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Su agonía: Romanos 8

El tratamiento que hace Pablo en este capítulo de la angustia de la vida cristiana normal comienza en el versículo 17, con la afirmación de que la vida del cristiano es de sufrimiento con Cristo y se extiende hasta el 27. El contraste entre esta porción de Romanos 8 y la anterior (vv. 1-17a) resulta extraordinario. Por esto llamo a los versículos 1 al 17a el éxtasis de la vida cristiana normal y a esta segunda parte la angustia de la vida cristiana normal.

Si el apóstol hubiera concluido su tratamiento de la vida cristiana normal con la presentación del «éxtasis», habría sido poco realista, aun en lo que respecta a su propia vida cristiana. Pero cuando llega al momento del mayor de los éxtasis, el de nuestro verdadero status como «herederos de Dios y coherederos con Cristo», empieza a ocuparse de la angustia del sufrimiento (v. 17b).

Sufrimiento con gloria

Pablo, siempre dispuesto a alentar, hace una de las afirmaciones más consoladoras de toda la Biblia con relación a nuestro sufrimiento en Cristo: «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse».

John Murray observa al respecto:

Este versículo es una llamada de atención a la gran desproporción que existe entre los sufrimientos que se soportan en esta vida y el peso de gloria reservado para los hijos de Dios, las aflicciones presentes se vuelven insignificantes hasta el punto de desaparecer al compararlas con la gloria que ha de revelarse en el futuro. El apóstol hace esta llamada para estimular a una aceptación paciente de los sufrimientos.

En Romanos 8.18-27, Pablo menciona tres gemidos: el gemido del universo o de la creación natural (vv. 18-22); el de la iglesia (vv. 23-25) y el del Espíritu Santo (vv. 26-27).

El apóstol personifica aquí a la creación física, comparándola con una mujer que tiene dolores de parto (v. 22). El universo anhela con vehemencia «la manifestación de los hijos de Dios» (v .19). Al igual que tuvo que participar en los efectos negativos de la caída humana, no por deseo propio sino por la voluntad de Dios (v. 20), será también partícipe de los efectos positivos de la entrada de la humanidad redimida en «la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (v. 21). La iglesia (es decir, los hijos de Dios) y la creación gimen juntas, esperando con ansia las mismas cosas, nuestra adopción de hijos (vv. 22-23a).

Esta adopción es totalmente distinta a la que ya han experimentado los hijos de Dios (Gálatas 4.5; Efesios 1.4-5), aunque no está desvinculada de aquella por completo. La adopción en la que ya hemos entrado es espiritual, no incluye todavía a nuestro cuerpo físico (v. 15); la que aún aguardamos es «la redención de nuestro cuerpo» (v. 23b), y sólo ocurrirá «en la final trompeta», tanto para aquellos que han muerto en Cristo como para los que estén vivos en su venida (1 Corintios 15.50-57; 1 Tesalonicenses 4.13-18).

El Espíritu intercede

Mientras la creación gime, y nosotros con ella esperando que llegue el día en que nuestros cuerpos serán redimidos (v. 23) y nos manifestaremos como lo que en realidad somos, «los hijos de Dios» (v. 19), otro gemido se está produciendo: «El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (v. 26).

Son innumerables las interpretaciones sugeridas para este versículo. Muchas de ellas encomiables, sin embargo otras sin mucha importancia. En mi opinión, la más objetable de todas es aquella que afirma que la intercesión del Espíritu a nuestro favor «con gemidos indecibles» se refiere a la oración en lenguas. De ser esto así, tendríamos que decir que Jesús nunca oró en el Espíritu Santo, ya que jamás se menciona que hablara u orase en lenguas. También significaría que cuando uno se dirige a Dios con el entendimiento (1 Corintios 14.14-19), es decir, utilizando todas sus facultades (lo cual es característico de todas las oraciones registradas en la Escritura), no está orando en el Espíritu Santo. Si tal es el caso, la persona lo está haciendo en la carne, una conclusión repugnante para la mayoría de los cristianos.

Esto querría decir, asimismo, que los creyentes que no cuentan con lo que comúnmente se denomina un «idioma de oración» no tienen el beneficio de que el Espíritu interceda por ellos «con gemidos indecibles». Lo cual implica que la mayoría de los cristianos de la historia se habrían visto privados de lo que Pablo atribuye aquí a un ministerio del Espíritu a favor de todos los creyentes, debido a que no hablaban en lenguas.

