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Romanos / Guerra Espiritual

La visión de Pablo acerca del mundo espiritual como aparece en Romanos, escrita poco después de 1 y 2 Corintios, es profunda aunque no extensa. En la Epístola a los Romanos, el apóstol no se refiere a menudo a Satanás y a sus demonios, pero cuando lo hace su enseñanza resulta útil.

Romanos 8.15

En nuestro estudio de Romanos nos topamos dos veces con el mundo de los espíritus. En primer lugar vimos en el versículo 15 el espíritu de esclavitud que producía el miedo. Entendimos esto como un espíritu malo o los espíritus malos en general. El trabajo de ellos consiste en mantener atados a los inconversos, y para conseguirlo utilizan el temor. Los no creyentes temen a Dios en un sentido negativo. No quieren vivir bajo su señorío ni bajo el de su Hijo, y prefieren la esclavitud al espíritu de este mundo. Temen perder el control de sus vidas, el cual, aunque no lo sepan, han perdido ya. Creyendo ser libres y estar haciendo su propia voluntad, se encuentran en realidad atados por este espíritu de esclavitud y cumplen sus deseos (Efesios 2.2).

El mismo espíritu (o varios) de esclavitud y temor trata también de ejercer control sobre la vida de los cristianos. En Romanos 8.15, Pablo dice que cuando creímos en Cristo, no recibimos ese espíritu de esclavitud generador de miedo, sino el Espíritu Santo.

Si en nuestra vida está actuando un espíritu de esclavitud que produce temor es que algo va mal. Lo ideal es el Espíritu de Dios que da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. De modo que un cristiano que vive en miedo continuo de algo, especialmente de no ser hijo de Dios, está permitiendo que otro espíritu distinto al Espíritu Santo controle su vida en ese punto. Ello no implica necesariamente demonización, aunque ésta también puede darse. Sólo significa que un espíritu indebido, el espíritu de temor, está influyendo en ese aspecto de la vida del creyente, quien necesita ser liberado.

Por último, en Romanos 8.15 Pablo utiliza la expresión «otra vez» porque antes de creer en Cristo todos vivíamos atados por el espíritu de esclavitud que produce miedo. En Cristo, por así decirlo, dicho espíritu debería haber sido exorcizado de todos nosotros. No obstante, puede volver de nuevo. Me he enfrentado a muchos espíritus de temor que perturbaban la vida de cristianos.

Pablo dice que hemos recibido el «Espíritu de adopción»; ese Espíritu nos repite continuamente que somos parte de la familia de Dios. Y más tarde, afirma que el Espíritu nos dice incluso que somos herederos de Dios y coherederos con Cristo (v. 17). Es el Espíritu que nos capacita a cada uno de nosotros para decir «¡Abba, Padre!»

Para terminar su sinfonía testimonial en cuanto a nuestra vida vencedora en Cristo, Pablo enumera muchos de los principales enemigos que están tratando de obstruir nuestras vidas como hijos de Dios (v. 35). Y luego declara que «somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó». Entre dichos enemigos menciona por lo menos a tres seres espirituales, o para ser más exactos tres grupos de dignatarios espirituales perversos en el nivel cósmico que tratan de hacernos daño: ángeles, principados y potestades (Romanos 8.37, 38). El apóstol afirma que éstos son completamente ineficaces en sus esfuerzos por separarnos «del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (v. 39; véanse los capítulos 10 y 11).

Romanos 16.17-20

En más de una ocasión Pablo vuelve a mencionar a esos enemigos espirituales cósmicos. Esta vez, sin embargo, pasa por alto a los ángeles, principados y potestades caídos y habla del maligno mismo por nombre: Satanás, el adversario (Romanos 16.20). Para captar todo el impacto de ello debemos examinar el versículo en cuestión dentro del contexto de un tema repetido en las epístolas de Pablo del que hemos hablado en muchas ocasiones: el engaño.

Aquí, en Romanos 16.17, 18, el apóstol advierte:

Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos.

Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos.

