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Entre las tumbas: Marcos 5

En su libro sobre teología del Nuevo Testamento titulado The Proclamation of Jesus [La proclamación de Jesús], Joachim Jeremias destaca el ministerio de Cristo en el evangelio de Marcos como una victoria sobre el dominio de Satanás. Jeremias dice que «el evangelio de Marcos presenta los exorcismos de Jesús como batallas», y da la preeminencia a la espectacular separación del Señor de la idea judía de su tiempo en cuanto a que los demonios eran, «en un sentido, seres individuales que actuaban por su cuenta. De ahí sus detalladas listas de nombres de demonios».

Joachim Jeremias afirma: «Jesús cambió todo eso, destacando la relación entre la aparición de los demonios y Satanás con una variedad de descripciones». En primer lugar, dice Jeremias «Satanás aparece como el jefe de una fuerza militar» (Lucas 10.19; dynamis). «A continuación, se le considera como un rey (Mateo 12.26; Lucas 11.18; basileía) y los demonios son sus soldados (Marcos 5.9)». También se representa al diablo como el amo de la casa y a los espíritus malos como sus criados (Mateo 10.25).

La liberación del endemoniado gadareno

La liberación del hombre maltratado por los demonios de Marcos 5 es una prueba dramática de este enfoque de conflicto armado. En la introducción a su estudio de dicho capítulo de Marcos, el fallecido Dr. Merrill F. Unger dice: «El hecho al que nos enfrentamos en todo caso de demonización es que los espíritus malos tienen control [parcial] de la persona endemoniada. Esto, naturalmente, es así cualquiera que sea el grado de influencia demoníaca; incluso en la invasión leve, moderada y grave».

Luego, Unger comenta sobre la demonización grave:

Pero en los casos más graves el control es mucho más profundo, dominante y esclavizante. El número de demonios puede ser mayor, la maldad más acentuada, su fuerza más terrible y su arraigo en la vida más atenazador. Todo esto lo ilustra con mucha claridad el caso del endemoniado de Gadara (Marcos 5.1-20; Lucas 8.26-32).

Alfred Edersheim habla, en su estilo característico, del yacimiento arqueológico de Gadara, situado frente a las llanuras de Genesaret, en el lado oriental del Mar de Galilea; así como de las tumbas en los cerros de caliza y de las cuevas en el empinado risco, por el que los cerdos corrieron hacia su propia destrucción sumergiéndose en el mar (Marcos 5.13).

Tal vez su mayor contribución sea sin embargo la comprensión que tiene de las a menudo enigmáticas y desconcertantes mezclas de dos personalidades (la humana y la demoníaca) en el cuerpo del endemoniado, y del ajuste cultural de los demonios. En este relato, los espíritus malos viven en el cuerpo de un hombre evidentemente judío. Aunque para muchos resulte cuestionable la condición hebrea del endemoniado, eso no cambia el fondo de la cuestión, ya que los gentiles tenían ideas parecidas. No obstante, nosotros supondremos que era judío. Los demonios se comportan justo como cabría esperarse de ellos al vivir en la persona de un judío de primer siglo. Hay en sus palabras y acciones una dimensión cultural.

Aunque la actividad satánico-demoníaca es supracultural, también se adapta a las culturas. Los demonios «aprenden» la cultura de sus víctimas y actúan de una manera, en cierto modo, predecible dentro de su contexto cultural. En mi ministerio transcultural de enseñanza y consejo sobre la guerra espiritual, siempre intento aprender lo más posible acerca del mundo de los espíritus tal y como actúa dentro de cada cultura local. Aunque esto es decisivo para el ministerio transcultural moderno, lo es también para la interpretación del mundo espiritual de la Escritura y para aplicar dicha interpretación a la situación contemporánea.

No tenemos ni un solo libro o porción de libro en la Biblia que nos presente un bosquejo general de las dimensiones supraculturales de la actividad de lo sobrenatural maligno. Por tanto, como a menudo señala Dickason, debemos contar con experiencia y ejemplos actuales para aprender lo que los demonios hacen o no hacen con frecuencia en un determinado contexto contemporáneo. Esto es algo que no puede determinarse de antemano partiendo sólo de la Escritura, como muchos afirman dogmáticamente. Algunas dimensiones de la demonología bíblica pueden descubrirse examinando con cuidado los relatos escriturales, como este asombroso caso de Marcos 5, pero sólo algunas.

Este es sólo un ejemplo limitado a los problemas de un hombre con los demonios, y también el caso más grave de demonización de un varón adulto que aparece en la Escritura. Por lo tanto, no podemos, utilizando el método inductivo de interpretación bíblica y partiendo de un solo caso, sacar conclusiones acerca de cómo actúan siempre los demonios en las vidas humanas y de qué manera debe tratarse con ellos en todas las ocasiones. Sólo podemos extraer enseñanzas valiosas en cuanto a su actividad en ese caso particular de demonización grave y sobre la manera en que Jesús trató con ellos.

