizás no sabía que lo estaba. En cuanto a la triste «situación espiritual de Capernaum [donde] un endemoniado [podía] adorar en la sinagoga, no suponiendo ese hecho ninguna incongruencia, hasta que fue confrontado por Jesús», esto tampoco es nada inusual. Más bien representa la norma que la excepción.

Esa clase de personas podrían encontrarse probablemente en la mayoría de nuestras iglesias, aun de las más evangélicas. Marcos narra que «Jesús predicaba en las sinagogas de Galilea, y echaba fuera demonios» (v. 39). Este es un tipo de ministerio que se necesita hoy en nuestras iglesias a nivel mundial. Mis palabras pueden resultar chocantes; pero si lo son es porque con demasiada frecuencia hemos leído Marcos 1.39 filtrándolo a través de demasiadas presuposiciones teológicas, con lo cual lo que dice ha perdido su impacto real en nuestras vidas.

Cole lo expresa bien cuando dice:

El resultado inmediato de la predicación de Cristo no fue de armonía, sino de división y rivalidad, exactamente como Él advertiría más tarde (Mateo 10.34). Dicha rivalidad podía estar oculta en las mentes de la congregación, pero salió a la luz con el alboroto del endemoniado.

Los demonios hacen lo que hacen, no lo que nosotros pensamos que pueden o no pueden hacer. Si queremos evitar la ignorancia en cuanto a las maquinaciones de nuestro enemigo (2 Corintios 2.11), no nos atrevamos a estipular cuáles de ellas son aceptables para los espíritus malos ni a imponer condiciones al Dios que les permite actuar en nuestro medio.

El discurso demoníaco (1.24)

El demonio parece empezar con una pregunta, la cual, como en seguida veremos, no es en absoluto real: «¿Qué tienes con nosotros, Jesús nazareno?» La traducción literal sería: «¿Qué a nosotros y a ti, Jesús nazareno?» No se trata de ninguna pregunta. Según el diccionario, una pregunta es «una forma de conseguir información o de comprobar el conocimiento de alguien». El demonio no buscaba información, ni tampoco estaba tratando de verificar el conocimiento de Jesús. Aterrorizado y furioso, lo único que hizo fue protestar contra la presencia y la enseñanza, inquietantes y amenazadoras, de Jesús, el Santo de Dios.

El espíritu malo quería que Jesús se marchara y le dejase en paz. Junto a sus compañeros había mantenido esclavizada a su víctima durante años, infligiéndole un profundo daño interior hasta entonces. Quizás le habían atormentado con «culpabilidad flotante», una fuerte sensación de rechazo y un sentimiento de inutilidad y desesperanza.

A ellos «les encantaba» experimentar aquel gozo sádico completo de ver sufrir a su anfitrión o de ser la fuente principal de su padecimiento. Era una «alegría» aumentar su control cada día sobre más y más áreas de su vida hasta hacerle gemir literalmente en su interior, llorar cuando estaba solo y todavía lo era más verle clamar a Dios en vano.

Ahora, este Jesús acerca del cual les había advertido su señor Satanás, estaba en su sinagoga. Se veían obligados a oírle exponer el amenazador mensaje del reino de Dios. Tenían que mirarle y soportar «sus ojos como llama de fuego» (Apocalipsis 1.14). Su mirada, sus palabras y su presencia personal producía un dolor insoportable en sus seres inmateriales. Y puesto que estaban encarnados en el cuerpo de su víctima, ésta también sentía el sufrimiento y estaba confusa por todo aquello. Se encontraban aterrados por lo que tenían que soportar en la presencia de Jesús.

Por fin, no pudieron contener su dolor y su rabia por más tiempo y estallaron en protestas: «Lárgate de aquí, nazareno. No queremos nada contigo». Ahora lo habían estropeado todo, y todo el mundo, incluida su víctima, sabía cuál era el origen verdadero del problema de aquel hombre: estaba endemoniado.

