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Su éxtasis: Romanos 8

La victoria descrita en Romanos 8 se experimenta en el contexto de la guerra espiritual. Presento aquí un triple bosquejo natural de las enseñanzas de Pablo en ese capítulo: primeramente, el éxtasis de la vida cristiana normal (vv. 1-17a); en segundo lugar, su agonía (vv. 17b-27); y, por último, la agonía dentro del éxtasis en la misma (vv. 28-39).

El Éxtasis

El apóstol Pablo comienza su estudio sobre el éxtasis de la vida cristiana normal con tres de las verdades más fundamentales que puedan encontrarse en el Nuevo Testamento. La primera es la unión del creyente con Jesús; la segunda, la vida en el Espíritu Santo del cristiano y la tercera, la interrelación entre ambas (vv. 1-4).

En Cristo

En primer lugar, el apóstol declara: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Cuando era un recién convertido y luchaba por obtener la victoria en mi vida cristiana, escuché al Dr. J. Vernon McGee, pastor de la Iglesia de la Puerta Abierta, en Los Ángeles, predicar sobre este texto. Aunque no recuerdo los detalles de su enseñanza, jamás he podido olvidar el impacto que ese sermón causó en mi vida, ni tampoco una frase que repetía continuamente.

«La palabra más importante para el creyente en el Nuevo Testamento», decía, «es la preposición en, en Cristo y en el Espíritu». Esta verdad cayó sobre mi reseco corazón como la lluvia sobre la tierra árida. Todo lo que necesitaba o pudiera necesitar jamás para vivir la vida cristiana normal ya era mío en la persona del Cristo que moraba en mi ser y en su Espíritu que me habitaba. A raíz de aquello comencé un estudio personal de cada pasaje del Nuevo Testamento que hablaba de mi unión con Cristo mediante su morada en mi vida en la persona del Espíritu Santo (8.9).

Al orar sobre los pasajes de la Escritura que trataban de Cristo y del Espíritu Santo morando en mí, mi vida empezó a transformarse. Y aunque esa transformación continúa y seguirá adelante hasta que esté definitivamente con Él, la experiencia personal de aquella doble verdad llegó a ser una «segunda bendición» o una «segunda obra de gracia» real para mí.

Jesús no sólo es mi Salvador y Señor, es también mi vida. El Espíritu Santo no sólo mora en mí a fin de sellarme para el día de la redención, sino que también me llena con la persona del Hijo de Dios. Mediante sus dones me capacita para una vida santa y un ministerio eficaz. Y aunque muchos destacan lo uno y pasan por alto lo otro, la vida cristiana normal es tanto santidad de vida como poder en el ministerio; ambas cosas proceden del Espíritu del Hijo Amado de Dios morando en nosotros (Gálatas 4.6).

Esta es la razón por la cual Pablo insiste en que lo único que necesitamos para vencer al mal interior (la carne), exterior (el mundo) y de arriba (el campo sobrenatural del mal) es la unión con nuestro Señor (Efesios 1.3-2.10; 3.14-21; Colosenses 1.13-3.4) mediante el Espíritu Santo (Romanos 8.1-17a). Sin embargo, también insiste el apóstol en que nada es automático o mágico. Si un creyente no conoce su identidad en Cristo y en el Espíritu ni lo que Cristo es en él por morar en su interior mediante el Espíritu Santo, será derrotado durante la mayor parte de su vida cristiana.

El ser aceptados delante de Dios no tiene nada que ver con nuestra actuación como cristianos, ni tampoco con el nivel de victoria sobre la carne que hayamos alcanzado, sino únicamente con el estar «en Cristo Jesús». Todo lo necesario para traernos a Dios ya ha sido hecho. Ningún mérito personal nos lleva a Él; ni desmerecimiento personal alguno puede mantenernos lejos de Él. Si estamos en Cristo, somos «aceptos en el Amado». No hay condenación para nosotros. Como escribe John Murray:

Que se nos recuerde nuestra unión con Cristo[ … ] no es menos pertinente que el que se nos asegure la libertad de la condenación, debido a que la fuerza del pecado y de la carne evidentes en el conflicto de Romanos 7.14-25 lo hace tanto más necesario para apreciar la victoria que pertenece al creyente en los lazos de Cristo Jesús. Se trata de una forma sucinta de referirse a toda la gracia implícita en el argumento del pasaje anterior.

