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Introducción

La Historia de Carolyn

-¡Ed, tienes que volver a casa enseguida! -resonó la voz temblorosa de mi mujer a lo largo de los cables de larga distancia-. Desde que te fuiste Carolyn se está comportando de un modo extraño. Anoche hablé con ella y vi a un demonio mirándome ferozmente a través de sus ojos.

-¡Un demonio! -exclamé-. Eso es imposible. Carolyn es cristiana y los cristianos no pueden tener demonios.

-Ya sé que es cristiana -respondió Loretta-, y también que los cristianos no deberían tener demonios, pero era un demonio lo que se me quedó mirando a través de sus ojos, no era Carolyn.

Me sentí sorprendido, incrédulo, enfadado y confuso. ¿Cómo podían permanecer el Espíritu Santo y los demonios en el mismo cuerpo? La mayor de nuestros cuatro hijos, Carolyn siempre había asumido el liderazgo de los otros tres y era un ejemplo para ellos de estabilidad, disciplina y firme compromiso con Cristo.

También era cierto que habíamos empezado a tener con ella algunos problemas de conducta durante aquel permiso misionero de Colombia. Sin embargo, no estaba tan preocupado. Cualquier chica de catorce años desembarcada de repente en el turbulento ambiente de los años 60 en Estados Unidos experimentaría dificultades de reajuste. Además, Loretta y yo estábamos tan ocupados con el ministerio que pensaba que era la forma que tenía Carolyn de reaccionar a nuestro descuido de ella.

Nada más lejos de mi mente que los demonios. Tampoco sabía mucho acerca de ellos, excepto que, según las Escrituras, existían, habían estado activos durante los tiempos bíblicos y en la actualidad se encontraban «en el campo misionero». Sin embargo, que supiera, nunca me había topado con ninguno durante mis, por aquel entonces, diez años como misionero.

-Loretta -proferí-, debes estar equivocada. Carolyn no puede tener demonios. Además… me es imposible volver aún a casa. La conferencia durará varios días más.

-¡Tienes que venir a casa! -insistió-. No puedo con esto yo sola. Pídele permiso a Dick Hillis para volver hoy.

»Ayer por la noche entré en la habitación de Carolyn para hablar con ella y la encontré tendida en el suelo, con los pies sobre la cama, escuchando una música extraña. Cuando la llamé, no contestó. Estaba en trance.

»Al hablar con ella acerca de su reciente rebeldía hacia nosotros y el Señor, de repente cambió ante mis ojos. Se volvió hostil y comenzó a gritarme que me fuera y la dejara en paz. Noté una misteriosa “oscuridad” en su mirada. No era Carolyn quien me miraba furiosa a través de aquellos ojos, sino otra personalidad, maligna y muy distinta a la Carolyn que conocemos y amamos. Estoy segura de que se trataba de un demonio.

»Las palabras que salieron de su boca tampoco eran las suyas. Eran perversas, cínicas, altivas y desafiantes contra Dios. Me dirigí a aquella cosa maligna y le ordené en el nombre del Señor Jesús que dejara libre a Carolyn para poder hablar directamente con ella. De inmediato sus ojos cambiaron y Carolyn recuperó el control de sí misma.

Muy inquieto por la conversación con Loretta, le dije a Dick Hillis lo que mi esposa me había contado. Para mi gran asombro, éste afirmó que en determinadas circunstancias los cristianos podían ser controlados, de manera parcial, por demonios. Nunca antes había oído cosa semejante. En todos mis años de formación teológica y misionera nadie me había enseñado que los cristianos verdaderos experimentaran ligaduras demoníacas.

-Si Loretta dice que Carolyn tiene demonios, deberías irte a casa y ayudarla -expresó Dick-. Algún otro puede hacerse cargo de tus responsabilidades en la conferencia.

