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Un análisis de la enseñanza bíblica / Guerra en el paraíso

Nuestro estudio de la enseñanza bíblica sobre la guerra espiritual comienza con el Génesis, el libro cuyo nombre significa en hebreo «principio» o más literalmente «generación» o «historia familiar».

Su objetivo principal es relatar el comienzo de la historia del pueblo escogido por Dios, Israel. Al hacerlo, su primer capítulo nos cuenta el origen de los cielos y la tierra; del 2 al 11 nos habla de la creación del hombre, su caída y el origen de las naciones; y del 12 al 50 trata del nacimiento de Israel: el llamamiento de Abraham, la historia de los patriarcas, los progenitores de la raza hebrea.

Génesis 1-11 nos proporciona la base necesaria para comprender el llamamiento de Abraham y el comienzo de la nación de Israel. Estos capítulos también revelan el origen y la historia temprana de la guerra espiritual cósmico-terrena (Génesis 3).

Un ser cósmico no identificado, llamado la serpiente, introduce la guerra espiritual en la experiencia humana. Como ya hemos afirmado en repetidas ocasiones, esto significa que la lucha espiritual cósmica había comenzado antes del capítulo 3. Este libro no nos dice nada acerca del origen de la guerra espiritual celeste. En realidad, el resto de la Biblia trata el asunto principalmente como un «dato»: un hecho que debe aceptarse con poca o ninguna explicación. Tendremos que contentarnos, pues, con lo que la Escritura dice y tener cuidado con especular en cuanto a lo que no revela.

La Biblia dice lo suficiente, sin embargo, como para ayudarnos a comprender que hubo una rebelión celestial entre los ángeles de Dios, quizás antes de la creación del hombre y desde luego antes de la Caída, la cual produjo un conflicto continuo entre el reino de Dios y el de Satanás.

La desastrosa progresión temprana de ese conflicto sobre la tierra se esboza en los capítulos 4 al 11, formando la base lógica para el nuevo comienzo de Dios con la humanidad en la persona Noé y su familia (Génesis 6-9). Más tarde el Señor comenzará otra vez al llamar a un hombre, Abraham, a salir de la degradación espiritual, la idolatría, el politeísmo y la inmoralidad grosera en que había caído la raza humana. Dios llama a Abraham de Ur de los caldeos (Génesis 11.26-12.3). El resto del Antiguo Testamento es un desarrollo de la revelación única que Dios hace de sí mismo a los descendientes de Abraham, Israel, y a través de ellos.

El comentarista Gordon J. Wenham presta mucha atención al choque de cosmovisiones que los occidentales experimentamos con los primeros capítulos del Génesis. Debido a que los abordamos con nuestra mentalidad científica de este lado del mundo, esperamos que Génesis nos ofrezca respuestas para el debate Biblia versus Ciencia acerca de la creación en seis días y temas parecidos. Pero Génesis 1 al 11, y en particular los capítulos 1 al 3, fueron escritos desde una perspectiva religiosa, no científica.

El debate Biblia vs. Ciencia ha desviado de la manera más lamentable a los lectores de Génesis 1. En vez de leer este capítulo como una triunfante afirmación del poder y la sabiduría de Dios, y de la maravilla de su creación, demasiado a menudo nos hemos atascado al tratar de meter a presión las Escrituras en el molde de la última hipótesis científica o al torcer los hechos científicos para adaptarlos a una interpretación particular.

Cuando se le permite hablar por sí mismo, Génesis 1 mira por encima de esas menudencias[ … ] Al afirmar además la posición única del hombre, su lugar en el programa divino y el cuidado que Dios tiene de él, Génesis 1 da a la humanidad una esperanza que las filosofías ateas no pueden nunca proporcionar legítimamente.

Génesis fue escrito en primer lugar para la gente de su época y sólo de un modo secundario para las generaciones futuras. Las enseñanzas del primer libro de la Biblia debían satisfacer las necesidades reales y sentidas de aquellos a quienes iban dirigidas, de otro modo es muy probable que ni siquiera se hubieran escrito.

