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Reyes y profetas

Cualquier religión pagana es un juego de poder.

Arthur MouwEl Dr. Arthur Mouw fue un pionero de la Alianza Cristiana y Misionera en Borneo. Todo su ministerio entre la tribu Dyak de aquella isla constituye una historia de fe, sufrimiento y demostraciones de poder, seguidas de más sufrimientos y más manifestaciones poderosas. Fue Dios quien hizo todas aquellas cosas mediante los modestos pasos de obediencia de Mouw y de la mayoría de sus conversos.

Bajo el ministerio de Arthur Mouw, el evangelio había dividido a los dyak. Algunos seguían al misionero, en tanto que otros continuaban con el médico brujo indígena. En cierta ocasión, mientras Mouw se hallaba fuera, el jefe reunió a los principales dirigentes de su aldea y a todo el pueblo.

Les dijo: «Siempre hemos seguido a los espíritus de los cerros, los ríos y las selvas, hasta que la gente de Jesús vino a vivir entre nosotros. Ahora somos un pueblo dividido. ¿Quién es Dios? El hombre-espíritu dice que los verdaderos dioses son las divinidades y los espíritus a quienes siempre hemos adorado; la gente de Jesús dice que sólo Él es Dios. Hoy vamos a saber quién es Dios en verdad. Voy a organizar una competencia entre los dioses, y aquel que sea capaz de hacer frente al desafío será el que sigamos».

Los líderes y el pueblo se mostraron de acuerdo, y el jefe preparó el escenario de la ordalía. Llevó al médico brujo tradicional a una de las más grandes viviendas comunales, que medía unos diez metros de altura y treinta de longitud, y luego pidió que se presentara un dirigente de la gente de Jesús. Hicieron pasar al frente a un joven creyente. Esto en sí no era normal para su cultura: el hecho de enfrentar al maduro, más sabio y respetado profesional religioso con un joven, y por si fuera poco un nuevo creyente. A continuación, el jefe dio a cada uno de los dos un huevo fresco y les dijo:

«El verdadero Dios preservará el huevo de su siervo, y todos seguiremos al Dios que manifieste su poder. Cada uno de vosotros debe lanzar el huevo por encima de la casa, y el Dios verdadero no permitirá que su huevo se rompa».

El brujo hizo sus ritos acostumbrados y luego lanzó el huevo por encima de la vivienda comunal. En el extremo más alejado de la misma, los ancianos contemplaron como éste se rompía en mil pedazos.

Entonces, el joven levantó su corazón a Dios y oró diciendo: «Te ruego que manifiestes que tú eres el Señor, el Creador del cielo y de la tierra. Muestra a todos éstos que Jesús es tu Hijo. Haz que cada uno de ellos vea que nosotros somos tus siervos y que hablamos tu Palabra en tu Nombre».

Una vez terminada la oración, lanzó su huevo sobre la casa comunal, y este cayó al otro lado de la misma y botó como si fuera una pelota de goma, sin que la cáscara se agrietase siquiera.

«¡El Dios Jesús es el verdadero Dios!», gritó el jefe. «¡Todos le seguiremos!» Y así lo hicieron.

El relato del Dr. Mouw ocurrió en el siglo veinte, pero nos recuerda los choques de poder que se remontan al Antiguo Testamento, cuando Dios mandó a Israel que no tuviera ningún otro dios delante de Él. El centro principal de atención de la primera parte de los Diez Mandamientos (Éxodo 20.1-17) es Dios mismo (vv. 1-3). Y fueron dados a un pueblo cuya historia pasada y presente lo sumían en el mundo del politeísmo, la idolatría y los malos espíritus; por consiguiente, el segundo foco de interés de ellos está en «los que no son dioses» (vv. 3-5). El contexto de los Diez Mandamientos es, por tanto, el de la guerra espiritual.

A continuación, Dios pronuncia una maldición especial sobre aquellos «que me aborrecen» (vv. 5, 6). Y el contexto de este odio a Dios es también el de la guerra contra los que no son dioses. Si alguien aborrece a Dios sirviendo a estos últimos, no sólo lo juzgará a Él, sino que extenderá su juicio a sus futuras generaciones: «Hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen» (v. 5b). Esta maldición es única, y se repite vez tras vez a lo largo de todo el Antiguo Testamento siempre en el contexto del servicio a los que no son dioses.