Si los demonios se hubieran callado y hubiesen resistido el resto de la enseñanza de Jesús sobre el reino, probablemente habrían seguido donde estaban en la vida de su víctima, ya que el Señor no iba por ahí cazando demonios. Jesús no lanzó una campaña de guerra espiritual en pro de los endemoniados, ni tampoco la provocación a los demonios para que se manifestaran con objeto de echarlos fuera era el enfoque principal de su ministerio.

Sólo trataba con los espíritus malos cuando sus víctimas venían buscando ayuda o cuando intentaban impedir su ministerio redentor; o también si su presencia causaba agitación demoníaca en la vida de la persona, ya fuera en un contexto de grupo o en combate individual.

El demonio prosigue con una segunda pregunta aparente, una declaración de miedo, rabia, impotencia y protesta: «¿Has venido para destruirnos?» «¿Has venido para matarnos?», parafrasea Phillips. Y yo doy mi propia paráfrasis, basada en similares experiencias con demonios, citando textualmente algunas de las protestas de los demonios a mi interferencia:

«¿Estás tratando de destruirnos?» «¿Has venido para apartarla de nosotros?» «Nos odias tanto como nosotros a ti.» «No nos gusta lo que estás haciendo. Vete y déjanos en paz. Estábamos muy bien hasta que apareciste tú».

«¿No nos has creado ya bastantes problemas? ¿Por qué nos molestas? Nosotros no nos metíamos contigo.» «¿Por qué te interesa este hombre? De todas maneras no vale nada». «Tienes cosas mejores en que ocuparte que venir aquí a maltratarnos». «Saca tus (grosería) narices de aquí y déjanos en paz».

Dos pronombres enigmáticos: «nosotros» y «yo»

En el discurso demoníaco que aquí se narra percibimos un interesante cambio de pronombres, lo cual es también corriente en la demonización grave. Marcos empieza diciendo que el hombre tenía «espíritu inmundo» (v. 23). No obstante, en el versículo 24a, dicho espíritu comienza a hablar en primera persona del plural «nosotros» y sigue haciéndolo en el 24b, para cambiar luego a la primera persona, «yo» en el 24c. Más tarde, cuando el demonio sale del hombre en el versículo 26, Marcos vuelve a utilizar la expresión «el espíritu inmundo».

Esto ha confundido a muchos comentaristas, los cuales no están seguros de qué significa dicho cambio. En su comentario sobre Marcos, William Lane ofrece dos posibilidades: la primera de ellas, que «es natural ver aquí una referencia a todos los poderes demoníacos que sufrirán la destrucción». De modo que Lane piensa que este demonio habla probablemente en nombre de todo el reino sobrenatural perverso. Guelich, por su parte, es de la misma opinión. Y Wuest pone en boca del demonio: «¿Qué tenemos en común nosotros, los demonios, contigo, Santo de Dios?»

Nada en la Escritura ni en la experiencia con demonios negaría esta posibilidad, sin embargo dudo que sea eso lo que sucede aquí.

La segunda posibilidad es que, en palabras de Lane, «también es netamente posible que el endemoniado se identifique a sí mismo con la congregación y hable desde la perspectiva de ésta. La presencia de Jesús supone un peligro de juicio para todos los presentes». Esto parece altamente improbable, porque la protesta de los demonios revela un juicio no aplicable a la humanidad. Los demonios son irredimibles, no hay provisión alguna para su salvación; mientras que sí la hay para la gente de la sinagoga y los espíritus malos sabían la diferencia.

