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Los comienzos en el libro de Hechos

Todos los ejemplos de guerra espiritual que aparecen en los Hechos de los Apóstoles centran su atención en los choques con Satanás y sus demonios protagonizados por los líderes cristianos. Sin lugar a dudas, también los «laicos» los experimentaron, pero Lucas se concentra sólo en los dirigentes. Por otro lado, aunque no se menciona por nombre a Satanás hasta el capítulo 5, a la luz de su retrato escritural como enemigo hostil de los hijos de Dios está presente desde el comienzo hasta el fin del libro.

La estrategia de Satanás contra la iglesia primitiva

Mi amigo, el Dr. Arthur Glasser, Decano Emérito de la Escuela de Misión Mundial del Seminario Teológico Fuller, ve en los primeros capítulos del libro de Hechos una estrategia cuádruple de guerra espiritual por parte de Satanás contra la iglesia primitiva.

Primero, el diablo trata de detener la acción evangelizadora del pueblo de Dios. En Hechos 4.1-4, el concilio judío prende, encarcela e interroga a Pedro y a Juan por predicar y efectuar la sanidad del mendigo cojo a la puerta del templo llamada la Hermosa (3.10 con 4.7). Lucas señala que las causas de la oposición fueron que estaban «enseñando al pueblo» y «anunciando en Jesús la resurrección de entre los muertos» (v. 2). Sin embargo, los dirigentes judíos no se atrevieron a maltratar físicamente a los apóstoles porque temían al pueblo (vv. 21, 22). Se limitaron a advertirles que «en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús» (v. 18).

El antagonismo a la predicación, enseñanza y ministerio de poder de la iglesia se inflama de nuevo en Hechos 5 con unas consecuencias más graves. Esta vez encarcelan a todo el grupo apostólico (v. 17) y la causa inmediata de ello es una serie de choques de poder de los siervos de Dios con Satanás y los espíritus malos además del ministerio milagroso general ejercido por los apóstoles (4.30-37), principalmente por Pedro (5.1-16).

Los apóstoles son juzgados por todo el Sanedrín o concilio judío (5.21, 27), que está furioso porque han desobedecido su mandato anterior de no enseñar «en ese nombre» (v. 28). Cuando Pedro y los once se defienden con valentía, el airado concilio decide ejecutarlos (v. 33). Sólo gracias a la intervención de Gamaliel se les perdona la vida (vv. 34-40a), aunque son azotados y reciben la orden de que «no [hablen] en el nombre de Jesús» (v. 40c). Esta es la cuarta vez que el nombre del Señor se utiliza como concepto de poder en Hechos (v. 31). Los apóstoles desobedecen la orden de callar y el diablo sufre su primera derrota registrada en Hechos.

Segundo, Satanás intenta contaminar la vida espiritual de los miembros de la iglesia. Los diez primeros versículos del capítulo 5 de Hechos quizás contienen uno de los relatos más conocidos y controvertidos del Nuevo Testamento: el extraño comportamiento y la muerte de Ananías y Safira. Satanás trata de conseguir poder sobre la iglesia corrompiendo la vida de una de sus familias destacadas. Aunque la estrategia del diablo fracasa, es sólo gracias a la intervención directa de Dios. Desde aquel día, ha sido una de las formas más eficaces de Satanás para frenar o poner trabas a la influencia beneficiosa de la iglesia en el mundo. En este pasaje el diablo sufre su segunda derrota (vv. 12-16).

Tercero, Satanás intenta dividir a la congregación. Aquí el contexto es el crecimiento cada vez más explosivo de la iglesia primitiva (5.42-6.1a). El diablo trata de dividir a la iglesia aprovechando su éxito en la evangelización y el crecimiento numérico. Con el aumento de la gente viene también el de los problemas. Satanás quiere producir fracasos por medio de los éxitos de la comunidad cristiana.

La segunda parte del versículo 1 de Hechos 16 nos muestra que la iglesia monocultural de Jerusalén se ha convertido en una congregación bicultural. Ahora está formada por dos grupos culturales distintos: los «hebreos nativos» y los «griegos». La causa inmediata de división potencial de la iglesia es la tensión existente entre ambos grupos por la supuesta discriminación que hacen los apóstoles en la dirección del programa de ayuda social de la iglesia. Es obvio que las viudas de los griegos eran pasadas por alto en beneficio de las hebreas.

