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La guerra espiritual desde el diluvio hasta Abraham

Las razones fundamentales de la drástica decisión divina de destruir a «todo ser» (Génesis 6.13) se resumen en el versículo 5:

Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.

Las acciones externas resultantes de la perversa mentalidad del corazón de la humanidad antediluviana se revelan en seis gráficas declaraciones de Génesis 6, bien del escritor del libro bien pronunciadas por Dios mismo.

1. Prevalecían las actividades sexuales ilícitas (vv. 1 y 2).

Sea cual fuere aquella de las tres interpretaciones de «los hijos de Dios» y «las hijas de los hombres» que se escoja, la sexualidad ilícita constituye el centro de atención de esos dos versículos. Con el tiempo, aquella explotación sexual corrompió a las mujeres y en definitiva a su descendencia. Cuando la revolución sexual hubo alcanzado al mundo entero, se reveló la imagen completa de la total perversidad de la época.

2. La maldad de los hombres era mucha en la tierra (v. 5a).

3. Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal (v.5b).

4. Se corrompió la tierra delante de Jehová (vv. 11a, 12). Corrupción es la palabra dominante que se menciona tres veces en estos dos versículos.

5. «Estaba la tierra llena de violencia» (vv. 11b, 13b).

La violencia y la maldad generalizada eran los evidentes resultados de la total corrupción de la humanidad; y la forma más repulsiva de esta violencia y corrupción parece haber sido sexual. La explotación egoísta de las mujeres es al parecer respaldada por otras dos declaraciones.

En primer lugar aunque todos los varones siguieron aquellas malvadas prácticas sexuales, en su momento da la impresión de que hayan sido los gigantes quienes iniciaron esta perversidad desenfrenada. En segundo lugar, esos valientes de renombre no eran conocidos por su bondad, sino más bien por sus obras perversas. Como dice Calvino: «Los gigantes, por tanto, tuvieron un origen anterior; pero después, aquellos que nacieron de los matrimonios promiscuos imitaron su ejemplo». El mal se reprodujo por sí solo generando más perversidad. Los hijos siguieron el comportamiento libertino de sus padres, hasta que toda la humanidad, excepto Noé y su familia, sobrepasaron toda esperanza de arrepentimiento.

En este mundo al que Dios considera totalmente inútil e irredimible, viene la declaración divina que manifiesta su propósito de aniquilar a toda la humanidad, salvo a Noé y a los suyos, de la faz de la tierra (vv. 13, 17). Poco después llegaría el diluvio (Génesis 6.14-7.22).

El capítulo 9 relata el pacto de Dios con Noé. El 10, registra el linaje de éste y de sus tres hijos. No nos detendremos en estos capítulos, sin embargo dentro de un momento volveremos al capítulo 10. El 11 narra el comienzo de la segunda fase de corrupción que engulle a la raza humana después de la Caída: los acontecimientos en torno a la Torre de Babel o Babilonia (Génesis 11.9).

La Torre de Babel

La Torre de Babel, en realidad Babilonia misma, nos traslada justo al escenario de una terrible guerra espiritual. Tanto la torre como la ciudad son símbolos del humanismo religioso, la idolatría, el politeísmo y el desafío contra Dios. Babilonia ya había sido mencionada en Génesis 10.10, pero ahora el escritor explica el origen de su nombre, confusión (Génesis 11.9), mientras describe los esfuerzos de la humanidad por desafiar a Dios y deificarse a sí misma.

Resulta útil seguir la corriente cronológica de los primeros capítulos de Génesis para conocer algo acerca del tiempo que transcurrió entre el diluvio y Babel. Juan Calvino cree que fueron unos cien años. Llega a esta conclusión calculando los años registrados en Génesis 10. (Para Wenham los años que transcurrieron fueron más de trescientos.)

Esto significa que Noé y sus tres hijos todavía vivían durante los sucesos que se narran en Génesis 11.1-9, a menos que haya grandes lagunas en las genealogías citadas en el capítulo 10. Sin embargo, tal vez no formaron parte de los rebeldes que se menciona en el capítulo 11. Este grupo había viajado hacia el Oriente hasta Sinar (Génesis 11.2), es decir hasta Babilonia.