Juan Calvino dice que la interpretación correcta tiene que ajustarse al contexto:

[Pablo] pone ante ellos la ayuda del Espíritu, que es en gran manera suficiente para superar todas las dificultades. Nadie tiene, por tanto, razón alguna para quejarse de que el llevar la cruz esté más allá de sus fuerzas, ya que nos sostiene el poder celestial. Y la palabra griega (utilizada aquí) tiene una gran fuerza, lo que significa que el Espíritu toma sobre sí una parte de la carga[ … ] de tal manera que no sólo nos ayuda y socorre, sino que nos levanta como si se pusiera con nosotros debajo de la carga.

Debilidades y sufrimientos

El editor de Calvino comenta que la palabra traducida por debilidad «está tomada metafóricamente de [aquella fragilidad la cual precisa de] la ayuda que se presta a los bebés incapaces de sostenerse a sí mismos o a los enfermos tambaleantes y apenas capaces de andar». ¡Un cuadro en verdad hermoso! La «debilidad» del versículo 26 es plural y hace referencia a la gran variedad de cargas y sufrimientos (agonías) que experimentamos. Calvino dice acerca de esto:

Porque como demuestra la experiencia, a menos que seamos sostenidos por las manos de Dios, pronto nos abruman innumerables males. Pablo nos recuerda que[ … ] todavía hay suficiente protección en el Espíritu de Dios para preservarnos del desfallecimiento e impedir que seamos agobiados por la cantidad de males que sea.

Estas debilidades y sufrimientos no tienen por objeto desalentarnos, sino hacernos mirar arriba. Convierten la oración profunda y sincera en algo tan necesario como nuestro pan cotidiano. No obstante estas cosas suelen tener un doble efecto sobre los elegidos. A algunos corazones cargados, la reacción puede hacerles más duros, amargados y quejosos. En otros casos, la respuesta es acercarnos a Dios con oración sincera.

A menudo nos sentimos desconcertados en cuanto a cómo o qué debemos orar y lo único que podemos hacer es venir ante Dios de rodillas, confusos y llorando. Nos faltan por completo las palabras. Parecen absolutamente limitadas para expresar lo que sentimos en nuestro abrumado espíritu o nuestro turbado corazón. De igual forma, dice el apóstol, el Espíritu «intercede por nosotros con gemidos indecibles [inexpresables en nuestras propias palabras]».

Y debemos tener la seguridad de que la intercesión del Espíritu siempre llega al corazón del Padre. Dios está de continuo escudriñando «los corazones» para comprender nuestros clamores y, al mismo tiempo, conoce la intención del Espíritu, ya que lo que éste pide por nosotros está siempre de acuerdo con su voluntad (v. 27).

Más adelante, en esta misma epístola, Pablo nos dirá que Jesús está a la diestra de Dios intercediendo por los creyentes (v. 34); aquí el apóstol nos muestra al Espíritu pidiendo por nosotros desde su morada en lo más profundo de nuestro ser. ¿Cómo puede entonces fallar nuestra oración o nuestras verdaderas necesidades quedar sin ser atendidas? Delante de su trono y en nuestros corazones, Dios está intercediendo ante sí mismo a nuestro favor. ¡Qué asombrosa es la vida cristiana! En medio de nuestras angustias siempre debemos contemplar los éxtasis.

La Agonía En El Éxtasis

Ambos términos, agonía y éxtasis, describen bien la dramática línea de enseñanza que encontramos en Romanos 8.28-39. Casi todas las facetas de la redención de Dios en Cristo y de la guerra espiritual a que nos enfrentamos al vivir esa redención la tenemos aquí.

Pablo empieza en primer lugar con el propósito eterno y soberano de Dios de glorificar a todos sus elegidos (vv. 28-30). ¿Qué sabemos? «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (v. 28a).

¿Y quiénes son esos? «Los que conforme a su propósito son llamados» (v. 28b).

¿Cómo sabemos tal cosa?

1. Dios nos conoció de antemano. El previo conocimiento de Dios es un tema de interminable controversia. ¿Significa únicamente que el Señor sabe las cosas antes de que sucedan, es decir, equivale a la omnisciencia divina o más bien que ha ordenado de antemano lo que debe suceder?

Creo que, a pesar de los problemas intelectuales que implica, el peso de la evidencia está claramente del lado de la segunda interpretación. Como dice John Murray, «conocer “de antemano” es saber las cosas con particular consideración y amor desde antes de la fundación del mundo (cf. Efesios 1.4) y el “antes conoció” (Romanos 8.29) puede tener a las personas como complemento directo sin necesidad de más calificación».

