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Resentimiento e intemperancia

Una madre joven y encantadora vino a verme a causa de ciertos problemas graves que tenía con su pequeño. En la primera sesión de consejo ella dio muestras de heridas profundas en su propia vida, y cuando cuidadosamente hube creado el ambiente en el cual la mujer pudo sentir libertad para hablar de su propia vida, exclamó de repente:

-¡Odio a mi abuelo! ¡Odio a mi abuela! ¡Odio a mi padre! ¡Odio a mi madre! Era mucho odio junto. Después de su esposo e hijo, aquellas eran las cuatro personas que más debería amar en su vida.

-¿Por qué odia a su abuelo? le pregunté.

-Porque es un pervertido sexual.

-¿Y a su abuela?

-Porque es tan pervertida como él – contestó. Ambos son ya mayores y sin embargo hablan del sexo como los chicos de la calle.

-¿Qué le hizo su abuelo?

La mujer puso la cabeza sobre mi escritorio y comenzó a llorar fuera de control. Dejé que lo hiciera hasta que estuviese en condiciones de contestar.

-¡Lo odio porque ha abusado sexualmente de mí desde que era niña! -exclamó. Volvió a esconder la cara entre las manos y siguió llorando.

Sentí una profunda compasión por ella, pero me abstuve mucho de tocarla de ninguna manera, aunque sólo contaba la edad de una de mis hijas. En mi espíritu notaba que tenía profundos problemas sexuales a consecuencia del abuso sufrido y que cualquier contacto físico de mi parte podía ser malinterpretado. Además era muy hermosa y sexualmente atractiva, y no estaba dispuesto a dar lugar alguno al diablo.

Cuando logró controlar sus emociones dijo:

-Mi abuelo es tan perverso que cuando era pequeña solía sentarme en sus rodillas y tocarme. Y a medida que fui creciendo me hizo todo tipo de cosas. Incluso ahora, aunque estoy casada, me persigue. Cuando me abraza tengo que cruzar los brazos sobre el pecho o de otra forma me tocaría de un modo sensual. ¡Lo odio! ¡Lo odio!

-¿Por qué odia a su abuela? – inquirí.

-Porque sabe lo que hace su marido y parece deleitarse en ello casi tanto como él. ¡Los odio a ambos!

¿Y a su padre?

Sus ojos lanzaron una llamarada de odio y rabia.

-Lo odio por no protegerme del suyo. Debió ser mi protector, pero no me defendió. Cuando su padre me tomaba en brazos y me tocaba de un modo impropio, lo miraba implorando con mis ojos su protección, pero lo único que hacía era ignorarme o reírse. ¡Lo odio! ¡Lo odio!

De nuevo se echó a llorar desconsoladamente. Y cuando recobró la compostura, continuó:

-También odio a mi padre porque no me mostró amor cuando más lo necesitaba. Me abrazaba y besaba cuando era pequeña, pero una vez que comencé a crecer y necesitaba su cariño jamás me lo dio. Por lo tanto nunca conocí un amor de varón que no fuera sexual.

Para concluir, le pregunté por qué odiaba a su madre.

-Ella es doña Perfecta, una conocida maestra de la Biblia para mujeres. Viaja y habla por todas partes. Cuando la necesitaba como amiga y consejera nunca tuvo tiempo para mí. No ha cambiado nada, sigue siendo doña Perfecta y yo no soy perfecta.

Luego me miró con perplejidad y expresó:

-¿Qué pasa conmigo, Dr. Murphy? Dondequiera que voy los hombres se me quedan mirando y quieren tocarme; pero sólo desean hacerlo con deseo sexual. ¿Estoy tan sucia que saben lo que me ha sucedido? No quiero que me vean así.

Después de varias sesiones de consejo con aquella joven mujer vi que algunos aspectos de su problema necesitaban más ayuda de la que podía darle, de modo que traje a otro consejero.

Llegó el momento en que ella pudo enfrentarse al hecho de que debía perdonar a aquellos que la habían dañado de un modo tan terrible. Su vida se había caracterizado por el conflicto interpersonal con muchas figuras de autoridad y su sentimiento de haber sido traicionada precisamente por quiénes deberían haber sido sus auxiliares era tan profundo que desconfiaba de toda autoridad.

Le pedimos que hiciera una lista de las personas a las que odiaba, guardaba rencor o con las que tenía conflictos profundos. ¡Para asombro nuestro volvió a la siguiente sesión con una hoja de papel tamaño holandesa con nombres por ambas caras!