Nimrod

Génesis 10 atribuye el origen de Babilonia a un hombre llamado Nimrod. Su carácter personal llegó a ser también el de las naciones de dicha área, incluso de las que existen hoy en día: Irán e Irak. Los versículos 8 al 12 hablan de él como del «primer poderoso en la tierra» (v. 8). Nimrod es uno de los personajes más célebres y al mismo tiempo enigmáticos que se nombran en el Antiguo Testamento. No sólo se le conoció como vigoroso cazador, sino también como el gran constructor de ciudades que edificó Babilonia y Nínive (vv. 10, 11). Fue un personaje notable.

Debido a la aparente imposibilidad de que un hombre solo pudiera realizar todo lo que aquí se enumera, algunos sugieren que Nimrod es el nombre de una serie de dioses-reyes de aquella área que desafiaron al Señor. Su nombre podría dar pie a esta conjetura, ya que significa: «Nos rebelaremos».

Israel formó con Mesopotamia, Asiria, Canaán y Egipto la relación sociocultural y religiosa más importante de toda su historia en el Antiguo Testamento. Mesopotamia en general y Babilonia en particular fueron sinónimos de la cultura humana separada del verdadero Dios, fundada sobre el orgullo del hombre, la dominación mundial, el politeísmo, el henoteísmo, el demonismo y el animismo.

Creo por eso que la razón está de parte de los eruditos que sostienen una opinión más negativa de Nimrod y de sus hazañas. Fue él quien edificó Babilonia y Asiria, los más terribles perseguidores de Israel en tiempos posteriores. Estableció la cultura idolátrica de la que Dios consideró necesario sacar a Abraham para crear a su pueblo escogido: Israel.

Hay dos cosas más que son importantes acerca de Nimrod. Es el hombre de la rebelión en Génesis 10 y 11. Se convierte en un nuevo Caín, un asesino y rebelde contra Dios. Como «el primer poderoso en la tierra», llega a ser el «vigoroso cazador»; pero lo que cazaba no eran animales, sino hombres.

Leupold dice que la palabra que indica que era un vigoroso cazador, por sí sola, podría referirse a la caza de animales, si no fuera porque la expresión «delante de Jehová» implica otra cosa. Leupold explica que «las pequeñas proezas del hombre en la caza difícilmente podrían despertar el asombro y la admiración del Todopoderoso. Además, en este caso, se utiliza el nombre de Yahvé; es decir, el Dios de misericordia y pacto».

Así, Leupold afirma que puesto que las hazañas de Nimrod conquistando pueblos y construyendo dos poderosos imperios malignos y enemigos de Israel representan el punto focal de sus proezas de cacería, de lo que se trata es de la caza de hombres. Nimrod constituye una figura del anticristo en el Antiguo Testamento.

Calvino dice que Moisés lo describe como «un hombre furioso, que atrapaba violentamente su presa, más próximo a las bestias que a los hombres. La expresión “delante de Jehová”, a mí parecer, declara que Nimrod intentó levantarse por encima del orden de los hombres». Se convirtió en el prototipo de los dioses-reyes posteriores. Esto es importante para el cuadro que pinta más tarde Josué del estilo de vida de los padres de la nación hebrea.

Se presenta a Nimrod como el constructor de Babel (Génesis 10.10), lo cual nos conduce al relato de la torre del mismo nombre (Génesis 11.1s). Wenham dice que Babel fue la manifestación del «deseo que tiene el hombre de desplazar a Dios del cielo y hacerse un nombre para sí mismo en vez de permitir al Señor que lo haga».

El pecado de Babel

De nuevo esto respalda nuestra interpretación, desde una perspectiva de guerra espiritual, del pecado de Babel que dio como resultado el juicio de Dios. Satanás, «el dios de este siglo», edificando sobre la carne corrupta del hombre (su orgullo) y sus ambiciones mundanas, era el espíritu que estaba tras el proyecto de la Torre de Babel. Wenham dice al respecto: «A lo largo de toda la Biblia se considera a Babilonia como la encarnación del orgullo y la impiedad humana que no puede sino atraer el juicio del Dios todopoderoso». También es el símbolo del rechazo del verdadero Dios y de la elaboración de sistemas de dioses creados por los hombres para satisfacer sus propios anhelos egoístas.

