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La dimensión de la guerra espiritual de una cosmovisión bíblica

La dimensión de la guerra espiritual de una cosmovisión bíblica

Todos los escritores de la Biblia, a pesar de sus divergentes contextos culturales, poseían una cosmovisión teísta y tenían un concepto común de Dios. El Dios revelado en los primeros capítulos del Génesis es el mismo que se manifiesta a lo largo de todo el Antiguo y el Nuevo Testamentos. Es a la vez trascendente (Génesis 1.1) e inmanente (Génesis 3.8). Jamás se le considera una deidad tribal localizada, sino que es el creador de «los cielos y la tierra» (Génesis 1.1), y aunque Abraham y la nación de Israel son llamados a restaurar su nombre en la tierra, desde el comienzo se revela como el Dios de todos los pueblos del mundo (Génesis 12.3; 14.19-20).

H.B. Kuhn, profesor de Filosofía de la Religión en el Seminario Teológico Asbury, esboza en un excelente artículo de enciclopedia la revelación progresiva de las distintas dimensiones de la personalidad de Dios y de su relación tanto con la creación como con su pueblo, que se encuentra en los diferentes nombres mediante los cuales Él se manifiesta a sí mismo en el Antiguo Testamento. Según Kuhn, su revelación gira en torno a cuatro nombres centrales: El, Elohim, Adonai y Yahvé. La mayoría de los otros nombres son compuestos de estos cuatro.

El nombre El es una de las formas más viejas de designar a la deidad en la Biblia y en todo el mundo antiguo. Se convirtió en la palabra común para referirse a Dios en Babilonia, Arabia y la tierra de Canaán, así como en los pueblos de ascendencia israelí. Kuhn comenta que El no sólo tiene connotación de poder, sino también de trascendencia, y llama a Elohim el nombre plural de Dios. Este se utiliza más de 2.000 veces en el Antiguo Testamento para hacer referencia al Dios de Israel que a menudo es acompañado del artículo (ha-elohim), significando así «el único Dios verdadero». El tercer nombre primario con el que Dios se revela, Adonai, no parece haber sido de uso corriente entre los pueblos semíticos en general, sino que era utilizado principalmente por los hebreos.

Luego Kuhn escribe acerca del cuarto y último nombre primario con el que Dios se revela, Yahvé, exclusivo de los israelitas.

No parece que los otros pueblos semíticos lo conocieran o al menos lo usaran en relación con la Deidad, excepto cuando los contactos con los hebreos hacían que repararan en él. Era propiedad particular del pueblo del pacto.

Dios reveló este nombre, por su relación con el pacto entre Él y su pueblo, en el relato de (Éxodo 3.13-15). De modo que de ahí en adelante los acontecimientos del éxodo formaron el núcleo de la proclamación hebrea: «Yo soy Jehová [o Yahvé] tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre» (Éxodo 20.2). Kuhn comenta que:

Dios había tomado la iniciativa de restaurar el lazo de conocimiento que existía entre Él y el hombre, un lazo que se había roto con la caída. Y fue mediante la revelación a Israel de su propia persona bajo el nombre de Yahvé o Jehová, como se hizo visible la historia de la salvación. La revelación de la naturaleza de Dios al darle su nombre a Israel fue de importancia suprema para todo el sistema bíblico.

A lo largo de todo el Antiguo Testamento se declara que el Dios de Israel es el único Dios verdadero. Él es el Dios de la creación, el Señor de todo, aun de las naciones, aunque se presenta a estas últimas como en rebeldía en su contra por haber degenerado del monoteísmo al politeísmo, la idolatría y la inmoralidad (un proceso de regresión, no de evolución). Estas tres cosas casi siempre van juntas. Las Escrituras revelan que los dioses de las naciones «no son dioses», no constituyen realidades en sí mismos. Son impotentes para salvar a sus seguidores. En esencia son demonios que manipulan el sistema de los dioses paganos y reciben de hecho la honra que se rinde a los no dioses (Levítico 17.7; Deuteronomio 32.17; Salmo 106.37, cf. 1 Corintios 10.20-21).

