Inicio > Sin categoría > La homosexualidad y el ministerio actual

La homosexualidad y el ministerio actual

La guerra contra la homosexualidad es una de las dimensiones más preocupantes del conflicto espiritual que afecta hoy en día a la iglesia. El denominado Movimiento de Liberación Homosexual ha pasado a primer plano como una fuerza sociopolítica organizada que trata de imponer a la sociedad y a la iglesia la aceptación de una homosexualidad declarada.

Como creyentes tenemos que ser justos con los homosexuales y reconocer que su movimiento no los representa en su totalidad. Aunque sería casi imposible obtener cifras exactas, es muy posible que haya muchos más homosexuales que se niegan a participar en este movimiento corrupto que los que lo integran.

La mayoría de los homosexuales o de las personas que luchan con deseos sexuales invertidos, no tienen interés en hacer gala de su orientación sexual ante los medios de comunicación o las masas. No se sienten más interesados en desfilar por la calle principal medio desnudos y cometiendo actos sexuales vergonzosos en público que los heterosexuales. De manera que hay gente que merece nuestro amor, nuestra compasión y nuestro testimonio cristiano benévolo pero firme.

Por otro lado, dicho movimiento no es generalmente una influencia beneficiosa para los confusos homosexuales: se trata de un movimiento demoníaco. Aunque no afirmo que todos los miembros del movimiento tengan demonios, en muchos casos así es. Tampoco digo que todos ellos sean mala gente, aunque hay muchos que sí. Y algunos de sus dirigentes tal vez no estén plenamente comprometidos con el mal moral desenfrenado, pero muchos lo están.

Por último, tampoco niego que algunos miembros de ese movimiento sean personas solícitas, amables y compasivas. Tal vez en muchos casos así sea, pero no en todos.

Lo que sí afirmo es que todos son pecadores, cuya dañada sexualidad se ha convertido casi por completo en el punto central de su vida. Son esclavos de sus instintos desviados del mismo modo que los nazis lo eran de su perversión étnica, la cual les hacía considerarse una raza superior. Todo esto es muestra de manipulación por parte de las fuerzas demoníacas.

Ronald Fung hace sus comentarios acerca del último de los tres pecados morales mencionados por Pablo en Gálatas 5.19. Y ya que hay siempre cierta coincidencia cuando se describen los cuatro grupos de pecados, y como sus palabras son muy apropiadas para la inmoralidad sexual desenfrenada, característica del Movimiento de Liberación Homosexual, las aplico al tema que nos ocupa. Fung dice lo siguiente:

El pecado de «indecencia» [como traducen algunas versiones] puede representar y acercarse a la «fornicación» y a la «impureza» [o «inmundicia»], pues se trata del vicio paseado con flagrante desvergüenza e insolencia, sin respeto hacia uno mismo, ni consideración por los derechos y sentimientos de los demás o la decencia pública. Es por esto, precisamente, por lo que … la indecencia es algo tan terrible. Constituye el comportamiento de una personalidad que ha perdido aquello que debería ser su mayor defensa: el respeto hacia su propia persona y su sentido del pudor.

¡Qué fiel retrato de la imagen pública de los organizadores del día de los derechos de los homosexuales y de los desfiles por los que tratan de comunicar al mundo sus aspiraciones!

Vivo en San José, California, sólo a 65 kilómetros de San Francisco, la «Ciudad al Borde de la Bahía». San Francisco es físicamente una de las ciudades más encantadoras del mundo. Situada a orillas de la bahía que lleva su nombre, en la desembocadura del imponente río Sacramento, y rodeada de preciosas y verdes montañas, cuenta con dos de los puentes más espectaculares que existen: el grandioso Golden Gate y el espléndido Bay Bridge. La belleza de su horizonte, tanto de día como de noche, va más allá de toda descripción.

Sin embargo, esta joya de ciudad se ha convertido por desgracia en una de las capitales mundiales de la liberación homosexual. No sólo algunos de los funcionarios públicos de San Francisco hacen gala de su homosexualidad ante el mundo, sino que el día de los derechos de los homosexuales, con su celebración y desfile anual, se ha convertido en una de las exhibiciones sexuales más repugnantes de los Estados Unidos.

El desfile anual, con su semidesnudez y sus bailes sensuales callejeros ante las cámaras de televisión, le recuerda a uno a la Sodoma de Génesis 19. La perversidad de sus manifestaciones sexuales es tan repulsiva que una persona sensible no puede contemplarla sin sentirse física y emocionalmente enferma, y también triste y airado en lo espiritual.