Había que hacer algo en cuanto a aquel problema de discriminación. Los apóstoles, responsables de administrar el programa de ayuda (Hechos 4.36, 37), aceptaron la responsabilidad de dicho problema. En su respuesta descubrimos que aquel programa social había creado dificultades que los desbordaban. «No es justo», dicen, «que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas» (Hechos 6.2).

Los apóstoles actuaron con sabiduría y resolvieron el problema inmediato, como revelan los versículos 2 al 6. A consecuencia de ello hubo un crecimiento aún mayor de la iglesia (v. 7a). El evangelio se desbordó sobre un nuevo grupo cultural: los sacerdotes (v. 7). De modo que Satanás tuvo que encajar una nueva derrota.

Cuarto, el diablo utiliza entonces su última estrategia: agita a los dirigentes políticos para que hagan lo que los líderes judíos no habían podido hacer. El rey Herodes asesta un fuerte golpe al liderazgo de la iglesia (12.1s), en primer lugar ejecutando al apóstol Santiago (vv. 1, 2). Según el versículo 3, Herodes debió dar aquel paso con cierta inquietud. En el pasado los apóstoles habían gozado de un gran favor con el pueblo judío (4.16, 21; 5.26). Evidentemente dicho favor se había erosionado en la época de Hechos 12, ya que la ejecución de Santiago agradó a los judíos (v. 3a).

El segundo paso consiste en arrestar y encarcelar al apóstol Pedro (12.3, 4). Herodes iba a someterlo a un juicio público, no a ejecutarlo en privado como había hecho con Santiago (v.4b). Lo que quería, por supuesto, era emplear aquel suceso tanto para mejorar su posición con el pueblo judío como para avivar el latente antagonismo contra los cristianos convirtiéndolo en una resistencia ardiente. Luego, con el tiempo, podría arrestar y ejecutar a todo el liderazgo de la iglesia sin temor a la reacción del pueblo judío.

Quizás el plan de Herodes hubiera tenido éxito si Dios no hubiese intervenido enviando a su ángel excarcelador para liberar de la prisión al apóstol (vv. 6-10). Una vez que dicho ángel hubo terminado con Pedro, le hizo una visita al rey Herodes, esta vez con consecuencias nefastas para el arrogante monarca, quien murió «comido de gusanos» (v. 23) ¿El resultado? «Pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba» (v. 24). Otra derrota más para el diablo.

¿Escaso ministerio de liberación en el libro de Hechos?

El hecho de que no se mencione a menudo a los demonios no significa que los apóstoles y los primeros cristianos no estuvieran involucrados en liberaciones. Tal vez lo hacían. ¿Por qué, pues, se presta tan poca atención en Hechos a esta dimensión más abierta de la guerra espiritual cuando es tan prominente en los evangelios sinópticos? Aunque no puede contestarse con seguridad a esta pregunta, quisiera expresar algunas sugerencias respecto a ella.

1. Sería igual de apropiado preguntarnos por qué el apóstol Juan no menciona nunca en su evangelio el ministerio de liberación de Jesús mientras que los sinópticos sí lo hacen. ¿Significa ese silencio que dicho ministerio no se estaba practicando? Si creemos que el Espíritu Santo guió directamente la pluma de todos los escritores bíblicos, tenemos que afirmar que también dirigió a Juan para escribir su evangelio con propósitos distintos a los de los otros tres. Por ejemplo, registra algunas de las enseñanzas de Jesús sobre Satanás que no se encuentran en los sinópticos (Juan 8.31-59; 12.31; 14.30; 16.11; 17.15). Lo mismo puede decirse de Hechos. El Espíritu Santo no quiso que Lucas registrara todos los choques de poder del ministerio de liberación de la iglesia apostólica.

2. El modelo de ministerio para el que Jesús adiestró a sus discípulos continuaría de un modo natural a lo largo de tod a su vida. En ninguna parte se anula o se cambia. Debe entenderse, en efecto, que cuando los demonios apareciesen oponiéndose a su ministerio, los discípulos tratarían con ellos exactamente como se les había enseñado.

3. Todas las «sesiones» de liberación registradas en los evangelios tuvieron lugar en público y con los demonios en plena manifestación. Aunque había sin duda razones específicas para que así fuera, no se mencionan. Esto no quiere decir, sin embargo, que no hubiera un ministerio privado de liberación funcionando continuamente. Tal vez sí lo había. Ya que el ministerio de liberación de Jesús era una señal del reino y de su autoridad única (Mateo 12.28, 29), el Señor lo ejercía en público. Y puesto que el de sus discípulos constituía una extensión del suyo propio, lo mismo se aplicaba a ellos.

