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Pecados sociales

Aquel joven y fiel pastor veía como su iglesia se desintegraba ante sus ojos. El problema principal giraba en torno a una mujer muy competente, maestra de la Biblia, que se había unido a la pequeña y esforzada congregación aproximadamente dos años antes. Parecía muy sincera y asistía siempre que la iglesia abría sus puertas.

«Dijo que quería ayudar de modo especial con un ministerio de enseñanza a las mujeres de la iglesia», me explicó el pastor. «Yo estaba muy emocionado de poder contar con una maestra de la Palabra tan madura y dotada a mi lado. Las señoras disfrutaban de su ministerio y acudían en tropel a su clase. Pero algo extraño sucedió: los ancianos y yo comenzamos a observar que las mujeres se mostraban cada vez más inquietas y descontentas con la iglesia, y algunas con sus propios maridos».

Cuando aconsejamos a aquellas mujeres, los líderes se dieron cuenta de dos cosas: todas las jóvenes habían empezado a resistir la autoridad de sus esposos en casa. Querían controlarlos. Por otro lado, las mayores comenzaban a apartar a los suyos de la iglesia y a unirse a otras congregaciones. Todas las mujeres que manifestaban estas tendencias eran miembros de la clase de estudio bíblico de aquella señora.

El pastor no sabía qué hacer. No tenía ninguna prueba directa de que la maestra perturbara los hogares cristianos y la iglesia. Hasta que por fin él y sus ancianos decidieron pedir a la mujer que renunciara a su clase de estudio bíblico para señoras, a lo que se negó.

El pastor estaba desesperado. Cada domingo perdían gente, bien porque las familias se dividían o porque abandonaban la iglesia. Los ancianos, muchos cuyas esposas asistían al estudio bíblico, tenían miedo de actuar por causa de ellas. La mayoría, sin embargo, apoyó al pastor en su deseo de exponer el tema ante los miembros de la iglesia.

Como la mujer no formaba parte de la membresía no debía asistir a la reunión, pero lo hizo de todos modos. Los hombres presentes tenían tanto miedo de sus esposas que los líderes no pudieron conseguir suficientes votos para obligar a la maestra a renunciar a su clase. De modo que continuó enseñando hasta que no quedó nadie. Entonces, de repente, desapareció. El pastor oyó más tarde que estaba haciendo lo mismo en otra iglesia.

Características distintivas de los pecados sociales (Gálatas 5.20)

Aunque lo que he referido en el relato anterior es un caso extremo, se trata del tipo de división que ocupa a Pablo en Gálatas 5.20, donde el apóstol empieza a enumerar lo que llamo pecados sociales.

Estos pecados los cometen unas personas contra otras. También los denomino pecados cristianos por estar tan extendidos y ser tan tolerados entre nosotros. Muchos predicadores y evangelistas famosos denuncian con vehemencia los pecados morales y religiosos, pero su estilo de vida por entero refleja la esclavitud que ellos mismos tienen a esos pecados sociales o «cristianos».

Con mucha frecuencia estos líderes están llenos de celos y envidia. Viven en constante enemistad y competencia con otros colegas a los cuales consideran más como rivales que como hermanos. Reaccionan con «ira» a ciertos acontecimientos y personas cuando las cosas no marchan como ellos quisieran. Discrepan y discuten siempre con otros creyentes, dividen el cuerpo de Cristo en facciones continuas en torno a sus propias personas y no al Señor Jesucristo o a la iglesia en general.

Los pecados sociales forman la lista más exhaustiva de las tres que hace Pablo y representan las ofensas más aceptadas y practicadas entre nosotros. En ese sentido son las más peligrosas. Aunque puede que los pecados morales y religiosos tengan el mayor efecto negativo inmediato sobre la evangelización mundial, los sociales tal vez producen el peor efecto a largo plazo. En el Nuevo Testamento se enfatizan cien veces más estos últimos que los de los otros dos grupos combinados, especialmente en las epístolas de Pablo.