Durante el viaje de vuelta a Los Ángeles desde San José, California, estaba al mismo tiempo airado y temeroso. Airado por la posibilidad de que los malos espíritus pudieran perturbar la vida de mi querida hija y temeroso porque, si aquello era cierto, no sabría cómo liberarla de su influencia. ¿Qué hago? pensé. ¿Por dónde comienzo?

Llegué a casa tarde, pero Carolyn ya estaba acostada. La desperté y le dije lo que Loretta me había contado acerca de su actitud rebelde y de los demonios que miraban con furia a través de sus ojos.

En cosa de instantes, su personalidad generalmente dulce se transformó en algo maligno y, con una extraña mirada feroz me gritó: «¡Déjame en paz!»

Prohibí a los demonios que hablaran a través de Carolyn, y cuando ella se calmó me referí en voz baja a su caminar con el Señor. De repente recuperó su dulzura, sensibilidad y obediencia habituales.

-Papá -expresó-, no sé lo que me pasa. Es como si hubiera algo en mi interior que me toma y hago cosas raras. Por favor, ayúdame. Tengo miedo. Amo a Jesús y quiero hacer lo que está bien. ¿Qué me sucede?

Carolyn y yo nos pusimos de rodillas y oramos. Ella confesó su rebelión y desobediencia, clamando al Señor para que rompiese el poder del mal que oprimía su vida. Sin embargo, tenía una dificultad inusual para orar y sobre todo para declarar el señorío de Cristo sobre ella.

En el pasado había notado un pequeño objeto que colgaba de una cadena alrededor de su cuello, pero no le había dado importancia. Sin embargo, al orar con ella intentando resistir al diablo a su favor, mi atención se fijó en dicho objeto. Parecía una estrella de David.

-¿Dónde has conseguido esa estrella? -le pregunté.

Y ella me dio el nombre del muchacho que se la había dado. Lo conocía. Se trataba de un joven que profesaba ser cristiano pero que desde luego no era un creyente comprometido.

-¿Qué pretende simbolizar? -inquirí.

-No sé lo que simboliza -me contestó-. Es una especie de amuleto. Se encuentra en la cubierta de algunos discos. Todos los chicos y chicas los llevan.

La «estrella» resultó ser un pentagrama, símbolo ocultista. Por aquel entonces era ignorante casi por completo en cuanto al ocultismo, sus símbolos y sus prácticas. Sin embargo, de alguna manera supe que se trataba de un emblema maligno. Su presencia en el cuerpo de mi hija servía de amuleto y atraía a los espíritus malos a su vida.

-Carolyn -le dije-, no encontrarás una liberación completa de los espíritus demoníacos que te afligen hasta que te quites ese objeto y renuncies a las fuerzas espirituales asociadas a él.

Ella lo retiró de su cuello y lo tiró al suelo. Confesó y renunció a su participación ocultista, su reciente interés en el rock pesado, su actitud rebelde y su egoísmo. Pronto nos vimos enfrascados en una confrontación cara a cara con espíritus malos.

-Papá, vienen por mí -exclamó-. Tengo miedo. Tienen poder sobre mi vida. Quiero que se vayan. Por favor, papá, ayúdame a deshacerme de ellos.

-Marchaos de la vida de mi hija -ordené-. Ha roto su lealtad a vosotros. ¡Fuera! ¡Dejadla en paz! En el nombre y la autoridad de mi Señor Jesucristo, quien derrotó a vuestro señor en la cruz, os mando que os vayáis de Carolyn y no volváis nunca. ¡Fuera de su vida! Dejadla en paz. Carolyn no os pertenece. Ella ha entregado su vida al Señor Jesucristo.

Pocos minutos después la lucha cesó. Carolyn se quedó tranquila y comenzó a alabar con gozo al Señor por haberla liberado. Los espíritus malos se habían ido. Ambos lloramos y nos regocijamos delante del Señor por su gracia al librarla de los espíritus demoníacos.