2. Dios nos ha «predestinado para que seamos hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos». La predestinación de Dios no consiste sólo en que escapemos del infierno y ganemos el cielo, sino en que seamos conformados «a la imagen de su Hijo Jesús», aunque siempre en un nivel distinto y en una categoría más alta que sus hermanos, es llamado a ser el jefe de muchos «Jesuses», hombres y mujeres que llevan su imagen.

3. «A los que predestinó, a éstos también llamó». Eso es lo que significa ser los escogidos de Dios. Él nos ha llamado a sí mismo y a su Hijo; de otro modo no hubiéramos podido venir a Él en absoluto (Juan 6.37-40, 44, 64, 65).

4. «A los que llamó, a éstos también justificó». Dios ha imputado plenamente su propia justicia a sus escogidos.

5. «Y a los que justificó, a éstos también glorificó» (v. 30). Calvino comenta que Pablo nos habla como creyentes, todos los cuales «nos encontramos ahora bajo el peso de la cruz», para que sepamos que su esta también conduce a nuestra glorificación. Es una glorificación que todavía no poseemos, sólo Él la tiene, sin embargo, dice Calvino, «su gloria nos trae tal convicción respecto a la nuestra, que esa esperanza puede compararse con una posesión presente».

Luego comenta que Pablo utiliza el tiempo pretérito para referirse a todas esas bendiciones y su editor añade: «El apóstol habla de estas cosas como pasadas, porque ya están decretadas por Dios y a fin de mostrar la certidumbre de su cumplimiento».

La seguridad de nuestro llamamiento

A continuación, Pablo enfatiza la seguridad del llamamiento que Dios nos ha hecho (desde su conocimiento previo de nosotros hasta nuestra glorificación) con una serie de siete preguntas retóricas, las cuales empiezan con las palabras qué, quién y cómo (vv. 31-39).

«¿Qué, pues, diremos a esto?» En otras palabras: Ya que hemos sido conocidos de antemano, predestinados, llamados, justificados y glorificados, ¿qué más puede hacer Dios para asegurarnos que está dirigiendo todo lo bueno y también lo malo que acontece a nuestras vidas para nuestro bien y el cumplimiento de sus propósitos? (vv. 28-32a).

«¿Quién [está] contra nosotros», si Dios está por nosotros? (v. 31b). ¿Tenemos a alguien en contra? En circunstancias así, qué poca es su importancia, puesto que Dios se halla de nuestro lado. ¿Nos presenta el campo sobrenatural del mal una oposición frontal? Desde luego que sí. ¿Pero qué pueden hacernos en realidad Satanás y sus espíritus malos? Armar barullo, afligir, amenazar, asustar, magullar … pero no dañarnos de veras. A la larga, Dios los utiliza para ayudarnos.

Todos nos fatigamos en la batalla y con frecuencia proferimos quejas: «Estoy cansado», decimos, «de la presión que Satanás me aplica continuamente». Cuando eso sucede, podemos neutralizar el ataque al volvernos a Satanás y a sus demonios y declarar que hemos sido aceptados por Dios (v. 31b) en el Amado (Efesios 1.3-8); que el Rey de reyes y Señor de señores los ha derrotado (Juan 12.31-32); que tenemos autoridad sobre ellos en el poder de Cristo (Lucas 10.17-19); y que su destino es el infierno, el lago eterno de fuego (Mateo 25.41; Apocalipsis 20.10). Creo que eso es lo que significa resistir al diablo hasta que huya (Santiago 4.7-8).

Cuando resistimos de ese modo estamos cumpliendo Efesios 3.10 y Apocalipsis 12.11, donde Pablo y Juan afirman respectivamente:

Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales (Efesios 3.10).

Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte (Apocalipsis 12.11).

¿Cómo no nos dará «todas las cosas» que necesitamos para vivir la vida cristiana normal? Mirad lo que ha hecho por nosotros: ¡«No escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros»! (v. 32). ¿Cómo podría dejar de darnos todo lo demás que necesitamos para vivir la vida que nos ordena que vivamos?

«¿Quién acusará a los escogidos de Dios?» La acusación puede venir sólo de tres fuentes: de los demás, de nosotros mismos y de Satanás. Este último es el principal en acusarnos (Zacarías 3.1-3; Apocalipsis 12.10). Él no sólo nos acusa delante de Dios, sino también ante nuestras emociones y conciencia deterioradas; asimismo utiliza a otros para acusarnos. Pablo responde a esto: «Dios es el que justifica». Ya ha justificado a todos los suyos (vv. 29-30). De modo que cualquier otra condenación es simple basura; no tiene valor alguno ante Dios, ni debería tenerlo tampoco para nosotros.