Génesis 1 al 11 comparte una cosmovisión espiritual común a todas las naciones vecinas de Israel en el Oriente Cercano. Muchos de los relatos que aparecen en esos capítulos son parecidos a otros que tratan los mismos temas y que se encuentran en la historia y la mitología de los pueblos aledaños a los hebreos. Sin embargo, lo que hacen únicos a los capítulos 1 al 11 de Génesis son las diferencias entre el relato bíblico y las narraciones paganas.

Aunque admitiéramos que el «Génesis y el Cercano Oriente de la antigüedad tienen quizás más en común entre sí que ninguno de ellos con el pensamiento secular moderno», dice Wenham, «las semejanzas entre el pensamiento bíblico y no bíblico[ … ] se ven eclipsadas por las diferencias». Una de esas diferencias es el lugar que ocupa el hombre en el orden creado. Según la mitología oriental, el hombre fue creado por los dioses como una idea posterior para que les supliera de comida. Génesis 1, por el contrario, lo presenta como el clímax de la creación y, en vez de proporcionarle comida a los dioses, Dios le proveyó a él de plantas para que comiese (Génesis 1.29).

Ese mismo tema de la preocupación de Dios por el bienestar del hombre es muy evidente en Génesis 2. En dicho pasaje, primero crea al hombre y luego le proporciona un huerto donde vivir, con animales por compañeros y, finalmente, una esposa.

El trasfondo oriental de Génesis 1 al 11 muestra que éste se hallaba interesado en temas muy diferentes a los que suelen preocupar a los lectores modernos; tales como afirmar la unidad de Dios frente al politeísmo, su justicia en vez de su capricho, su poder en contraposición con su omnipotencia, su preocupación por la humanidad en lugar de su explotación de ella. Y mientras que Mesopotamia se aferraba a la sabiduría del hombre primitivo, Génesis relata su desobediencia pecaminosa. Ya que como cristianos tenemos la tendencia de dar por sentados estos puntos en nuestra teología, a menudo no reconocemos la asombrosa originalidad del mensaje de Génesis 1-11 y nos dedicamos a aspectos secundarios que pueden tener menos importancia.

George Ernest Wright, profesor de Historia y Teología del Antiguo Testamento en la Universidad de Harvard, rechaza la posición crítica tradicional de que el judaísmo pasó a través de una serie de etapas evolucionistas predecibles: del animismo al politeísmo, luego al monoteísmo y por último al teísmo bíblico. Esa idea, dice Wright, no reconoce la intervención sobrenatural de Dios en la vida de la nación elegida ni tampoco la gran diferencia existente entre el concepto judío de la divinidad y el politeísmo de los pueblos que los rodeaban. Esta percepción es decisiva para nuestros estudios de Génesis 3.

Seis características importantes de la creación de la humanidad

El propósito de la creación del hombre se revela en Génesis 1.26-31. No haremos un estudio en profundidad del mismo sino que únicamente nos referiremos a seis rasgos principales de la narración que guardan una relación directa con el relato de la Caída en Génesis 3.

1. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (vv. 26a, 27a). El debate sobre lo que significa con exactitud que el hombre fuera creado a la imagen y semejanza de Dios continúa. No vamos a entrar en detalles, sin embargo destacaremos el hecho de dicha semejanza, pues resulta crucial para comprender por qué la serpiente decidió seducir al hombre para que desobedeciera a su creador y Padre celestial.

Sea cual fuere el significado de la imagen y semejanza de Dios en el hombre, la Escritura afirma que sólo éste ha sido hecho a la imagen divina. Esto parece ser lo que separa en definitiva al hombre de todo el resto de la creación de Dios.