Si los heterosexuales hicieran en público y por la televisión nacional algunas de las perversidades que realizan los homosexuales durante esa fecha, tal vez serían arrestados. Pero debido a que esta minoría descarada y sin pudor está tan afianzada en la cultura de San Francisco, las autoridades temen su ira. Así que se les permite violar el sentido público de la decencia sin miedo a serias represalias.

La mayoría del liderazgo y de los miembros del Movimiento de Liberación Homosexual parecen ser personas que han perdido el «respeto hacia sí mismos», el «sentido del pudor» y toda «consideración por los derechos y los sentimientos de los demás», como señalaba Fung. Semejante movimiento, sea cual sea la «causa» de su lucha, debe rechazarse.

Sin embargo, sus miembros individuales son todavía objeto del amor de Dios y por lo tanto deben serlo también del nuestro. Debemos odiar aquello que representan sin odiarlos a ellos como personas.

Todos son víctimas de una guerra espiritual de múltiples dimensiones. Están esclavizados por los deseos de la carne. Son arrastrados por el mundo que, confuso como está acerca del bien y el mal, los apoya, aplaude su expresión de libertad sexual y alienta su ignominia.

Sin embargo, todos son controlados por el diablo. Los demonios de perversión sexual, rebeldía, ignominia, autoaborrecimiento, amargura y enfermedad pululan dentro y alrededor de ese movimiento inspirando alegremente a sus miembros vicios todavía más flagrantes y destructivos para ellos mismos. Ni siquiera la extendida angustia de muerte que produce el SIDA los detiene en su loca carrera hacia la autodestrucción.

El presente movimiento homosexual está haciendo un esfuerzo tremendo por infiltrar nuestras iglesias, e incluso el pastorado. Sus blancos son las iglesias evangélicas conservadoras. Este es uno de los temas más graves a los que se enfrenta la iglesia hoy en día.

Mientras escribo esto, la Convención Bautista del Sur, la mayor denominación protestante de los EE.UU., acaba de triunfar en contra de los intentos de algunos de sus líderes para que admitan cristianos homosexuales en el ministerio. ¡Tres hurras por los bautistas del Sur!

A los episcopales, en cambio, no les ha ido tan bien. En 1990 admitieron al ministerio a una lesbiana practicante. En una entrevista televisiva emitida en junio de 1991, el presidente George Bush, episcopal y obviamente también un creyente sincero, expresaba su oposición a este paso. ¡Tres hurras por el presidente Bush! ¡Qué lástima de los obispos episcopales que ordenaron a esa mujer!

En el momento de escribir este libro (1991), la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos va a decidir por fin, después de muchos años de controversia, si admite o no los matrimonios homosexuales y la ordenación de invertidos al ministerio.

Es digna de encomio la Iglesia Luterana Evangélica de América por su valor al expulsar de su comunión a dos iglesias de San Francisco que, en 1990, desafiaron las normas denominacionales al ordenar al ministerio pastoral a tres homosexuales practicantes. El Rvdo. Joseph Wagner, director ejecutivo del Departamento de Ministerio de la denominación dijo que ésta discrepa de aquellos que argumentan que la ordenación de homosexuales es un asunto de derechos civiles.

Wagner hace una excelente distinción entre los derechos civiles y la responsabilidad a la hora de ordenar. En el número del San Jose Mercury News correspondiente al 10 de enero de 1991, expresa: «Esta iglesia defiende los derechos civiles de todas las personas. Pero la ordenación no es un derecho civil, sino un privilegio otorgado por la Iglesia a aquellos que cumplen los requisitos estipulados». ¡Excelente razonamiento!

Tal vez uno de los mejores resúmenes de la campaña organizada por ciertos «cristianos» homosexuales para conseguir su plena aceptación como miembros y pastores de las distintas iglesias sea el aparecido en un número de Pastoral Renewal. Aunque de ello hace ya casi diez años, lo dicho entonces está aún vigente. El artículo principal del número correspondiente a abril de 1981 de la mencionada revista se titulaba: «Christian Men and Homosexual Desires» (Los hombres cristianos y los deseos homosexuales), y una afirmación de este excelente artículo era referente a la posible dimensión demoníaca de las ataduras homosexuales, un tema que consideraremos posteriormente en nuestro estudio.

Es importante, decía el artículo, orar con el hombre [homosexual]. Y en particular por su liberación de la influencia de espíritus malos. Satanás está muy activo en este terreno. La liberación, por lo general, no produce un cambio en los deseos, pero ayuda al hombre que la experimenta a no ser dominado por ellos.

Ahora debemos dejar atrás la repulsa al Movimiento de Liberación Homosexual y volver con compasión a aquellos que luchan contra los deseos homosexuales o han caído en experiencias de ese tipo.