Los versículos 2 y 1 están estrechamente relacionados. De nuevo ambos se refieren a nuestra unión con Cristo. Murray dice al respecto: «No sólo están unidos por la partícula “porque”, sino también por la repetición, en el versículo 2, de la expresión “en Cristo Jesús”. Este versículo revela el significado de nuestra unión con Cristo subrayada al final del versículo 1».

Dunn, por su parte, al escribir sobre Romanos en el World Biblical Commentary [Comentario Bíblico Mundial], explica:

Lo que cambia las cosas es la expresión «en Cristo». El hecho de identificarse con Cristo siendo aún de este mundo estaba destinado a precipitar o aumentar la tensión existencial, pero ese estar «en Cristo» es lo que nos da la seguridad de que el resultado final será la absolución. El «en Cristo» triunfará sobre el «en Adán»; la tensión de vivir entre los dos es algo temporal, el solemne realismo de Romanos 7.14-25 es igualado por la seguridad reafirmada de Romanos 8.1.

Dos leyes

A continuación, en el versículo 2, Pablo habla de dos leyes: «la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús» y «la ley del pecado y de la muerte». ¿Qué leyes son esas?

«El Espíritu de vida» se refiere al Espíritu Santo y no a una mera influencia impersonal. El Espíritu es la persona principal de la Trinidad mencionada en los versículos 4-16 y en el 23, 26 y 27. Algunas versiones, en el versículo 10, lo llaman «el Espíritu [que] es vida». Esto, según Murray resulta coherente tanto con «el uso paulino como con el neotestamentario[ … ] La ley del Espíritu de vida» sería entonces el poder de la vida que actúa en el Espíritu. Se trata de un poder dominante y con autoridad, ya que la ley no está respaldada sólo por «un poder que regula y activa» sino también por una «autoridad legal».

En Romanos 7.22-23, Pablo menciona dos leyes opuestas: «la ley del pecado» y «la ley de mi mente». La ley del pecado actúa en la carne. La ley de la mente, por su parte, resultaría inútil en sí misma para ayudar al cristiano que lucha de no estar activada por «la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús». De modo que el poder del pecado no es comparable al poder del Espíritu. El creyente que anda en el Espíritu (8.4s) es liberado de «la ley del pecado y de la muerte», la ley del pecado que conduce a la muerte, la cual actúa en su carne.

Es importante, por tanto, que entendamos que la expresión «ninguna condenación» del versículo 1 no es sinónimo de liberación de la culpabilidad y del castigo del pecado, sino del poder del pecado. Pablo ya ha tratado lo anterior en los primeros capítulos de Romanos, y desde el 6 habla de la liberación del poder del pecado; es decir, de «la ley del pecado y de la muerte».

Esta interpretación es además apoyada por el versículo 3 e incluso por todo el resto de esta primera parte de Romanos 8. En el versículo 3, Pablo habla de la ley del Antiguo Testamento. Esta jamás podría liberarnos del poder del pecado debido a la debilidad de nuestra carne, en este caso de nuestra naturaleza humana. Pero Dios lo hizo por nosotros: «Enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, naturaleza humana débil e incapaz de hacer la voluntad de Dios y a causa del pecado, condenó al pecado> en la carne».

Murray repite una vez más que «el pensamiento dominante de este pasaje tiene que ver con la liberación de la ley del pecado y de la muerte, y por lo tanto del pecado como poder imperante y regulador». El tratamiento que hace John Murray de este acto de Dios en Cristo, por el cual «hizo que el pecado perdiera su dominio» sobre los creyentes, constituye una interpretación del pasaje desde una perspectiva de guerra espiritual.

Por lo tanto, puesto que se aplica un lenguaje judicial a la destrucción del poder del mundo y del príncipe de las tinieblas, y puesto que el término «condenación» es utilizado aquí con relación a la obra de Cristo, está justificada la conclusión de que la condenación del pecado en la carne tiene que ver con el juicio legal que fue ejecutado sobre el poder del pecado en la cruz de Cristo. Dios dictó sentencia y destronó al poder del pecado. No sólo declaró que el pecado era lo que era, sino que pronunció y ejecutó juicio contra él.

Juan Calvino adopta una posición similar y dice que «al haberse puesto sobre Cristo la carga del pecado, ésta fue despojada de su poder, para que ya no nos mantuviera sujetos a sí misma y el reino del pecado en el que nos tenía cautivos fuera destruido».