4. Los choques con demonios ocurren varias veces en el ministerio de los discípulos dentro del libro de los Hechos. Todos ellos supusieron manifestaciones públicas de espíritus malos (Hechos 5, 8, 16, 19).

5. Los Hechos de los Apóstoles registran muchos movimientos evangelísticos y de fundación de iglesias que crecían muy rápido, a menudo acompañados de sanidades y otros milagros, y al menos en Samaria, del éxodo masivo de espíritus demoníacos (Hechos 8.5-13). Cuando tiene lugar un movimiento de personas en el contexto de las demostraciones de poder del Espíritu de Dios, los demonios casi siempre se van por sí solos en masa. Por lo general no se precisa de sesiones de ministerio individualizadas.

6. Una característica del estilo de Lucas en Hechos cuando registra las estrategias específicas de evangelización o de fundación de iglesias es dar una visión panorámica de las mismas. Puede que luego haga otra breve referencia a la estrategia en concreto, pero después de ello no vuelve a repetirla. En circunstancias parecidas debemos comprender que sucedieron cosas semejantes.

7. Algunos preguntan por qué el libro de los Hechos (y las epístolas) no hacen referencia alguna a la enseñanza apostólica de cómo trabajar con los endemoniados. La respuesta es la, tan conocida, del silencio de la Escritura: No lo sé, porque la Biblia no lo dice.

Sin embargo, podemos formular una pregunta que guarda relación con esta: ¿Por qué no dicen nada los Evangelios sobre la enseñanza de Jesús a sus discípulos en cuanto a cómo trabajar con los endemoniados? Vemos al Señor liberando. Lo vemos encomendando a sus discípulos a un ministerio de liberación. E incluso vemos a estos últimos ejerciendo dicho ministerio. Pero no tenemos enseñanza alguna de Jesús en cuanto a cómo llevar a cabo un ministerio de echar fuera demonios o de choques de poder. Debemos suponer que dio dicha enseñanza, y que los discípulos hicieron lo propio preparando a su vez a otros de la misma manera.

8. De una cosa estamos seguros, y es de que Jesús liberó a endemoniados, como también los apóstoles, los setenta y el liderazgo de la iglesia apostólica (Hechos 5, 8, 16). La mucha o poca frecuencia con que se mencione no es una indicación válida de su importancia.

Evangelización sin inhibiciones

Los primeros tres capítulos del libro de los Hechos muestran a los apóstoles llenos del Espíritu Santo y evangelizando sin cohibición alguna en Jerusalén. Satanás utilizó todas las estrategias a su alcance para detener a la iglesia en su expansión. Según el relato de Lucas en Hechos, el testimonio apostólico principal se centró en por lo menos dos poderosas «campañas evangelísticas», para utilizar un término moderno, separadas por un período eficaz de enseñanza y testimonio personal. Dichas «campañas» comenzaron con milagros.

La primera de ellas, en el capítulo 2, se inició con una ráfaga de viento semejante a un ciclón que llenó toda la ciudad de Jerusalén. El sonido atrajo a las multitudes hasta el aposento alto (Hechos 2.1-6a) y fue seguido de inmediato del don milagroso concedido a los discípulos de hablar en los idiomas representados en la muchedumbre que se había reunido (vv. 4-11). La respuesta fue, primeramente, de una indagación sincera: «¿Qué quiere decir esto?» (v. 12), y, en segundo lugar, de burla: «Están llenos de mosto» (v. 13).

Luego Pedro se levantó con los once y proclamó el evangelio (vv. 14-36). Evidentemente el Espíritu llevó a la gente a una gran apertura al mensaje de Jesús y los reunidos preguntaron: «Varones hermanos, ¿qué haremos?» (v. 37). Pedro les contestó (vv. 38-40) y tres mil respondieron al evangelio creyendo, bautizándose y añadiéndose a los ciento veinte discípulos (v. 41).

De este modo, la iglesia de Jerusalén creció desde ciento veinte hasta tres mil ciento veinte discípulos en un solo día. ¡A eso se le llama «crecimiento de la iglesia»! Y también «evangelización de poder». Aquello fue seguido de un período de enseñanza intensa para los recién convertidos y de más evangelización de poder. El crecimiento diario de la nueva iglesia no podría calificarse más que de espectacular (2.42-47).