Wenham nos ayuda a comprender por qué la serpiente se interpone en la relación entre Dios y el hombre, cuando escribe que el hombre es[ … ]

la culminación del orden creado[ … ] La imagen de Dios significa que de alguna forma los hombres y las mujeres se parecen a Dios y a los ángeles, aunque no se aclara en este capítulo en qué consiste tal semejanza. La imagen divina sí capacita al hombre, no obstante, para que su creador le hable directamente y lo haga, en un sentido real, el representante suyo en la tierra, que debe reinar sobre las demás criaturas como un rey benevolente.

No es de extrañar que el enemigo de Dios se convirtiera de inmediato en enemigo del hombre. Cuando Satanás comprendió el plan que Dios tenía de hacer una criatura más semejante a Él que ninguna de las que creadas hasta entonces, el diablo no es omnisciente y al igual que nosotros tiene que aprender, su estrategia primordial para desafiar la voluntad divina fue la de inducir al hombre de Dios a la incredulidad y a desobedecer la ley divina. Como que no podía atacar a Dios directamente, lo haría de manera indirecta al atacar a la criatura que había hecho a su propia imagen y semejanza: el hombre. Esto nos proporciona una comprensión verdadera de los misterios que encierra el relato de la caída del hombre en Génesis 3.

2. Dios da al hombre el dominio pleno de la tierra (1.26b, 28c). Tan completo es el señorío del hombre sobre la tierra que debe «sojuzgarla» y «señorear» sobre todos los seres vivos que se mueven sobre ella (1.26-28). ¿De qué mejor manera podía Satanás luchar contra el gobierno de Dios que guerreando contra su gobernante aquí abajo?

3. El hombre fue hecho «varón y hembra» (v. 27b).

4. Se les dice a la primera pareja que «fructifiquen, se multipliquen y llenen la tierra» con su descendencia (v. 28b). Satanás para corromper la creación completa sólo tenía que comenzar con aquellos dos que iban a multiplicarse y llenar la tierra de hijos e hijas nacidos a su imagen (5.3).

5. Dios dio una bendición especial a aquella regia pareja (v. 28a). Derek Kidner comenta que:

[ … ] bendecir es conceder, no sólo un don, sino también una función (cf. 1.22; 2.3; cf. igualmente la impartición de bendiciones de Isaac, Jacob y Moisés), y hacerlo con un interés cariñoso. En su grado más alto es Dios mismo volviéndose hacia el recipiente (cf. Números 6.24-26) en forma altruista (Hechos 3.26).

Inducir a una pareja bendita por Dios a sumarse a su rebelión contra el gobierno divino sería la victoria más grande de Satanás; tal vez aun mayor que su seducción anterior de aquel gran número de ángeles los cuales habían desechado el señorío del Creador (2 Pedro 2.4; Judas 6; Apocalipsis 12.7-9).

6. Dios declara su deleite en el hombre y en toda su creación (v. 31). Kidner cita las siguientes palabras de Karl Barth: «Una parte de la historia de la creación es que Dios contempló su obra y la confrontó como una totalidad completa». Y luego comenta que …

por su gracia concedió a algo distinto de sí mismo, no sólo existencia, sino también cierta medida de autodeterminación. Y si los detalles de su obra fueron declarados buenos (vv. 4, 10, 12, 18, 21, 25), la totalidad resultó ser muy buena. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento respaldan esta idea en su exhortación a aceptar con actitud agradecida las cosas materiales (p.ej., Salmo 104.24; 1 Timoteo 4.3-5) como procedentes de y para Dios.

Dios contempla toda su creación terrena no sólo como algo «bueno», sino como «bueno en gran manera», tanto por separado como en general (vv. 4, 10, 12, 18, 21, 25, 31). Por lo tanto, Satanás tiene al alcance de su mano la posibilidad de vengarse del Dios a quien odia. Si es capaz de hacer malo y muy malo aquello que el Creador considera «bueno» y «bueno en gran manera», le habrá asestado el peor golpe desde que consiguiera corromper a una parte de su reino angélico.

Empezamos con una serpiente

Las palabras de Génesis 3.1 han suscitado tal vez más discusión que la mayor parte de los otros versículos de este libro.

Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?

El primer aspecto controversial tiene que ver con la identificación del tentador como una serpiente. ¿Se trataba de un animal como los de hoy en día? ¿Caminaba erguido con anterioridad y se convirtió en un reptil sólo después de ser maldecido por Dios? Para responder a tales preguntas es necesario hacer conjeturas. La Biblia no lo dice; por lo tanto no es importante para nosotros saberlo. Sin negar ni por un momento la historicidad del relato, puesto que se trata de un caso de simbolismo histórico, nos desviaremos irremediablemente si hacemos preguntas detalladas sobre los símbolos escogidos por Dios y el escritor de Génesis.

Los lectores originales del Antiguo Testamento, por lo general, no planteaban el mismo tipo de preguntas que nosotros hacemos sobre el texto bíblico. Entendían que el Antiguo Testamento era el medio escogido por Dios para comunicarles lo que necesitaban saber a fin de que anduviesen en obediencia a Él. No eran pensadores especulativos, sino más bien prácticos (al contrario que nosotros). Los judíos comprendían que en el lenguaje metafórico de la cultura oriental, como dice Wenham, «las serpientes eran símbolo de vida, sabiduría y caos[ … ] temas todos que tienen puntos de contacto con la presente narración».

Wenham trata de resolver la pregunta tan a menudo repetida de «¿Por qué apareció una serpiente y tentó a la mujer?» Y tras enumerar algunas de las respuestas más comunes que se dan con frecuencia a las cuestiones de por qué el escritor escribió en lenguaje simbólico en general y utilizara en particular el símbolo de una serpiente, dice: «En el mundo del simbolismo del Antiguo Testamento, una serpiente es candidato evidente a convertirse en un símbolo antidivino, a pesar de haber sido creado por Dios mismo».

También se refiere Wenham a Levítico 11 y Deuteronomio 14, donde se consideró a la serpiente como un prototipo de los animales inmundos, y dice: «Su sinuosa y tortuosa locomoción la coloca en el otro extremo de aquellos animales puros que pueden ofrecerse en sacrificio».

De modo que para cualquier israelita familiarizado con los valores simbólicos de los distintos animales, no cabía imaginar ninguna criatura más adecuada que una serpiente para apartar al hombre de su Creador. La serpiente Leviatán mencionada en la mitología ugarítica también aparece en Isaías 27.1 (cf. Job 26.13) como una criatura destruida por el Señor, evidencia adicional de la frecuente asociación en los tiempos bíblicos de las serpientes con los enemigos de Dios.

Aunque algunos eruditos modernos tales como Jeffrey Burton Russell cuestionan que el escritor de Génesis «pretendiera equiparar a la serpiente con la herramienta de Satanás o con él mismo», no resulta necesario demostrar que así es para mantener la posición que defiende Wenham, con la cual tanto yo como la mayoría de los eruditos bíblicos conservadores estamos completamente de acuerdo.

Como conclusión, afirmaría que al utilizar el símbolo de una serpiente que habla, el escritor tenía por objetivo comunicar lo que muestra la historia. La tentación de rebelarse contra el señorío de Dios no surgió del interior de Eva, ni más tarde de Adán, sino que vino primero de fuera, de un ser personal y tal vez sobrenatural que estaba dedicado a la maldad y trataba de provocar la rebeldía de la humanidad contra Dios.

W. H. Griffith Thomas cita lo que dice uno de los mayores eruditos bíblicos de otra generación, el Dr. James Orr, sobre Génesis 3, quien hace un excelente repaso general de lo que hemos estado examinando.

La tentación, considere su origen. El carácter práctico de la narración puede verse con claridad en la referencia que hace a la serpiente como causa inmediata del pecado humano[ … ]

No se menciona el problema de cómo y cuándo pecó Satanás. El énfasis se pone en el pecado en relación con el hombre, y se nos enseñan de la manera más inequívoca dos grandes verdades: (1) que Dios no es el autor del pecado; y (2) que el pecado vino al hombre desde afuera y se debió a un poder de sugestión e influencia malignas distinto al que procedía de la propia naturaleza humana.