Hizo una copia para mí y otra para mi colega. Cuando estuvo preparada para ello, puso aquellos nombres delante del Señor uno por uno y confesó su pecado reaccionario (véase la Fig. 24.1) contra ellos, declarando por fe que en ese momento los perdonaba a cada uno individualmente. Cuando llegó al nombre de su abuelo, lo pasó por alto y siguió con otros.

Esperé para ver si volvía a él, pero no lo hizo. Sabía que era el más importante de todos y que la mujer eludía el principal obstáculo para su restauración, de modo que le dije:

-Se ha olvidado de su abuelo.

Ella dejó su oración y confesión por un momento, y volviéndose hacia mí me respondió bruscamente:

-Todavía no estoy lista para perdonarle.

Una vez dicho esto, continuó sin que yo hiciera ningún comentario.

Por último regresó a su abuelo y entonces se entabló una terrible batalla emocional. Sólo con recordarlo la mujer se ponía a sollozar. Apenas podía soportar la vista de su nombre en aquella lista. Era quien le había causado el daño más profundo. La malograda relación con él había afectado a casi todas las áreas de su vida, incluso al trato con su marido.

Quería que fuese castigado, no perdonado. Hasta que por fin clamó al Señor, perdonando a aquel hombre cruel como Dios la había perdonado a ella. Aquello le produjo una liberación emocional como jamás he visto otra y resultó ser el comienzo de su sanidad interior, la que se produciría a lo largo de varios meses.

Ocho formas de vencer el resentimiento

¿Cómo podemos descubrir en nuestras vidas esas raíces profundas, y a menudo inconscientes, de resentimiento, vergüenza, rechazo y otras emociones negativas semejantes que guardamos la mayoría de nosotros y acabar con ellas? Me gustaría hablarle de ocho ideas en particular.

1. Exprese los sentimientos negativos en vez de enterrarlos y suprimirlos. Si le atormenta la vergüenza, el rechazo, la falta de autoestima, el resentimiento o la rabia contra los demás y contra Dios, reconózcalo.

Eso es lo que el Dr. William Backus llama «decirse la verdad a uno mismo». Exprese: «Estoy enojado con». «Me siento rechazado por». «Sufrí abusos sexuales de mi padre, madre, hermano, tío, abuelo, etc.». Dígase la verdad sea cual fuere. Reconozca lo que sucede en su interior.

A continuación, cuéntele a Dios esa verdad. Él ya la sabe, pero espera oírla de sus labios, aunque se sienta enojado con Él. David, Jeremías y otros héroes de la fe se enojaron con Dios y no sólo se lo dijeron, sino que lo escribieron para que todo el mundo lo leyese.

Luego, dígale la verdad a su compañero de oración, confesión y sanidad según Santiago 5.16. Luego hablaremos más acerca de la necesidad de contar con esa clase de ayuda.

pecado reaccionario

2. Acepte la responsabilidad de sus sentimientos negativos y rencorosos. He tenido que hacerlo muchas veces. No podemos culpar a los demás de nuestros pecados reaccionarios. Los responsables somos nosotros. Este es el tema constante de la Escritura. A la gente siempre se le pide cuentas por sus pecados, aunque hayan sido provocados por las acciones injustas de otros.

En Efesios 4.31-5.2b el apóstol incluye a todos los creyentes, incluso a aquellos que han sufrido abusos desde la infancia o se hallan endemoniados desde su nacimiento y tal vez antes. Los que le hirieron tienen su propia culpa, pero delante de Dios, no de usted. Usted no es responsable de sus acciones, sino sólo de su propia manera de reaccionar a las mismas.

3. Confiese su pecado reaccionario, si fuera posible en tres niveles distintos: Primero, al Señor. Acepte por la fe su fidelidad y justicia para perdonarle, y la promesa que le hace de limpiarle de toda maldad (1 Juan 1.6-2.1).

En segundo lugar, a su compañero de oración, confesión y sanidad (Santiago 5.16), de este modo se verá obligado a expresar con palabras a un semejante de confianza lo que ha estado oculto dentro de usted la mayor parte de su vida. Esto no sólo abre paso a la oración eficaz del otro por usted, sino que también resulta terapéutico para usted mismo al sacar a la luz las tinieblas de su vida interior.