Existe, sin embargo, una tercera posibilidad más plausible: el demonio habla en nombre de todos los espíritus malos que habitan en ese hombre. Actúa como su representante y, posiblemente, como su jefe. El respaldo para esta opinión es por lo menos doble. Primero, que la siguiente vez que Marcos relata algún detalle del choque individual de nuestro Señor con un demonio, eso es exactamente lo que ocurre (Marcos 5). En ese pasaje el demonio pasa de los pronombres singulares a los plurales. Cuando Jesús le habla, primero se refiere a él en primera persona del singular y luego en la tercera del plural. Y en este caso se nos da la explicación de dicho cambio. En respuesta a la pregunta de Jesús de «¿Cómo te llamas?», Marcos escribe: «Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos» (Marcos 5.7-13, cursivas del autor).

Segundo, que la experiencia contemporánea con los endemoniados revela que, probablemente, todos los casos serios de demonización implican una invasión múltiple. Uno o varios demonios jefes hablan por todos aquellos que se encuentran bajo su control inmediato. A menudo hay más de un demonio gobernante y, en ciertas ocasiones, no tienen siquiera conocimiento de la presencia unos de otros.

El «espíritu inmundo» continúa su protesta y, después de decir que Jesús había venido para destruirlos, relaciona su destrucción con la persona del Señor como «el Santo de Dios» (v. 24). En los relatos evangélicos varias citas de los discursos demoníacos hacen referencia al día de su destrucción y tormento. En Marcos 1.24 tenemos las palabras que se utilizan aquí: «¿Has venido para destruirnos?» En Marcos 5.7, encontramos: «No me atormentes». Esas mismas palabras se repiten luego en Lucas 8.28, y las registradas en Mateo 8.29 son: «¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?»

Se trata de palabras fuertes. En Marcos 1.24, el evangelista utiliza apóllymi, que según Vine significa «destruir por completo; es decir, hacer que perezcan». También añade Vine que «la idea no es de extinción, sino de ruina; de pérdida, no del ser, sino del bienestar. Se utiliza en Mateo 10.28 y en otros pasajes relacionados con la destrucción de los perdidos en el infierno».

La palabra empleada por el o los demonios en Marcos 5.7, Lucas 8.28 y Mateo 8.29 es basanízo, que según Vine significa «atormentar. Se usa constantemente para referirse a los sufrimientos de los perdidos en el lago de fuego, tanto de los hombres como de Satanás y los demonios». Sea cual fuere la creencia de una persona acerca del juicio venidero, los demonios dan fe de que existe. La confesión demoníaca de «sé quién eres, el Santo de Dios» no es una expresión de sumisión, sino de reconocimiento de la verdad y de desafío.

Los demonios mentirán a sus víctimas acerca de la naturaleza del Señor Jesús. Están tan decididos a mantener a la gente alejada de Él que no hay límite a sus mentiras en cuanto al Señor: negarán su deidad, dirán que es perverso; a aquellos que padecen disfunciones sexuales les contarán todo tipo de embustes, desde que Jesús los violará hasta que desea mantener relaciones sexuales con ellos; dirán que estaba engañado, e incluso que tenía demonios. Pero cuando están en la presencia de Jesús, aunque expresen el odio y el miedo que sienten por Él, confiesan espontáneamente su deidad, señorío, santidad, obra redentora y papel como juez venidero. En el ministerio de liberación puede hacérseles confesar que los ha derrotado tanto a ellos como a su señor Satanás. Esto es lo que sucede aquí, en otros incidentes similares de los evangelios y en Hechos 16.17.

La respuesta de Jesús a lo demoníaco

Seguidamente vemos la reacción de Jesús a la explosión demoníaca. En primer lugar, «reprendió» al demonio (v. 25a). Wuest dice que en el Nuevo Testamento se utilizan dos palabras para reprender: la primera es eléncho, que constituye una reprensión «que produce convicción de pecado y a veces una confesión del mismo por parte del transgresor»; la segunda es epitimáo, que indica una reprensión «que no logra que el transgresor reconozca su pecado». La última, según Wuest:

[ … ] es la que utiliza Marcos para Satanás, los ángeles caídos y los demonios. Estos son incorregibles y se niegan a dejarse convencer de su pecado[ … ] No lo reconocerán ni se arrepentirán. He aquí otra ilustración más de la meticulosa precisión con que los escritores de la Biblia escogen sus palabras bajo la guía del Espíritu Santo.