«¿Quién es el que condenará?» Aquí Pablo da una respuesta múltiple que elimina toda base para que Satanás u otro cualquiera condene a los que son de Dios:

1. «Cristo es el que murió» por los que pertenecen a Dios. Y Calvino dice: «De igual manera que nadie puede prevalecer acusando cuando el juez absuelve, tampoco queda condenación alguna cuando se ha satisfecho la deuda[ … ] y pagado el castigo».

2. «Más aún el que también resucitó». Aquí el argumento de Pablo es que el sacrificio que Jesús hizo con su vida para justificar a sus escogidos era lo único requerido por la ley de Dios. Él lo levantó de los muertos como «vencedor de la muerte y triunfó sobre todo su poderío».

3. «El que además está a la diestra de Dios ». Uno de los temas de regocijo de Pablo es Cristo sentado en el lugar de gloria, poder y dominio; es decir, a la diestra de Dios (Efesios 1.20; Colosenses 3.1-4; Hebreos 1.3, 8-13; 8.1; 10.12; 12.2). ¡Él es el Señor! ¡Él gobierna! ¡Él reina! ¡Toda autoridad le ha sido dada en el cielo y en la tierra! Lea Hebreos 1.3, 8-13 y lo verá a través de los ojos del Padre, y en el versículo 6 tal y como le ven los ángeles. En Efesios 2.6, el apóstol declara que estamos sentados «en los lugares celestiales con Cristo Jesús». ¿Quién se atreve a condenarnos?

4. «El que también intercede por nosotros». Dicho de otro modo, su misma presencia delante del trono de Dios, a la diestra del Padre representándonos, constituye en sí una intercesión eterna a nuestro favor.

Dunn llama a todo esto «la metáfora del tribunal de justicia».

El Cristo resucitado alega el sacrificio de su muerte ante el Juez a favor de aquellos que han muerto con Él[ … ] El veredicto de absolución o condenación lo tiene sólo Dios; y el compromiso del mismo Dios con los suyos en Cristo es la forma en que se efectúa[ … ] La «diestra» del Juez está de nuestra parte: un abogado más poderoso y mejor dotado que cualquiera que pueda argumentar contra Él[ … ] El éxito de su defensa contra cualquier desafío está asegurado, ya que su resurrección y exaltación a la mano derecha de Dios ha sido su propia obra[ … ]

¡Qué bendición! ¡Qué consuelo! ¿Quién se atreverá a condenarnos cuando Él aparezca en la presencia de Dios para defendernos? Satanás, necio de él, lo intenta, pero en vano (Apocalipsis 12.10). En cuanto a sus demonios, cuando el Padre resucitó a Jesús de los muertos y le sentó a su propia diestra, lo hizo después de haberle sujetado «ángeles, autoridades y potestades» (1 Pedro 3.22). Esto incluye a los ángeles caídos de todo tipo, así como a los ángeles de Dios que se someten gozosos a Él (Hebreos 1.3-14).

«¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (v. 35). La expresión «el amor de Cristo» es poco común en la Escritura; por lo general el punto de atención es el amor de Dios (v. 39). ¿Por qué se utiliza aquí?

Aunque Pablo no lo dice, podemos arriesgarnos opinando. En los versículos 33 y 34 el centro de atención ha estado en el hecho de que Dios diera a su Hijo para que muriese, resucitase, fuera glorificado e intercediese por nosotros. Ahora, el apóstol quiere que veamos el amor de Cristo por nosotros en todo ello. En realidad, hasta el final de este capítulo seguirá presentando, no sólo el amor de Dios, sino también el de Jesucristo por nosotros.

Jesús mismo había dicho que nadie, ni siquiera el Padre, le quitaba la vida, sino que Él la ponía por voluntad propia (Juan 10.18). Ahora, Pablo nos explica la razón por la cual Cristo dio su vida por nosotros: y es que nos ama. Si el creyente permite que esa verdad penetre en su corazón, mente, alma, emociones y en su mismo ser, jamás volverá a ser como antes. En cierta ocasión, un amigo le preguntó al gran teólogo Karl Barth cuál era la verdad teológica más importante que jamás había entrado en su mente, a lo que él respondió en seguida con las palabras del himno:

Cristo me ama,

Cristo me ama,

Cristo me ama,

La Biblia dice así.

«¿Quién nos separará del amor de Cristo?» ¿Acaso la tribulación o la angustia, o la persecución o el hambre, o la desnudez o el peligro, o la espada?