Para sacar conclusiones más universales tenemos que examinar cada caso registrado en las Escrituras y toda la enseñanza de éstas acerca de la actividad demoníaca en el mundo bíblico. Con este cimiento de verdad delante, podemos empezar a considerar tanto la actuación extrabíblica como posbíblica de los demonios, y la actividad actual y mundial de ellos.

El trasfondo del relato (Marcos 5.1-2)

El trasfondo del relato es el viaje en barco hasta «la región de los gadarenos (v. 1, junto con Marcos 4.35-41) y el endemoniado que anda entre las tumbas (v.2). La parte importante del mismo se refiere a la presencia de dicho endemoniado entre los sepulcros. Marcos nos dice que era «de los sepulcros» y tenía «un espíritu inmundo», así como que «vino» a Jesús. Me gusta la forma en que Barclay escribe acerca del hombre que moraba entre las tumbas.

Era una parte de la ribera del lago donde había muchas cuevas en la roca caliza, algunas de las cuales se utilizaban como tumbas. En su mejor momento se trataba de un lugar espectral y al caer la noche debía ser verdaderamente horripilante.

De repente, de los sepulcros salió un hombre poseído por demonios. Aquel era un lugar adecuado para él, ya que, según se creía entonces, los demonios vivían en bosques, huertos, viñedos y lugares sucios, en parajes solitarios y desolados, y entre las tumbas. Ese hombre poseído moraba en la guarida de los demonios.

Los demonios estaban particularmente activos por la noche hasta el canto del gallo. El dormir uno solo en una casa vacía era peligroso, como también saludar a alguien en la oscuridad, ya que podía tratarse de un demonio. Salir de noche sin una lámpara o una antorcha era exponerse a tener problemas. Se trataba, pues, de un lugar y una hora arriesgados, y el hombre era un tipo peligroso.

Marcos dice a continuación que aquel hombre tenía «un espíritu inmundo» (v. 2). El evangelista utiliza de manera alterna los términos «espíritu inmundo», «demonios» y «espíritus». El endemoniado «vino» a Jesús (v. 2c), y los versículos 3 al 6 nos explican cómo sucedió aquello. Marcos hace también una descripción detallada del endemoniado, acerca de la cual Edersheim comenta:

Debemos[ … ] recordar la confusión que hay en la mente de los endemoniados entre sus propias ideas y las que les imponen[ … ] los demonios. Está muy en consonancia con las nociones judías sobre los endemoniados el hecho de que[ … ] se sintiese como arrastrado a los lugares desiertos y estuviese en los sepulcros[ … ] Era característico de los endemoniados el no poder separar su propia identidad, al encontrarse ésta fundida y perdida en el mismo grado con la de sus atormentadores. En ese aspecto, el estado de los endemoniados era también semejante a la locura[ … ] El endemoniado habla y actúa como un judío que está bajo el control de un demonio. Por lo tanto, escoge sitios solitarios de día y los sepulcros de noche. No es que los demonios prefirieran en realidad tales moradas, sino que los judíos imaginaban aquello y los espíritus malos, actuando según el entendimiento existente, le guiaban, de acuerdo con sus nociones preconcebidas, a elegir esos lugares.

Las acciones del endemoniado y su interpretación

Guelich añade que «la morada del hombre entre los sepulcros indica su ostracismo por parte de la sociedad y corresponde a su posesión por un espíritu inmundo, un ser que a menudo se creía moraba entre las tumbas».

¿Sucede así hoy en día? En general no, aunque puede pasar en algunas culturas cuya idea se asemeje a la de los judíos. Se dice, por ejemplo, que en ciertas partes de la India las personas muy endemoniadas viven entre las tumbas para comer la carne de los recién enterrados.

Algunos comentaristas utilizan este pasaje para enseñar que tres de los síntomas claves de la demonización son el aislamiento, la suciedad y el retraimiento del contacto humano, pero esto no es forzosamente cierto. El comportamiento antisocial extremo revelado aquí sólo caracteriza a algunos de los endemoniados más graves. Y una dolencia semejante a la locura tampoco sería verdad más que en ciertos casos muy serios de demonización. La mayor parte de los endemoniados, aunque luchan con problemas, y algunos de ellos muy graves, no actúan como dementes.

Además, la demonización y los verdaderos problemas mentales, biológicos o neurológicos no son idénticos. Aunque tengan ciertas cosas en común, comportan diferencias sustanciales. No obstante, las dos afecciones pueden darse juntas. Edersheim comenta que «los judíos no sostenían que todos los desórdenes físicos o mentales fueran causados por demonios». Tampoco pensaba eso Jesús, ni los primeros cristianos. Ellos sabían diferenciar ambas cosas y las trataban de un modo distinto. Así debemos hacer nosotros.