La gente del mundo vive enfrentada entre sí. Y nosotros sabemos, o deberíamos saber, que sólo los creyentes tenemos la verdadera solución a los problemas desesperados que suponen las relaciones rotas de la humanidad. Esa solución es la paz de Dios la cual se encuentra en Cristo.

Lo que nos negamos a reconocer, por lo menos con nuestro estilo de vida, es que casi siempre los creyentes nos comportamos como el mundo en nuestras relaciones interpersonales. Tal vez el mayor obstáculo particular para la evangelización mundial sean los conflictos existentes entre creyentes, y de un modo especial entre los líderes cristianos.

Como demuestran las epístolas de Pablo, Pedro, Juan y Santiago, en la iglesia primitiva surgieron contiendas. En sus escritos, estos hombres se refieren constantemente a las relaciones interpersonales negativas entre creyentes que existían en las iglesias apostólicas.

El Señor Jesús había dicho que la unidad entre los suyos sería el factor más importante para una evangelización mundial eficaz (Juan 17.18-21), sin embargo las epístolas instan de manera constante a dicha unidad y corrigen la carencia de ella en el pueblo de Dios (Romanos 12-16; 1 Corintios 1-4, 6, 8-14).

He clasificado los pecados sociales mencionados aquí por Pablo en tres grupos: pecados de división, de resentimiento y de codicia entre los cristianos.

Las divisiones entre los creyentes (Gálatas 5.20)

Hay que reconocer que todos los pecados sociales producen división o dan prueba de ella entre los creyentes. Sin embargo ese tipo de pecado es en específico de cuatro clases: «pleitos», «contiendas», «disensiones» y «herejías».

«Pleitos» y «celos» son los únicos pecados de la lista aparecidos en singular en el original, luego veremos por qué. El plural de la palabra traducida por «pleitos» se encuentra en 1 Corintios 1.11, donde se traduce por «contiendas».

Pablo utiliza la palabra griega eris. Y Fung comenta al respecto:

Eris es el temperamento contencioso que lleva a los «pleitos» y a la discordia. Pablo lo menciona como una característica de la sociedad pagana (Romanos 1.29; cf. 13.13), pero por desgracia muchas veces consigue entrar también en la iglesia, donde produce contiendas e interrumpe la comunión cristiana (1 Corintios 1.11; 3.3; 2 Corintios 12.20).

Fung hace un comentario interesante sobre la palabra eritheiai, traducida por «contiendas», la cual dice es el plural de eritheía, que denota un «egoísmo ruin». El término se deriva de érithos, «mercenario», que originalmente significaba «trabajar por dinero» pero llegó a tener el sentido de «solicitar votos».

En otras partes de las cartas de Pablo aparece en un contexto relacionado con partidos rivales dentro de la iglesia (cf. 2 Corintios 12.20; Filipenses 1.17; 2.3). Por lo tanto, quizás se refiere a la ambición egoísta que produce facciones y rivalidad.

A «contiendas» le siguen dos palabras con connotaciones parecidas: «disensiones» y «herejías». «Disensiones» es traducción de dichostasíai, que se utiliza en griego clásico para indicar «disputa, desunión y rivalidad en general», e incluso «revuelta» o «rebelión». Es el mismo término que utiliza Pablo en Romanos 16.17 para advertir a la iglesia contra aquellos que causan disensiones o divisiones. Su atención se centra principalmente en los que engendran facciones, camarillas y crean en general discrepancia con la iglesia.

La palabra traducida por «herejías» es haíreseis, en plural aquí, que significa simplemente «opciones». Como ya he mencionado, la mayoría de las palabras que nos ocupan aparecen en forma plural, tal vez para indicar que se refieren a una amplia gama de maneras de causar división dentro de la iglesia.

