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La guerra del creyente con el mundo

El evangelio y la cultura

El sincretismo como dimensión de «el mundo»

Alguien ha dicho que «la iglesia de África es como un río de dos kilómetros de ancho pero con sólo dos centímetros de profundidad». En una conferencia reciente salió a la luz la magnitud del sincretismo practicado por los líderes eclesiásticos de cierta nación africana y me sentí constreñido a enseñar, una y otra vez, sobre Josué 24.14-23, donde el líder hebreo desafía al pueblo de Dios a decidirse en cuanto a quién servir: si al verdadero Dios o a los que «no son dioses» (Gálatas 4.8).

Nos inquietó descubrir que muchos de los pastores «piadosos» asistentes a las conferencias de adiestramiento y sus esposas tenían doble ánimo. Aunque se habían comprometido verdaderamente con Cristo en cuanto al perdón de sus pecados y la seguridad de la vida eterna en el reino venidero de Dios, todavía recurrían a los dioses tradicionales, la magia, el servicio a los espíritus de los antepasados, los buenos y malos espíritus populares, los espíritus naturales y cósmicos para satisfacer sus necesidades diarias. Este era el «mundo» con el que ellos seguían contemporizando.

En las sesiones de la mañana yo era el orador principal y enseñaba acerca de la guerra espiritual y el señorío de Cristo. Hombres y mujeres asistían juntos a dichas sesiones. Por la tarde, dividíamos a los líderes en grupos para llevar a cabo diferentes talleres, mientras las mujeres se reunían todo ese tiempo con mi esposa Loretta y diversas maestras de la Palabra, sobre todo africanas.

Hacia el final de la semana, después de haber puesto el suficiente fundamento bíblico, utilicé Josué 24.14, 15, 23 para desafiar a los pastores y sus esposas a seguir al Señor de todo corazón. Invité a aquellos líderes a manifestar públicamente su decisión de acatar el consejo de Josué: «Quitad, pues, ahora los dioses ajenos que están entre vosotros, e inclinad vuestro corazón a Jehová Dios de Israel» (v. 23). Cierto número de hombres se pusieron en pie e hicieron pública su decisión de seguir al Señor rechazando completamente todos los demás dioses. Después de eso, algunos pasaron al frente para que se orase por ellos y se les aconsejase.

No obstante, ninguna de las mujeres respondió. Ya habíamos descubierto que por lo general son ellas quienes se aferran a los dioses y a los espíritus antiguos, y quienes practican la magia tradicional. También sabíamos que, por un condicionamiento cultural, las mujeres de aquel país no suelen responder en público cuando hay hombres presentes.

Durante la sesión de la tarde con las mujeres, le tocaba enseñar a mi esposa. Loretta repasó mi enseñanza de la mañana y cariñosamente, pero con firmeza, señaló que como esposas de pastores a menudo ellas eran más culpables de practicar la magia tradicional y de servir a los espíritus para obtener protección y bendiciones para sí mismas y sus familias.

Nos habían dicho que muchas de ellas llevaban cordones mágicos atados a la cintura y que se los habían puesto también a sus hijos en los brazos o los pies. Loretta las desafió a que se quitasen dichos cordones y siguieran las enseñanzas bíblicas en cuanto a sanidad, protección y bendiciones para sus necesidades diarias.

De repente un desasosiego espontáneo acompañado de un ruido de protestas recorrió el grupo de mujeres y los demonios empezaron a manifestarse por todos lados rechazando las enseñanzas recibidas. Loretta se quedó tan sobrecogida que no sabía qué hacer, y empezó a declarar al mundo espiritual que Jesús era el Señor y tenía autoridad sobre todos los espíritus, y que sus siervos compartían con él esa autoridad. Así calló a los espíritus.

Entonces, una líder de JUCUM, temerosa de Dios, que trabajaba con ellas, se levantó y habló en su lengua nativa chechewa; así puso bajo control a las mujeres. Luego ambas empezaron a ministrar a aquellas que querían seguir al Señor a plenitud.

Buen número de mujeres estaban endemoniadas por haber honrado a los espíritus y practicado la magia tradicional. Necesitaban liberación. Dios fue fiel y las maestras presenciaron grandes victorias. Sin embargo, no todas aquellas mujeres respondieron, aunque eran ellas quienes tenían la llave de la verdadera vida espiritual para sus familias e iglesias.