Marcos dice que «nadie podía atarle, ni aun con cadenas» (5.3b). Y en el versículo 4 amplía esta declaración con detalles que terminan con las palabras: «Nadie le podía dominar». Debido a ello, algunos afirman que otro síntoma de la demonización es una fuerza inusual. De nuevo hay que decir que no siempre es así. Depende de otros factores tales como la gravedad de la demonización, el tipo de demonios presentes y las expectativas de ellos, del endemoniado y de aquellos que tienen relación con él. Algunos endemoniados se vuelven muy violentos y muestran una gran fuerza sólo cuando los demonios se están manifestando. Otros pueden dar señales de ira no acompañada de violencia o fuerza sobrenatural. Los factores desconocidos en cada caso son tan complejos e individualizados que debemos tener cuidado con generalizar.

El evangelista dice a continuación que «siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros» (v. 5a). Según Wuest, la expresión «dar voces» es krázo en el griego, y significa «un grito inarticulado, un chillido» o «un alarido» (v. 5b). Muchos afirman que este es otro síntoma de demonización. Pero aunque puede ocurrir en ciertos casos graves lindantes en la locura, gran parte de las veces, aun en los casos serios, por lo menos en Estados Unidos, tal cosa no sucede.

Cuando algo así sucede, por lo general se debe a los cuatro factores siguientes o a cualquier combinación de ellos. Primero, se están manifestando plenamente demonios de suma ferocidad, por lo general en protesta a alguna interferencia en sus actividades. Segundo, están amenazando a su víctima o a otras personas. Tercero, están saliendo de su víctima con un último alarido sonoro (Marcos 1.26; Hechos 8.7). Cuarto, es la persona endemoniada, y no los espíritus malos, quien grita de angustia o de rabia por su desdicha o contra sus atormentadores demoníacos.

Marcos dice a continuación que el hombre se hacía daño «hiriéndose con piedras» (v. 5c). «Herirse», aquí, es katakópto, que según Vine significa «cortar en pedazos». Wuest, por su parte, expresa que quiere decir «cortarse, en el sentido de rajarse, tajarse o sajarse todo el cuerpo de tal manera que quede lleno de cicatrices». El pobre hombre tenía el cuerpo herido por todas partes.

La respuesta del endemoniado a la presencia de Jesús

Ahora descubrimos la respuesta inicial del endemoniado a la presencia del Señor (vv. 6, 7, con v. 2d). Cuando se encontraba a cierta distancia le reconoció, y en vez de huir de Jesús, como se nos dice que suelen hacer los endemoniados, corrió en su dirección y «se arrodilló ante Él» (v. 6). A menudo se afirma que otro de los síntomas de la demonización es un sentimiento de rechazo a la presencia de Jesús. «Los demonios», nos aseguran, »no quieren tener contacto con el Señor ni con su pueblo, esa es la razón por la que la gente endemoniada se mantiene lejos de los cristianos y nunca va a la iglesia». Esto no es necesariamente cierto.

¿Por qué entonces corrió el endemoniado y se echó a los pies del Señor? Sugiero varias respuestas posibles. La primera, es que no lo sé, ni tampoco lo sabe ninguna otra persona, ya que la Biblia no lo dice. La segunda, que según Marcos, siempre que los espíritus inmundos veían a Jesús, caían a tierra delante de Él gritando confesiones sobre su divina persona. La más corriente y espontánea era: «Tú eres el Hijo de Dios» (Marcos 3.11). El Señor tenía incluso que “reprenderlos mucho” para que no le descubriesen (3.12). Hay algo aquí que necesita más explicación. En esta aparente reacción contradictoria de los demonios a su presencia se esconde un misterio. Los espíritus malos le temen, y sin embargo se sienten constreñidos a rendirle homenaje.

La tercera es que, puesto que cada vez que se relata el discurso de un demonio el mencionado homenaje al Señor está en el contexto de una confesión instantánea de su deidad, señorío y posición de futuro juez, es probable que la confusa respuesta de los espíritus se deba al miedo abrumador que tienen a que los castigue ahora, «antes de tiempo». Después de todo ellos no sabían cuando llegaría el «tiempo» fijado. En los casos de liberación actuales se comportan del mismo modo. Confesarán incluso que su amo, Satanás, es un engañador destinado a arder en el lago de fuego con ellos. Reconocerán que Jesús los ha derrotado como también al diablo. Al igual que descubrimos aquí, en Marcos, no le confesarán como Señor, pero sí dirán que es el Señor.

Cuarta, que siempre cabe la posibilidad de que sea el mismo hombre endemoniado quien se sienta fuertemente atraído por Cristo. Si la pobre, herida y atormentada víctima rechaza cualquier interferencia demoníaca en su atracción hacia Jesús, por así decirlo, los demonios se ven «atrapados». No pueden detenerla. Y adonde va su víctima allá van ellos con él. A menudo, ante la deslumbrante gloria de la santidad de Jesús, los espíritus malos se manifiestan a plenitud, confesando atemorizados quién es Él y lo que hará con ellos. Le ruegan que los deje en paz y que no los atormente antes de tiempo.