Calvino comenta que Pablo:

prefería atribuir personalidad a cosas inanimadas, con el siguiente fin: poder enviar con nosotros a la lid a tantos paladines como tentaciones que prueban nuestra fe.

Al igual que antes había personificado la creación que cayó con el hombre y clama con el gemir de la iglesia, ahora hace lo propio con las cosas que prueban con tanta severidad nuestra fe. Considérelas. Piense en lo que han hecho, hacen y harán todavía a nuestra confianza en Dios y a la de nuestros seres queridos. ¡Qué perversa lista!

Tribulación

Angustia

Persecución

Hambre

Desnudez

Peligro

Espada ¿Nos separará alguna de estas cosas, o todas ellas, del amor de Cristo? No, dice Pablo; en medio de cualquiera de ellas, o de todas, «somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (v. 37). Sin embargo, cuando pasamos por esas pruebas, sentimos casi como que Él nos ha abandonado.

Perpetua y Felícitas

Piense en la historia del martirio de Perpetua, la joven aristócrata romana de 22 años, y de su esclava Felícitas. Se nos narra en un escrito del siglo tres llamado pasión de Perpetua y Felícitas.

La fidelidad a Cristo de ambas nunca deja de conmover mi corazón. La siguiente paráfrasis y las citas que siguen están sacadas del interesante libro de Ruth Tucker From Jerusalem to Irian Jaya [De Jerusalén a Irian Jaya].

Vibia Perpetua era madre de un bebé varón, y ella y su esclava, Felícitas, embarazada de ocho meses, fueron encarceladas en la ciudad romana de Cartago, en el Norte de África. Su arresto sucedió bajo el reinado de Septimio Severo, el vil emperador que puso en marcha la primera persecución de cristianos en todo el ámbito del imperio, en el año 202 a.C. Tucker dice de él: «El mismo emperador adoraba a Serapis, un dios egipcio de los muertos, y temía que el cristianismo fuera una amenaza para su propia religión».

En aquel entonces, el cristianismo se estaba extendiendo muy rápido por Cartago y la persecución en dicha ciudad fue la más intensa de todo el Imperio Romano. Perpetua, Felícitas, tres hombres y su líder, un diácono llamado Saturio, fueron arrestados. El padre de Perpetua, noble respetado, tuvo que soportar la angustia y la humillación cuando «se le informó que su única hija había sido arrestada y encarcelada como una vulgar criminal. El hombre fue a verla y le rogó que renunciara a su nueva fe … [cosa que] ella no aceptó». Cuando más tarde oyó que Perpetua iba a ser arrojada a las fieras en el circo, se presentó en la cárcel y trató de rescatarla por la fuerza, aunque no lo consiguió y fue apaleado por los oficiales romanos. Perpetua escribiría: «Me entristeció la difícil situación de mi padre como si me hubieran golpeado a mí misma». De nuevo le rogó que considerara la vergüenza y el sufrimiento que estaba trayendo a su familia y que renunciara a su fe cristiana. A lo cual respondió: «Esto se hará en el patíbulo que Dios ha ordenado, porque sé que no hemos sido puestas en nuestro propio poder sino en el suyo».

Los mayores sufrimientos de Perpetua mientras estaba en la cárcel a la espera de ser ejecutada fueron debidos a la ansiedad que sentía por su familia y en particular por su bebé. Decía que estaba «atormentada por la ansiedad» casi hasta el punto del quebrantamiento. Finalmente se permitió que su bebé estuviera con ella en la prisión hasta el día de su muerte. «En seguida recuperé mi salud», escribió, «aliviada de mis temores y ansiedad por el niño».

Cuando se acercaba el día de su ejecución, los creyentes condenados se reunieron para orar y disfrutar un ágape o comida de amor, «más preocupados por su dignidad y fidelidad a Cristo que por el sufrimiento que les aguardaba». Perpetua y Felícitas habían experimentado ya cinco de los siete males peores que mencionara Pablo: «tribulación, angustia, persecución, hambre (la comida de la cárcel apenas bastaba para mantenerlas con vida) y peligro». Y pronto habrían de pasar por las dos últimas fuentes de pruebas: la desnudez y la espada.

A los hombres se les torturó antes de su ejecución para el entretenimiento de la multitud, «sometiéndolos a las laceraciones causadas por “un oso, un leopardo y un jabalí”. Por último los mataron. A las mujeres las reservaron para el final».