Nos fuimos a dormir pensando con alegría que la batalla había terminado. Sin embargo, hacia las dos de la madrugada Carolyn golpeó con violencia la puerta de nuestra habitación.

-Papá, los demonios han vuelto -dijo llorando-. ¡Ayúdame! Parecen atacarme desde debajo de la cama. Quieren volver a entrar en mí.

Fui a su habitación con ella.

-¿Qué tienes debajo de tu cama? -le pregunté.

-Una cajita llena de esas estrellas y otros objetos del mismo tipo. Me olvidé de ellos cuando oramos antes. Por favor, papá, sácalos de ahí.

-No Carolyn -contesté-. No debo hacerlo por ti. Eres tú quien tiene que sacarlos. Voluntariamente te comprometiste con ellos y voluntariamente tienes que desecharlos.

-Tengo miedo -dijo ella-, pero lo haré si me ayudas.

Luego metió la mano debajo de la cama, sacó la cajita y me la tendió.

-Papá, ¿quieres destruirlos por mí? -me pidió-. No quiero tener nada más que ver con ellos.

-No -repliqué-. Debes ser tú quien los destruyas. Eso declarará al mundo espiritual que estás rompiendo completamente con ellos. Saldré al jardín contigo, pero eres tú quien debes hacerlo.

Y así lo hizo. Enseguida volvimos a su habitación para hablar y orar otro poco. Fue entonces cuando comencé a descubrir el alcance de la influencia maligna que había afectado a su vida por participar en la música rock demoníaca y a través del chico con quien salía.

Carolyn nunca había sido aficionada a la música rock pesada. Le gustaban algunos de los grupos rock moderados, casi folk, pero no tenía interés en los de rock duro con sus trajes grotescos, gestos vulgares y letras inmorales, rebeldes y a menudo ocultistas. Jamás los habíamos permitido en casa.

Sin embargo, durante nuestro permiso misionero las cosas fueron diferentes. Tanto Loretta como yo estábamos continuamente ocupados en el ministerio y desatendíamos a nuestros hijos. La mayor parte del tiempo me encontraba de viaje atendiendo asuntos de la misión o en conferencias misioneras. Loretta tenía sus reuniones misioneras, además de mucha correspondencia que contestar y de contactos personales con quienes nos apoyaban.

Sin saberlo nosotros, el amigo de Carolyn la había llevado al sector más extremista del movimiento ocultista hippy de protesta de los años 60 y expuesto a la música rock más pesada y a la meditación trascendental. Nuestra hija descubrió que podía ponerse en trance mientras escuchaba las canciones de ciertos grupos de rock.

Carolyn confesó sus pecados al Señor, renunció a la meditación trascendental, destruyó sus discos de rock ofensivo y todo aquello que tenía en su poder y que sabía deshonraba a Dios. Aquello fue el comienzo de lo que más tarde se convirtió en el cambio más importante de cosmovisión de toda mi vida cristiana. Poco imaginaba que a lo largo de varios años no sólo llegaría a comprender que los verdaderos creyentes, bajo circunstancias extraordinarias de pecado, pueden quedar bajo un control parcial directo de los demonios, sino que incluso me vería trabajando en un ministerio para ayudar en la liberación de creyentes de esas personalidades malignas.

Estamos conscientes de que Satanás y sus demonios son nuestros enemigos. Sabemos que hacen la guerra contra los verdaderos creyentes, las iglesias y demás instituciones cristianas. La mayoría de nosotros podemos citar al pie de la letra partes de Efesios 6.10-20; Santiago 4.7, 8; 1 Pedro 5.8-11 y otros pasajes para la guerra espiritual. La cuestión es si en verdad entendemos el poder que lanzan contra nosotros Satanás y sus demonios. ¿Sabemos de veras lo que el diablo puede hacer en la vida de los creyentes que violan la Palabra de Dios incluso por ignorancia?