El discurso de los demonios

En primer lugar tenemos la pregunta-protesta desafiante: «¿Qué tienes conmigo[ … ]?» (Marcos 5.7a). Cole comenta que esas primeras palabras del demonio significan: «¿Qué tenemos tú y yo en común?» ¡Qué comentario tan perspicaz para un demonio!

Enseguida encontramos su confesión de que Jesús es el «Hijo del Dios Altísimo» (v. 7b). Alan Cole comenta también acerca de este y otros arranques de confesión acerca de la divinidad de Jesús. «Resulta extraño que el mal tuviera una percepción tan clara e instantánea de la naturaleza de Cristo cuando los hombres ordinarios eran tan lentos en reconocer su deidad (vv. 6-8)».

Todo esto ocurrió cuando el hombre y sus demonios corrieron a Jesús y se arrojaron a sus pies. Y dice Cole:

Corrieron y rindieron su homenaje con absoluta mala gana, confesando en seguida el abismo que los separaba, y testificando del efecto abrasador que el bien tiene sobre el mal. Sería difícil encontrar una mejor respuesta para la hipócrita acusación de que el Espíritu Santo que reposaba sobre Cristo y el espíritu del mal eran fundamentalmente uno solo (Marcos 3.22). El mal mismo rehusaba reconocer alguna afinidad con Cristo.

Por último tenemos otra protesta desafiante: «Te conjuro por Dios que no me atormentes» (5.7). Esto es lo que Wuest llama una fórmula de juramento. Y Guelich dice que estas palabras revelan aún más la desesperación que sienten los demonios en presencia de Jesús, y escribe: «El endemoniado traiciona la clara percepción que tiene de su posición de inferioridad y de la futilidad de su situación (Gnilka, 1:204) “conjurando” con desesperación a Jesús para que no lo “torture”».

¡El endemoniado conjura a Jesús por el Dios a quien acaba de reconocer como su Padre! Por tanto, la respuesta que el hombre da a Cristo demuestra aún más la confusa desesperación del espíritu inmundo ante Jesús[ … ] Ha encontrado la horma de su zapato y simplemente desea negociar un acuerdo.

Luego, Guelich declara:

Por último, el endemoniado expresa la superioridad de Jesús sobre el espíritu inmundo con su miedo a la «tortura». Muchos ven en esto una referencia latente a la expectativa apocalíptica del juicio final, como en Mateo 8.30 (así Lohmeyer, 95; Taylor, 280; Grundmann, 144). A otros les parece un simple miedo del espíritu al «castigo» o a la expulsión de su «hogar», como indica el contexto (p. ej., 5.10-13; Haenchen, 193; Gnilka, 1:205).

Marcos cuenta que Jesús había hablado a los demonios antes de que todo ese discurso demoníaco, el cual ya hemos examinado, ocurriese: «Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo» (v.8). Esta es la única ocasión en que los demonios no obedecen a Jesús de inmediato. Muchos comentaristas tienen dificultades con esta parte de la narración. Como es habitual, Barclay no ve ningún problema:

No empezaremos siquiera a comprender el relato a menos que veamos con claridad cuán grave caso de posesión demoníaca representaba este hombre. Está claro que Jesús hizo más de un intento por curarlo[ … ] El Señor había comenzado utilizando su método habitual, una orden con autoridad dirigida al demonio para que saliese. En esta ocasión no tuvo éxito.

Barclay tiene razón. Otros comentaristas tratan de evitar el problema, pero él sugiere que Jesús preguntó al demonio cómo se llamaba porque en aquel tiempo se suponía que el conocimiento del nombre de un espíritu malo confería poder sobre él.

Me gusta la primera parte de la posición de Barclay, pero no la relativa a que fuera necesario conocer el nombre del demonio para tener autoridad sobre él. Esto no es lo que Jesús tenía en mente. Tal interpretación es mágica. Lo que el Señor hace aquí es lo usual en aquellos que ejercen un ministerio de liberación: pedir información del demonio para saber mejor lo que estaba ocurriendo en la vida de aquel pobre hombre.

Alguien preguntó a John Wimber por qué Jesús había pedido al demonio que le diera su nombre. Y en su estilo característico, John le contestó: «Porque Jesús quería saberlo». Tal vez el Señor preguntase al espíritu inmundo cómo se llamaba porque sabía que en la vida de aquel hombre había una concentración de demonios poco corriente con la que jamás se había encontrado. Quería saber con exactitud qué sucedía en su interior. Guelich concuerda con esto. No piensa que Jesús preguntó al demonio su nombre como una forma de tener control sobre él, sino para conseguir una información más precisa acerca de la dolencia de la víctima:

En vez de conceder a Jesús control sobre el o los demonios, la pregunta y la respuesta revelan el grado de dominio que éstos tenían sobre aquel hombre. Por una parte, este versículo explica su incontrolable conducta (vv. 3, 4) en términos de la «legión» de poder[ … ] Por otra, la pronta sumisión del hombre a Jesús (vv. 5, 6) acentúa el poder del Señor sobre estevasto ejército de demonios.