El singular hairéseos se refiere a un grupo de personas que ha escogido la misma fe o posición, como el partido de los fariseos en Hechos 15.5, donde la misma palabra se traduce por «secta». Utilizado en un contexto negativo, como aquí, el término significa facción (1 Corintios 11.19) , en oposición al grupo oficial, o sea a la iglesia. Fung dice que en este pasaje «se refiere a “facciones” cada una de las cuales demuestra un “espíritu partidista” y está posiblemente implicada en “intrigas partidarias”. La versión [inglesa] King James [al igual que la Reina-Valera de 1960] la traduce como “herejías”».

¿Un nuevo período de rivalidad interpersonal?

La iglesia parece pasar por períodos de rivalidad que van seguidos de momentos de reconciliación y de nuevas etapas de pugna. ¿Dónde nos encontramos hoy en día? Al comienzo de este siglo entramos en un tiempo de tremenda discordia con el nacimiento del movimiento pentecostal. De él surgieron más tarde todas las denominaciones pentecostales que existen hoy. El período inicial fue de gran conflicto entre los pentecostales y los grupos protestantes históricos de donde habían surgido.

Luego vino un tiempo de reconciliación. Los no pentecostales y las iglesias independientes empezaron por lo general a reconocer que, a pesar de lo que ellos consideraban como errores doctrinales, los pentecostales pertenecían al pueblo de Dios. El movimiento pentecostal inició una nueva era en la evangelización, la fundación de iglesias y las misiones internacionales. En muchos países, el crecimiento de las iglesias de tipo pentecostal ha sobrepasado al de las congregaciones más antiguas no pentecostales.

Luego, en los años cincuenta, cuando las cosas empezaban a calmarse, cayó del cielo una nueva bomba espiritual: el movimiento carismático. Aunque se asemeja mucho al pentecostalismo, las diferencias son suficientes para catalogarlo como un nuevo movimiento. Desde luego, el carismático está edificado sobre el fundamento puesto por el pentecostal, del mismo modo que este último lo está sobre el que puso el movimiento de santidad en el siglo diecinueve.

Tanto los pentecostales como los carismáticos tienen una posición muy abierta a la operación de todos los dones del Espíritu. Ambos creen que, sin excepción (o casi todos), esos dones están aún vigentes en el cuerpo de Cristo. La opinión tradicional protestante y católica es que algunos de ellos no actúan ya en la iglesia.

Hay dos diferencias obvias entre los pentecostales y los carismáticos, y ambas han hecho a algunos pentecostales tan desconfiados de los carismáticos como lo son muchos protestantes tradicionales.

En primer lugar, los carismáticos, por lo general, tienen una opinión más flexible en cuanto a la evidencia del bautismo con el Espíritu Santo. La idea tradicional de los pentecostales es que la única señal verdadera del mismo es el hablar en lenguas, y hacen distinción entre las lenguas como don del Espíritu y como evidencia del bautismo con el Espíritu. Los carismáticos creen en el hablar en lenguas, pero por lo general no lo consideran como la única prueba de dicho bautismo.

En segundo lugar, el movimiento carismático se considera a sí mismo como un avivamiento que penetra todas las ramas de la cristiandad: el catolicismo, el protestantismo e incluso el pentecostalismo. Por esta razón no han redactado declaraciones oficiales carismáticas en cuanto a doctrina, como han hecho los pentecostales y, desde luego, el catolicismo romano y las denominaciones protestantes históricas. Uno puede ser carismático y mantener, si no todas, la mayor parte de las doctrinas católicas, protestantes o pentecostales.

Un patrón repetitivo

Durante muchos años los escritores y maestros protestantes tradicionales hablaron y escribieron contra el movimiento carismático, como lo hicieran antes contra el pentecostalismo. Con el tiempo, sin embargo, los evangélicos históricos empezaron a ver a los carismáticos con más tolerancia y comprensión, igual que había sucedido antes con los pentecostales. Su celo por Dios, su trabajo de evangelización, su deseo de llevar una vida santa, eran pruebas de que Dios estaba actuando por medio del movimiento carismático a pesar de lo que algunos consideraban inquietantes errores doctrinales dentro del movimiento.