Perpetua y Felícitas, que había dado a luz a su hijo en la cárcel, fueron despojadas de sus ropas (desnudez) y enviadas a la arena para enfrentarse a una novilla loca. La gente pronto no pudo soportar más aquella sangrienta tortura y comenzó a gritar: «¡Basta! ¡Basta!»

Una vez terminada la exhibición preliminar, las jóvenes fueron llevadas al verdugo, momento en el que Perpetua gritó a algunos amigos cristianos entristecidos: «Pasad la palabra a los hermanos y hermanas: estad firmes en la fe, amaos los unos a los otros, y que el sufrimiento no se convierta en piedra de tropiezo para ninguno».

A continuación la llevaron al gladiador para ser decapitada, y como el primer golpe no resultó suficiente, Perpetua gritó de dolor y tomando la temblorosa mano de su verdugo dirigió la espada hacia su garganta y acabó con su sufrimiento.

Tucker dice que aquello terminó la ola de persecución en Cartago. La iglesia creció de manera firme y muchos fueron atraídos a la fe por la serenidad y el valor de Perpetua y sus compañeros. Incluso Pudens, el alcaide de la cárcel, se convirtió más tarde a Cristo y llegó a sufrir el martirio.

Las jóvenes Perpetua y Felícitas experimentaron por Cristo la totalidad de aquellas siete maldiciones. ¿Sintieron que Dios las había abandonado? ¿Que habían sido separadas de Cristo? No. Sabían, como Pablo, aquello de «por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero» (v. 36).

La cálida nota del apóstol a todas las angustias de nuestra vida cristiana está en ese grito de éxtasis: «Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (v. 37). Los traductores y comentaristas bíblicos luchan por captar toda la fuerza de la exclamación triunfante de Pablo en este versículo. Williams lo traduce de la siguiente manera: «Y sin embargo, en todas estas cosas seguimos venciendo gloriosamente». Y la versión de Phillips, reza: «No, en todas estas cosas obtenemos una victoria abrumadora».

El éxtasis en la agonía

Por último llegamos a los dos versículos más vigorosos del testimonio de victoria en la guerra espiritual que existen en toda la Biblia:

Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8.38-39).

«”Por lo cual estoy seguro”», dice Murray, «es una declaración expresa de la confianza que se alberga respecto de la imposibilidad de ser separados del amor de Cristo». William Barclay explica en su estilo característico: «De manera que Pablo continúa, con el fervor de un poeta y el embelesamiento de un amante, cantando cómo nada puede separarnos del amor de Dios en nuestro Señor resucitado».

Las nueve expresiones enumeradas en Romanos 8.38 y 39 tienen como objetivo universalizar, de la forma más enfática, que nada nos separará del amor de Cristo, y también reforzar la declaración dogmática de que triunfamos abrumadoramente por medio de aquel que nos amó.

Algunas de dichas expresiones aparecen emparejadas con sus antónimos: «muerte-vida, presente-porvenir, alto-profundo». Hay otras que no están constituidas de la misma manera, pero proporcionan unas imágenes vívidas de poderes mayores que cualquier fuerza humana, tales como «ángeles-principados-potestades». Por último, Pablo agota todas las demás posibilidades al decir: «ni ninguna otra cosa creada».

El primer par: «ni la muerte ni la vida».

Barclay expresa al respecto: «En la vida vivimos con Cristo y en la muerte morimos con Él. También resucitamos con Jesús, y la muerte lejos de constituir una separación es sólo un paso más a su presencia. La muerte no es el fin, sino únicamente “la puerta en el horizonte que lleva a la presencia de Cristo”».

El segundo par: «ni ángeles ni principados»

Una interpretación de esto es que ambas palabras se refieren a los agentes de Dios y por lo tanto no revelan expresiones opuestas entre sí. Ellas se refieren a los ángeles de Dios (incluyendo tal vez las «potestades»).

Una segunda interpretación es que, como en el caso de «ni la vida ni la muerte», constituyen un par de palabras contrarias. «Ángeles» se referiría a los ángeles escogidos de Dios de todas clases, mientras que «principados» indicaría a todos los tipos de ángeles caídos.

Una tercera opinión, más agnóstica, afirma que no sabemos si Pablo estaba tratando en realidad de contrastar los poderes angélicos buenos con los malos en su utilización de «ángeles» y «principados» y, más tarde, «potestades». Lo que sí sabemos es que ninguno de estos seres creados sobrenaturales pueden separarnos del amor de Dios en Cristo.