A continuación, Dios prepara la escena para otro esfuerzo evangelístico poderoso, esta vez por medio de la sanidad de un hombre cojo a la puerta del templo llamada la Hermosa (Hechos 3.1-26) que da como resultado un crecimiento de la iglesia todavía más dramático: casi cinco mil hombres más se añaden a ella (4.4).

F. F. Bruce nos dice que la expresión en griego es «tòn ándron, “de los hombres”, distinguiéndolos de las mujeres y los niños, no tòn ánthropon, “de los hombres” en el sentido de los seres humanos». ¿Por qué se menciona a los hombres nada más? Es posible que porque aquella era una sociedad con orientación masculina o porque eran tal vez los jefes de familia. En tal caso hubiera podido suponer la adición a la iglesia de unas quince mil personas o más.

La primera oposición

Esto fue demasiado para el diablo. Satanás debía estar fuera de sí de rabia. De modo que hizo cuanto pudo para detener la expansión de la iglesia por medio del control que tenía de los líderes judíos. Cuando éstos llamaron a Pedro y a Juan para interrogarlos en Hechos 4, les hicieron dos preguntas interesantes, cada una de las cuales encaja en nuestra panorámica de los Hechos desde el punto de vista de la guerra espiritual.

Una pregunta referente al poder

Primero, les preguntaron «¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?» (v. 7). Observe que aquellos líderes no cuestionaron la autenticidad del milagro; en realidad se lamentaban de que «señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar» (v. 16). R. J. Knowling dice que la pregunta implica una acusación de estar utilizando algún nombre o alguna fórmula mágica para realizar el milagro, como ocurriría más tarde en Hechos 19.13. Lo que habían hecho Pedro y Juan no era aceptable para el judaísmo de la época, por tanto se consideraba aquella sanidad como de origen mágico o demoníaco.

La palabra «potestad» aquí es dynamis. Walter Wink expresa que dynamis tenía dos usos principales en el Nuevo Testamento. El primero se refería a los «milagros». Después de éste, se utilizaba primordialmente para indicar entidades o atributos espirituales, como veremos más adelante en nuestro estudio. Wink dice que la referencia en Hechos 4.7 es en realidad a un «espíritu malo». Aquellos dirigentes judíos, como habían hecho siempre con Jesús (Mateo 12.24), acusaban ahora a Pedro y a Juan de hacer magia espiritual. El milagro, insinuaban, era de origen demoníaco. Querían que los apóstoles lo admitieran y les dijesen la fuente o la fórmula de poder que se escondía tras el mismo.

Una pregunta referente al nombre

En segundo lugar está la pregunta acerca del «nombre» que había detrás del milagro (v. 7c). «Nombre» u ónoma es también un término de poder. Así se consideraba en el mundo de las culturas bíblicas de la época, incluso en la judía. Y tenía la misma connotación cuando lo utilizaban Jesús y la iglesia primitiva. En el mundo pagano, el nombre de algo o de alguien poseía un significado mágico si se utilizaba en sentido espiritual. Como veremos más adelante en nuestro estudio, los papiros mágicos contienen listas de nombres de poder y consejos sobre cómo deben usarse. En los exorcismos paganos, se suponía que conocer el nombre del espíritu confería a la persona cierto control sobre éste.

La utilización del nombre de Jesús en el ministerio de milagros era fundamental para el concepto cristiano del poder, sin embargo, los creyentes primitivos le quitaron todo significado mágico. Escribiendo acerca del uso del «nombre» en la Escritura, Hawthorne dice que sería incorrecto considerar los «nombres» del Antiguo Testamento como meras «etiquetas de identificación» a semejanza de los que se emplean en la cultura occidental moderna, y escribe: «El nombre de una persona revelaba a veces su carácter, su personalidad y aun su destino. En realidad se consideraba a menudo casi como una expresión, incluso una revelación, de su verdadera naturaleza».

El autor habla entonces de la relación que existe entre invocar el nombre de uno sobre o respecto a una persona, cosa, lugar, etcétera, y la propiedad del objeto nombrado.

Queda claro[ … ] que «invocar el nombre» de uno sobre una persona o un lugar es un modismo que[ … ] declara que ahora le pertenecen a él; están bajo su autoridad y protección. (2 Samuel 12.28; Salmo 49.1; Isaías 4.1).

Dicho modismo es en especial importante cuando se utiliza para describir la relación de Yahvé con el pueblo de Israel. Sobre ellos es invocado el nombre del Señor. Ellos son su posesión particular, están sujetos a su señorío y bajo su protección y cuidado. (2 Crónicas 7.14; Isaías 63.19; Jeremías 14.9; 15.16; Daniel 9.19). Son el pueblo de Dios.