¿Por qué utilizo este ejemplo para iniciar nuestro estudio sobre la guerra con el mundo? El sincretismo no es sólo un asunto relacionado con el campo sobrenatural maligno, sino con el mundo en general. Las esposas de los pastores de este relato todavía estaban enamoradas de la magia espiritual, uno de los principales rasgos culturales del mundo en que vivían. Necesitaban romper con el mundo en ese aspecto.

Cuando centramos nuestra atención en la guerra contra el pecado que tiene sus raíces en este «mundo malo», contemplamos dicho pecado en su dimensión social. William Vine define el mundo desde esta perspectiva social como «la situación presente de los asuntos humanos separados de Dios y en oposición a Él».

Al hablar de asuntos humanos nos vemos obligados a pensar en las sociedades y cada una de ellas se convierte en «el mundo» en el cual viven los miembros de la misma. Para el creyente, ese mundo llega a ser su enemigo espiritual de un modo tan verídico como su carne. Eso fue lo ocurrido en el caso de aquellas mujeres de pastores africanas que acabamos de mencionar. La dimensión social de la guerra del creyente, su lucha con el mundo, puede convertirse en algo todavía más difícil de reconocer y vencer para él que la dimensión personal de dicha guerra: su lucha contra la carne. El mundo es mucho más sutil que la carne: nos toma por sorpresa.

El Dr. Martin Lloyd-Jones escribe que la mundanalidad:

[ … ] es con toda certeza la mayor lucha que tiene que librar la Iglesia cristiana en el momento presente.

Ha habido un descenso de las normas morales por todas partes … El límite entre la Iglesia y el mundo es casi imperceptible y el pueblo de Dios ya no se destaca como algo único a diferencia del pasado. El Nuevo Testamento está lleno de advertencias acerca de este poder sutil y tremendo que tiene el mundo, el cual quisiera arrastrarnos lejos de Cristo, en quien creemos, y hacer que le negásemos en la práctica reduciéndonos al estado descrito en 2 Timoteo 3.5: «Tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella».

Aunque nada fáciles de vencer, los pecados de la carne, más concretos y reconocibles, resultan menos difíciles de detectar. No sucede así con el mundo y como consecuencia de ello la mayoría de los creyentes somos más mundanos de lo que quisiéramos reconocer.

Las culturas, las religiones y el evangelio

Puesto que cada creyente forma parte de un grupo cultural, muchas de las normas de esa unidad se convierten en su mundo pecaminoso. El estilo de vida egocéntrico del grupo trata de imponerse inexorablemente sobre el cristiano para conformarlo según su molde. Sin embargo, los cristianos, como ciudadanos del reino de Dios, deben reconocer el mal inherente en muchas dimensiones de su cultura y resistir a sus engaños sutiles.

Los componentes culturales y el evangelio: neutrales, compatibles e incompatibles

Las culturas humanas no son totalmente malas. Aunque el mal impregna todos los aspectos de la vida del hombre a causa de la Caída, las culturas en sí resultan buenas para la humanidad en su presente estado terreno. Ellas conciben e imponen leyes y valores que hacen posible la supervivencia del grupo.

Tienen diversos componentes, cada uno de los cuales existe en una relación determinada con otros. Cuando hay armonía entre ellos, la estructura social es relativamente estable; si por el contrario existe una falta de armonía grave, la continuidad de la cultura se ve amenazada.

Por lo general, desde un punto de vista bíblico, existen tres grandes grupos de componentes culturales: aquellos compatibles con la fe cristiana, los que son incompatibles con ella y los neutrales.

La forma de vestir, el tipo de viviendas, la alimentación y otros componentes culturales semejantes son neutrales. El evangelio tiene poco o nada que decir respecto a ellos. Las personas pueden hacerse cristianas y mantener además dichos componentes culturales.

Muchos componentes culturales resultan compatibles con el evangelio. En realidad, algunos característicos de las culturas no occidentales son más «cristianos» que sus homólogos del mundo occidental. Por ejemplo: el amor a la familia, la fidelidad conyugal de la mujer, el amor por los hijos y su protección, el respeto, amor y cuidado de los ancianos y los disminuidos, y la aceptación de un estilo de vida sencillo constituyen buenos ejemplos de ello. El evangelio refuerza esos componentes culturales buenos de las culturas que lo reciben, al reconocerlos como una evidencia adicional de la revelación general de Dios que se extiende a toda la humanidad.

Otros componentes culturales, en cambio, no son compatibles con el evangelio. En tales casos, el mensaje cristiano desafía a la cultura receptora y puede perturbar el equilibrio cultural. Esto es especialmente cierto si la cultura en cuestión está estructurada en torno a una cosmovisión que choca con la de la Biblia. El choque se producirá aunque la cosmovisión de dicha cultura sea espiritualista o religiosa. La religión, o su sustituto funcional, suministra ingredientes a la cosmovisión de los individuos y como tal constituye la esencia misma de las culturas.

