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Segunda Parte: Consideraciones Teológicas

Sección I

Origen y ámbito de la guerra espiritual

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Rebelión cósmica

El problema del mal

La guerra espiritual tiene que ver con el mal. La guerra en sí es algo perverso y si el mal no existiera, tampoco habría guerra de ningún tipo. El mal es el problema más desconcertante que jamás ha enfrentado la humanidad. Los pensadores llevan milenios forcejeando con él. El filósofo griego Epicuro (341-270 a.C.), según Lactancio (260-340 d.C.), escribió:

O bien Dios quiere quitar los males y es incapaz de hacerlo, o puede hacerlo pero no quiere; quizás ni quiere ni puede, o tal vez quiere y puede. Si quiere pero no puede, es débil, lo cual no concuerda con su carácter; si puede pero no quiere, es envidioso, algo que también está en desacuerdo con él; si no quiere ni puede, es tanto débil como envidioso, y por lo tanto no es Dios; pero si quiere y puede, que es lo único que resulta apropiado para Éll, ¿de dónde vienen entonces los males?, o ¿por qué no los quita?

Ese fue el problema que mantuvo al gran C.S. Lewis encadenado al ateísmo durante la mayor parte de su vida. Lewis se refiere a él en su sugestivo libro The Problem of Pain [El problema del dolor], donde, narrando su antigua defensa del pensamiento ateo, describe gráficamente el mal y el infortunio a los cuales se enfrentan todos los seres humanos. Y concluye diciendo:

Si me pide que crea que esto es obra de un espíritu benigno y omnipotente, responderé que todas las pruebas apuntan en sentido contrario. O no hay espíritu detrás del universo, o es un espíritu indiferente al bien y al mal, o es un espírituperverso.

Y la respuesta de Lewis a su manera de pensar antigua es interesante. Dice así:

Nunca había notado que la misma fuerza y facilidad del argumento del pesimista nos plantean de inmediato un problema. Si el universo es tan malo o incluso la mitad de malo, ¿cómo pudieron jamás los seres humanos llegar a atribuirlo a la actividad de un Creador sabio y bueno? Tal vez los hombres sean necios, pero no hasta ese punto … De modo que inferir la bondad y la sabiduría de un Creador del curso de los acontecimientos en este mundo hubiera sido siempre igualmente absurdo, y jamás fue así. La religión tiene un origen distinto.

La nota a pie de página de Lewis menciona la palabra teodicea, que viene de los vocablos griegos theós (Dios) y díke (justicia). El diccionario Webster define teodicea como «la defensa de la bondad y omnipotencia de Dios en vista de la existencia del mal».

Edgar S. Brightman, profesor de Filosofía en la Escuela de Graduados de la Universidad de Boston, por su parte, la define como «el intento de justificar el trato de Dios para con el hombre, es decir, de resolver el problema del mal a la luz de la fe en el amor y la justicia de Dios».

El problema del mal es obviamente más agudo para el teísmo que para cualquier otra clase de filosofía o teología; en caso de no poderse resolver, el teísmo debe ser abandonado, retenido por la fe en la esperanza de una futura y hasta el momento inalcanzable solución, o sostenido como una verdad por encima de la razón.

C. S. Lewis tal vez estaría de acuerdo en que la solución es inalcanzable en la actualidad. Diría que las verdades detrás del teísmo están por encima y más allá de la razón humana. Como se atribuye a Pascal haber afirmado: «El corazón tiene razones desconocidas para la mente». Lewis está en lo cierto al decir que la teodicea no es algo nuevo con lo que sólo se ha forcejeado de manera adecuada en la era científica moderna. En verdad el gnosticismo, la mayor división que surgió dentro de la patrística de la iglesia primitiva, se centraba en esta cuestión del mal en el universo de Dios.

En Satán: The Early Christian Tradition [Satán: La primera tradición cristiana], Jeffrey Burton Russell explica que los orígenes del gnosticismo se remontan quizás hasta una época tan anterior como la comunidad de Qumram, con su teología de conflicto cósmico entre el bien y el mal. Sin embargo, el gnosticismo fue en esencia un intento cristiano de teodicea que se desvió y amenazó con dividir a la iglesia postapostólica hacia mediados del siglo II. Gran parte de los escritos apologéticos de los padres primitivos fueron dirigidos contra esta devastadora herejía. El gnosticismo, por tanto, prestó un enorme servicio a la iglesia, haciéndola reflexionar sobre el problema del mal, en especial a los grandes apologistas como Justino Mártir, Taciano, Atenágoras, Teófilo, Ireneo y Tertuliano.