A menudo se hace referencia al hecho de seguir a aquellos que no son dioses, así como a la maldición divina que esto trae aparejado, llamándolo pecado generacional, pecado hereditario o pecado familiar. Hasta el día de hoy esta es una de las causas principales de demonización en la vida de las personas.

El caso del rey Saúl

Desde 1 Samuel hasta 2 Crónicas los libros históricos están llenos de referencias directas o indirectas a las manifestaciones del mundo espiritual. Los choques de poder que tiene Dios con Dagón, los baales y Astarot en 1 Samuel 5-7 son fascinantes de leer y ofrecen numerosas posibilidades para un estudio más profundo. Tal vez la historia más importante de este libro que relaciona al pueblo de Dios con los malos espíritus sea aquella del rey Saúl (1 Samuel 9-31). Utilizo su vida como ejemplo de un hombre de Dios que llegó a estar endemoniado a causa de un grave pecado personal.

Las cualidades espirituales positivas de Saúl

No tenemos por qué comenzar con las exigencias de Israel de tener un rey a fin de poder ser como «todas las naciones» (1 Samuel 8.5). Lo haremos con el propio Saúl, quien empezó bien y durante sus dos primeros años fue un hombre de Dios: humilde, celoso del honor divino y de la salvación del pueblo escogido. Primero, es elegido de manera soberana por Dios como príncipe sobre Israel (9.15-17; 10.1), y desde el principio revela una verdadera humildad (9.20-21; 15.17).

En segundo lugar, Saúl es transformado por el Espíritu de Dios. Fue convertido en «otro hombre» (10.6) y se le dio un nuevo corazón (10.9). El Espíritu de Dios vino sobre él con poder (10.6, 10). Profetizó bajo la unción del Espíritu (10.10). Todos los que lo conocían desde antes de su conversión estaban asombrados de la transformación espiritual que había experimentado (10.11-12). En tercer lugar, Saúl demuestra una asombrosa confianza en Dios para que le enaltezca como su rey elegido; se niega a exaltarse a sí mismo (10.15-16, 22-24).

En cuarto lugar, revela su celo por el nombre de Yahvé y por la salvación de su pueblo en su victoria sobre los amonitas mediante el poder del Espíritu Santo (11.1-11). En quinto lugar, rehúsa tomar venganza de los que se habían opuesto a él y en vez de hacerlo elige glorificar al Señor (11.12-13). En sexto lugar, debido a la conducta ejemplar de Saúl, todo Israel reafirma su pacto con Dios (11.14-15). Saúl vuelve a traer al Señor a la nación entera. Pareciera como que nos encontramos ante un rey según el corazón de Dios que no podía proporcionar más que bendiciones a Israel.

La caída paulatina de Saúl en la desobediencia

La compleja y desconcertante historia de cómo Saúl fue desobedeciendo gradual pero persistentemente a Dios con actitud orgullosa se nos describe en tres etapas:

El primer paso descarriado de Saúl lo tenemos en 1 Samuel 13.9-12. Allí, el rey asume el papel de Samuel como sacerdote y profeta de Dios. Samuel considera aquella acción como una rebelión contra la palabra de Jehová el Señor y pronuncia juicio sobre la nación a causa de la desobediencia de Saúl (vv. 13-14).

El segundo paso atrás se nos refiere en 1 Samuel 14.24-46. Allí encontramos una mezcla impía de presunción y celo por Dios que lleva a Saúl hasta el punto de estar dispuesto a matar a su propio hijo, Jonatán, en el nombre del Señor. Se ha convertido en un extremista, en un fanático religioso.

La tercera y más grave evidencia del deterioro de su vida espiritual se nos revela en 1 Samuel 15.1-35. El egocentrismo y el orgullo de Saúl lo llevaron a una rebelión abierta contra la palabra del Señor, y su confesión y arrepentimiento no constituyen un verdadero quebrantamiento por haber pecado contra Dios. Tanto el Señor como Samuel lo rechazan.