La Realidad de la Demonización: Relación Escrituras Experiencia

Tal vez la cuestión más polémica que deba suscitarse sea: «¿Puede un verdadero creyente estar endemoniado?» Observe que no estoy hablando de posesión demoníaca, sino de demonización. Posesión indica propiedad y control absoluto. Los cristianos, incluso aquellos desobedientes, pertenecen a Dios y no a Satanás. Por lo tanto, el diablo no puede controlarlos por completo. La demonización, sin embargo, es algo distinto. Por demonización entiendo que Satanás, a través de sus demonios, ejerce un control parcial directo sobre una o más áreas de la vida de un cristiano o un no cristiano.

¿Puede realmente sucederles eso a los cristianos?

Según las Escrituras y la experiencia de los creyentes sí. La Biblia advierte al cristiano que no «caiga en la condenación del diablo» o «en descrédito y en lazo del diablo» (1 Timoteo 3.6, 7). También nos habla de creyentes que «se han apartado en pos de Satanás» (1 Timoteo 5.15).

El apóstol Pedro escribió para advertir a los creyentes del terrible peligro que corrían como resultado de los ataques del diablo. Les dijo que si no aprendían a resistirle «firmes en la fe», podían ser devorados por él (1 Pedro 5.8, 9). Son palabras fuertes. No es de extrañar que Pablo escriba acerca del peligro de que los creyentes ignoren las maquinaciones del enemigo (2 Corintios 2.11).

Mucho se está escribiendo hoy en día acerca de los demonios (asistimos a lo que un erudito ha llamado «un diluvio demoníaco»). Algunas de las cosas son excelentes y otras muy malas. Los estudios sobre Satanás tienden, bien hacia el sensacionalismo por un lado, bien hacia el dogmatismo rígido por otro. El hecho mismo de estudiar a los demonios hace que uno se concentre tanto en ellos que, a menudo, el resultado sea comprensible, pero preocupante.

Para muchas personas la única teología de los demonios que tienen está basada primordialmente en la experiencia subjetiva. Creen sin reservas lo que los demonios les dicen y escriben libros de acuerdo al tema. Esto, combinado con su subjetivismo emocional y su tendencia a ver todo lo malo, todo lo personal, todo funcionamiento social defectuoso como principal y directamente demoníacos (siempre lo son de manera indirecta), divide aún más a la Iglesia en este aspecto crucial de la realidad y aparta al crítico incrédulo de Cristo y de la Biblia.

Por otro lado, están aquellos cuya teología de los demonios se halla construida sobre sus propias interpretaciones limitadas de la Escritura, con poca o ninguna experiencia directa en la confrontación continuada con los espíritus del mal. Declarando lo que los demonios pueden y no pueden hacer, producen sus libros desde esa perspectiva monocultural y dogmática.

El resultado es la Iglesia dividida de nuevo. Y lo que es igual de trágico: millones de personas terriblemente heridas, tanto creyentes como incrédulas, quedan sin ayuda o recurren a consejeros que pueden ser bien ateos o bien cristianos sin experiencia en el campo de lo demoníaco.

La Escritura versus experiencia es un asunto desafortunado, antibíblico e ilógico. Jamás en la Palabra de Dios se presentan las mismas como mutuamente excluyentes. Siempre se conciben como dos caras de la misma moneda. La revelación escrita de Dios es la Biblia, pero esa revelación no viene en una forma teológica abstracta, sino de manera histórica, a medida que Dios se va dando a conocer a su pueblo y al mundo en el contexto de la experiencia humana. Un conocimiento de Dios divorciado de la experiencia divina es lo que condujo a las Cruzadas, la Inquisición y otros capítulos de la colonización del mundo pagano por la cristiandad organizada, demasiado vergonzosos para ser narrados.

Reconocemos esto en nuestra evangelización. Casi siempre expresamos que queremos ayudar a la gente a encontrar a Cristo «como Salvador personal», y sabemos que no basta con informarles acerca de Dios y de Jesús, sino que deben experimentarle en persona. Dios debe ser experimentado antes de ser comprendido.