Al sacar a la palestra la cuestión de la teodicea, los gnósticos obligaron a los padres de la iglesia a idear una demonología coherente que faltaba en el Nuevo Testamento y en el pensamiento apostólico. El énfasis del gnosticismo en el poder del diablo y en la maldad del mundo material, hizo que los padres reaccionaran definiendo meticulosamente dicho poder y defendiendo la bondad esencial del mundo creado por Dios.

Tal vez la dimensión más compleja y profunda de la concepción de la realidad presente como una guerra espiritual tenga que ver con el origen de dicho conflicto. Este no comenzó en la tierra con la caída, como deja bien claro la Biblia. ¿Se originó tal vez en algún lugar o momento del reino celestial, evidentemente antes del pecado del hombre? Tal parece ser el caso. El Antiguo Testamento sugiere con claridad una rebelión cósmica contra el gobierno de Dios mediante su frecuente referencia a seres malignos sobrenaturales que buscan hacer daño a los hombres y apartarlos de una vida de obediencia al Señor.

No podemos comenzar por Génesis 3, ya que la serpiente que tienta a Eva en ningún lugar del Antiguo Testamento se describe como un ser sobrenatural. El Nuevo Testamento, en cambio, la identifica como el diablo y Satanás (2 Corintios 11.3; Apocalipsis 12.9). Una cosa es cierta: cuando los maestros judíos leían y explicaban Génesis 3 a sus oyentes, al menos en la época del período intertestamentario, identificaban a la serpiente con Satanás. La inteper pretación que da el Nuevo Testamento de la caída del hombre y la de los judíos es idéntica en este punto. Aunque las referencias al diablo no sean tan frecuentes en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, se menciona a Satanás varias veces: una en 1 Crónicas, catorce en Job 1 y 2, una en el Salmo 109.6 y tres en Zacarías 3.1-2.

El modelo de ataque de Satanás

La primera ocasión en la que se menciona por nombre a Satanás es en 1 Crónicas 21.1. Este pasaje revela el intento de Satanás de arrastrar a David, un hombre de Dios, a la desobediencia. Dicho pasaje sugiere una forma o patrón de actuación del diablo contra la humanidad que se repite a lo largo de toda la Escritura, puede observarse en el transcurso de la historia y es experimentado tanto por creyentes como por no creyentes en cualquier parte hoy en día. En esa forma de actuar podemos ver la estrategia más importante de Satanás, su objetivo principal y su propósito básico.

La estrategia, engañar

En primer lugar, descubrimos la estrategia más importante de tentación del diablo, el engaño. El escritor relata que Satanás «incitó a David a que hiciese censo de Israel» (v. 1). (Para una perspectiva típicamente veterotestamentaria del aspecto divino de esa tentación satánica, véase 2 Samuel 24.1.) David, como su predecesora Eva, no tenía idea del origen de los pensamientos que de repente aparecieron en su mente. Y al meditar en ellos le parecieron correctos, lógicos y necesarios. Aunque su conciencia evidentemente le molestaba (v. 8), decidió seguir adelante con su plan. Lo que David se proponía estaba mal, tanto, que el propio Joab, comandante de su ejército que no era ningún santo, vio el error de su decisión y expresó su oposición a ella (vv. 2-4).

Estaba tan mal que cuando el juicio de Dios cayó sobre Israel, David supo que era culpa suya y de inmediato se arrepintió de su pecado (v. 8) confesando: «He pecado gravemente al hacer esto; te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, porque he hecho muy locamente».

Aquí descubrimos lo que encontraremos a través de toda la Biblia. El pecado humano siempre tiene un origen doble. Procede de una fuente humana, las propias decisiones equivocadas, y de otra sobrenatural, la tentación de Satanás. El diablo es quien planta en la mente y el corazón del hombre las semillas de los malos pensamientos e imaginaciones, intensificando el mal que ya hay en él (Hechos 5.1-3; 1 Corintios 7.5; 2 Corintios 11.3; 1 Tesalonicenses 3.5; 2 Corintios 10.3-5; Filipenses 4.8).