Legión es «un término referente a una unidad de combate de aproximadamente seis mil soldados romanos», explica Hurtado. Eso no quiere decir que hubiera seis mil demonios dentro de él, sino quizás aquello que el demonio expresó luego: «Porque somos muchos» (v. 9c). Barclay añade una interesante nota histórico-cultural: «Más tarde dos mil cerdos encontrarían la muerte al precipitarse por el despeñadero[ … ] A razón de un demonio por cerdo, el número debe haber sido de dos mil espíritus o más. Ese es mucho personal para un cuerpo humano, no es de extrañar que estuviera en una condición tan desesperada».

Hurtado hace un excelente comentario relacionado con la guerra espiritual:

El término legión tiene también el efecto de presentar el escenario como un campo de batalla entre los poderes del mal y Jesús, que viene en nombre del reino de Dios. Esta metáfora es probablemente intencionada, puesto que Jesús ya ha descrito sus exorcismos como asaltos a las fortalezas de Satanás. (Véase 3.23-27.)

La petición de los demonios

La petición demoníaca tiene dos partes: la primera, que Jesús no les envíe «fuera de aquella región» (Marcos 5.10); y la segunda, que no los mande «al abismo» (Lucas 8.31). La idea de no enviar a los demonios fuera de la región tiene paralelo, según indica Lane, en la literatura judía. A. B. Bruce menciona la opinión negativa que tenían los judíos de «la región» de los gadarenos y de toda el área de Decápolis (vv. 1, 20), las diez ciudades que trabajaban juntas como una Comunidad Económica Europea en miniatura, y cita a un escritor que dice: «Decápolis, amada de los demonios por estar llena de judíos helenizantes apóstatas».

De nuevo la experiencia en el terreno de la liberación revela la naturaleza territorial de algunos demonios. A menudo éstos se sienten a gusto donde están y no quieren ser enviados a otros lugares. Sin embargo no tengo problemas con eso: los envío sencillamente adonde lo haga Jesús.

La adición de Lucas acerca de la petición de los demonios de no ser mandados al abismo (Lucas 8.3) vale la pena considerarla. Se trata de la palabra tártaros, y se menciona siete veces en Apocalipsis como el lugar de los demonios. Es un sitio de confinamiento para ellos y, en determinado período, incluso para Satanás, mientras aguarde ser arrojado al lago de fuego (Apocalipsis 20.1-3). Es obvio que no se trata de un lugar de tormento. A los demonios no les gusta ser mandados al abismo porque entonces se les dejará inactivos excepto algunos que evidentemente serán soltados en una fecha futura (Apocalipsis 9.1s).

Cuando empezaba mi ministerio de liberación, casi siempre mandaba al abismo a los demonios basándome en este pasaje. Al igual que otros, yo también recibía críticas por manejar así a los espíritus malos. Casi simultáneamente, varios líderes evangélicos reconocidos, que también practicaban el ministerio de liberación, cambiaron al uso de otra orden: «¡Vete adonde te mande Jesús!»

Los demonios sí van adonde Jesús los envía. La mayoría de nosotros creemos, sin embargo, que Él los manda al abismo o pozo. Cómo pasaba en aquellos días sucede en la actualidad: los espíritus malos siguen rogando que no se los envíe allí.

Marcos no relata ninguna respuesta de Jesús a la súplica de los demonios. En vez de ello el evangelista cuenta la tercera respuesta temerosa de los espíritus inmundos a la presencia de Jesús (Marcos 5.11, 12). Piden ser mandados a un hato de cerdos que estaba cerca.

La repuesta de Jesús

Luego tenemos la respuesta del Señor a la petición de los demonios. Mateo escribe: «Id» (Mateo 8.32); y así lo hicieron (Marcos 5.13). Marcos y Lucas dicen que Jesús «les dio permiso». Aquello tuvo como consecuencia la destrucción de los cerdos y lo que los demonios más temían: la pérdida de un cuerpo donde vivir (v. 13b). Guelich da una explicación excelente:

Al igual que la descripción de aquel hombre incontrolable de Marcos 5.3, 4, cuyo comportamiento «Legión» ayuda a explicar, los dos mil ingobernables cerdos demuestran el inmenso poder del ejército que había tomado control de su víctima[ … ] La muerte de dichos cerdos describen claramente la naturaleza destructora de aquellas fuerzas perversas.