Los protestantes tradicionales, los pentecostales y los carismáticos comenzaron a trabajar juntos, en particular en la evangelización y la renovación de la iglesia. Por otro lado, tanto pentecostales como carismáticos empezaron a servir como misioneros bajo distinguidas juntas misioneras que no eran ni carismáticas ni pentecostales.

Y ahora, cuando todo parecía asentarse, ha tenido lugar una nueva explosión espiritual. Al igual que sucediera tanto con el movimiento pentecostal como con el carismático (desde una perspectiva norteamericana), ésta se ha originado en California. Ha nacido la Tercera Ola. Esta Tercera Ola es el movimiento de renovación que se está produciendo entre los líderes de las iglesias evangélicas conservadoras que no quieren ser ni pentecostales ni carismáticos, prefieren seguirse llamando evangélicos conservadores, pero están abiertos a la renovación del Espíritu Santo, e incluso a la operación de la mayor parte de sus dones, si no de todos.

Sea cual fuere el énfasis que dan a las experiencias con el Espíritu Santo, no creen en un bautismo especial con el Espíritu de una vez por todas y adicional y subsiguiente a aquel que incorpora al creyente al cuerpo de Cristo (1 Corintios 12.13). Utilizarán términos tales como «unción», «plenitud», «revestimiento» del Espíritu, pero no «bautismo» del Espíritu. Tal vez acepten también la declaración tradicional evangélica conservadora que dice: «Hay un solo bautismo del Espíritu pero muchas experiencias de plenitud». Estos evangélicos dan lugar a los llamados dones milagrosos y no sólo a las manifestaciones más tradicionales.

Sin embargo, creo que estamos entrando en una nueva época de rivalidad en el cuerpo de Cristo, principalmente en los Estados Unidos. Para algunos evangélicos, la Tercera Ola es la gota que colma el vaso. Algunos se han armado de papel y lápiz y han escrito (y escriben) libros que afirman que el abanico completo de los dones del Espíritu no está vigente en la iglesia de hoy en día. Lo que estamos viendo en estos movimientos de renovación, dicen, son falsificaciones de los dones verdaderos: algunas de ellas demoníacas y otras de carácter sicológico o abiertamente fingidas.

Se está reviviendo la culpabilidad por asociación tras mucho tiempo de mantenerse latente. Si uno trabaja con pentecostales, carismáticos e incluso con renovados de la Tercera Ola, es sospechoso. En aras de la pureza doctrinal, la rivalidad surge de nuevo debido a las palabras y al ministerio escrito de algunos líderes evangélicos tradicionales muy conocidos.

De esta manera se promueve una nueva división. Las juntas misioneras que habían abierto sus puertas a los pentecostales, carismáticos y renovados de la Tercera Ola son amenazadas con el corte del apoyo financiero por parte de las iglesias controladas por algunos de estos predicadores y maestros de la Biblia. Por desgracia, se adopta una nueva línea dura en el nombre de aquel que oró: «Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste» (Juan 17.21).

Es una experiencia sensata leer las palabras de Jesús y más tarde de Pablo y hacer un examen de la propia vida y ministerio. Si soy un sembrador de pleitos, un líder de contiendas, disensiones y herejías en el cuerpo de Cristo, entonces estoy andando en la carne y no en el Espíritu. Todas mis afirmaciones de que lo único que estoy haciendo es contender «por la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 3) son un completo abuso de este versículo. No era eso lo que Judas tenía en mente cuando lo escribió. También los pentecostales, carismáticos y renovados de la Tercera Ola son defensores y abogados de la verdadera fe bíblica.

No sólo está relacionada la carne con dichas actitudes, sino también los espíritus demoníacos. Se trata de esos espíritus que se ocultan tras la mayor parte de las divisiones reavivadas dentro del cuerpo de Cristo. El Espíritu es el Espíritu de paz y unidad en el cuerpo, los espíritus son los espíritus de división y falta de armonía dentro del mismo. ¿Qué espíritu está influyendo en mi vida en cuanto a la actitud hacia los hermanos de diferentes convicciones doctrinales o eclesiásticas?

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