En el Nuevo Testamento el uso del «nombre» no cambia, excepto por algunos elementos que se le añaden procedentes de la cultura griega.

El significado de las preguntas del concilio

Estos datos nos ayudan a comprender el interés de las preguntas del Sanedrín a Pedro y a Juan (Hechos 4.7), el uso del nombre de Jesús por los apóstoles en la sanidad del cojo (3.6, 16) y su empleo continuo del mismo (4.10, 12, 30; 5.41). Por último la información en cuestión arroja luz sobre las constantes referencias del concilio al nombre del Señor y las objeciones en cuanto al ministerio constante de evangelización en el mismo nombre (4.17, 18; 5.28, 40).

Hawthorne señala que:

[ … ] las afirmaciones que en el Antiguo Testamento se hacen acerca de Dios, ahora, en el Nuevo, se aplican a Cristo (cf. Hebreos 1.7-12). El nombre más frecuente empleado para Dios en el Antiguo Testamento, Yahvé (LXX Kyrios, «Señor») se convierte en el favorito de la iglesia para referirse a Jesús.

La primera confesión de fe en Cristo que utilizó la iglesia fue, con toda probabilidad, «Jesús es Señor» (cf. Romanos 10.9; Filipenses 2.9-11). Así que todo lo que pueda decirse del nombre de Yahvé[ … ] [son cosas que] se dicen del nombre de Jesucristo (Hechos 4.17; Juan 14.1; 1 Corintios 1.2).

Los seguidores de Jesús profetizaban en su nombre (Mateo 7.22), echaban fuera demonios en su nombre (Lucas 10.17), realizaban milagros en su nombre (Marcos 9.39) … todo lo hacían en su nombre. Al utilizar esta expresión quedaba claro que los discípulos hablaban y actuaban como Jesús, en su lugar y con su autoridad, al igual que sucedía con los profetas de Yahvé en el Antiguo Testamento (véase Hechos 4.7-10).

Wink escribe acerca del concepto bíblico de la potestad y las potestades, buenas y malas, y dice que como término de poder, ónoma («nombre») se utiliza la mayoría de las veces acerca de Jesús como Señor y Cristo (noventa y siete de las doscientas veintiséis). También se asocia con el nombre de Dios cuarenta y cuatro veces, «siempre refiriéndose a la totalidad del poder y del ser divino».

Wink afirma asimismo que siete veces «nombre» representa la esencia del mal satánico, todas ellas en Apocalipsis. Cuando se aplica a la bestia o la ramera (Apocalipsis 13.1, 17; 14.11; 15.2; 17.3, 5), «cristaliza la realidad interna, la degeneración moral y la brutalidad política del Imperio Romano». Y cuando se refiere al rey de las langostas, «incluye etimológicamente su función: él es “el ángel del abismo, cuyo nombre en hebreo es Abadón, y en griego, Apolión”; es decir, Destructor (Apocalipsis 9.11)».

Aquí en Hechos, los gobernantes (árchontes), ancianos y escribas preguntan a Pedro y a Juan: «¿Con qué potestad (dynámei), o en qué nombre (onómati), habéis hecho vosotros esto?» A lo que Pedro alega: «No hay otro nombre (ónoma) bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4.12). Resumiendo: El nombre de Jesús se ha convertido en el Nombre de los nombres. «Y en su muslo tiene escrito este nombre: “Rey de reyes y Señor de señores”» (Apocalipsis 19.16).

El siguiente comentario de Wink es acertado.

Cuando[ … ] Jesús recibe «un nombre que es sobre todo nombre», a saber kyrios (Filipenses 2.9-11), y es exaltado «sobre todo nombre que se nombra» (Efesios 1.21), esto[ … ] debe incluir a toda potestad con título, toda autoridad investida de cargo, cada uno de los funcionarios que desempeñan un papel, ya sea divino, diabólico o humano. Por lo tanto, como en Colosenses 1.16, el término ónoma (nombre) señala hacia la comprensión más amplia posible de las potestades.

Ahora podemos comprender la seriedad que revestía la pregunta del concilio judío en Hechos 4.7 y sus esfuerzos frenéticos por desautorizar el uso continuado del nombre de Jesús (Hechos 4.17, 18; 5.28, 40). Debían a toda costa detener la liberación de aquella energía sobrenatural que brotaba de dicho nombre: Jesús.