Por lo tanto, se puede hablar de una cosmovisión bíblica cuando se trata de la persona de Dios mismo. Aun admitiendo el carácter progresivo de la revelación que Dios hace de sí mismo a la humanidad después de la caída, es el mismo Dios que estableció relaciones personales con el hombre antes de haber pecado. En ese sentido, su revelación de sí mismo jamás ha variado. Era entonces lo que es ahora. Él mismo afirma: «Porque yo Jehová no cambio» (Malaquías 3.6).

Podría objetarse que la cosmovisión bíblica es mucho más extensa que la presentación que yo hago. Estoy consciente de ello. Sin embargo, mi investigación se limita a sus relaciones con la guerra espiritual y con seis dimensiones clave de una cosmovisión bíblica que afectan a nuestro estudio de dicha guerra.

Una Cosmovisión Espiritual

En esencia, el carácter espiritual de la verdadera realidad representa la dimensión más amplia posible de una cosmovisión bíblica. Como ya he mencionado, la Biblia y los cristianos poseen esta perspectiva con la inmensa mayoría de los más de cinco mil millones de habitantes del mundo.

Una Cosmovisión Teísta

El estudio de la cosmovisión que hace James Sire señala en primer lugar el cambio histórico que se produjo en la cultura occidental al pasar del teísmo al deísmo y del deísmo al naturalismo. El resto de su libro registra el continuo movimiento dentro de la cultura de Occidente del naturalismo al nihilismo, de este al existencialismo, al monismo panteísta oriental y a lo que él llama «la nueva conciencia», yo lo calificaría según su nombre más conocido como el movimiento de la Nueva Era.

Edward T. Ramsdwell, afirma en la Encyclopedia of Religion de Ferm, que el término teísmo significa más que monoteísmo. El teísmo tiene una connotación más amplia que el mero contraste con el politeísmo. La idea esencial de ese término se refiere a un Dios que es tanto uno como personal. También es trascendente (separado del universo como creador y sustentador del mismo) y, sin embargo, inmanente, como presente y accesible a la humanidad en todas partes. El teísmo bíblico afirma que Dios es una persona verdadera y la única perfecta en realidad. Como tal posee una mente perfecta: lo sabe todo. Tiene emociones perfectas: ama con un amor perfecto y aborrece con perfecto aborrecimiento. Su perfecto amor hace posible el cielo así como su aborrecimiento perfecto hace del infierno una realidad. Posee voluntad perfecta: escoge lo que desea, que a fin de cuentas sucede.

Este alto concepto de Dios contrasta de lleno con el panteísmo así como con el politeísmo. El panteísmo es «la doctrina de que el universo, el todo de la realidad es Dios[ … ] se equipara con Dios al conjunto del cosmos[ … ] todo es Dios». Ha resurgido en la llamada sociedad secular de Occidente mediante el movimiento de la Nueva Era. Las declaraciones de la actriz Shirley MacLaine y de otros exponentes de dicho movimiento reflejan una cosmovisión panteísta.

«Si no me ves como Dios», dice MacLaine, «es porque no te ves como Dios a ti mismo». «Tú eres Dios. Todos y cada uno somos parte de la Segunda Venida», dice el ser extraterrestre llamado Soli a través de Neville Rowe, su canal.

El politeísmo es la creencia en una pluralidad de dioses y en su adoración. El politeísmo y su subproducto, la idolatría, llegaron a ser las ideas religiosas predominantes en el mundo bíblico antiguo después de la caída, y fue de ese ambiente, en Ur de los Caldeos, de donde Dios llamó a Abraham. La batalla espiritual más persistente de Israel consistió en mantenerse puro del politeísmo y la idolatría de sus vecinos. Fue una lucha en la que a menudo los israelitas salieron derrotados. Como castigo por ello, Dios sumergió a su inconstante pueblo en el corazón mismo del politeísmo y de la adoración de ídolos durante el exilio. Tras el regreso a la tierra de Israel, la nación jamás volvió a ser tentada por la suntuosidad inmoral de aquellas cosas.