Y la prueba definitiva del orgullo y la rebeldía de Saúl viene con sus celos de David. Se ha convertido en alguien con una preocupación patológica por sí mismo. Tiene arrebatos de furia. Repetidas veces intenta matar a David (18.7-17; 19.1, 8-11). El orgullo y la rebeldía persistentes de Saúl contra Dios y su palabra termina empujándolo a cruzar la fina línea que separa las operaciones de la carne y del mundo y éstos de los espíritus demoníacos. Llega a estar endemoniado.

Hasta ahora, su pecado ha tenido como origen la carne y el mundo. De ahora en adelante será plenamente multidimensional: de la carne, el mundo y los demonios (16.14; 18.10, 11; 19.9).

¿Cuál es el resultado? Saúl a veces se vuelve irracional en su forma de pensar y en su conducta (18.10, 11), sin embargo sigue buscando a Dios. Es de nuevo lleno del Espíritu Santo (19.18-24). El caso de Saúl resulta en verdad extraño. Dos veces recibe una llenura del Espíritu «con poder» (10.6-13; 11.6), semejante a la que el Nuevo Testamento relaciona con el revestimiento para el servicio (Hechos 2.4s; 4.8, 28-31; 9.17-22). Entonces comienza su caída a causa del orgullo. Y el clímax llega cuando el Espíritu de Jehová se aparta de Saúl y un espíritu malo de parte de Dios lo atormenta (16.14).

Ralph W. Klein señala la diferencia que hay entre el hecho de que el Espíritu Santo viniera repetidas veces sobre Saúl y la afirmación que se hace acerca de David de que «desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David» (16.13).

También el «espíritu malo de parte de Jehová» va y viene (16.14-23; 18.10; 19.9). En determinados casos (16.14-23), su partida se debe al ministerio musical que le brinda David tocando el arpa y cuyo resultado era que «Saúl tenía alivio y estaba mejor, y el espíritu malo se apartaba de él» (16.23). Sin embargo, esto no siempre resultaba; en efecto, en otros dos casos subsiguientes, la presencia y la música de David no hicieron más que agitar a Saúl y quizás al espíritu malo que tenía dentro (18.10s; 19.9). Esta última ha sido también mi experiencia con los espíritus malos.

No obstante, a pesar de todo, el Espíritu Santo vuelve sobre Saúl capacitándole para profetizar (19.20-24). De nuevo digo que Saúl es un caso muy poco común. Para profundizar en esta compleja vida precisaría más páginas de las que dispongo en el presente capítulo.

La demonización de Saúl

La demonización del rey Saúl parece desarrollarse en varias etapas de empeoramiento progresivo.

Primera etapa. Al principio su demonización es muy leve. Tiene períodos de normalidad. Quizás el propósito de ella era llevarle a un arrepentimiento verdadero (1 Samuel 16.14-23; 1 Timoteo 1.20).

Segunda etapa. Su demonización se hace muy intensa. A veces actúa de forma irracional (1 Samuel 18.10a). Es destructivo en sus relaciones interpersonales: primero con sus propias hijas y luego tratando de matar a su hijo Jonatán. Por último intenta otra vez asesinar a David, el mejor amigo de su hijo y ungido de Dios (18.10, 11; 19.9-17; 20.30s).

Tercera etapa (1 Samuel 28). Sin negar su fe en el Señor, Saúl cae en prácticas ocultas y espiritistas complicándose con la adivina de Endor.

He visto esto ocurrir en muchas ocasiones, especialmente con creyentes en África y Asia. Son cristianos, aman al Señor, pero en un intento desesperado de conseguir poder o conocimiento escondido recurren a las prácticas espiritistas y, como Saúl, acaban endemoniados.

En el caso de Saúl, fueron la muerte de Samuel y el rechazo definitivo de Dios como líder de su pueblo las causas que precipitaron su actuación desesperada (25.1; 28.6). Cuando los filisteos se reunieron para la batalla final contra Israel, Saúl cayó en la desesperación.

«Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió» (28.6). Manifestando el paganismo que se ocultaba bajo la superficie de muchos creyentes de su época, Saúl buscó a una médium para que le hiciese aparecer al espíritu de Samuel. Y en este caso, Dios hace que Samuel se presente, sorprendiendo incluso a la adivina (28.7-12). Samuel rechaza la petición de ayuda de Saúl y le recuerda la ocasión de su primera gran rebelión voluntaria contra la palabra de Dios (28.16-18).

A continuación, el profeta pronuncia juicio sobre Saúl: perderá su vida al día siguiente e Israel será derrotado por los filisteos (v. 19). Saúl había pecado de muerte (28.19; 31.1-6; véase 1 Corintios 5.1-5; 1 Timoteo 1.19, 20 con 2 Timoteo 2.17, 18; 1 Juan 5.16, 17; 1 Corintios 11.27-32) y muere gravemente endemoniado, pero manteniendo su fe en Dios hasta el final. No fue ningún apóstata. No se convirtió en un Salomón, ni sirvió a dioses ajenos. Fue, eso sí, desobediente y buscó conocimiento oculto de una médium, como decenas de miles de creyentes descarriados, incluso líderes cristianos, han hecho después de él. Por lo tanto estará en el reino de Dios. No fue al infierno, sino a la morada de los justos (28.19).

Utilizando sólo la Biblia no es posible refutar la posición que he adoptado en cuanto a que Saúl fue un verdadero creyente. Cierto que cayó, como tantos miles lo han hecho después de él a causa del orgullo. Esto nos recuerda otra vez las cuatro P que acosan a muchos cristianos y en especial a los dirigentes del pueblo de Dios: poder, posición, placer y posesiones. Todas ellas son evidencia del pecado de orgullo.

Saúl murió como un creyente gravemente endemoniado; y a pesar de serlo, la Escritura relata que «vino sobre él el Espíritu de Dios, y siguió andando y profetizando» (1 Samuel 19.23). Se trata ciertamente de un hombre misterioso.

Acab y todavía más maldad

El primer libro de los Reyes narra la maldad de los reyes de Israel y Judá que condujeron al pueblo de Dios a una increíble idolatría, al politeísmo, el sacrificio de niños, la inmoralidad y el demonismo. Naturalmente, el más notable de ellos fue el rey Acab de Israel, junto a su perversa esposa Jezabel. La historia de Acab es el sorprendente ejemplo de un líder del pueblo de Dios que se deja controlar por una poderosa mujer cananea pagana versada en las artes ocultas: Jezabel.

El escritor narra que Acab «fue y sirvió a Baal, y lo adoró. E hizo altar a Baal, en el templo de Baal que él edificó en Samaria. Hizo también Acab una imagen de Asera, haciendo más que todos los reyes de Israel que reinaron antes que él, para provocar la ira de Jehová Dios de Israel» (1 Reyes 16.29-33).

Resulta notable que estos versículos vayan de inmediato seguidos de otra referencia a los sacrificios paganos de niños: aquel de los dos hijos del rey Hiel de Jericó (v. 34).

Conflicto con los dioses de los profetas no escritores

El capítulo 18 de 1 Reyes narra el choque de poder más famoso de toda la Escritura: el ocurrido entre el profeta Elías y los «cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, y los cuatrocientos profetas de Asera» (vv. 19ss). Haré un comentario seguido del incidente.

Dios había ordenado repetidas veces a Israel que no tuviese nada que ver con los dioses de Canaán, pero el pueblo falló una y otra vez. Sirvieron a aquellos dioses, y en particular a Baal y Asera. Este es el contexto de la historia que nos ocupa.

El desafío de Elías: 1 Reyes 18

El tipo de historia narrada en 1 Reyes 18 se denomina en misiología desafío u ordalía. Es muy corriente en los choques de poder entre Dios y «los que no son dioses», e incluso dentro de las mismas religiones paganas. Todo el relato constituye uno de los ejemplos descollantes de sátira literaria que encontramos en la Biblia (vv. 21-40).