También reconocemos esto en cierta medida en nuestra elaboración de la teología. Entendemos que la verdad de Dios no es descubierta en primer término por el cerebro humano sino por el corazón mediante la revelación del Espíritu Santo (1 Corintios 2.10). Por tanto, si tuviéramos que elegir entre ser enseñados acerca de Dios por un teólogo brillante y muy preparado pero «no salvo» y un creyente semianalfabeto pero lleno del Espíritu Santo, quizás escogeríamos al segundo. Es posible que no sea capaz de definir a Dios de una manera teológica, pero puede guiarnos a Él en la experiencia.

¿Por qué desconfiamos tanto los evangélicos de la experiencia con el mundo espiritual? ¿Cuál es la razón de que elaboremos teologías acerca de esta dimensión de la realidad la cual desconocemos excepto a través de la exégesis bíblica? ¿Pueden los teólogos elaborar realmente una teología de Satanás y de los demonios que sea al mismo tiempo verdadera y útil para el ministerio, mientras estudian sus Biblias en hebreo y griego sentados en sus despachos provistos de aire acondicionado y apartados de tan siquiera una experiencia personal? Si los teólogos en cuestión no presentaran en sus estudios prejuicios limitadores acerca de lo que los demonios son o no son capaces de hacer, seguramente podrían, utilizando sólo las Escrituras, elaborar directrices para la demonología práctica que fueran luego probadas en la experiencia. Basándose en los resultados de dicha experiencia, tendrían entonces que reajustar su demonología para adaptarla al contemporáneo asalto del campo sobrenatural maligno con el que se enfrenta la Iglesia hoy en día.

Eso es exactamente lo que nos ha sucedido a mí y a otros muchos profesores de teología, maestros de la Biblia, consejeros, misioneros y pastores en los últimos años. Aprendimos teología en la universidad y el seminario. Aceptamos lo que se nos enseñaba porque confiábamos en nuestros profesores. Cuando leíamos las Escrituras con sus ojos, descubríamos lo que nos decían que íbamos a descubrir. Y aunque de vez en cuando encontrábamos otras cosas, con pocas excepciones no lo contábamos.

Luego se nos lanzó al ministerio y nuestra teología fue sometida a la prueba de la experiencia. Es probable que los pilares básicos de nuestra teología cristiana histórica no cambiaron, es más, se afirmaron. Lo que sí sucedió es que tuvimos que volver una y otra vez a la Escritura en busca de ayuda. De nuevo comenzamos a examinar algunas dimensiones de nuestra irreflexiva teología cuando no se mostró congruente con nuestra propia experiencia válida con Dios, la gente y, en muchos casos, con Satanás y los demonios.

Por lo tanto, la interpretación bíblica correcta es aquella que se revela más consecuente con la experiencia. La teología que es contradicha o al menos cuestionada por la vida práctica necesita ser reexaminada. Afirmar que la teología debe mantenerse incluso si es desafiada por una experiencia continuada constituye un legalismo, un farisaísmo, un dogmatismo y la evidencia de una arrogancia sutil. Mantener una teología que hiere a personas ya heridas es pecado. No podemos sacrificar a la gente en el altar de las presuposiciones teológicas.

Como consecuencia del auge racionalista del siglo dieciocho conocido como la Ilustración, la teología occidental perdió una comprensión intuitiva e histórica del mundo espiritual. Y como en todas las otras áreas donde la Iglesia ha pasado por alto o resistido alguna dimensión de la realidad bíblica, el proceso de redescubrimiento por lo general viene a través de la experiencia. Esta experiencia cuestiona la teología en ese punto particular. No obstante, el statu quo siempre resistirá a los reformadores.