Aunque la iglesia se emociona con el testimonio de adúlteros, ladrones e incluso asesinos que se convierten a Cristo, cuando un homosexual sale a la luz a menudo la reacción no es la misma. Quiera Dios que aprendamos a amar a los homosexuales con el amor de Jesús: un amor comprensivo y compasivo dirigido a pecadores como todos nosotros.

Debo repetir que no todos los que han estado o están mezclados en la homosexualidad son necesariamente homosexuales. El Dr. John White destaca esto en su franca confesión acerca de sus propias experiencias homosexuales cuando era niño. La fijación homosexual que resultó de ellas le acompañó durante años; sin embargo, jamás fue homosexual, como tampoco lo son muchas personas que participan en esa clase de actividades durante la niñez o juventud.

Por lo general, dichas personas fueron introducidas a tales prácticas por adultos respetados o por amigos con los cuales experimentaban sexualmente. Con frecuencia esos individuos tienen temor de ser homosexuales o bisexuales cuando no lo son.

Hace poco mi esposa y yo aconsejamos a una joven encantadora que se preparaba para ir al campo misionero y sentía mucha inquietud acerca de una breve relación homosexual que había tenido hacía poco tiempo. La joven se encontraba trabajando en un puesto misionero de ultramar, y un descuidado administrador de la misión le había asignado una tarea de oficina que superaba su capacidad o su experiencia. Por lo tanto, ella trabajaba desde el alba hasta la caída de la noche, luchando fielmente por cumplir con sus responsabilidades. Pronto quedó física y emocionalmente exhausta, y empezó a sentirse sola y muy vulnerable.

Una mujer mayor de la misión que trabajaba con ella solía ir a su habitación durante las primeras horas de la noche, cabe suponer que para animarla en cuanto a su difícil tarea, y pronto aquella mujer empezó a tomarla de la mano y a abrazarla presumiblemente preocupada por su bienestar. Al principio la joven no sabía lo que sucedía, pero cuando los abrazos se volvieron cada vez más sensuales, intentó rechazar las proposiciones de la otra mujer.

Cierta noche estaba tan fatigada, confusa y emocionalmente alterada por su difícil labor que no resistió a las caricias de su acompañante. Antes de poder darse cuenta de lo que pasaba se encontró realizando un acto homosexual. Sabía que aquello estaba mal, pero una vez exitada sexualmente ya no hubo vuelta atrás. Tenía demasiada necesidad de amor tierno y cariñoso como para frenarlo.

Aquello continuó sucediendo cada noche durante algún tiempo, hasta que un día la joven partió de la base misionera para descansar y reflexionar. Con horror y vergüenza «volvió en sí», según sus propias palabras, y comprendió la perversidad de la relación en la que estaba involucrada según el punto de vista de Dios. Confesó su pecado y se arrepintió delante del Señor con lágrimas en los ojos y volvió a consagrar su vida, su cuerpo y todos sus miembros -incluyendo su sexualidad- al señorío de Cristo.

La vergüenza y el asco hacia sí misma la abrumaban, de modo que fue a ver a la otra mujer y le dijo que se mantuviera alejada de ella. Cuando se negó e insistió en continuar la relación, la joven no tuvo más remedio que acudir a uno de los líderes de la organización misionera, confesar su pecado y pedir protección de aquella agresiva mujer.

Esta última fue expulsada de la misión y la joven la abandonó por voluntad propia, pues no se sentía apta para seguir como misionera. Las cicatrices emocionales y la vergüenza continuaron haciéndola sufrir durante algún tiempo, hasta que el Señor se encontró con ella de una forma maravillosa y le aseguró que estaba perdonada.

Con el tiempo la joven solicitó el ingreso en otra misión como misionera a tiempo completo, y sintió que debía poner a sus jefes en antecedentes de su pecado y confiar en Dios para el futuro. Uno de los directores de la misión, que sabía de mi ministerio con personas atribuladas, me pidió que hablara con ella. Pedí permiso para que mi mujer fuera conmigo y me lo concedieron.

No fue difícil comprobar que la joven no era homosexual. En realidad se sentía atraída de una forma natural por los hombres y la repelía incluso el recuerdo de su breve relación homosexual. Se trataba de una encantadora cristiana llena del Espíritu y deseosa de agradar al Señor que, aunque oraba para que algún día Dios mandase a su vida a un hombre piadoso, había aceptado su celibato al momento. Como fuera, la joven había aprendido importantes lecciones gracias a su experiencia pasada.