James D. G. Dunn representa esta posición más agnóstica, y dice que no podemos saber con certeza lo que Pablo tenía en mente cuando habla de ángeles y principados (y después de «potestades»). No conocemos en detalle las ideas de Pablo referentes a las diferencias esenciales entre los ángeles buenos y los malos. Lo único que sabemos es que, sea cual fuere el caso, ninguno de estos espíritus creados, etéreos y sobrenaturales puede separarnos del amor de Dios en Cristo.

Pablo utiliza términos que abarcarían la gama completa de fuerzas espirituales, se conciban como se conciban, buena o mala, cada posibilidad y eventualidad se halla incluida (como en el caso de la muerte y la vida)[ … ] Sin embargo, su preocupación aquí es pastoral y no tanto especulativa. Cualesquiera sean los nombres que sus lectores den a estas fuerzas anónimas que amenazan la obra del Creador y su propósito, en última instancia son impotentes delante de Él, que es Dios sobre todas las cosas.

Puesto que nos hallamos en el terreno de la opinión, también daré la mía. A mi modo de ver Dunn tiene razón. En este versículo, el apóstol está hablando de la vida cristiana normal y, por lo tanto, declara que nada en el universo podrá separarnos «del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (v. 39b). Si, hipotéticamente, los ángeles intentaran efectuar esa separación (Gálatas 1.8), lo cual no hacen, fracasarían. Si las potestades demoníacas probaran a hacerlo (y de hecho lo intentan), fallarían también. No obstante, aquí el apóstol no está hablando en hipótesis, ya que en otro lugar enseña que tal objetivo es coherente con los propósitos demoníacos.

El antiguo archidiácono de Londres y canónigo de la catedral de San Pablo, Rvdo. E. H. Gifford, escribió un libro acerca de Romanos, publicado por primera vez en 1886, donde dice que la familiaridad de Pablo con la poesía hebrea le llevó a esbozar diez posibles fuentes que amenazan con separar al creyente de Dios. Y luego pone dichas fuentes en forma poética numerándolas de la siguiente manera:

ni la muerte ni la vida

Se trata de una hermosa disposición. Gifford mismo sostiene la opinión más agnóstica:

En el presente pasaje, dice, los términos ángeles y principados deben tener la aplicación más amplia posible: el asunto en cuestión no es la disposición moral, sea buena o mala, sino el poder del orden angélico de las cosas creadas.

A continuación, Gifford afirma que la distinción entre ángeles y principados no es de carácter moral, sino sólo de rango. «Los principados son ángeles de mayor fuerza y poder» (Efesios 6.12; 2 Pedro 2.11). Vale la pena estudiar todo el tratamiento que hace de estos versículos.

El tercer par: «ni lo presente, ni lo porvenir».

Aquí tenemos una dimensión lineal: el tiempo. Pablo, tan humano como el resto de nosotros sabe que lo pasado es pasado; aunque nos afecta en el presente y el futuro, no podemos cambiarlo en realidad. Lo que sucede en el presente y en el futuro, sin embargo, sí que nos causa verdadera aprensión.

Nada de lo que está ocurriendo en la actualidad o va a suceder, ni nada en el incierto futuro, puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús Señor nuestro. Sin embargo, hay una palabra todavía digna de ser considerada. William Barclay expresa: «ninguna era en el tiempo puede separarnos de Cristo», recordándonos así la noción hebrea del tiempo. Los judíos lo dividían en la era (o el siglo) presente y la era (o el siglo) venidera. Así, según Barclay, Pablo dice: «En este mundo presente nada nos puede separar de Dios en Cristo; llegará el día en que el mundo se hará añicos y amanecerá la nueva era. No importa; incluso entonces, cuando este mundo haya pasado y llegue el nuevo, el vínculo seguirá siendo el mismo».

El cuarto elemento: las «potestades».

Las «potestades» parecen aisladas del resto. Quizás deben conectarse con el segundo par, a menos que el apóstol tenga en mente alguna otra cosa que los comentaristas no han sido capaces de comprender hasta el momento. No veo razón alguna por la que no pueda querer decir, como lo hace en Efesios y Colosenses, poderes cósmicos malignos de alto rango. Aunque no quiero ser dogmático, creo que Pablo piensa en ellos.

El quinto par: «ni lo alto ni lo profundo».

Dunn dice que Pablo «utiliza deliberadamente términos astronómicos de la época para expresar todo el espectro de las cosas del cielo, tanto visibles como invisibles para el ojo humano». También afirma que estas cosas incluirían «todos los poderes astrológicos conocidos y desconocidos que pudiera creerse determinaban y controlaban la suerte y el destino de los seres humanos. Cual fuese la “fuerza” con que éstos pudieran atacar a los creyentes, el amor de Dios es todavía mayor».