En primer lugar tenemos el desafío de Elías al pueblo rebelde de Dios (v. 21s). Una paráfrasis de estas palabras del versículo 22 sería: «En el momento presente, en la cumbre de este cerro, estoy solo con Dios».

En segundo lugar, Elías fija la «ordalía» (vv. 23, 24) y el pueblo la acepta. Uno se pregunta si los profetas paganos querían que dicho reto tuviese lugar. ¡Resulta muy dudoso!

En tercer lugar, se describe la intensificación de la sátira por parte de Elías (vv. 25-29). Hay sangre animal de por medio, una característica corriente del animismo (vv. 25, 26a). Se muestra gráficamente la vehemencia del fanatismo religioso de los profetas paganos (vv. 26-29), que continúa sin parar desde la mañana hasta la hora del sacrificio de la tarde: la hora novena, es decir, las tres de la tarde.

En cuarto lugar, Elías actúa formulando de nuevo la fe que el pueblo había abandonado y reconstruyendo el «altar de Jehová» que estaba parcialmente destruido (v. 30). Esto simboliza la vuelta al momento histórico en que Dios los llamó por primera vez como nación. Es un regreso a la fe de sus padres de la cual se habían extraviado, un acto de rededicación.

Enseguida reparamos en los agresivos pasos que da Elías:

Primero dramatiza la situación poniendo todos los factores físicos en su contra (vv. 32-35). Espera hasta el momento oportuno, la hora del sacrificio de la tarde, como recordatorio adicional de la fe que habían abandonado (v. 36a). Luego declara el motivo del desafío, así como que él actúa en el nombre del Señor (v. 36b). Luego ora en público (v. 37) y, por así decirlo, «se la juega». Dios tendrá que contestar o si no quedará como un falso profeta y el mismo Yahvé no será diferente a Baal y Asera. Los choques de poder provocados por los siervos de Dios son actos de gran fe.

Luego se alcanza el clímax de la acción en el versículo 38, cuando Dios responde con fuego de la manera más espectacular posible. El fuego divino consume el sacrificio de Elías, quema «la leña, las piedras y el polvo» e incluso lame «el agua que estaba en la zanja» (v. 38).

Por último, hay que tener siempre en cuenta el propósito del choque de poder y del juicio por desafío. Este no es sólo para validar la autoridad del siervo de Dios, aunque tal cosa ocurre también por lo general. Su objetivo es llevar a la gente a un veredicto, a una decisión. Esto lo vemos en el versículo 39: «Viéndolo todo el pueblo, se postraron y dijeron: ¡Jehová es Dios, Jehová es Dios!» Un resumen de lo que sucedió sería:

El asunto: Israel había dejado a Dios por «los que no son dioses».

La ordalía: El verdadero Dios vindicaría su nombre y el de su siervo.

La nueva formulación de la fe (vv. 30-32).

El motivo (vv. 36, 37).

El clímax (v. 38).

El veredicto (v. 39).

Dicho veredicto da como resultado un movimiento de la gente en dos actos: la reconstrucción del altar del Señor (vv. 30-32a); y la ejecución de los falsos profetas (v.40).

Conflictos de los profetas escritores con los dioses

Mencionaré un relato clásico de choque de poder entre los profetas escritores (se llama profetas escritores a los que van desde Isaías hasta Malaquías, mientras que a Abraham, Samuel, Elías, Eliseo y otros como ellos se los considera a menudo los profetas «no escritores»). El pasaje es Isaías 57.1-21.

En la narración hablan tanto Isaías como Dios. Resulta difícil saber cuando comienza uno, lo deja y empieza el otro.

Primero se describen los sufrimientos del «justo» anónimo (v. 1a), que podría representar al mismo Isaías, pero más probablemente a todos los justos de Judá que permanecían fieles a Dios. Estos sufren a manos de los judíos apóstatas y quizás de algunos de los paganos de la tierra. Los hay, incluso, que han sido muertos por su fe (vv. 1b, 2). Este es el concepto de «los contrarios», otra idea clave en los choques de poder. Se trata del «a favor y en contra» que se ve a lo largo de toda la Escritura y de la historia de la iglesia.