Las Escrituras hablan mucho del engaño. En la Concordancia de Strong se dedican dos columnas enteras a consignar el número de veces que aparecen los términos y sus derivados en la Biblia inglesa. Esos términos los encontramos 150 veces, esparcidos por igual a lo largo de uno y otro Testamentos. W.E. Vine dice que engañar significa en esencia dar «una falsa impresión». Esa es la forma en que Satanás se acerca a la gente y sin duda así fue como se aproximó al principio a sus congéneres, los ángeles, para guiarlos a la rebelión contra Dios.

Satanás casi siempre comienza con engaño, de ahí las advertencias de Pablo en 2 Corintios 11.3 y su mención de las maquinaciones del diablo en 2 Corintios 2.11. Sin embargo, una vez que Satanás tiene un pie dentro de la vida de una persona (Efesios 4.27), el engaño puede no ser ya tan importante y a menudo el diablo se quita la careta para atormentar y esclavizar aún más a su víctima.

El blanco, los líderes

En segundo lugar descubrimos su principal blanco para el engaño, los líderes. En el caso de aquellos que no aman a nuestro Dios, los ataca con engaño en todo nivel de liderazgo. Los líderes políticos, militares, económicos, educativos, sociales, familiares y de otras clases se convierten en el objetivo de sus falsedades. ¿Por qué? Porque son quienes controlan el destino de la humanidad.

Alguien ha expresado que si peca un hombre solitario, sólo él se ve afectado. Si peca un hombre de familia, su acción afecta a toda su casa. Si el pecado lo comete un dirigente local, toda la comunidad se resiente. Si es el líder que gobierna una determinada estructura social, toda la sociedad sufre las consecuencias. Si se trata de un dirigente nacional, su pecado afecta a toda la nación. Y si el culpable es un líder mundial todo el mundo resulta dañado. ¡Quién puede olvidar a Adolfo Hitler!

Cuando peca un líder del pueblo de Dios, es posible que una iglesia, una institución o un hogar cristiano resulte dañado o hasta paralizado. ¿Quién puede argumentar a esto? Todos somos en cierta medida víctimas de los actos pecaminosos de dirigentes cristianos utilizados por los medios de comunicación para el descrédito de la Iglesia de Dios.

El propósito, la deshonra

En tercer lugar descubrimos el principal propósito del engaño del diablo, deshonrar a Dios trayendo vergüenza e incluso juicio sobre sus hijos. Mediante el engaño de su dirigente David, Satanás acarreó ignominia sobre el pueblo de Dios y también causó de manera indirecta el juicio justo del Señor sobre sus propios hijos (v. 7).

De modo que en esta primera aparición de Satanás, con explícita mención de su nombre, descubrimos en la Escritura los rasgos principales de sus perversas maquinaciones contra Dios y su pueblo. El diablo es un engañador que busca seducir a los líderes del Señor para que cometan actos de desobediencia en Su contra. El objeto de su existencia es deshonrar a Dios y perjudicar a su pueblo. Lo que declara el resto de la Biblia, con relación al satarismo, no es más que una ampliación de estas características principales del campo sobrenatural perverso.

La creencia en los espíritus malos, algo universal en la antigüedad

Como revela un estudio de historia antigua, en el mundo del Antiguo Testamento la creencia en alguna forma de sobrenaturalismo perverso era universal. El fallecido Dr. Merrill F. Unger escribe que:

la historia de las diversas religiones desde los tiempos más primitivos revela que la creencia en Satanás y en los demonios era algo universal. Según la Biblia, la degeneración del monoteísmo dio como resultado el enceguecimiento de los hombres por el diablo y las formas más degradantes de idolatría (Romanos 1.21-32; 2 Corintios 4.4). Para el tiempo de Abraham (aproximadamente 2000 a.C.), la humanidad se había hundido en un grosero politeísmo plagado de espíritus malos. Los hechizos, encantamientos, textos mágicos, exorcismos y diversos tipos de fenómenos malignos abundan en los descubrimientos arqueológicos de Sumeria y Babilonia. La antigüedad egipcia, asiria, caldea, griega y romana es rica en manifestaciones demoníacas. Las deidades adoradas eran demonios invisibles representados por ídolos e imágenes materiales.