Por lo tanto, la historia que nos ocupa en Génesis 11.1-9 no es alentadora. Aunque los que viajaron hacia el Oriente y llegaron a Sinar no constituían toda la humanidad, el juicio contra Babel parece haber sido contra todo el género humano, ya que las lenguas de los hombres se confundieron y éstos fueron «esparcidos sobre la faz de toda la tierra» (v. 9). Es de entre los descendientes de este grupo de donde Dios llamó a Abraham y formó la nación escogida de Israel.

Una cosa es cierta, sin embargo, y es que si consideramos este relato como representativo de las condiciones espirituales y morales de la humanidad en general, las cosas estaban muy mal. Ya se habían olvidado las lecciones que los hombres debieron aprender gracias al juicio divino contra su pecaminosidad que supuso el diluvio. Por desgracia, aunque con Noé el Señor dio a la raza humana un nuevo comienzo, el corazón del hombre todavía era el mismo. La guerra contra la carne, el mundo y el diablo continuaba. Y a medida que el hombre fue estando cada vez más absorto consigo mismo y descuidó a Dios, las viejas pautas de pecado volvieron a aparecer.

Wenham comenta sabiamente que «el relato de la Torre de Babel es el último gran juicio que sufrió la humanidad en los primeros tiempos. Su lugar y función en Génesis 1-11 puede compararse con la caída del hombre en Génesis 3 y con el episodio de los hijos de Dios en 6.1-4, cada uno de los cuales desencadenó un juicio divino de consecuencias grandes y duraderas». Esa misma clase de juicio tiene también lugar en este relato.

El sistema social establecido en Babilonia se revela en los versículos 3 y 4. Era completamente humanista. Aquella gente no estaba interesada en el nombre de Dios sino en el suyo. Como comenta Calvino: «El hecho de construir una ciudadela no era en sí un crimen tan grande, pero erigir un monumento eterno a sí mismos, que pudiera permanecer perpetuamente, constituía una prueba de voluntarioso orgullo unido al desprecio de Dios[ … ] están en guerra con el Señor».

«Están en guerra con el Señor». Los habitantes de Babel idearon una estructura social, su mundo, enfrentada a Dios. Se trata tanto de la carne como del mundo en guerra con la ley divina escrita en los corazones de las personas. Como pronto veremos, tal lucha tiene también visos demoníacos.

Hamilton dice que aquella Torre fue la precursora del ziqqurat o zigurat de Mesopotamia y que era:

[ … ] la torre de un templo. A finales del siglo pasado, el descubrimiento de Esagila, el gran templo de Marduk en Babilonia, sugiere que este edificio particular era el origen de la narración bíblica. El zigurat de este templo se llamaba E-temen-an-ki, «casa de los fundamentos del cielo y la tierra». Con una altura de 100 metros y dos santuarios, se creía que había sido construida por los dioses. Este trasfondo hace la aseveración de Génesis 11.5 en cuanto a «la torre que edificaban los hijos de los hombres» muy interesante.

M. J. A. Horsnell llama a la Torre de Babel y al zigurat «complejos importantes de templos. Otros lo han considerado como el trono de la deidad (cf. Isaías 14.13)».

Por lo tanto, pocas dudas caben de que la torre tenía una función religiosa al tiempo que humana. Hamilton dice que se trataba de la torre de un templo, y no sólo la expresión del orgullo del hombre (la carne) que tenía por objeto conseguir la estima de otras culturas (el mundo). También estaba dedicada a dioses extranjeros (el mundo sobrenatural del mal). En tal caso, Génesis 11 es un pasaje que tiene que ver con la guerra espiritual desde la perspectiva del pecado multidimensional.

Aunque no hay nada en el relato que hable de dioses extranjeros, el hecho de construir la torre era en sí el intento del hombre de hacerse Dios o igual a Dios, afirman Hamilton, Wenham y Calvino. Hamilton cita a P. C. Calderone cuando dice que «los constructores de la torre de Babel (Génesis 11.4)[ … ] se están rebelando contra Dios de alguna manera y tratando de ser semejantes a Él».

El construir la torre era una repetición del engaño que sufrió la humanidad con la primera mentira de Satanás (Génesis 3.5). Mientras que las tácticas del diablo pueden cambiar, su objetivo es siempre el mismo: inducir a los hombres a que se rebelen contra el señorío de Dios y le sirvan a él, considerándose ellos mismos como su propio dios o adorando a dioses falsos.