Se describe a la serpiente como «astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho». Y la palabra que se traduce por «astuta» significa literalmente «sutil». Es la palabra hebrea aroom o arum. Calvino dice que se trata de la palabra con la cual «los hebreos designan tanto al prudente como al astuto. Hay discrepancia entre los intérpretes en cuanto al sentido en el que la serpiente era aroom … Algunos, por lo tanto, interpretarían el término en un sentido bueno y otros le darían un significado malo». Calvino le da el sentido positivo y dice que se presenta a la serpiente con habilidades únicas que la hacen «sagaz y aguda por encima de todos los demás».

Pero Satanás pervirtió el don que le había sido dado por Dios a la serpiente utilizándolo para sus propios fines engañosos[ … ] ese don que ha demostrado ser tan destructivo para la raza humana le ha sido (quizás en este tiempo) retirado al animal.

Personalmente creo que es Wenham quien trata mejor este tema, cuando al adoptar una posición intermedia dice: «”Pero la serpiente era prudente, más que todos los animales del campo”, “prudente” es un término ambiguo», expresa. «Por otro lado, constituye una virtud que los sabios deberían cultivar (Proverbios 12.16; 13.16), pero mal utilizada se convierte en astucia y engaño» (Job 5.12; 15.5; cf. Éxodo 21.14; Josué 9.4).

Con su gran conocimiento de la literatura hebrea, Wenham comenta sobre la vívida descripción que hace el escritor de la serpiente astuta.

La escena comienza con una oración circunstancial que describe a la serpiente como «prudente, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho». El resto de dicha escena es un diálogo entre la serpiente y la mujer (cf. escena 5, vv. 9-13). Ahora bien, la caracterización explícita de los actores de este relato es rara en la narrativa hebrea, de modo que parece probable que al mencionar la prudencia de la serpiente el narrador esté indicando que sus comentarios deberían examinarse con sumo cuidado. Ella (la serpiente) puede no estar diciendo lo que parece; tal vez no deberíamos aceptar sus palabras por la apariencia que tienen, como hizo la mujer.

La serpiente y el pecado

El escritor de Génesis 3 comienza el diálogo entre la serpiente y Eva en el versículo 1 con la expresión: «La cual dijo a la mujer[ … ]» La capacidad de hablar de la serpiente es otro tema de interminable controversia. Creo que Keil y Delitzsch tienen razón cuando afirman que la serpiente, como sucede con el resto de los componentes del reino animal, no poseía la facultad del habla cuando fue creada por Dios, sino que habló únicamente al ser poseída por un espíritu malo, es decir por Satanás, el diablo.

Los autores presentan tres argumentos excelentes en cuanto a por qué no se identificó a Satanás como el origen de la tentación. Primero, porque Dios no quería que Adán y Eva pudiesen culpar al diablo por su rebeldía. En segundo lugar, porque sólo ellos mismos son los culpables de su pecado (Dios ordenó que su obediencia fuera probada debido a que era necesario para el desarrollo y la autodeterminación espiritual de la pareja). Por último, el Señor sólo permitió que Satanás tentara a Adán y a Eva bajo la forma de una criatura, no sólo muy inferior al propio Dios o a los ángeles, sino también a ellos mismos. Así, dicen Keil y Delitzsch, «no podían tener excusa por permitir que un simple animal los convenciera de quebrantar el mandamiento de Dios, cuando se les había dado dominio sobre las bestias y no se les dijo que debían tomar de ellas su propia ley»

El escritor de Génesis describe a continuación las acciones de Eva después de conversar con la serpiente: «Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y codiciable para alcanzar la sabiduría» (v. 6). Wenham comenta que ahora, a los ojos de la mujer[ … ]

el árbol prohibido no era diferente a los demás árboles (véase Génesis 2.9), y ella deseaba la iluminación que éste le traería. Su codicia se describe en una terminología que anuncia ya el décimo mandamiento («no codiciarás»). Tanto el término «agradable» como «codiciable» proceden de raíces que significan «codiciar» (Deuteronomio 5.21; cf. Éxodo 20.17). Cuando «dio también a su marido, el cual comió así como ella», el hombre se asoció con el pecado de la mujer (cf. 6.18; 7.7; 13.1). Este último y decisivo acto de desobediencia precedió a la descripción de las consecuencias.