Hurtado hace una observación adicional. Comenta que el episodio de los cerdos no sólo demuestra el poder destructor de los demonios, sino también la autoridad de Jesús. Eso es en parte lo que aquellos choques de poder pretendían (Mateo 12.28).

La expulsión de los demonios

Observamos que los demonios temían que Jesús fuera a comenzar a atormentarlos en aquel momento. «¡No es tiempo todavía!», protestan en Mateo 8.29. El miedo los invadía. Seguidamente descubrimos que las emociones demoníacas van y vienen entre el desafío estridente (Marcos 5.7a) y el reconocimiento enojado de su carácter divino de Hijo (v. 7b). Se trata de una ira mezclada con puro terror, hasta el punto de rogarle en nombre de Dios que no comience aún su futuro y aguardado tormento.

«Tormento» es basanízo. Wuest dice que se utiliza para describir formas de «probar metales», «probar mediante tortura» y «torturar», siendo este último su uso aquí. «¡Ahora no! ¡Ahora no!», exclaman. Sus confundidas mentes habían intentado en primer lugar subyugar o intimidar a Jesús mediante el desafío (v. 7a); luego con la arrogancia (v. 7b); más tarde por medio de su negativa a obedecer los mandamientos del Señor en cuanto a abandonar su casa, el cuerpo de su víctima (v. 8). Por último tratan de intimidarle simplemente con los números dispuestos en orden de batalla contra él (v. 9): «Somos Legión; somos muchos[ … ] ¡demasiados para ti!» Habiendo fracasado en todo ello y percibiendo en la tranquila apariencia del Señor que el tormento o la expulsión de su víctima se aproxima, comienzan a intentar lograr un acuerdo. «No nos mandes fuera de esta tierra, se nos ha dado este territorio para gobernarlo (v. 10). Tampoco nos envíes al abismo» (Lucas 8.31).

Antes incluso de que Jesús pueda contestar, ven el hato de cerdos y dicen para sí: «Mejor cuerpos de animales que nada. Como primer paso podemos ir a los cerdos, y luego, cuando se vaya Jesús, volver a nuestra presente morada humana o buscar alguna otra». No obstante, aquel monólogo demoníaco fracasó.

«Si nos echas fuera», o «como sabemos que nos vas a echar fuera, (Mateo 8.31), ¿qué te parecen los cerdos? Te prometemos no resistirte más si tienes la amabilidad de enviarnos a ellos. No volveremos jamás a atormentar a ningún ser humano. Viviremos en los puercos. ¿Qué te importan de todos modos?»

Entonces Jesús les deja ir a los cerdos. Y el verbo que emplea es hypagó en el griego, que según Vine significa «marchar, irse lentamente, partir, retirarse[ … ] a menudo con la idea de salir sin ruido o a hurtadillas». A. B. Bruce llama a esa contestación «la respuesta lacónica de Cristo».

Marcos y Lucas emplean epitrépo, que quiere decir «permitir, dar permiso». Este término transmite la idea de aceptación, por parte de Jesús, de la frenética petición de los demonios de alguna clase de arreglo. Los deja salir de aquel hombre, el ser más importante del relato, para ir a los cerdos, que tienen una importancia mucho menor.

La liberación del endemoniado

Aquella tortura y el dolor horrible e increíblemente prolongado del hombre terminan. Por primera vez, quizás en toda su vida, está libre. Vuelve a ser una persona. Tiene libertad para ir a casa. «¡Por humilde que sea, no hay nada como el hogar!» Piénsalo: ¡Ir a casa! ¡Se acabaron el desierto y los sepulcros!

También es libre para pensar por sí mismo. Nunca más volverá a ser atormentado hasta la demencia por pensamientos demoníacos tan mezclados con los suyos que no pueda distinguirlos unos de otros.

Nadie que no haya sufrido la angustia y confusión que supone la injerencia de pensamientos o voces ajenas en la propia mente puede comprender del todo el infierno que esto representa. Se trate de voces internas de demonios, alter egos u otros desórdenes interiores relacionados con voces, o de las voces externas de la esquizofrenia o de trastornos semejantes del cerebro, vivir en tales condiciones es como hacerlo en una casa de locos.

Ahora el hombre está libre para amar a Jesús y servirle. Tal vez en ningún aspecto haya sido su transformación más radical que en éste. Sin saberlo, antes servía a los demonios. Tenía que rendirles homenaje por puro terror. Ahora sólo quiere estar con Jesús como su esclavo voluntario para siempre (v. 18).

Todo esto conduce a la pérdida por parte de los demonios de su casa corpórea. Ellos, bien quedaron sobre la tierra para buscar otras víctimas, bien acabaron en el abismo. Espero que sucediese esto último.

La muerte de los cerdos

Luego tenemos la muerte de los cerdos (v. 13), la cual produce un efecto negativo tanto en aquellos que los guardaban como en el público en general (vv. 14-17). ¿Se trata de una acción ilegítima de parte de Jesús? Algunos se quejan de que «significa destruir la propiedad de otras personas».