El llamamiento de Abraham

El siguiente gran acontecimiento del Génesis es el llamamiento de Abraham (12.1-3). Dios llamó a Abraham a salir de la tierra de los caldeos, es decir de Mesopotamia (11.28). Así, del mismo corazón del país de la idolatría y del politeísmo Dios comenzaba de nuevo. Él llama a un hombre, quizás un idólatra, Abraham (Josué 24.2), para sí (Génesis 11.26-12.3).

No es nuestro propósito hacer aquí un estudio de la vida de la familia de Abraham, sin embargo debemos considerar el objetivo que tuvo Dios al llamarle. Génesis 12.1-3 incorpora al menos cuatro elementos principales del llamamiento divino del patriarca:

1. el llamamiento a una nueva tierra (v. 1);

2. el llamamiento a ser padre de una gran nación (v. 2);

3. el llamamiento a recibir grandes bendiciones del mismo Dios (v. 2);

4. el llamamiento a ser una bendición para «todas las familias de la tierra» (v. 2b-3).

Sabemos que la tierra era Palestina o Canaán. La gran nación había de ser Israel. Las bendiciones de Dios serían sus pactos con Abraham y con su descendencia, el pueblo hebreo. La bendición que había de constituir el patriarca para «todas las familias de la tierra» era Dios mismo, manifestándose a través de Israel a toda la humanidad, lo cual, naturalmente, se acabaría centrando en el Mesías, el Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador.

Para realizar esto, Dios tuvo primero que llamar a Abraham y sacarlo del pozo de idolatría y politeísmo en el que se hallaba sumido (Génesis 11.26; Josué 24.2-3). Hamilton comenta acerca de Génesis 11.27-32 y señala que algunos de los nombres de los miembros de la familia del patriarca guardan relación con el culto a la luna.

La posible conexión [del nombre] de Taré (en hebreo terah) con la palabra Yareah, luna y yerah, mes lunar, si se demostrase, sugeriría que la familia y los antepasados de Abraham eran adoradores del astro nocturno. Una sugerencia es que Taré significa Ter, es decir el hermano o protector divino (hebreo ‘ah), y que ter es una variante dialectal de shr, término arábigo meridional que significa luna. Sarai, Sara, por su parte, es equivalente de sarratu, reina, una traducción acadia de cierto nombre sumerio de Ningal, la compañera de Sin, el dios luna. Milca, a su vez, es el mismo nombre de la diosa Malkatu, hija de Sin. Labán (en hebreo laban) significa blanco, y lebana, el blanco, que es un término poético para designar a la luna llena. Además, tanto Ur como Harán eran prósperos centros del culto a la luna; de modo que resulta probable que la atmósfera teológica en la que vivió Abraham durante buena parte de su vida centrara su adoración en el astro blanco.

Enseguida Dios tuvo que fortalecer a Abraham para que pudiese vivir en la tierra de Canaán, país igualmente comprometido con la idolatría y el politeísmo. En su plan figuraba un exilio de cuatrocientos años en la tierra de Egipto para los descendientes del patriarca (Génesis 15.13-16). Luego, éstos tomarían aquella tierra y, mediante su estilo de vida piadoso, todas las naciones llegarían a conocer al único y verdadero Dios.

El resto del Antiguo Testamento es la historia de cómo se va desarrollando ese plan. A menudo se trata de una historia triste, y de un fracaso en cuanto a seguir a Yahvé, el Dios verdadero, sigue otro. Israel tendría únicamente una batalla principal que librar durante todo el período veterotestamentario: la lucha contra los otros dioses; es decir, contra los que «no son dioses» (Gálatas 4.8; Efesios 2.12).

A lo largo de su vida, los grandes patriarcas Abraham e Isaac, y sus familias, vivieron en medio del politeísmo y la idolatría de Canaán, pero permanecieron fieles a Dios. Y en cierta medida lo mismo sucedió con el turbulento Jacob. Sin embargo, durante su estancia en Egipto y después de ella, Israel fue en dirección contraria. Incluso una vez que se produjo el éxodo, la nación continuó sirviendo a los dioses de sus padres: las deidades mesopotámicas. También siguieron adorando a los dioses de Egipto. Y sobre todo, fueron tras los ídolos de Canaán hasta el mismo momento del exilio babilónico. Aquella fue la principal área de guerra espiritual para Israel; una guerra que el pueblo escogido perdía continuamente (Josué 24; Jueces 2-21; 1 y 2 Reyes).