El cristianismo no es compatible con ninguna otra religión, pero a menudo las religiones no cristianas le proporcionan un puente para entrar en otras culturas. No obstante, con la misma frecuencia, la religión se convierte en la mayor barrera para que las culturas acepten el evangelio. El Islam es un buen ejemplo de ello. Sea como fuere, cuando una cultura o subcultura responde al evangelio, a menudo, y como consecuencia de esto, se producen grandes cambios en la misma. Con el tiempo, el evangelio desafiará al «mundo» de la cultura o subcultura de que se trate.

El cristianismo es exclusivo. Sólo él proporciona el camino que lleva a la vida eterna. Jesús dijo de sí mismo:

Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan. (Mateo 7.13-14).

El evangelio es autoritario y dogmático. No contemporiza con el mal ni con el error moral, social o religioso. Prescribe normas en cuanto a la fe y a la conducta, y cuando éstas chocan con los componentes culturales de la sociedad a la que se dirige, éstos cambiarán o la cultura no llegará a ser bíblicamente cristiana. El evangelio desafía al «mundo» dentro de la cultura y el «mundo» cultural lo resiste en una lucha continua. De modo que cada generación debe ser guiada a la fe personal en Jesucristo.

Esto sucede con la cultura occidental tanto como con las del resto del mundo. En realidad, algunos de los componentes principales de la cultura de Occidente son cada vez más incompatibles con el cristianismo bíblicamente puro. Este es el mundo con el que está en guerra la iglesia occidental.

Componentes culturales: los cambios que exige el evangelio

Cada componente cultural importante cumple una función en la sociedad. Si uno de ellos choca con la Escritura, la gente tiene que tomar una decisión y desde la perspectiva de la Biblia sólo puede ser una: el rechazo de los componentes culturales pecaminosos por parte de la gente y su sustitución por otros compatibles con el evangelio.

El resultado será tanto positivo como negativo. Desde un punto de vista positivo, la gente agradará a Dios; desde una óptica negativa, trastornará el equilibrio de su propia cultura y producirá un vacío en la misma que no puede quedar desocupado, sino que debe llenarse con un sustituto cultural eficaz y pertinente.

¿Cómo se descubren esos sustitutos funcionales? En el trabajo de misiones, el misionero puede ayudar a los creyentes de las culturas receptoras a reconocer la función que los componentes culturales pecaminosos cumplen en su cultura. Juntos deben buscar o crear sustitutos funcionales compatibles con la verdad bíblica pero pertinentes para la cultura en cuestión y que puedan llenar ese vacío cultural. Tanto el papel del misionero como el de la población autóctona son decisivos en este asunto. Los misioneros no deben imponer su propia inclinación cultural al pueblo anfitrión en nombre de un evangelio supracultural.

Cuando digo supracultural, me refiero a «aquel que surge directamente de la Palabra de Dios y obliga a todas las culturas, en contraste con el que está limitado a un contexto cultural dado o surge del mismo». Juan 3.16, por ejemplo, es un pasaje supracultural, mientras que 1 Corintios 11.5, 6, 10, 13-15 muy probablemente sea cultural ante todo.

El misionero, asimismo, es simplemente un abogado del cambio cultural, pero puede producirlo. Como forastero, no comprenderá del todo el papel que juegan los componentes culturales pecaminosos ni cuáles pueden ser los sustitutos funcionales más aceptables. Los cambios deben surgir de la misma gente de la cultura anfitriona; ellos son los verdaderos innovadores y únicamente ellos comprenderán plenamente qué sustitutos funcionales son susceptibles de llenar los vacíos culturales en cuestión.

Como todas las culturas son pecaminosas, tienen que producirse cambios culturales. Las concupiscencias sexuales y mundanas, por ejemplo, son siempre contrarias a las Escrituras. La inmoralidad está mal en cualquier cultura, aunque al presente parezca cumplir una función esencial en la misma. El odio y los conflictos interpersonales, las rivalidades y las guerras entre grupos humanos antagonistas no agradan a Dios. Él ama a toda la gente y desea para ellos, por igual, el mayor bien. La venganza es prerrogativa divina (Romanos 12.18-21). La religión que no se somete al señorío de Cristo disgusta al Señor y si no da como resultado compasión por los oprimidos, por los que sufren, por los afligidos y los solitarios, no es «religión pura y sin mácula delante de Dios» (Santiago 1.27).