Contestemos primero a esta última objeción. Jesús no destruyó ninguna propiedad ajena; fueron los demonios. ¡Ya estamos echando otra vez la culpa al Señor de la maldad del diablo! Y ahora la segunda objeción: la crueldad hacia los animales. R. A. Cole dice al respecto: «Sabemos tan poco en este terreno que haríamos bien en actuar con reverencia. Pudiera ser que en este caso se necesitara de aquel signo externo para convencer a los hombres de la realidad de la expulsión».

«A menudo se sugiere medio en broma -añade Cole -que si los dueños de los cerdos eran judíos, aquello representó también un castigo para ellos. Pero parece improbable que el Señor se tomase tantas molestias en castigar un quebrantamiento de la ley ceremonial».

William Barclay añade sus comentarios acerca de los que critican a Jesús por permitir la muerte de aquellos cerdos:

Presumiblemente nosotros no tenemos ninguna objeción en cuanto a comer carne para la cena, ni rechazamos la de cerdo porque implique el sacrificio de algunos cochinos. En realidad si matamos animales para evitar el hambre, no podemos objetar a que para salvar la mente y el alma de una persona se necesitase dar muerte a un hato de dichos animales[ … ]

Esto no significa que no debamos preocuparnos por lo que le sucede a la creación animal de Dios, Él ama a cada criatura creada, pero sí que hemos de guardar las proporciones. En la escala divina no hay nada tan importante como un alma humana.

Me gusta el siguiente comentario que hace Stier, citado por John A. Broadus: «La pregunta de por qué nuestro Señor permitió que los demonios entrasen en los cerdos ya está contestada con otra pregunta: ¿Por qué les había permitido antes a aquellos que se introdujesen en el hombre?»

La respuesta de la gente del lugar

Marcos relata a continuación la parte más triste de la historia, si dejamos a un lado la condición en que se encontraba el hombre mismo antes de su liberación: la respuesta de los vecinos de la región a Jesús, la muerte de los cerdos y el antiguo endemoniado (Marcos 5.14-17).

Sin embargo, la reacción inmediata de los porquerizos no es insólita: huyen para contar el incidente a los habitantes de la ciudad y del campo (v. 14). Wuest dice que la palabra «huyeron» (pheúgo) significa «”escapar, buscar seguridad huyendo”. La implicación es que los porquerizos estaban aterrorizados tanto por lo que había ocurrido como por la tragedia de la destrucción y pérdida de un hato de dos mil cerdos».

La triste escena comienza con la respuesta de la multitud que vino a ver por sí misma lo que había sucedido. Marcos relata su reacción al contemplar al hombre que había estado endemoniado (v.15), ahora sentado (no viviendo como un salvaje), vestido (no desnudo como antes, Lucas 8.27) y en su sano juicio (no más demente). Aunque todavía se le reconocía bien como el «que había tenido la legión».

¿Cómo reaccionó aquella gente? Marcos dice que «tuvieron miedo» (v. 15b). ¡Qué increíble reacción! Nadie corrió al hombre para preguntarle lo que le había sucedido. Ninguno lo abrazó con lágrimas de alegría por el hecho de que alguien que había sufrido como pocos otros en su comunidad estuviese completamente sano y restaurado. Nadie levantó las manos y el corazón con él en acción de gracias a Dios por el final definitivo de su increíble terror y agonía.

Luego, los guardas del hato de cerdos añaden una explicación al breve informe que ya habían dado (v. 16), quizás dirigida a los dueños de los puercos. En aquel tiempo era costumbre que muchos propietarios de cerdos mezclasen sus pequeños hatos y los dejaran a cargo de un grupo de porquerizos como los que nos presenta esta narración.

De inmediato viene el rechazo de Jesús por parte de la gente (vv. 16, 17). A. B. Bruce comenta en cuanto a esto:

Los testigos, dando más explicaciones a sus patronos, relacionan ahora los dos acontecimientos: la cura y la catástrofe … Los propietarios sacan una conclusión natural: la catástrofe había sido causada por la cura. Entonces (v.17) piden a Jesús, al que consideran una persona peligrosa, que se vaya de allí.

A continuación vemos la primera respuesta que se nos relata del hombre curado a Jesús después de su sanidad (v. 18). A. B. Bruce dice que tal vez Jesús había planeado quedarse varios días en aquella región, pero que aquel rechazo produce la inmediata reacción por su parte de abandonar el área. Marcos relata que, «al entrar Él en la barca», el hombre sanado se le acercó rogándole que le dejara convertirse en discípulo suyo (v. 18).