En segundo lugar, le ordenó: ¡Cállate! (Marcos 1.25). La versión Reina-Valera traduce ¡Cállate y sal de él! Goodspeed dice, «¡Silencio!» Mas aún Phillips señala que Marcos regristró: «Pero Jesús le interrumpió y le reprendió diciendo: “Guarda tu lengua”». La palabra es phimóo, que según Wuest quiere decir literalmente «cerrar la boca con un bozal, abozalar», y que se utiliza «metafóricamente para tapar la boca, dejar sin habla, reducir al silencio». Martin Lutero lo traduce del alemán como «Calla». Wuest dice que «¡Cierra la boca!» es el equivalente moderno de aquella expresión.

De esto último podemos deducir algo acerca de la actitud de Dios hacia Satanás, los ángeles caídos y los demonios por la enormidad de su pecado. El verbo aquí está en modo imperativo y en el tiempo aoristo, transmitiendo una orden clara que debe obedecerse en seguida. Y lo mismo sucede con el mandamiento «¡Sal de él!»

Luego, en el versículo 26, Wuest continúa con su propia e inimitable traducción directa del griego: «Y Jesús le reprendió, sin que dicha reprensión produjera ningún resultado de convicción o confesión de pecado, diciendo: ¡Cierra la boca y sal de él en seguida!» Esta es la única forma de conversar con los demonios: ¡cerrándoles la boca!

Sólo una advertencia aplicable a cualquier ministerio con demonios y endemoniados en la actualidad: No debemos causar más daño todavía a las víctimas de la demonización; y la mejor forma de conseguirlo es ayudándolas a liberarse de los demonios que atormentan sus vidas una vez que se ha diagnosticado con precisión que su problema es total o parcialmente demoníaco. Cuando esto se ha determinado, no hay que dar cuartel a los demonios. Se trata de seres completamente perversos; no hay nada, absolutamente nada, en ellos que merezca nuestra piedad o compasión.

Aquí vemos a Jesús como ejemplo de amor y de odio para nosotros. Él ama al hombre endemoniado y lo libera de los espíritus malos que se han ligado a su vida. Pero odia a los demonios y no puede soportar oírlos, aunque todo lo que están anunciando públicamente sea verdad. Cuando el Señor les habla no muestra ni amor, ni compasión, ni siquiera una cortesía común, sino que les dice: «¡Cerrad la boca!»

La respuesta del demonio

La reacción del espíritu malo a la orden de Jesús, según Marcos 1.26, fue triple. Primero, subyugó a su víctima por última vez, con aparente violencia, arrojándola al suelo y atormentando su cuerpo con convulsiones (v. 26a). Una escena terrible: el hombre revolcándose por el suelo como presa de un ataque epiléptico. Cualquiera que ha presenciado tales agresiones demoníacas sabe lo terribles que son.

¿Por qué permitió Jesús que sucediera? No lo sé, ya que las Escrituras no nos lo dicen. Hubiera podido impedirlo de haber querido. Yo lo hago por lo general. De vez en cuando, sin embargo, las cosas ocurren tan deprisa que no tengo tiempo de impedir el abuso demoníaco. En la mayoría de las ocasiones puede detenerse casi al instante, pero no siempre.

Con las liberaciones actuales que van acompañadas de choques de poder como estos, las reacciones demoníacas variarán según las personas, al igual que descubrimos en los evangelios y los Hechos. Aunque podemos sentirnos molestos cuando los demonios tienen reacciones vulgares como las que se registran en los evangelios y en el libro de Hechos, no deberíamos preocuparnos demasiado por ellas. Si le sucedió a Jesús, quizás de vez en cuando también nos pasará a nosotros.