Estos hombres son engañadores porque ellos mismos han sido engañados (1 Timoteo 4.1s; 2 Timoteo 3.13) y causan división en la iglesia (Hechos 20.28-31). Es evidente que se trata tanto gente de poder como de posición. El gran peligro de esos maestros, dice Pablo, es que «con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos». Son hombres hábiles, no sólo para escoger cuidadosamente sus palabras con el propósito de engañar, sino también en su presentación de las cosas. De manera diestra y elocuente razonan sus argumentos, dejando a la gente convencida de que sus posiciones son correctas. Ganan a otros; sin embargo Pablo dice que son engañadores, los cuales seducen por completo los corazones de los ingenuos. James Denney explica que ingenuos quiere decir «cándidos, que no sospechan ningún mal, y por tanto susceptibles de ser engañados».

No obstante, el versículo clave de este pasaje es el 20. En el 19, Pablo habla de sabiduría «para el bien» e inocencia «para el mal». Al hacerlo, está nuevamente refiriéndose, no sólo a los hombres perversos de los versículos 17 y 18 (véase Efesios 6.12), sino al espíritu malo que obra a través de ellos (2 Corintios 11.3, 4, 13-15; 1 Timoteo 4.1s). De modo que dice en el versículo 20: «Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies».

Esta, dice John Murray, es una clara referencia a Génesis 3.15: el aplastamiento de la cabeza de la serpiente por la simiente de la mujer. En el caso que nos ocupa, la simiente de la mujer es la iglesia de esa localidad. Es Dios quien realizará el aplastamiento, y lo hará bajo los pies de ellos y pronto. Murray expresa que «es Dios quien aplasta a Satanás y establece la paz a cambio del conflicto, la discordia y la división. Él es, por tanto, el Dios de paz».

Luego, Murray escribe acerca de la batalla de la fe y dice que «la dominación final de todos los enemigos entra en el horizonte de esta promesa (cf. 1 Corintios 15.25-28). Sin embargo, no debemos excluir las conquistas que son los anticipos presentes de la victoria final (cf. 1 Juan 2.14; 4.4)».

En este versículo Pablo está diciendo que Dios es el único que puede traer realmente paz a los creyentes turbados, ya que se le llama «el Dios de paz». Su interés principal al presentar aquí a Dios como el Dios de paz tiene que ver con la actividad de Satanás, que es la verdadera fuente de división y engaño entre el pueblo de Dios. Sólo él quita la paz que Dios quiere que exista en su pueblo. La desunión es una de sus armas más eficaces contra la iglesia y apaga el Espíritu de paz. Por tanto en el versículo 20 el apóstol enfoca al propio Satanás. La única manera de que dicha paz se pueda restaurar o mantener, dice, es que Dios mismo aplaste «a Satanás bajo vuestros pies». ¡Qué versículo tan maravilloso! Nos devuelve hasta el mismo protevangelium de Génesis 3.15. Dios había prometido que la simiente de la mujer, el Señor Jesucristo, aplastaría la cabeza de la serpiente, y aquí Pablo se fija en esa promesa.

Cuando el apóstol escribió Romanos 16.20, Jesús ya había aplastado la cabeza de Satanás; sin embargo, todavía es necesario que Dios siga aplastando al diablo. Y volverá a hacerlo en el futuro escatológico, aunque entonces será definitivamente (Apocalipsis 20.10). Ahora Dios aplasta a Satanás, pero no lo hace directamente como en el evento de Cristo o cómo ocurrirá en el futuro (Apocalipsis 20.10). En la actualidad lo lleva a cabo de forma indirecta, a través de los santos. Pablo dice que Satanás será aplastado «bajo vuestros pies».

La siguiente cita de Juan Calvino une maravillosamente estas tres dimensiones de la derrota del diablo. Sus comentarios se basan en Romanos 16.20.

Lo que sigue, Dios aplastará a Satanás, etcétera, no es tanto una oración como una promesa para confirmarlos. Pablo en verdad les exhorta a luchar varonilmente contra el diablo y les promete que en breve obtendrán la victoria[ … ] Luego les asegura una derrota definitiva, que no aparece en medio de la contienda[ … ] no habla solamente del día final, cuando Satanás será del todo aplastado; sino que, como el diablo estaba, por así decirlo, enfurecido y con las riendas sueltas o rotas, les promete que el Señor lo someterá pronto y hará que sea pisoteado. De inmediato viene una oración: que la gracia de Cristo estuviera con ellos; es decir, que pudieran disfrutar de todas las bendiciones que les había procurado Jesús.

Señor, ¡que venga pronto el día en que Satanás será aplastado para siempre! Y al mismo tiempo, ¡que tus iglesias aprendamos a aplastarlo bajo nuestro pie! Amén.

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