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La realidad de una actuación deficiente

A los que asisten a uno de los seminarios de Bill Gothard sobre «Conflictos cristianos básicos» se les da una chapa que lleva impresa la extraña cadena de letras PBPWMGINTWMY, iniciales de la frase: Please Be Patient With Me. God Is Not Through With Me Yet [Por favor, tenga paciencia conmigo, Dios aún no ha terminado de trabajar en mi vida].

El apóstol Pablo era muy consciente de este problema en su propia vida, de modo que escribió a los filipenses:

No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús 3.12-14.

Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

La vida cristiana normal, como se describe en los capítulos anteriores y en todo el Nuevo testamento, no es común entre la mayoría de los cristianos. ¿Por qué?

Los creyentes siempre nos quedaremos cortos tratando de alcanzar el ideal bíblico hasta el día de nuestra glorificación en el reino de Dios. Lo utópico siempre debe considerarse así: el objetivo hacia el que nos movemos sin alcanzarlo jamás. En otras palabras, nunca ha de faltar el progreso: nuestra vida cristiana no debe jamás quedarse estancada. Necesitamos conocer mejor a Cristo, ser más semejantes a Él, amarle más, obedecerle de un modo más completo, andar más a plenitud en el Espíritu, haciendo morir todas las obras de la carne y cumpliendo con mayor entendimiento su Santa Palabra. En cierto sentido, este ideal resulta siempre inalcanzable en la vida presente.

En una ocasión Jesús expresó el ideal de la vida cristiana normal con estas palabras: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto». Este es nuestro propósito o ideal. De este lado de la gloria, jamás podremos decir: «Por fin he llegado a ser perfecto en mis relaciones con Dios (Mateo 19.21a) y con los hombres (Mateo 5.48). ¿Qué hay que hacer ahora?»

El ideal es la meta absoluta o el propósito hacia el que todos avanzamos. Debemos ser continuamente transformados a la imagen de Cristo, nos dice Pablo en Romanos (8.28-30). De este lado de «la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Romanos 8.18), en esta vida terrena, esa meta jamás será alcanzada a cabalidad. Siempre nos quedaremos cortos en lograr el propósito de Dios para nuestras vidas. De modo que, así como Dios es paciente con nosotros, debemos también serlo con nosotros mismos y unos con otros (Efesios 4.31-5.23; 1 Corintios 11.1; 1 Pedro 2.21; 1 Juan 2.6 con Juan 8.29; Santiago 1.2-4 con Hebreos 12.10-14).

Barreras De La Vida Cristiana Normal

Muchos cristianos, incluso líderes, dejan de alcanzar el ideal bíblico. ¿Por qué? Es posible que haya tantas razones distintas como cristianos que se empeñan en conseguirlo.

Considerar la salvación como un escape del juicio por el pecado

Tal vez muchos creyentes no interpreten totalmente la norma bíblica porque no están en verdad interesados en alcanzarla. Para aquellos que pertenecen a esta categoría, el enfoque de su encuentro con Cristo es a menudo el de su salvación personal de la culpabilidad y el castigo por los pecados. Aunque este énfasis armoniza con la Escritura cuando uno empieza a caminar con Dios, no es suficiente para una vida que pudiera llamarse «cristiana» en todo el sentido de la palabra.

La experiencia de uno de mis compañeros de instituto ilustra bien este caso. Cuando era un sincero católico romano con una profunda conciencia de Dios, tenía hambre por conocer al Señor de una forma personal, pero no lo encontraba en mi iglesia. Llevaba una vida muy moral y era conocido como uno de los «buenos chicos religiosos» del centro.

Las únicas iglesias protestantes de las que sabía algo eran las que llamábamos de los holy rollers (santos revolcones). ¡Y vaya si se revolcaban! Recuerdo una congregación que se reunía a algunas manzanas de mi casa. Cuando pasábamos cerca de ella durante los cultos de la noche, podía oír su «adoración» a la distancia.

Al principio aquello me divertía, pero más tarde llegué a sentir repulsa hacia su frenesí emocional. Me parecía misterioso, casi aterrador. Me alegraba de no pertenecer a aquel tipo de iglesia. De vez en cuando un grupo de amigos nos asomábamos por una de las ventanas para contemplar el espectáculo. El ruido era increíble. Hombres y mujeres gritaban y caían al suelo. Todo parecía una completa confusión.

Uno de mis compañeros de escuela era un simpático protestante «inconverso», como yo lo era católico romano. Él también llevaba una vida muy recta. Disfrutábamos de nuestra amistad, amábamos el aire libre, los deportes y las cosas buenas que los chicos hacían en la escuela sin verse envueltos en actividades «pecaminosas».

Cierto día oí que mi amigo había «sido salvo» en una reunión de los holy rollers.

John -le preguntamos un grupo de compañeros -hemos oído que «fuiste salvo» el domingo pasado. ¿Qué significa eso?

Bueno -respondió -el pastor predicó sobre el infierno y me dio tanto miedo que decidí no ir a aquel lugar si podía evitarlo. Dijo que si pasábamos al frente y confesábamos nuestros pecados «seríamos salvos». De modo que lo hice. No quiero ir al infierno.

-¿Qué más te dijo?

-Me explicó que ir al cine y a los bailes es pecado contestó -. Debo permanecer al margen de esas cosas o todavía podría acabar en el infierno.

Aquello fue demasiado para nosotros. Aunque comprendía lo del pecado y creía en el infierno, nunca había oído decir que el cine y los bailes fueran cosas pecaminosas y pudieran enviarte allí. Todos le dijimos que dejara la iglesia de los holy rollers y así lo hizo después de algún tiempo.

Según él mismo explicó, había pasado al frente para «ser salvo» «escapar del infierno».Evidentemente allí no se presentaba el amor y la belleza del plan de salvación de Dios; o por lo menos él no lo había comprendido.

¿Había encontrado en realidad al Señor? No lo sé. Tal vez fuimos nosotros la voz del maligno y a través de quienes la Palabra sembrada fue quitada de su corazón (Mateo 13.19). O quizá jamás le dieron la «palabra del reino» y no hubo en realidad una verdad firme que arrebatar de su vida.

Considerar la salvación como recibir a «Dios el siervo»

Otros que encajan en la categoría de creyentes que no desean de veras una vida totalmente agradable a Dios han abrazado el evangelio de «Dios el criado», como he decidido llamarlo. Se les ha dicho, de forma directa o indirecta, que si acuden a Cristo tendrán una vida agradable de allí en adelante. Todo irá bien. Dios se convertirá en su divino criado. Proveerá para todas sus necesidades. «Dios quiere que seas feliz», les dicen, «y está disponible para hacerte prosperar en la vida».

Si no les gusta su trabajo actual y quieren uno mejor, Dios se lo proporcionará. Si están enfermos, los sanará. Si necesitan un coche más nuevo y cómodo, no tienen más que pedirlo. Él posee «los millares de animales en los collados», les explican. «Él es tu Padre y compartirá contigo sus riquezas materiales».

Cuando tres años después de convertirme tomé la decisión de vivir a totalidad para el Señor, las cosas no me fueron demasiado bien. En realidad me sucedió exactamente lo contrario: mi madre renegó de mí como hijo, una especie de deber sagrado en aquellos días para los padres católicos cuyos hijos se hacían protestantes; fui directo a la escuela bíblica, pero con tan poco dinero que apenas tenía para hacer una comida diaria los fines de semana cuando se cerraba la cafetería del centro.

Mi novia rompió nuestro compromiso. Estaba convencido de que Dios me había llamado a las misiones, pero ella no quería estar casada con un misionero. Me dijo que tenía que elegir entre ella y la voluntad de Dios. La quería, sin embargo también deseaba obedecer a Dios. Por último escogí hacer lo segundo y el dolor acompañó a mi decisión.

Poco después me vi atacado de frente por demonios. Pensé que estaba volviéndome loco. El foco del ataque se hallaba en las palabras de un sacerdote católico, el cual me dijo que si abandonaba la Iglesia de Roma para hacerme misionero protestante estaba condenado al infierno. Cierta mañana me desperté con la sensación de una presencia maligna en mi dormitorio. Estaba atemorizado. Pensé que veía al diablo o a un demonio en mi habitación. «Vas a ir al infierno», me decía, «has dejado la verdadera iglesia de Jesucristo. Estás perdido».

El miedo me invadió. Sentía náuseas y temblaba de la cabeza a los pies. El terror palpitaba dentro de mí. Mi mente se volvió confusa e intenté asegurarme a mí mismo que se trataba de una mentira. Sabía que Jesús había dicho: «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida» (Juan 5.24).

El Espíritu Santo había utilizado aquel versículo tres años antes para traerme a la seguridad de la salvación como don de Dios mediante la fe en el Señor Jesucristo. Lo había significado todo para mí hasta entonces. Ahora no me decía nada. Eran sólo palabras; palabras sin el poder que antes tenían. ¡Estaba perdido! ¡No había esperanza para mí! ¡Me dirigía al infierno!

Oré. Mi compañero de cuarto, un creyente vigoroso, pidió por mí al Señor. Nada me ayudaba. Sentía que me deslizaba cada vez más en un pozo de oscuridad. Era un pozo de miedo, ansiedad y puro terror.

Aunque sabía que todo aquello procedía del diablo, eso no cambiaba las cosas. No podía resistirle. No podía encontrar la fe ni la fuerza necesarias para contraatacarle. Intenté utilizar «la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios», pero parecía como si la misma estuviera embotada y el Espíritu me hubiese abandonado.

Clamé a Dios, pero parecía no oír ni me contestaba. Se escondía de mí. Mi desesperación no comenzó una mañana temprano y terminó aquella misma noche, sino que continuó día tras día y noche tras noche durante una semana entera. Llegué a sentirme tan mal y tan asustado que apenas podía levantarme de la cama o asistir a mis clases. Estaba convencido de que iba camino al infierno. El terror me dominaba. Mi piadoso compañero de cuarto informó a los diversos grupos de oración que se reunían en la universidad y oraron fielmente por mí; pero nada ayudaba, en realidad las cosas se ponían peor.

Por la providencia de Dios, con el final de aquella semana llegó el día de oración semestral y, aunque la asistencia a las reuniones era obligatoria, no acudí. Tenía demasiado miedo. Sin embargo, más tarde, mientras estaba tumbado en la cama, sentí de repente el impulso de levantarme e ir a una de las salas donde los estudiantes varones estarían orando. Tenía la seguridad de que si Dios había de liberarme lo haría tal vez allí con ellos, en oración.

Al entrar en la sala todavía tenía miedo. Los hombres se levantaban de uno en uno y dirigían a los demás en oración. Jamás había orado hasta entonces en voz alta en una reunión pública; sin embargo, antes de que me diera cuenta de ello, estaba de pie orando con toda mi alma. Clamé sin reparos al Señor y le recordé que era su hijo. Le amaba, quería que llenara mi vida de su amor y su paz, y que me quitara todos mis temores. Le repetí sus promesas de vida eterna en su Hijo Jesucristo.

Seguí orando y orando, asustado pero decidido a ser libre de mis miedos. Cuanto más oraba, recordando a Dios sus promesas de vida y paz en su Hijo, tanto mayor se hacía mi convicción de que me estaba escuchando e iba a contestarme. Poco a poco la paz fue inundando mi alma y las tinieblas retrocedieron. Hasta que por último todo se volvió resplandeciente. Las tinieblas habían desaparecido por completo y supe que Dios me había oído y restaurado el gozo de mi salvación (Salmo 51.12).

Dios el proveedor soberano

Algún tiempo después de aquella terrible experiencia, escuchaba a un evangelista rogar a la gente que se entregara Cristo, su mensaje era lo que ahora llamo un sermón de «Dios el criado». Uno de mis amigos que estaba conmigo lo calificó de teología del «capullo de rosa»: Ven a Cristo y la vida será para ti un lecho de rosas. Recuerdo haber comentado entonces: «El único problema es que las rosas tienen espinas». Esto no quiere decir que Dios no sea el proveedor. Uno de sus nombres es Jehová Jireh, que significa: «el Señor es nuestro proveedor» o «el Señor proveerá». Es nuestro ayudador, libertador, sanador. Pero es Dios, no nuestro criado. En su sabiduría y soberanía, no siempre provee como esperamos; ni ayuda del modo que creemos que debería hacerlo; ni nos libera como suponemos que ocurra; ni sana de la manera que deseamos.

En Hebreos 11.4-35a leemos el relato de aquellos que recibieron provisión, fueron ayudados, liberados, sanados e incluso resucitados de los muertos. Estas son las «buenas nuevas» desde un punto de vista humano. Las «malas nuevas» según esa misma perspectiva aparecen en los versículos 35b-40. Allí se habla de los que no recibieron provisión, no fueron ayudados, liberados ni sanados. Y las palabras que separan a los dos grupos las tenemos en el versículo 35b: «Mas otros fueron[ … ]»

Las barreras de la ignorancia, las malas decisiones y la ceguera

La tercera observación acerca de por qué tantos creyentes no viven la vida cristiana normal es bastante distinta. Muchos están en verdad interesados en hacerlo, pero se enfrentan con problemas en su propia vida que los desconciertan y confunden. Millones de cristianos quieren seguir a Cristo de todo corazón. Lo aman de verdad y desean obedecerle. Sin embargo parecen obstaculizados en su vida cristiana y no saben por qué. No tiene nada que ver con la sinceridad, estos creyentes no podrían ser más sinceros.

Hace poco tuve el privilegio de participar en un estudio bíblico para líderes cristianos dirigido por Bill Lawrence, profesor adjunto de Estudios pastorales del Seminario Teológico de Dallas, hablaba de la «capacidad e incapacidad en la vida cristiana». Su mensaje era en parte autobiográfico y relataba sus luchas para aprender a vivir la vida cristiana normal.

«Traté durante muchos años de practicar la vida cristiana», explicaba Bill. «Leía en la Palabra de Dios que hemos de ser obedientes e intentaba serlo. Observaba que había que tener fe y trataba de tenerla. Descubría que debíamos someternos al señorío de Cristo e intentaba someterme. Me enseñaron que lo único que necesitaba era aprender sus mandamientos en la Biblia y decidir ponerlos en práctica, y que sería capaz de hacerlo. Lo intenté pero fui incapaz de lograrlo.

»¿Qué resultó de todo aquello? Un enorme encubrimiento. Como no quería que la gente me conociera, edificaba muros alrededor de mí para mantener a los demás alejados. Me esforzaba en dar la impresión de que era un cristiano victorioso (especialmente como pastor) e intentaba demostrar a todo el mundo el gran valor que tenía para Dios. No sabía que el Señor me estaba preparando para que pudiera fracasar».

Al utilizar el relato de la alimentación de los cinco mil que hace Lucas 9.12-17, Bill desarrolló su tema para mostrar cómo todo aquel incidente fue «preparado» por Jesús para enseñar a sus discípulos su incapacidad y la capacidad del propio Señor para hacer de ellos lo que deseaba que fuesen.

«Somos como jugadores de waterpolo», expresó Bill. «Vivimos casi siempre en la parte honda de la piscina sin que se nos permitan “tiempos muertos”. Debemos aprender que nunca somos capaces de alimentar a las multitudes.

»Se nos adjudica una responsabilidad imposible de llevar, con recursos totalmente inadecuados para enfrentarnos a problemas abrumadores y todo ello en el contexto de la guerra espiritual. De modo que nuestro ministerio es siempre sobrenatural.

»En nuestras vidas, Jesús sigue el principio del “bendecir y partir” como hizo con los panes y los peces (Lucas 9.16). Primero se les dijo a los discípulos que hicieran lo que pudieran con los recursos que tenían (vv. 13b-15). Y cuando obedecieron, Jesús tomó aquello con lo que contaban y lo bendijo (v. 16a).

»Él tomará los dones y la experiencia que ya tenemos y los bendecirá. Debemos bendecirle por lo que nos ha dado, continuó Bill. Y luego nos amonestó. No juguéis al juego de las comparaciones. No digáis: “Cómo me gustaría ser alguien distinto”; ni tampoco: “Quisiera tener lo que otros tienen”. Eso no es más que una crisis de identidad. Dios nos ha hecho a cada uno un hombre nuevo en Cristo y Él obrará a través de cada uno.

»Tenemos tres cosas: aptitudes, limitaciones y defectos. Él bendecirá y multiplicará los dones y las experiencias que nos ha dado. Estas son nuestras aptitudes. Dios nos ha dado también limitaciones, las cuales ha definido de manera soberana. El conocer mis limitaciones es tan importante como saber cuáles son mis aptitudes. Mis defectos son las debilidades de la carne y constituyen aquellas áreas de mi vida en las que necesito crecer».

Me interesó mucho su referencia a los defectos, ya que estaba trabajando en este capítulo cuando asistí al estudio bíblico. Al preguntar a Bill sobre el origen de ellos, respondió que hay tres fuentes de defectos: la ignorancia, las malas decisiones y la ceguera.

A menudo los creyentes no saben quiénes son en Cristo.Cuando descubrimos nuestra identidad en el Señor, empezamos a confiar verdaderamente en Él y tenemos libertad para correr riesgos por Él, e incluso para caer y aprender de nuestros fallos.

Decidir mal es desobedecer de manera intencional a la Palabra de Dios.

Por último, la ceguera consiste en no reconocer nuestras propias debilidades. Mucho de esto procede de la manera en que hemos sido educados, tanto en nuestros hogares como en nuestras iglesias. No somos capaces de reconocer la realidad del pecado que hay en nuestra vida; es decir, lo echados a perder que estamos realmente. Construimos nuestra vida sobre fundamentos defectuosos.

Hablando de la forma de salir de nuestra ceguera, Bill sugería tres cosas:

La primera es que debemos andar en el Espíritu de Dios. La segunda, que hemos de abrir la Palabra de Dios. Y la tercera, que necesitamos ser receptivos a la ayuda y la amonestación de los demás.

Como afirmaba Bill Lawrence, en la mayor parte de la enseñanza acerca de la vida cristiana normal se presenta con fuerza el ideal: escuchamos sobre la clase de vida que debemos vivir y se nos dice que hemos de someternos al señorío de Cristo y esforzarnos por seguir el modelo bíblico.

Sin embargo, el problema es el siguiente: La vida cristiana normal consiste en algo más que resolución humana o actitudes correctas; es incluso más que un asunto de sumisión a Dios y al señorío de Cristo. El elemento que se omite en muchas de las enseñanzas sobre la vida cristiana normal es toda la dimensión bíblica de la guerra espiritual. Y parte de ella incluye un tratamiento realista de las dificultades que plantea la vida cotidiana.

Resista Las Heridas De La Batalla

La vida cristiana está llena de aparentes contradicciones. Se nos dice que la manera de descansar en Dios es estar sometidos por entero a su voluntad (Romanos 12.1 y 2). Sin embargo, el creyente que lo hace, descubre de inmediato que se halla en una guerra. Es asediado, resistido, afligido, atormentado, zancadilleado, saboteado y, con demasiada frecuencia, derrotado, desde dentro, desde fuera y desde arriba.

Cuando esto nos sucede durante un largo período, aunque se nos diga que no nos cansemos de hacer bien (Gálatas 6.9), lo cierto es que nos cansamos. Caemos en el desánimo, comenzamos a sufrir la fatiga de la lucha, nos volvemos críticos, amargados e incluso cínicos y muy a menudo pecamos deliberadamente.

Cómo tratar con el fracaso

El práctico artículo de Peter E. Gilquist titulado «Spiritual Warfare: Bearing the Bruises of the Battle» [Guerra espiritual: cómo soportar los golpes de la batalla], toca esta área.En dicho artículo, Gilquist comenta: «La vida cristiana fructífera debe llevar incorporada una cierta expectativa de fracaso».

Nuestro orgullo dice: «Otros fallan, es cierto[ … ]¡pero yo no!» Sin embargo, la verdad y la realidad reconocen:

«Sí, incluso yo». Somos demasiado orgullosos para admitir o aceptar cualquier fracaso en nuestra vida personal, nuestra familia o ministerio.

Hace varios años participaba en un retiro de hombres dando las sesiones de enseñanza con otro buen amigo mío. En el transcurso de su clase sobre la familia, utilizó la ilustración de una hija suya adolescente y dijo: «Si ha habido alguna vez una hija perfecta, esa es mi Mary». Sus palabras me atravesaron como un cuchillo. Había sufrido durante varias semanas al tratar de aconsejar a uno de mis hijos, adolescente también, quien aunque era un buen muchacho estaba muy lejos de la perfección. Sentí que sus luchas repercutían en mí como padre y dirigente cristiano. El sentimiento de culpabilidad por descuidar a mi hijo a causa del programa tan irregular que llevaba hizo que me retorciera.

También estaba preocupado por otro amigo íntimo mío que asistía a la conferencia. Él y su esposa eran dos de los padres cristianos más cariñosos, bondadosos, piadosos y consecuentes que jamás había conocido. Su hija se graduó en la universidad, se casó y tenía un hogar cristiano ideal. El chico, sin embargo, se había metido en líos cuando era estudiante universitario y fue de tragedia en tragedia. En aquel momento estaba viviendo cualquier cosa menos una vida cristiana victoriosa: era alcohólico.

¿Cuál sería el sentimiento de aquel hermano al escuchar a mi compañero de ministerio hablar de su «perfecta» hija? No podía soportar preguntárselo.

Nuestras iglesias están llenas de personas heridas. Muchas de ellas, como el amigo al que acabo de referirme, son padres con el corazón partido, que han visto a uno o más de sus hijos apartarse del Señor, de la iglesia e incluso de una vida moral estable, bien en la juventud o bien más tarde siendo ya adultos. Cada vez que otro da testimonio acerca de cómo todos sus hijos andan con el Señor citan Proverbios 22.6: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él», mueren un poco más por dentro. Su sentimiento de fracaso se hace casi insoportable.

«¿Qué hemos hecho mal?», se preguntan. «Hemos debido fallar como padres. Seguramente hay pecado en nuestras vidas. ¿Por qué vale esa promesa para todo el mundo menos para nosotros?»

A menudo, estas personas heridas sienten tanta vergüenza que no se atreven a hablar con nadie de su problema. Piensan que son las únicas que sufren tal sentimiento de culpabilidad y de fracaso. Si tan sólo conocieran la verdad, descubrirían que no están solas en su angustia.

Pocas veces, si es que alguna, se preguntan los hermanos que alardean de su éxito como padres reivindicando este versículo, quién fue el que lo escribió. Fue Salomón. ¿Y qué sucedió cuando el mismo Salomón se hizo «viejo»? La Biblia nos lo dice en términos inequívocos:

Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón, y a las heteas[ … ] Y cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de su padre David (1 Reyes 11.1, 4).

El que Salomón se apartara de Dios y de una vida moral ¿fue culpa de su padre David o de Betsabé su madre? Aunque ellos tuvieron su propia culpa delante del Señor, Él jamás señaló a sus fallos como los causantes del fracaso de Salomón. El único culpable fue el propio Salomón (y el diablo), y sólo él recibió el castigo por sus pecados.

El Señor siempre presenta a David como el hombre de Dios y el gobernante piadoso ideal. Recuerde que 1 Reyes 15.5 declara: «David había hecho lo recto ante los ojos de Jehová, y de ninguna cosa que le mandase se había apartado en todos los días de su vida, salvo en lo tocante a Urías heteo».

Sin embargo, el pecado de Salomón, el extraordinario hijo de David, el hombre escogido por Dios mismo para sentarse en el trono de su padre, aquel a quien el Señor «se le había aparecido dos veces» (1 Reyes 11.9), tuvo consecuencias tan devastadoras para Israel que sería difícil exagerar sus efectos.

Perspectiva de la responsabilidad de los padres

Además, si la piedad y la consecuencia de los padres se mide principalmente por el tipo de vida que llevan sus hijos, Dios mismo es el más fracasado de todos los padres, ya que Adán era su hijo (Lucas 3.38) y sin embargo se rebeló contra Él arrastrando consigo hasta el borde mismo del infierno a toda la raza humana.

Dios más tarde llamó hijo a Israel (Oseas 11.1). Lea los lamentos del Padre Dios acerca del descarrío de sus vástagos rebeldes (vv. 2-12); lamentos que me recuerdan a otro posterior que habría de proferir por Israel en Isaías 1.2-4:

Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento. ¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás.

Creo que Proverbios 22.6 es la expresión de un principio general. Cuando enseñamos a nuestros hijos el camino en que deben andar, puede que tengan sus altibajos, pero generalmente volverán a los caminos del Señor. Esto es lo que ha sucedido con mis cuatro hijos, incluyendo al que antes mencioné, pero no siempre ocurre así.

Cuando hijos criados en un hogar cristiano piadoso y feliz se rebelan y se apartan del Señor, Proverbios 22.6 no es el versículo que necesitan sus angustiados padres, sino más bien otros de aliento, promesas que puedan reclamar, ejemplos que puedan seguir. Yo mismo he seguido la práctica de Job (Job 1.4-5). Reclamo promesas para mis hijos y nietos como Isaías 43.25; 44.3-5, 21-23; 55.2 y 3; 59.21 y otras parecidas. Cada persona puede hacer su propia lista de promesas cuando Dios le habla al corazón por su Espíritu.

En el caso de aquellos cuyos hijos u otros seres queridos han muerto ya, en aparente rebeldía contra el Señor, es posible descansar en Génesis 18.25b: «El juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?»

Hay que mencionar aún otra dimensión en lo referente a las heridas de la batalla. Un número cada vez mayor de hogares cristianos, antes modelos, están siendo sacudidos; algunos son destruidos por la infidelidad, el divorcio, el incesto y otras formas de abuso infantil. ¿Hacia quiénes se volverán los inocentes en busca de ayuda? ¿A quiénes acudirán los culpables cuando se arrepientan y regresen al Señor? ¿Podrán encontrar su sitio entre todos esos «cristianos con éxito» que esconden su propia pecaminosidad y sus fracasos?

Gilquist escribe: «Quiera el Señor darnos victoria sobre la creencia de que tenemos que ser siempre victoriosos». A la larga ganaremos la guerra, pero no venceremos en cada batalla. Si no fuese así, entonces la guerra no sería una verdadera guerra. Pero lo es. Aunque su ferocidad no sea siempre constante, mientras estemos en este «cuerpo de pecado» la guerra jamás terminará. A los creyentes deben enseñárseles las tácticas de la guerra espiritual tan pronto como entran a formar parte de la familia de Dios.

La Guerra Espiritual En La Santificación Del Creyente

El último punto importante que quiero tratar en este capítulo resulta difícil destacarlo demasiado. Para el inconverso, la guerra espiritual es un asunto de salvación. El dios de este siglo ciega el entendimiento de todos los incrédulos «para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4.4).

Sin embargo, no sucede lo mismo con el creyente: para el hijo de Dios la batalla espiritual no tiene que ver con la salvación, sino con la santificación.

La salvación del creyente es segura

Nuestra salvación ya ha sido asegurada por la gracia de Dios y la sangre de la cruz. La salvación del creyente tiene su origen, exclusivamente, en la soberana actuación de la gracia divina en la cual se entra sólo por la fe (Efesios 1.3-14; 2.1-22). Cuando se trata de esta salvación, el énfasis de la Biblia recae sobre:

1. La elección soberana de Dios (Efesios 1.3-12; 2.10).Sea cual fuere nuestra forma de definir esa elección, somos los escogidos de Dios y punto.

2. La gracia de Dios (Efesios 1.6 y 7; 2.5-9).

3. El amor de Dios (Efesios 1.4-5; 2.4).

4. La misericordia de Dios (Efesios 1.5, 9; 2.4).

5. La muerte sustituta, propiciatoria y redentora del Señor Jesucristo por nuestros pecados; es decir, su sangre preciosa vertida en la cruz por nosotros (Hechos 20.28; Romanos 3.23-25a; 5.9).

6. El ministerio regenerador de su Santo Espíritu; es decir, el nuevo nacimiento producido por el Espíritu de Dios que mora en nosotros (Juan 3.3-8; Romanos 8.1-4, 9, 15).

7. El ministerio intercesor del Espíritu de Dios dentro de nosotros y el de su Hijo glorificado a la diestra del Padre por nosotros (Romanos 8.26 y 27; 8.34; Hebreos 7.25; 9.24).

De ahí la firme nota de seguridad de salvación, redención, vida eterna, «la vida del siglo venidero» en el Nuevo Testamento. Ella es proporcionada a cada creyente sin considerar su madurez o inmadurez en Cristo (Efesios 1.4-8a, 13-14; Filipenses 1.6).

El amargo fruto de la inseguridad de la salvación

El no entrar en el reposo que constituye la seguridad de la salvación conduce al desastre en la vida del cristiano. El escritor de Hebreos daba tanta importancia a esto que escribió: «Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno. Y esto haremos, si Dios en verdad lo permite» (Hebreos 6.1-3).

En una ocasión estaba dando unos estudios sobre la guerra espiritual en una iglesia grande de una de las principales ciudades de Estados Unidos. Los cultos del domingo eran televisados y un teléfono de consulta funcionaba durante y después de cada uno de ellos. Entre las llamadas hubo una de la esposa de un antiguo pastor. Aquella señora y su marido buscaban con desesperación ayuda y preguntaban si podía aconsejarles. Aunque se había anunciado que no estaría disponible para consultas, puesto que se trataba de un caso de líderes cristianos necesitados y yo iba a estar en el área durante varios días, accedí a verlos.

Me hice acompañar por algunos laicos maduros de la iglesia, a fin de que la pareja pudiera recibir más consejo cuando lo necesitase; así que me encontré con ellos. La mujer procedía de una familia con problemas. Había crecido con una mala imagen de sí misma convirtiéndose en una perfeccionista: trató siempre de descollar, pero sin lograr jamás sus expectativas. Tenía graves problemas sexuales. Amaba a su marido y le era fiel, pero nunca estaba satisfecha con sus relaciones íntimas. Tomó la iniciativa de guiar a su esposo a prácticas sexuales inmorales y él, que la quería mucho, aceptó cualquier cosa que ella sugiriera. Sin embargo, nada de aquello resultaba. Su sentido de indignidad y culpabilidad no hacía sino aumentar.

Tampoco podía la mujer encontrar reposo en su relación con Dios. Parecía que nada de lo que hacía le agradaba a Él. Pensaba que el Señor estaba siempre airado con ella y que jamás la aceptaba; a pesar de buscar constantemente formas de complacerle. Como resultado de esto, empezaron a ir de iglesia en iglesia en busca de algún tipo de experiencia espiritual que pudiera satisfacer su anhelo interior.

Por último, encontraron una congregación que parecía estar a la altura de sus necesidades. La mujer tuvo allí una experiencia dramática con el Espíritu Santo, la cual le dijeron que transformaría su vida y le daría paz personal y poder a fin de vivir para Dios. Y hasta cierto punto así fue … durante algún tiempo.

Por desgracia, aquella congregación hacía mucho énfasis en la «culpabilidad», la «indignidad» y tenía un concepto de la vida cristiana de «yo soy gusano, y no hombre» (Salmo 22.6). La revelación de pecados era algo central en su mensaje y se recordaba continuamente a los creyentes su pecaminosidad e indignidad. Cuando confesaban sus faltas tenían que recibir de nuevo a Cristo, ya que el pecado los había separado de Dios. La última parte de cada culto dominical estaba dedicada a animar a los creyentes a arrepentirse de sus pecados y a volver al Señor. A aquellos que lo hacían se les pedía que dieran testimonio público de cómo Dios estaba actuando en sus vidas. Esos testimonios siempre parecían centrarse en la pérdida de la salvación a causa del pecado y en el renacimiento espiritual cuando era confesado, abandonado, y Cristo nuevamente recibido.

La perturbada mujer siempre había forcejeado con la seguridad de la salvación y el escuchar aquellos testimonios no hacía sino aumentar sus sentimientos de culpa e indignidad. Perdió la poca certeza de salvación que tenía de modo que cuando fue a buscar consejo, sus líderes no pudieron ayudarla. Cayó en la desesperación y su marido también, ya que no sabía qué hacer por ella.

La guerra espiritual y la restauración del alma

Cuando escuchaban el mensaje televisado aquel domingo por la mañana, se abrió para ellos una dimensión totalmente nueva de la vida cristiana. Aunque siempre habían creído en Satanás y en los demonios, tenían poca percepción práctica de la guerra espiritual. Se preguntaron si el campo sobrenatural maligno tendría algo que ver con los problemas de la mujer y solicitaron una reunión conmigo.

Las dificultades a que se enfrentaba ella no eran necesariamente demoníacas. Quizás en la mayoría de los casos como ese, si es que hay demonios, no constituyen el principal problema, ni al expulsarlos se cura forzosamente la aflicción. En estecaso, sin embargo, existía una actividad demoníaca directa en por lo menos tres áreas de la vida de la mujer: su deficiente auto imagen de sí misma, que había comenzado cuando no era más que una niña y se criaba en un hogar con problemas; su incapacidad para descansar en la promesa de salvación de Dios; y sus problemas sexuales.

El consejo espiritual que había recibido anteriormente resultó ineficaz por varias razones: el consejero no estaba lo bastante preparado para ayudar en casos complicados como el suyo; las sesiones de consejo no duraron lo suficiente, después de unas pocas veces la mujer se había desanimado y no había vuelto más; y por último, no se había considerado la dimensión demoníaca del asunto. Nadie sospechaba que los demonios tuvieran nada que ver directa o indirectamente con su problema.

Sus problemas se intensificaron tanto que no pudo seguir comportándose de manera satisfactoria, ni como persona ni como cristiana, al punto que perdió su seguridad de salvación. Aunque durante años había luchado con el asunto, siempre lograba reunir la suficiente fe para continuar su vida como creyente. Sin embargo, la cultura eclesiástica a la que se había cambiado recientemente sólo había servido para hacer más crítica su situación.

Mientras la aconsejábamos, salieron a la luz muchos aspectos de sus heridas tempranas y su dañada vida sexual empezó a hacerse patente. Fue en ese momento cuando apareció el primer contingente de demonios, los cuales la abandonaron de uno en uno o por grupos sin mucha dificultad. A pesar de su vida cristiana de altibajos, la mujer amaba de veras al Señor y tenía un gran deseo de andar en santidad y restauración.

El relato de su pérdida de la seguridad de salvación no tardó mucho en pasar a primer plano. La mayor parte de nuestros consejos se dirigieron entonces a ayudarla a comprender quién era ella en Cristo, y después de contribuir a liberarla de la opresión demoníaca y de muchas horas de orientación, ella y su marido se fueron con un sentimiento de seguridad y varias directrices nuestras sobre cómo obtener más consejo.

Para experimentar la victoria en el terreno de la guerra espiritual, el creyente debe descansar en el hecho de que su salvación depende totalmente de Dios. La parte que le corresponde hacer a él es arrepentirse de sus pecados y poner su fe en el Señor Jesucristo como Salvador y Señor (Hechos 20.21). La persona que ejerce tal fe está segura en Cristo, ya sea un cristiano fuerte o débil.

La guerra espiritual se libra en base a la seguridad de la salvación

La guerra espiritual en el caso de los creyentes pertenece sólo al ámbito de la santificación y de ninguna manera al de la salvación. Antes de conocer a Cristo, este es un asunto de salvación; después de ello, se convierte en una cuestión de perfeccionamiento. Satanás sabe que no puede llevarnos consigo al infierno una vez que hemos creído en Jesús, sin embargo trata de perturbar nuestra vida cristiana de tal modo que no vivamos como verdaderos hijos de Dios.

En cierta ocasión estaba ministrando a un cristiano afligido por demonios, los cuales le habían dicho que no era un verdadero creyente, que Dios le había abandonado y que iba a ir al infierno. Mientras trataba de ayudarle a que se aceptara a sí mismo en Cristo como hijo redimido de Dios, una voz demoníaca me gritó a través de sus labios: «Él no es cristiano, nos pertenece a nosotros. No irá al cielo, vendrá con nosotros al infierno. Déjalo en paz, es nuestro».

Le impedí que mintiera más y decidí dejarle hablar en voz alta sólo el tiempo necesario para obligarle a decir la verdad para el beneficio de algunos de los confundidos creyentes que se encontraban conmigo en la reunión. En pocos minutos, el demonio confesó que estaba mintiendo y vale la pena considerar algunas de las cosas que dijo.

-¿Es un verdadero creyente? -le pregunté.

-Sí», contestó el demonio-. Ama a tu Jesús igual que tú.

-¿Por qué le has mentido acerca de su salvación? -inquirí.

-Nosotros somos mentirosos. No queríamos que supiera que de veras es creyente; de ese modo podíamos estropear su vida.

-No puedes llevártelo al infierno como le has dicho. Él ha sido limpiado de todo pecado por la sangre de Cristo y su destino es el cielo, ¿verdad? -¡Sí, sí, lo sabemos! ¡Lo sabemos! -replicó el espíritu malo. -Sabemos que va a ir al cielo. Sabemos que no podemos llevárnoslo al infierno, pero queremos que su vida sea un infierno en la tierra.

De ahí la importancia de la seguridad de nuestra salvación eterna. Debemos comprender de una vez por todas que:

1. Un cristiano sigue siendo cristiano aunque esté luchando con un grave problema de pecado en su vida (1 Corintios 5.1-5; 11.30-32; 1 Juan 2.1 y 2);

2. Un cristiano sigue siendo cristiano aunque esté luchando con un grave problema mundano en su vida (2 Timoteo 4.10); y

3. Un cristiano sigue siendo cristiano aunque esté luchando con un grave problema de demonios en su vida (Hechos 5.1-10; 1 Timoteo 5.9-15).

Un creyente afligido me escribió en cierta ocasión: «Soy un evangélico conservador que ha comprendido que tiene problemas de demonios. He expresado dichos problemas a algunos de mis hermanos en la fe, los cuales han cortado la comunión conmigo. Afirman que los cristianos no pueden tener demonios; por lo tanto no debo ser cristiano. Tenían verdadero temor de mí. El rechazo me resultó muy doloroso, pero ahora sé que en parte fue debido a la influencia de Satanás».

El negar que los verdaderos creyentes puedan tener graves problemas demoníacos es susceptible de afectar de forma devastadora a los cristianos afligidos. Cualquier doctrina que socave la fe y la seguridad de la salvación de los creyentes nacidos de nuevo debe ser rechazada. Y vuelvo a repetir: Un cristiano sigue siendo cristiano aunque esté luchando con un grave problema de demonios en su vida.

Un creyente puede andar en el Espíritu en muchas áreas de su vida y al mismo tiempo ser derrotado en una o varias de ellas. Esa era la situación de muchos de los cristianos de Corinto y Filipos en los días de Pablo, según las propias palabras del apóstol (1 Corintios 1.4-13; 3.1-4; Filipenses 1.12-18; 2.19-21).

Cualquier pastor o consejero cristiano que realice una labor un poco seria de orientación sabe que esto es verdad. La última cosa que uno debe hacer con los creyentes débiles es poner en tela de juicio su salvación en Cristo. Sólo basándose en su relación con el Señor hay esperanza de victoria para ellos sobre los espíritus malos que los atormentan.

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