Además, Jesús no es uno entre varios, ni siquiera el mejor entre otros dioses y seres espirituales que en último término conducen a la salvación y a la paz con Dios. Él mismo afirmó: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14.6).

Los desafíos del sincretismo

El sincretismo es una de las principales barreras para la evangelización mundial a las que se enfrenta la iglesia hoy en día. En muchas partes del mundo la gente se ha hecho cristiana sin romper con su miedo precristiano a los espíritus o a los que «no son dioses», ni con su obediencia a ellos (Gálatas 4.8). Esto es en especial cierto si la «versión» del evangelio que han recibido no proporcionaba sustitutos funcionales para las necesidades que con anterioridad eran suplidas por esos espíritus o los que «no son dioses». Por lo general, dichas necesidades pertenecen al área de la sanidad física, la fertilidad, las bendiciones sobre el trabajo personal, a fin de proveer para uno mismo y su familia, la ayuda en los esfuerzos diarios del individuo y la protección de enemigos reales o imaginarios.

Lo peor de todo es cuando la iglesia trata deliberadamente de combinar el evangelio con creencias de religiones tradicionales o magia espiritual. Cierto periódico local publicaba el siguiente extracto en un artículo titulado: «Traditional Mayan Life Challenged: Evangelical Church, Catholics Compete» (Desafío a la vida maya tradicional: La iglesia evangélica y los católicos compiten):

En la última década, los misioneros católicos han trabajado con ahínco para ayudar a los indios a combinar los elementos de su religión tradicional con la enseñanza católica, a fin de convertir a los mayas, los cuales constituyen casi la mitad de los nueve millones de habitantes que tiene el país[ … ] El obispo Efraín Hernández, secretario del arzobispo de Guatemala, Próspero Penados del Barrios, dice que la Iglesia Católica no trata de destruir las creencias indígenas, sino solamente intenta mezclar dos formas de pensamiento.

En el caso de Guatemala, los evangélicos habían adoptado una posición firme contra cualquier tipo de sincretismo. Por lo tanto, el clero católico y la iglesia evangélica representaban puntos de vista distintos en el caso en cuestión. Ojalá que todos los protestantes siguieran el ejemplo de sus hermanos evangélicos guatemaltecos. Algunos, sin embargo, han contemporizado tanto como los católicos del artículo sobre Guatemala.

La iglesia primitiva era inflexible en su declaración: «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4.12). Esto debe ser aceptado y confesado por la gente que recibe el evangelio, de otro modo el resultado será un sincretismo o cristiano-paganismo.

El vivir para nosotros mismos y no para la gloria de Dios y el beneficio de nuestros semejantes, no es nunca aceptable para el Señor (Marcos 12.29-31). Vivir en desobediencia a Dios y a la revelación que nos ha dado en su Palabra y en el Señor Jesucristo supone una rebelión contra su señorío. Los hombres crean dioses a su propia imagen: idolatría, espiritismo, espiritualismo, religiones centradas en actividades de médiums, animismo, o se hacen ellos mismos dios. De un modo u otro, declaran su independencia del señorío del único Dios verdadero, y por ende siguen al mundo y viven en un estado de separación de Él.

Este es «el mundo» que se da en todas las culturas; el mundo que trata de imponer a diario sus valores no cristianos a nuestras mentes, emociones y voluntad como creyentes. Con este mundo, estamos en guerra. Es nuestro enemigo porque es enemigo de Dios. Y como pronto veremos, se trata también de un mundo endemoniado.

Gálatas 1.4

El apóstol Pablo expresa la idea neotestamentaria del mundo y su relación con el cristiano en dos pasajes de la carta a los Gálatas. El primero de ellos es Gálatas 1.4. Allí Pablo escribe que Jesús «se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre».

Pablo utiliza la palabra griega aión («siglo») para indicar «el mundo». Aión significa literalmente «edad o período de tiempo». Vine dice al respecto: «En el uso del Nuevo Testamento está marcado por características espirituales o morales y en ocasiones se traduce por “mundo”».

Trench describe gráficamente el aión, el siglo al que hace referencia Pablo en este pasaje, como el enemigo mortal de Dios y del creyente, y escribe que representa:

[ … ] toda esa masa flotante de pensamientos, opiniones, máximas, especulaciones, esperanzas, impulsos, objetivos, aspiraciones actuales en cualquier momento en el mundo, que puede resultar imposible captar y definir con precisión, pero que constituye el poder más real y efectivo, ya que se trata de la atmósfera moral o inmoral que respiramos en cada momento de nuestras vidas para exhalarla de nuevo de un modo inextricable.