Esto sucedió hace varios años y ahora progresa como misionera célibe. Forma parte de un sólido grupo de apoyo en el que algunas de sus necesidades de amor y amistad están satisfechas. El hecho de haber quedado atrapada en una breve relación homosexual con una mujer mayor agresiva no la convirtió en homosexual. Y lo mismo sucede con otras muchas personas que han caído en la misma trampa.

Si el lector compasivo quiere conocer aun con mayor profundidad la lucha que puede experimentar un cristiano homosexual hasta encontrar la restauración en Cristo, lea el sorprendente relato de Don Baker, publicado en 1985, Beyond Rejection: The Church, Homosexuality and Hope [Detrás del rechazo, la Iglesia: esperanza para la homosexualidad]. Para dar una idea más clara de lo que trata dicho libro, cito directamente de su prefacio:

«Los homosexuales no pueden cambiar».

Esta es una mentira que ha impregnado nuestra sociedad y que muchas iglesias aceptan como un hecho. Pero lo más trágico de todo es que muchos cristianos que luchan con la homosexualidad la han recibido también como algo real.

Sin embargo, el núcleo del evangelio es la esperanza de vida nueva para todos los que la buscan, incluso para los homosexuales. Esta es la historia de cómo un hombre consiguió adoptar esa nueva forma de vida.

Frank Worthen, director de Love in Action [Amor en acción] y autor de este prefacio, describe la historia que cuenta el libro como un relato de increíble desaliento y derrota, de una esposa amante aferrada a la esperanza, de amigos que se sacrifican y, finalmente, de «un hombre sacado de una enmarañada red de pecado por el poder y la gracia de Dios. Ojalá este libro -añade- sea un faro de esperanza para los miles de hombres y mujeres que han sido derrotados por la homosexualidad, pero que saben en su fuero interno que Jesucristo puede liberarlos».

Por desgracia, los instintos homosexuales se cuentan entre aquellos peor comprendidos y tolerados por la iglesia.

Ella tiene que amar a los menos queridos. Sin embargo, a los ojos de muchos creyentes, los homosexuales (y los que abusan de los niños) deben ser detestados. Esta actitud deleita a Satanás y a sus espíritus malos. Durante años éstos han dicho a las personas dañadas que luchan con problemas de homosexualidad que la iglesia los aborrece y no los recibirá. Su trabajo no es en absoluto difícil. Muchos cristianos se convierten en sus ingenuos aliados, al repetir como loros la mentira del diablo de que los homosexuales deben ser objeto de burla y de rechazo.

En octubre de 1962, la revista Eternity [Eternidad] publicó un artículo titulado «Homosexuality» [La homosexualidad], del Dr. Lars I. Granberg, Profesor de sic<%-1>ología y sicólogo clínico en Hope College. El tema era tan polémico que a los editores sólo les faltó pedir perdón por haberlo publicado.

Hace varios meses -escribieron- un joven cristiano nos mandó una carta donde hablaba de su problema de homosexualidad. Poco tiempo después, otro nos escribió sobre el mismo tema. Y más tarde todavía, un misionero que luchaba con este problema se dirigió también a nosotros.

Poco a poco nos fuimos dando cuenta que se trataba de un problema más extendido de lo que nosotros habíamos imaginado … Nos habíamos refrenado durante algún tiempo de abordar la cuestión, e incluso ahora somos conscientes de que se nos acusará de sensacionalismo o de crudeza al hacerlo. Sin embargo, el problema de la homosexualidad -incluso en círculos evangélicos- no puede negarse.

Aunque la receptividad de los creyentes y los líderes cristianos al tema de la homosexualidad ciertamente ha progresado bastante desde 1962, todavía nos queda mucho camino por andar. Como consecuencia de ello miles de homosexuales sin iglesia evitan nuestras congregaciones evangélicas como si fueran la peste y los creyentes con tendencias confusas a la homosexualidad permanecen encerrados en sus prisiones de culpabilidad e impotencia al no saber a dónde acudir en busca de ayuda.

Aunque sería inexacto afirmar, como han hecho algunos hermanos, que todos los homosexuales practicantes están endemoniados, la actividad demoníaca en el movimiento homosexual es muy fuerte. Muchos individuos homosexuales son afligidos por demonios y algunos gravemente, incluso entre los cristianos. Todos tienen una necesidad desesperada de encontrar esa libertad completa que es su herencia en Cristo. Quiera Dios que seamos fieles en cuanto a amarlos con el amor de Jesús, ganar su confianza y guiarles a Cristo, para después ayudarles a encontrar grupos de apoyo dentro de nuestras iglesias.

Anuncios
Categorías:Sin categoría
  1. 15 junio 2016 en 3:36 PM

    me urge ponerme en contacto con ustedes por favor escríbame. necesito hablarle, es un momento crucial en mi vida

  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: