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La vida cristiana normal

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Abundante y victoriosa

Juan 10, Romanos 6-7

Para comprender las dimensiones de la guerra espiritual debemos primero descubrir lo que vino a hacer Cristo en nuestra vida. Ya nos hemos referido a la salvación y al plan de redención de Dios en la historia. También hemos mencionado la justificación de nuestros pecados y la regeneración para novedad de vida.

Cuando hablamos de la vida cristiana nos movemos en el área de la santificación. Este término procede de la palabra griega hagiasmós, utilizada muy corrientemente en el Nuevo Testamento. Vine dice que se refiere a una vida de separación para Dios y a la vida santa que resulta de dicha separación.

[Es en] esa relación con Dios en la que entran los hombres por la fe en Cristo, Hechos 26.18; 1 Corintios 6.11, y a la que sólo tienen derecho por la muerte de Jesús, Efesios 5.25-26; Colosenses 1.22; Hebreos 10.10, 29; 13.12.

El término santificación también se utiliza en el Nuevo Testamento para hablar de la separación del creyente de las cosas malas y los malos caminos. La santificación es la voluntad de Dios para él, 1 Tesalonicenses 4.3, y su propósito al llamarle mediante el evangelio, versículo 7, debe aprenderse de Dios, versículo 4, como la enseña en su palabra, Juan 17.17, 19; cf. Salmos 17.4; 119.9, y debe ser buscada por el cristiano de un modo ferviente y constante, 1 Timoteo 2.15; Hebreos 12.14.

[ … ] El carácter santo, hagiosyne, 1 Tesalonicenses 3.13, no es vicario; es decir, no puede transferirse ni imputarse. Es una posesión individual, conseguida poco a poco como resultado de la obediencia a la Palabra de Dios y de seguir el ejemplo de Cristo, Mateo 11.29; Juan 13.15; Efesios 4.20; Filipenses 2.5; en el poder del Espíritu Santo, Romanos 8.13; Efesios 3.16.

A esta vida santificada la llamo vida cristiana normal. Dios quiere que tengamos una vida santa y el enemigo se opone a nuestros esfuerzos por obedecer. Así que la vida cristiana normal se practica en el contexto de una guerra espiritual continua.

Entre las muchas características de la vida cristiana, he escogido dos: una mencionada por Jesús y la otra por el apóstol Pablo. Tal vez juntas abarquen todas las demás dimensiones generales de la vida cristiana normal. Ellas son: vida abundante y vida victoriosa.

En Juan 10.1-18, Jesús se presenta a sí mismo como el Buen Pastor y en el versículo 10b afirma, de forma escueta, el propósito de su encarnación: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia».

La vida abundante

Una de las consecuencias de esta vida abundante en Cristo Jesús es que nosotros, sus ovejas, andamos ahora en la luz. Con frecuencia cantamos: «Antes era ciego, mas ahora veo. La luz del mundo es Jesús». Y al hacerlo testificamos de que antes de la venida de Cristo buscábamos la vida pero no la encontrábamos. Llevábamos una lucha ficticia por «autorealizarnos» y por conseguir una aparente felicidad; pero en realidad vivíamos y caminábamos en tinieblas, aunque las llamáramos luz. Eso es lo que quiso decir Jesús cuando expresó: «Si la luz que hay en ti es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?» (Mateo 6.23).

Las tinieblas en las que andábamos tenían un origen doble: humano, la dureza del corazón del hombre (1 Corintios 3.19; Efesios 4.17-19), y sobrenatural (2 Corintios 4.3-4).

Ya fuera que nos sintiéramos desdichados o felices, preferíamos nuestra desventura o nuestra felicidad antes que a Dios. Como me dijo un joven en cierta ocasión: «Sé que no vivo como Dios quiere, pero, francamente, resulta divertido. El mundo tiene mucha atracción para mí». Este es el origen natural y humano de las tinieblas.

Luego está el origen sobrenatural: la obra de enceguecimiento mental del «dios de este siglo», Satanás (2 Corintios 4.3-4). Pablo no se anda con remilgos en su gráfica descripción de las operaciones del diablo en la mente y la vida de los incrédulos. Añádale a esto Efesios 2.1-3 y el cuadro se hace aún más oscuro. Satanás no quiere que los hombres vean «la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios».

En una ocasión intentaba guiar a Cristo a cierto hombre, sobre el que sospechaba que estaba endemoniado, cuando de repente se manifestó un demonio furioso protestando por mis esfuerzos para llevar a su víctima a la fe.

«¡Cállate!», me gritó. «No le digas eso. Es mío; me pertenece. No dejaré que crea en tu Jesús. Le estoy impidiendo que comprenda tu presunto evangelio. Te odio».

Silencié al demonio y no lo dejé que interfiriera en el derecho de aquel hombre a aceptar o rechazar a Cristo. Aunque el individuo en cuestión no estaba del todo consciente de lo que ocurría en su vida, sabía que una personalidad extraña había tomado control parcial de su mente y sus cuerdas vocales. Eso lo asustó tanto que se entregó a Jesús con toda su alma. Durante varios meses ese demonio y otros muchos fueron expulsados del hombre, que había estado involucrado en brujería y se hallaba gravemente endemoniado.

En contraste con su salvación inmediata, su liberación total no fue ni instantánea ni automática. Una cosa es la salvación y otra la santificación, ésta puede incluir el ser liberado de las ataduras de poderes demoníacos. Aquel hombre se salvó de forma instantánea, pero liberado de manera progresiva. Ambas cosas pueden ocurrir a menudo al mismo tiempo, pero no siempre.

Volvamos a nuestra experiencia como inconversos. Cierto día milagroso la gracia soberana y salvadora de Dios apartó las tinieblas y «por su gran amor con que nos amó[ … ] nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)» (Efesios 2.4-5).

Las escamas cayeron de nuestros ojos (Hecho 9.18) y vimos lo que nunca antes habíamos podido entender: el «tesoro» que es Jesucristo mismo (2 Corintios 4.5-11). Entonces, como el ciego del relato bíblico, exclamamos: «Habiendo sido ciego, ahora veo» (Juan 9.25).

Aunque todos hemos tenido nuestros altibajos espirituales desde el día en que Dios nos abrió los ojos, nunca hemos vuelto a ser los mismos. Ya no vivimos en tinieblas, sino en la luz de su presencia. Este es el testimonio universal de los que amamos a Dios con sinceridad (¿Y no es cierto que le amamos de veras?) Con este telón de fondo, consideremos ahora una de las más profundas descripciones que hace Jesús de la vida cristiana normal.

Yo he venido para que tengan vida

«Vida» es una de las palabras características del apóstol Juan, quien la usa de dos formas distintas en su Evangelio. La primera para referirse a todo tipo de vida como la conocemos en el universo (Juan 1.3-5). Esa vida tiene su origen en el Señor Jesús. Juan dice que «sin Él [Jesús, el Logos de Dios] nada de lo que ha sido hecho fue hecho» (1.3).

Más importante todavía: vida significa existencia eterna. León Morris dicel que «vida, en San Juan, se refiere de manera característica a la vida eterna, al don de Dios por medio de su Hijo». También es muy característico de Juan el uso de esta palabra con o sin el artículo determinado, para referirse a «la vida» o «la vida verdadera»; la vida del Señor Jesús con los creyentes cuando por su Espíritu viene a morar en ellos (Juan 14-17).

Para Juan, por tanto, la verdadera vida humana es la eterna; una vida dada, sólo por Dios, sólo a los creyentes en Cristo (Juan 1.4; 3.15-16, 36). El apóstol intercambia más de quince veces «vida» y «la vida» por «vida eterna». El hecho de que para Juan la verdadera vida humana sea la eterna, resulta evidente en Apocalipsis. Allí esta palabra se utiliza casi exclusivamente para referirse al «árbol de la vida» (2.7; 22.2, 14), «la corona de la vida» (2.10), «el libro de la vida» (3.5; 13.8; 17.8; 20.12, 15; 21.27; 22.19) y el «agua de vida» (21.6; 22.1, 17). La asociación del hombre con estas fuentes de vida, le une al don de Dios de la vida eterna (1.17-18; 2.7, 10, 11; 11.11; 21.6; 22.1-12, 17).

Pero «vida eterna» no es un término que indique sólo duración ilimitada, sino también la calidad de una vida que posee el creyente en la actualidad. En A Theology of the New Testament [Una teología del Nuevo Testamento], George Eldon Ladd observa este énfasis de Juan.

La vida eterna, es el tema central de la enseñanza de Jesús según Juan, sin embargo, en los Evangelios sinópticos [Mateo-Lucas], lo constituye la proclamación del reino de Dios. Además, el principal énfasis en San Juan se hace sobre la vida eterna como experiencia presente, un énfasis marcadamente ausente en los Evangelios sinópticos y el judaísmo.

Ladd no niega el carácter orientado hacia el futuro de la vida eterna, y señala que cuando Jesús dijo: «El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida» (Juan 3.36), se estaba refiriendo al destino final de la humanidad. Este carácter escatológico de la vida se percibe de manera más clara en Juan 12.25: «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará».

Ladd afirma que en la anterior declaración y en otras citas de Jesús, Juan «expone con mayor claridad la estructura antitética de las dos eras que los dichos de los Evangelios sinópticos en que aparecen esos mismos pensamientos» (Marcos 8.35; Mateo 10.39; 16.25; Lucas 9.24; 17.33). C. H. Dodd, por su parte, dice que sólo Juan ha dado a esas declaraciones «una forma que alude obviamente a la antítesis judía de las dos eras». En Juan 4.14, 6.27 y 5.29 se hablan de «vida», «vida eterna» y «resurrección de vida», todo ello con la vista puesta en la era futura, lo cual se relaciona demasiado con Daniel 12.2: «Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua». Como expresa C. H. Dodd, todos estos dichos «presentan la vida como una bendición escatológica»; es decir, una bendición dada en el tiempo del cumplimiento de las promesas de Dios. A la vez, lo que distingue a Juan de los demás evangelistas es la vida eterna como posesión presente del cristiano.

Por último, dice Ladd, esta vida no sólo viene por mediación de Jesús y su Palabra, sino que reside en su misma persona (5.26). Él es el pan de vida (6.51ss) y el agua de vida (4.10, 14). Dios es la fuente final de la vida; pero el Padre ha concedido al Hijo tener vida en sí mismo (5.26). Por lo tanto, Jesús podía decir: «Yo soy la vida» (11.25; 14.6).

En Juan 10.10, Jesús expresa que los creyentes pueden poseer la vida de la era venidera en el tiempo presente y en abundancia. He aquí la vida cristiana normal.

… Y para que la tengan en abundancia

Una de las ventajas de esta vida abundante es que los cristianos en problemas podemos volver una y otra vez a la Palabra, arrodillados solos ante Dios. Allí, en voz alta, podemos leerle al Señor, y a nosotros mismos, sus promesas. Necesitamos oírselas decir a nuestros propios labios y escucharlas con nuestros propios oídos incrédulos. A su debido tiempo, su impacto viviente encenderá nuestra alma con la seguridad de lo que ya somos y tenemos por la simple fe en Cristo. El Espíritu Santo de Dios, que mora en nosotros, llenará nuestros corazones de gozo y confianza.

También podemos hablar en voz alta al mundo espiritual: a los demonios de la duda, la incredulidad, la dureza de corazón, el derrotismo, la ira, la autocompasión, la depresión, el rechazo y la vergüenza, que han mentido siempre a nuestro pensamiento. Nos han dicho que somos unos frustrados, demasiado pecadores, incrédulos; que estamos muy heridos, desilusionados y que otros nos rechazan, incluso el mismo Dios, a causa de nuestros antiguos fracasos; que somos extremadamente tercos, rebeldes y duros de corazón para lograr algún día disfrutar la vida cristiana normal.

Como sucede siempre, esos demonios son unos mentirosos. Nos han estado mintiendo acerca de nuestra identidad en Cristo. Todas las promesas de Jesús se refieren a cada uno de nosotros. Fueron hechas a nosotros o para nosotros (Juan 6.33-58), a fin de ayudarnos a vivir abundantemente.

La vida abundante nos asegura lo que somos en Cristo. Es una realidad porque Jesús, que es nuestra vida, mora en nuestro interior. Cuando comprendemos quiénes somos en Cristo, y que mora en nosotros, en primer lugar lo afirmamos ante Dios en oración. Mi íntimo amigo, el Dr. Mark Bubeck, llama a esto oración doctrinal, una compañera de lo que a menudo se denomina oración de guerra.

A continuación, nos declaramos a nosotros mismos quiénes somos en Cristo y la realidad de la plenitud de su presencia en nuestras vidas. He hecho mi propia declaración de oración de fe la cual llevo conmigo en mi agenda diaria. La dirijo tanto a Dios como a mí mismo para mantener apartado, por un lado, mi propio sentido de debilidad, insuficiencia e inutilidad, y por otro, los necios sentimientos de orgullo y autosuficiencia.

Luego, pronunciamos nuestra palabra de testimonio ante todas las potestades del mal que se nos hayan asignado. Y cuando declaramos quiénes somos en Cristo, lo que ha hecho y hace, que ahora mora en nosotros en su plenitud y por lo tanto estamos «completos en Él» (Colosenses 2.6-10; véase 2 Pedro 1.2-4), comenzamos a fortalecernos en Él mismo y en el poder de su fuerza (Efesios 6.10). Entonces somos capaces de afirmar con autoridad: «Si Dios está conmigo, ¿quién contra mí? Soy abrumadoramente vencedor por medio de Aquel que me amó».

La clave de la vida abundante

¿Cómo entramos en esta vida abundante? ¿Cómo hemos de vivirla en nuestra experiencia diaria? Aunque se trata de preguntas sencillas, las respuestas a las mismas, evidentemente, no lo son, a pesar de que uno pueda pensar que deberían serlo. Después de todo, si se trata de la vida que Jesús vino a darnos (y así es) y si Él es esa vida (como sucede), ¿dónde está lo difícil?

La dificultad es al menos doble. Por un lado, reside en el interior de cada uno de nosotros, como sucedía con los discípulos. Al igual que ellos, también arrastramos, como vimos en los capítulos anteriores, eso que llamamos carne. La vida de la carne (o del yo) y la vida de Cristo luchan de continuo entre sí. De modo que cualquier intento de practicar la vida abundante en este mundo implica guerra espiritual.

En segundo lugar, todos tendemos a fijarnos en alguna dimensión de la vida abundante revelada en la Escritura, «darle un nombre» y declarar que esa es la clave para vivirla a plenitud. Hace años, el fallecido Dr. V. Raymond Edman, presidente entonces de la Universidad Wheaton, escribió un libro fascinante llamado They Found the Secret [Encontraron el secreto]. Se trata de una serie de biografías cortas de algunos de los hombres y mujeres más piadosos de la historia que vivieron la vida abundante de una forma clara. Edman señala que todos describían esa vida en sus propios términos. Algunos ejemplos son: vida victoriosa, vida abundante, vida transformada, vida llena del Espíritu, vida rendida a Dios, vida obediente, vida de permanencia, vida fructífera, vida apacible, vida de reposo, etc.

Edman explica que todas esas son descripciones diferentes de la misma realidad; y dicha realidad consiste en que la vida cristiana normal es la existencia del Señor Jesucristo vivida en la experiencia del creyente. Él es nuestra vida abundante.

Jesús implica esto en Juan 10 cuando se presenta como la puerta a la vida abundante (vv. 7-9). Sus ovejas le pertenecen (vv. 14, 16) y dice que le conocen como Él conoce al Padre (vv. 14, 15, 27-30). Él es uno con el Padre. Sus ovejas son también uno (aunque en un nivel distinto, ya que se trata de seres creados) con Él.

Él da a sus ovejas «vida eterna» (vv. 27-29). Esto es calidad, no duración. Se trata de la vida de Dios que Jesús tiene con el Padre y que comparte con sus ovejas (Juan 5.26; 10.28-29). Por último, Jesús dice repetidas veces en el evangelio de Juan que esta vida es resultado de su presencia en ellas mediante la morada del Espíritu Santo (Juan 4.13, 14; 6.41-58; 7.37-39; 11.25-26; 14.1-18, 25-27; 15.1-11; 17.1-23).

Creo que todos estaríamos de acuerdo con lo dicho hasta ahora. La cuestión es: ¿De qué manera entramos en esa vida?

Tal vez se trate de una de las preguntas más difíciles y polémicas que hayan confrontado los creyentes durante los dos mil años de la era cristiana. Desde luego, no espero contestarla a gusto de todos mis lectores. Hay cientos de libros que intentan resolverla. En mi propia biblioteca tengo una sección entera dedicada al asunto compuesta por más de cien libros. Todos ellos excelentes; todos contienen parte de la respuesta; sin embargo, ninguno es la respuesta.

Algunos hacen hincapié en la crisis: uno entra en esta vida abundante mediante una crisis subsiguiente a la salvación. Otros destacan el proceso: la vida abundante se vive creciendo progresivamente en Cristo. Otros aun, enfatizan la crisis y el proceso a la vez.

Veamos si puedo hacer que todos coincidamos descubriendo aquellas áreas comunes en Cristo. En primer lugar, se trata de una crisis. Comienza con la crisis de la salvación. Nacemos de nuevo. Cristo, por su Espíritu, viene a vivir en nosotros. «Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!» (Gálatas 4.6).

A continuación viene el proceso. Pablo lo describe de esta forma, dando su testimonio personal en cuanto al secreto de la vida abundante: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2.20a).

Esto conduce a un proceso de crisis. El apóstol lo expresa de esta manera: «Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gálatas 4.19). Es Cristo naciendo en nosotros (Gálatas 4.6). Es Él viviendo su vida en nosotros (Gálatas 2.20). La meta es que Cristo «sea completa y permanentemente formado y moldeado en» nosotros, como parafraseaba Gálatas 4.19 hace tanto tiempo el obispo Lightfoot.

Esta perspectiva es lo bastante bíblica y amplia como para ajustarse a todos los énfasis particulares acerca del camino a la vida abundante dados por los creyentes de todos los tiempos. La vida abundante conduce a la vida victoriosa, que es el tema del resto de este capítulo y de los dos siguientes.

La vida victoriosa

Si contara sólo con los pasajes bíblicos de Juan 3 y Romanos 8, tendría casi todo lo necesario para comenzar y vivir la vida cristiana. Aunque puede que esto sea una simplificación excesiva, revela la importancia de estos dos capítulos. Romanos 8 es uno de los más espléndidos de toda la Biblia.

Romanos 1-5

Resulta decisivo ver la relación que existe entre Romanos 8 y los capítulos anteriores de ese libro. Pablo comienza Romanos dando la prueba de su apostolado (1.1-15). Como no se le conocía de vista en la iglesia de Roma, ni era contado entre los doce apóstoles, esto resultaba importante. Después de ello, el apóstol introduce su tema: el evangelio y la necesaria respuesta de fe a su mensaje (1.16).

Sigue con una gráfica descripción de la necesidad desesperada de este evangelio que hay tanto entre los gentiles (1.18-32) como en la nación judía (2.1-3.8), y termina diciendo que ambos, judíos y gentiles, están completamente perdidos en el pecado y separados de Dios (3.9-18). Incluso los judíos, que pensaban que por tener la ley habían escapado al pecado y al juicio que reposaba sobre los gentiles, se encuentran «sin excusa» (3.19-20).

Todo esto pone el cimiento para una enseñanza detallada sobre el tema principal de la primera parte del libro: la justificación por la fe, aparte de las obras de la Ley, para los judíos y el resto de la humanidad (3.21-5.21). Así los cinco primeros capítulos se concentran casi únicamente en la salvación por medio de la fe en Jesucristo.

Romanos 6

Este capítulo abre un nuevo tema en la epístola: el de la santificación; es decir, los efectos de la salvación en la vida del creyente que habita en un mundo hostil y pecaminoso. A la mayoría de nosotros, quizás, se nos educó en el concepto de la doble naturaleza del cristiano. Así, en cierto sentido, cuando fuimos regenerados no lo fuimos de manera absoluta; no se nos dio una vida totalmente nueva en Cristo. Se nos enseñó que nuestra naturaleza pecaminosa quedaba intacta. En nuestro cuerpo había sido implantada una nueva naturaleza que coexistía con la vieja. De modo que éramos medio regenerados y medio degenerados. En un momento, la antigua naturaleza (el viejo yo) tomaba el control, y en el siguiente, la nueva (el nuevo yo en Cristo) hacía lo propio.

Pero el apóstol Pablo dice algo distinto en Romanos 6, cuando explica que «hemos muerto al pecado por nuestro bautismo en la muerte de Jesús, y sido sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de la muerte por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (Romanos 6.2-4).

La afirmación «andemos» no implica duda alguna. Se establece una nueva cláusula. El apóstol dice que hemos muerto al pecado con Cristo, y hemos sido resucitados con Él para el siguiente propósito: tener una vida totalmente nueva.

Y luego continúa con otra: Esto ha ocurrido «para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos (y Pablo se incluye con todos nosotros) más al pecado» (v. 6b) como en otro tiempo. Hemos muerto a la vieja naturaleza pecaminosa; de modo que estamos libres del pecado (vv. 7, 18, 22a) y somos siervos de Dios (v. 22b).

«Ahora bien», sigue diciendo Pablo (parafraseamos sus palabras), «ya que hemos muerto con Cristo, en el sentido de que nuestra naturaleza humana expiró con Él, creemos que también estamos vivos con Él. Considerad lo que significa “con Él”, continúa el apóstol. «La muerte, que es la consecuencia del pecado (v. 23), no tiene ya más poder sobre Él (Cristo), puesto que murió al pecado de una vez por todas, después de lo cual fue resucitado de los muertos (v. 9). La vida que ahora vive, la vive para Dios.

»Al identificarnos con Cristo mediante la fe, entramos en una unión con Él en el sentido de que su muerte al pecado es también la nuestra. Nosotros también vivimos ahora para Dios. Esto ya ha sucedido. Declaradlo así. Llevadlo a la práctica presentándoos a vosotros mismos y los miembros de vuestros cuerpos a Dios como instrumentos de justicia, así como anteriormente os habíais presentado, al igual que vuestros miembros, como instrumentos de iniquidad».

¿Significa esto que entramos en un estado de perfección sin pecado? ¿Somos incapaces de pecar más? «No», responde el apóstol. «Sabemos que no es así. Nuestra experiencia revela que tal cosa es falsa. Todavía vivimos en un cuerpo mortal (vv. 12-13) que está formado por “miembros”, los cuales son a su vez esclavos del pecado. De hecho, descubro al pecado batallando en mi cuerpo mortal».

Romanos 7

De nuevo nos encontramos con el tema bíblico de la guerra espiritual; en este caso de la lucha contra la carne. Las palabras de Pablo en Romanos 7.14-25 son de lo más claras:

Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.

¡Qué increíble pasaje de la Escritura! ¿A qué otro lo podemos comparar? Incluso el más piadoso de los santos, en momentos de profunda batalla interna contra el pecado, ha llorado en la presencia de Dios al saber que este texto descriptivo de Pablo era también su autobiografía.

El Dr. Mark Bubeck cuenta una interesante historia, referente a este pasaje, ocurrida en un estudio bíblico en una vecindad. Se pidió a un profesional con gran preparación académica que leyera en voz alta Romanos 7.14-25. Y escribe el Dr. Bubeck: «En ese momento, su esposa, que se hallaba en otra parte de la sala, preguntó a la señora que tenía al lado si su marido estaba haciendo una confesión, por lo bien que describían aquellas palabras las luchas de su esposo».

Y sigue diciendo Bubeck:

El que leía este pasaje me dijo más tarde que no podía creer que esas palabras se encontraran en la Biblia. Estaba seguro de que los que dirigían el estudio bíblico habían escogido deliberadamente el pasaje para que él lo leyera. Como era una persona agresiva y vocinglera, así se lo dijo a ellos, y todos se rieron de buena gana del incidente.

Bubeck comenta entonces: «¡Qué oportuna es la Palabra de Dios! ¡Con qué precisión nos habla acerca de las experiencias por las que pasamos!»

Dos usos del término «carne»

Creo que es importante destacar que en Romanos 7 Pablo utiliza la palabra «carne» de dos maneras distintas.

En una de ellas dice: «Mientras estábamos en la carne» (v. 5). Aquí la carne es algo del pasado. Quizás se podría equiparar a la vieja naturaleza, el viejo yo, el «cuerpo del pecado» que fue crucificado con Cristo (cf. 6.6).

En la otra, Pablo expresa una vez: «yo soy carnal» (v. 14); y dos veces hace referencia a «mi carne» (vv. 18, 25). Aquí no se trata de algo que ha muerto, sino que el creyente debe enfrentar a diario mediante el Espíritu, y que constituye el tema de Romanos 8.1-17 y de otros pasajes de la Escritura tales como Gálatas 5.13-21.

En este capítulo el apóstol contrasta la ley de la mente con la del pecado, la cual opera en su cuerpo. He tratado de mostrar ese contraste en el siguiente cuadro.

 

Figura 9.1
La ley de mi mente contra la ley del pecado

Según Romanos (v.=versículo)

 

1. «Sabemos que la ley es espiritual», v. 14a.,

1. «Yo soy carnal», v. 14b.

2. Quisiera actuar de un modo distinto a como «lo hago», v. 15a.,

2. Estoy «vendido al pecado», v. 14c.

3. «Lo que hago» lo «aborrezco», v. 15d.,

3. «Lo que hago, no lo entiendo», v. 15a.

4. «Lo que no quiero, esto hago», v. 16a.,

4. «No hago lo que quiero», v. 15b.

5. «Apruebo que la ley es buena», v. 16b.,

5. Hago «lo que aborrezco», v. 15c. Hago «lo que no quiero», v. 16a.

6. No soy yo quien hace lo que hago, v. 17a.,

6. «El pecado que mora en mí» hace esto, v. 17.

7. «El querer el bien está en mí», v. 18b.,

7. «El hacer el bien no está» en mí v. 18b.

8. «Quiero» hacer el bien», v.19a.,

8. «No hago el bien que quiero», v. 19a; «hago lo que no quiero», v.20a

9. No soy yo quien hace lo que hago v. 20b.,

9. «El pecado que mora en mí» hace «lo que no quiero», v. 20b.

10. Yo deseo «hacer el bien», v. 21.,

10. «El mal está en mí», v. 21.

11. «Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios», v. 22.,

11. «Otra ley en mis miembros[ … ] se rebela contra la ley de mi mente», v. 23a.

12. «La ley de mi mente» (lo opuesto a la ley del pecado), v. 23.,

12. Esa ley distinta «me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros,» v. 23b. Soy un «miserable,» v. 24a. Soy un prisionero «de este cuerpo de muerte», v. 24b

13. «Con la mente sirvo a la ley de Dios», v.25.,

13. «Con la carne (sirvo) a la ley del pecado», v.25b.

 

Antes de concluir la revelación de sus propias luchas internas por encontrar en Cristo la victoria sobre la carne (el tema del capítulo 8), el apóstol contesta a su propio grito desesperado de libertad de «este cuerpo de muerte», declarando que hay una victoria segura «por Jesucristo, nuestro Señor» (v. 25a).

Romanos 6-8. Repaso general

El pensamiento de Pablo parece progresar del capítulo 6 al 8. En el capítulo 6, habla de nuestra muerte al pecado mediante la identificación y unión con el morir al pecado del propio Cristo. También se refiere a nuestra presente resurrección espiritual para novedad de vida, por medio de la identificación y unión con Él en su resurrección (6.1-13). El capítulo 7 revela la guerra que el verdadero creyente tiene que librar con la carne en su esfuerzo por vivir esa vida de resurrección, un tema común en las epístolas paulinas. El hijo de Dios se regocija de que la naturaleza de pecado haya muerto con Cristo. Tiene una existencia resucitada totalmente nueva, no dos vidas o naturalezas contrarias. Así que, potencialmente, es capaz de considerarse a sí mismo como «muerto al pecado pero vivo para Dios en Cristo Jesús» (v. 11).

Sin embargo, cuando comienza a hacerlo, descubre que el pecado aún mora en él. Está unido a su carne. Esta carne, a diferencia de su viejo yo o naturaleza de pecado, no fue crucificada con Cristo de una vez por todas. Se halla en guerra con la ley de Dios escrita en su mente. El cristiano anhela descubrir la forma de vivir en victoria sobre las concupiscencias de la carne, tema de, por lo menos, los 17 primeros versículos del capítulo 8.

Este es el significado del «ahora pues» de Pablo en Romanos 8.1: nos introduce naturalmente en el tema de cómo conseguir la victoria sobre «la ley del pecado y de la muerte» descrita en el capítulo 8. Yo lo llamo el éxtasis de la vida cristiana normal.

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