Los teólogos y maestros de la Biblia de ese statu quo, si tienen un concepto elevado de la Escritura, volverán a ella, no para desafiar abiertamente sus propias presuposiciones a la luz de la experiencia de los hermanos, sino pare defenderla contra los errores de estos.

Los reformadores, por su parte, si tienen la Biblia en gran estima, también volverán a ella, y si son sinceros lo harán no para demostrar que tienen razón y que sus hermanos del statu quo están equivocados, sino para comprender mejor lo que les dice su experiencia. Si lo hacen, cuestionarán ya sea su experiencia, su comprensión de las Escrituras o ambas cosas.

Por lo general, ocurre lo último. Si sus experiencias son válidas descubrirán que la Biblia las apoyan mucho más de lo que en un principio habían imaginado. También se darán cuenta de que las Escrituras les obligan a formular de nuevo dichas experiencias y no irse a los extremos. Reconocerán asimismo que ellos también, como hombres que son, están expuestos al engaño y al error. El resultado de todo debería ser una teología formulada nuevamente, más coherente con las Escrituras y la experiencia.

Esto es lo que está sucediendo hoy en día en la Iglesia con las «nuevas» experiencias respecto a los demonios. A estos siempre los hemos tenido con nosotros, pero, como los teólogos y maestros bíblicos evangélicos conservadores llevan diciéndonos muchos años, a medida que se aproxime el día de la batalla final entre el Reino de Dios y el reino del mal, tendrá lugar una efusión de perversidad demoníaca como no ha conocido la Iglesia ni el mundo desde los primeros siglos de la era cristiana.

Si estamos entrando en dicho período, y la mayoría de los eruditos bíblicos sospechan que así es, deberíamos contar con que Satanás se manifestará abiertamente y por medio de espíritus mentirosos y engañadores atacará a la humanidad en general y a la Iglesia en particular.

¿Es eso lo que presenciamos hoy? Sólo el tiempo lo dirá. Pero una cosa es en lo absoluto cierta: Nuestra teología del mundo espiritual debe adaptarse a la realidad de la angustia humana contemporánea. En particular los que vivimos en Occidente donde el materialismo es la religión de muchos y el ocultismo, el satanismo y el movimiento de la Nueva Era florecen, necesitamos algo más que una demonología práctica del statu quo. Cuando el abuso sexual e incluso el abuso ritual satánico (ARS) de niños no es ya un secreto, sino casi una epidemia nacional, el consejo, según el statu quo, no basta.

Los demonios brotan donde corre el abuso. Los demonios brotan donde el satanismo, las prácticas ocultistas y el movimiento de la Nueva Era florecen. Los demonios entran en los cuerpos y la vida de los niños víctimas del abuso, especialmente de aquellos que han sufrido el ARS y de los practicantes de la Nueva Era. La iglesia en Occidente encontrará difícil traer salvación y sanidad a los supervivientes de un mal semejante si mantiene su teología impracticable del statu quo sobre demonología experimental. Y esto es cierto tanto en lo que respecta a la salvación como a la santificación.

A nivel mundial, lo sobrenatural perverso se manifiesta en dos religiones principales: el hinduísmo y el islam. El hinduísmo está dejando a un lado su pacifismo tradicional y haciéndose militante y misionero. Algunos elementos del mismo prosperan en Occidente bajo la forma del movimiento de la Nueva Era. También el islam está en auge, militante y misionero, cada vez más intolerante con las demás religiones, en particular con el cristianismo. Aun representa el competidor religioso más potente de la cristiandad. La actividad demoníaca es desenfrenada tanto en el hinduísmo como en el islam.

Aunque en nuestros días se escribe mucho acerca de la guerra espiritual, la Iglesia es aún básicamente ignorante del mundo de los espíritus. Esta ignorancia resulta más pronunciada en el Occidente, pero existe también en el resto del mundo.