Adán no estaba presente cuando el diablo engañó a Eva. El texto lo dice claramente. De modo que la Escritura pone el énfasis en la seducción de la mujer, no en la de Adán. ¿Habría sido distinta la historia si hubiese estado él allí? Dios había dado los mandamientos al hombre (Génesis 2.16-17), quien obviamente se los había transmitido a su mujer. Sin embargo, cuando Eva citó a la serpiente la prohibición de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, no lo hizo con su verdadero significado (3.3), resulta imposible saber por qué.

Las palabras que Dios dirige a Adán en el versículo 17 parecen demostrar que éste no se hallaba presente cuando la serpiente engañó a Eva. Dios lo responsabiliza por haber escuchado a su esposa, no a la serpiente. Puesto que había sido colocado por el Señor sobre toda su creación terrena, se le considera culpable de desobediencia, lo cual es coherente con la enseñanza bíblica de que toda la raza humana pecó en Adán, no en Eva.

Francis Schaeffer afirma que la batalla se gana o se pierde en la mente, y dice: «La corriente va de lo interior a lo exterior; el pecado comenzó en el mundo del pensamiento y fluyó hacia fuera. Dicho pecado fue cometido, por tanto, en el momento en que Eva creyó a Satanás en lugar de a Dios».

Schaeffer también señala con cuánta facilidad persuadió Eva a Adán para unirse a ella, y dice: «La tentación es difícil de resistir cuando está envuelta en la relación hombre-mujer».

Dos grandes instintos están incorporados en el hombre: el primero, la necesidad de una relación con Dios y el segundo, la de un vínculo con el sexo opuesto. Hay una tentación especial ligada a su instinto sexual[ … ] Aunque lo que sucedió en el huerto del Edén fue un suceso histórico en el espacio y en el tiempo, la relación hombre-mujer y la fuerza de la tentación que debió suponer para Adán es universal.

Los efectos inmediatos del pecado de la humanidad

Estos efectos son por lo menos siete.

En primer lugar está la vergüenza.

«Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» (3.7a). Muchos comentaristas intentan espiritualizar estas palabras al decir que se refieren principalmente, o incluso de manera única, a la vergüenza en la presencia de Dios. De modo que su desnudez y culpabilidad cuando están delante de Dios es espiritual.

Aunque esto último es cierto, no dice tal cosa el versículo 7, ya que el último versículo del capítulo 2 habla también de su desnudez: «Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban» (2.25).

¡Qué diferencia tan notable entre las relaciones hombre-mujer antes y después de la Caída! Cuando miramos las palabras de Génesis 3.7, tenemos que preguntarnos si Adán y Eva conocían su desnudez con anterioridad. ¿Acaso no se veían desnudos el uno al otro al mirarse?

Sin embargo, la vergüenza demuestra la corrupción inmediata de toda su personalidad. Se miran el uno al otro con ojos sucios. La rejilla emocional a través de la cual los estímulos visuales llegan a sus mentes está contaminada. Su conciencia les dice ahora que ya no está bien que ambos anden constantemente desnudos.

Hasta el versículo 7, Adán y Eva estaban juntos, desnudos y sin avergonzarse, ni el uno ante el otro ni delante de Dios. Eran tan puros de mente y corazón como el Señor los había creado, y tan «una sola carne» en su relación matrimonial que su inocencia igualaba a la de los niñitos desnudos que con frecuencia juegan juntos sin ningún sentimiento de vergüenza.