En tercer lugar, siempre que sea necesario y posible, confiese sus sentimientos a aquellos contra quienes siente usted ese enojo y resentimiento (Mateo 5.22-24; 6.12-15; Marcos 11.25-26; Mateo 18.21-35). Si ellos han cometido algún mal contra usted, esto les dará la oportunidad de reconocer sus pecados, recibir perdón y ser restaurados a la vida en Cristo. Hay que decir, sin embargo, que no siempre es posible ni aconsejable hacerlo. Es ahí donde su consejero o compañero según, Santiago 5.16, puede ayudarle a discernir entre lo provechoso y aquello que hará más mal que bien.

4. Pregúntese a sí mismo si desea en realidad ser sanado de su daño emocional. Aunque esto pueda parecer algo obvio, no lo es. Algunas personas se han acostumbrado tanto a su autocompasión, enojo, sentimientos de inferioridad, rechazo, que en realidad no quieren cambiar. En el caso de muchos individuos, estas cosas se han convertido en una excusa para cometer otros pecados que no desean abandonar. Quieren ser restaurados, pero no están dispuestos a pagar el precio que ello requiere.

5. Decida por la fe perdonar a todos aquellos que le han herido. Otra vez digo que esto hay que hacerlo por fe, por un acto voluntario de obediencia a la Palabra de Dios. Las emociones no son el factor clave, ya que pueden cambiar. El acto de la voluntad, «la obediencia de la fe», es estable. Con el tiempo, dichas emociones tal vez se pongan más en línea con la voluntad de la fe, pero si no sucede así no importa. Su voluntad habrá obedecido en fe al mandamiento de Dios. Alguien ha dicho que «perdonar es renunciar al derecho de odiar a aquellos que nos han herido». Sin duda alguna esta es la parte más difícil del perdón.

En una ocasión, cierta jovencita de quince años de edad que había sido víctima de incesto durante muchos años por parte de su padre, fue a la consulta de un consejero cristiano, y cuando éste abordó el tema de la necesidad que ella tenía de perdonar a su progenitor por el mal que le había hecho, la muchacha reaccionó con enojo contra su sugerencia y le dijo:

-¿Por qué he de perdonar a mi padre por haber arruinado los quince primeros años de mi vida?

A lo que el consejero, sabiamente, respondió de inmediato:

-Para que no arruine también los siguientes quince años.

¡Qué palabras tan sabias! Pablo dice que la raíz de amargura contamina a muchos y esto es cierto, en especial, de aquella persona que la alimenta (Hebreos 12.15).

6. Decida por la fe extender a los culpables el amor redentor de Jesucristo. Con esto no quiero decir que intente ganarlos para Cristo. Tal vez la parte culpable sea ya una persona cristiana; en ciertos casos son incluso líderes famosos y eficaces ganadores de almas.

Aunque algunos quizá rechacen la posibilidad de que los culpables de tal maldad sean en verdad cristianos «nacidos de nuevo», hemos de aceptar el hecho de que algunos lo son. Por lo menos han aceptado a Cristo como Salvador y quizá le han servido fielmente excepto en esa oscura área de su vida.

Cuando uno perdona y puede orar de veras por la salvación y la transformación de aquellos que le han hecho más daño, va camino de la sanidad. Dios actúa en respuesta a las oraciones de sus santos.

7. Decida perdonarse a sí mismo y aceptar el perdón de Dios por sus pecados. No permita que el diablo le siga acusando ni le llene de vergüenza, autorechazo o sentimiento de insignificancia o suciedad.

Un pasaje clave para esto es 2 Corintios 2.6, 7, 11. Pablo temía que el creyente arrepentido de Corinto no fuera capaz de recibir el perdón de Dios y se dejara consumir por demasiado remordimiento (v. 7). Sentía que esto era lo que iba a ocurrir, a menos que los creyentes, quienes le habían disciplinado, le reafirmaran y le asegurasen de su perdón y su amor para con él.

Con frecuencia, los creyentes que en su infancia sufrieron abusos tienen luchas para entrar en esa dichosa paz que produce la certeza de haber sido plenamente limpiado y restaurado. Atormentados por la culpabilidad, se sienten en cierto modo algo responsables de lo que les hicieron a ellos, aunque saben que fueron víctimas de la maldad de otros.

8. Por último, rechace toda intromisión de Satanás en su vida que haya podido ser causada por el abuso o el opresor. Muchos de los que abusan de niños están endemoniados, y los espíritus malos vinculados a sus vidas a menudo se emparejan y asocian con la vida de sus víctimas; o pueden aprovecharse del pecado reaccionario y reforzar el sentimiento de enojo, vergüenza, insignificancia, resentimiento y rabia de éstas. El creyente debe, por lo tanto, aprender la práctica de la guerra espiritual eficaz (Santiago 4.7-8; 1 Pedro 5.8-11).