Unger sigue citando al Dr. George W. Gilmore, en la Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge [Enciclopedia del conocimiento religioso], que dice que «todo el origen de creencias del que arranca la religión hebrea está lleno de demonismo». Más adelante Merrill F. Unger afirma que «el cristianismo primitivo rescataba a sus convertidos de los grilletes de Satanás y los demonios» (Efesios 2.2; Colosenses 1.13). En una medida asombrosa, la historia de la religión es un relato de creencias controladas por demonios, particularmente en su choque con la fe hebrea y, luego, con el cristianismo.

Otros indicios de la creencia en el campo sobrenatural maligno y la rebelión cósmica que sustentaba el pueblo judío se encuentran a través de todo el Antiguo Testamento. La serpiente como símbolo de un ser o seres espirituales malignos se menciona muchas veces (Génesis 3.1-24; Job 3.8; 41.1; Salmos 74.14; 104.26; Isaías 27.1). Se habla de los espíritus malos unas ocho veces, siempre en relación con la posesión demoníaca de Saúl (1 Samuel 16.14-23; 18.10; 19.9). Seis veces se mencionan espíritus mentirosos (1 Reyes 22.21-23). Dichos versículos deben estudiarse a la luz de todo el contexto, empezando desde el primero. También se hace referencia seis veces a espíritus de adivinación (Levítico 20.27; 1 Samuel 28). Algunas versiones inglesas traducen la expresión hebrea «tener espíritu de adivinación» (o un espíritu familiar) por «ser médiu».

Al menos una vez, en Isaías 19.13-14, se hace referencia a espíritus inmundos perversos (en la Reina Valera, revisión de 1960, «espíritu de vértigo»). John D.W. Watts, en su excelente comentario sobre Isaías, interpreta el término como «espíritu de distorsión». Es discutible si se trata de un mal personificado o simplemente de una atmósfera de confusión. No obstante, los falsos consejos y planes de Egipto llegaron mediante adivinación. De modo que ambos significados podrían ser ciertos.

También se mencionan varias veces los espíritus de prostitución religiosa y física. Las referencias más frecuentes se encuentran en Oseas, asociadas a la idolatría, la adivinación y el baalismo. Al menos cuatro veces se habla de los demonios identificándolos exactamente con los dioses y los ídolos de las naciones paganas (Levítico 17.7; Deuteronomio 32.17; 2 Crónicas 11.15; Salmo 106.19-39; 1 Corintios 10.20-21). Y en los libros históricos, los Salmos y Daniel se menciona a los espíritus malos que gobiernan sobre territorios y naciones, y luchan tanto contra los ángeles como contra el pueblo de Dios. El pasaje más conocido es Daniel 10.10-21.

Preguntas clave

De la lectura de estos pasajes surgen al menos cuatro preguntas importantes:

1. ¿De dónde proceden esos seres cósmicos, sobrenaturales, creados y perversos?

El Antiguo Testamento es enfático en cuanto a que no son dioses verdaderos (Génesis 1.1, Isaías 45.5-6; 21-23) y también respecto a que Dios no creó seres malos. Todo lo que hizo lo declaró «bueno» (Génesis 1-2). De alguna forma, entonces, aquellas criaturas se convirtieron en malas mediante una rebelión cósmica que aún tiene unos efectos devastadores sobre toda la creación.

2. ¿Por qué siempre se revelan como enemigos del Señor, de la humanidad en general y del pueblo de Dios en particular?

3. ¿Por qué tratan incesantemente de resistir los propósitos de Dios, corromper su creación, contaminar y seducir a su pueblo, atormentar, afligir y destruir a la humanidad entera? ¿Qué finalidad persiguen con ese mal?