Es importante observar que los cristianos poseen, al igual que los judíos y los musulmanes, esta cosmovisión teísta y espiritual. Este punto común se convierte en el comienzo del testimonio cristiano a los miembros de esas dos grandes religiones teístas.

Una Revelación De Cosmovisión

El teísmo cristiano está basado en la revelación divina, no en intuiciones humanas. Los cristianos no creen en el único Dios verdadero como resultado de su intuición o sentido común. Sabemos de Dios sólo porque Él ha determinado revelarse a sí mismo a la humanidad. El escritor de Hebreos afirma que Dios ha «hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas» (Hebreos 1.1), y el apóstol Pablo escribe al joven Timoteo:

Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3.14-17).

Nosotros los cristianos tenemos en común con los judíos y musulmanes algunas dimensiones de esta cosmovisión, ya que ellos también sostienen que el Antiguo Testamento es la Palabra de Dios; sin embargo, no creen lo mismo con relación al Nuevo Testamento.

Una Cosmovisión Trinitaria

El único Dios verdadero y personal existe como Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mateo 28.19; Romanos 5.1, 5; 15.30; 2 Corintios 13.14). Aunque en ningún lugar del Nuevo Testamento se declara la Trinidad en detalles, se encuentra implícita en todas sus partes. Sabemos esto por la segunda y última fase de la revelación que Dios hace de sí mismo. Como vimos con anterioridad, el escritor de Hebreos afirma que Dios ha «hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas» (Hebreos 1.1). Y Hebreos 1.2 continúa diciendo: «[Dios] en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo».

Los versículos que siguen declaran que su Hijo es «[Aquel] por quien asimismo hizo el universo». Además afirman que el Hijo es «el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder».

A continuación, después de declarar que Jesús es su Hijo, expresa:

[ … ] Adórenle todos los ángeles de Dios[ … ]

Mas del Hijo dice:

Tu trono, oh Dios, por el siglo

del siglo[ … ]

Tú, oh Señor, en el principio

fundaste la tierra,

Y los cielos son obras de tus

manos.

Ellos perecerán, mas tú

permaneces;

Y todos ellos se envejecerán

como una vestidura,

Y como un vestido los envolverás,

y serán mudados;

Pero tú eres el mismo,

Y tus años no acabarán.

(Hebreos 1.2-3, 6, 8, 10-12)

La Trinidad se convierte en una dimensión que limita más la cosmovisión bíblica. Es aquí donde los cristianos nos separamos de los judíos y los musulmanes. La mayoría de los judíos consideran a Jesús un impostor, o en el mejor de los casos un reformador equivocado. Los musulmanes tienen un concepto más alto de Él. Le reconocen como uno de los mayores profetas, sólo por debajo del último y mayor de todos, Mahoma.

El Corán llama a Jesús «el Espíritu de Dios» e incluso «el Verbo de Dios»; sin embargo, los musulmanes rechazan con ardor su título de «Hijo de Dios». No era divino, ni Dios, aseguran, sino simplemente un hombre como los otros grandes profetas: Noé, Abraham, Moisés, David y al final Mahoma, el último y más grande de todos.

Una Cosmovisión Redentora

La revelación de Dios está centrada de manera especial en la redención. Se enfoca en la actividad del Creador para traer de nuevo a sí, después de la caída, a hombres y mujeres. Dios no sólo visita a la humanidad con juicio por su rebelión contra su señorío (Génesis 3.16-19), sino que también lo hace con redención. Proporciona a la primera pareja pecadora ropas para cubrir uno de los resultados de su pecado: el sentimiento de vergüenza por su desnudez (Génesis 3.21). Y lo más importante de todo, les promete un redentor que los libertará de la servidumbre de su nuevo señor, la serpiente, a quien después conoceremos como el diablo o Satanás (Génesis 3.15). El resto de la Biblia, desde Génesis 4 hasta Apocalipsis 22 es la historia de cómo Dios provee redención a hombres y mujeres pecadores.