Derek Kidner dice que:

[ … ] la promesa de la serpiente acerca de unos ojos[ … ] abiertos se hizo realidad a su manera (cf. 22), pero fue un grotesco anticlímax del sueño de la iluminación. El hombre veía el mundo conocido y al verlo lo estropeaba, proyectando maldad sobre la inocencia del mismo (cf. Tito 1.15) y reaccionando al bien con vergüenza y huida. Su nueva conciencia del bien y el mal era al mismo tiempo semejante y distinta al conocimiento divino (3.22), difiriendo de éste y de la inocencia como se diferencia la dolorosa percepción de su propio cuerpo que tiene un hombre enfermo tanto del conocimiento del médico como de la despreocupación del hombre sano.

He aquí una analogía adecuada. Antes estaban bien, ahora se hallan enfermos y proyectan maldad sobre toda inocencia. Esa fue la recompensa inmediata de los ojos abiertos por Satanás: ver lo que no debían haber visto. Y Kidner continúa con otro perspicaz comentario:

Las hojas de higuera eran bastante patéticas[ … ] pero el impulso natural era correcto y Dios lo confirmó (v. 21), porque el fruto característico del pecado es la vergüenza. Incómodos ahora el uno con el otro, experimentaron un anticipo de lo que serían las relaciones humanas caídas en general. No hay marcha atrás[ … ] el camino de Dios es hacia delante, ya que cuando el cuerpo sea redimido (Romanos 8.23) y el amor perfecto no volveremos al Edén, sino que seremos revestidos de gloria (2 Corintios 5.4).

Leupold, al escribir sobre la promesa de Satanás, «Seréis como Dios», comenta: «¡Qué desdichada semejanza con Dios, si se nos permite la paradoja, y qué lamentable logro por parte del hombre».

En segundo lugar, hay una separación de Dios.

Adán y Eva tratan de esconderse de la presencia divina (v. 8). El sentido de separación de Dios no vino hasta que apartaron su mirada el uno del otro y la dirigieron hacia Él. Se habían olvidado del Señor hasta ese momento, sin embargo él no había hecho lo mismo con ellos. Como tenía por costumbre, Dios vino a pasar unos momentos con sus hijos.

Leupold dice que Dios, como es natural, tuvo pleno conocimiento de lo que había sucedido; y cuando llegó a ver al hombre y su esposa, éstos, en vez de correr a su presencia como hacían en el pasado, se escondieron de Él entre los árboles del huerto, como si las hojas de un árbol pudieran impedir su penetrante mirada. ¡Qué confundidos están los ilusos corazones de los hombres pecadores!

En tercer lugar, se produce una falta de sinceridad delante de Dios (v. 10).

Leupold dice que:

[ … ] ante nosotros tenemos las primeras palabras del hombre caído[ … ] una mezcla de verdad a medias, evasión e intento de engaño. El hombre ha sufrido una alteración tan espantosa que lo único cierto en su declaración es que tiene miedo de oír la voz de Dios[ … ] He aquí una de las denuncias más expresivas de la perversidad del pecado.

En cuarto lugar, Adán culpa a otros.En primer lugar el hombre acusa a su mujer (¿hay algo nuevo debajo del sol?). Luego echa la culpa a las circunstancias. Y por último recrimina a Dios mismo por los terribles efectos de su pecado, al decir: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (3.12).

La averiguación divina ha sido muy breve. Dios ha disparado tres preguntas a Adán y lo ha desarmado (v. 9b, 10). El hombre queda verdaderamente desnudo ante los ojos divinos a los que nada escapa. En cuanto a esto, Leupold expresa: «El que aspiraba a ser igual a Dios aparece ahora como un reo avergonzado sin una palabra que decir en su defensa. La tosca respuesta que da nos hace sonrojarnos por él. Ella aporta nuevas pruebas de la completa corrupción y contaminación de toda la naturaleza del hombre por el pecado».