4. ¿Cómo es que siendo enemigos de Dios, a la vez están sujetos fundamentalmente, a la voluntad divina? En otras palabras: ¿Cómo es que Dios los utiliza para que se derroten a sí mismos y realzar así dimensiones profundas y misteriosas de los propósitos soberanos divinos? (Génesis 3.1; 1 Samuel 16.14; 18.10; 19.9; 1 Reyes 22.20-22; Isaías 19.13-14)

El Antiguo Testamento insinúa que esos seres invisibles, perversos, sobrenaturales, cósmicos y creados son criaturas angélicas caídas. En algún lugar o momento, evidentemente antes de la creación de la humanidad, fueron guiados a la rebelión contra el señorío de Dios por un ángel, tal vez poderoso, llamado Lucifer. Los pasajes de Job 4.18 e Isaías 24.21 parecen indicarlo así y también Isaías 14.12-17 y Ezequiel 28.11-19 se utilizan a menudo para referirse a la rebelión cósmica. Aunque hay razones para dudar de esta interpretación secundaria tradicional (todos concuerdan en que el sentido principal tiene que ver con el rey de Babilonia y el dirigente de Tiro), la misma es consistente con el cuadro que presenta la Biblia de Satanás y sus ángeles caídos.

Sin embargo, cuando llegamos al Nuevo Testamento, dicho cuadro aparece mucho más claro. No se nos deja con meros atisbos de aquella rebelión cósmica, sino que se declara que en verdad ocurrió. Desde los Evangelios hasta el Apocalipsis nos enfrentamos a una guerra espiritual tanto en los cielos como en la tierra. El Nuevo Testamento comienza con el abierto enfrentamiento del campo sobrenatural perverso con el Hijo de Dios. En el primer capítulo de Marcos, Jesús confronta a Satanás en su tentación de los cuarenta días en el desierto (vv. 12-13). Y habiendo vencido en esa inicial y, en muchos aspectos decisiva batalla, el Señor comienza su ministerio públi

La resistencia demoníaca interrumpe Su ministerio en la sinagoga. Jesús silencia y despacha rápidamente a los airados y temerosos espíritus (1.21-26). En el mismo capítulo, a la mañana siguiente antes de que saliera el sol, vemos a Cristo confrontando y expulsando demonios hasta bien entrada la noche (1.29-34). Al otro día, después de su intensa actividad nocturna de liberación, empieza su ministerio itinerante. Visita las sinagogas de una ciudad tras otra. Y Marcos nos cuenta que en ellas Jesús realizaba una doble actividad: «predicaba … y echaba fuera demonios» (Marcos 1.39). ¡Increíble! ¡Un mundo de conflicto espiritual!

Y cuando comienza el relato de Juan, por primera vez la Escritura nos habla claramente del origen del mal. En Juan 8.44, Jesús explica que empezó con Satanás. También nos dice que ha venido a atar al diablo, a romper su poder y a liberar a los que Satanás mantiene cautivos (Lucas 4.11-19; Mateo 12.22-29). Jesús revela que Satanás es el gobernante de un poderoso reino de maldad y que tiene sus propios ángeles perversos, como Dios los suyos santos (Mateo 25.41). En seguida descubrimos que son los mismos espíritus demoníacos que atan y oprimen a los hombres (Mateo 12.22-29; Lucas 13.10-16; Apocalipsis 12.4-17; 13.1).

Niveles de autoridad en el reino satánico

A medida que el Nuevo Testamento va sacando a la luz el campo sobrenatural maligno, descubrimos que hay diferentes grados de autoridad en el reino de Satanás (Efesios 6.12 y Mateo 12.24-45; Marcos 5.2-9). Además, los demonios, espíritus malos y ángeles caídos (términos sinónimos en este libro) parecen pertenecer al menos a cuatro categorías distintas y no a tres como a menudo se afirma.

En primer lugar están aquellos que tienen libertad para llevar a cabo los propósitos malignos del diablo. Habitan en los lugares celestiales (Efesios 3.10 y 6.12), pero también pueden actuar en la tierra. Estos espíritus demoníacos afligen a la gente e incluso pueden mora en sus cuerpos (Mateo 12.43-45).

En segundo lugar están los ángeles rebeldes que ahora parece que se encuentran atados en el abismo. Es obvio que serán sueltos en algún momento futuro y causarán estragos en la tierra (Apocalipsis 9.2-12). Satanás y todos los demonios libres se atarán en ese mismo abismo durante el reino milenial de Cristo en el mundo (Apocalipsis 20.1).