Los africanos, asiáticos, latinoamericanos y los habitantes de Oceanía conocen intuitivamente la realidad del mundo espiritual. Saben que hay seres espirituales invisibles, tanto buenos como malos, que siempre interactúan con los humanos. Por esa razón luchan por mantener el adecuado equilibrio en las relaciones con los espíritus, para evitar sufrir daño de parte de los malos y obtener ayuda de los buenos.

¿Qué le sucede a la cosmovisión de estos pueblos cuando se convierten al cristianismo? Se hace confusa, y ello es debido a una fuente doble: En primer lugar, los misioneros occidentales, aunque considerados expertos en las cosas de índole espiritual, son principalmente ignorantes de la actividad de los espíritus; y, en segundo lugar, los dirigentes nacionales de sus iglesias han sido preparados para el ministerio por misioneros que no estaban conscientes del mundo espiritual, yo era uno de esos.

El triste resultado a nivel mundial es que, en general, nuestras iglesias están llenas de creyentes afligidos por la actividad de espíritus malos. Muchos son cristianos llenos del Espíritu Santo según la definición que se quiera. Sin embargo, en su interior y alrededor de ellos ruge una guerra. A menudo ciertas áreas de su vida están esclavizadas a sentimientos, pensamientos y prácticas no compatibles con su fe cristiana. Saben que algo va mal, pero pocos sospechan la posibilidad de una dimensión expresamente demoníaca de su problema. Eso sucedía con mi hija, Carolyn, pero también conmigo, su padre. Ignoraba las maniobras del mundo de los espíritus malos.

Más allá de nuestras iglesias, el evangelismo mundial eficaz se ve estorbado por nuestra falta de enseñanza bíblica en cuanto a los espíritus territoriales. Esos principados y potestades de alto rango mantienen en sus garras a grupos humanos enteros. ¿Cómo se puede romper su poder (2 Corintios 4.3, 4) para que la gente quede libre de elegir entre estar con Cristo o contra Él?

Sin la menor duda, la historia de Carolyn y mis propios comentarios habrán suscitado muchas preguntas en la mente de mis lectores. Mientras que la Biblia contiene gran cantidad de material sobre Satanás, sus ángeles malos, demonios y malos espíritus, a menudo quedaremos preguntándonos todavía acerca de lo que las Escrituras no revelan. Por ejemplo, la Biblia no explica con claridad el origen de Satanás y sus demonios. No deja clara la relación entre disfunciones naturales de la personalidad humana y aquellas otras que tienen causas sobrenaturales. En esas y otras muchas áreas se nos deja sin ayuda. La Biblia no elabora una doctrina de satanología o demonología tan clara y completa como otras enseñanzas tales como la hamartología y soteriología.

No estoy interesado en investigar respuestas simplistas a cuestiones que son profundas, y tal vez el lector tenga mi actitud hasta aquí. Quiero saber todo lo que Dios desea que sepa dentro de las limitaciones naturales que tenemos los seres humanos (1 Corintios 13.9-13). ¡Ojalá supiéramos más!

En este libro intentaré explorar el mundo espiritual desde cuatro perspectivas distintas. En la primera parte veremos de qué manera nuestra cosmovisión, comprensión de la verdadera naturaleza de la realidad, afecta al concepto que tenemos de la guerra espiritual. La segunda parte trata de la guerra espiritual desde una perspectiva teológica, examinando el desarrollo progresivo de ese tema tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Las tercera y cuarta partes enfocan la cuestión desde una perspectiva exegética, mediante el estudio de pasajes claves de la Escritura. Aunque la Biblia nos deja a menudo sin mucha información que creemos necesitar, dice más acerca de la guerra espiritual de lo que la mayoría piensa. Y, por último, la quinta parte examina la guerra espiritual desde una perspectiva práctica, tratando de descubrir las implicaciones de nuestro estudio para la vida humana en general y la del cristiano en particular. Esta sección será tal vez la más importante del libro, pero no debe examinarse sin haber estudiado antes la base escritural que la apoya.

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