El editor de Calvino escribe que por la fraseología empleada deberíamos «sacar la conclusión de que el tema que se trata aquí es el poder del pecado y no su culpabilidad».

El término «ley» significa aquí un poder que gobierna, aquello que ejerce autoridad y consigue obediencia. «La ley del pecado» es el poder dominante del pecado. «La ley del Espíritu de vida» es el poder del Espíritu autor de la vida. «La ley de la muerte» es el poder que ejerce la muerte. De modo que «andar en la carne» es vivir en sujeción a la carne del mismo modo que «vivir en el Espíritu» significa llevar una vida de sumisión a Él. Todas estas cosas guardan relación con el poder del pecado y no con su culpabilidad. Desde el versículo 5 del capítulo 8, hasta el versículo 15 del mismo, se sigue hablando de este tema.

La batalla: el pecado activado por la carne contra el Espíritu

Vemos por lo tanto que la batalla de Romanos 7-8.15 es contra el poder del pecado activado por la carne del creyente. Y la respuesta de Pablo a la guerra que libramos con la carne es la misma que da en Gálatas 5.16: «Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne».

En el versículo 4 del capítulo 8, el apóstol dice que los creyentes «no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu». Y añade: «Porque los que son de la carne [los inconversos] piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu [los redimidos], en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz».

A continuación describe la situación de los no regenerados. Puesto que tienen la mente puesta en la carne, viven en hostilidad contra Dios. No sujetan ni pueden sujetar sus mentes carnales a la ley divina, y por tanto no agradan, ni pueden, a Dios (vv. 7-8).

Por último, Pablo vuelve a los creyentes que no viven «en la carne sino en el Espíritu». Estos están en guerra con la carne y la carne con ellos. Tales creyentes no ganan todas las batallas, si lo hicieran jamás pecarían ni dejarían de alcanzar el plan de Dios para sus vidas en ninguna dimensión, aun así no viven en la carne sino en el Espíritu. ¿Cuál es la prueba de esto? El Espíritu de Dios mora en ellos; en caso contrario no han sido regenerados (v. 9).

En el versículo 10, Pablo dice: «Pero si Cristo está en vosotros[ … ]» Lo que antes había afirmado que era cierto del Espíritu, ahora lo dice del Hijo. Esto es así porque el Espíritu es «el Espíritu de Cristo» (v. 9). De modo que el apóstol expresa: «Si Cristo está en vosotros» (v. 10), y a continuación: «Si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros» (v. 11). Aquí tenemos una perfecta unidad entre el Hijo de Dios y el Espíritu en nuestra vida.

En el versículo 10, el apóstol, que ha afirmado que el Espíritu de Cristo que mora en nuestro ser trae vida y victoria sobre el poder del pecado que actúa contra nosotros a través de la carne, afirma que hay una parte de nosotros mismos donde ese poder vivificante del Espíritu no está aún en plena operación: nuestro cuerpo mortal. Aunque éste sea el templo de Dios y Cristo more en él por su Espíritu, el apóstol explica que «el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado». Esto no lo dice para desanimarnos. A continuación expresa que «el espíritu vive a causa de la justicia». Con estas palabras Pablo no formula un dualismo negativo de cuerpo y espíritu. Ambos existen juntos en este mundo y ambos se unirán en el mundo venidero con la Resurrección (1 Corintios 15.35-37; Filipenses 3.20-21).

Por lo tanto, la redención provista para la persona completa se experimenta en dos fases: por la fe, nuestro espíritu nace de nuevo y recibe vida eterna gracias a la morada del Espíritu de Cristo en nosotros, pero no así nuestro cuerpo (Romanos 8.10). Esta es la primera fase. La segunda sólo tendrá lugar en «la manifestación de los hijos de Dios», el momento de nuestra adopción plena como hijos (19, 23). Sólo entonces recibirán estos pecaminosos y mortales cuerpos la totalidad de los beneficios redentores de la cruz; y además experimentaremos «la redención de nuestro cuerpo» (v. 23).

En el versículo 11, el apóstol Pablo promete esperanza para este cuerpo pecaminoso. Luego, los versículos 12 al 17 constituyen un resumen y una aplicación de todo lo que se ha dicho hasta el momento. En ellos se nos recuerda una vez más que debemos andar en el Espíritu, lo que considero sinónimo de ser «guiados por el Espíritu de Dios» (v. 14).