En segundo lugar, se describe la religión pagana antagonista, exactamente como los cultos cananeos que ya hemos mencionado (v. 3s). Está dirigida por una mujer (v. 3), lo cual también es bastante corriente. Se trata de una hechicera que conduce al pueblo a participar en orgías sexuales. Ella misma es una prostituta sagrada (v. 3). Aquellos a los que se llama «hijos» suyos son los judíos enredados con ella en el culto.

En tercer lugar, los judíos en cuestión estaban totalmente entregados al mencionado culto. Se hallaban en rebeldía contra Isaías y los justos que intentaban sacarlos de su apostasía. Los judíos rebeldes utilizaban la «burla»; el desafío verbal («ensanchasteis la boca»); la ridiculización («alargasteis la lengua»); y el embuste. Estaban engañados y eran al mismo tiempo engañadores (v. 4).

En cuarto lugar, las orgías religiosas («os enfervorizáis» u os inflamáis) se realizaban en las arboledas sagradas de las cuales se habla a lo largo de todo el Antiguo Testamento (v. 5a). Una característica cultural clave de esta abominación era que todo se llevaba a cabo a la vista y en grupos.

En quinto lugar, cerca de los robles estaban los tofets (si es que también se hacía el entierro allí mismo) donde sacrificaban a sus hijos ante los dioses. Esto se hacía en hondonadas y en claros rodeados de peñas (v. 5b), donde las llamas no pudieran quemar los «frondosos» árboles. A los niños se los mataba con un cuchillo y luego sus cuerpos eran ofrecidos en holocausto a los dioses.

Aquello suponía la manifestación más terrible de la religión cananea y también el punto más bajo de la apostasía israelita. En tales prácticas se hallan presentes los poderes demoníacos. Es probable que casi todos, por no decir todos, esos adoradores ocultistas satánicos estaban gravemente endemoniados.

En sexto lugar, los ritos tenían que ver con piedras (v. 6a), por lo general de cinco clases. Para empezar, a menudo se levantaba una piedra sagrada sobre la cual se colocaban luego ídolos o imágenes de Baal y Astarté. También se construían altares de piedra, en los que ofrecer incienso, libaciones e incluso la sangre de los niños. De igual manera, con frecuencia se erigían monumentos a los dioses o diosas y las piedras que simbolizaban falos eran también comunes. Además, cualquier piedra, roca o formación rocosa que tuviese un aspecto desacostumbrado se consideraba, bien llena de poder impersonal, bien morada de los espíritus.

La segunda parte de Isaías 57.6 deja claro que las piedras se consideraban sagradas y que ellas mismas recibían las libaciones a los dioses o los espíritus que se derramaban sobre ellas. También se ponían sobre ellas las ofrendas de grano, que eran quemadas o dejadas allí para el uso de los dioses (v. 6c).

En séptimo lugar, las arboledas estaban situadas en las cumbres de los montes o lugares altos (v. 7a). Las ceremonias paganas que se llevaba a cabo en los «lugares altos» son muy prominentes en el Antiguo Testamento. Hay docenas de referencias a ellas, especialmente en los libros históricos, las cuales se encuentran en el Pentateuco. Una de ellas, en Levítico 26.30, nos proporciona el contexto de todas las demás. En ese pasaje, Dios advierte a Israel de las consecuencias que trae desobedecer a sus leyes y dice: «Destruiré vuestros lugares altos, y derribaré vuestras imágenes, y pondré vuestros cuerpos muertos sobre los cuerpos muertos de vuestros ídolos, y mi alma os abominará».

Allí, en los lugares altos, «pusiste tu cama», dice Isaías, refiriéndose tal vez a las prácticas sexuales del culto que incluían la prostitución y los actos eróticos rituales. ¿Implicaba también aquello el abuso ritual satánico (ARS) como vemos en el avivamiento actual del paganismo? Es difícil decirlo. Algunas de las prostitutas sagradas eran entregadas a esta forma de prostitución por sus padres siendo adolescentes o tal vez antes. De modo que el ARS muy bien pudo haberse dado. Los lugares altos eran asimismo el sitio donde ofrecían sus sacrificios.