El Éxodo

La historia de la salida de Egipto que encontramos en Éxodo 3-12, narra la serie de conflictos más grande de todo el Antiguo Testamento. Como expresa A. A. MacRae, el libro de Éxodo describe:

[ … ] uno de los pocos períodos de la historia bíblica en que Dios escogió realizar un número considerable de milagros … el propósito de un milagro es mostrar que se halla implicado un poder mayor que el del hombre, es decir el poder de Dios, y establecer la autoridad divina en presencia de la duda o la apostasía.

En Éxodo encontramos tres clases de milagros; y por milagros entiendo demostraciones del poder de Dios, bien mediante fuerzas que ya había establecido en el universo, bien interviniendo directamente y cambiando el curso de la naturaleza. Las palabras bíblicas que se emplean para designar un milagro se refieren a ambos procesos. Tanto lo uno como lo otro son milagros, ya que Dios se halla envuelto en la acción y los utiliza como señales de su presencia.

Los primeros milagros que se relatan son aquellos que precedieron al éxodo. Ocurrieron con Moisés, comenzando por la zarza ardiente y siguiendo hasta el inicio de la pugna con Faraón. La segunda serie son las diez plagas y la tercera los milagros que Dios hizo durante el viaje por el desierto.

Los choques de poder en el éxodo

Sin duda alguna, Éxodo registra la mayor serie de milagros acontecidos en cualquier período de cuarenta años de historia en toda la Escritura. Como veremos en este estudio, los milagros, que se convirtieron en choques de poder con los dioses de Egipto, son los más espectaculares de toda la Biblia.

En primer lugar, el relato completo de Éxodo 3-12 debe considerarse como un combate, una pugna, entre Dios y los dioses de Egipto. De esta manera es como Dios mismo describe las plagas contra aquel país en Éxodo 12.12: «Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová».

Así es también como Moisés entendía toda la historia del éxodo, según lo declaró en su gran himno de alabanza el cual, obviamente, enseñó a los hijos de Israel en el capítulo 15. Allí dice: «¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?» (v. 11).

Y cuando refiere esa historia a su suegro Jetro, el sacerdote de Madián, ¿cuál es la respuesta de este? Éxodo 18.9, 11 nos lo dice: «Y se alegró Jetro de todo el bien que Jehová había hecho a Israel, al haberlo librado de mano de los egipcios[ … ] Ahora conozco que Jehová es más grande que todos los dioses; porque en lo que se ensoberbecieron prevaleció contra ellos».

Así que Moisés, Jetro y el mismo Dios consideraban toda la historia del éxodo como una serie de conflictos de poder mediante los cuales Dios había puesto en ridículo a los dioses de Egipto. Incluso los magos, en medio de la contienda, exclamaron ante el Faraón de corazón endurecido: «Dedo de Dios es éste» (Éxodo 8.19).

Dios hirió a Egipto con una serie de diez plagas, demostraciones de su poder divino. Todas ellas atacaron directamente la naturaleza de los dioses de Egipto. Tenían un propósito global y primordial: hacer que Egipto, Faraón y también Israel supieran que «Jehová es Dios» (6.1-8; 7.5, 17; 8.10, 19; 9.14, 29; 10.1-2; 14.17-18; 15.1-18). En cuanto a la última, la muerte de los primogénitos, tuvo como objetivo adicional traer sobre Egipto y sobre su orgulloso dirigente semidios, el Faraón, el juicio directo de Dios.

Al principio, cuando encomendó a Moisés que fuera a Egipto y sacara de allí a su pueblo, le advirtió que Faraón no le querría escuchar (Éxodo 3.19), pero que extendería su mano con todos los milagros que haría (Éxodo 3.20).

Justo antes de que Moisés partiera hacia Egipto, recibió su primera indicación de que el trabajo no resultaría fácil. Dios le dijo entonces:

Cuando hayas vuelto a Egipto, mira que hagas delante de Faraón todas las maravillas que he puesto en tu mano; pero yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo.

Y dirás a Faraón: Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva, mas no has querido dejarlo ir; he aquí yo voy a matar a tu hijo, tu primogénito. (Éxodo 4.21-23).

Así que Dios está dando a Moisés una panorámica del lento proceso de la contienda. También le dice que ésta no se acabará hasta que Él haya matado al primogénito de Faraón. Ciertamente Dios se había propuesto castigar a aquella orgullosa, idólatra y endemoniada nación, y también derribar al dios-rey de Egipto.