También entendemos ahora por qué, cuando los discípulos quebrantaron su mandamiento, los miembros del concilio «se enfurecían y querían matarlos» (Hechos 5.33). Así como la razón de que dichos discípulos utilizasen el nombre de Jesús como un canal para la liberación del poder milagroso de Dios. El nombre y la persona del Señor son, en la práctica, una sola cosa (3.6, 16; 4.8-12, 30; 5.41).

Aunque el Sanedrín consideraba el poder y el nombre de Jesús como algo mágico o demoníaco, los discípulos lo veían como el nombre y la persona de Dios, el Señor, el Hijo. Mientras que el concilio lo concebía como un ataque satánico contra el reino de Dios, los discípulos lo tomaban como el ataque del reino de Dios al de Satanás. El nombre es la fuente de poder que hay detrás del reino de Dios.

Evidentemente el Sanedrín soltó a Pedro y a Juan de la cárcel debido al miedo que tenía del pueblo. Se había producido un gran milagro: un judío cojo muy conocido había sido sanado por medio de los apóstoles (4.13-16). Sin embargo, había que detener a aquellos hombres. El concilio llegó a la conclusión de que podían lograrlo atemorizando a Pedro y a Juan (vv. 17, 18). Cuando Pedro rehusó aceptar sus términos para ser puesto en libertad, lo único que pudieron hacer fue amenazarlos y dejar que se fuesen de todos modos (4.21).

La atrevida petición de la iglesia

Los discípulos se reunieron con la iglesia y oraron a Dios pidiendo que extendiera su mano para que se hicieran sanidades, señales y prodigios mediante el nombre (ónomatos) de su santo Hijo Jesús (4.30). Dios respondió con poder (v. 31a) y ellos siguieron hablando la Palabra de Dios con denuedo (v. 32), «y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos» nos cuenta Lucas (v. 33).

¿Qué podemos decir acerca de la petición de la iglesia solicitando que Dios hiciera milagros y orando «[extiende] tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús»?

En primer lugar, afirmamos que los milagros verdaderos son el resultado de la intervención directa de Dios en las operaciones normales de las leyes de su universo. Su poder hace a un lado las leyes «naturales» a fin de cumplir unos objetivos específicos. El libro de los Hechos de los Apóstoles relata muchos de esos casos de intervención divina directa. John Bright llama a esos actos milagrosos «las señales del reino». La fórmula más corriente para describir las actuaciones milagrosas de Dios en el libro de los Hechos es milagros, señales y prodigios; cualquier combinación de estas tres cosas o de dos de ellas.

La oración de Hechos 4 pidiendo milagros se centró particularmente en la sanidad (v. 30), lo cual es comprensible al menos por tres razones: una, que la mayoría de los discípulos habían presenciado y participado en el ministerio curativo de Jesús; dos, que habían sido comisionados por Él a ese mismo ministerio, junto con el de liberación; y tres, que la oración para obtener sanidad era culturalmente apropiada para los judíos.

William Barclay ha escrito: «Si un judío estaba enfermo, por lo general acudía antes al rabino que al médico, y lo más probable es que fuese sanado». Los milagros de sanidad son igual de pertinentes y necesarios hoy en día entre los afligidos que cuentan con poca o ninguna ayuda médica. Además, nuestro Padre ha dado los «dones de sanidades» a la iglesia con objeto de satisfacer la necesidad de sus hijos enfermos (1 Corintios 12.9).

Por último, en el ministerio de liberación y en los choques de poder sigue habiendo milagros. Aunque a menudo se niegue, el ministerio de liberación no sólo es una actividad sanadora, sino también un ministerio de milagros. Los demonios que atan a la gente tienen tanto la base como el derecho y el poder de seguir poseyendo en parte a sus víctimas. La víctima y los espíritus malos son parte de este mundo sobre el cual Satanás gobierna como dios.

Mediante la orden autorizada del ministro de liberación (que puede ser la víctima misma por medio de la autoliberación), los demonios se ven obligados a dejar el control de sus víctimas. El poder del reino de Dios, el Espíritu Santo y a menudo los ángeles del Señor intervienen directamente para romper el poder del reino de Satanás en ese momento. Se trata de un verdadero milagro, un auténtico choque de poder.

Con este estudio inicial de algunas de las dimensiones de guerra espiritual que descubrimos en el ministerio apostólico en los Hechos, estamos listos para examinar los seis relatos principales de choques con demonios en la iglesia apostólica tal y como se nos cuentan en dicho libro.

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