En octavo lugar, en el versículo 8a parece estar involucrado algún tipo de símbolo de la deidad: «Y tras la puerta y el umbral pusiste tu recuerdo». Puede que se tratara de algún símbolo mágico secreto que se escondía detrás de las puertas o en un lugar disimulado del quicial. El individuo volvía a aquel símbolo mágico o espiritual para conseguir nuevo poder. Todas las religiones paganas son juegos de poder.

En noveno lugar, todo aquello lo hacía el pueblo «a otro, y no a mí», dice el Señor (v. 8b).

En décimo lugar, vuelven a mencionarse las perversiones sexuales de este sistema religioso (v. 8c). Se trataba evidentemente de la característica más importante del culto. Esto puede verse en algunos de los rasgos aquí presentes. Primero está la referencia anterior a «enfervorizarse» o inflamarse bajo los árboles frondosos (v. 5a). Luego, aquella otra a «descubrirse» (v. 8c) y a «ensanchar la cama» (v. 8c).

También encontramos la expresión «hiciste con ellos pacto»; es decir, con las prostitutas y los prostituto/prostitutas sagrados (v. 8d), lo último es muy probable (véase Deuteronomio 23.17).

En undécimo lugar, exportaban sus prácticas a otros lugares a lo largo y a lo ancho (v. 9); y al hacerlo, se dirigían ellos mismos y llevaban a aquellos a los que incitaban a seguir sus perversos caminos a «la profundidad del Seol», es decir a la muerte (v. 9b).

En duodécimo lugar, el siguiente versículo parece significar que este desenfrenado estilo de vida perverso los agotaba. Suponía un gran coste personal. Sin embargo continuaban practicándolo, renovando sus fuerzas pero sólo para seguir haciendo el mal (v.10).

En decimotercer lugar, Dios dice que eran mentirosos y se habían olvidado tan completamente de Él que ni siquiera les venía al pensamiento cuando la preocupación y el temor los acongojaban. Se volvían a sus prácticas decadentes. Sus «obras» y su «justicia» eran de una especie tan pervertida que no les aprovechaban en absoluto, sino sólo les traían vergüenza (vv. 11, 12).

En decimocuarto lugar, Dios desafía y advierte a los rebeldes judíos: «Cuando clames, que te libren tus ídolos» (v. 13a). Y luego se compara a sí mismo con los dioses de ellos, que son tan inestables que «un soplo los arrebatará», y se presenta como un refugio fiel (v. 13b).

Por último, Dios promete que si se humillan y vuelven a Él, los perdonará, bendecirá y restaurará. En cambio, si no lo hacen jamás encontrarán la paz (vv.14-21).

¡Qué extraordinario pasaje de la Escritura! Y sin embargo, ¡cuán profunda era la participación de Israel con los malos espíritus en tiempos de Isaías! Un cuadro similar lo tenemos en Jeremías y en otros varios profetas que escribieron justo antes del exilio y durante el mismo.

El caso de Job

Aún quedan otros relatos importantes del Antiguo Testamento con una fuerte carga de guerra espiritual. A la historia de Job y del ataque de Satanás contra él nos referiremos varias veces en nuestros estudios sobre el Nuevo Testamento. El enfoque principal de Job 1 y 2 está en el papel directo que el diablo desempeña en los sufrimientos de este hombre de Dios. Satanás se halla detrás de todas las aflicciones y pérdidas experimentados por Job.

Los ataques son de diversos tipos. Primero, tenemos el efectuado por medio de hombres perversos (1.13-15). En segundo lugar, se trata de un desastre natural que destruyó todas las ovejas de Job y a todos sus siervos menos uno. El criado superviviente definió la catástrofe como «fuego de Dios» (v. 16); sin embargo dicho fuego no procedía del Señor, sino de Satanás.

El tercer ataque es también de hombres hostiles, quienes robaron los camellos de Job y mataron a sus criados (v. 17). Y el cuarto, otro desastre natural que acaba con todos los hijos e hijas del atribulado varón (vv. 18, 19).