Con Aarón como su profeta, Moisés se dirige primero a los esclavos hebreos. Éxodo 4.30-31 relata: «Y habló Aarón acerca de todas las cosas que Jehová había dicho a Moisés, e hizo las señales delante de los ojos del pueblo. Y el pueblo creyó; y oyendo que Jehová había visitado a los hijos de Israel, y que había visto su aflicción, se inclinaron y adoraron».

Las señales fueron seguramente las mismas que Dios había indicado en 4.1-9: la vara que se convertía en serpiente; la mano que se volvía «leprosa como la nieve» y luego era restaurada «como la otra carne»; y el agua del Nilo que se cambiaba en sangre al derramarla sobre la tierra seca.

Aunque no se relata en los primeros capítulos del libro, más tarde se dirá que durante el tiempo de esclavitud en Egipto los judíos empezaron a adorar a los dioses de aquel país. No obstante, es evidente que conservaron viva su fe histórica de generación en generación (4.5, 31). Pero para ellos Dios había perdido su poder. Se trataba de un Dios inferior en fuerza a los poderosos dioses egipcios. Para hacerlos volver al verdadero Dios, la teología histórica, por sí sola, era inútil. Necesitaban que el Señor demostrara que su poder era mayor que el de todos los dioses de Egipto; y al ver las manifestaciones de dicho poder, el pueblo creyó (v. 31a). Luego, cuando escucharon la «teología», «se inclinaron y adoraron», quizá por primera vez en cientos de años (v. 31b).

La primera petición de Moisés a Faraón para que dejase ir a Israel fue un rotundo fracaso (Éxodo 5.1ss). Moisés se sintió derrotado y deseó no haberse presentado jamás «voluntario» (Éxodo 3.10-4.17) para ese trabajo (4.10-13). Sin embargo, eso era exactamente lo que Dios quería que sucediese (4.21).

Anatomía de un encuentro de poderes

Las demostraciones poderosas comenzaron con el siguiente contacto entre Moisés, Aarón y Faraón (6.1s). Dios preparó el escenario diciendo: «Ahora verás lo que yo haré a Faraón; porque con mano fuerte los dejará ir, y con mano fuerte los echará de su tierra» (v. 1).

Sin saberlo, Faraón había lanzado el desafío, un aspecto esencial de cualquier verdadero choque de poder, al declarar socarronamente: «¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel» (Éxodo 5.2). Parafraseándolo, Dios contesta a Faraón: «Ahora vas a descubrir quién soy exactamente, cuando veas lo que te hago a ti y a todo Egipto. Tendrás tal terror de mí que expulsarás a Israel de la tierra» (6.1).

No podemos examinar en detalle cada una de las diez plagas, pero las he enumerado en el cuadro que sigue.

las plagas de exodo

Desde el principio Dios había advertido a Moisés: «Yo sé que el rey de Egipto no os dejará ir sino por mano fuerte» (3.19). Aquí Dios repite lo mismo tras el primer «fracaso» de su siervo (6.1).

Seguidamente tenemos la promesa-amenaza de Dios referente a Faraón: «Yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo» (4.21). También esto había sido dicho antes de que Moisés y Aarón llegasen siquiera a Egipto. Éxodo menciona repetidas veces que Faraón «endureció su corazón» (8.15) o, simplemente, que su corazón «se endureció» (7.13).

De modo que después del fracaso de Moisés en Éxodo 5.1ss, Dios revela a su siervo el plan de batalla que está siguiendo, y al hacerlo afirma: «Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas» (Éxodo 7.3). Todo esto encaja en su doble propósito de demostrar que «Yo soy JEHOVá» (6.29) y de juzgar a Egipto y a sus dioses (12.12).

Dios mismo lanzó el desafío de poder a los dioses de Egipto. Mientras Faraón respondía con su propio reto (5.2), el Señor lo iniciaba. Iba a juzgar a «los dioses de Egipto» (12.12), y para hacerlo permitió que los magos consiguieran cierta ventaja al principio. Igualaron poder con poder y milagro con milagro contendiendo con Moisés y Aarón. Hicieron que sus varas se transformasen en serpientes, como ellos (7.11); convirtieron el agua en sangre (7.22); y, al igual que los siervos de Dios, lograron que vinieran ranas sobre la tierra de Egipto (8.7).