En cuanto a la contundente advertencia de Pablo en el versículo 13a, «porque si vivís conforme a la carne, moriréis», Calvino comenta muy acertadamente: «Aprendan, pues, los fieles a abrazarle, no sólo para su justificación, sino también para su santificación; ya que Él nos ha sido dado para ambos propósitos, no sea que lo dividan en dos por su carne mutilada».

El Espíritu Santo versus los espíritus de esclavitud y temor

El versículo 15 es uno de los grandes textos de la Escritura que enfrentan al «Espíritu de adopción» (el Espíritu Santo) con «el espíritu de esclavitud» que conduce al «temor». Pablo da a entender que aunque el Espíritu de Dios es el mismo de convicción de pecado, siempre nos confirma que pertenecemos a Dios y a su reino. Él edifica, anima, bendice, ilumina, hace a Jesús más y más precioso a nuestros ojos. Nos capacita para que podamos derrotar a la carne, al mundo y a Satanás y sus demonios. Es Él, y sólo Él, quien clama dentro de nosotros: «¡Abba, Padre!»

El otro espíritu, sin embargo, nos dice mentiras. El escritor de Hebreos expresa que ese otro espíritu, Satanás, nos ata mediante el temor (Hebreos 2.15). Sin embargo, hemos sido liberados de su dominio, de modo que no debemos temerle ni a él ni a los suyos.

No afirmo de manera dogmática que el apóstol pensara aquí específicamente en un demonio, aunque Dunn dice que quizás sea así. Digo que Satanás y sus malos espíritus son espíritus de temor y esclavitud, bien que edifiquen sobre esas emociones humanas negativas ya existentes o que inicien ellos mismos el intento de esclavizar. Cualquier cosa que nos ate mediante el temor o nos ponga bajo esclavitud o servidumbre constituye ese otro espíritu.

El Espíritu Santo es el de libertad, de adopción. Nos hace saber que pertenecemos a Dios. «Da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (v. 16). Los otros espíritus, bien nos susurran negaciones de nuestra calidad de hijos, bien nos dicen que somos inaceptables para Dios aunque seamos sus hijos. Por eso Jesús expresa que el otro espíritu, «cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira» (Juan 8.44). Si nos dice mentiras, debemos callarle, como hizo Jesús (Mateo 4.10; 16.23). Debemos resistirle con las palabras de verdad (Efesios 6.17; Santiago 4.7-8).

Crisis y proceso en la liberación total: La historia de James

En cierta ocasión me encontraba aconsejando por teléfono a un turbado cristiano de otra localidad. Mi agenda estaba tan repleta que no me era posible recibirle para una sesión de consejo, sin embargo el hombre sufría mucho y me sentí constreñido a ministrarle de esa manera.

James era un recién convertido que había sido mago en un tugurio de su ciudad. Su esposa era bruja en el mismo grupo. Tenían un hijo, un niñito llamado Tommy de unos seis años de edad. James procedía de una familia con problemas y había sido víctima de abuso físico y sexual por parte de su padre siendo pequeño. Creció con un profundo sentimiento de vergüenza, impotencia, inutilidad y rabia. La magia le proporcionaba una sensación de poder sobre los demás, sobre las circunstancias y, por encima de todo, sobre su propia vida.

Cuando era joven había tenido algún contacto con el cristianismo y tenía amigos creyentes. En ocasiones había ido con ellos a la iglesia, pero no entendía el evangelio. La persona de Jesucristo le había impresionado mucho, sin embargo no sabía cómo apropiárselo para sí mismo.

Iniciación en la magia

Conoció a su mujer mientras estaba en la secundaria y ella le introdujo en la magia. Parecía una actividad perfecta para él. Después de su boda, James y su esposa dedicaron sus vidas al mundo espiritual. Pero aunque había cosas «divertidas» en las prácticas mágicas, también turbaban su espíritu sensible. Todo el mundo trataba de conseguir poder. Cada uno intentaba lograr control sobre los demás. Los espíritus, aunque útiles para una persona herida como James, eran también perversos. Promovieron el sexo libre entre los componentes del grupo. A James no le gustaba ver a su mujer manteniendo relaciones sexuales con otros, tanto hombres como mujeres, y se sentía degradado cuando participaba él mismo en dichas actividades.