En tercer lugar parece haber otro grupo de ángeles caídos que llegaron a ser tan malvados o fueron culpables de un crimen tan horrendo que no se les permitió estar ni en los lugares celestiales ni sobre la tierra. Están atados para siempre, no en el abismo, sino en el infierno. La palabra griega es Tártaros, incorrectamente traducida por «infierno». Vine dice que:

Tártaros[ … ] no es ni el Seol ni el Hades ni el infierno, sino el lugar donde aquellos ángeles de cuyo especial pecado se habla en ese pasaje (2 Pedro 2.4) están confinados «para ser reservados al juicio». Esa región se describe como «abismos de oscuridad». En realidad esos espíritus jamás serán liberados.

Parecen estar retenidos en la oscuridad hasta el día de su juicio (2 Pedro 2.4; Judas 6).

Finalmente, hay un cuarto grupo de ángeles malos que parece que de algún modo están atados en el interior de la tierra, si hemos de tomar las palabras de la Escritura de manera literal. Cuatro de ellos se mencionan como que se encuentran «atados junto al gran río Eufrates». Cuando estén sueltos dirigirán a un ejército demoníaco de destrucción contra la humanidad (Apocalipsis 9.13-21).

Pablo dice a la iglesia de Corinto que algún día los creyentes juzgarán a los ángeles (1 Corintios 6.3). Debe tratarse de los caídos, ya que a los de Dios se les llama «santos ángeles» (Marcos 8.38). Por tanto, la evidencia de que los malos espíritus y los demonios son ángeles caídos aumenta (véase Job 4.18; Isaías 24.21-22).

El conflicto cósmico: Datos del futuro (Apocalipsis 12)

Apocalipsis 12 habla de un día en el que habrá una conflagración cósmica final entre los ángeles de Dios, bajo el mando de Miguel, y los de Satanás (Apocalipsis 12.7) Incluso si no se tiene una opinión futurista del Apocalipsis, este pasaje revela ciertos hechos innegables:

1. Satanás gobierna sobre un reino de ángeles malos (vv. 3-7).

2. Este reino sobrenatural perverso se opone a Dios y a su reino (vv. 3-7).

3. El reino del mal es derrotado por el arcángel Miguel, quien actúa como comandante de los santos ángeles de Dios y de su ejército angelical (vv. 7-8).

4. Satanás y sus ángeles serán (o ya han sido) destronados de su lugar de prominencia en el cielo (v. 9a).

5. Satanás y sus ángeles serán (o ya han sido) lanzados a la tierra para traer desgracia a la humanidad (vv. 9b, 12b).

6. El reino sobrenatural maligno es un sistema de odio intenso contra el pueblo de Dios. Hacen guerra contra aquellos «que guardan el mandamiento de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo» (vv. 13-17).

7. Debido a que la actividad de esos ángeles malvados es idéntica a la de los otros malos espíritus y demonios que se ven en la Escritura, debe representar a las mismas criaturas malignas.

Incluso con esta breve panorámica, una cosa es cierta: el Nuevo Testamento declara abiertamente que en algún momento, en determinado lugar, se produjo la rebelión cósmica; en realidad un inmenso ejército de ángeles ejerció su libre albedrío para resistir a su Dios y creador. Ese ejército tiene sobre sí a un jefe, al que se describe como «el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás». El propósito de dicho ejército es engañar «al mundo entero» (Apocalipsis 12.9) y hacer la guerra a los hijos de Dios (Apocalipsis 12.13-17).

Por lo tanto, el origen del pecado fue Satanás, el diablo (Juan 8.44). Es obvio que después engañó a algunos ángeles para que le siguieran en su rebelión contra Dios.

Juntos formaron el reino cósmico del mal. Un grupo de ellos parece constituir los demonios, esos espíritus malos e inmundos que afligen a la humanidad y se oponen a la iglesia del Dios viviente. Es principalmente contra ellos a quienes se dirige la acción bélica de la iglesia.

De modo que el mal «nació» en los lugares celestiales. Ahora nos toca examinar su entrada en la experiencia de la humanidad.

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