Lucas relata el incidente de esta manera: «Entonces el demonio, derribándole en medio de ellos, salió de él, y no le hizo daño alguno» (Lucas 4.35). Marcos, por su parte, dice que «el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él» (v. 26). Wuest comenta que la expresión «sacudir con violencia» significa producir espasmos, un término utilizado por los médicos en el caso de los problemas estomacales. Aquello era, sin lugar a dudas, sigue diciendo Wuest, un acto de venganza por parte del demonio como protesta a la orden de salir de aquel hombre. Creo que tiene razón.

La palabra traducida aquí por «clamar a gran voz» (véase Hechos 8.7) significa dar «un chillido», según Wuest, que traslada el versículo de la siguiente manera: «Y cuando el espíritu inmundo le hubo atormentado con convulsiones, lanzó un chillido y salió de él».

Por muy terrible que parezca, aquello no le causó ningún daño al hombre. El doctor Lucas comenta meticulosamente que el demonio salió «y no le hizo daño alguno». Eso es lo importante. Puede que el aspecto y los ruidos pareciesen terribles, pero después de todo no fue ni la mitad de malo. Tengamos cuidado al juzgar a otros cuando los demonios repiten lo que Jesús permitió que ocurriera aquí. Aunque puedo intentar impedir que actúen de esa forma, si ellos lo hacen, no debe culpárseme a mí, ni tampoco a Jesús. Los culpables son los demonios.

La respuesta de la multitud

Según cuenta Marcos: «Todos se asombraron» (1.27). No creyeron necesariamente, pero sí se asombraron. «¿Qué es esto?», se preguntaban. ¿Y hubo alguien que contestase a su pregunta? ¿O llegaron ellos mismos a la respuesta mediante una reflexión adicional? Habían escuchado el sermón de Jesús y hubieran debido conocer dicha respuesta. Quizás, sin embargo, ese «¿Qué es esto?» signifique más bien «¿Quién es éste?»

«¡Una nueva doctrina!», exclamaron. Aquella fue la primera observación. Nunca antes habían escuchado o visto nada semejante. «Una nueva doctrina acompañada de autoridad», fue su segundo comentario. «Manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen», su observación número tres. Estos tres comentarios deberían haberles conducido por lo menos a alguna respuesta parcial de la pregunta «¿Qué es esto?» o «¿Quién es éste?»

Entonces difundieron la noticia por todas partes y aquello fue el comienzo de la primera fase del ministerio de Jesús, que a menudo se conoce como el «período de la popularidad». Lane dice acerca de esto: «Dios había empezado a inquietar a los hombres». Y Wuest comenta que el asombro de la multitud en la sinagoga se concentró en la autoridad de nuestro Señor sobre los demonios.

Nuestro Señor tiene siempre a las huestes de Satanás bajo su absoluto control. A pesar de lo tercas e incorregibles que éstas son, Él puede mandarles como guste y ellas le obedecen. El diablo siempre actúa dentro de un radio limitado. Para la multitud de la sinagoga, lo más sorprendente era que los demonios le obedecían.

¿Qué maravilloso relato! ¡Y qué forma tan tremenda de empezar su ministerio!

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  1. LUIS SOLARES .
    23 diciembre 2013 en 1:50 PM

    CUANDO ACEPTAMOS A NUESTRO SEÑOR JESUS ,COMO SEÑOR Y SALVADOR DE NUESTRAS .VIDAS HEMOS TOMADO LA DECICION MAS IMPORTANTE Y TRASCENDENTAL DE NUESTRAS VIDAS ,SI PERCEVERAMOS ASTA EL FIN ,TRASCENDEREMOS A LA VIDA ETERNA .DESDE AQUI VIVIMOS UNA VIDA ABUNDANTE ,LLENA DE BENDICIONES ,O PROMESAS .QUE NOS A HECHO .RECONOCIENDO SU SACRIFICIO ,EN LA CRUZ ,GLORIA ADIOS ,

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