El odio a los demás, en particular a los cristianos, era una característica dominante en su ámbito. Siempre pronunciaban maldiciones contra los creyentes e invocaban a los espíritus para hacerles daño. Pero francamente, a él le caía bien un compañero de trabajo cristiano que había comenzado a darle testimonio acerca del gozo de la vida en Cristo.

El espíritu que controlaba al grupo le recordaba lo que había leído del diablo y lo que le hablaba ese amigo cristiano. Se preguntaba si no estaría Satanás manipulándolos entre bastidores sin saberlo él, su esposa y otros miembros de su grupo. Pero como James uno de los líderes del tugurio, no se atrevía a expresar sus inquietudes.

El testimonio cristiano y el deseo de cambiar

Cierta noche, él, su mujer y sus hijos volvían a casa después de una reunión en especial perturbadora, caracterizada por expresiones de odio profundo hacia los cristianos. Los espíritus estaban enfadados con el grupo por no esforzarse más en conseguir un puesto de aceptación para la brujería como «religión» buena que, en contraste con el cristianismo, subrayaba los valores de la felicidad, la paz y la hermandad terrenas. Al mismo tiempo, James reconocía que estaban llenos de odio hacia todos aquellos que se les opusieran.

Le manifestó a su esposa su preocupación y también le habló de su compañero de trabajo cristiano, de lo amable, alentador, bondadoso y moral que era. Todos sus compañeros sabían que creía en Cristo; no porque les predicara constantemente o discutiera con ellos, sino por el tipo de vida que llevaba. Mientras comía su almuerzo con los demás, no participaba de su sucio lenguaje o conversación; y de vez en cuando, si se sobrepasaban con sus maldiciones, les recordaba que tomaban en vano el nombre de su Señor y les rogaba, de la mejor forma, pero con firmeza, que dejaran de hacerlo. Ellos se disculpaban y su lenguaje y sus temas de conversación se moderaban de veras cuando él estaba presente. James se sentía profundamente impresionado por su amigo cristiano.

Su mujer se puso furiosa. «Los cristianos son nuestros peores enemigos», replicó. «Ellos dicen que adoramos a Satanás, lo cual es mentira. También dicen que su Dios es el verdadero y Jesús el único Salvador. Eso tampoco es cierto: hay muchos dioses. Nuestra religión es la respuesta a las necesidades de la humanidad. No vivimos para un cielo futuro, disfrutamos de la vida ahora; y cuando muramos llegaremos a ser uno con los espíritus, de modo que tenemos lo mejor de ambos mundos. ¿Cómo puedes pensar siquiera por un momento que tu amigo cristiano tenga razón?»

El momento de la libertad

Un domingo, mientras su esposa estaba fuera, James asistió a la iglesia con su amigo. Le encantaron los himnos, las oraciones y el sermón de la Biblia. Pero sobre todo se sintió atraído por la persona de Jesús y lloró al empezar a comprender que Dios le había amado hasta el punto de enviar a su propio Hijo para que muriera por sus pecados.

Sin importar lo que le hubieran enseñado y lo que él estuviera enseñando a otros, James sabía que el pecado era algo real. Todo el sexo, el odio, el orgullo, la ambición y la falta de respeto hacia sus semejantes que su grupo promovía eran pecado, estaba convencido de ello. Quería salir de aquellas cosas. La presión para promover el mal en nombre del amor era demasiado fuerte. Quería hacer bien a todos los hombres, quería ser libre.

Día tras día, a la hora del almuerzo, hablaba con su amigo cristiano, hasta que en una ocasión inclinó la cabeza, oró y recibió a Jesús como Salvador. No podía seguir llamando bien a la maldad, ni mal a la bondad de Cristo y de Dios.

Ultimátum en casa

Cuando le contó aquello a su mujer, se puso fuera de sí. «Siempre has sido una persona débil» le dijo. «Ni siquiera sé por qué me casé contigo. A menos que vuelvas al grupo te abandonaré y me llevaré conmigo a Tommy». Hablaron durante horas o más bien intentó hablar, pero ella se mofaba de él, añadiendo insulto tras insulto. Al día siguiente, cuando volvió a casa del trabajo, su esposa se había ido y, cumpliendo su amenaza, se había llevado consigo a Tommy.