Las palabras finales: «ni ninguna otra cosa».

Mientras prosigue su razonamiento hacia el clímax de las últimas palabras de Pablo, Romanos 8 es como un sermón, un poema o una porción de encantadora prosa. Cual si de un coro se tratase, las expresiones van en un crescendo cada vez mayor y aumentan de belleza hasta alcanzar su expresión final: «ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». Lo único que cabe añadir es «Amén».

Los comentarios de Murray, Dunn y Barclay son, sin embargo, dignos de destacar. Murray expresa: «Esta negación final tiene el propósito de no dejar brecha alguna: ningún ser o cosa en todo el ámbito de la realidad creada queda excluido». Dunn, por su parte, dice:

Para que no pueda decirse que se ha omitido de la lista anterior ninguna cosa o poder real, Pablo redondea la misma con un apéndice que todo lo abarca. Ya que sólo Dios es el Creador y Él es uno, cualquier otra criatura significa ¡todo lo demás! Nada, nada en absoluto, puede separarnos del «amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro».

Y Barclay escribe:

He aquí una visión que aparta toda soledad y temor. Lo que Pablo está diciendo, es: «Puedes pensar en toda cosa aterradora que este mundo o cualquier otro sea capaz de producir. Ninguna de ellas tiene poder para separar al cristiano del amor de Dios que es en Cristo Jesús, el cual es Señor de todos los terrores y dueño de todos los mundos. ¿De qué temeremos?»

La conclusión del comentario de Dunn sobre Romanos 8 es:

En este misterio, Dios por nosotros en Cristo Jesús el crucificado como Señor, se encuentra la esencia de la seguridad de Pablo. Esta enorme confianza descansa plenamente en Cristo, en el compromiso de Dios con los suyos en Él y en el de éstos con Jesús como Señor, dueño y soberano de todo. Habiendo dicho esto, no es necesario añadir nada más, y tanto el coro como el solista quedan en silencio.

E. H. Gifford escribe que Romanos 8.31-39 «es un noble himno de victoria (el cual) aunque surgiendo de su contexto inmediato (vv. 28-30) y refiriéndose principalmente al seguro triunfo de aquellos que aman a Dios, forma al mismo tiempo una magnífica conclusión de toda esa porción doctrinal de la epístola». Y enseguida cita a Godet:

Es la coronación de ese edificio de salvación en Cristo del que San Pablo había puesto el fundamento en su demostración de la justicia de la fe (1-5) y levantado la superestructura en su exposición de la santificación (6-8). Después de esto sólo nos queda a nosotros ver la salvación así estudiada en su esencia, desarrollarse en el escenario de la historia.

Esta salvación sólo puede desarrollarse «en el escenario de la historia» cuando el pueblo de Dios manifiesta su vida cristiana abundante y victoriosa a un público incrédulo y que duda.

Pasión por la pureza y el poder

Mientras vivimos en este mundo nos vemos constantemente afligidos por la extensión del pecado y la iniquidad. Anhelamos que «venga su reino» y que se haga su voluntad «como en el cielo, así también en la tierra» (Mateo 6.10). Sabemos que esto jamás se realizará del todo hasta que Dios haga unos nuevos cielos y una tierra nueva donde sólo more la justicia. Por lo tanto, ansiamos su venida, y al mismo tiempo tratamos ser «irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual [resplandecemos] como luminares en el mundo» (Filipenses 2.15). En esencia, esa es la vida cristiana abundante pero normal (Juan 10.10b).

El Rvdo. Keith Benson, misionero en Argentina desde 1957, trabaja en el interior de un inmenso país donde Dios se está moviendo en la actualidad con un poder tremendo después de años de terrible resistencia al Espíritu Santo. El área en la que Keith está trabajando es el centro de la adoración demoníaca indígena llamada Difunta Correa. «La superstición, la lujuria, el demonismo y el espiritismo constituyen la experiencia diaria», escribe Benson. Hace poco me escribió una carta que expresa bien su carga por ver a los cristianos vivir una vida abundante de santidad y poder.

Mi carga, en una palabra, es la evangelización con santidad. Anhelo que la gente se convierta al ver la santidad de Dios, no meramente porque tiene necesidad. Mi oración, mi carga, es que se sientan necesitados de santidad.

He leído que Gandhi dijo en cierta ocasión:

Me gusta tu Cristo pero no tus cristianos.

Quiera Dios trabajar con tal profundidad en nuestras vidas que la gente que nos conoce diga:

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