Por lo tanto, la cosmovisión bíblica debe ser una redentora. Ciertamente los capítulos finales de la revelación divina se centran en las alegrías del pueblo redimido de Dios por la eternidad en la presencia del Creador con toda su gloria y del Cordero con toda su majestad (Apocalipsis 21-22).

El lector cristiano que tiene un alto concepto de las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamentos tal vez no difiere en nada de lo dicho en estas reflexiones en cuanto a la cosmovisión, por lo menos hasta ahora. Lo que he expuesto hasta el momento representa la opinión histórica del cristianismo bíblico. Hay, sin embargo, una dimensión principal más de la cosmovisión bíblica que debe presentarse y, para el propósito de nuestro estudio, se trata de la dimensión más viva, dinámica y que penetra todos sus aspectos. Al mismo tiempo es, quizás, la más descuidada y la que menos comprendemos y aplicamos a nuestras vidas y nuestros ministerios cristianos.

Una Cosmovisión De Guerra Espiritual

Esta dimensión de la cosmovisión bíblica puede expresarse en una sola máxima: Actualmente esta realidad existe en un estado de conflicto cósmico-terrenal o guerra espiritual. Para decirlo en términos filosóficos, en el universo existe un dualismo modificado. El reino de Dios y el reino sobrenatural maligno libran un feroz combate entre sí. El dualismo absoluto afirma que la verdadera realidad es eternamente dualista: que el bien y el mal siempre han existido y siempre existirán. El dualismo bíblico es un dualismo modificado: la realidad presente existe en un estado de dualismo, pero no fue así en un principio ni lo será en el futuro. La opinión de la Escritura es: «En el principio … Dios … » Entonces no había mal, ni fuerza opositora, sólo Dios, y Él es bueno. Luego Dios creó seres morales, llamados ángeles, y los colocó en su reino. Aún no había dualismo. Ellos obedecían a su voluntad. Sin embargo, en algún momento del pasado secreto, tuvo lugar la rebelión dentro del reino angélico. El dualismo había nacido. El mal entró en el reino de Dios dividiéndolo en dos diferentes, el reino de Dios y el de Satanás. Esta es la visión que da la Biblia del lejano pasado.

A medida que a través del tiempo el interés de la Escritura va trasladándose del pasado «eterno» al futuro «eterno», el dualismo se desvanece. El estado final es el de un monismo eterno. Sólo Dios y su perfecto reino existirán en el futuro eterno. (El mismo concepto de eternidad pasada y eternidad futura presenta una evidente contradicción. ¿Puede lo que es eterno tener en verdad un pasado y un futuro? Sin embargo, esas expresiones son útiles para hablar del pasado y del futuro.)

El dualismo, no obstante, es una realidad presente. El universo existe en un estado de conflicto cósmico-terrenal o guerra espiritual. El dualismo cósmico es una realidad: La guerra espiritual existe en el cielo. Y lo mismo sucede con el dualismo terrenal: La guerra espiritual ruge en el mundo.

Algunas dimensiones de esta cosmovisión de guerra son reconocidas y descritas de maneras diferentes por distintas personas. Algunos hablan de la lucha entre el bien y el mal. Otros de la batalla entre lo correcto y lo equivocado, o entre la luz y las tinieblas. Otros aun se refieren al conflicto entre las fuerzas positivas que tratan de preservar la vida y el orden en el universo, y las negativas que intentan destruirlos. Sin embargo, desde una perspectiva bíblica este dualismo se revela como un conflicto continuo en dos frentes: Dios y su reino angélico confrontando a Satanás y su dominio demoníaco, y los hijos de Dios enfrentándose a los hijos de las tinieblas. Para comprender y prepararse mejor para esta lucha cósmico-terrenal, es necesario explorar los campos de la teología, la exégesis bíblica y la experiencia del pueblo de Dios.

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