Luego, comenzando con la plaga de los insectos, fracasaron estrepitosamente (8.18-19). Lo intentaron una vez más con la de las úlceras, pero volvieron a fallar (9.11); después de lo cual se dieron por vencidos y uniéndose al «equipo» de Moisés y Aarón rogaron al Faraón de corazón endurecido que dejara ir a Israel (8.18-19; 10.7s).

Este es el único relato de un choque de poder en toda la Escritura en el que se permite a los servidores de «los que no son dioses» reproducir las demostraciones poderosas de los siervos de Dios durante algún tiempo. Aunque a la larga sólo sirvió para intensificar las manifestaciones finales de fuerza y hacer más grande el poder absoluto del Dios Todopoderoso, debió resultar desconcertante para Moisés y Aarón.

Este relato sí que suscita cuestiones muy polémicas acerca del poder de Satanás y de sus demonios para realizar milagros creativos. Dejo las mismas a los expertos. Dios permite que el mundo sobrenatural del mal use los poderes existentes en la naturaleza y los manipulen para sus fines malvados y engañosos. De esta manera los demonios pueden producir tempestades, enfermedades y todo tipo de daños, como claramente revelan las Escrituras. En los últimos tiempos, el anticristo poseerá, evidentemente, poderes milagrosos mayores de los que jamás haya manifestado el poder sobrenatural perverso. Vendrá «por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos y con todo engaño de iniquidad» (2 Tesalonicenses 2.9-10), de un modo semejante a la batalla que me contó mi amigo el Dr. Petros Octavianus de Indonesia.

Un choque de poder moderno

El Dr. Octavianus fue desafiado a un choque de poder por cierto obrador de milagros pagano, el más conocido de toda Indonesia.

Octavianus me dijo que nunca responde ligeramente a esa clase de desafíos serios de demostraciones de poder. El choque de poder forma parte de su ministerio, trabajando como lo hace con musulmanes populares, que son tan animistas como mahometanos. Pero con los choques de poder a los que asisten espectadores, él, muy cauto, antes de aceptarlos busca la voluntad de Dios. En aquel caso, según me explicó, Dios le dijo que fuera adelante.

Cuando llegó el día del enfrentamiento público, el hombre endemoniado tomó la iniciativa, y ante cientos de personas eligió a un perro que había cerca y dijo: «Para demostrarte el poder de mis dioses, voy a quitarle la vida a ese perro sin tocarlo siquiera. ¿Puede hacer esto tu Dios?» Luego, señalando al perro, dio una orden y el animal cayó fulminado. La multitud se quedó atónita. Sin dudarlo un momento, el Dr. Octavianus se dirigió hacia el obrador de milagros y, señalándolo, expresó: «Mi Dios no quita la vida por capricho. Él vino para dar vida. Él quiere darte vida a ti también. En el nombre del Señor Jesucristo te despojo de todo tu poder demoníaco».

De inmediato el mago cayó al suelo inconsciente, y la multitud pensó que estaba muerto. El Dr. Octavianus se arrodilló entonces al lado de la figura inerte del obrador de milagros y le tocó la cabeza. Este revivió al instante y, allí mismo, en el suelo, recibió a Cristo. Más tarde hubo que quitarle de las piernas unas largas agujas doradas que constituían los amuletos de poder físico de sus demonios, las cuales, clavadas bajo la superficie de su piel, emergieron milagrosamente por sí solas en respuesta a la oración.

Todos conocemos el resto de la narración de Éxodo: Dios sacó a su pueblo elegido de la esclavitud de Egipto con su poder. Había nacido la nación de Israel.

Los choques continuos con «los que no son dioses»

Las porciones principales del Antiguo Testamento que se refieren posteriormente a la guerra espiritual tienen un tema común. Se trata de un área de conflicto que llegó a convertirse en el mayor problema para Israel en toda su historia: los choques con los ídolos de las naciones paganas que les rodeaban, tanto en el desierto como una vez que entraron en la Tierra Prometida.

La preparación con Josué

En el capítulo 24 del libro que lleva su nombre, Josué sabe que pronto va a morir y a dejar sola a la inconstante nación que ha estado guiando desde la muerte de Moisés. Conoce a esa gente demasiado bien y sabe que son todavía sensuales, mundanos y están abiertos de par en par a los espíritus religiosos que engañan a sus adeptos satisfaciendo primeramente la mayor parte de sus necesidades egoístas, físicas y emocionales.