En la vida de algunas personas, las raíces de amargura, vergüenza, rechazo y antipatía no responderán a las sugerencias anteriores; o si hay respuesta, puede que sea superficial y de corta duración. Casi en el cien por ciento de tales casos ha habido un abuso grave durante la infancia, por lo general antes de que el niño comenzara a ir a la escuela, y bien dicho abuso está bloqueado por completo de la memoria del paciente o bien éste recuerda algunas imágenes fugaces, extrañas y desconectadas, de algún trauma temprano. Por desgracia, esta situación parece requerir a menudo que se revivan angustiosamente tales experiencias dolorosas a fin de que los recuerdos puedan salir a flote y ser tratados por el Espíritu de Dios.

En el contexto pastoral, a menudo a esas personas dañadas se les dice que la oración y una lectura fiel de la Biblia producirán la sanidad necesaria. Esto es una simplificación exagerada del asunto. Por lo general, la sanidad no resulta ni de un culto de sanidad de una hora con imposición de manos, ni de una breve sesión con un consejero. A veces esto puede suceder, del mismo modo que una persona con una enfermedad incurable puede ser sanada de inmediato, pero no es esa la manera normal que Dios tiene de sanar.

Lo mismo sucede con las personas terriblemente dañadas por prolongadas situaciones de dolor en la niñez. En un contexto así, la supervivencia sólo ha sido posible mediante alguna forma de disociación o separación completa incluso del recuerdo de dicho trauma. Esto, por lo general, requiere que un «sanador» bien adiestrado ayude al paciente a descubrir las causas fundamentales de los problemas que experimenta.

Debemos preguntar a Dios qué casos deberíamos aceptar y cuáles sería mejor referir a otros consejeros. Por cada uno que acepto, envío muchos otros a personal más preparados y que tienen el tiempo, la formación y la experiencia necesarios para convertirse en los sanadores de Dios para sus hijos heridos.

Los pecados de codicia (Gálatas 5.20, 21)

El último grupo de pecados sociales está formado por los «celos» y las «envidias». Los llamo «pecados de codicia».

El término «celos» es zelos en griego, que se usa a menudo en el Nuevo Testamento con el sentido positivo de «celo» (Romanos 10.2; Filipenses 3.6; Juan 2.17). Fung dice que cuando está asociado con éris, «contiendas», como aquí y también en Romanos 13.13, 1 Corintios 3.3, 2 Corintios 12.20, significa celos.

Según él, son «un celo egoísta que se siente agraviado por el bien que otro disfruta pero se le niega a él (cf. Santiago 3.14, “celos amargos”) y puede tratar activamente de hacer daño a la otra persona».

«Envidias», en griego phthónoi, tiene un significado parecido a zelos. Pero Fung dice que «mientras que zelos puede tener el sentido positivo de “celo” a la vez que el negativo de “celos”, phthónos sólo posee el innoble significado de “envidia” que mira con malos ojos a otra persona por lo que tiene o es. Esto no resulta muy diferente de zelos como se utiliza aquí».

Dos pecados de intemperancia

El substantivo plural méthai se traduce por borracheras en la mayoría de las versiones (Gálatas 5.21). Fung dice que aunque «el tomar vino no es pecado en sí (cf. Juan 2.10; 1 Timoteo 5.23), su consumo excesivo en forma de ebriedad y “borracheras” aparece repetidamente en el catálogo de los vicios (Romanos 13.13; 1 Corintios 5.11; 6.10). En los dos últimos pasajes la palabra utilizada es méthysos, “borracho”».

La práctica corriente de los borrachos es embriagarse por la noche, una vez realizado el trabajo diario. El apóstol se refiere a este hecho en su apasionada exhortación a la actitud sobria de los creyentes en Tesalonicenses 5.4-11.

En cierta ocasión Pablo tuvo que corregir a la iglesia de los Corintios por permitir la embriaguez en la Santa Cena (1 Corintios 11.20-22). Aunque esto parece inconcebible, supone una evidencia de cuán extendidas estaban las borracheras en el mundo gentil de la época.

El Nuevo Testamento expresa una opinión muy negativa de la adicción al vino, a las bebidas alcohólicas y las borracheras. El apóstol Pablo dice que esto último es «disolución» (Efesios 5.18a). El término en griego es asotía, un compuesto de dos palabras: a, «negativo», y sozo, «salvar». En distintas versiones del Nuevo Testamento en inglés se traduce por varias palabras muy expresivas.