En quinto lugar, hay un juicio inmediato del hombre y de su mujer, primero por separado y luego como unidad (vv. 16-24).

En sexto lugar, encontramos la forzosa separación del hombre y la mujer del paraíso de Dios (vv. 22-24).

Dios expresa su tristeza por el miserable estado del hombre (v. 22a). Algunos han pretendido que esas palabras son una especie de sarcasmo divino, sin embargo nada hay más lejos de la verdad. Como afirman Keil y Delitzsch, «la ironía a costa de un alma desdichada víctima de la tentación podría ser algo propio de Satanás, pero no del Señor». Leupold dice que la palabra más adecuada para describir las emociones que Dios experimenta mientras dice estas cosas puede que sea «tristeza».

Acto seguido el Señor expulsa a la lastimada pareja de su huerto (v. 24b). Keil y Delitzsch escriben lo siguiente acerca del simbolismo implicado aquí:

Si (la humanidad) hubiera continuado en comunión con Dios mediante la obediencia a su mandamiento, seguramente habría comido [del árbol de la vida], ya que fue creada para tener vida eterna. Pero una vez que cayó por el pecado en poder de la muerte, el fruto que producía la inmortalidad no podía sino perjudicarle.

La inmortalidad en un estado de pecado no es la zoè aiónios [vida eterna] que Dios ideó para el hombre, sino una miseria sin fin a la que la Escritura llama «la segunda muerte» (Apocalipsis 2.11; 20.6, 15; 21.8). Por lo tanto, la expulsión del paraíso fue un castigo impuesto por el bien del hombre y dirigido, aunque expuesto a una muerte temporal, a preservarle de la muerte eterna.

Dios colocó a un querubín y una espada llameante, la cual se revolvía de continuo, para impedir toda entrada posterior al huerto del Edén (v. 24). Los querubines parecen ser los seres de más alto rango en la jerarquía angélica. Se nos muestran alrededor del trono de Dios (Ezequiel 1.22s; 10.1; Apocalipsis 4.6). Están en la presencia inmediata del Señor y son en especial activos con Él en el juicio, como vemos aquí. Leupold cita las siguientes palabras de K. W. Well: «Son representativos y mediadores de la presencia de Dios en el mundo» (Salmo 18.10). Y luego continúa:

La raíz de la que quizás se deriva esa palabra sugeriría que la misma significa «una apariencia radiante»[ … ] El aspecto de esos seres era bien recordado al menos por los israelitas, ya que no pidieron más detalles cuando se les ordenó hacer dos querubines y utilizaran de algún otro modo las figuras de querubines con fines ornamentales [en el tabernáculo], cf. Éxodo 25.18; 26.1.

La espada encendida se representa por lo general en mano del querubín, pero eso no es lo que dice el pasaje (3.24b). Los dos estaban obviamente separados: la espada se movía en todas direcciones sin la intervención del querubín. Todo ello está cargado de simbolismo.

El versículo 24a utiliza una expresión fuerte: «Echó, pues, [Jehová Dios] fuera al hombre». ¡Qué vergüenza! Aquella pareja que había sido hecha para el huerto y el huerto para ella era obligada a salir, expulsada. Leupold dice al respecto que «la bondad divina pretendía que el hombre sintiera con mucha claridad su alterada situación: antes comunión bendita, ahora dura expulsión».

¡Y todo esto a causa del pecado! ¡Todo porque Eva había escuchado la voz de la serpiente y Adán la de Eva! Ninguno de ellos se había preocupado de oír a Dios. Fueron las primeras víctimas humanas de la guerra espiritual. Constituyen bajas de guerra. ¡Y qué cosas tan terribles seguirían pronto a aquella derrota del hombre!

En séptimo lugar, se revela la existencia de una guerra espiritual continua (v. 15).

Tan importante y decisivo es este tema para el curso de la guerra espiritual cósmico-terrena, que reservo Génesis 3.15 para los siguientes capítulos.

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