¡Qué contraste entre las respuestas de las diferentes personas a los mismos acontecimientos! A la gente le importaba más la pérdida de los cerdos que la sanidad de su semejante. El hombre sanado, en cambio, estaba más interesado en Jesús que en las reacciones de sus conciudadanos. Veía a Cristo como Salvador, mientras que ellos lo consideraban una amenaza.

Marcos continúa con las palabras finales de Jesús al antiguo endemoniado, que son verdaderamente maravillosas. Aunque el Señor deniega su petición de convertirse en discípulo suyo y abandonar Decápolis, le encomienda a la evangelización (v. 19). En la mayor parte de los casos de sanidad, Jesús impide a aquellos a los cuales sana que den testimonio público de lo que ha hecho por ellos. Aquí sucede al contrario. ¿Por qué?

El versículo no lo dice, de modo que no podemos estar seguros. Sin embargo, podemos imaginar que es debido a que aquella área gentil necesitaba oír hablar del amor de Dios. ¿Y qué mejor evangelista que uno de los suyos que había sido transformado por el toque de Jesús?

Marcos concluye el relato con la historia del antiguo endemoniado testificando por toda Decápolis y la respuesta de la gente (v. 20). Aquel hombre hizo exactamente lo que Jesús le mandó: fue contando a todo el mundo cuán grandes cosas había hecho el Señor con él y cómo había tenido misericordia de su persona (v. 19). También interpretó de manera correcta quién era Jesús, puesto que lo consideraba el Señor (vv. 19, 20).

Aunque la liberación del endemoniado gadareno no dio como resultado la inmediata conversión de los que la presenciaron, si condujo a la evangelización de Decápolis por medio del liberado. Sin embargo, Jesús no libró de la demonización a aquel hombre atormentado con un propósito directo de evangelización. Lo curó, como el Señor mismo declara, porque tuvo misericordia de la magullada criatura (v. 19).

Pero todavía no hemos terminado con los habitantes de la región de Decápolis. John Hunter, el conocido maestro bíblico inglés, dice:

Por último tenemos los versículos de Marcos 7.31-37, que nos hablan del regreso de Jesús a Decápolis. Observe qué recepción tan distinta. La primera vez pidieron a Cristo que se fuera; ahora le traen otros afligidos[ … ]

En Marcos 7.36 vemos que la gente corriente de Decápolis siguió el ejemplo del endemoniado gadareno, y fueron contando las cosas maravillosas que había hecho Cristo. ¡Qué final tan glorioso! «Y en gran manera se maravillaban, diciendo: Bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar» (Marcos 7.37).

Reflexiones contemporáneasCuando nos ocupamos de un campo del cual somos ignorantes, no debemos apresurarnos a juzgar; ni debemos criticar el ministerio de liberación sólo porque nos sintamos incómodos con algunas de las cosas que a menudo lo acompañan. Esto no es razón para rechazarlo. Por ejemplo, los verdaderos creyentes con demonios constituyen una anormalidad bíblica; pero si la realidad revela que esa anormalidad es cierta, entonces debo tratar con ella. No he de dañar aún más a la víctima, conduciéndola posiblemente a la desesperación total e incluso al suicidio, al negar sus afirmaciones de que cree en Jesucristo.

Permítame citar una experiencia que tuve en una súbita sesión de consejo con cierto joven atribulado. Lo habían mandado a un sicólogo debido a su conducta antisocial, y yo le llevé a Cristo. Luego, mientras seguía hablando y orando con él, tuvo una manifestación demoníaca grave. El hombre había practicado el ocultismo y en su vida aún moraban fuertes demonios de esa clase a pesar de haber recibido a Cristo.

No me resultó fácil aquella liberación. Después de varias horas pudimos echar fuera de él algunos de los demonios inmundos más repugnantes y rebeldes, sin embargo aún no estaba del todo libre.

Más tarde el joven escribió una carta a una de las mujeres que habían estado ministrándole conmigo, y en medio de la misma un demonio tomó control de lo que escribía. El tipo de letra, la gramática y el vocabulario cambiaron radicalmente. El demonio comenzó a verter su odio por la mujer, llamándola «prostituta» y otras cosas demasiado viles para escribirlas. Luego siguió derramando maldiciones sobre mí, y por último me escribió acerca de su víctima diciendo: «Nos pertenece desde la niñez. Su ramera madre nos lo dio antes de que naciera. Acabaremos ganando esta batalla. Volveremos a llevarlo al sicólogo quien le dirá que está loco. Entonces lo habremos recuperado».

Aquella pretensión de los demonios de que el hombre les había sido entregado «antes de que naciera» y «desde la niñez» resulta inquietante. Posteriores sesiones de liberación con ese joven demostraron que era cierto.

¿Qué hubiera pasado de haber rechazado la posibilidad de que aquel hombre pudiese tener demonios incluso después de recibir a Cristo? Tiemblo con sólo pensar en el sufrimiento que habría experimentado si no hubiese seguido con el ministerio de liberación (el cual duró varios meses).

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