De todas esas tragedias sufridas por Job el responsable no es Dios, sino Satanás, quien manipula a los hombres malvados como siempre hemos sabido. ¿Es también el causante directo de todos los desastres naturales salvo de aquellos que Dios envía claramente para juzgar a la gente pecadora? Lo más trágico de todo, sin embargo, es la muerte repentina de todos los hijos de Job. ¿Puede el diablo quitar la vida a los hijos de Dios? Según este relato, Satanás puede hacer todo aquello que hemos mencionado, pero sólo con el permiso divino.

En el capítulo 2, el blanco del ataque es Job mismo. Se autoriza a Satanás para causarle toda clase de males físicos, pero no para quitarle la vida. Dios le dice al diablo: «He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida» (2.6). De modo que su vida es respetada, pero no la de sus hijos. La mayoría de los padres darían sin embargo gustosos sus vidas por las de sus retoños. Aquí hay todavía grandes misterios que sopesar.

En Zacarías 3.1-4, vemos cómo intenta Satanás acusar al sumo sacerdote Josué y de qué manera Dios lo detiene inmediatamente (v. 2). Es evidente que el Señor sólo permite que el diablo acuse a algunos de sus fieles servidores y abuse de ellos, pero no a otros. Dios es soberano en todo, incluso en su forma de tratar con Satanás y la maldad.

El caso de Oseas

La mayoría de los restantes pasajes sobre guerra espiritual que hay en el Antiguo Testamento se tratan en alguna otra parte de nuestros estudios. Sin embargo cerraré este capítulo con el libro de Oseas, que es un buen resumen de la polémica de Dios con Israel y Judá a causa de su flagrante «conducta de ramera» y su abandono del Señor. Oseas nos presenta un cuadro de lo más completo y desolador de la apostasía del pueblo de Dios. El principal centro de atención del profeta son las fornicaciones de la nación con los ídolos de la tierra y con Baal en particular.

Las palabras ramera y prostitución aparecen una cantidad inusual de veces para un libro de su tamaño. El libro de Oseas trata en primer lugar de la prostitución espiritual, incluso cuando se refiere a la mujer ramera del profeta. Además, seis veces aparece la palabra amantes, también con el adulterio espiritual en mente. Y siete veces se mencionan los ídolos y otras siete a Baal o los baales.

Algunos de los versículos clave son: «Y la castigaré por los días en que incensaba a los baales» (2.13a); «[Israel] se iba tras sus amantes y se olvidaba de mí, dice Jehová» (2.13b); «Efraín es dado a ídolos; déjalo» (4.17); «Ellos mismos [los hombres] se van con rameras, y con malas mujeres sacrifican» (4.14b); «Fornicaron sin cesar» (4.18).

Luego, Dios sigue diciendo: «Mi pueblo a su ídolo de madera pregunta, y el leño le responde; porque espíritu de fornicaciones lo hizo errar» (4.12); «Pues has fornicado apartándote de tu Dios; amaste salario de ramera en todas las eras de trigo» (es decir, en las orgías rituales de la siega) (9.1); «Ellos acudieron a Baalpeor, se apartaron para vergüenza, y se hicieron abominables como aquello que amaron» (9.10). «Israel hizo sagradas las piedras», o símbolos fálicos (10.1-2).

Lo más sorprendente de todo es el clamor de Dios, tanto de amor como de pesar, por su voluntarioso pueblo. Les promete que volverán a Él como resultado de un castigo terrible el cual debe permitir que caiga sobre ellos: «¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel?[ … ] Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión» (11.8). ¡Qué Dios tan amante tenemos!

Esto pone fin a nuestra panorámica de la guerra espiritual en el Antiguo Testamento. Todavía queda mucho por decir. El Nuevo Testamento edificará sobre lo que hemos descubierto hasta ahora y lo ampliará en gran manera. Si nos parece que tenemos pocas referencias directas a Satanás y los demonios en el Antiguo Testamento, no sucede lo mismo con el Nuevo. Los evangelios presentan realmente un cuadro con demonios por todas partes.

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