Así que Pablo afirma que este siglo, este mundo, es malo. Amenaza a la relación del creyente con Dios tanto que, mientras se vea obligado a continuar viviendo en él, el cristiano debe ser librado de su poder y control.

También dice el apóstol que este mundo es tan absolutamente perverso que uno de los principales propósitos de la obra redentora de Cristo fue «librarnos del presente siglo malo». Wuest expresa al respecto que el verbo traducido por «librar» (exaireó) significa «arrancar de un tirón, sacar, rescatar, liberar».

Esta palabra fija la tónica de la carta. El evangelio es un rescate, la emancipación de un estado de esclavitud. Aquí el término indica, no un ser apartados del poder que tienen las características éticas del siglo presente, sino un rescate de dicho poder.

Wuest comenta sobre la palabra griega escogida por Pablo en este pasaje para expresar el mal, ponerós, y la contrasta con un sinónimo más gráfico y utilizado en el Nuevo Testamento: kak/”. Ponerós es el término más fuerte para expresar la maldad y revela el mal que no sólo busca manifestar su naturaleza perversa, sino que trata también de arrastrar a otros a su maligna red.

El hombre kak/” puede contentarse con perecer en su propia corrupción, pero el ponerós no está satisfecho a menos que corrompa también a otros y los arrastre a la misma destrucción que él. A Satanás no se le llama el kak/”, sino el ponerós. Pablo describe a este siglo presente como ponerós[ … ] Por lo tanto el siglo presente no se contenta con perecer en su propia corrupción, sino que trata de hacer caer consigo a todos los hombres en su inevitable destrucción de sí mismo.

Gálatas 6.14La segunda referencia principal al mundo que Pablo hace en la carta a los Gálatas se encuentra en el 6.14, donde el apóstol escribe: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo». El mundo (aquí kósmos) es tan perverso, dice Pablo, que la única manera de liberarse de su poder es mediante una doble crucifixión. El mundo nos ha sido crucificado a nosotros y nosotros al mundo.

La idea de nuestra unidad con Cristo en su muerte y en su crucifixión es una enseñanza bien conocida de Pablo (Romanos 6.1s; Gálatas 2.20; 5.24; Colosenses 2.20s; 3.1-4). En Gálatas 6.14 la idea es la misma, esta vez con la atención centrada en el mundo. «El mundo -señala Pablo- lucha por esclavizarnos a sus filosofías y valores declarados, ya sean seculares o religiosos. Nosotros rechazamos a ambos. Somos liberados del punto de vista del mundo mediante nuestra identificación con Cristo en su crucifixión. Él murió en nuestro lugar a las formas de pensar y actuar del mundo y nosotros hemos sido unidos a Dios en sus formas de pensar y actuar. El mundo, por su parte, ya no tiene ningún derecho sobre nosotros. Está muerto para nosotros; nos ha sido crucificado».

John Eadie centra sus palabras en la experiencia personal de Pablo en Gálatas 6.14, la cual es aplicable a todos los creyentes:

Cada uno había sido clavado en la cruz; cada uno estaba muerto para el otro. La cruz de Cristo efectuó aquella separación. No había sido el resultado ni de una morbosa decepción, ni de aquel lamento amargo de «vanidad de vanidades»; como tampoco lo había sido de un sentimiento de fracaso en la búsqueda de las cosas del mundo, ni de las persecuciones que había experimentado: azotes, prisiones, hambre, sed, ayunos y desnudez. Por ninguna de estas cosas había muerto al mundo, sino por la unión con el Crucificado. La muerte en Cristo y con Cristo fue su muerte al mundo, y la muerte del mundo para Él.

Estas palabras tienen garra. Nos presentan la verdad de que, como Jesús, no somos de este mundo (Juan 15-17). Él nos ha hecho libres de la esclavitud al mismo. Cuanto más tiempo vivo la vida cristiana en este mundo y más aconsejo a hermanos heridos y afligidos, tanto más resuenan en mi mente y en mi corazón las palabras de Jesús en Juan 16.33:

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

Aunque vivo en este mundo, no es mi verdadero hogar. Soy un ciudadano del reino de Dios, no de los reinos de este mundo. Él ha vencido a este mundo perverso por mí y me ha traído a su reino. En el mundo nunca encontraré verdadera paz, sino sólo en Él. En Cristo puedo, diariamente, ganar la batalla contra el mundo.

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