Josué quiere llevar al pueblo a un nuevo encuentro con Dios; quien, utilizándolo como profeta, les habla con poder y profunda convicción (Josué 24.2s) por medio de una recapitulación de su historia. En los versículos 14 y siguientes, Josué pasa a primer plano como el profeta de Dios y concluye la primera porción de su discurso de despedida con un «ahora, pues» que inicia la última parte de su desafío juntamente con un triple mandamiento: «temed a Jehová»; «servidle con integridad y en verdad»; y «quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres» (v. 14).

Quisiéramos concentrarnos en este mandamiento.

Los dioses ajenos (vv. 15, 20, 23) son de tres clases y forman el mayor ejército de guerra espiritual que se opone a Israel hasta el final de la era del Antiguo Testamento. Se trata de «los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río» (vv. 2, 14, 15); los dioses de Egipto (v. 14); y «los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis» (v. 15). Aunque estos dioses tenían nombres diferentes según los lugares, había bastante similitud entre ellos e incluso intercambio de dioses entre los distintos pueblos; de modo que lo que decimos acerca de un grupo se aplica de igual forma a los demás.

Los dioses del otro lado del río

El río en cuestión era el Éufrates (v. 2); de modo que se trataba de los dioses de Mesopotamia, de la tierra de Babilonia. Esta referencia nos devuelve a Génesis 10 y 11, donde el escritor registra las generaciones de los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. Todas las naciones del mundo bíblico salen de estos tres linajes, según Génesis 10 y 11. Los pueblos de Babilonia (Mesopotamia) son descendientes de Cam (10.6-14), como también los cananeos (vv. 11-20) y los egipcios, «Mizraim» es otra forma de llamar a Egipto … y a otros pueblos (v. 6).

Muchos de los pueblos aquí mencionados jugaron un papel importante en la historia posterior de Israel, y aunque no se sabe con certeza de qué pueblos se trataba exactamente, el área general que abarcaban es casi siempre identificable. Mencionaré sólo aquellos relacionados con el contexto de la guerra espiritual en la historia subsiguiente del pueblo de Dios. Los cuatro del versículo 6 son importantes: «Cus, Mizraim, Fut y Canaán».

Uno de ellos, «Cus», está situado al sur de Israel y según la Septuaginta se identifica con Etiopía; pero «tal vez abarque una diversidad de tribus de piel oscura (cf. Jeremías 13.23) que vivían más allá de la frontera meridional de Egipto. La mayoría de los descendientes de Cus mencionados en el siguiente versículo parecen situarse en Arabia», dice Wenham. Esto también incluye a Seba; que según algunos es Sabá, de donde procedía la famosa reina del tiempo de Salomón (1 Reyes 10.1-13).

El segundo, «Mizraim» debería traducirse por «Egipto», ya que se trata de la palabra hebrea más utilizada para esa nación. Muchos no estamos conscientes de la terrible esclavitud a los dioses de Egipto que sufrieron los israelitas, tanto mientras estaban en aquel país como posteriormente.

El tercero, «Fut», resulta un poco más difícil de identificar con exactitud, pero existe un consenso general de que se refiere a Libia. Hamilton concluye su tratamiento del asunto, diciendo: «Excepto en el caso de Ezequiel 38.5, la LXX [Septuaginta] traduce Fut por “los libios” en los pasajes proféticos».

Lo extraño es que se identifique a los cananeos con Cam y no con Sem, aunque están claramente relacionados con los israelitas, que son descendientes de este último (11.10s). Según Wenham, de la manera que se utiliza aquí, Canaán incluiría «los diversos pueblos que habitaban el territorio del Israel moderno, el Líbano y parte de Siria». En los versículos 15 al 19 se da una definición más exacta de estos pueblos.

Por último, en la genealogía más precisa que aparece en Génesis 11.10-31, se relacionan directamente a Sem y Abram. Abram nació y fue criado en la tierra idólatra, demoníaca, orgullosa, de Mesopotamia. Este es el punto que recoge Josué con gran fuerza y pasión en los pasajes de Josué 24.2-3; 14-15; 19-20.

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  1. 19 abril 2013 en 12:30 PM

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