No dejó ningún número de teléfono donde localizarla, de modo que James llamó a uno de los líderes del grupo para ver si conocía su paradero. Este lo sabía, pero no estaba dispuesto a revelárselo. «Te has hecho cristiano», le dijo. «Eres un traidor. Te has unido a nuestros enemigos. A menos que renuncies a tu cristianismo y vuelvas al grupo, jamás verás de nuevo a tu mujer y a tu hijo». Dicho esto, colgó.

Ataque continuo y liberación progresiva

Fue entonces cuando James empezó a sufrir ataques demoníacos. Los espíritus bombardeaban su mente con amenazas e insultos. No le dejaban dormir por la noche, confundían sus pensamientos de tal manera que tenía dificultad para concentrarse en su trabajo. Estaba desesperado. Hasta que su amigo lo llevó a ver a uno de los dirigentes de su iglesia que tenía el don de echar fuera malos espíritus y otros dones especiales de discernimiento que le ayudarían a identificar a los demonios que actuaban en la vida de James. Muchos demonios fueron expulsados y al principio experimentó un gran alivio. Con el tiempo, sin embargo, aquellos mismos demonios volvieron u otros nuevos llegaron para atormentarle. Eran espíritus de «esclavitud al miedo» (Romanos 8.15).

James se sentía aterrorizado, ya que los demonios amenazaban con matarlo y temía que lo hicieran.

Fue entonces cuando me llamó para pedirme ayuda a fin de liberarse de sus miedos y de la esclavitud de aquellos espíritus acusadores. En vez de eso, repasé con él las Escrituras para hacerle comprender cuál era su identidad en Cristo. Quería que reconociera que el Hijo de Dios ya había derrotado a Satanás en su lugar. Le dije que aunque podía ser que el diablo no se retirara enseguida de un modo total, a la larga tendría que cesar en sus acusaciones y tácticas intimidatorias. Siempre lo hace; no tiene elección (Santiago 4.7-8).

Llamo a esto «consejo de preliberación». Hubiera sido inefectivo tratar sólo de expulsar a los espíritus de una vida tan seriamente afectada por demonios poderosos de brujería, miedo y esclavitud; y ya que James había practicado la magia durante años, incluidos varios como hechicero, su liberación no fue inmediata sino progresiva.

Liberación completa

En más de una ocasión los demonios se manifestaron mientras hablábamos por teléfono. Yo los sujetaba y continuaba con la orientación bíblica. James estudió el libro The Adversary [El adversario], del Dr. Mark Bubeck, y comenzó a hacer oraciones doctrinales y de guerra.

Compró y siguió con mucho cuidado mi serie de 16 cassettes, con su programa de estudios adjunto, llamada Spiritual Warfare [Guerra espiritual]. Con el tiempo empezó a experimentar cómo los demonios aflojaban la presa que tenían en su vida y su mente. Aunque fue cuestión de varios meses, por último, una noche, cuando estaba en la cama, se produjo la autoliberación final. De repente, se dio cuenta de la huída de los últimos espíritus de esclavitud. Gritaron sus protestas en su mente: «No es justo. Tú nos pertenecías, pero tenemos que marcharnos. Jesús nos está diciendo que salgamos ahora mismo. No es justo, no es justo … »

Y dicho esto, salieron.

Cuando Santiago se acercó al Señor en adoración, oración y acción de gracias, Él se acercó a Santiago (Santiago 4.7-8). Nunca antes había experimentado un sentimiento tal de la presencia de Dios. Por fin estaba libre. Ahora comprendía aquellas palabras de Pablo: «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu [el Espíritu Santo] de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» (Romanos 8.15; Gálatas 4.6). Ahora estaba seguro de que era hijo y heredero de Dios así como coheredero con Cristo (v.17). Sabía que sus sufrimientos eran con Cristo. Que todo le ayudaba a bien. Y también que algún día «sería glorificado con Él» (vv. 16-17).

He aquí un repaso general de las enseñanzas de Pablo acerca del éxtasis de la vida cristiana normal. Aunque el mismo implique cierta agonía el foco de atención está en el éxtasis; en la libertad de la ley del pecado y de la muerte mediante la morada de Cristo y de su Santo Espíritu en nosotros. El siguiente capítulo tratará del repaso general del apóstol sobre las agonías de la vida cristiana normal.

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