Así la versión King James la traduce como «disipación»; la Revised Standard Version lo hace como «desenfreno»; Beck utiliza la expresión «vivir desordenado». J. B. Phillips hace una de las mejores traducciones funcionales de este versículo: «No os estimuléis con vino (porque siempre corréis el riesgo de beber demasiado)». Según Pablo, debemos estimularnos bebiendo del Espíritu Santo (Efesios 5.18).

En su comentario sobre Efesios 5.18, Fung hace referencia al culto heleno de Dionisio, el dios del vino, demasiado conocido para los cristianos de Efeso. Sus ceremonias de adoración terminaban en fiestas de embriaguez con las consabidas orgías. En la Escritura, las borracheras y la inmoralidad aparecen juntas a menudo (Génesis 9.20-27; 19.30-38).

La siguiente palabra es otro plural: komoi (Gálatas 5.21). Vine dice que se trata de «la circunstancia concomitante o la consecuencia de la embriaguez». Fung, por su parte, expresa que komoi «es la compañera natural de la “borrachera” (cf. Romanos 13.13), un rasgo característico de la forma de vida pagana (1 Pedro 4.3) y un ejemplo concreto de lo que significa ser “amadores de los deleites más que de Dios” (philédonoi, 2 Timoteo 3.4)».

Un equivalente funcional en la cultura juvenil americana de nuestros días sería el «party» [la fiesta], cuyas borracheras, pérdida de autocontrol e inmoralidad atraen a los espíritus demoníacos. En cierta ocasión me enfrenté a un espíritu mentiroso de «party» que alardeaba de que iba a convertir al infierno en una gran orgía y a «bailar sobre las llamas».

Y eso no es todo

El apóstol termina su catálogo de vicios de la carne con la expresión «y cosas semejantes a estas» (Gálatas 5.21). Fung dice al respecto que como la lista tenía por prólogo hátina (el tipo de), llega a su clímax con kaì tà hómoia, «y cosas semejantes». Ambas expresiones muestran que la enumeración es representativa, no exhaustiva. De los quince pecados mencionados aquí, Fung dice que los tres primeros (fornicación, inmundicia y lascivia) y los dos últimos (borracheras y orgías) son «cometidos en la esfera del cuerpo, pero el resto … podrían ser consumados por espíritus incorpóreos, mostrando así que “las obras de la carne” no son necesariamente físicas o sensuales, sino que abarcan también a los vicios espirituales».

La declaración final de Pablo: «Acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios» (Gálatas 5.21b), no se refiere a un acto ocasional sino a un estilo de vida. El apóstol utiliza el participio prássontes, bien traducido en la Reina Valera como «los que practican tales cosas».

Fung afirma que el participio «denota, no un desliz esporádico, sino una conducta habitual».

No existe tal cosa como la justificación por Cristo sin una regeneración por el Espíritu Santo. Como expresa Fung, «el evangelio que ofrece justificación y libertad de la ley por medio de la fe en Cristo nunca da a los creyentes ninguna libertad a fin de que la conviertan en libertinaje para “las obras de la carne” (v. 19; cf. v. 13)».

El apóstol hace referencia a heredar «el reino de Dios». El reino de Dios, de Cristo y de los cielos es el tema central de la Escritura. Como dice George Ladd: «Los eruditos modernos se muestran bastante unánimes en cuanto a que el mensaje central de Jesucristo era el reino de Dios». I. H. Marshall concuerda con esto y dice que significa «la actividad soberana de Dios como Rey salvando a los hombres y venciendo al mal, y el nuevo orden establecido de este modo».

Parece haber tres aspectos del reino revelados en las Escrituras: el reino que llegó con la venida de Jesús; el reino que continúa viviendo en el ministerio de la iglesia; y el reino que está por venir con la parousía, la segunda venida de Cristo.

El ministerio de liberación de nuestro Señor era algo exclusivamente del reino. Jesús dijo a los judíos que su poder para atar al hombre fuerte y echar fuera demonios constituía la prueba de que «ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mateo 12.22-28).

Un ministerio eficaz de guerra espiritual, en el sentido de lucha victoriosa con el campo sobrenatural maligno en la autoridad del nombre de Jesús, constituye de un modo único la evidencia de una venida continua del reino de Dios. Esto es lo que infunde gozo en lo que por otra parte es un ministerio difícil.

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Categorías:Sin categoría
  1. 27 enero 2009 en 1:13 PM

    esta muy lindo hacerca de lo que hablan quisiera saber si puede hablar tambien sobre temas mas profundo de los resentimientos

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